¿Escribir puede ser una enfermedad?

Esto de escribir, compulsivamente como es mi caso, es como enfermedad mental, que debería se tratada clínicamente. Se podría comparar con una diuresis severa o una diarrea persistente. El médico te recetaría algún fármaco para el caso y recomendaciones en tus hábitos diarios. Si yo fuera a un psicólogo para que me mirara esto que podría ser una enfermedad, probablemente me diría: «antes de escribir, preguntase de qué quiere escribir, luego plantee un esquema del asunto, en el esquema introduzca variables para que en su momento pueda elegir la mejor, y cuando todo eso lo tenga lo suficientemente claro, elija un título acorde con el desarrollo de su historia. Luego repase todo y ponga sus manos sobre el teclado, mire a la pantalla en blanco y visualice sobre ella el comienzo del escrito. La primera oración es la más importante, deberá definir ya de qué va a ir el asunto. El lector tiene que quedar atrapado por esos dos pilares que enmarcan el contenido: título y primera oración. Intente hacer lo que le digo, y le aseguro que parte de su inquietud la dedicará a la agricultura o a buscar setas en el campo.

Voy a intentarlo.

Hoy no he seguido esos consejos, sólo me planteé que debo consultar a un psicólogo.

Dos cerebros y una sola cabeza

Quizá parezca una adivinanza mi anterior escrito, especialmente el título «¿Odio porque me odio?. No existe otra forma más clara para expresar lo que la pregunta deja sin respuesta. Una lectora se pregunta y me pregunta qué clase de respuesta es la que le dí: «¿Amas porque me amas?», y añade: «Se te chisporreteó el cerebro», y yo entendí que quería decir algo asó como que mi cerebro divagaba, deliraba o no estaba en mi sano juicio. No me costó responder a lo que era una aseveración más que una pregunta. Tenía razón. En el cerebro se entrecruzan respuestas de dos tipos: las que complacen a tu interlocutor y las que tú mismo te crees que convencen. Mi respuesta inmediata fue: «Sólo se puede amar cuando se estás en paz contigo mismo; o dicho de otra forma: no puedo amar si yo mismo me odio». Esperaba que mi interlocutora me calificara de sofista dedicado, preferentemente, a vencer a mi adversaria con mi elocuencia, sin conocerle la posibilidad de estar en posesión de la verdad. Posiblemente los dos teníamos razón, si ella partía de no conceder a mi cerebro la posibilidad de jugar a filósofo. Pero a ella le pareció que se le abría una luz en su propio cerebro, de tal modo que contestó: «Muy bueno, lo que dices». Esta respuesta, lejos de complacerme, me inquietó. Me inquietó porque hubiese sido incongruente cualquier respuesta mía. Si le decía «Gracias», habría supuesto que me tendía la mano en señal de reconocer mi victoria dialéctica. Si seguía cuestionando mi razonamiento, podía llegar el momento en el que mi cerebro ya no podría seguir al suyo y tendría que rendirme. ¿Qué conclusión se puede sacar de este juego de palabras? Como en el ajedrez existe un final que llaman «tablas», que ni uno ni el otro ha vencido, que el juego ya no pude continuar, que cada uno se vaya pensando en la jugada que no le permitió vencer.

¿Odio porque me odio?

Estaba el hijo en el lecho de muerte inminente. Los médicos habían ordenado se le retiraran todos los elementos que le prolongaban la vida, una vida sin consciencia, o eso diagnosticaron. El padre llegó al hospital desde muy lejos, alguien le avisó que su hijo se moría, que le quedaba `poco tiempo para despedirse de él, si así lo deseaba. Llevaban once años separados padre e hijo sin que ninguno existiera para el otro. El padre, inesperadamente, cogió el primer avión que le traía a la ciudad donde estaba el hospital. El médico que trataba la enfermedad de su hijo lo acompañó a la habitación. El padre no le reconoció; delgado en extremo, con barba descuidada y aspecto ausente. «Es su hijo», le dijo el médico.” ¿Puede oírme ?”, preguntó el padre. «No puedo afirmarlo, su estado es puramente vegetativo». El padre se acercó hasta la cama, se inclinó hasta rozar casi su boca con uno de los oídos del joven y el susurró: «Soy tu padre». Unos segundos y nada pareció que había cambiado, fue entonces cuando unos labios temblorosos se esforzaron en articular lo que podía ser unas palabras. El médico que observaba la escena, le sugirió al padre que acercara su oido a la boca de su hijo. Así lo hizo y así se mantuvo un tiempo que le pareció eterno; para el padre era la confirmación de que su hijo ya no existía y que no había valido la pena hablarle. Pero aquellos labios, que sólo habían dado señal de temblor, se abrieron y cerraron para dejar pasar una respuesta: «Te odio», fue todo lo que el padre pudo oír. El padre se retiró, sacó un pañuelo del bolsillo y se secó los ojos bañados en lágrimas. Iba en dirección a la puerta para abandonar la habitación, cuando el médico le detuvo. «Me pareció que su hijo le hablaba», dijo el médico. El padre se volvió hacia el médico y le dijo: «Sí, mi hijo me ha hablado», y no dijo qué había dicho. A continuación abandonó la habitación. Para el médico aquello suponía un inesperado cambio en el diagnóstico de muerte cerebral del paciente, de inmediato ordenó que se le volvieran a colocar los medios paliativos, además de alguno más específico para regar su cerebro.

