Debo confesar que…

No se me había ocurrido. Hoy me levanté con un pensamiento que no habia tenido antes. Quizá fue movido por haber observado el día anterior la estadística de visitas a mi blog. Ella me daba cuenta de una aceptación no “trending topic”, pero suficiente para justificar lo que escribo. A fin de cuentas, ya no pretendo el Nobel, ni siquiera un best seller, si estos pensamientos pasaron por mi cabeza en algún momento del pasado, que probablemente no.

Recuerdo mi vieja página, hoy desaparecida. Se movía al compas de la efervescente actividad de mi participación en los foros, más o menos literarios, de la época. No era díficil que mi “page counter” alcanzara las 50.000 vistas, si cada foro podía tener de cincuenta miembros participantes. No le daba importancia, pues los curiosos entran en las páginas de todo tipo a ver qué hay, para cerrarlas después de leer el primer titular. Ahora, en este nuevo blog, el número de vistas es más modesto, aunque presumo que son de más calidad. Dos reclamos deben ser los que impulsan  a abrir mi blog. Uno es el que yo fuerzo con el envío del enlace a un nuevo escrito a unas 30 personas, amigos y familia, que sé no se van a enfadar por invadir sus correos con publicidad no deseada. Los envío CCO, con copia oculta. Esto quiere decir que nadie conoce las direcciones de correo de los demás. Hasta aquí correcto. Donde hoy pensé que no estaba siendo políticamente correcto, era que enviaba esos enlaces sin un saludo de cabecera y final; era como si le tirara migas de pan a las palomas.

Queridos amig@s y familia. Primero gracias por vuestra generosidad, segundo disculpas que os ofrezco sinceras.  A partir de ahora voy a seguir lo mismo, pues no creo procedente saludar a mis 30 incondicionales con esa modalidad de copia oculta. Y cuando recibáis uno de  mis escritos, cada uno pensad que os saludo de forma individual y con mi mayor afecto.

Josë

La Cabra.

Eran tiempos de postguerra civil española, universal para escritores universales que encontraron su universalidad escribiendo sobre una guerra fraticida, romántica, incomprensible hasta que se desencadenó, pocos años más tarde, la gran guerra en el viejo continente con la participación, cómo no, de los norteamericanos, siempre prestos a entrar en todos los fregados. Pero sus plumas no apuntaron a hechos cotidianos, aquellos que el hambre daba covertura y razón de ser en una  España devastada y bloqueada por tierra mar y aire, sin más recursos que los propios de un un solar cercado por las potencias antifascistas.

Yo viví uno de los episodios que hoy me atrevo  a  considerar ingénuo, en la circunstancia actual de un consumo gratis de porno duro que ya parece insuperable en su degradación.

Tendría esos pocos años que marcan una edad entre la niñez ingénua y la conflictiva de una pubertad sin salidas. Mi padre era guardia civil, y con mi madre vivíamos en la casa cuartel, habilitado para alojar a los civiles y a sus familias. La curiosidad propia de mi edad, que se alimentaba de todo aquello que le parecía extraño, me impulsaba a tener los ojos y oídos abiertos para captar los que sucedía en el cuartel.

Y como en una película en blanco y negro, hoy pasan las imágenes y hasta los sonidos de escenas que viví, permaneciendo cerca de la habitación en la que el sargento, máximo grado en aquel cuartel, investigaba aquellos actos   presuntamente delictivos que le traían los guardias.

No es que tenga una mente sucia, capaz de elucubrar hechos que sólo la imaginación lleve al teclado donde escribo. Lo que relato no es producto de mi imaginación, sucedieron, y sólo lamento que no disponga de todos los detalles, aunque la historia, descrita a grandes pinceladas, da como resultado un cuadro que merece ser contemplado. Por eso lo presento.

Era frecuente que a los pueblos se acercaran saltimbanquis que se ganaban la mísera vida dando espectáculos que a la buena y analfabeta gente atraían como ahora lo haría un musical, un espectáculo de luz y sonido, un concierto. No había otra cosa, ni siquiera un cine donde contemplar escenas que se salieran de la cutre rutina de sus vidas.

