Nahui Olin

No había oido hablar de ti, o quizá sí y pasaste a ser rescoldo de mi olvido. Demasiada mujer para este soñador con insomnios frecuentes que interrumpen hasta las mejores escenas de amor. Y si nunca estuviste, como si no quisieras pasar desapercibida para ningun hombre, hoy alguien te ha presentado justo al alba, entre dos luces, a este hombre que te tenía ignorada. Leo su crónica y veo en su autor esa pasión impostada que todo escritor intenta deslumbrar con ella la verdadera figura del personaje. De terlo delante le habría dicho:»Cabrón, te vales de esta mujer para tu lucimiento personal». Porque después he leído otras cosas de ti, buenas y malas. De ti se ha dicho todo: Diosa, puta, artista del cosmos ¿…?, insensible, apasionada, revolucionaria de lo establecido como norma, amada por los miserables y odiada por los poderosos, ninguneada por los poetas de justas poéticas y pintores de galerías de arte y canapés. Sí, todo eso te ha rodeado mientras te extinguias sin que en tu tiempo nadie echara mano de oficio para buscarte un lugar más alla de éfimeto sol y colocarte en la eternidad, aunque sólo fuese un símbolo.

Y esos ojos que parece me están mirando incrédula, yo los miro como si fuesen lo único que de ti vale la pena, lo único que nadie entonces ni ahora, quizá nunca, pondrán en duda, porque sería como negar la esistecia del Universo.

A partir de hoy, con permiso de mi flaca memoria, me despertaré cada día, y al abrir mis ojos no quisiera ver otros que los tuyos.

P.S. Escribí lo anterior sin darme cuenta que pecaba de lo que censuraba. Nunca un escritor, mejor o peor, podrá sustraerse a un cierto lucimiento. El mío ha sido evidente cuando termino mi escrito con una aseveración que estoy lejos de sentir. Los ojos de Nahui Olin son, ciertamente, bellos, pero no suficiente para que me hagan perder la cabeza.

Del amor unilateral

Tenía 21 años, los sueños rotos, las esperanzas todas. Era un ingénuo. No imaginaba que la vida no se conquistaba a golpe de imaginación, sino de realismo. Y un catálogo de realismo ya lo había llevado a cabo al pie de la letra: la miseria, el desencanto, el amor sin metas, alguna decisión heróica…

Con 21 años no hay nada ganado ni perdido; tampoco se juega a una cosa o a la otra, sólo se deja uno llevar.

Había ganado y ahorrado algun dinerillo lavando platos en un restaurantre de Estocolmo y llenando sacos de guisantes en una fábrica de alimentos en el sur de Suecia.

Esa fue la salida que le dio a su fracaso como universitario, en una carrera interrumpida por falta de medios, incluso para comer y alimentar un cerebro exigente.

Ya sabía francés, por haberlo estudiado en el colegio: Ya sabía sueco, por haberlo estudiado con una sueca en la mejor de las aulas, pero el inglés sólo comenzaba a hablarlo y a mal entenderlo.

Con el dinero ahorrado se sintió un viajero privilegiado, antes todos los trayectos los había hecho en auto-estop. Tomó un tren hasta Francia, luego un ferry hasta Inglaterra, luego un autobús hasta Edimburgo. Y alquiló una habitación a media hora, andando, del campus universitario.

Había una cafetería siempre repleta de estudiantes. Parecía el lugar idóneo para comer barato y para ligar alguna joven estudiante que estuviese dispuesta a dialogar por signos los pensamientos y con las manos trasmitiendo el lenguaje de los sentidos.

Era una joven menuda, rubia sin entera definición, vivaracha pues era escocesa. No era de esas féminas capaces de levantar cualquier cosa con sólo mirarla; era idónea para evitar la mayor parte de los inevitables momentos de silencio que se producen cuando se está en otra cosa. Se trataba de hablar, él para aprender Inglés, ella para atraer la mirada de su español de carne y hueso.

A los tres meses, los ahorros comenzaban a menguar peligrosamente y el joven creía haber alcanzado un nivel de inglés aceptable. Ya carecía de sentido continuar en un lugar elegido con la idea previa de ida y vuelta. La joven escocesa no pareció percibir el desenlace de aquel curso intensivo de lengua… inglesa. El tampoco veía que su decisión de regresar a su país pudiese ser una tragedia para la joven profesora. A esa edad se es bastante insensato con lo que siembras y no cosechas.

