Al otoño le sigue el invierno

Doy por recibido el video que adjunto y que ofreces. Quizá estabas en plenitud de forma, excepto la necesidad de las pastillas azules para cumplir con tu esposa. Bueno, me parece bien todo lo que dices , sugieres y aconsejas. Pero, ¿qué podrías decirnos a los que ya dejamos el otoño atrás y estamos en pleno invierno, fin de las estaciones? Si yo tuviese que hacer un video lleno de esperanza, de esas otras estaciones en las que el tiempo se paraba, se vivía con intensidad, te parecia aterno, el invierno ya no tenía ese nombre, se llamaba muerte, pero que eso no iba contigo, salvo la muerte por acidente, quizá me saliese un video bonito, como el tuyo. El otoño del que hablas es ya la antesala en la que sólo entrarás, no para recordar otras estaciones de tu vida, sino para ver que se cierre la puerta y ya no habrá esperanza, ni propósito de vivir intensamente en ese encierro sin salida. La vida es maravillosa, dices, y no estoy de acuerdo; sólo algunos momentos se podrían calificar de maravillosos, el resto, si no son penas, es dejar pasar el tiempo, y el tiempo sólo es ir dejando atrás todo lo que fuiste, y no creo que el recuerdo te llene de satisfacción. Busca pastillas que te permitan reconciliarte contigo mismo, no veo otra forma de lograrlo. ¿Pesimista? ¿Alguien me vende un poco de optimismo?

La caridad injustificada

Iba por la calle con algun desino. La acera es ancha y se cruzan o adelantan muchas personas a las que no prestas atención. No fue así en esta ocasión. Un señora, de unos 45-50 años, no mal vestida y entrada en carnes, empujaba un carrito de bebé de buena factura; con toldo, y acolchado en su interior. Al llegar a mi altura, se plantó frente a mí impidiéndome seguir mi camino. No supuse nada, porque la mujer se dirigió a mí, y con voz angusiada, en un español recién aprendido, me dijo: «caballero, una caridad para darle de comer al perro». Ante petición tan inusual, bajé la vista al fondo del carrito,. y un perrro, algo mayor que un cachorro, jugaba con un mucheco de trapo. No tenia aspecto de pasar hambre, pues estaba rollizo como una bola. «Esta tía no debe estar bien de la cabeza», pensé. Me atreví a preguntarle: «¿Por qué en lugar de un perro no lleva usted un niño, esos carritos no son para llevar un perro». «Mi no entender», me contestó. Como no tenía forma de llevar un diálogo medianamente coherente con aquella mujer, sorteé su presencia y seguí mi camino. Había dado cinco pasos y me volví. La mujer estaba dirrigiendose a otra viandante, una mujer ya mayor. Mi sorpresa fue grande al ver que la intrpelada sacaba una monedas del monedero y se las entregaba. «¿Quién de las dos, la mujer y yo, se ha comportado como se espera de eso que llaman caridad?» La mendiga que usaba el perro para mover la compasión de los viandantes, mentía. Podía bajar los kiios de más que aparentaban sus rollizas carnes y alimentar a su perro con las sobras. No me sentí mal por mi actitud, me sentí mal por la señora que se dejó llevar de un sentimiento mal controlado, el de la caridad para sentirse bien consigo mismo.

Además…

Digo que además de escribir sobre esto y aquello, de hacer poco más con todo mi tiempo libre, cultivo un pequeño huerto en casa. La primera foto corrsponde a la primera cosecha de tomates, y siguiendo unas ideas que me ha dado alguien a través de Google, los tomates los quité verdes de la planta, y para madurarlos con todo su sabor, los tapé con un periódico ya dentro de casa, y hoy, después de diez días, miré a ver cómo iban madurando. Mi sorpresa os la podéis imaginar. Elegí los más gruesos, y son los que aparecen en la segunda foto. Es una idea para los que tengáis aficion por cultivos caseros.

Pero como a todo le correspnde un porqué, yo no sabría explicar el fenómeno de la maduración de mis tomates, fuera de la forma común de dejar que maduren en la planta o en, si no están del todo maduros, exponerlos al sol. No saben lo mismo, y eso es un misterio que buscaré en Google.

Ya veis que en ocasiones, hago algo que se sale de la rutina. Ahora voy a tapar con una red las parras de uvas moscatel. El año pasado los pájaros no me dejaron probarlas. Me enfadé, pero luego pensé que los pájaros debieron pensar que estaban allí para ellos. Tus intereses deben ser protegidos o cualquiera se puede aprovechar de ellos. Todos los días tienes que hacer algo para ganarte la vida.

¿La muerte alimento para la vida?

Ya era viejo, o él se sentía que era viejo. Y no porque tuviese 85 años y con achaques visibles, sino porque él reflexionaba sobre el tiempo que le quedaba de vida. No, no tenía enfermedad que fuese concluyente para la vida. Sólo era un cuerpo y espíritu cansados. El futuro era una palabra que había desechado de su pensamiento. Vivía el presente y con algún recuerdo del pasado. A veces ni siquiera pensaba en el mañana.