¿Y por qué traigo yo a colación esta historia que voy a contar? Pues porque adicto de Google, me topo con la foto que adjunto en este relato. Se trata de un foto que me ha hecho regresar 75 años, y a como si lo estuviera viendo, que se dice.

Un tirititero o saltimbanqui, siempre gitano aunque fuese payo muerto de hambre, fue llevado al cuartel por una pareja de la guardia civil. Según pude oir y entender, iba a ser acusado de ofrecer su cabra a un vecino, el más rico del pueblo, para que su hijo, algo tontorrón o retraido mental, se follara a la cabra y puediese, así, alcanzar la categoría de hombre hecho y derecho. El delito, al parecer, estaba tipificado como corrupción de menores, y era por eso que el tirititero había sido conducido a declarar. El dueño de la cabra, o su proxeneta, al parecer ya tenía antecedentes de prácticas mercantiles parecidas, pero ahora interesaba a la autoridad saber quién había sido el cliente que le había utilizado para desvirgar a su hijo, a la zazón menor  de dad, pues tenía 20 años, a punto de cumplir la mayoría fijada entonces en los 21. Quizá el padre debió pensar que era la ocasión, ya que el tirititero no volvería por allí en mucho tiempo y no soportaba la idea de tener un hijo que sólo llevándole de putas a la capital, podría hacer de él un hombre. También porque el tirititero y la cabra nunca hablarían de ello, así la ocasión la pintaban calva, y la aprovechó. ¿Que cómo trascendió para llegar a la guardia civil? Pues porque un vecino del  padre celestino pudo verlos en el corral desde una ventana que daba al mismo, y que temeroso del poder de su vecino, sólo le dijo a los guardias que el tirititero comerciaba carnalmente con la cabra, y que eran menores en ese caso. Los guadias, como primera providencia, llamaron al tirititero, luego al vecino, luego al padre, luego pidieron traer la cabra para que la examinara el veterinario.

Y ya no recuerdo más, sólo que a partir de entonces, y dados en los pueblos a poner motes, al joven tontorrón, lo llamaron follacabras, y seguro que murió  de viejo sin quitarse la cabra de encima.

 

San Valentin

Pues eso, que hoy es el día de San Valentin, y al decir de los enamorados, su patrón. Pobres enamorados que necesitan de un empuje para manifestar que se aman. Menos mal que sólo es un día al año y no no hay mal que cien años dure, porque no quiero imaginar que dos enamorados se tuviesen que intercambiar flores, libros, una cena romántica cada día, y qué digo cada día, cada vez que se encontraran en el salón, en el pasillo, en la cocina de la casa. “Amor, toma esto en prueba de mi amor”. “Y tú, mi cielo, toma esto en prueba del mío”. Y luego se besaran, con mayor o menor pasión. Qué dependencia, señor! Y sin mencionar la noche, en la que ambos estarían obligados a cumplir.

Vale, San Valentín es un santo que hizo cosas para ser santo, y aunque han pasado muchos años para tenerlo como el patrón de los enamorados que necesitan, por lo menos una vez al año para renovar sus votos, ya las firmas comerciales se encargan de recordárselo. En ocasiones, a algún despistado como yo, le llega un correo con un “Hoy es San Valentín, José…”,  y yo dejo todo para ir a comprarle un huesecito a mi perrita Lola, a la que amo. No soy tan escéptico como parezco.

Iba a terminar ahí, que al releerlo por si faltara alguna coma, recordé a los que un día como hoy el amor es un recordar amargo.  Y para ellos este poemilla mío que no dice nada y lo dice todo, según para quien lo lea.

Golondrina,

¿Dónde has estado?

¿Qué otros nidos visitado?

¿Qué otros cantos escuchado?

Dejaste mi corazón enamorado,

¿Lo sabías?

(JDD. 2000)

Pues nada, San Valentín proveerá.