Pasado algún tiempo, el joven fue dado de alta; se había recuperado por completo. Preguntó si su padre había dejado alguna dirección en donde avisarle en caso de fallecimiento, pero no había pasado ni por la recepción del hospital, tomó el ascensor y salió directamente a la calle. El hospital sí sabían dónde residía el padre, pero no pudo ser contactado.

El joven vivió con la angustia de haber confesado a su padre que le odiaba. El padre había hecho un largo viaje para verlo antes de morir, la conclusión que el joven sacó de aquel gesto, fue porque su padre le quería, y añadió: «mi odio no estaba justificado, quizá me he estado odiando a mí mismo».

El cerebro sólo el 10%

Curioso. Vuelvo a leer que nuestro cerebro sólo activa un 10% su capacidad de procesar. Y ahí se queda para no causarnos los problemas de una actividad mayor, que de usar el 100%, podrán controlar la materia, dejaríamos de ser humanos. Lo dicen los científicos, así que por mi parte, punto en boca.

Pero me digo: si el cerebro no da más de sí para preservar nuestra armonía funcional, ¿qué estamos haciendo con las máquinas que, sin parar, no dejan de superarse, hoy ya con capacidades superiores al cerebro humano? Es posible que si peligra nuestra libertad de pensamiento, de decisión, porque habrá máquinas que nos superen, neuronas que están dormidas se pongan en movimiento en función de la competencia que le exigen las máquinas y para no verse superadas por éstas.

A través de los tiempos, infinitas teorías, creencias y aseveraciones científicas se han ido desmontando sin recurso a la réplica: La Tierra es plana, los humanos vivieron o convivieron con los dinosaurios, la Tierra es el centro del Universo, el ser humano apareció de forma espontánea y siempre fue igual al que es ahora, el átomo es una bolita con un un electrón que gira a su alrededor, en el espacio no existe la gravedad.

Y hoy todo parece cuestionable. Los científicos ponen en marcha un 5% más de su cerebro y concluyen cosas como éstas: Diseño de nuevas proteínas, el ADN de un feto está presente en la sangre de la madre, algunos misterios de la materia oscura, las matemáticas incomprensibles, y un sin fin de otras que anulan las anteriores.

¿Qué porcentaje de nuestro cerebro será funcional dentro sólo de 100 años? Nadie puede asegurarlo, pero hoy podemos asegurar que tal y como discurren las cosas, o seremos máquinas o seremos superhumanos, y para entonces, quizá hayamos encontrado la forma de comprar felicidad y salud; la inmortalidad importará menos, porque nosotros mismos decidiremos cuando decir ¡basta!, ya no aguanto más. Y, por supuesto, ya no especularemos con otra vida.

Todo, absolutamente todo, está en nuestro cerebro, fuera de él no existe nada.

El ciego que no quiso ver

Erase una vez un hombre ciego que no veía nada; bueno, si, veía siluetas difusas de todo lo que se interponía delante de sus ojos. En una ocasión le pareció que una silueta era la de una bella mujer; las lineas que la marcaban en su cererbro eran perfectas. Como sólo eran lineas o sombras, él ciego tenía que imaginar sus facciones: ojos, pelo, boca busto, caderas, piernas, y hasta una sonrisa que dejaba al descubierto una dentadura blanca perfecta. La tenía delante, la podría tocar, su sentido del tacto confirmaría alguna de sus conclusiones. También podría olerla, olor que le indicaría que se trataba de una mujer limpia, perfumada para seducir, como hacen las flores con los insectos.

Y el ciego quiso cogerla de lo que creyó eran sus manos, pero por más que lo intentó, la sombra se escurría entre sus dedos. Así era imposible acercarla, confirmar su perfecta anatomía, olerla. No llegó a pensar que de haber podido hacer todo eso, también podía haberla abrazado, besado, poseído. Para el ciego eso sólo pertencía al mundo de los sueños, y ahora estaba despierto y sólo podía imaginarla.

