En la noche, desde mi ventana VII

Retrasé deliberadamente mi regreso al encuentro con Lucidez. Intentaba forzarla a que me diera una historia completa, y no quería presionarla. Una historia sin final, pensé, no es una historia, es un aborto. De lo que no estaba seguro era si cualquier historia me iba a complacer. Muchos escritores llenan la papelera de folios antes de firmar lo que consideran publicable.

A punto de salir de dudas, quiero hacer una confesión de parte: si no me complace lo que Lucidez me ha propuesto, prometo dejar de escribir y dedicar el tiempo a mi huerto y la cocina. ¿Heróico? No, consecuente. Heróico es una postura circunstancial, en una situación única; ser consecuente es una postura  vital, no se es consecuente si una vez no lo eres.

–¿Qué me tienes, amiga? –Le pregunte, sentándome a su lado.

De reojo miré la pantalla del ordenador, no vi nada que se pareciera a un texto, ni siquiera una página de Word abierta.

–Pues… siento desilusionarte, pero no tengo nada, nada escrito, quiero decir.

–¿Entonces?

–Pues que serás tú el que escriba la historia, tómate el tiempo que necesites para que resulte perfecta.

–¿Perfecta para quién, para ti?

–Soy tu primer lector, si a mi me complace, puedo asegurarte que también lo hará a otros lectores.

–Las cosas no siempre gustan  a todos. Y no creo que sea una buena idea que el resultado de la historia dependa de tu criterio; tú eres parte de mí, y el criterio subjetivo.

–Exacto, la historia que escribas tiene que parecerte a ti una buena historia, no cualquier historia para salir del paso. Un escritor sin autocrítica, es un escritor fallido, seguro.

No era eso lo que esperaba de Lucidez, me dejaba a mí la entera responsabilidad de escribir una buena historia que le complaciera, en primer lugar, a ella. Ni siquiera me daba la idea de una historia real, como ella quería. Repasé la panoplia de posibles historias reales que había enunciado anteriormente y no encontré ninguna que yo fuera capaz de afrontar. Todas se basaban en personajes reales, y no me venía ninguno a la cabeza que yo pudiera utilizar para mi historia. Con lo fácil que era imaginar uno que, puesto a andar, me contara su historia, como me había sucedido en otras ocasiones. Comencé a dudar de la eficacia de Lucidez,  estaba castrando mi creatividad de fabulador, inherente a todo escritor. Podía hacer compatible escribir una historia inventada con la exigencia de que fuese verosímil. Esto sí lo entendía, y me parecía plausible si pretendía que el lector empatizara con mi personaje. Estaba, pues, decidido a ignorar las exigencias de Lucidez, los escritores estamos un poco locos o completamente locos al suplantar la única potestad posible, la del dios creador de todas las cosas, las buenas y las menos buenas. Había mantenido cerrados los ojos mientras bullía en mi cabeza todo lo anterior, lo hacía frecuentemente cuando quería concentrarme y encontrar un camino que, curiosamente, conseguía ver sólo si eliminaba la percepción del entorno. Creí que ya no tenía alternativa y abrí los ojos, miré al lado donde había dejado a Lucidez,  y no estaba. ¿Qué había sucedido? Seguro que adivinó mis intenciones, y con el buen juicio que era de esperar de ella, se había ido de mi lado, consciente de que no tenía nada que hacer conmigo.

Miré la pantalla del ordenador con la intención de abrir una página de Word en blanco. Grande fue mi sorpresa cuando pude ver que ya había una página de Word abierta, pero más sorprendente aún fue el hecho de que no estaba completamente en blanco, que alguien había escrito unos renglones con letra cursiva, y ese alguien sólo podía ser Lucidez.

Lo escrito me pareció una burla, algo más que una broma que Lucidez me quería gastar, decía así:

Genaro, hijo de Ambrosio y Paulina era un ser incalificable en la escala humanoide y con dificultad en la zoológica, pues aunque parecía humano, se alejaba de los primates, era una cosa intermedia, por afinar la definición.

Con esa entradilla, a propósito para hundirme, Lucidez también quería ponerme a prueba. Recordé la propuesta de ARY de escribir una sátira, que yo rechacé por tener un concepto de la sátira poco académico, según ella. La verdad es que yo a la RAE sólo la consulto para ver si recoge la palabra malsonante que voy a utilizar y que la sagrada institución le dé carta de naturaleza. Casi nunca me falla, especialmente en las ediciones que salieron después de ser académico Don Camilo José Cela, que en paz descanse. Y decidí que lo que iba a escribir se lo dedicaba a ARY, musa, en este caso, de mi creación… literaria, por qué no.