Paseaba por donde siempre: el parque y sus veredas enmarcadas por árboles o setos. Mientras andaba, buscaba con la vista uno de los bancos dispuestos para los caminantes. En cualquiera de ellos se sentaba, no por encontrarse cansado, sino porque para eso estaban los bancos, para sentarse un rato, quizá para cambiar de pensamientos. Desde el banco su mirada no se extendía al horizonte que le permitía el camino. Se reclinaba sobre el respaldo, apoyaba un brazo sobre el borde y el otro lo dejaba caer sobre una de la piernas. Desde sa posición, miraba al frente, un espacio limitado por la vegetación del lado opuesto. Allí nada le sugería pensamientos transcendentes; eran plantas o arbustos que crecían silenciosos, salvo que hiciese algo de viento y los meciera. En una de esas paradas, sucedió algo que cambió la tónica habitual de algo que le llamase la atención. A nivel del suelo y mordisqueando alguna planta, un ratón parecía ajeno a su presencia. Se comportaba como las palomas o pájaros que en la ciudad se pasean picoteando el suelo entre las mesas de las terrazas sin temer nada de los humanos que, aveces, les tiraban algo que corrían a cogerlo y engullirlo. El caminante no tenía nada con que pudiese agasajar a su vecino, se limitó o observarlo. En un instante, la escena cambió. Del interior de la fronda, apareció una serpiente de considerable tamaño que, como una flecha, la boca exageradamente abierta, se lanzó sobre el ratón, que no tuvo tiempo de esquivarla. La serpiente no se fue con su presa. Allí mismo la engulló hasta que desapareció el extremo del rabo mientras oscilaba, quizá pidiendo ayuda. Luego la serpiente se internó en la espesura vegetal y todo volvió a ser monótono, como siempre.

El hombre, sobrecogido por la escena, se levantó y se puso a caminar en sentido contrario. Ahora sí pensaba en algo que pudiéramos llamar vida. Y se hacía la pregunta que todos alguna vez nos hacemos: ¿qué es la vida? Al principio le costó encontrar una explicación, pero la escena de la serpiente engullendo al ratón, le dio una respuesta: la muerte es alimento para la vida, y con esa respuesta ya sólo pensó qué o quién habría de utilizar su cuerpo para seguir viviendo.

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Vuelo 93

Esto lo dedico a mi nieto, que en estos momentos se prepara para ser responsable de que un avión con cientos de pasajeros despegue y aterrice sin problemas.

Mi hija primero me anima a ve la película de ese título («United 93» en inglés) y luego que comente qué me ha parecido. Anoche la vi hasta que me vencía el sueño. Pero la peli te lleva de sobresalto en sobresalto, así que imposible pagar el ojo.

¿Es una película? Creo que no, más bien es un reportaje en el que un cámara deambula por la escena, en ocasiones empujado violentamente por los asistentes. Es como si tratara de filmar un acontecimiento, deportivo, una boda, en una situación límite y no tuviese más remedio que dejar que la cámara siga funcionando a su aire, sin su control y elección de los fotogramas que más le impactan. En consecuencia, parte de la película es un pandemónium al que asistes como si asistieras al fin del mundo. Nada se fija en tu cerebro como un hecho singular que vas a recordar luego. Termina la película y te preguntas: ¿responde a hechos reales, como se dice? Groso modo se puede afirmar que sí: era el vuelo United 93 el día que otros aviones fueron secuestrados por Al Qaeda para estrellarlos contra objetivos emblemáticos de los Estados Unidos. Tres ya habían logrado su propósito: Las Torres Gemelas y El Petágono. Vuelo 93 tenia como objetivo estrellarse contra El Capitolio o La Casas Blanca.

Bien, ¿qué pasó en El Vuelo 93 para que no alcanzase su objetivo? La película se basa en los testimonios ofrecidos por los pasajeros que consiguieron mantener conversaciones telefónicas con los familiares. No hay discrepancia entre ellos, salvo las dudas que algunos tienen de que aquello fuese real o un simulacro. La película toma , así, una cierta verosimilitud con lo sucedido dentro del avión. Quiero suponer que los responsables de la película tuvieron acceso a la información proveniente de los controladores del espacio aéreo y menos de los militares que son mencionados en algún momento para que entren en acción. El resultado final es conocido: El Vuelo 93 no se estrelló contra un supuesto objetivo mediático que pudiese aprovechar Al Qaeda como un éxito total.

