Hoy no diré nada

No escribiré nada, nada que se me ocurra, nada que sienta, nada que quiera deciros. Mi cerebro está descansando, se lo ha pedido mi cuerpo. Debo terminar, creo que ya he dicho demasiado.

La mentira y la verdad

Se miente para sacar provecho, no importa qué tipo de provecho. ¿Qué se saca de decir la verdad? Casi siempre te perjudicas o haces daño.

Quizá existió alguien que siempre dijo la verdad. Quizá fue alguien al que crucificaron, o lo quemaron en una hoguera, o lo desterraron. No interesaba su verdad, molestaba a quien sólo sabía vivir de la mentira. Hoy, aunque parezca un eslogan, la mentira triunfa, la verdad está condenada al fracaso. ¿Quién tiene la culpa de que algo así se produzca con entera indiferencia? El que miente no es el culpable; tampoco lo es el que dice la verdad. Los seres humanos son una especie que vive de sus propias contradicciones. Imaginemos que todos mintieran. En un caso así, todos sólo podríamos vivir de nuestras propias verdades. ¿Y si, por lo contrario, todos los seres humanos sólo dijeran la verdad? Es muy probable que el sufrimiento nos obligara a mentirnos a nosotros mismos. La mentira y la verdad coexisten porque consiguen el equilibrio necesario para la existencia, no sólo la individual sino la universal. Pongamos un ejemplo.

Un matrimonio parece llevarse bien porque confían el uno en el otro. Pero lo cierto es que no existe un mayor ejemplo de esa coexistencia a la que me refería. Gracias a que se mienten en ocasiones y en otras se dicen la verdad, pueden soportar el vivir juntos. No podrían resistir la verdad a secas como norma de conducta, ni tampoco con la mentira reiterada. ¿Alguien duda de que esto es así y no un sofisma? Cuando descubres que te mienten, es que el que te ha mentido no ha sabido mentir; cuando descubres que te dicen la verdad, lo más probable es que hubieses soportado mejor el que te hubiese mentido. Sea un caso u otro, la verdad y la mentira se complementan para hacernos la vida llevadera. Al corazón, esa víscera que sufre y acelera su pulso con la verdad, siente sosiego cuando le mienten. No demonicemos la mentira, nuestra gran aliada para ocultar la verdad, casi siempre insoportable.

¡Qué difícil me lo pones!

Año nuevo. Prefería aquellos otros años nuevos en los que, al margen de los deseos de prosperidad que te deseaban, todo parecía que iba a continuar igual. Ahora ya no se usa la palabra prosperidad, la más común es «¡Feliz año nuevo!», y ahí se queda el cumplido. Pero feliz año nuevo es un deseo mucho más completo. Para ser feliz deben concurrir una serie de circunstancias, desde luego no es una de ellas la prosperidad. Feliz es estar conforme contigo mismo, sea cual sea la circunstancia. Pero hay una que te resta felicidad: la incertidumbre. La incertidumbre puede referirse a muchas cosas diferentes, no necesariamente a todas. Basta con que de una de ellas no estés seguro, para que la felicidad ya no sea algo que esperas; a esa situación no se la puede calificar de felicidad, sino de esperanza. Cuando alguien me dice «Feliz año nuevo», de inmediato traslado esa expresión a «Esperanza para el año nuevo». La felicidad depende de la esperanza, y la esperanza no depende de otra cosa que de que se cumpla algo que esperas.

Cuando de la noche a la mañana te dicen que estás enfermo, de una grave enfermedad, ya la felicidad posible se esfuma y sólo queda la esperanza. Esperanza de que no te mueras, de que te cures, de que no sufras, de que no te incapacite para valerte por ti mismo. Esa esperanza es más compleja que ser simplemente feliz. Si todas esas condiciones que me dicta la esperanza se cumplen, entonces cabe la posibilidad de que sea feliz, pero son tantas, que una sola que falle hará que ser feliz se convierta en una utopía. Por eso pido que no me deseen ser feliz el año nuevo, si alguien quiere cumplir con un buen deseo para mí, mejor me diga: «Que el año nuevo sea benigno para ti». Hay mucha buena in atención en esa palabra, «benigno», desde luego mucha más que «seas feliz». Y, sobre todo, es más posible, aunque cada día sea nuevo, y ya se verá.

¡LLueve!

