La mujer rubia, (aportación)

Aquel caluroso verano del 70 estará siempre presente en mi memoria. Viajaba en la segunda clase. El tren se deslizaba ruidosamente pero a mí no me disgustaba aquel estrépito. Después de estar más de dos años en el campo militar, sin apenas tener contacto con el exterior, aquello me parecía una fiesta. Viajaba solo, una familia que había acompañado mi largo viaje había descendido minutos antes.

De pronto la puerta se abrió. Entro una mujer rubia, algo pasada de carnes, con una pequeña maleta y una bolsa de mano que parecía a punto de explotar. Saludó brevemente, tomó asiento frente a mí. De inmediato sacó un libro de la atestada bolsa e ignorándome se refugió en él. No obstante, por momentos, podía sentir su mirada curiosa, discreta, recorriéndome.

Al llegar la noche, ella me pidió ayuda. Levanté su asiento para convertirlo en una litera. Agradeció, se recostó y siguió en su lectura. Fuera porque el calor era demasiado, la mujer iba ligera de prendas. Una blusa azul de tela muy delgada y unos pantalones blancos delineaban su silueta turgente. Su cuerpo húmedo era un imán para mis miradas.

No sé bien a qué hora, el libro cayó al piso. La mujer, con los ojos cerrados, dormía relajada. Entonces pude observarla a mis anchas, labios carnosos, cejas delgadas, nariz delineada, senos generosos… Las horas pasaban sin ápice de sueño, no podía parar de mirarla. Ella parecía dormir, me extrañaba que no hiciera sonido alguno que lo evidenciara, pero su cuerpo estaba inmóvil.

Lo imaginé caliente y sudoroso. Y no pude más. Me aproximé a ella. Con movimientos delicados toqué su rostro, senos, abdomen, el triángulo de su sexo, muslos, pantorrillas… ella seguía muy quieta.

Sopesé el peligro. Lo más grave era que despertase y reportara mi falta al cuidador. Quizá mi uniforme militar me salvaría, solamente obtendría una reprimenda menor y el cambio de vagón. El riesgo lo valía…

Sin pensar más, mis labios se apoderaron de su boca, de la aureola tibia de sus senos, mis manos se deslizaron hacia su pantalón para introducirse y tocar con deleite su pubis y recrear mis fantasías aparcadas.

¿Gemía ella levemente o era mi imaginación? No podía afirmarlo. Pero el caso es que la mujer no abría los ojos, su respiración era ciertamente más agitada y nada más.

Las oleadas de placer estallaron furiosas, ante lo inminente, marché al baño. Retorné minutos después. Ella seguía quieta. Levanté mi asiento, la comodidad de la litera me permitió dormir.

A la mañana siguiente, la ruidosa parada del tren en la estación X puso fin a mi descanso. Esta vez fui yo quien mantuvo los ojos cerrados, expectante…

La mujer rubia se levantó. Tomó su maleta, la atestada bolsa. Se acercó a mí, dejó un beso húmedo y leve en mis labios y cerró la puerta tras de sí.

Su libro quedó olvidado en el suelo.

 Rebeca Montañez –  Antología Desde mi voz  (ICY 2008) 

7 respuesta a “La mujer rubia, (aportación)”

  1. Sea el primer comentario el mío.
    Cuando una mujer (escritora) relata una escena de sexo, el hombre (escritor) que se mantenga aparte. El cuento de Rebeca parece tener un solo protagonista, es el hombre que cuenta su participación mecánica en detalle. Pero el cuento no es eso, la circunstancia, el cuento se resume en un gesto que solo la mujer (escritora) es capaz de describir: “La mujer rubia se levantó. Tomó su maleta, la atestada bolsa. Se acercó a mí, dejó un beso húmedo y leve en mis labios y cerró la puerta tras de sí.” Es aquí que el cuento toma sentido y se convierte en arte.

  2. Estimad@s, les agradezco muchísimo la atención de comentar este antiguo relato. Hace poco miré una película. Contaba de un chico que, corría eventualmente autos de carrera, su pasión, y ganaba buen dinero. La novia se embaraza y decide buscar un trabajo más formal. El matrimonio no iba tan bien. La emotivo se da una noche tras una pelea. Va a la recámara y un alud de añoranzas le recuerdan lo feliz que vivió casi una década siendo piloto de autos y llora amargamente. Lo mío no es tan trágico. Yo tenía un trabajo de administración y la mayor parte del tiempo estaba escribiendo por placer, sacaba tiempo, sacrificaba horas de descanso. Un día se terminó el trabajo. Decidí emplearme por mi cuenta en diferentes cosas. Hace varios años doy talleres de creación literaria, me gusta hacerlo. Le dedico mucho tiempo. Mi vocación por escribir está en segundo lugar. Me buscan para participar en libros de autoría colectiva, y participo, pero reconozco que, como el chico, mi trabajo se volvió prioritario. En estos momentos prefiero la docencia a la creación. No sé mañana.

    1. El peor cuento de una cuentista es contar su propio cuento, y me refiero a su historia. No se escribe por placer, Rebeca, se escribe por una necesidad, no sé si vital, que trasciende cualquier contingencia. Según cuentas, has hecho de escribir una ramera de la que tú eres su proxeneta. Tú naciste escritora, lo certifico, tu deriva a la docencia es, cuanto menos, claudicante. ¿Con qué autoridad enseñas creación literaria, tú que has aparcado a un segundo lugar lo que enseñas? Dime que lloras por hacerlo, no que te gusta, y lo entenderé; la vida es muy cabrona, a veces, y nos obliga a dejar de ser lo que realmente somos. Vuelve a escribir, que escribir sea prioritario no determina que deba ser a tiempo completo. Yo necesito a mi lado escritores, no maestros.
      Tu respuesta no me ha molestado, me ha entristecido profundamente.
      José

  3. Muy bueno, cautivante este cuento. Deja buen sabor de boca. Veo posiciones encontradas entre Rebeca y José. Te siento muy radical, José. Hay grandes maestros de histriones, no se exhiben en ninguna pantalla y son mentores que contagiaron su virtuosismo a Brando, Pacino, Newman, de Niro. Entre mis paisanos podría citar a López Tarso, Soler, Pinal, la Derbez, y muchísimos más,no sé quienes fueron sus maestros, pero es seguro que imprimieron su huella en todos estos enormes. Qué pasa con Rebeca, o qué complejidad se da para detener el frenesí creador, no tengo idea. Los artistas ( ella lo es, practica un arte) son temperamentales. Quizá el regreso está a la vuelta de la esquina. Ni como predecir.

    1. Nunca tuve posiciones encontradas con Rebeca, al contrario, siempre empatizamos, hasta en los desacuerdos. Quiero a Rebeca como a una hija, y ella sabe que todo lo que le pase me duele. Llevaba tiempo preguntándome dónde estaba la Rebeca que forma parte de mi propia historia. Y hoy me he llevado una sorpresa con lo que ha manifestado en público, sin haber previamente contado conmigo. Me ha dolido, no por la desafección, sino porque ha arrancado un capítulo extenso de mi vida. Ella debería entenderlo en lugar de sentirse ofendida.

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