Cosas que escribí

Año del Señor, 2001

Lo mezclaba todo, sacrilegio y sensibilidad de poeta. Gustaba este estilo bronco en los foros en los que participaba. A veces me excedía, pero se me perdonaba porque, de alguna manera, excitaba las neuronas de los-las pusilánimes. Voy a iniciar la inclusión de algunos testimonios que completan mi biografía literaria, o supuestamente literaria.

Echadme una mano, viejos,
que no puedo con la aurora
que me trae esta chiquilla.
Testigos sois de que no puedo, ni quiero,
a solas estar con ella.
Y no es temor lo que lo impide;
es cariño paternal, o de abuelo la ternura.
¡Maldita edad que no me da otra alternativa!.

Aviva ya el alma, que se te duerme, y llévala a un mar tempestuoso. Dile que esperé allí en actitud inerme la caricia del viento incestuoso. Mientras ella se fecunda de pecados, verás alma y cuerpo embellecidos. Alma y cuerpo de virtudes sobrados, y de marchitos amores renacidos-

Paja sacralizada desacralizada la mía, que no sé si os llega quemada o el viento la esparce en el mar. Mientras tanto, aquí permanezco, de seis a ocho horas más muerto que vosotros. 

Dice un escritor de moda por aquí (Arturo Pérez Reverte) que de finales felices se cree lo justo, y que la última barita mágica que vio la tenía clavada en el coño un hada a la que violaron en Sarajevo.

Fuerte, ¿no? Pues yo digo: ¿Es el signo de los tiempos presentes la desesperanza? ¿Las ilusiones han pasado a ser sólo juguetes de la infancia? ¿El amor se ha empezado a cotizar en bolsa? ¿Los dioses se han puesto a jugar con los astros al billar americano? ¿Los héroes piden cobrar por adelantado? ¿Los artistas, seguros de su no-inmortalidad, crean sus obras en materiales biodegradables? Los poetas, ¡ah los poetas!, se llevan la mano a la entrepierna y exclaman: ¡alma, corazón, vida!, todo está aquí; será menester tenerlo siempre limpio, por si acaso ¿Los filósofos, ya seguros de su inmortalidad, se irán corriendo a hacerse una cura de rejuvenecimiento? ¿Qué es un final feliz? ¿No es acaso el principio de un estado no feliz? ¿No sería mejor procurarse momentos felices, lo que yo llamaría el instante atrapado? En fin, si yo fuera un hada no esperaría a que me violaran… Y si me encuentro hoy un hada, no le pediré un final feliz; le pediré que me meta la barita mágica por el culo, ya, en ese preciso instante. ¿Para qué esperar a mañana lo que puedes gozar hoy?

Jose de fin de semana, feliz si se encuentra un hada..

Seguirá. No me redimirá de los pecados, pero como no creo en el infierno…

Pilar (1999, revisado)

Pequeña historia de una joven que un día decidió ser mujer con todas las consecuencias.

Pilar había conocido varios hombres en su vida  —se da por supuesto que el lector entiende que se había acostado con ellos—. Los hombres nunca llegan a conocer a las mujeres —se entiende que por las mismas circunstancias.

Pilar había sacado como conclusión que los hombres iban siempre a lo suyo en sus relaciones con las mujeres —otra expresión que se entiende y que seguramente explica la segunda proposición del párrafo anterior—. Que conseguido lo que pretendían, la estima o, simplemente, la amistad y eso que llaman amor, quedaba aplazado hasta la ocasión siguiente. En consecuencia, —extrema a todas luces— Pilar, a todos los hombres que, repito, había conocido, nunca les había dejado la iniciativa en esas cosas, por temor a ser una mera máquina de masturbar para ellos, según ella gustaba decir —en las entrevistas, reuniones, etc.—. Pero Pilar, a solas con sus sentimientos, o la falta de alguno definitivo y categórico sólo imaginado, deseaba amar intensamente y ser correspondida, al menos con la misma intensidad, y sentía que, o bien ella se equivocaba con su comportamiento, o los hombres eran todos iguales, frase no suya, por cierto —tampoco del que esto cuenta.

 Pero como siempre en la vida, una circunstancia fortuita termina sacándonos del atolladero en el que sentimos nos hundimos. A Pilar le pasó eso.

Como cualquier día, se fue a su habitual lugar de trabajo; era periodista, recién estrenado su titulo por la Escuela de Periodismo de Madrid. Había entrado en la Redacción por su buen expediente y porque había conocido —no se olvide el sentido que se da aquí a esta palabra— a un profesor adjunto de la Escuela que trabajaba en el periódico a tiempo parcial como corrector de estilo. No había nada entre ellos, salvo el recuerdo fugaz de un encuentro en una noche de fiesta y cacería de emociones fuertes por parte de los unos y de las otras. Pilar no recordaba qué le había interesado de aquel hombre con el que había terminado en la cama, y si su  deseo había ido a remolque de lo que ella sostenía como principio de auto estima femenina, o fue su auto estima la que fijó a aquel hombre como objetivo —estas disquisiciones son propias de mujeres como Pilar—. En cualquier caso, aquel encuentro —y otros que no vienen al caso—, nunca más se repitió, muy a pesar del profesor, que lo intentó en otras ocasiones, como era previsible. Pilar, en estos asuntos, siempre los paraba con la misma frase: «No estoy suficientemente motivada, y como no hay dos sin tres, prefiero que sólo sea uno.» Lo cual, ellos entendían, como que Pilar era un extraño caso de mujer fría o, quizá, con algún desviacionismo —perdón— que no acababa de aflorar. Y así se lo decían de forma un tanto abrupta, ignorando que ellos fueran la causa —muy propio de los hombres—. Vean el  caso del «profe» y cómo finalizó.

—¿Qué te pasa, Pili? ¿Por qué no vas al psicólogo?

—¿Al psicólogo? —preguntó extrañada.

