El orgullo y la vanidad

Este cuadro muestra las visItas a este blog en el día de ayer. Pareciera que medio mundo estuviese pendiente de mí y, consecuentemente, mi orgullo estaría justificado. Pero es engañoso. Mi vanidad, el afán excesivo de ser admirado, se alimenta de ese mundo coloreado de azules, pero, inevitablemente, el cuadro más abajo de las visItas correspondientes a cada país me pone las cosas en su sitio. Es verdad que no hago nada por divulgar mi blog, salvo a los pocos incondicionales de siempre. Si yo me alimentase de la vanidad, sería usuario de las redes sociales como vehículo sin límite para engordarme. No es así, no participo en ninguna, por tanto no es la vanidad la recompensa que recibo de mis escritos. ¿Y el orgullo? Ese sentimiento que nos hace creer que algo en nosotros es meritorio en la estimación de los demás. Sí, son muchos países, pero las exiguas visitas diría que son accidentes silentes, no me honran con sus comentarios, no me escriben para decirme: qué bueno lo que escribiste, José. Si no es orgullo lo que siento y mi vanidad sería estúpida, ¿qué, entonces, obtengo yo de mantener este blog vivo? Tan sencillo como tener dos docenas de lectores, y hasta la fecha ninguno me ha escrito para decirme: José, tus envíos no son deseados. Si un día alguno se manifiesta en ese sentido, cerraré este blog. O no, quizá me diga: José, no tienes nada mejor que hacer, porque a la vista no hay nada en lo que puedas ocupar tu tiempo, y ya que no ejercitas tu cuerpo, ejercita tu cerebro, dicen que aleja el alzheimer

En ese cuadro echo de menos a un o una asiduo asidua de China, sinceramente, ante él, hoy no es vanidad ni orgullo lo que siento, es preocupación. A ver mañana.

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