Un amigo, que había hecho en el campus en sus horas libres, le escribió tiempo después en una postal lo siguiente: (traduzco) «Querido amigo. Después de tu partida, Ana cayó enferma víctima de una gran depresión, de la que le han quedado secuelas irreversibles. Todos sabemos que no supo entender y asimilar que te fueras. Nadie aquí te reprocha nada. Sólo te lo digo por si quieres compartir su dolor.»

Fue un detalle. No es frecuente, pero sólo compartiendo el dolor se reduce la culpa.

Hachico

Es un perro, o fue, porque la historia es real. Acabo de ver la película, «Siempre a tu lado», de 2009. Ya la había visto, quizá otra versión anterior. Por viejo, sensiblero o porque aún creo en las fábulas, alguna lágrima me ha avergonzado.

Acababa de escuchar que los perros sólo se mueven por el interés, por la protección que se les brinda, por la comida. Hachico debió ser la excepción. Durante nueve años, Hachico esperó a su amigo, a su dueño, a su protector fallecido, frente a la puerta de la estación del tren a que llegara, como siempre lo había hecho. Rechazó la protección que le brindó el resto de la familia. Hoy, en aquel lugar donde Hachico esperaba, hay una estatua de bronce. No es Hachico, pero es un homenaje al amor auténtico. Pocas cosas me hacen llorar, hoy por viejo, sensiblero o porque creo en las fábulas, he llorado.

Morir para vivir

He estado a punto de tirar la toalla, borrar todo lo que movilizó mi cerebro, mis dedos, mis tiempos muertos. O simplemente apagar el ordenador y dejar que todo se quede ahí como en un nicho fúnebre.

Me fui a hacerme un café, con él me senté, de nuevo, frente al ordenador. La pantalla se había apagado. «¡Qué bien estás así!», me dije. Tocar una tecla y abrirse era seguir, volver a empezar. Me resistí. Aquella pantalla negra era la esquela fúnebre de mi vida. Pero me gustaba. Era como asistir, consciente, a mi propia muerte. Cualquiera desearía verse un segundo después. En esa contemplación podía hacer un resumen de mi vida, sin nada más que añadir. Luego, sin ningún resentimiento, diría: «Bueno, José, hiciste lo que pudiste, no vale arrepentirse de nada, porque aunque te arrepientas, nada ha de desaparecer». Y pensando en la frase, yo mismo me di la razón: «Qué importa lo que hice, si lo hecho, hecho está?».

Pero el éxtasis duró poco y forcé la apertura de pantalla. Lejos de sentirme en el otro lado, las carpetas, los iconos, el fondo azul me devolvieron a la realidad. Si como parecía había muerto y vuelto a la vida, inmóvil me dije: «Y todo para qué, si esta vida ya la viví. No voy a repetirme si todo ha de ser igual.»

Pero la vida, mientras te tenga en sus manos, te dirá en todo momento que nada se ha acabado, que sigas dándole alegrías, tristezas, euforias y depresiones, dolor y bienestar, risa y llanto, amor y odio. Y en este ir y venir de lo bueno a lo malo, seguramente te dirás: ¡Qué mierda de vida!, y no tendrás el valor de acortarla.

«Pero eso es porque eres un inconformista», te dirá un estúpido.

Y tú, que eres un inconformista, le responderás: «Pues tienes razón, no lo había pensado.»

Camilo

Lo conocíais, con sus comentarios era asiduo a este blog. Ya falleció. Un cáncer terminal se apoderó de su cuerpo fantasmal y se diluyó entre nubes negras. Era un hombre sencillo, afable, incapaz de enojarse. Yo le conocí cuando iba camino del hospital a su rutinario tratamiento de quimioterapia. Procuraba darle ánimos que no le faltaban; era optimista. Sólo le preocupaba que tuviesen, finalmente, que aplicarle una ostomía; portar una bolsa externa conectada a su intestino para recoger las heces. Yo, sin convicción alguna, le decía: Camilo, tengo dos amigos que llevan eso con total dignidad. Pero yo era consciente de que tal solución era una putada. El me agradecía mis palabras y no se hablaba más del asunto.