—Él te puede arreglar eso. Eres un poco rarilla.

—No se trata de un problema de psicólogo; es que tú no funcionas todo lo bien que a mí me gusta.

Obviamente, aquella frase demoledora, que ella siempre tenía en la recámara y no era la primera vez que pronunciaba,  convertía a cualquier  hombre en un punto y aparte en el guión de su vida. Y Pilar disfrutaba recordando la cara que había puesto el tío en cuestión e imaginando que toda su sangre se habría venido a la periferia de su cuerpo; tal era el color de su cara —algunos se ponían pálidos; los vanidosos—. También es obvio pensar, que los hombres que habían padecido los zarpazos de sentencias parecidas, nunca más se habían dirigido a ella con nuevas insinuaciones. Ella, frecuentemente y a solas, echaba de menos que los hombres la tomaran en serio, aunque nunca explicó qué significado le daba ella a eso de tomarla en serio.

Pilar, como decía, deseaba, no obstante, encontrar un amor intenso que partiera de desdibujar los roles respectivos del hombre y de la mujer en la forma de cazador y pieza de caza. Pero no atribuía en exclusividad a quién correspondían esos papeles en cada momento, por lo que, a veces, ella se sentía culpable y se hacía su auto crítica, sobre todo cuando no estaba en la escena de caza, en la que siempre su raro instinto se imponía.

Su papel en la Redacción era modesto, y trabajaba el ordenador con la paciencia del que se sabe seguro de sí mismo y que aquel meritoriado no duraría para ella mucho tiempo. También su feminismo la impulsaba a establecer plazos cortos  en la escala de las ambiciones, que otros (los hombres) se empeñan en considerar exclusivas por falta de consideración, más que por considerarlas «propias del sexo».

Aquel día que no ofrecía, en principio, ningún motivo de esperanza de que fuera a ser diferente, Pilar, digo, fue al trabajo, y sin saber por qué —ella no acostumbraba a predisponerse físicamente para ser objeto de deseo de sus compañeros—, se puso un vestido, en lugar de un invariable suéter o blusa —según el tiempo— y un pantalón vaquero, que daba  a su aspecto general un toque invariable que tornaba ambiguo su sexo. Se había comprado aquel vestido porque le gustó la figura —la verdad es que sintió un estremecimiento—  que le proporcionaba a una joven,  más o menos como ella, que había visto unos días antes caminando por la calle. Y no le pasó desapercibido que, a su paso, aquella joven despertaba en los transeúntes un irrefrenable y reflejo acto de mirarla, y no sólo al verla, sino que algunos y algunas se volvieron mirando atrás, quién sabe con qué pensamientos. La joven era airosa, pero no más guapa que Pilar, y esa consideración, a más de creer tener mejor tipo, la tuvo Pilar. El fenómeno   le pareció curioso y nuevo. Ella, con las mujeres,  nunca había establecido otras comparaciones que las intelectuales y la eficacia de esa lucha voluntarista que algunas, Pilar entre ellas, llaman movimiento feminista. Y movida por el instinto de la competencia, aunque ella no profundizó en esta consideración, no paró hasta encontrar el mismo vestido. El vestido era ajustado a las formas del cuerpo, sin mangas, discretamente corto —un palmo por encima de la rodilla— y topos rojos sobre fondo blanco. También el escote se quedaba corto con intencionada picardía del diseñador, dejando claro que lo que ocultara no fuera menos hermoso que lo que lo que dejaba al descubierto. Pilar tuvo dificultades para ponérselo; falta de costumbre, pensó ella. Pero la razón no era esa: su cuerpo se extendía un poquito más allá de los límites que imponía la tela. No obstante, y como la tela no cedía, tuvo que ceder el cuerpo ese poquito de más, y al fin pudo ponérselo, como un guante ajustado a la mano. Y ya de puesta, continuó su transformación; se soltó el pelo y se lo cepilló por largo tiempo hasta que cayó como una cascada rubia sobre sus hombros; se pintó los labios de un rojo fresa, que los tornó sensuales; se puso unos pendientes que casi tocaban su hombro y que estilizaron su cara; unas pulseras con los colores del arco iris, como una guirnalda, remataron sus largos brazos;  unos zapatos a juego en color con los topos y de tacón extremo alargaron sus piernas hasta el infinito; se perfiló las cejas, algo de rímel y un ligero toque que obscureció el marco en el que brillaban sus azules ojos.  Y se miró en el espejo colocado en la contrapuerta de su armario ropero. «Parezco una furcia», se dijo, pero lejos de hacerla desistir de tan extraño, por lo inusual, disfraz, sonrió complacida; también ella se gustaba. Cuando salió a la calle, pronto pudo comprobar que también con ella se repetía el fenómeno: las gentes, ellos y ellas, la miraban, y sentía que se volvían para tener un visión completa de aquello que se movía, pero, sobre todo, que no era una alucinación. Pilar iba pensando en el revuelo que iba a causar al llegar al Periódico, y diseñaba frases ingeniosas para responder convenientemente a las procaces insinuaciones, o simplemente expresiones, de las que, a buen seguro, esperaba ser objeto. Efectivamente, nada más llegar, ya el conserje, que nunca le había prestado especial atención, de forma espontanea exclamó:

—¡Por todos los demonios! ¿Qué le ha sucedido, señorita Pilar?

—Que voy a la guerra, Manuel —dijo Pilar sonriendo.

—Pues ya soy su primera víctima  —y se quedó mirándola mientras pronunciaba otras frase ya ininteligibles 

—No será para tanto, hombre — y sin abandonar la sonrisa, desapareció en la cabina del ascensor.

