DIÁLOGOS ENTRE ESPOSOS TÍPICOS

–Tengo que hablarte, querida.

–¿No me digas? Ya casi me había olvidado que supieras hablar.

–Precisamente, por eso quiero hablarte. No existe comunicación entre tú y yo…

–Di más bien que tú no te comunicas conmigo; cada vez que yo lo intento, apenas abres la boca.

–Será porque cuando la abres tú, no me motivas.

–O sea, que soy yo la culpable,  Bueno, ¿qué quieres decirme?

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La mujer rubia, (aportación)

Aquel caluroso verano del 70 estará siempre presente en mi memoria. Viajaba en la segunda clase. El tren se deslizaba ruidosamente pero a mí no me disgustaba aquel estrépito. Después de estar más de dos años en el campo militar, sin apenas tener contacto con el exterior, aquello me parecía una fiesta. Viajaba solo, una familia que había acompañado mi largo viaje había descendido minutos antes.

De pronto la puerta se abrió. Entro una mujer rubia, algo pasada de carnes, con una pequeña maleta y una bolsa de mano que parecía a punto de explotar. Saludó brevemente, tomó asiento frente a mí. De inmediato sacó un libro de la atestada bolsa e ignorándome se refugió en él. No obstante, por momentos, podía sentir su mirada curiosa, discreta, recorriéndome.

Al llegar la noche, ella me pidió ayuda. Levanté su asiento para convertirlo en una litera. Agradeció, se recostó y siguió en su lectura. Fuera porque el calor era demasiado, la mujer iba ligera de prendas. Una blusa azul de tela muy delgada y unos pantalones blancos delineaban su silueta turgente. Su cuerpo húmedo era un imán para mis miradas.

No sé bien a qué hora, el libro cayó al piso. La mujer, con los ojos cerrados, dormía relajada. Entonces pude observarla a mis anchas, labios carnosos, cejas delgadas, nariz delineada, senos generosos… Las horas pasaban sin ápice de sueño, no podía parar de mirarla. Ella parecía dormir, me extrañaba que no hiciera sonido alguno que lo evidenciara, pero su cuerpo estaba inmóvil.

Lo imaginé caliente y sudoroso. Y no pude más. Me aproximé a ella. Con movimientos delicados toqué su rostro, senos, abdomen, el triángulo de su sexo, muslos, pantorrillas… ella seguía muy quieta.

Sopesé el peligro. Lo más grave era que despertase y reportara mi falta al cuidador. Quizá mi uniforme militar me salvaría, solamente obtendría una reprimenda menor y el cambio de vagón. El riesgo lo valía…

Sin pensar más, mis labios se apoderaron de su boca, de la aureola tibia de sus senos, mis manos se deslizaron hacia su pantalón para introducirse y tocar con deleite su pubis y recrear mis fantasías aparcadas.

¿Gemía ella levemente o era mi imaginación? No podía afirmarlo. Pero el caso es que la mujer no abría los ojos, su respiración era ciertamente más agitada y nada más.

Las oleadas de placer estallaron furiosas, ante lo inminente, marché al baño. Retorné minutos después. Ella seguía quieta. Levanté mi asiento, la comodidad de la litera me permitió dormir.

A la mañana siguiente, la ruidosa parada del tren en la estación X puso fin a mi descanso. Esta vez fui yo quien mantuvo los ojos cerrados, expectante…

La mujer rubia se levantó. Tomó su maleta, la atestada bolsa. Se acercó a mí, dejó un beso húmedo y leve en mis labios y cerró la puerta tras de sí.

Su libro quedó olvidado en el suelo.

 Rebeca Montañez –  Antología Desde mi voz  (ICY 2008) 

A mi Calabacín

A MI CALABACÍN

Si alguien, hombre, posee un calabacín como el mío, que lo muestre sin pudor, , Que las damas no se asusten, que mi calabacín sólo pretende impresionar.     La naturaleza me ha dotado con  la excelencia, 32 cms. de largo x 30 cms de diámetro, nunca se vio nada igual, ni imaginarse pudo por la mente más soñadora. A partir de hoy, ya no me sentiré frustrado; mi calabacín estará en la mente de todos, porque lo glosará National Geografic  o Guiness -Records como el mayor calabacín en posesión de un escritor. Seré más famoso por mi calabacín que por mis escritos, Y ya estoy pensando cómo obtener beneficio de mi calabacín; algun@ me dará la idea.

© Los prodigios de mi huerto, por JDD, 2018

Así lo conté II

Antonio, o cómo se explica

Antonio, habiendo constatado que la dueña de su amor, debía llevar tiempo deseándolo sin que él se apercibiera, sufrió un lacerante desengaño. Antonio era un hombre singular. Cualquiera podía haberse sentido feliz por tal coincidencia, pues nada hace sufrir más al enamorado que la incertidumbre por la posible no correspondencia del mismo sentimiento en la mujer amada. A él le debía parecer, que no era lo mismo provocar amor en la joven con aquel poema hecho para ella, que haber provocado inconscientemente ese sentimiento con poemas a otras mujeres innominadas.