Como apareció, la sombra desapareció, ya no precibío otra cosa que se había ido. Pero su cerebro guardó aquella primera sensación, con ella regresó a su casa, se acostó pronto con la intención de poder soñarla, pero no lo hizo, en su lugar soñó que vivia en un mundo sin sombras, que todo era real, que veía. Al desperar, pidio seguir estando ciego, porque la realidad que había visto en el sueño fue la de una pesadilla.

Hoy no diré nada

No escribiré nada, nada que se me ocurra, nada que sienta, nada que quiera deciros. Mi cerebro está descansando, se lo ha pedido mi cuerpo. Debo terminar, creo que ya he dicho demasiado.

La mentira y la verdad

Se miente para sacar provecho, no importa qué tipo de provecho. ¿Qué se saca de decir la verdad? Casi siempre te perjudicas o haces daño.

Quizá existió alguien que siempre dijo la verdad. Quizá fue alguien al que crucificaron, o lo quemaron en una hoguera, o lo desterraron. No interesaba su verdad, molestaba a quien sólo sabía vivir de la mentira. Hoy, aunque parezca un eslogan, la mentira triunfa, la verdad está condenada al fracaso. ¿Quién tiene la culpa de que algo así se produzca con entera indiferencia? El que miente no es el culpable; tampoco lo es el que dice la verdad. Los seres humanos son una especie que vive de sus propias contradicciones. Imaginemos que todos mintieran. En un caso así, todos sólo podríamos vivir de nuestras propias verdades. ¿Y si, por lo contrario, todos los seres humanos sólo dijeran la verdad? Es muy probable que el sufrimiento nos obligara a mentirnos a nosotros mismos. La mentira y la verdad coexisten porque consiguen el equilibrio necesario para la existencia, no sólo la individual sino la universal. Pongamos un ejemplo.

Un matrimonio parece llevarse bien porque confían el uno en el otro. Pero lo cierto es que no existe un mayor ejemplo de esa coexistencia a la que me refería. Gracias a que se mienten en ocasiones y en otras se dicen la verdad, pueden soportar el vivir juntos. No podrían resistir la verdad a secas como norma de conducta, ni tampoco con la mentira reiterada. ¿Alguien duda de que esto es así y no un sofisma? Cuando descubres que te mienten, es que el que te ha mentido no ha sabido mentir; cuando descubres que te dicen la verdad, lo más probable es que hubieses soportado mejor el que te hubiese mentido. Sea un caso u otro, la verdad y la mentira se complementan para hacernos la vida llevadera. Al corazón, esa víscera que sufre y acelera su pulso con la verdad, siente sosiego cuando le mienten. No demonicemos la mentira, nuestra gran aliada para ocultar la verdad, casi siempre insoportable.

¡Qué difícil me lo pones!

Año nuevo. Prefería aquellos otros años nuevos en los que, al margen de los deseos de prosperidad que te deseaban, todo parecía que iba a continuar igual. Ahora ya no se usa la palabra prosperidad, la más común es «¡Feliz año nuevo!», y ahí se queda el cumplido. Pero feliz año nuevo es un deseo mucho más completo. Para ser feliz deben concurrir una serie de circunstancias, desde luego no es una de ellas la prosperidad. Feliz es estar conforme contigo mismo, sea cual sea la circunstancia. Pero hay una que te resta felicidad: la incertidumbre. La incertidumbre puede referirse a muchas cosas diferentes, no necesariamente a todas. Basta con que de una de ellas no estés seguro, para que la felicidad ya no sea algo que esperas; a esa situación no se la puede calificar de felicidad, sino de esperanza. Cuando alguien me dice «Feliz año nuevo», de inmediato traslado esa expresión a «Esperanza para el año nuevo». La felicidad depende de la esperanza, y la esperanza no depende de otra cosa que de que se cumpla algo que esperas.

Cuando de la noche a la mañana te dicen que estás enfermo, de una grave enfermedad, ya la felicidad posible se esfuma y sólo queda la esperanza. Esperanza de que no te mueras, de que te cures, de que no sufras, de que no te incapacite para valerte por ti mismo. Esa esperanza es más compleja que ser simplemente feliz. Si todas esas condiciones que me dicta la esperanza se cumplen, entonces cabe la posibilidad de que sea feliz, pero son tantas, que una sola que falle hará que ser feliz se convierta en una utopía. Por eso pido que no me deseen ser feliz el año nuevo, si alguien quiere cumplir con un buen deseo para mí, mejor me diga: «Que el año nuevo sea benigno para ti». Hay mucha buena in atención en esa palabra, «benigno», desde luego mucha más que «seas feliz». Y, sobre todo, es más posible, aunque cada día sea nuevo, y ya se verá.