Le confesé que no tenía en cuenta una broma que me había gastado suplantando a una joven croata, que había llegado a enternecerme con sus comentarios en español, versión croata. Me pidió disculpas y yo aprecié en él cierta grandeza. «Podemos ser amigos, le dije, pero ya sabes que en la amistad, como en el amor, el roce es importante, y vivimos a ocho mil kilómetros distantes. Tengo proyecto de visitar tu país y haré lo posible para convertir una amistad virtual en una real. Mándame una foto actual y yo te mandaré una mía, así comparamos quién está más jodido y no habrá sorpresas. No me envió su foto y yo no le envié la mía.

WordPress es una máquina perfecta, la utilizo para presentar este blog. Camilo versus Croata me lo detectó al tener un IP igual; eran la misma persona. Con ese precedente, frente al ordenador sin nada mejor que hacer, me dedique a buscar fantasmas con WordPress. La sorpresa fue tremenda: Camilo era, además de la croata, otras dos personas más, femeninas, que comentaban alguno de mis escritos desde perspectivas diferentes. Eso ya era el colmo de la superchería, del engaño que sobrepasaba la broma. Me callé, esperaba a ver a dónde dirigía el juego haciendo trampas. El personaje Camilo dejó de ser alguien virtualmente estimable como persona, para ser un simple bujarrón de la RED.

Lo había dejado apartado para otro momento. Desenmascararlo y la estrategia a emplear llevaba su tiempo, nada de precipitaciones, las evidencias no dejaban lugar a la duda.

Buscaba en mis archivos antiguos algo que traer al blog a falta de ideas nuevas. Y encontré un chat, que una vez abierto, a punto estuve de darle un puñetazo a la pantalla del ordenador. Era el año 2003. El chat era entre Yo y… ¡Camilo! Lo había olvidado. Pero Camilo era «ella», una de mis mejores amigas. ¿Cómo podía ser? Actualizando todos los datos al presente, resultó que mi amiga había utilizado conmigo cuatro pseudopersonajes durante 25 años.

No valía la pena acumular improperios contra la autora de tamaña desafección. Reconoció los hechos y su autoría y yo le dije: «Me has quitado cuatro personajes que me diste con los que llegué a tener cierta empatía, ninguno superó el afecto que sentía por ti, y tú lo pudiste comprobar. Si fue locura de amor o celos, no me puede complacer. Me quedo de ti los buenos recuerdos hasta que se desvanezca mi memoria».

Pero los buenos recuerdos habrán de terminar, inevitablemente, en la cloaca. Esto no se lo dije, pero es seguro que lo puede adivinar.

P. S. WordPress me ha ayudado a borrar todo vestigio de alguien que fue y sus cuatro fantasmas. Ya no existen, con el tiempo nunca existieron.

Una imagen y el resto nada

Cómo cambiar tu rostro, mujer
Ese mar de tristeza que rompe mis retinas
Como una ola de presagios que anuncia
El terremoto de tu existencia lejana
Soy como un marinero varado
Que busca en tus ojos los reflejos de luna
En las noches calmas de mi existencia
Y tú me traes todos los desasosiegos 
Que bañan mis pies de lágrimas
Sin permitirme incorporarme al infierno
Para rescatarte de la vida al revés.
Y no puedo decirte ¡arriba el alma!
Porque ya morí contemplándote y  no puedo adivinar quién eres. Ahora sólo me queda esta imagen que se desvanece, y no sé qué hacer con ella, ni siquiera sé si es tuya.

