Por qué no estoy

No es una excusa; no es que no tenga ya ideas o diminuida mi capacidad motora, no es que haya comprendido que esto de escribir y esperar que me lean no es una forma de alimentar mi ego, no es que esté postrado en el lecho de muerte total o parcial, no es que haya mandado a la mierda muchas de las cosas que me caracterizaban. No, nada de eso y más es la excusa.

Es que en mi última consulta medica, entre’ andando y salí con la sensación de hacerlo en una silla de ruedas de última generación, eléctrica y con mandos para dirigirla. Excusa perfecta para, de forma definitiva, dar por finalizado un ciclo de mi vida y comenzar otro desconocido.

De alguna forma tendré que dar la razón a los que aseguran que la muerte no es el final.

Dar la razón no es aferrarse a ella. Quizá no ha llegado para mí la cercanía de poder comprobarlo en todo lo que falte por morir. Por eso voy a hacer un último intento de que tampoco esta posibilidad sea la excusa para dejar de escribir, aunque, por ahora, no puedo distraerme mientras espero la sentencia. Mi cerebro, ahora, dispone de un único hemisferio, que sólo procesa en una dirección: pensar a ver cómo salgo de esto.

Y por favor, amigos y amigas que me leéis, no intentéis darme otras salidas, todas, aún, están abiertas o entreabiertas.

Escribir

El proceso de escribir es harto complicado, incluso para los que han desarrollado el habito y aporrean las teclas casi si pensarlo. Por supuesto que nunca supe cómo lo hacían los grandes escritores, me remito a mi única experiencia.

Creo haberlo escrito alguna vez: cuando me pongo a escribir no tengo una idea preconcebida que luego desarrollo con mayor o menor fortuna. Tampoco una historia que elabore mi mente en sus aspectos elementales. Ni una historia escuchada y nunca escrita. Lo vuelvo a repetir: escribo una palabra y esa me lleva a otra y sucesivamente a una frase que ya quiere decir algo. A partir de ahí, ya comienzo a desarrollar una idea que se ajusta a esa primera frase. Una vez que comienzo a hilvanar algo que me empuja a seguir desarrollando lo que, finalmente, termino considerando que hasta ahí he llegado y no va más, doy por terminado el «asunto». Lo releo, corrijo y lo envió a mis pacientes amigos, por si les apetece leerlo.

Podría asegurar que no soy responsable de lo que escribo. La responsabilidad no nace de juntar palabras que terminan diciendo algo, poco o nada. En ese juego nunca pienso que voy a ganar ni ser juzgado por afirmaciones que se me atribuyan. Quede claro que son las palabras las que me empujan y que no puedo sustraerme a que, una vez escritas, digan algo inteligible; en ocasiones quisiera decir lo contrario, pero nunca encuentro las palabras adecuadas.

Quizá esta confesión sea extemporánea, y que debiera asumir lo que escribo como único responsable, pero da lo mismo. En ocasiones releo cosas escritas hace tiempo. La reacción es siempre la misma: ¿escribí yo esto? No moriría por defenderlo como mío.

¿Que no es una forma ortodoxa de escribir? Quizá. Será por eso que nadie en el futuro me recuerde como autor de tal o cual cosa. No me preocupa. Cuando muera, alguien, ya decidido, se ocupará de extraer de todo lo escrito algo que le parezca aprovechable, y será suyo en exclusiva, yo sólo le habré cedido las palabras.

El desliz

— Vamos, no es para tanto. Ya habíamos quedado en que la libertad entre ambos era superior a cualquier otro compromiso basado en el amor. Lo que ha ocurrido no es para que lo tomes en serio, fue una circustancia muy especial, yo estaba completamente ofuscado con aquella mujer. Ella se mostraba solicita y me fue imposible sustraerme a sus encantos. Sí, fue una noche loca en la que me olvide de todo aquello que estaba mal y qué tú no podrías aceptar, pero nuestro amor está por encima de todo y lo sucedido es agua pasada. Te prometo que no volverá a suceder, sabes que te quiero y respeto nuestro compromiso de ser exclusivamente el un para el otro . Olvídalo, cariño, sólo ha sido un desliz de un hombre equivocado.

—No te preocupes, cariño, lo único que puedo decirte es que te vayas a tomar por el culo.

