De aquellas sensibilidades

Rebeca evoca en su último comentario lo que se cocía en el foro llamado Sensibilidades. Voy a rescatar para este nuevo Blog, algunas de aquellas cosas que, al parecer, tenían de los nervios al ginecólogo que pastoreaba a sus anchas a las damas que allí se solazaban con su macho cabrio. Hasta que llegó el lobo, y el espanto fue general.  Aquella incursión mía le sentó al dueño del cortijo como un grano en el culo, y como era el dueño, me expulsó ayudado por un par de mastines hembras que le hacían felaciones a su cerebro.

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En la noche, desde mi ventana VIII

La historia no va mal, la he releído y corregido de algunos errores, no puedo evitarlo, mis dedos corren más que mi pensamiento, en ocasiones vuelvo atrás y me pregunto: ¿he dicho yo esto? Otras, simplemente, borro párrafos enteros con un ¡a la mierda! , y vuelta a empezar. Creo que los personajes de esta historia que traigo entre manos responden a una realidad virtual. Yo he vivido en pueblos así, aunque fue en otros tiempos en los que se pasaba de la escuela a cuidar ovejas, arar el campo y regar las lechugas. Quizá me estoy pasando un poco con el personaje Genaro, pero es que recuerdo de mi niñez,  y en un pueblo similar al Tres Reyes, a uno que llamaban Evaristo, que era calcado. Como sería de desgraciado, que sólo se alimentaba de los mendrugos de pan que le daba el molinero y de la fruta podrida que sus padre echaban a los cerdos. Por la noche sus padres lo encerraban en el pajar si era verano o con los cerdos si hacía el frío del crudo invierno , y allí yacía envuelto en paja y excrementos, y si soñaba, no puedo decír qué soñaba porque me desviaría del propósito de este relato que pretendo sea fiel a los hechos .

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En la noche, desde mi ventana VII

Retrasé deliberadamente mi regreso al encuentro con Lucidez. Intentaba forzarla a que me diera una historia completa, y no quería presionarla. Una historia sin final, pensé, no es una historia, es un aborto. De lo que no estaba seguro era si cualquier historia me iba a complacer. Muchos escritores llenan la papelera de folios antes de firmar lo que consideran publicable.

A punto de salir de dudas, quiero hacer una confesión de parte: si no me complace lo que Lucidez me ha propuesto, prometo dejar de escribir y dedicar el tiempo a mi huerto y la cocina. ¿Heróico? No, consecuente. Heróico es una postura circunstancial, en una situación única; ser consecuente es una postura  vital, no se es consecuente si una vez no lo eres.

–¿Qué me tienes, amiga? –Le pregunte, sentándome a su lado.

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En la noche, dese mi ventana VI

¡Lucidez, maldita ramera! Dime, ¿qué pretendes que haga para complacerte? Me dejaste sin el recurso fácil de inventar historias y me persigues implacable cada vez que creo tener una real. Siempre encuentras lo que tú llamas pequeñas cosas que la desvirtúa en la fidelidad exigible a los hechos, que cuento minucias insustanciales capaces de hacer bostezar a cualquiera. Me diste un respiro aceptando el realismo mágico que me inspiraron las luces de la ciudad, para enseguida decirme: ponte a cocinar, es lo tuyo. Ya no sé qué es lo mío, estúpida amiga. Tú, que pareces saberlo todo, dame una historia, una historia real, y te prometo ser fiel a ella. Habla, ¡coño!, no me susurres, que a penas te entiendo.

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Receta de cocina del chef José

Hoy toca ser práctico. De los poetas siempre se dijo  que si no pasaban hambre no eran verdaderos poetas. Hoy de los escritores, en general, se podría decir lo mismo. A salvo aquellos que tienen cien “negros” para escribir sus bestsellers  de un un millón de copias vendidas en supermercados y transportados entre verduras, carne y pescado. Yo, como no soy un poeta, aunque haya escrito cosas que se lo parecen, como no tengo “negros” que me escriban bestsellers, como, gracias a dios, no paso hambre, todavía, y no por tener un huerto ecológico como el  escrito y descrito en el post anterior, me voy a permitir llevar a mi mesa a mis queridos lectores, de uno en uno, que no se agolpen,  invitándoles a comer  un plato que es de mi creación, aunque a algunos os pueda parecer un plagio. Me da igual si  la descripción de mi arte culinario consigue que vuestros estómagos queden agradecidos; de eso se trata, que ya los poetas verdaderos se encargan de alimentar el alma y los de los bestsellers de engordar sus cuentas corrientes.

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En la noche, desde mi ventana V

Cierro los ojos intentando ver  claro. En ocasiones, cuando a plena luz del día no consigo ver nada, si cierro los ojos se abre una ventana que resuelve la inoperancia de mis sentidos. Se movilizan coordinados, como si me estuvieran diciendo este es el camino que debo transitar, si quieres quedar satisfecho de ti mismo y dejar satisfechos a los demás. Pero esa proposición puede pecar de egoísta si no atiendo a las señales que los demás me envían. Me planteo, entonces, si mi satisfacción personal es prioritaria y la de los demás accesoria.

Estas y otras divagaciones se parecen a las que plantea mi mente observando las luces de la ciudad en la noche, que ni unas ni otras me dicen qué hay detrás de ellas. Y cuando la oscuridad domina sobre la luz, me sumerjo en la oscuridad, curiosamente empujado por Lucidez, siempre ahí para no darme tregua en el intento de salir a flote de una situación que me ahoga. 

