Sin equipaje

Hoy he vendido mi casa, mi vivienda habitual. Un suceso así pareciera no merecer otra consideración, salvo la sentimental que conlleva cuando despojarse de algo material es el hogar, el lugar bajo techo que ha guardado durante años la intimidad de mi familia, que nos ha protegido de la intemperie, que constituía nuestro pequeño mundo habitado.

Pero para mí es algo más, con ser mucho lo indicado. Hoy no estoy contento, si esa era mi decisión a la que nada ni nadie me obligaba. Siento que ya estoy ligero de equipaje, que ya puedo emprender el vuelo sin nada que me lastre. Esta consideración pudiera entrar en contradicción con el hecho de estar triste. Son dos sentimientos distintos. ¿Por qué llora la gente cuando un devastador incendio quema sus casas? Sí, el seguro o el gobierno les compensará y podrán tener otra casa, pero no será ya su hogar, será un refugio a su desolación. En mi caso, el vuelo ya no encontrará otra rama donde posarse, en los días que me queden sólo podré refugiarme en la nostalgia. Dudo que esta pueda parecerse a la calidez del hogar.

 

Paquita, o lo que no está definido

Por pereza del lenguaje, solemos meter en el mismo saco de una palabra todo aquello que se asemeja. Pero lo que se asemeja es, por definición, diferente. Mucho o poco, sería apropiado tener una o varias palabras para cada caso en aras de la precisión. En la palabra “amistad” sucede que no  tenemos la forma de distinguir, salvo formas retóricas, una amistad de otra, y la usamos como común denominador genérico. Decir que se tiene algo de amistad es como decir que una mujer está algo embarazada. Decir  de alguien que es tu gran-mejor amigo es casi un oxímoron, pues, de inmediato, estás devaluando al resto de tus amigos. Horrible decir de alguien que es tu amigo del alma, una amistad que raya en la cursilería falsaria.

Dicho lo anterior, decir que Paquita (Francisca Jimenez) es mi gran-mejor amiga o mi amiga del alma, vamos, ni se me ocurriría como delirio retórico.

Pero tengo que definir qué es Paquita. de forma precisa, para mí , que no dé lugar a duda. De tu esposa, de tus hijos, de cualquier familiar no se utiliza la palabra amistad, con todas sus retóricas variantes, para definir tu relación sentimental.

Paquita no tiene ningún lazo de consanguinidad conmigo, sin embargo, no me parece que acierte a meterla en el  mismo saco de todos mis otros amigos. La relatividad de la palabra amistad, de la que ya he hablado en otro post, me indica que amistad con Paquita no es real, ni siquiera una definición para salir del paso si alguien me preguntara. Tampoco compañera, como alternativa.

No recuerdo cómo Paquita y yo nos conocimos, pues tengo la sensación de que se hunde en el pozo del tiempo. Los recuerdos con Paquita son multilaterales, no se corresponden con un flechazo entre ella y yo. Mi esposa la quiso no como una gran amiga ni como una amiga del alma, para ella era como una hermana. Para mi hijo y su primer amor con una hija de Paquita, fue como una madre condescendiente, algo celestina, en connivencia con la hermana. Su hijo y mi hijo compartieron aventuras. Y para mí y para mi hija, Paquita era de la sutil familia que se admite con satisfacción y forma parte de la cotianidad. El esposo de Paquita, un gran tipo, era algo como yo, indiferente ante lo que sucedía, apenas si me relacioné con él.

Así pues, Paquita si ha de definirse como amiga, deberá suprimir en el concepto lo políticamente correcto, esa forma hipócrita de adornar la amistad. Paquita y yo, o así lo entiendo, nos podemos decir lo que nos parezca, como en familia, sin que ello haga poner en duda un lazo que trasciende la amistad.

Escribo esto sin cotejarlo con Paquita, pero espero que ella lo suscriba, y si no, es igual, es mi sentimiento, que hoy se amalgama con los recuerdos dando lugar a algo diferente.

 

 

Soliloquio

Cierro los ojos, no me gusta lo que veo, busco refugio en la esperanza y los abro, todo sigue igual.