Dedicado a Antonio, ese poeta

Que se busca y no se encuentra, que en su soledad sólo busca un espacio lleno de amor. Y escupe palabras de amor, única forma de que lleguen a su amada. ¿Dónde los poetas andaluces? No los busquéis entre el público, Antonio, poeta andaluz, está entre nosotros.

Todo el Cielo para mí

Todos dijeron que había muerto, pero no fue así. Dejé la Tierra y subí al Cielo. Cuando creí haber llegado, una puerta me cerraba el paso. En el frontispicio claramente un letrero decía «El Cielo». Llamé repetidas veces y nadie salió a abrirme. Aburrido de esperar, me senté apoyando mi espalda sobre la puerta, y ésta comenzó a abrirse; no estaba cerrada. Con la esperanza renacida, me levanté y con la mano la empujé hasta que pude franquearla. Esperaba algún tipo de recibimiento, pero nadie apareció. «Quizá estén más en el interior, pensé», y seguí andando mientras gritaba: «¿Hay alguien aquí?». El silencio fue la respuesta. «Aquí debería haber mucha gente, cómo yo, algunos con más derecho, no puedo creer que todo el Cielo sea para mí», fue mi reflexión última.

Y así seguí por toda una eternidad, absolutamente solo. En el Cielo no había nadie. Me hubiese gustado volver a la Tierra y contarlo, pero, seguramente, nadie me habría creído.

Carol, final

Y terminé de ver la película «Carol». Merecidos los múltiples premios que ha cosechado, la interpretación es impecable. Ninguno por la moraleja que se puede extraer del cuento. Ninguna enseñanza sobre la moral, eso queda a juicio del espectador que, probablemente, no lo comparta con nadie.

Y me pregunto, si la homosexualidad es proclamada urbi et orbi como un derecho del individuo, ¿por qué se estigmatiza hasta el punto de convertir una historia de «amor» en una «sucia» decisión que impone esa misma sociedad que trata de defenderlo como un derecho?

El final no puede ser más acomodaticio para las mentes «sanas». Ese amor que la protagonista mayor declara a la joven, con una mesa de restaurante que las separa, es patético. «Vivimos en dos mundos diferentes, tú eres libre de amar, yo me debo a otros principios que me impone la sociedad», parece decirle en el largo silencio mientras se miran. En realidad todo es mucho más sencillo: la señora mayor defiende el derecho de custodia compartida de su hija, incompatible con el amor libre. Seamos claros: Como apunta el amigo Antonio, la homosexualidad es aceptable sólo si no perjudica a terceros. Yo añadiría si no es estéticamente ofensiva. Una forma de decir que consumada la pasión, la realidad impone otras razones.

Carol

Ayer titulé la entrada «De ese otro amor». Era el minuto 60 del curso de la película Carol. Hoy ya he visionado hasta la 1:12 horas. Lo previsible no se ha hecho esperar. Las dos mujeres viajan juntas, alejándose de sus rutinas individuales. Ya saben, o intuyen, que ese viaje ha de proporcionarles la ocasión que anhelan sus cuerpos o sus mentes por iguales o diferentes motivos. La película no deja entrever con sutileza nada de lo que es explícito. La escena se abre a mostrar dos cuerpos desnudos que se funden en apasionada entrega. ¿Lo llamamos amor? Probablemente ninguna de las dos en ocasión heterosexual sintió algo parecido. El que dirigió la película debió pedir a las dos mujeres que mostrarán hambre de sexo a un nivel que marcara la diferencia en una relación heterosexual. Y lo consiguen, o dejan la puerta abierta a la imaginación de quien asiste al espectáculo, porque nadie ha de dudar que usaron de todo lo que disponían para suplir la falta de penetración. Quedaron satisfechas, eso se aprecia cuando la cámara abandona la escena de pasión y las muestras relajadas, y tengo que añadir, por inercia, que el amor se ha consumado. Seguiré visionando la peli, pero me queda la duda si he de seguir usando la palabra amor o existe una palabra más apropiada para que no peque de inexacto al emplear el lenguaje. ¿Alguien se atreve a proponer esa palabra?