Anoche, a la hora que se comienza a perder la conciencia, la cabeza te pesa y los despidos del día se hacen urgentes, tuve una rara sensación que me mantuvo expectante. Estaba frente a la pantalla de mi ordenador, teclado ya dormido, y mecánicamente manejaba el ratón como el que tienta a ciegas buscando una salida. No era obviamente una salida en esta ocasión, pues me quedaban luces para encontrar “apagar”. Quizá lo que buscaba era algo que aún me mantuviera despierto, a sabiendas de que necesitaba estar seguro de no dejarme nada pendiente. Esto, que podía ser una contradicción, en una persona como yo, con una extensión de mi cuerpo, indefectiblemente, unida al aparato, era perfectamente coherente. Tenía que ir cerrando todas las funciones, ya limitadas, por otra parte, para poder irme a la cama y no desvelarme pensando sobre la almohada que algo me había dejado sin comprobar que no contaba conmigo, al menos por lo que quedaba del día. Todos los iconos estaban activados, aunque ninguno daba señales de vida, o de alerta. Sin embargo, era muy posible que el navegador guardara las últimas noticias que, al abrirlo, me llevan a un diario nacional. El coreo siempre marca si hay algún mensaje no leído, salvo los del correo no deseado. El ichat sólo me conecta con mi hijo, y si él desea hablar conmigo, la ventana se abre automáticamente en la pantalla. Messenger lo hace igual, aunque éste, al contrario que ichat, puede marcar erróneamente que está activado. Luego estaban los iconos de música, fotos, Word, Dreamweaver, que sólo vienen en mi auxilio cuando se lo pido. El único, pues, que no tenía seguro si guardaba algo era Messenger. Sin ganas ni deseos de que aquel artilugio me retuviera ni un instante más, decidí abrirlo. Efectivamente se había desconectado y tenía que iniciarlo. Casi siempre esta operación iba seguida de la aparición de algún mensaje en off que alguien me había enviado durante mi desconexión. Siempre lo habría con curiosidad, excepto en esta ocasión que, ya digo, lo hacía sin ganas o cansado. Y efectivamente, de forma inmediata, al iniciarlo, se abre una ventana. Reconozco la remitente y en un principio me resulta algo fastidioso. Con los ojos semicerrados, leo (omito el nombre):
“ Eres un H.P.”
En otra ocasión esta expresión no me habría sorprendido de ella; ya me tenía acostumbrado a expresiones extemporáneas que yo entendía como un signo de afecto y que luego se explicaban sin más sangre, pues siempre se referían al juicio que le merecía después de algún escrito mío que ella entendía fuera de toda norma en el recto proceder de cualquier persona de bien. La expresión era tan elocuente, que di un respigo y me puse a repasar qué había escrito últimamente que mereciera un tal espasmo de mi amiga. Y por primera vez, tuve la certeza de que, en esta ocasión, no se traba de un juicio literario emitido desde una inquietud beatífica. A mi amiga no le había gustado, lo que se dice para nada, que yo llevase dos días sin escribir cosa alguna. Efectivamente, así había sido por razones que no vienen al caso. Lo que ella había echado de menos era que, después de nuestro último chat, no hubiese escrito en mi página nada que ella pudiese interpretar como un velado mensaje subliminal en el que apoyar su pensamiento.
La rara sensación, consecuente, la motivaba el echo de no haber tenido nunca la más mínima intención de que mis escritos a ella le sirvieran para algo, y eso significaba, ni más ni menos, que nunca debió utilizarlos.Si se había estado apropiando de mi espíritu, era hora de que lo supiese. 

Me temo que este escrito no va a contribuir a ello, aunque nunca fuese tan claro y explícito.

Y el cerdo resucitó

Científicos de EEUU consiguen devolver a la vida a las células cerebrales de cerdos muertos, lo que abre la posibilidad de devolver la función cerebral tras un daño y obliga a redefinir la muerte.

Titular de impacto que leo en un diario. Parece obligada una reflexión.

No es que los cerdos salgan corriendo; se trata de cabezas de cerdo recogidas en un matadero y convenientemente tratadas después de cuatro horas de haber sido seccionadas del tronco. No importan, aquí, los detalles del proceso, importa que ha sido constatado científicamente. Tampoco es que sea gran cosa, pero así se empieza a tirar del hilo en los laboratorios. Lo que han conseguido estos genios es devolver vida a las células cerebrales que, como digo, llevaban 4 horas muertas. Células que murieron por falta de oxigeno, principalmente, algo tan químicamente comprensible. Bueno, pues nada más simple que oxigenarlas. De momento, y digo de momento, no se ha restablecido la función cerebral en forma de consciencia. Tampoco soy tan optimista de que algo así se consiga, pero las hipótesis son libres.