Mario

 

Hoy voy a escribir de Mario

Mario no es un personajes de ficción, aunque, por sus características, cualquiera que no sea yo podría muy bien considerarlo. Mario es tan especial, que muchas veces pienso que no es de este mundo. Sí, porque acostumbrados estamos al prototipo del hombre perfecto, modelo de virtud y también prototipo de hombre cúmulo de imperfecciones, de vicios. Prototipo no es aplicable a Mario, a una cualidad de Mario, que de serlo, sería cambiante según qué circunstancias. En cambio, estereotipo sí podría ser una buena definición, por cuanto se refiere a algo inmutable. ¿Pero inmutable en qué, a qué condición tendría que referirse, a que es perfecto, un modelo de virtud, un cúmulo insuperable de vicios? Llego aquí con la duda de que exista una palabra que defina sin ambages a Mario. ¿Y eso importa? Aunque existan muchas personas que le conocen y surja de sus bocas espontáneamente una definición, cada una de ellas escogerá la que más le acomode. Será, en definitiva, mejor que muchos y peor que algunos pocos. La esencia de Mario es indefinible por principio, Mario está muy por encima de poder ser catalogado. O quizá sí, pero no podré hacerlo yo, que soy su padre.

Mario, mañana cumples medio siglo de vida, y lo que sí quiero y puedo decirte es que te quiero como eres. No cambies, sólo podría ser para peor.

Que tengas un buen día, hijo.

Del asombro a la infinita tristeza

Las fotos aquí mostradas corresponden a otros momentos de la historia de una niña, sí, una niña que tenía sólo, digo bien, sólo 5 años cuando dio a luz a su hijo. Un buen tema para un escritor de ficciones, salvo que éste lo sería de un ser real. Ya están otros que lo están intentando,  por seguro  que mientras se frotan las manos pensando en el botín de lo que suponen sería un best seller.

Quiero creer que las fotos son reales y no un fotomontaje. El artículo periodístico de donde las he extraído parece verosímil, “Lina Medina, una madre a los 5 años, autor Martín Mucha”, que se esfuerza en darnos pruebas de no ser una invención. Como le creo, y aunque sólo sea porque se añade a otras historias igualmente reales e igualmente inverosímiles, rescato aquí un poema que escribí hace 16 años. No recuerdo si fue inspirado por algo similar. Debió serlo, porque mi mente no es tan sucia como la del dios que lo permitió

Maldita sea tu mano todopoderosa,
Que no libera a tu hija predilecta…!
Incestuoso intento de gozarla…
Si yo poseyera toda la palabra del Universo,
Te sentenciaría a escucharme eternamente…
Hasta que te durmieras en la matriz de una loba…
Hasta que todos tus sueños fueran las pesadillas de los hombres…

Hasta que gritaras “¡Basta!, me rindo!”.

Escapa, niña, a sus intentos.
Vuélvete arena entre sus dedos.
Llena el mar hasta que surja una isla.
Deja que de ella tomen posesión las mariposas.

Préndete de sus patas y… ¡vuela!
No es un grito lo que escuchas;
Es mi alma que repta hasta mi boca
Y araña mis entrañas;
Es el dolor de no sentirte.
(JDD 2001)

Lina      

actualmente, con 84 años recordando

Todo cambia, nada permanece

Me despierto, son la cuatro de la madrugada. Abro el ordenador.  Leo en los medios digitales  que el cometa  McNaught, de 90 kms. de diámetro, ha chocado con un cuerpo errante y había desplazado su trayectoria de la calculada con margen de error cero    por los astrónomos. Dejo el ordenador y conecto la televisión.  Un solo tema. No han verificado aún la nueva trayectoria, tomará tiempo, pero avanzan que podría dirigirse a la Tierra. Se consultan otras fuentes que están implicadas en el seguimiento y todas silencian  lo que se intuye como el fin de este mundo. Presidentes, primeros ministros de los países con tecnologías avanzadas, se dirigen con urgencia  por televisión a sus ciudadanos. Intentan tranquilizarlos. Hoy estos países disponen de cohetes con carga nuclear capaces de destruir cualquier objeto intruso que amenace la Tierra, y así se hará si el cometa llega a suponer el peligro que se le atribuye. Otros, en cambio, no parecen tener interés en minimizar la catástrofe y auguran, cuanto menos, una destrucción masiva del 90%. Más, incluso, que el precedente de los dinosaurios.   Pasa el tiempo y con él la actividad frenética de la información. Por un momento pienso que debo estar soñando con esa película que ya he visto. Pero no, no estoy soñando, porque miro el reloj  y compruebo que marca los segundos. Porque me acerco a un jarrón con flores, y percibo su perfume. Una mosca revolotea cerca de mí y oigo el aleteo de sus alas. Todas las cosas están en su sitio, los muebles, los cuadros, mis libros… En los sueños no existe la precisión porque todo parece cambiante .