De ese otro amor

Si ya es difícil explicar qué es el amor, y me refiero al amor como definición de un sentimiento entre un hombre y una mujer, cuanto más lo es tratar de comprender el amor lésbico desde la perspectiva masculina. Y estoy acotando la homosexualidad a sabiendas que la homosexualidad masculina podría ser explicable a partir de la observación que ofrecen dos homosexuales en su comportamiento público. Apenas dos mujeres dan muestras en público de ser lesbianas, se ha de adivinar haciendo juicios temerarios cuando dos mujeres están juntas, quizá se tomen de la mano de forma casi natural, nunca harán alarde de un sentimiento que mantienen oculto. ¿Cuándo dos mujeres se declaran lesbianas de forma indubitable?

Estoy viendo la película Carol. He parado en el minuto 60, más o menos la mitad. La secuencias hasta ese momento son tan sutiles, que sólo una mente sucia puede concluir que la mujer mayor, rica, casada, con una hija, tramitando su divorcio, ve a una joven dependienta mientras compra y ya su mente sólo piensa en revolcarse con ella. No sé si ese será el fin de la historia, o la envolverán en otras derivas humanas, como las consecuencias de la rotura del matrimonio o la del noviazgo de una y otra, para que no resulte evidente y previsible. Pero yo no estoy pensando en eso, ni en el sexo ni en cuestionar moralmente a la pareja. Me quedo pensando buscando una explicación que deje a salvo esa palabra que nos hemos inventado: amor. Amor es una palabra que tiene muchas acepciones, pero confieso que amor lésbico, desde mi perspectiva masculina es como intentar explicar el por qué las cosas son como son y no como se espera que sean.

¿Casualidad, algo especial da lugar a ese atractor entre dos mujeres que nunca se tocaron, se olieron, se gustaron y que, al final, les resulte inevitable declararlo, tocarlo, olerlo, gustarlo? Porque la película seguirá y deberá se consecuente con esos principios básicos; el corazón puede latir desbocado, pero el corazón sólo es una víscera que mueve el cerebro.

Seguiré viendo la película y quizá siga hablando sobre lo que nos ofrezca, pero ya vuelvo a declarar que me será difícil explicarlo.

Carlos Ruiz Zafón

Hoy, dicen los papeles, las teles, las radios, que has muerto a los 55 años, Carlos R. Zafón. Algunos lo supieron antes: familiares, médicos, enfermeras, justo cuando el encefalograma dibujaba una linea plana. Ya ves, yo te hablo como si estuvieses vivo. Te he acompañado hasta mis estanterías repletas de libros olvidados. Mucha veces posé mis ojos sobre los lomos de aquellos libros que ya carecían de sentido para mí. Estaban allí porque los retuve el día que cambié de casa y regalé la mayoría a la Biblioteca Municipal. Pero la noticia de tu fallecimiento hizo que volviera a los que aún servían para que se posara el polvo y diera a mi escritorio esa imagen de lugar propio de escritores o simples lectores, también un poco de sello intelectual a su propietario.

En dos filas para para aprovechar el espacio, los libros permanecen silenciosos; los de la primera fila, mostraban sus títulos, todos recordándome qué contenían dentro. Habían pasado años sin que volviera a sacarlos de su reposo. En la segunda fila, seguramente otros tantos títulos que no podía recordar ni tuve curiosidad por la razón de su existencia en mi biblioteca; sus títulos permanecían ocultos por los situados en la primera fila. Unos y otros eran libros olvidados en mi pequeño mausoleo de libros que parecían haber dejado de existir, como cualquier cementerio y sus moradores.

¿Por qué te coloqué en la primera fila? No lo sé, puede que por tu formato de libro «gordo» de 580 páginas, encuadernación cuidada. Quizá porque te comencé a leer y nunca terminé de leerte. O porque estabas de moda y no paraban de salir nuevas ediciones. Probablemente porque te coloqué allí por casualidad: La Sombra del viento, Carlos Ruiz Zafón.

Y lo he exhumado para que hoy tu libro no sea un libro en el cementerio de los libros olvidados. Estarás ahí, a mi lado en el escritorio, invitándome a que te abra y te lea. No será por mucho tiempo, quizá no termine de leerlo, eso no será porque «La Sombra del Viento» no despierte mi curiosidad, sino porque yo también formaré parte de algún cementerio y del que nadie se acuerde.