Es una hipótesis. Supongamos año 2100 (para entonces nadie me va a contradecir). Resulta que, y es una hipótesis, alguien que lleva muerto, pongamos de un accidente, unas cuantas horas, es llevado a un taller de neurocirugía y allí le reconstruyen los desperfectos de su cerebro, los oxigenan, etc, y el ya cádaver abre los ojos y pregunta: ¿Qué me ha pasado? Los cirujanos aprovechan la ocasión para preguntar, a su vez, al paciente: Has estado muerto cuatro o cinco horas y te hemos resucitado, ¿nos puedes decir qué había en el otro lado o que has podido ver, por extraño que te parezca?

Y el recien resucitado, aún confuso, les responde: ¡Joder, no había ni vi nada, estaba muerto!

Pues eso, y es una hipótesis, que no hay que esperar al año 2100 para saber qué hay al otro lado.

El poema de María

E

María llevaba una vida dual: amaba a su marido, un hombre entregado por completo a su mujer, y también amaba, o al menos eso manifestaba, a un hombre que había conocido a través de la RED. De éste sólo se podría decir que era una gran embaucador, palabrero, fabricante de poemas y de historias a mitad de camino de parecer reales y fantásticas. A María le seducía su forma de decir las  cosas, tal que se creía musa o velada protagonista de ellas. Y es que María era una soñadora, para la que la vida real era una rutina.

Un día, su marido la sorprendió, frente al ordenador, escribiendo. María, hasta entonces, sólo había conectado el  ordenador para, según ella decía, curiosear, ver recetas de cocina y leer el horóscopo diario que aparecía en una web especializada. Intrigado el marido por verla escribiendo, le preguntó:

–Querida, ¿a quién le escribes?

–A nadie –le contestó —estoy escribiendo un poema.

–¿Un poema? ¿Tú un poema? Me sorprendes, no sabía que tuvieras esa afición. ¿Puedo verlo?

–No está terminado. 

–¿Y qué vas a hacer con él, luego que lo termines?

–Imprimirlo y regalártelo. Te lo daré pasado mañana, día de nuestro aniversario.

–Será un bonito regalo. Gracias, querida. Espero te salga como lo sientes.

–Será así, tenlo por seguro.

María se sintió liberada de haber salido en bien de aquella situación embarazosa y siguió escribiendo su poema. Luego que lo consideró terminado, lo envió primero a su amor virtual y después imprimió una copia. Apagó el ordenador, no antes de borrar todo rastro del poema, y se llevó la copia con ella. 

María puso el poema impreso en una cajita, delicadamente envuelta en papel para envolver regalos, sin dejar de ponerle una cinta roja en forma de cruz, rematada por un lacito rizado, y la guardó en un cajón de la cómoda, oculto entre su ropa íntima. Pero María no eligió ese lugar por casualidad. Quiso expresamente ponerlo allí pensando en su amor cibernético, imaginando todo tipo de deleites con él. 

Llegó el día del aniversario de su boda. María se levantó y fue a buscar el poema para dárselo a su marido mientras desayunaban. Cuando lo tuvo en sus manos, María se quedó mirando la cajita. Sintió remordimiento por lo que había hecho y volvió a guardarlo entre su ropa íntima. Tomó las prendas que había usado en la noche de bodas y se volvió a la cama. Con caricias y susurros despertó  suavemente a su marido que aún dormía.

–Querido, mi poema para ti.

María le hizo el amor a su marido, siguiendo las pautas que tanto le habían excitado leyendo un poema de su otro amor. El marido le expresó su satisfacción por tan especial sorpresa y no se le ocurrió preguntar por el poema que su esposa había escrito dos días antes.

Ese mismo día, María estuvo especialmente pendiente del correo electrónico.

(JDD 2003)

Estas cosas, de las que tengo archivadas cientos, las exhumo cuando estoy perezoso y mi cerebro es como un corcho que flota entre nubes de algodón; no por jaqueca. Si son buenas o malas poco importa, y no soy yo el indicado para juzgarlas. Eso sí, la mayoría son cabronas, sin concesión a una literatura amable que ensanche el alma, en lugar de encogerla. Pero qué le voy a hacer, si soy así, de natural algo cabrón.