Mientras el ascensor subía, Pilar se zarandeó los pechos para colocarlos en la posición de simetría, que ella imaginó se habían escorado a la derecha, y se ajustó la parte baja del vestido, haciendo resbalar un par de veces sus manos desde sus caderas y hasta donde sus manos alcanzaban a lo largo de sus piernas. Cuando el ascensor se detuvo, Pilar sintió arrepentirse de lo que estaba haciendo, y a punto estuvo de pulsar el botón que la llevara de nuevo abajo. No lo hizo, respiró hondo, y salió muy decidida, quizá por la inercia de los pasos irreversibles y heroicos.

En el pasillo se cruzó con dos desconocidos que salían de la Redacción. Salían hablando, y al apercibirse de su presencia, sus mentes desconectaron el movimiento de sus bocas, que quedaron abiertas en dos muecas diferentes e igualmente ridículas. Eran dos hombres que sobrepasaban los cincuenta años de cualquier almanaque, menos el que ellos se figuraban, sin años, seguramente. Pilar miró al frente, segura de que el pasillo quedaría expedito a su paso. Y así fue, ya que antes de que llegara a la altura de ellos, estos se apartaron a sendos lados del pasillo pegando sus espaldas contra la pared, como si por allí estuviese pasado un tren (Pilar estaba como un tren, la verdad sea dicha). No dijeron nada, se limitaron a decirlo todo con la vista y   un aumento del ritmo cardiaco. Pilar les sonrió, sin agradecer con palabras aquel cumplido de dejarle la preferencia del camino. Se volvió a mirar los despojos, y los dos hombres continuaban allí,  estáticos, estúpidos, con sus ojos dilatados, y no sé si babeando. Pilar les sonrió de nuevo para imprimirles el último empujón que precipitara su caída, pero ya no pudo saber lo que les hizo hacer a continuación sus mentes turbadas. Abrió la puerta y observó el campo. Todos y todas estaban ocupados en sus respectivos asuntos, y una puerta que se abría nunca interrumpía su atención ni la posición de sus cuerpos. Pilar se dirigió a su mesa, y como siempre hacía cada mañana al llegar, pronunció las mismas palabras:

—¡Buenos días, chicos!

Y el efecto dómino se produjo: como si una corriente los fuera conectando uno a uno, y no una alarma cualquiera que pone a todo el mundo sobre aviso, todos, uno tras el otro, fueron levantando la vista de sus faenas —algunos que estaban de espalda, volviéndose—, y en sus rostros se dibujaban las más variadas formas de expresión: Pilar detectó en todos una primera sensación de desconcierto, luego una de incredulidad, luego otra de asombro, luego un preguntarse qué era aquello y para qué, o por qué,  y todo, sucesivo o mezclado, en un espeso silencio que alguien, al fin, rompió con una exclamación que, por  la entonación, la convertía en la expresión por lo inesperado:

—¡Piilaar!

—¿Qué pasa, chico? ¿Has visto un fantasma? —preguntó Pilar sonriendo y sin detenerse en el camino a su puesto de trabajo.

—¡Joder! ¿Qué ha pasado contigo? ¿Te encuentras bien?

—¿A ti qué te parece? —contestó Pilar sin dejar de sonreír y sin detenerse.

—A juzgar por el aspecto… ¿Qué os parece, chicos? ¿No estaremos soñando?

—Déjame que te toque —dijo uno, acercándose— Quiero comprobar que eres de verdad.

—Toca, pero con un solo dedo. Por lo que estoy viendo, no quiero ser responsable de que te hierva la sangre.

Algunos no pudieron reprimir un impulso a seguir los pasos de Pilar que, como el flautista del cuento, pronto formaban una hilera detrás de ella. Las compañeras la miraban con una sonrisa estúpida, mezcla de decepción y de instinto de supervivencia. La decepción debía ser porque habían tomado a Pilar como prototipo de mujer que sabe poner a los hombres en su sitio; y lo otro sería porque se daban cuenta, aunque fuera por otro motivo, que todos los hombres parecían haber perdido el sitio que ocupaban, avanzando más o menos hacia una sola órbita: la que Pili trazaba con su caminar, y eso suponía para ellas el vació. 

Los que la siguieron ya habían formado un corrillo en torno a ella con comentarios como estos:

—¡Me has dejado hecho polvo, Pili!

—¡Qué guardado te lo tenías!

—¡Chica, debo estar soñando!

—¡Me pido «prime» para invitarte a comer!

—¡Ya no podré trabajar!

Y otras bobadas por el estilo. Pilar, ya sentada, cruzó sus piernas, y más de sus bien torneados muslos quedó expuesto a las espasmódicas miradas de sus compañeros que, ora miraban arriba, ora al centro, ora abajo con sus estrábicos ojos. Pilar les sonreía como máximo agradecimiento a tanto cumplido. Alguno, más atrevido y menos inteligente, le espetó a bocajarro:

—Nos has jodido, Pili…

—Pues deberíais estar satisfechos, ¿no? —le respondió Pilar, mientras se volvía y habría su portafolios—. Íos a trabajar, que el jefe se puede enfadar. 

—¿Tienes algún plan especial para luego? —preguntó uno.

—Sí; con tu  papi —responde Pilar,  poniéndose seria.

—No te enfades, mujer; lo decía porque alguna explicación tendrá esta transformación, ¿no?

—Si que tiene una: comprobar lo capullos que sois los hombres. No sé que os hace comportaros así; ¿es por el vestido? ¿Por la bisutería? Lo vuestro es falta de imaginación. Detrás de todo esto soy la misma Pilar que conocíais y que nunca os parasteis a imaginar. Y ahora, venga, a trabajar; ya conocéis mis poderes.

Poco a poco aquel grupo entusiasta se fue disolviendo, prodigando una última sonrisa de complacencia a la nueva Pilar que se mostraba para gozo de sus ojos, pero inaccesible para sus alborotados deseos. 