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De “Así lo conté” I

EL POEMA

Llevaba, Antonio, muy mal eso de ser deseado por varias mujeres de su entorno. Además, también creía que un vecino cincuentón, de aspecto remilgado, suspiraba por él, llenando su soledad de imágenes fijas. Antonio estaba casado, circunstancia ésta que no provocaba su malestar, pues no se consideraba, por eso, propiedad de su esposa. Su malestar venía de algo poco corriente. Él estaba perdidamente enamorado de una jovencita que vivía en el mismo rellano de la escalera, y se consideraba líricamente su exclusivo esclavo. Bien habría querido que aquella joven se hubiese interesado por él, como, a veces sin ningún pudor, lo hacían aquellas mujeres, incluso el cincuentón con sus tiernas miradas.

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Una mujer extremadamente fea

Salustiana era un mujer extremadamente fea. Sus padres, como en una premonición de lo que llegaría a ser, también le pusieron un nombre horrible, o a mí me lo parece. Ni siquiera lo apostrofaron llamándola Salús, que hubiese parecido hasta exótico. Todo el mundo la llamaba Salustiana, pienso que hasta complacidos en su perversa intención de llamarla por su nombre. De todas formas, mejor era que la llamaran con un nombre que hacía honor a su fealdad,  que  cualquier otro que, por bello, hubiese sido un escarnio cada vez que la nombraran. Creció en el seno de su familia como una maldición, aceptada, igualmente, como la miseria que padecían sus padres, es decir, con resignación cristiana.

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El mosquito

 

Y me voy a referir a la hembra, ¡vaya por dios! Porque el macho no sé qué habrá hecho copulando, que se ha quedado tan consumido, que ya no levanta el vuelo, y allí donde se posa espera la muerte, muerte digna, en todo caso, pues ha dado todo por perpetuar su especie. Supongo que el placer fue intenso.

Pero la hembra, ¡ay la hembra!, llena de vitalidad, vuela incansable, especialmente en la oscuridad. Ha dejado al macho exhausto después de convertir su cuerpo en semen. La hembra es esencialmente chupadora. Lo chupa todo. Y no tiene boca, tiene una trompa que, ha voluntad, convierte en pico agudo, un aguijón poderoso, capaz de penetrar la epidermis de un elefante. Y posee unos sensores que ya quisieran, en proporción, poseer los cazas de guerra más sofisticados. Se complementan con unos ojos que detectan cualquier cosa en movimiento, y que su procesador central identifica como los aviones cisterna que llevan la sangre que necesitan. También tienen corazón, aunque no lo parezca dada su actividad, y falta por saber si albergan algún tipo de sentimiento.

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De aquellas sensibilidades

Rebeca evoca en su último comentario lo que se cocía en el foro llamado Sensibilidades. Voy a rescatar para este nuevo Blog, algunas de aquellas cosas que, al parecer, tenían de los nervios al ginecólogo que pastoreaba a sus anchas a las damas que allí se solazaban con su macho cabrio. Hasta que llegó el lobo, y el espanto fue general.  Aquella incursión mía le sentó al dueño del cortijo como un grano en el culo, y como era el dueño, me expulsó ayudado por un par de mastines hembras que le hacían felaciones a su cerebro.

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En la noche, desde mi ventana VIII

La historia no va mal, la he releído y corregido de algunos errores, no puedo evitarlo, mis dedos corren más que mi pensamiento, en ocasiones vuelvo atrás y me pregunto: ¿he dicho yo esto? Otras, simplemente, borro párrafos enteros con un ¡a la mierda! , y vuelta a empezar. Creo que los personajes de esta historia que traigo entre manos responden a una realidad virtual. Yo he vivido en pueblos así, aunque fue en otros tiempos en los que se pasaba de la escuela a cuidar ovejas, arar el campo y regar las lechugas. Quizá me estoy pasando un poco con el personaje Genaro, pero es que recuerdo de mi niñez,  y en un pueblo similar al Tres Reyes, a uno que llamaban Evaristo, que era calcado. Como sería de desgraciado, que sólo se alimentaba de los mendrugos de pan que le daba el molinero y de la fruta podrida que sus padre echaban a los cerdos. Por la noche sus padres lo encerraban en el pajar si era verano o con los cerdos si hacía el frío del crudo invierno , y allí yacía envuelto en paja y excrementos, y si soñaba, no puedo decír qué soñaba porque me desviaría del propósito de este relato que pretendo sea fiel a los hechos .

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En la noche, desde mi ventana VII

Retrasé deliberadamente mi regreso al encuentro con Lucidez. Intentaba forzarla a que me diera una historia completa, y no quería presionarla. Una historia sin final, pensé, no es una historia, es un aborto. De lo que no estaba seguro era si cualquier historia me iba a complacer. Muchos escritores llenan la papelera de folios antes de firmar lo que consideran publicable.

A punto de salir de dudas, quiero hacer una confesión de parte: si no me complace lo que Lucidez me ha propuesto, prometo dejar de escribir y dedicar el tiempo a mi huerto y la cocina. ¿Heróico? No, consecuente. Heróico es una postura circunstancial, en una situación única; ser consecuente es una postura  vital, no se es consecuente si una vez no lo eres.

–¿Qué me tienes, amiga? –Le pregunte, sentándome a su lado.

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