Meses sin llover. Las plantas debían pensar que era el fin del mundo; unas secas, otras lánguidas. Ya no miraban al cielo, o las inexistentes nubes que les prometieran saciar su sed. Sólo los privilegiados huertos, regados con agua corriente o pozos, deban un aspecto verde esperanza. Pero ayer comenzó a llover, Dios sea alabado, y no una lluvia cualquiera, sino una lluvia como no recordaba. Y sin parar toda la noche. Entre sueños la oía caer al golpear cualquier cosa que se encontrara en su camino. Las plantas que aún mantenían un hálito de vida se enderezaban, las ya secas permanecían muertas, ya no había esperanza para ellas, salvo que de sus raíces volvieran a renacer los tímidos brotes para cantar de nuevo a la vida. Y aquellas que tuvieron la ocasión de esparcir sus semillas, ahora germinarían vigorosas y el campo abandonaba su destino de convertirse en desierto.

A todo esto, que puede parecer un intento de ser transcendente, yo lo interpreto como si con esta lluvia todo siguiera igual; es el nacer, renacer y morir aplicado a la incertidumbre que nos ahoga. Por un tiempo, volveremos a creer en el dios que nos protege, pasado ese tiempo, volveremos a ser las mismas criaturas que soñaron, sueñan y seguirán soñando. Porque si sigue lloviendo como lo hace ahora, también, puede ahogarnos, y ya nada nos importe.

Año nuevo

Vida nueva. Eso se decía cuando yo, aún niño, no entendía bien qué se quería decir. Era un saludo para transmitir esperanza entre personas afines. Si en el año que dejaban atrás las has habían pasado putas (frase popular habitual), pareciera que en la voluntad de todos se daba por terminada la resignación y se las prometían diferentes, llenas de cambios a mejor. Empezaba el año, se hacían esfuerzos para celebrarlo con copiosas comidas, alegría fingida, regalos, arbolitos con lucecitas y zambombas. Un mundo nuevo que empezaba así no tenía por qué fallar. Pero fallaba, todo después de Reyes, iba de mal en peor. Se añadía el mal tiempo, con frío, nieve y escasez de medios para calentar las casas. Un brasero o una chimenea, y a crear cabras en las piernas (rojeces que se extendían por las pierna). Las manos frías se metían debajo de las faldas de la camilla o se extendían en busca de la lumbre de la chimenea. Se comía caliente y se reconfortaba todo el cuerpo que la mayor parte permanecía tiritando, Al llegar la noche, el brasero o la chimenea daban sus últimos calores y se iba a la cama. Mi madre me calentaba previamente el lecho con el rescoldo del brasero que introducía en un artilugio, el calentador de cama, consistía en un recipiente con una tapa y un mango largo que se deslizaba entre las sábanas de las camas. Me cubría con tres mantas, la sábana y el cubre camas, y dormía de un tirón hasta el día siguiente, ya muy tarde. Empezaba un muevo día, sin juguetes en mis zapatos. Cuando nevaba, se solía salir a la calle a jugar con la nieve. Mis padres a buscar leña o algo que se pudiese quemar para preparar el «confort» de la casa. Cuando comenzaba de nuevo la escuela, cada niño o niña, llevaba una lata en forma de incensario, que se llenaba de brasas, La escuela, así, permitía estar calentitos, aunque la concentración de CO2 podía ser peligrosa. El maestro o maestra, que lo sabía, abría de vez en cuando una ventana para renovar el aire.

Pero no se me olvida, como una estampa indeleble, que , en ocasiones, los niños y menos niños, nos solíamos juntar en alguna casa y en torno a una camilla jugábamos algún juego de mesa. Si sentíamos ateridas las manos de frío, las metíamos bajo las faldas de la camilla para acercarlas al brasero. La ocasión la pintaban calva, porque las manos se deslizaban furtivas a las piernas de las niñas y menos niñas. Ellas consentían, así que las manos trabajan debajo de sus vestidos buscando otros focos de calor. Algunas sólo te dejaban acercarte, otras, en cambio, te dejaban meter la mano en el fuego. Ahí se quedaba la cosa, el sexo completo todavía estaba por inventar para esas edades.

Todo lo demás era parecido a lo ya pasado y conocido. Se sobrevivía a duras penas, nada nuevo se vislumbraba, la costumbre era ya una obligación más que un destino. Y esto sucedía en la ciudad o pueblo donde crecí, Zamora o alguno de los pueblos donde mi padre estaba destinado como guardia civil. Son recuerdos con mezcla de añoranza: ahora ni lo necesito ni tengo donde meter las manos. Han pasado muchos años desde entonces, pero algunas cosas siguen sin cambiar.

2021

Comenzamos un nuevo año. No voy a parecer pesimista como acostumbro. En este año espero varias cosas positivas: que COVID—19 sea un mal recuerdo, que dentro de un mes se confirme que ya no tengo cancer, que a mi familia no le suceda nada grave; tampoco a mis amigos y amigas, que mi país consiga salir adelante, que en el mundo se acabe con la miseria y el odio entre los pueblos diferentes… y que yo deje de ser un iluso.