Ahora mis pensamientos están tratando de comprender la situación, el final de la vida, al menos la de este mundo, y que con suerte se salvará una pequeña porción no identificable con un ser humano. Si sucede lo que parece inevitable,  yo, mi familia, mis amigos no estaremos vivos después del impacto. No me detengo en pensamientos que podrían  aliviar mi inquietud del momento, como tomar prestados los que otros estarán considerando: la vida después de la muerte, el cielo prometido, la reencarnación y cualquier otro que relativice la muerte y con ella el fin . En cambio si me afirmo en la convicción de ser producto del azar, un azar que ahora no respeta lo que yo desearía, algo más de vida para mí y para los seres que amo, y también, por qué no, para el resto de la humanidad, que se estará preguntando para qué le dieron un poco de existencia, un destino absurdo, que sólo se justificaría si no fuésemos otra cosa que una consecuencia más del universo caótico en el que todo cambia y nada permanece.

Ya han pasado las horas, los días, siglos y aún el cometa no ha chocado con la tierra. Y yo, un ser atemporal, pronosticando que será en cualquier momento.

Amaia

Magia, apoteósica, sublile, alucinante, increible, dulzura, puereza, sentimiento puro, desgarro en el corazón, dolor, alegría, calor, hipnotiza, única, diosa, fantasía, maravilla….

Esos y otros muchos adjetivos de parecida expresión de admiración no son sinónimos de un diccionario de sinónimos, son las expresiones que Amaia ha provocado en los que han seguido su aparición en Operación Triunfo, un reality de laTelevisón Española. ¿Y quién es Amaia? Amaia es una concursante hasta ahora desconocida que hace tres meses se presentó a un casting esperando ser elegida. Tenía 18 años, ahora 19, y fue elegida con otros 16 chicos y chicas para pasarse 3 meses en una academia ad hoc, donde serían formados por un elenco de profesores de diversas disciplinas relacionadas con la interpretación musical. Amaia desde el principio destacó por esos calificativos, absolutame merecidos en cada una de sus actuaciones. ¿Y cómo era posible tal portento, y hasta milagro humano, que alcanzara la excelencia de un personaje literario de ficción? Porque no concivo que exista una persona real que pueda acaparar tantas bondades, imposible sin ninguna mácula que la acercara a un ser humano, que tiene que ser necesariamente imperfecto para no ser considerado un mito. No me gustan, no creo en los mitos, y para que Amaía fuese sólo un ser humano,  alguien tenía  que intentar romper esa cadena de elogios interminables. Y lo encontré. Ese alguien dijo de ella: “Es pura bazofia”.  Después del shock, me repuse al recordar una frase célebre de Voltaire: “Los prejuicios son la razón de los imbéciles¨. Pero en ese momento no tuve claro el significado de Prejuicio, y me fui a la RAE. La Real Academía de la Lengua define “Prejuicio” asi: “Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal”. Podía ser, y yo tenía que añadir algo más: y que pretende brillar por encima de los demás con luz que no tiene.

Pero gracias a ese imbécil había conseguido que Amaia fuese para mí un ser humano y no un mito, y como tal, hacer posible que, a partir de ahora, crea que no todo está perdido, que ocasionalmente un ser humano puede reivindicar el derecho a vivir, y con él todos los demás, aunque entre ellos haya algún imbécil.

 

 

Billy Elliot, semblanza

Acabo de ver la película Billy Elliot, año 2000, premiada con tres Oscars, varios Globos de Oro, un sin fin de Baftas, y yo me la había perdido.