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En la noche, desde mi ventana IV

Con la cabeza embotada de tanta incoherencia como parecía estar menguando mis facultades mentales, dejé a Lola, al sosías, al fantasma y a Lucidez encarcelados en el ordenador, con la esperanza de que me dejaran dormir sin soñar, sin retorcer mi cuerpo, ya bastante maltratado por los años.

Inevitable fue que en los primeros compases de aquella partitura en la que ya no sabía quién tocaba y quién dirigía, la Lola varada me pareció que salía del ordenador y me acompañaba a la cama. No hice ningún gesto de desaprobación. Recordé que ella no había hablado de sexo, y eso me tranquilizó: podía fracasar en mi empeño de estar a la altura y me dejaria un pesar más a mi yo fracasado. No pensé en las matemáticas, que habría añadido un plus de estupidez a mi vida.

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En la noche, desde mi ventana III

El fantasma, que parece haberse puesto a mi servicio, no parecía estar dispuesto a mostrarme su habilidad para escribir delante de mí, mientras observaba la página de Word. Había abierto otra nueva por si tenía que ser yo el que, finalmente, terminara la historia de aquella vendedora de la supuesta máquina maravillosa. Si fuese yo, ya no escribiría en cursiva, era necesario distinguir entre lo suyo y lo mío; cuestión de amor propio.

Pero por más que lo intentaba, no sabía cómo seguir aquella historia. Lucidez me volvería a decir que lo que yo estaba haciendo era inventarme una historia, algo que ya me había reiterado como inútil.

Esta última consideración era inapelable y decidí dejar que mi fantasma la continuara, si quería. Me había salido un sosias inesperado, si su voluntad era sustituir mi tedio, nadie entre mis lectores lo notaría; el sosias es alguien –bueno, tratándose de un fantasma, es un decir–, que se identifica con su mentor, el mentor con más experiencia, se supone. De momento, Lucidez parecía estar conforme con la historia, pues permaneció callada mientras yo divagaba sobre el extraño fenómeno.

Así pues, sin nada nuevo que aportar, decidí acostarme dejando el ordenador encendido,  la pantalla apagada; el estudio es contiguo a mi dormitorio y desde la cama podría ver si había actividad en él. Esa posibilidad haría que me levantara, más inquieto si cabe por ver qué se estaba escribiendo, y mi fantasma dejaría de escribir. “Pórtate bien, escribe una obra maestra para mí”, dije susurrando mientras me retiraba.

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En la noche, desde mi ventana II

Han pasado tres noches sin que las luces de la ciudad me propongan una historia, algo, nada. Lucidez me recuerda que no les exija una historia fabricada ad hoc para cubrir mi hastío con pesadillas, dramas, desengaños o cualquier situación humana que llame la atención de mis lectores. Porque todo no es sino una reiteración vulgar de la vida que nos hemos querido dar, y a nadie interesa si no es singular.

Estoy absorto mirando la nada de la página en blanco de Word. El realismo mágico puede volver, espero, en cualquier momento, y esa página se llenará de letras, palabras que contarán una historia real, y yo pensaré que esa historia puede interesar a mis lectores.

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En la noche, desde mi ventana

 Mi escritorio, sancta sanctorum, donde mi imaginación se abre paso como liviano barco en un proceloso mar llenos de sorpresas, un ordenador mac, sobre la mesa preside el reducido ambiente como ventana que me permite sustituir el sagrado papel que usaron todos los fabuladores que me precedieron. La técnica lo inunda todo, y yo soy un sicario más con el encargo de matarlo.

Algunos libros que se libraron de ser de forma ignominiosa regalados a la biblioteca municipal, permanecen en exiguas estanterías, y no para dar testimonio de mi nivel cultural, pues que muchos ni los he abierto. Libros de alta calidad editorial que compendian el saber universal del ser humano desde que pudieron encontrar el medio para ser transmitido a través de los tiempos. Ya me referí a ellos en un post anterior. Ahí están para sentir el aprobio al que me somete mi indiferencia. Quizá me deshaga de ellos si me ofrecen un buen precio.

El resto del mobiliario lo constituye un sillón giratorio con respaldo, botes llenos de bolígrafos, entre los que hay pocos que sigan escribiendo, un teléfono de mesa, una impresora con la tinta agotada, un cinta de andar en la que desentumezco mi cuerpo de las antinaturales posturas que adopto inquieto mientras duermo y tres paredes acristaladas que me invitan a asomarme a un exterior que me ofende por su majestuosa visión. Y es que donde vivo, una casita adosada a la casa principal donde vive mi hija Mónica, está situada arriba de una colina que domina, casi de forma panorámica, la completa vista que la rodea en un nivel inferior. A veces pienso si no será ese el Olimpo. Hacia el norte, en la falda de una montaña, se encuentra el casco histórico de Mijas, inmenso municipio que hoy extiende sus tentáculos hasta el mar. Al sur, otro municipio, Fuengirola, se sumerge en el Mediterráneo a 450 metros más abajo de mi posición privilegiada.

Miro indolente durante el día ambas poblaciones sin que me produzcan otra reflexión que en aquellas casas, que se pegan unas a otras disputando el espacio, viven unos seres humanos y algunas mascotas que sacan a pasear a diario. Prefiero la  ventana que me brinda mi ordenador, al menos en ésta puedo sentir que el horizonte vital se extiende hasta un infinito  hecho a mi medida.

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