Hoy lo doy por perdido, busco refugio en la esperanza esperando que mañana todo haya cambiado. Si no es así, cerraré los ojos y esperaré una señal. La señal deberá atravesar mis párpados, sólo así los abriré.

Mientras hoy aún existo, mañana no es seguro. Puede suceder que nunca más abra mis ojos para comprobar que mi esperanza era fundada. Tampoco si valió la pena que amaneciera un nuevo día.

¿Y ayer? Ayer esperaba que hoy todo cambiara, no pensé en el pasado mañana. ¿Qué tipo de suerte he tenido que exista en el hoy para vivir la frustración de comprobar que todo sigue igual?

Voy viajando en el tiempo hacia atrás, y mi recuerdo no me lleva a un día que haya quedado gravado en mi memoria, seguro que quise  que pasara al día siguiente con la esperanza que todo fuese distinto. 

Con un pasado que no me gusta, con un hoy que no me gusta, con un mañana que no es seguro exista para comprobar que, al fin, todo ha cambiado, sólo le pido a la vida una respuesta: ¿tampoco yo te gusto? Si es así, no seas cruel y acaba ya.

A vosotras

Hoy quiero hablar de vosotras, fieles compañeras de este adusto y frío castellano, poco proclive a dispensar calidez a quienes me soportan, en ocasiones hasta con vuestra comprensión, quizá porque sabéis que os necesito tal como soy, aunque nada haga por merecerla.

Son muchos años sin tener en cuenta mi falta de empatía para con vosotras, de forma individual con cada una. Cierto que os tengo por amigas, pero dudo que sea ese vuestro sentimiento para conmigo, pues tengo un concepto muy relativo de la amistad. No sé, a estas alturas de la vida de cada uno de nosotros, creo que disponemos de un itinerario común de aficiones y de interlocuciones. Somos como caminantes que no nos sentimos solos porque al lado alguien camina a nuestro lado y que podemos llegar a la meta agarrados de la mano. Lo más probable, sin embargo, es que, como decia en un post anterior, nos vayamos perdiendo, o si preferís alejando,  uno de los otros o todos a la vez, y al final lleguemos a la meta inevitablemente solos.

Pero es bueno vivir el día a día si tenemos en cuenta que ninguno de nosotros tenemos planes de futuro. Alguien ha dicho que el futuro no existe. Yo añado que existe el pasado, y el pasado está plagado de encuentros, aunque no en todos nos hemos mirado de frente. Comprensible, si la condición humana no permite compartir otras compañias. Sea como sea, nuestra relación es la mejor de las posibles, y si la mantenemos y cuidamos, ese futuro desconocido no se nos presentará individulamente como un desolador final.

Cada una de vosotras entenderá mis palabras de diferente forma, pero el común denominador será que, hoy por hoy, todas sois mis compañeras, aunque quizá eso os parezca poco.

José

Vikingos

Como es ya mi costumbre, una nueva reflexión sobre la serie que actualmente estoy viendo.

Me parecía, en esta ocasión, que la realidad se confundía con la fantasía. De mis incursiones por Escandinavia, me llamó la atención la idiosincracia de los actuales escandinavos. No me pareció el pueblo del que tenía información. Aficionado a la historia de aquellos pueblos que habían dejado huella, lecturas sobre los Vikingos me había fascinado. Para actualizar aquellos lejanos recuerdos, he recurrido a la siempre inagotable fuente de información que me brinda Internet. A la vez que refrescaba mi memoria, percibía que la serie que estoy viendo abandona mínimamente el rigor histórico. Los vikingos de la serie son los vikingos de la historia, quizá, y para que la serie atrape todos los instintos, los guionistas dieron prioridad a la exposición exhaustiva, pormenorizada y atosigante a los instintos que denominamos, injustamente, más bajos. Son instintos primarios, no pasados por el tamiz de religiones, filosofías moralizantes o manuales de efectos secundarios dañinos.

Los vikingos, aunque esto lo pongo en duda, creían que sus dioses habían dispuesto lo que cada individuo o conjunto de individuos tenían programado, de forma que todo lo que hacían y el destino de sus acciones, estaba prefijado por sus dioses y nada podían hacer para elegir con libre albedrío. No existía, por tanto, el arrepentimiento, ni siquiera  la consideración personal del pecado (tómese la palabra pecado en el sentido amplio y general de algo mal hecho). En contradicción aparente, se juzgaban aquellos actos que no gustaban al poder y se condenaban severamente. Odín también lo tenía dispuesto.