Reír, llorar, mantener un interés expectante desde el primer fotograma. Eso es Billy Elliot. Una historia sencilla para unos personajes normales. Sin embargo, mientras la miras intentas que la historia se acomode a lo que esperas, o más bien a lo que que deseas que suceda. Y no hay sorpresas. Un niño que tempranamente descubre lo que quiere ser. Rodeado de incomprensión, los prejuicios, la precariedad familiar, el intento del padre de imponer la razón de sus testículos, no es suficiente para torcer el destino de Billy. Y no voy a seguir para no pecar de spoiler.

Pero no creo anticipar ningún clímax de esta película excepcional, si me ciño al relato de las sensaciones que me ha producido.

Cuando una película es como una ventana por la que te asomas y ves una realidad, sea ésta amable o cruda, es como si te sacara de tu mundo anodino, sin entrar en otro igualmente anodino,  para vivir algo lleno de vida, es una sensación,

Cuando una película te permite posicionar tu criterio sobre ciertas actitudes humanas y el mensaje que recibes es “no tengas dudas, tú piensas así”, es una sensación.

Cuando una película te recuerda que si tú hubieses persistido en realizar un sueño, probablemente lo habrías consegido, es una sensación.

Cuando una película te hace llorar como llora uno de sus personajes, no sólo con ocasión de sentir frustración, sino cuando lo hace por un sentimiento de orgullo, es una sensación.

Cuando,  se termina la película y en un sólo fotograma el clímax que logra te inunda de satisfacción, es una sensación.

Es suficiente para guardar una película que quizá nunca más vuelva a visionar, pero es igual. No he vuelto a releer libros que me causaron sensaciones, porque de forma recurrente vienen a mi memoria recordando las  que me produjeron. Vale la pena que este ejemplo sirva de guía para los que fabulamos historias, porque es frecuente que esas historias sólo causen sensaciones a los que las escribimos.

P.S. Y despues… de ver la peli Billy Elliot con las sensaciones a flor de piel, veo el musical basado en la misma historia. Lástima de subtítulos, no la he encontrado versionada en castellano. Aún así, quiero verla. Supuse que el musical me daría otra dimensión de la que adolecía la película, escasa  en escenas musicales.

Y el musical vaya si dio cumplida cuenta de este aspecto. Qué decir de esta nueva experiencia… Dos horas y media en un mar de lágrimas, lágrimas de emoción, que no fluían por esa condición de ser ya muy mayor y que vivo de nostalgias. Explicar qué nos emociona del arte es una pretensión fatua, porque del arte podemos decir por qué es arte, pero nunca por qué emociona, y no siempre todo lo que es arte emociona y a todos los que lo contemplan. Invito a ver la película y luego el musical. El inglés puede ser una barrera en este último, pero bastarán las imágenes para emocionarnos. Bueno, al igual que en el arte en general, no siempre a todos.

Génesis de mi novela

Hace ya un siglo, y me parece que fue ayer, que escribí vuestra historia, Raquel, María. Al niño no me dio tiempo, murió antes de darle un nombre. Fue mucha la pasión que despertasteis en mí, a veces me hicisteis llorar. Acababa de iniciarme en una inquietud largo tiempo postergada: escribir. No me conformaba con utilizar la escritura como medio de comunicación. Los foros más o menos literarios,  los primeros intentos de unir palabras para construir pequeños relatos, correos personales con colegas igualmente inquietos sólo aplazaban cumplir con un deseo.

Era consciente de que cualquier escritor de historias necesitaba personajes. Unos toman personajes de carne y hueso, otros los engendran en el vientre de su imaginación. Una vez los tienen, los ponen a andar. Pocas son las ocasiones que el escritor tiene la suerte de relatar el devenir de esos personajes, de principio a fin. Es más habitual que sean los personajes, una vez puestos en movimiento, los que van configurando la historia que, finalmente, el escritor  deja escrita y firmada. Y también es habitual que esos escritos terminen en un cajón, una carpeta, una papelera. Son escritos  nacidos para morir sin destino.