Pilar no había dejado de observar todas las reacciones, y su vista escrutó más allá del grupo que la había rodeado. Así, observó las caras de sus compañeras que sonreían y cuchicheaban en voz baja. Pero lo que más atrajo su atención fue la del compañero Robert que, en una mesa algo lejana a la de ella, había continuado trabajando sin levantar más que una sola vez la vista, al primer revuelo que se formó nada más entrar. Sentada, Pilar lo tenía  frente a ella, más allá de unas cuantas cabezas que no paraban de mirarla con una sonrisa boba y algún gesto mudo de invitación a salir luego juntos. Pilar hacía saltar su mirada de uno a otro, sin ninguna concesión en su expresión que les diera esperanza. Cuando uno a uno se fueron todos  dando por vencidos, Pilar, de vez en cuando, levantaba la vista de sus papeles y dirigía una única mirada a aquel compañero que no había mostrado ningún especial entusiasmo a su llegada ni a su posterior presencia. Robert era un buen compañero, que siempre la había ayudado cuando algo le pidió. Era algo tímido, muy callado, y nunca lo vio partícipe de ningún protagonismo. Llegaba al trabajo y se iba a su mesa, y sólo hablaba de cosas relacionadas con el periódico. Nunca lo vio con ninguna chica y, por supuesto, a Pilar nunca le había dirigido la menor insinuación. Pilar lo había ignorado hasta ese momento, pero su comportamiento en ese instante, diferente al de los demás, había atraído su atención y, ahora, cada vez que levantaba la vista, le dirigía una mirada esperando encontrarse con la suya. Pilar quería comprobar si, para Robert, ella le era totalmente indiferente, quizá no le gustaran las mujeres, o tenía una forma peculiar de demostrar el sentimiento que le habría causado su puesta en escena. Pilar estaba segura de descubrir lo que pasaba, si tenía ocasión de cruzar su mirada con la de Robert. Una luz en un monitor de su mesa se encendió: era su jefe que la llamaba y significaba que tenía que ir a su despacho. Pilar se levantó, se ajustó los bajos de su vestido, cogió un bolígrafo y un bloc de notas y se dirigió al despacho del jefe. El camino pasaba al lado de la mesa de Robert. Pilar, en su caminar, había vuelto a dejar el trabajo de sus compañeros y compañeras en tiempo muerto y cada cual hilvanando un pensamiento. A un metro de la mesa de Robert, Pilar miró  a éste, que seguía escribiendo en su máquina. Robert, sin dejar de escribir, alzó la vista y, por fin, Pilar leyó en sus ojos. La expresión de Robert era seria, no movió un músculo de su cara. Sus ojos acerados no mostraban complacencia por lo que veían. Se diría que estaban dictando una sentencia imposible. Pilar le sonrió con timidez, una de esas sonrisas que se interrumpen violentamente, como si la sonrisa no fuera lo más apropiado en ese instante, y siguió caminando con la imagen de un Robert que la había desconcertado. Entró en el despacho del jefe sin llamar, como habitualmente se hacía cuando la visita obedecía a su llamada. La relación con el jefe siempre era cordial, salvo cuando había motivos para esperar su bronca. Pilar se dirigió  la primera a su jefe, para llamar su atención de lo que en ese momento le ocupaba.

—¡Hola! ¿Me has llamado?

—Sí, Pi… He llamado a Pilar, ¿eres tú Pilar? —dijo sorprendido e incrédulo, interrumpiendo la tarea que le ocupaba.

—Pues…sí. No he cambiado de nombre. 

—Sí, sí, eres Pilar, sin duda. ¿Quieres un aumento de sueldo, o mejorar tu puesto de trabajo?

—¿Es una pregunta o una insinuación?

—Perdona, es una pregunta estúpida. 

—No te preocupes. Algo raro esperaba oírte; no ibas a ser diferente a los demás, bueno, no todos…—dice Pilar, a quién le viene Robert al recuerdo.

—Vaya, vaya… Si vienes así la primera vez que te vi, a lo mejor te habría nombrado mi secretaria…

—Tu secretaria para todo, ¿no? Bueno, ¿qué querías?

El jefe, unos años mayor que Pilar, un gran talento, a decir de algunos, era un hombre casado, serio,  no quiso seguir más el juego de palabras; la última expresión de Pilar no le daba más margen, si no quería pecar de frívolo, cosa que él se cuidaba de evitar en sus relaciones de trabajo.

—Toma esto y trabájalo un poco. Vuelve cuando lo tengas.

—De acuerdo. Hasta luego —y Pilar, tomando lo que su jefe le daba, volvió por sus pasos.

 El jefe la siguió con la vista y volvió a la tarea que había dejado, pero sólo en apariencia.

Pilar, en el camino de regreso a su mesa, no quitó la vista de la espalda de Robert. Se le antojaba que aquel chico estaba enfadado por su atuendo, y no supo de momento por qué. Se sentó en su mesa sin percibir nada más a su alrededor, tal era la concentración de su pensamiento en encontrar una respuesta al extraño comportamiento de Robert. Antes de enfrascarse en su trabajo, volvió a mirar a Robert, y esta vez se encontró de nuevo con su mirada. Era firme, pero su expresión era más relajada; no sonreía, pero su rictus no denotaba enfado. Pilar le sostuvo la mirada por un tiempo que le pareció interminable y demasiado concesivo, y bajó los ojos, vencida de una emoción extraña. Toda la mañana fue un continuo mirar y no hacer nada; a las miradas le sucedían los pensamientos, y Pilar iba encontrando respuestas. Aquel chico era diferente, pero a esta conclusión le nació una pregunta: ¿diferente para ella o para todas? Luego empezó a concluir que lo importante es que le estaba pareciendo diferente a ella y eso empezó a inquietarla. Y ese sentimiento fue aumentando. ¿Qué debería hacer? Ella nunca se había insinuado a ningún hombre, simplemente lo había elegido cuando la insinuación partía del hombre que de una forma u otra manifestaba su interés por ella. Era su principio, y no sabía qué hacer en un caso como éste. El caso es que las miradas ya no le parecían suficientes y le crecían las ganas de hablar con él, aunque sólo fueran unas breves palabras. Pero no encontraba la excusa apropiada; todas le parecían pueriles y preparadas. Poco a poco fue  dejando de pensar de forma continua, para hacerlo intermitentemente. Alguna vez miraba y no coincidía con su mirada; esto la decepcionaba por un instante, pero se volvía a sentir bien cuando a la mirada siguiente se encontraba con la de Robert.