La serie abunda de tics habituales y recurrentes: la guerra ofensiva como herramienta del pillaje,  la muerte, el amor y el amor libre, el sexo, la amistad, la traición,  la crueldad, a veces terrible en sus ritos, supuestamente para agradar a sus dioses y obtener el favor de alcanzar su gloria (el Valhalla). Se parece a un repertorio de distintos vasos comunicantes, árabes, cristianos, indus, etc. Si los incorporaban a su acerbo cultural como consecuencia de sus viajes a otros países, es algo que carece de importancia. Los vikingos eran extremos en todo, y cada uno de esos tics parecían propios y exportables, con marchamo de marca registrada.

Hoy los escandinavos en nada se parecen a sus antecesores. Son pacíficos y pacifistas, melifluos, nada belicistas, educados, socialmente avanzados. La serie, si de algo peca, es de que el exceso de realismo en la exposición de los tics antes mencionados no permite tomarla como referente de la historia.

Pero la ejecución artística es extraordinaria.

 

Mi niña Lola

Canta BuikaDime por qué tienes carita de pena… MI niña Lola no tiene carita de pena, mi niña es feliz, ¿por qué habría de tener carita de pena? Qué tiene mi niña siendo santa y buena. Bueno, santa y buena, según se mire, me disgusta cuando mata pajaritos que se caen del nido, también ratoncillos y lagartijas; mi niña Lola no debe hacer eso. Cuéntale a tu padre lo que a ti te pasa. No, no soy tu padre, soy tu abuelo, tú padre, vete tú a saber, algún golfo con pedigrí. Dime lo que tienes reina de mi casa. Aquí sí Buika dice verdad, que eres la reina de la casa no hay más que verte en la foto; ¿las reinas llevan corona cuando duermen? Miraré en Google, y si alguna reina se acostaba con la corona puesta, yo te compraré una coronita, faltaría más.Tu madre, la pobre, no se donde está. Tu madre, mi hija, está pero no está contigo, yo soy el que te da mimos, te acuesta en mi cama, te doy chuches, pero ella se enfada mucho y con razón, porque dice que estás gorda por mi culpa.

Buika sigue su canción “Mi niña Lola”, pero lo que sigue debe ser para otra Lola, así que desisto de contradecirla.

Mi niña Lola, mi amor, yo sí querría preguntarte muchas cosas, otras las adivino, pero viéndote cuando duermes en mi cama, arropada por ti misma, con   la almohada donde poco antes yo reposaba mi cabeza y ahora tú descansas la tuya, las patitas abiertas (las superiores), seguro para dar más espacio a tu corazón, sueñas, ¿Qué sueñas, mi niña Lola? En ocasiones, un suspiro profundo me dice que, quizá, echas de menos a un joven y apuesto galán. Lo siento, pequeña, no entra en nuestros cálculos, tu familia, que tengas amores que no sean los nuestros, y si eso no te llena, lo sentimos, pero te vemos muy niña para esas cosas de mayores. Tú no te preocupes, que eso de la maternidad tiene sus riesgos, que de un esposo cabrón, podrías tener hijos cabroncetes, unos y otros te dejarían sola, utilizada y triste; que les den.

Duerme, voy a intentar por ahí que alguien me diga si sabe que sueñan las perritas como tú, aunque puede que no me sirva, porque tú, mi niña Lola, eres única.

Y ya me callo, me parece que estoy siendo un abuelo como esos que lloran cuando observan una flor. Tampoco es que me avergüence.