No recuerdo cómo fue que me fijé en vosotras, y esa vez no os vi como las figuras de un cuadro que colgaba de la pared del salón de mi casa. Habituado a veros sin complacerme, no os miraba de forma sostenida, os evitaba como se evita contemplar una cosa desagradable. Estabais enmarcadas en un cuadro valioso y justificaba, sólo por eso, vuestra existencia . Pero ese día creí sumergirme en vuestro drama, Marta, María, y enseguida supe que erais los personajes que necesitaba para iniciar la aventura de escritor. Ahora sé que el escritor no es el dios que sólo crea personajes felices, pudiendo hacerlo, es cruel, a veces sanguinario, casi siempre indiferente a cómo van a ser sus criaturas cuando las echa a andar por los caminos que ellas mismas escogen. No siente empatía, no sufre con ellos, sólo los retrata y procura  hacerlo con la maestría  de un escritor meticuloso con la morfología, ortografía, la sintaxis, la estética de lo más bello a lo más tenebroso.

Y aunque os puse a andar con libertad, el cuadro en el que mostrabais vuestra desolación me obligaba a no distrerme de vuestra realidad. Hubiese sido un sarcasmo, una grave ofensa el que yo la hubiese disimulado con las artes de un retorcidor de destinos. Y fuese porque soy un sensiblero, el escritor esta vez formó parte de vuestra tragedia y lloró con lágrimas de congoja, de impotencia por carecer de recursos para señalaros caminos de felicidad.

En este blog y en cajas sin abrir está guardado vuestro testimonio. Un tiempo atrás decidí destruiros, acabar con vuestra existencia, como cualquier existencia. De aquí era fácil borraros, de las cajas fácil incineraros.

Es de mal gusto anunciar la muerte si eres tú el que la causas, y yo la anuncié a alguien de la que esperaba complicidad. “Loco, ni se te ocurra semejante barbaridad!, me dijo.

Escribo frente al cuadro. Os miro fugazmente  y siento  que el corazón se me encoge. Podría haberos borrado, destruido los libros que aún están embalados esperando el destino para el que fueron creados. Pero nunca  dejaríais de estar presentes en ese valioso cuadro, y yo seguiría rememorando vuestra historia y, también, calculando cuánto podéis valer como pintura. No puedo evitarlo.

¿Filosofía?

Una amable amiga, coleguilla en esto de emborronar virtuales hojas de papel,  lectora asidua de mis cosas, me llena de rubor cuando me declara su filósofo preferido. De rubor, sí, porque en ese sustantivo yo creo entender todo lo que significa.

En principio, mi amiga me atribuye una dedicación de mi pensamiento: filosofar. Pero filosofar es una actividad del pensamiento  que intenta comprender el porqué de las cosas, razonando sobre sus efectos y causas. Estaría justificado que fuese el filósofo preferido de mi amiga si en mis reflexiones yo aportara algo valioso para ella, que ningún otro filósofo le hubiese aportado.

¿Cómo mi vanidad podría aceptar tal cosa sin causarme la desazón propia de los dioses que se miran entre sí de reojo? Y ¿cómo podría yo presentarme ante ella,  desnudo y que viera mis miserias, o con qué ropajes que las ocultasen? Si toda la filosofía no tiene respuestas para explicarme lo que soy y poder mejor disimularlo, ¿cómo podría ayudar a mi amiga  a conocerse y no hacerse más preguntas sobre sí misma? Y al igual que no dejamos de preguntarnos qué somos y por qué, también sobre todo lo que nos rodea, incluso lo que pudiese existir más allá de nuestra percepción sensorial, la filosofía  está prisionera de sus contradicciones, cuando la ciencia, esa apisonadora de la epistemología, le responde inmisericorde: “Tú, ramera del pensamiento, estabas equivocada”.  Y la filosofía se ve obligada a dar un nuevo giro que la mantenga como algo valioso para entretener al   inquieto ser humano.

Y si  doy por asumido que la filosofía no me ha servido para nada, salvo para entretener mis inquietudes, me ruboriza que mi amiga me tome, preferentemente,  como si fuese un oráculo infalible. Debe ser algo así como el amor, que todo el mundo reconoce que es ciego, pero que a él se entrega sin cuestionarlo-

Aún así, amiga, si mis cosas te entretienen, me doy por bien pagado, y, por favor, no me ruborices más con tu generosidad.