Así había transcurrido la mañana, entre miradas y un sentimiento nuevo para Pilar, y lejos de arrepentirse por haberse vestido de esa guisa, Pilar pensaba que si no lo hubiera hecho, jamás se habría fijado en ese hombre, ni se habría percibido de su mirada. El nunca se lo había puesto fácil, era un chico tímido e inexpresivo; un simple compañero, en suma. 

Llegaba la mañana a su fin y ya todo el mundo en la Redacción iba recogiendo sus cosas. Se disponían a ir a comer. Pilar fue observando cómo, en ocasión parecida, todos se daban prisa por dejar la mesa ordenada e irse emparejando, o simplemente solos, para salir cuanto antes y aprovechar las tres horas que tenían para comer. Unos se iban a casa, si no vivían lejos, otros se decidían por los restaurantes cercanos. Pilar se iba quedando sola, y la gran sala se volvía un lugar fantasmagórico que no invitaba a quedarse. Robert aún permanecía sentado, no hacía nada, no escribía, no ordenaba su mesa. Pilar lo miró: se había resbalado sobre su sillón y miraba al techo, mientras lo hacía girar a un lado y al otro. Pilar no lo dudó y se fue hacia él. Iba a proponerle si quería acompañarla a comer. Tan rápida fue su decisión, que no tuvo tiempo de elaborar el antídoto para su orgullo herido en caso que se negara. Robert seguía en la misma posición y movimiento de vaivén de su sillón. Pilar se acercaba cada vez más. Pilar, con la rapidez que se suceden los pensamientos, descartó preguntarle si quería venir con ella a comer y eligió la fórmula definitiva.

—Me gustaría comer contigo, Robert.

—Robert se paró en seco en su vaivén,  se sentó correctamente y miró a Pilar.

—¿Decías?

—Que si quieres te acompaño  a comer. ¿En que pensabas?

—¿Por qué te ofreces a  mi?

—Eso no es una respuesta; es una pregunta. 

—Pero es una pregunta obvia.

—Pues ya te lo he dicho: porque me gustaría, no sé por qué. Y no hagas otra pregunta, por favor.

—Está bien. De acuerdo. Iré contigo. No, ven conmigo; eso es lo que has propuesto.

Pilar y Robert salen de la sala de la Redacción en un silencio espeso de pensamientos. Pilar delante, Robert siguiéndola de cerca para no perder su estela. En el ascensor se miraron, y no se podría decir quién bajó primero la vista; una situación que se hizo eterna. Robert se rozó involuntariamente con el cuerpo de Pilar, y el cerebro paralizó sus músculos ante la descarga recibida. Pilar no sintió nada; el magnetismo partía de ella, como siempre sucede  en casos parecidos. La primera atracción que una mujer siente por un hombre es siempre psíquica; como si los resorte físicos durmieran hasta encontrar la resonancia apropiada. 

El restaurante estaba cerca y fueron andando. Ya los demás compañeros habían desaparecido de sus vistas y de las miradas de aquellos. Ninguno de los dos hubiera querido hacer ante ellos una exhibición de conclusiones. Tampoco hablaron, iban uno al lado del otro. Robert fulminaba con su mirada a los que se cruzaban y hundían sus ojos en el cuerpo de Pilar. Se sentía incómodo; el papel de un hombre al lado de una mujer que se exhibe, como lo hacía Pilar en aquel momento, es siempre desairado. Es como un apéndice contra natura. Había que romper como fuera aquel silencio, y fue Robert el que encontró la fórmula:

—¿Te parece bien el «Restaurante María»?

—Siempre hemos comido allí. 

—Ahí habrá muchos compañeros.

—¿Prefieres que no nos vean juntos?

—En este momento, sí.

—¿Te avergüenzas de ir conmigo? —pregunta Pilar sin mirarlo.

—Francamente, sí. En esta ocasión, por supuesto.

—Di tú lo que prefieres.

—Vamos a mi casa. Algo tendré en la nevera que te pueda ofrecer.

Aquella inesperada propuesta de Robert cogió desprevenida a Pilar, y se limitó a mirarle a los ojos. Fue un instante, porque Robert miró al suelo, arrepentido de su osadía.

—Está bien, vamos a tu casa, de paso veré cómo vives.

—¿De veras que no te importa?

—¿Debo preocuparme por algo?

—No; por nada. No es normal invitar a su casa a una mujer a la primera oportunidad.

—Lo que no es normal es que la mujer acepte.

—No; tampoco es normal.

—Pues estamos empatados. Vamos a tu casa.

Tomaron el coche de Robert, y parte del trayecto de nuevo el  silencio fue el compañero que se presta a servir de interlocutor de aquellos pensamientos que sólo se elaboran para el consumo propio. Fue de nuevo Robert, quién ya llegando a su casa, por fin hizo a Pilar una pregunta que él mismo se había hecho muchas veces durante la mañana.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Esa es la forma de saber lo que se quiere saber.

—¿Por qué has venido vestida así?

—Esperaba esa pregunta. Si no me la hubieras hecho me habrías decepcionado. Creo que ha sido una experiencia; quería saber lo que se sentía.

—¿Lo que sentías tú, o lo que sentían los demás?

—Lo que sentía yo, naturalmente. Los demás pueden sentir cosas variadas; tú, por ejemplo, me da la impresión de que no te ha agradado verme así.

—Así es, en efecto. 

—¿Puedo saber por qué?

—Pregunta metafísica. No lo sé. No se trata de un razonamiento, creo que es un sentimiento.