En la casa de Dios

Un fuego a destruido Notre Dame. ¿Fue culpa de Dios que estaba jugando con fuego? ¿Fue, acaso, Elias, el profeta del fuego, que calculó mal la dirección de sus rayos flamígeros? Probablemente no. Nadie, consciente, quema su casa si no es para burlar a la compañía de seguros y con el rescate hacerse una nueva. Pero algunas se queman por inconsciencia.

Supongamos que Notre Dame se incendió por la negligencia de algún operario que estaba allí para su mantenimiento. Supongamos, con mucha buena voluntad, que Dios, dueño y morador de esa casa, estaba allí y observó la primera llama. O que vio a su profeta Elias hacer experimentos y vio una oportunidad de remozarla. En cualquier caso, el fuego se fue extendiendo sin que alguien lo parara. Puede que Dios estuviese en otro lugar, y se enteró por la prensa cuando ya era tarde. Puede que no fuese Elias el causante. Puede que fue el hombre que obró con negligencia. El caso es que la casa del Padre, una de sus más espléndidas mansiones, se quemó. Inhabitable, Dios habrá tenido que alojarse en otra de sus innumerables casas.

Pero lo podemos ver desde otro punto de vista. La casa ya estaba vieja y necesitaba de mucha atención. Dios no dispone de compañía de seguros, pero sabe que los hombres no le dejarán sin una de sus casas preferidas. Provee una marea de solidaridad para que sea reconstruida, con mejores materiales, corrigiendo defectos, perfecta para sentirse seguro. Y deja que el azar, Elias, él mismo, provoque un fuego con la intención de renovar su casa.

He leído que un magnate ha ofrecido 100 millones de euros para empezar el desescombro, ya tiene el Cielo asegurado. El Vaticano, el casero mayor de Dios, faltaría más, también se rascará el bolsillo. Un sin fin de particulares con su óvolo también contribuirán. Todos pensando en Dios, su amado padre, y algunos en París y la «grandeur» de la Francia. En cualquier caso, Notre Dame volverá a lucir espléndida, es un símbolo sin el cual Dios, los hombres, Paris se sentirían menos Dios, menos hombres, menos París. Yo contribuiré con un euro, que partiendo de mí, eso es mucho.

Julian Assange

¿Quién coños es Julian Assange? De vez en cuando ese nombre aparecía en los medios. Un fugitivo huido de la EEUU, de Suecia, de algunos países más que le tenían ganas. Lo que para unos es malo, para otros es bueno, Rusia, por ejemplo. Diez años llevaba confinado en la Embajada de Ecuador, acogido a exilo político. Desde allí, utilizando su impunidad, siguió alimentando esa especie de altavoz que proyectaba mierda sobre los poderosos. Hoy, la Gran Bretaña, esa malquerida de los EEUU, ha conseguido aflojar las cadenas de terciopelo del Presidente de Ecuador, y se lo ha entregado al destino final: años de cárcel en los EEUU. Por bocazas.

Pero esto, que sólo es noticia, a mí me ha dado ocasión para mover mi teclado y escribir esta crónica, literaria, por supuesto.

Resulta que la madre, ¡ay, las madres!, ha estado luchando por hacer ver al mundo la injusticia que han aplicado a su hijo. Y esta sobrecogedora soflama, casi bíblica, contra el presidente ecuatoriano, es la que ha provocado que yo me interese más por el hombre:

«Ojalá que el pueblo ecuatoriano busque la venganza sobre ti, traidor sucio, engañoso y podrido. Ojalá que el rostro de mi sufrido hijo te persiga en las noches sin sueño. Y ojalá que tu alma se quede siempre en el purgatorio de la tortura, igual que tú has torturado a mi hijo».

Terrible de verdad. Pero, yo le digo: querida mamá, tu hijo ha estado jugando con fuego en una pantanal de gasolina. ¿Por qué no le advertiste: hijo, no juegues a héroe en un mundo donde los héroes sólo son utilizados y nunca elevados al Olimpo? Juegas un Monopoly sucio y te quedarás sin nada que te pertenezca, incluso la fama, porque ya se encargarán tus contrarios, incluso tus benefactores, de arrinconarte en el desván de los recuerdos olvidados.

Pero la madre seguirá en su lucha, previamente perdida.