Escribir para el pozo del olvido


Abro mi blog, en el menú elijo nueva entrada, ya tengo delante el cajetín del título y el amplio espacio en impoluto blanco que espera lo manche con letras, palabras, frases que configuren un argumento. Me paro y concentro mi pensamiento saliendo del cuadro de la escritura. No me surge un tema que pueda desarrollar. Vuelvo a mirar ese cuadro que dejé virgen y me sorprendo. Todo lo que estoy diciendo aparece allí escrito. Recapacito, no soy consciente de haber tecleado nada, ¿cómo es posible? Debe ser mágico, un poder desconocido de mi mente. ¡Fantástico!, todo lo que pienso se refleja de inmediato como escrito. Me animo con todas las posibilidades que esa facultad me brinda. Todo lo que piense, todo lo que imagine podrá ser traducido a palabras, palabras escritas que perdurarán dejando lugar infinito a las siguientes. ¿Valdrá la pena? ¿Podré pensar y, consecuentemente, conseguir que lo que piense y escriba valdrá la pena? ¿Qué requisitos indispensables deberían acompañar a mis pensamientos escritos para que valieran la pena? En esta definición yo sólo puedo poner la voluntad, el resto habrá de ser propuesto por los lectores. Pero para que sus propuestas fuesen válidas, deberían ser universales. Así ha sido con lo que llamamos literatura universal, filosofía universal, ciencia universal, cualquier testimonio que hemos guardado como imperecedero. Después de está consideración, quizá maximalista, pienso en lo que he escrito, estoy escribiendo y quizá escribiré. ¿Valdrá la pena? ¿Les valdrá la pena a las dos docenas de destinatarios habituales de mis escritos? ¿Por alguna rendija se colará alguno de mis escritos enlatados para navegar eternamente por el espacio universal de la historia, ese burdel que ofrece placeres sin límite a cualquiera que desee despertar sus sentimientos dormidos, inanes para crear por sí mismos el catalizador que los despierte? ¿Debe preocuparme por la probable permanencia de mis escritos en este reducido espacio, sin rendijas por la que colarse más allá? A mi preocupación en este sentido le seguiría una sensación de impotencia. Trascendería de la anécdota de la que estoy siendo protagonista para entrar en el ámbito de la entelequia. Regresaría al pensamiento que se encierra en mi mismo buscando razones que sólo satisfacen a mis propias preguntas. En ese círculo me encuentro y nada puede romperlo, pero puedo seguir como si fuese posible, quizá sólo valga la pena para mí.

Releo, parece una confesión sin propósito de la enmienda, sin arrepentimiento.  Mi condena será seguir escribiendo para el pozo del olvido.

22 de Julio

22 de julio es un docudrama que refiere los hechos sucedidos en Noruega en esa fecha del año 2011. Un ultraderechista radical, nazi por más señas, es el encargado de causar la mayor matanza que había ocurrido en ese país: 77 muertos, 300 heridos.

El fondo del asunto es un alegato de la sociedad bajo el imperio de la ley, de una ley democrática y humanamente sostenible. Noruega pasa por ser un ejemplo de esos postulados. Pero en todas partes cuecen habas y, cómo no, también Noruega tiene su garbanzo negro.

Viendo la película, por lo demás sobrecogedora , uno termina preguntándose si narra asépticamente un hecho real o se aprovecha del río revuelto, ganancia de pescadores, intentando meter gato por liebre al convertirla en qué malos son ellos y qué buenos somos nosotros. Muy sencillo, tan sencillo que se les ve el plumero.

Aceptando desde ya, que nada justifica una tal matanza, en  nombre de lo que sea y por las razones que quieran darnos los terroristas de todo pelo, resulta muy sospechoso que el final se rubrique con “nosotros hemos ganado, vosotros perdido”, refiriéndose al objetivo final del terrorismo. Y resulta que el balance de esa guerra es 77 muertos inocentes de una parte y, de la otra, un perdedor en la cárcel, de por vida “mientras” suponga un peligro para la sociedad a la que ha atacado, y que, apelando a los derechos humanos y constitucionales del país , a la ley, a la democracia, a la civilidad, el individuo será protegido de la venganza, vestido y alimentado, cuidada su salud y facilitándole que estudie y se haga un hombre de provecho. Suena bien, ¿verdad?