—¿Me estás diciendo que te importa lo que haga con mi vida?

—Si te digo que sí, podrías contestarme con todo derecho que me ocupe de la mía, ¿verdad?

—Depende.

—¿De qué depende?

—Otra pregunta metafísica. 

—Bien. Hemos llegado. Quizá no tardemos en conocer las respuestas.

—Eso pienso yo. ¿Tienes portero o portera?

—Estará comiendo. ¿Por qué lo preguntas?

—No quisiera que por mi causa anduvieras en boca de las gentes.

—Comprendo. No me importa lo que piensen los demás; me importa lo que yo pienso.

—Eso despeja dudas y me complace escucharlo. Pero en ese caso nos podíamos haber quedado en el restaurante.

—Tú tampoco lo querías, ¿no es así?

—Sí, así era. 

Toda está conversación la habían tenido a coche parado. Robert abrió la puerta e igualmente hizo Pilar. Los dos salieron y Robert se dirigió a la puerta del inmueble que estaba cerrada. La abrió y dejó la preferencia de paso a Pilar. Tomaron el ascensor y subieron.  En la mínima cabina, los dos, frente a frente, se miraron a los ojos, y sus cerebros, simultánemente, dieron la orden de cogerse las manos. Ese contacto, que ahora nacía de sus voluntades, por extraño que parezca, convirtió  el conjunto hombre—mujer en esencia, en ente metafísico.

 Robert no soltó la mano de Pilar ni para abrir la puerta de su apartamento. Él entró primero, atrayendo a Pilar, que le siguió dócil sin dejar de mirarlo. Robert cerró la puerta, y como si temiera se le escapara, le cogió la otra mano. Y ya frente a frente, mudos de palabras, se fundieron en una abrazo, un beso eterno, un buscar frenético donde aterrizar sus bocas inquietas, unos ojos cerrados para que todas las imágenes quedaran dentro. Las piernas se quebraban, ya no sostenían tanto deseo. Los vestidos estorbaban, se interponían como una censura entre sus cuerpos, y fueron cayendo, algunos rasgados de tanta urgencia. Y sus piernas vacilantes consumieron todas sus fuerzas en llevarlos al dormitorio, templo de todos los sueños, los físicos y metafísicos, sueños de amor intenso, como Pilar había soñado.

Ya no despertaron. Pilar y Robert se habían encontrado, al fin, por una indiferencia aparente, un reproche que anticipa el sentimiento de posesión, una curiosidad por lo desigual, quizá el destino.  Pero todo eso fue el principio y ya quedaba olvidado. 

La otra rebelión en la granja (versión libre)


TODOS LOS ANIMALES SON IGUALES,  PERO ALGUNOS ANIMALES SON MÁS IGUALES QUE OTROS (G. Orwell)

      «… Un enorme alboroto de voces venía de la casa… Sí, se estaba desarrollando una violenta discusión: gritos, golpes sobre la mesa, miradas penetrantes y desconfiadas, negativas, furiosas… No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales, asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro.» G. Orwell; Revelión en la granja.

Todo había partido de una simple discusión entre las gallinas. El Cerdo Mayor se había follado a una pollita como era su privilegio. La pollita se pavoneaba ante los demás cerdos convertidos en gallos y gallinas. Las gallinas estaban soliviantadas, menos una que tapaba temerosa su cabeza bajo el ala. No podían soportar a aquella presumida; ellas también había sido folladas por el Cerdo Mayor, y no manifestaban otra cosa que respeto al lider. Pero ante aquella presumida, no quisieron pasar por gallinas sin su historia gloriosa. Y cada una, gritando más que la otra, se decían cosas como: «Conmigo, el líder, disfrutó más»; «Yo aguanté los cinco con la sonrisa en mis labios»; «Tú te crees más y mejor puta, pero lo que eres es una simple aprendiza»; «Mírala, cómo saca pechuga para que el gallo Galimatías la pise»; «No, si ésta lo que quiere es que los gallos la «cojan» como la starputa de la granja»… Y cosas de parecido y aún mayor soez. A todo esto, los gallos las azuzaban; llegaban incluso a perder el respeto por su líder natural, el Cerdo Mayor, y creían que el momento de la venganza había llegado para ellos:»¡El problema es él!», gritaban a las gallinas; «¡Picadle en el culo a ese cerdo prepotente!», coreaban todos. Pero las gallinas sabían quién, de verdad, era el problema: aquella pollita recién llegada a la granja era muy culta y podía saber cómo engañar a su lider; sólo tenía que hacerse un buen remiendo en el coño y teñirse las plumas de colores…

      Seguirá a petición de tan distinguido público.

Decía yo al final del atípico corral, allá por el año 2001, en un foro llamado El Cadillo. Un refugio de salvapatrias mexicanos que sólo hablaban de política, de su política. Y yo allí, que ni sé cómo entré ni recuerdo cómo salí. El caso es que no me echaron, de milagro, quizá porque daba un tono de color a tanto negro como allí se prodigaba. Y, por supuesto, me cuidé de no tocarles la pelotas en términos políticos.

AH, no hubo más granja, supongo que porque no entendieron mi fábula.

No!

No, no va más. He de jubilarme de las letras cuando aún estoy a tiempo. Recuerdo a mi compadre, con el que mantenía una relación estrecha, le inicié en este sin sentido de escribir. Todo parecía no tener fin. Sin apenas una mínima formación, consiguió escribir relatos bien estructurados. Un mal día, en contacto como siempre a través del ordenador, me muestra algo que acaba de escribir. Lo leo o mejor, lo miro, y me llama la atención el título que encabeza el escrito: «Mientras mi cerebro se va a la mierda». Lo que sigue es un caos. El se ríe, pero yo me inquieto; daba la impresión de haber entrado en un bucle en el que su pensamiento no encuentra el hilo conductor de los conceptos lógicos y coherentes. Sin necesidad de disponer de un diagnóstico preciso, aquel escrito y la incapacidad de superarlo que siguió, me dan una respuesta a lo que está sucediendo: a mi compadre se le está «fundiendo» el cerebro. Todo fue rápido. un pre Alzheimer, un Alzheimer, la demencia senil, el no estar, la muerte.