Normalmente no soy un iluso, pero no sé por qué, ahora me parece que soy un idiota.

Mi cerebro, tu cerebro

¿Vacío el cerebro?

No, está lleno de intestinos, por los que circulan excrementos, esperando que algún orificio le permita evacuarlos. La digestión de las ideas se produjo cuando ya eran materia fecal. Nada alimenta el espíritu, suponiendo que exista algo parecido. En cualquier momento, el cuerpo perderá toda razón de ser, y se tomará su tiempo para desaparecer como mentira desde que se formó. ¿Quién espera otra oportunidad, si volvería el mismo ciclo? ¿O es que la eternidad consiste en repetirse? Y de ser así, en algún momento valdrá la pena ser algo diferente? Nadie se atreve a suponer que los sentidos gozarán de privilegios, de algo que sólo dicen será en una dimensión de bienaventuranzas. Esta es la prueba de que el cerebro sólo produce mierda, que a toda costa nos empeñamos en elevarla a eso que llamamos vida , y que no somos capaces de reconocernos a nosotros mismos cuando nos miramos.

Si algo de lo que digo no es verdad, tranquilos, son cosas de mi cerebro; el vuestro funciona de acuerdo con los esquemas que fueron diseñados por cerebros diferentes al mío. Podéis producir ideas que valgan la pena, no como ésta que he lucubrado y que, probablemente, os apesta.

El pesimismo como actitud

La Paradoja de Stockdale, se refiere a un almirante norteamericano que estuvo prisionero durante 8 años en la guerra de Vietnam (1955-1975), en pésimas condiciones, torturado de manera reiterada y que, pese a todo, sobrevivió (Wikipedia). ¿Y por qué es una paradoja? Pues porque durante su largo cautiverio pudo observar que los optimistas, aquellos prisioneros que confiaban ser liberados pronto, morían de depresión al comprobar que sus sueños de libertad se convertían en pesadillas cuando despertaban a la realidad. Los pesimistas, en cambio, aceptaban con resignación su situación, se adaptaban a una realidad sin salidas previsibles y sobrevivían, Stockdale fue uno de estos.

Pero de esta paradoja no se puede sacar conclusiones excluyentes. Pesimista u optimista son dos actitudes que no deben llegar a ser el motivo por el que una persona muera o viva. En realidad ser pesimista es una actitud positiva tanto en cuanto se ajusta a un criterio motivado; ahora, con el Covid, casi todo el mundo es pesimista porque no le ven salida, eso no les lleva a ninguna depresión, aceptan las normas que se les imponen para evitar ser infectados y esperan, se adaptan a una situación que puede no tener una solución a corto o medio plazo. En esta situación, el optimista estaría condenado a morir por ignorar esas mismas normas que, de observarlas, su optimismo estaría justificado.

¿Qué vengo a decir con esto que parece una contradicción lógica entre dos proposiciones que parecen incompatibles? Se me ocurre que, para esta situación en concreto, procuremos no ser ni optimistas ni pesimistas. Pensemos que eso de llevar todos una mascarilla es una moda, como llevar bragas o calzoncillos. A fin de cuentas, desde que llevamos mascarilla, a casi todos nos iguala en eso que ahora está de moda: la protección de datos; nadie sabe quién es feo-fea, guapo-guapa. Los besos apasionados se siguen dando con los ojos cerrados.

Esa cosa que llaman navidad

Que no soy creyente, ya ha quedado acreditado en las ocasiones que la oportuniad me ha brindado a lo largo de la vida. No ser creyente no significa que esté en contra de los que creen y por ello los desmienta o desacredite sus creencias. No soy beligerante manteniendo que sólo yo tengo razón, mi postura es de un convencimiento para uso propio. Ya me libro de predicar mi evangelio buscando acólitos; son libres de creer lo que quieran y no acepto que me tomen como objetivo de proselitismo alguno.

Digo lo anterior porque, sin remedio, participo en celebracones religiosas, como La Navidad, Semana Santa, fistas de las diversas Virgenes locales o nacionales. Mi forma de participar es dejarme llevar de la costumbre, no haciendo un aparte con la familia o con mis convecinos, con alardes de oposición a sus creencias.

Bien venida La Navidad cada año, que permite reunirse a las familias, comer mejor que de costumbre e intercambiar regalos. Si no existiera habría que haberla inventado.