Imaginemos ahora que cada uno de nosotros o nuestros hijos, amigos hubiera estado en aquella isla, donde todas esas proclamas bienintencionadas fueron subvertidas, y nos preguntaran qué querríamos hacer con el causante de nuestro dolor o muerte. Sí, ya sé que pocos diríamos: “que lo degüellen, lo ahorquen, lo ejecuten en la silla eléctrica, que me lo dejen a mí”. Políticamente correctos, todo lo más que diríamos sería: ” que se pudra en la cárcel”, un eufemismo si no va acompañado de un “¿de qué forma pudrirse?” No responderíamos, pusilánimes y comiéndonos nuestras propias entrañas de impotencia.

En fin, son  las cuatro de la madrugada, parece que me regresa el sueño, mañana, cuando me despierte, pensaré con calma qué habría hecho yo.

Me he levantado ojeroso, mal dormido, con dolor en las articulaciones. Dije qué habría hecho yo en un  caso así, y no soy capaz de personalizarlo, será porque no se puede teorizar sobre el dolor sin haberlo sufrido. Pero sí puedo tener una opinión del efecto-causa referida a la sociedad en la que están sucediendo estas cosas con frecuencia: mientras “los buenos” sigan poniendo los muertos, que no me jodan diciendo que vamos ganado y ellos perdiendo.

Dr. House, punto y seguido

Decía en una entrada anterior que Dr. House era un cabrón pero, también, un genio. Decía que siendo un genio, se le podía disculpar ser un cabrón y tenerlo como un paradigma .

Los guionistas en algún momento debieron pensar. “no va más, el tema está agotado”. Y, efectivamente, ya venía siendo una reiteración los capítulos que se acercaban al final de la serie. Sólo mantenía el interés por la imprevisibilidad   del final.

Pero los guionistas tenían una cosa clara: el final no podía ser desolador para los que habían terminado empatizando con el cabrón Dr. House, un House extremo, como un monstruo de cómic.

El final, no quiero pecar de spoiler, ha sido de una incoherencia casi infantil, teniendo en cuenta el sólido personaje.

Si yo hubiese guionado ese final, el Dr. House no habría terminado como ha terminado. No habría desaprovechado un genio, poniendo punto y final a la serie. Habría creado una nueva serie pariendo de ésta, en un nuevo escenario para que la comedia continuara con el mismo personaje. Los prohombres históricos, y House podría haberlo sido, no terminaron incoherentes, al contrario, su final fue siempre una rúbrica a su coherencia. Podría haber pecado de reiteración, pero si le daba un giro sustancial a su vida, sin dejar de ser un genio, el personaje podría haber alcanzado la inmortalidad.

La inmortalidad, como ha dicho Woody Allen  alguna vez: “No quiero alcanzar la inmortalidad a través de mi trabajo. Quiero alcanzarla a través de no morir”. Pero se trata del desideratum de un personaje real, que tras su muerte se irá  diluyendo en el olvido de los mortales aun vivos. Dr. House es un personaje de ficción, y a un personaje de ficción se le puede conceder la inmortalidad sin otro requisito que no haberlo dejado morir de forma incoherente.

Tenemos muchos personajes en la literatura que gozan del privilegio de la inmortalidad. Bien porque sus autores les permitieron el don de la reencarnación continua, como la saga de Valdar el hijo de Odin, escrita por George Griffith, que muere y renace no de forma natural, sino en el sueño, del que despierta en otra época.

Dorian Grey no es el mismo caso. Oscar Wilde permite envejecer a su personaje a través de su retrato, pero Dorian se revela contra el autor y le obliga a que si tiene que envejecer, y consecuentemente morir, que lo haga con su alma, y él siga por siempre bello, joven y libertino. Todos los mortales de verdad, agradecieron a Wilde que les diera la oportunidad de emular  la posibilidad de ser inmortales como Dorian.

En fin, que el Dr. House, personaje de ficción, tenía muchas posibilidades de ser inmortal, pero sus guionistas, quizá incapaces de saber cómo hacerlo, lo jodieron con un final incoherente, algo que no perdonan los humanos, siempre a la búsqueda de otros humanos que consiguieron la inmortalidad, aunque fuese vendiendo su alma o renaciendo en los sueños.

Estaré atento, porque los autores del Dr. House, quizá  lean lo que que aquí escribo, y se digan: “coño, podemos hacer inmortal al Dr, House”, y se pongan manos a la obra.