No, no soy consciente, en mi caso, de síntomas de una disfunción cerebral irreversible, pero sí detecto que los pensamientos, otrora ágiles, se han vuelto pesados, renuentes a mantener este blog al día. ¿Debo preocuparme? Sí, en el sentido de no esperar a que mi voluntad ya no decida porque mi cerebro comience a irse a la mierda. Tremendo que, sin pretenderlo, en este blog apareciera un escrito que a mis lectores le sugiriera esta pregunta: «¿qué le pasa a José?». Y ya nada, a partir de ahí, sería igual a lo de antes, que pudo ser considerado bueno o malo, pero no incomprensible, sin sentido, incoherente. Habría entrado en bucle, como mi compadre. Y esa muerte anunciada por entregas es la que debo evitar.

No, no voy a cerrar el blog. Si aparece algo nuevo, será un rescate de lo viejo que encuentre en los archivos. Si no aparece nada, el lector fiel o curioso podrá entrar por sí mismo en los archivos del blog y leer lo que le apetezca. No volveré a forzar mi pensamiento en la creación nueva. Si mi cerebro se va a la mierda, no seré yo el que lo anuncie.

El árbol que quiso perpetuarse

A un árbol centenario, perdido en medio de la selva, con ramas a las que ya no llegaba la sabia, con una corteza arrugada, con grietas hasta el corazón, residencia de pájaros, monos, abejas, alguna ardilla inquieta, una culebra y un sin fin de bichejos innominados, a ese árbol, digo, le salió un retoño tardío. Que era suyo se podía comprobar porque no era un árbol independiente, con sus raíces en el suelo, éste había surgido de una de la raíces que se hundía en la tierra a la vista del árbol centenario. Era como si estuviese en gestación, unido por el cordón umbilical a su progenitor. Tenía no más de medio metro de altura, hojas brillantes y de aspecto traslúcido. Parecía estar orgulloso del árbol que le daba vida, se sentía seguro a su lado. No le iba a faltar de nada mientras crecía, cuando el árbol centenario muriera, él ya sería adulto, capaz de valerse por sí mismo. Sería, también, albergue de muchos animales, rejuvenecería aquel bosque, haría la vida posible proporcionando oxígeno.

Un hombre se acercó. Portaba en sus manos una motosierra, miró la copa y su inclinación, se situó en el lado apropiado, justamente donde estaba el retoño, le molestaba y lo cortó. El árbol centenario abandonó la vertical y cayó despacio, sin un lamento. Despojado de sus ramas, de sus nidos, de su sombra, ya sólo era un tronco listo para ser transportado al aserradero. ¿Y el retoño? Ya cuento que molestaba al leñador.

Y Roberto despertó

En los días que siguieron, Roberto vivió en un desasosiego permanente. Los chats con Rosa se espaciaron, no encontraba la forma de hacer compatible aquellas ligeras y desinhibidas conversaciones de antes con una realidad nueva a la que tenía que hacer frente. Tenía un par de meses para preparar un encuentro en las mejores condiciones posibles, hubiese sido insensato no hacer nada, salvo esperar el momento del encuentro con Rosa. No es que creyera que podía revertir los estragos de la edad, pero algunas cosas eran mejorables. Su sobrepeso le daba una figura que contrastaba con la grácil de Rosa. Se fijó un dieta severa, se apuntó a un programa intenso de Gimnasio; necesitaba bajar su peso unos 15 kilogramos. Se miraba con frecuencia en el espejo y encontró que dos cosas pedían algún tipo de remedio: quizá un peluquín, no muy ostentoso, que tapara la calva con muchas manchas de pigmento de melanina senil. Lo segundo, e inevitable, suprimir una verruga que le había salido a la izquierda de la nariz, casi como un garbanzo, diagnosticada benigna, pero que ya se había acostumbrado a ella hasta entonces y siempre dejó el suprimirla para otra ocasión. En su farmacia habitual pidió consejo para un tratamiento intensivo de su cara; aquella piel hirsuta le daba un aspecto rechazable, incluso ante un contacto mínimo con la nacarada piel de Rosa. Roberto rechazaba cualquier veleidad de tipo sexual que le venía a la cabeza; encontraba que pensar en algo así mancillaba la idealización que había ido forjando en su larga relación con la joven. Nunca había pasado de insinuaciones que terminaban en «si yo pudiera…» A rosa le gustaba provocarlo planteando supuestos inverosímiles, que terminaban provocando la risa de ambos. Pero ahora se iban a encontrar, y en la cabeza de Roberto sonaba de forma reiterada la frase de Rosa: «estas cosas mejor improvisarlas». ¿Qué podían improvisar en aquel encuentro? A Roberto, incluso, le desagradaba pensar en hacer el amor a Rosa; él caería muy cerdo y ella muy putilla, no había otra definición para algo así.

Todo lo que planificó Roberto lo fue realizando con disciplina espartana; lo descrito y algunos otros detalles menores, como vestuario, elección de restaurantes donde comer, visitar algún lugar típico de la ciudad… Cada día apuntaba en una libreta algo nuevo que se le ocurría.

En los chats que siguieron Roberto se mostró distante; Rosa, en cambio, parecía excitarse más a medida que se acercaba el momento. Roberto, porque no quería alimentar expectativas infundadas; Rosa porque era en ella natural jugar aquel juego divertido.

Un par de días antes de la fecha fijada para volar a Madrid, Rosa le dijo a Roberto que se alojaría en una residencia de estudiantes que, para aquellas fechas de vacaciones, estaría vacía de estudiantes habituales. A petición de Rosa, Roberto le facilitó un teléfono de contacto, le llamaría para quedar y encontrase. Este detalle aumento más, si cabía, la inquietud de Roberto; ya no era un futurible, se veía real y a fecha fija.