Y ya sin letra cursiva, seguí el relato, de mutuo propio, iniciado por Lucidez.

Genaro había nacido a los siete meses y un día, y con esa precisión porque Paulina había puesto una cruz en el almanaque el día que había echado el último polvo con Ambrosio; no cabía, pues, la menor duda. Paulina esperaba parir a los nueve meses, día más o día menos, como mandaba la regla según las vecinas, de esa forma podía tener preparado todo para el feliz alumbramiento. Pero con Genaro nada respondía a la normalidad, y debió pensar que ya estaba lo suficiente hecho como para salir al mundo exterior. Su madre lo dejó caer al suelo cuando iba con el cántaro a coger agua de la fuente pública. Era no más grande que un conejo, así que aquel parto se produjo por la atracción de la gravedad, más que por contracciones naturales. Pronto se advirtió que su desarrollo no iba a remediar aquel desesperanzador aspecto, pero sus padres no eran nada supremacistas y lo criaron como al hijo que era para ellos.

En el pueblo, un oscuro pueblo situado en una vaguada de La Sierra los Tres Reyes (llamada así porque la constituía tres alturas diferenciadas y contiguas que evocaba a los Tres Reyes Magos), de  Genaro ya se habían cansado de hacerle burla. Sólo las mozas, las viudas y un mariquita que a penas podía disimularlo para no ser corrido a palos, lo tenían en cuenta, aunque más bien en sus pensamientos, y es que Genaro, negado en todos los demás atributos, había sido descubierto mientras se bañaba desnudo en el río: aquello de Genaro era enorme y, claro, a las susodichas y el susudicho, aquello se les había metido entre ceja y ceja, cuando no entre sus bajos instintos. Así, Genaro, el despreciado Genaro, para una parte del pueblo, era lo mejor de su patrimonio, y que Dios se lo conservara larga vida, y en caso de muerte, incorrupto como el brazo de Santa Teresa.

Ya tenía dieciséis años y un día, que ha su padre se le ocurrió probar si podía sacar provecho de su hijo. Por supuesto que sabía lo dotado que estaba su hijo, pero nunca llegó a pensar que alguna, y menos el mariquita,  harían las paces con su fealdad y que sólo una parte podía ser objeto de aprovechamiento.

En el pueblo había un veterinario, qué veterinario sería, que se había conformado  con vivir en aquel pequeño pueblo, complementado sus ingresos, a base de igualas, con otros pueblos colindantes. En ocasiones hacía de médico, otras de curandero, siempre de hombre de ciencia, a su decir y del pueblo, que le respetaba más que al cura de un vecino pueblo, que venía por allí a decir misa y a recoger las limosnas.

Y así fue que un día se acercó por la casa del veterinario con la confianza de que sólo él podía hace de su hijo una criatura de provecho.

–Buenos días, don Manuel y la compaña (se decía la compaña siempre, aunque no hubiese nadie)

–Qué te trae por aquí, Ambrosio, ¿algún problema?

–Pues verá, don Manuel, es que he pensao, ¿usté conoce a mijo Genaro, verdá?

–Hombre, cómo no conocer a tu hijo, si yo lo reconocí el día que vino a este mundo y certifique que era tuyo y de la Paulina. ¿Y qué le sucede, que se quiere meter cura?

–No, Don Manuel, mijo pa ser cura tenía que cambiar mucho. Lo que he pensao es que usté, que es un hombre de cencia, podía hacer uno de sus arreglos con él y ver si se puede sacar algo en limpio.

El veterinario, algo bruto para haber tenido estudios, se quedó un instante pensando y antes de reírse a carcajadas, le dijo a Ambrosio lo siguiente:

–Podemos intentar cruzarlo con una cabra, a ver si mejoramos la especie.

Y el muy cabrón se quedó mirando muy serio al infeliz de Ambrosio, esperando su indignación, para sin continuar en el propósito, poner una mano sobre el hombro  y decirle.

–Es una broma, Ambrosio, es que tu fe en mí es superior a la que se tiene en los santos. Yo no sé hacer milagros. Cuida a tu hijo, o lo que sea, que Dios te lo premiará.

–¿Entonces no se puede hacer nada, nada, nada?

–Ya digo, la ciencia no hace milagros. Anda, vete en paz.

–Pues muchas gracias, Don Manuel y la compaña, será cosa de resignación, como me dijo el señor cura.

Continuará…

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