¡LLueve!

Meses sin llover. Las plantas debían pensar que era el fin del mundo; unas secas, otras lánguidas. Ya no miraban al cielo, o las inexistentes nubes que les prometieran saciar su sed. Sólo los privilegiados huertos, regados con agua corriente o pozos, deban un aspecto verde esperanza. Pero ayer comenzó a llover, Dios sea alabado, y no una lluvia cualquiera, sino una lluvia como no recordaba. Y sin parar toda la noche. Entre sueños la oía caer al golpear cualquier cosa que se encontrara en su camino. Las plantas que aún mantenían un hálito de vida se enderezaban, las ya secas permanecían muertas, ya no había esperanza para ellas, salvo que de sus raíces volvieran a renacer los tímidos brotes para cantar de nuevo a la vida. Y aquellas que tuvieron la ocasión de esparcir sus semillas, ahora germinarían vigorosas y el campo abandonaba su destino de convertirse en desierto.

A todo esto, que puede parecer un intento de ser transcendente, yo lo interpreto como si con esta lluvia todo siguiera igual; es el nacer, renacer y morir aplicado a la incertidumbre que nos ahoga. Por un tiempo, volveremos a creer en el dios que nos protege, pasado ese tiempo, volveremos a ser las mismas criaturas que soñaron, sueñan y seguirán soñando. Porque si sigue lloviendo como lo hace ahora, también, puede ahogarnos, y ya nada nos importe.

Año nuevo

Vida nueva. Eso se decía cuando yo, aún niño, no entendía bien qué se quería decir. Era un saludo para transmitir esperanza entre personas afines. Si en el año que dejaban atrás las has habían pasado putas (frase popular habitual), pareciera que en la voluntad de todos se daba por terminada la resignación y se las prometían diferentes, llenas de cambios a mejor. Empezaba el año, se hacían esfuerzos para celebrarlo con copiosas comidas, alegría fingida, regalos, arbolitos con lucecitas y zambombas. Un mundo nuevo que empezaba así no tenía por qué fallar. Pero fallaba, todo después de Reyes, iba de mal en peor. Se añadía el mal tiempo, con frío, nieve y escasez de medios para calentar las casas. Un brasero o una chimenea, y a crear cabras en las piernas (rojeces que se extendían por las pierna). Las manos frías se metían debajo de las faldas de la camilla o se extendían en busca de la lumbre de la chimenea. Se comía caliente y se reconfortaba todo el cuerpo que la mayor parte permanecía tiritando, Al llegar la noche, el brasero o la chimenea daban sus últimos calores y se iba a la cama. Mi madre me calentaba previamente el lecho con el rescoldo del brasero que introducía en un artilugio, el calentador de cama, consistía en un recipiente con una tapa y un mango largo que se deslizaba entre las sábanas de las camas. Me cubría con tres mantas, la sábana y el cubre camas, y dormía de un tirón hasta el día siguiente, ya muy tarde. Empezaba un muevo día, sin juguetes en mis zapatos. Cuando nevaba, se solía salir a la calle a jugar con la nieve. Mis padres a buscar leña o algo que se pudiese quemar para preparar el «confort» de la casa. Cuando comenzaba de nuevo la escuela, cada niño o niña, llevaba una lata en forma de incensario, que se llenaba de brasas, La escuela, así, permitía estar calentitos, aunque la concentración de CO2 podía ser peligrosa. El maestro o maestra, que lo sabía, abría de vez en cuando una ventana para renovar el aire.

Pero no se me olvida, como una estampa indeleble, que , en ocasiones, los niños y menos niños, nos solíamos juntar en alguna casa y en torno a una camilla jugábamos algún juego de mesa. Si sentíamos ateridas las manos de frío, las metíamos bajo las faldas de la camilla para acercarlas al brasero. La ocasión la pintaban calva, porque las manos se deslizaban furtivas a las piernas de las niñas y menos niñas. Ellas consentían, así que las manos trabajan debajo de sus vestidos buscando otros focos de calor. Algunas sólo te dejaban acercarte, otras, en cambio, te dejaban meter la mano en el fuego. Ahí se quedaba la cosa, el sexo completo todavía estaba por inventar para esas edades.

Todo lo demás era parecido a lo ya pasado y conocido. Se sobrevivía a duras penas, nada nuevo se vislumbraba, la costumbre era ya una obligación más que un destino. Y esto sucedía en la ciudad o pueblo donde crecí, Zamora o alguno de los pueblos donde mi padre estaba destinado como guardia civil. Son recuerdos con mezcla de añoranza: ahora ni lo necesito ni tengo donde meter las manos. Han pasado muchos años desde entonces, pero algunas cosas siguen sin cambiar.