Adela y un señor cualquiera

Se llamaba Adela, tenía el pelo castaño, la pupila de los ojos negra, medía un metro con sesenta y cuatro centímetros desde la cabeza a los pies, bien entrada en carnes, pechos elevados y el culo respingón. Su boca siempre dibujaba una sonrisa, fuese constitucional o que todo en la vida lo veía con optimismo. A sus 24 años se había quedado sola en la vida; sus padres habían muerto en un accidente, no tenía hermanos, los parientes vivían en lugares remotos, con los que nunca se relacionaba. Trabajaba como asistenta en un hostal del pueblo. No ganaba mucho, pero allí comía y se duchaba con agua caliente, la que no tenía en su casa. Siempre se la veía aseada, sin ostentación en el vestir. Era, en definitiva, una de esas mujeres que, sin llamar la atención de los hombres, todos la hubiesen querido tener por esposa.

Un día un forastero se alojó en el hostal. Un hombre de unos sesenta años, bien conservado y elegante. Allí conoció a Adela, que recién salía de dejar terminada la habitación que había abandonado otro cliente.

—Hola, señor, su habitación está lista—le dijo al cruzarse con él.

El hombre la miró, primero a su sonrisa, luego un ojo panorámico a su cuerpo, y al saludo de Adela, contestó:

—¿Seguro que no sólo está lista, sino vacía?

Adela no comprendió el significado que el señor había querido dar a la palabra vacía, y se atrevió a decir:

—Claro, señor, ¿quién la habría de estar ocupando, si es la habitación que le han asignado a usted?

—Claro, claro, me refería a que en la habitación no se ha quedado el fantasma del ocupante anterior— respondió muy serio, sin visos de estar bromeando.

Adela no pensó que aquel hombre bromeaba o se burlaba de ella. Había conocido a muchos clientes con fijaciones tan o más raras que aquella. Contestó sin perder la sonrisa:

—Fantasma no, pero el cliente anterior solía invitar a señoritas, usted ya me entiende, que aunque he abierto las ventanas para ventilar, seguro que han dejado restos de perfume barato.

—Bueno, eso no tiene importancia. Usted ya noto que no usa perfume, así que si huelo alguno, no pensaré que lo ha dejado usted. Es usted una mujer muy especial, me hubiese gustado haberla conocido cuando tenía más o menos su edad, seguro que me habría enamorado de usted, casado y con familia.

Adela ya forzó la sonrisa. Aquella galante forma de dirigirse a ella nunca la había experimentado antes por parte de ningún hombre, y como en cuestión de trato con los hombres no se cortaba un pelo, apoyándose en el carrito de los útiles de limpieza, le respondió:

—¡Qué bonitas cosas me dice usted! Ni yo soy tan joven ni usted muy mayor. Me gustaría tener la ocasión de seguir hablando con usted, pero mi trabajo me lo prohibe.

— Nos podemos citar en otro lugar, con discreción y seguir hablando— dijo el cliente sujetando la puerta de entrada a la habitación-

Adela se incorporó. Hablar por hablar no le seducía si no tenía la conversación algún matiz que valiera la pena. Pero su intuición le dijo que aquel hombre quería algo más que hablar.

—De acuerdo—dijo Adela. En mi casa no sería muy discreto, podemos vernos en los restos de un castillo medieval que nadie visita; parecerá una visita guiada, y yo su guía, por supuesto.

Y ambos, puestos de acuerdo, se vieron en las ruinas del castillo,

Al margen

Un amigo, habitual lector de esta página, intuyó que la historia de Adela estaba inconclusa y que el autor la había dejado así para que los lectores tuviesen la oportunidad de imaginar un final a su gusto. Este amigo, que quiere ser anónimo, me hace llegar un final que me parece meritorio porque incluye un aspecto inédito en las historias románticas, cual es que no siempre se busca obtener el fácil favor de una mujer.

He aquí su final de la historia:

“Y…. aquella trabajadora de la pensión, después de decidir citarse con aquel señor en el castillo del pueblo , pensó “ESTARÉ DANDO UNA IMAGEN EQUIVOCADA DE MI “. Pero al final decidió acudir a la cita , la sorpresa fue cuando el señor en cuestión le dijo : “Bueno , ya estamos aquí “ Y a continuación añadió : “Si no hubieses accedido tan fácilmente a la cita, yo hubiese pensado que había encontrado a la mujer de mis sueños y sin duda te habría pedido unir tu vida a la mía a pesar de la diferencia de edad , pero por tu acceso tan fácil a encontrarte conmigo ,vi que no eras lo importante que yo esperaba. Mehas evitado ser un pobre hombre ingenuo que no podía pensar , por mi edad, esperar otra cosa de ti. 
Ella le dijo : “Créeme , pensé que era lo que tú no esperabas de mí”. El hombre la creyó , su cara reflejaba bondad y sinceridad y, por lo tanto, después de una larga reflexión, le pidió su mano, se casaron y fueron felices.