¡Todo sea por mi país!, por Elsa Levy

¡TODO SEA POR MI PAÍS!!

Elsa Levy

Romualdo reunió a su familia en el salón de proyecciones de Los Pinos. Hizo preparar bandejas de bocadillos apetitosos y descorchar botellas de champaña. Son las nueve de la noche, Azucena, Romualdo “junior”,Teresa y Andrea, se preparan bulliciosos para ver en la TV la primera aparición oficial de su esposo y padre que, con aire de triunfador departe con ellos.

―¡Silencio!―ordena Romualdo en voz alta ―El programa va a comenzar.

Todos se remolonean en sus asientos y prestan atención a la enorme pantalla incrustada en el muro central del salón.

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La mujer rubia, (aportación)

Aquel caluroso verano del 70 estará siempre presente en mi memoria. Viajaba en la segunda clase. El tren se deslizaba ruidosamente pero a mí no me disgustaba aquel estrépito. Después de estar más de dos años en el campo militar, sin apenas tener contacto con el exterior, aquello me parecía una fiesta. Viajaba solo, una familia que había acompañado mi largo viaje había descendido minutos antes.

De pronto la puerta se abrió. Entro una mujer rubia, algo pasada de carnes, con una pequeña maleta y una bolsa de mano que parecía a punto de explotar. Saludó brevemente, tomó asiento frente a mí. De inmediato sacó un libro de la atestada bolsa e ignorándome se refugió en él. No obstante, por momentos, podía sentir su mirada curiosa, discreta, recorriéndome.

Al llegar la noche, ella me pidió ayuda. Levanté su asiento para convertirlo en una litera. Agradeció, se recostó y siguió en su lectura. Fuera porque el calor era demasiado, la mujer iba ligera de prendas. Una blusa azul de tela muy delgada y unos pantalones blancos delineaban su silueta turgente. Su cuerpo húmedo era un imán para mis miradas.

No sé bien a qué hora, el libro cayó al piso. La mujer, con los ojos cerrados, dormía relajada. Entonces pude observarla a mis anchas, labios carnosos, cejas delgadas, nariz delineada, senos generosos… Las horas pasaban sin ápice de sueño, no podía parar de mirarla. Ella parecía dormir, me extrañaba que no hiciera sonido alguno que lo evidenciara, pero su cuerpo estaba inmóvil.

Lo imaginé caliente y sudoroso. Y no pude más. Me aproximé a ella. Con movimientos delicados toqué su rostro, senos, abdomen, el triángulo de su sexo, muslos, pantorrillas… ella seguía muy quieta.

Sopesé el peligro. Lo más grave era que despertase y reportara mi falta al cuidador. Quizá mi uniforme militar me salvaría, solamente obtendría una reprimenda menor y el cambio de vagón. El riesgo lo valía…

Sin pensar más, mis labios se apoderaron de su boca, de la aureola tibia de sus senos, mis manos se deslizaron hacia su pantalón para introducirse y tocar con deleite su pubis y recrear mis fantasías aparcadas.

¿Gemía ella levemente o era mi imaginación? No podía afirmarlo. Pero el caso es que la mujer no abría los ojos, su respiración era ciertamente más agitada y nada más.

Las oleadas de placer estallaron furiosas, ante lo inminente, marché al baño. Retorné minutos después. Ella seguía quieta. Levanté mi asiento, la comodidad de la litera me permitió dormir.

A la mañana siguiente, la ruidosa parada del tren en la estación X puso fin a mi descanso. Esta vez fui yo quien mantuvo los ojos cerrados, expectante…

La mujer rubia se levantó. Tomó su maleta, la atestada bolsa. Se acercó a mí, dejó un beso húmedo y leve en mis labios y cerró la puerta tras de sí.

Su libro quedó olvidado en el suelo.

 Rebeca Montañez –  Antología Desde mi voz  (ICY 2008) 

Arrugas en el alma, por Francisca Jimenez Cirujano

No doy abasto. Me estoy pensando convertirme en editor por el módico precio de un euro por pieza.

Aquí tengo el placer de poner ante vosotros, y gratis, la obra de una buena amiga. En este caso no es la timidez la que le adorna, más bien es algo lanzada. No le importa el digan lo que digan, los demás, así que animaos y si os gusta, pues decirlo; y si no os gusta, pues se lo decís también, eso sí, en ambos casos argumentando un poquitín. Advierto que tiene más de trescientas páginas de prosa apretada, pero El Quijote lo habéis leído todos  (es un decir) y tiene muchas más.

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Un cuentecito. Anónimo

He recibido un cuento para acogerse a mi manto calentito. Mi corresponsal es tímid@. Me dice que está de los nervios de sólo pensar que algo suyo, al fin, se va a exponer a los rigores de la audiencia. Si será tímid@, que ni siquiera se ha atrevido a ponerle título. Me pide estricto anonimato, vamos, ni siquiera que ponga la dirección  IP. Cumplo órdenes. Si alguno, por caridad, le quiere decir algo constructivo, hágalo; podemos tener @n gran escrit@r en ciernes, a poco que se suelte.

 

PERDÓNNO  TIENE TITULO ( ¿EL HOMBRECILLO?)

Miraba, Juan, a través de los cristales de la ventana de la habitación 213 a un transeúnte que venía en dirección al hospital. Era de noche, hacía frío afuera  y llovía. Sólo las luces de las farolas iluminaban la calle creando figuras fantasmagóricas.. Desde donde Juan observaba, no se distinguía si el transeúnte era un niño o un hombre  de corta estatura; Iba enfundado en abrigo negro y tapaba su cuello y medio rostro con una bufanda. Juan siguió su caminar hasta que salió de su campo de visión.

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De nuevo el José fabulado, Autora Vesta

Escribe Vesta, a propósito de mi cuentecillo sobre el curita malogrado, un comentario que es la antitesis del escrito por Elsa. A Vesta le digo en mi respuesta, que en ambos dos se encuentra escondido el equilibrio. Como se refieren a mi pasado, hoy estas cosas me parecen anecdóticas y para nada me afectan; quiero decir para elegir una línea de conducta fabulada. Los tiempos de vino y rosas pasaron, hoy sólo queda la resaca y el escozor de las espinas.

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Crónica de un encuentro, Autora Elsa Leví

 

Muchas son las formas de hacer amigos, quizá por eso esas amistades a salto de mata son perecederas o sin penetrar en la piel. Hacer amigos a 8.000 kms de distancia, con un nexo común, la afición a escribir, pareciera una amistad cimentada en la fabulación recíproca de los personajes. Y así era. Yo fabulaba a Elsa y Elsa me fabulaba a mí. Los personajes no eran reales. De todos los muchos amig@s que se formaron en aquellos foros de encuentro, muy pocos tuvieron la ocasión de sentirse personas de carne y hueso; en espíritu ya era más improbable.

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