Y el teléfono sonó, el contestador automático se puso en marcha, era Rosa al otro lado: «viejo, que ya estoy aquí, y qué cerquita de vernos de verdad, no como imaginamos tantas veces. Si te parece, he visto que cerca de la residencia hay una cafetería que se llama «Afrodita». ¿Curioso nombre, verdad? Pero, querido, no estaré sola, una amiga íntima conoce nuestra relación y le excita la posibilidad de conocerte, ¿no te importa, verdad? Bueno, pues estaremos sobre las 8 de la tarde, que ya habremos acabado con el programa fijado para el viaje. Chao, querido, te espero impaciente.

Roberto no fue a la cafetería Afrodita, tampoco abrió el ordenador ni escuchó ningún mensaje telefónico. Por algún tiempo visitó a un psicólogo que le ayudó a superar aquel sentimiento de … ridículo. La realidad le devolvía su yo, tan vanamente desfigurado.

El viejo, preso de la RED

Rosa 07/05/19 01:14 a.m. Hola, hermoso

Roberto 07/05/19 01:14 a.m. Hola, Rosita

Roberto 07/05/19 01:14 a.m. Me iba a la cama

Rosa 07/05/19 01:14 a.m. Uy!, ¿me llevas contigo?

Roberto 07/05/19 01:15 a.m. Si pudiera…

Rosa 07/05/19 01:16 a.m. Llévame con la imaginación

Rosa 07/05/19 01:18 a.m. Yo estoy preparada. ¿Quieres saber qué llevo puesto?

Roberto 07/05/19 01:18 a.m. Estamos a seis horas de diferencia horaria, supongo que un vestido bonito, una falda cuatro dedos por encima de la rodilla y una blusa bastante escotada. Dime tú.

Rosa 07/05/19 01:19 a.m. ja, ja, ja…! Te equivocas, no llevo nada, hace calor, estoy sola en casa y pensé que así estaría mejor para ti.

Roberto 07/05/19 01:19 a.m. Me vuelves loco, pequeña. Ya no tengo edad para estos juegos. Y todo termina en frustración, porque no tengo esperanzas de llegar a verte.

Rosa 07/05/19 01:19 a.m. Será que sí, será que no, que pronto nos veremos los dos.

Roberto 07/05/19 01:20 a.m. No me abrumes.

Rosa 07/05/19 01:51 a.m. Va ser que sí. iré a España en viaje fin de carrera, será en Agosto. Y quiero verte y que me veas. ¿Podrás estar en forma para entonces, mi viejo querido?

Roberto 07/05/19 01:53 a.m. Uf! Me va dar algo. ¿De verdad, no me estás engañando? Rosita, Rosita, no sabría qué hacer. ¿Sabes lo que eso significa para mí? Tanto tiempo sólo imaginarte y tanto tiempo llenando de gozo mi soledad, sin esperanza. Ni siquiera una foto tuya que me acercara a tu realidad. No sé si podrá resistir mi cansado corazón el tenerte cerca, tocarte, aunque sea un poquito.

Rosa 07/05/19 01:58 p.m Esta soy yo, de momento de espalda. No quiero que me ames por mi físico, como soléis a menudo hacer los hombres. Me verás de frente cuando me tengas delante.

Roberto 07/05/19 01:58 p.m.¡ Por dios, Rosita!, ya sólo me faltaba esto para volverme loco. ¿Cómo pasarme esto a mí? Yo, un viejo de setenta y… No, no es posible. Mira, si de verdad vienes y nos vemos, seré tu abuelo, siempre quise tener una nieta, o tu guía para enseñarte algo de España, quizá mi invitada de honor. No sé qué podría hacer que fuese coherente.

Rosa 07/05/19 01:60 p.m. No tienes que hacer nada, viejo querido; estas cosas mejor improvisarlas. Ahora te dejo, tengo que hacer algo fuera de casa. Seguiremos, acuéstate, es tarde, y mañana me cuentas qué has soñado. Un beso, querido.

Roberto no durmió apenas esa noche. Mil vueltas le dio a la foto, imaginado a Rosa de frente. En todas la veía como una criatura angelical. Pero también estaba lleno de zozobra pensando qué podría hacer él para causarle buena impresión. Roberto sí le había enviado fotos, todas diez años más joven, de buen parecer entonces, eso, los poemas, la delicadeza con qué la había tratado en los correos y chats, quizá fueron del gusto de Rosita, que no detectó la intencionalidad de su viejo amigo español. Y la intencionalidad de Roberto era clara: retener aquella joven como objeto de deseo íntimo, algo por el que agradecer a la vida la suerte que tenía. Pero el juego era inocuo tal y como se venía desarrollando hasta ahora. ¡Qué diferente era lo que ya no era un juego! Un juego en el que con toda seguridad él saldría perdiendo, no tenía ningún as en la manga, y ella tenía todas las cartas para jugar con él como quisiera. Porque si aquella visita se producía, Roberto ya no podría seguir soñando, la realidad se impondría con crudeza, y Rosita habría sido sólo un mal sueño.

Y al autor le gustaría dar a Roberto una oportunidad. El entusiasmo puede ser compatible con la angustia de enfrentarse a la realidad. No puede esperar que Rosa le ofrezca nada como contrapartida a sus poemas, tampoco sueña con eso. Pero sí puede esperar de Rosa un cariño cercano a lo paterno filial. Si se toman a broma las insinuaciones, más o menos calientes, que se habían cruzado en los chats y correos, ninguno debería sentirse frustrado si no se plantean lo que, en ocasiones, se plantearon como un juego.

Pero todo lo que yo añada será considerado interés de parte. Necesitaría que una lectora expresara su opinión sobre algo así, que no es raro como parece.