Hoy, aún, no sabemos si El Vuelo 93, fue desviado por los pasajeros que valientemente se enfrentaron a los terroristas o fue un misil militar que lo derribó, sopesando las consecuencias de acabar con un centenar de pasajeros o causar un daño mayor que sólo ellos valoraron. Sea como sea, el secreto sólo permite que cada uno de nosotros nos imaginemos lo que sucedió. Lo que sí sucedió es que desde entonces volar se ha convertido en un control exhaustivo de todo lo que se supone puede ser un peligro para que un avión despegue y aterrice sin otros imponderables que están fuera de la acción humana; hasta los pilotos, hoy, son máquinas cuasi perfectas, cualificadas para que por ellos no se esperen catástrofes en los vuelos. No siempre se puede conseguir que un piloto sea predecible, pero las compañías aéreas someten a sus pilotos a las mayores pruebas de fiabilidad. A mi nieto lo están moldeando en estos momentos con el manual más exigente. Espero no tenga que enfrentarse a situaciones similares.

Y la muerte se hizo hombre

Veo la película, ya antigua, «¿Conoces a Jose Black?». Tres horas a la antigua usanza de las películas interminables de romanos y héroes mitológicos. Tiene ésta la virtud de atrapar tu interés. Intriga que la muerte se corporeice en un guapo joven que entra en el mundo de los vivos sin tener idea de lo que se va a encontrar, acostumbrado como estaba a llegar, cumplir con su misión y desaparece para siempre, dejando sólo el concepto de muerte asumido por los vivos que, en general, no le prestan mucha a atención hasta que llega su momento a cada uno.

Después de verla surge la reflexión inevitable: ¿y si la muerte es algo físico que viene a cada uno de nosotros, nos envuelve con su capa negra y nos lleva al lugar de las tinieblas eternas? Esta reflexión mía es , obviamente, literaria. La muerte de cada uno en general es un acto en soledad, no se acompaña de un invitado que viene a buscarte, y los deudos que esperan tu último suspiro, son meros espectadores de un suceso que no se paran a comprender. Cada cual según su afinidad con el fallecido, se va a su casa con más o menos aflicción, muchas veces ninguna, pues para ellos es un asunto que termina, con una puerta abierta al siguiente.

Pero sí hay algo en la película que conmueve: el amor parece sobreponerse al final que nos espera. La muerte, que en la película encarna el joven apuesto Brad Pitt y el objetivo inmediato que protagoniza Anthony Hopkins, no pueden sustraerse, en tanto hombres, a las pasiones que ofrece la vida, especialmente si el joven se encuentra con una bella mujer que ya al conocerla le comienzan a cambiar los esquemas y el padre de la joven que no se resigna a dejar de ser poderoso. La muerte se olvida de su misión principal: terminar con la vida del predestinado, y por su cuerpo humano comienzan a tomar protagonismo las sensaciones que son propias de la vida. Que el amor termine venciendo a la muerte es una licencia del guionista y productor de la película, pero se agradece que te haga olvidar que te espera algo trágico y te aferres al amor, que mientras dure, la muerte dejará de ser protagonista de nuestras vidas.

El final ya no es de la película, es la realidad que nos espera.

El hoy y el mañana

Hay dos formas de vislumbrar el futuro, no más allá se una decena de años: optimista o pesimista. Ambas posiciones no se sustentan en razones objetivas. Sin embargo, ambas tienen algo en común: son humanas. No sucede igual con los animales, que pueden detectar catástrofes antes de producirse y buscar refugios apropiados. Sus sentidos están más desarrollados: oído, olfato, detectores magnéticos, capacidad para sentir vibraciones que se producen en las profundidades del suelo. Digamos que todo eso a nosotros no parece prevenirnos por carecer de ellos. Es verdad que hemos creado máquinas e instrumentos que nos dan aviso de algo que va a suceder, pero, por lo general, no ponemos los medios que evitarían efectos catastróficos, lo normal es que esperemos a ver qué sucede. Poner tablas en las ventanas como hacen los americanos cuando se avisa de la llegada de in tifón, es algo estúpido, si la casa es tan endeble que puede volar por los aires. Leo que en Gran Bretaña casi regalan las casas que están al borde de las playas, la razón es que se habla del cambio climático y eso, sí, por razones objetivas; somos nosotros los que lo estamos provocando. Aumentará el nivel de las aguas y anegará extensas zonas hoy ocupadas por el hombre. ¿Se está haciendo algo para evitarlo? No percibo que se tome en serio. La Tierra se convertirá en un globo de fuego para el 2600, dice un visionario al que toman por genio con el cerebro fundido. Sea como sea, los humanos hoy nos preocupa poco o nada el devenir de la Tierra a tan largo plazo. Hoy andamos a vueltas con la pandemia del Covi. No se previno, no se conoce el origen, se la trata con paños calientes, que más por efectivos, parece que aburren al virus y deja de dar la lata que anuncian los medios. Nadie tiembla con lo que está sucediendo, la mascarilla, la vacuna, el confinamiento se aceptan porque te multan si no sigues las instrucciones de los llamados a proteger a la ciudadanía. Veremos en qué queda, ya que nadie hace un pronóstico por temor a quedar en ridículo.

Y si la solución es crear nuevos lugares habitables en el espacio, aquí puedo asegurar que también allí la joderemos

No sé, no sé, no sé si sé o no se, el caso es que si sé que sé, pero no se qué sé. Supongo que algo sé, no sé si porque estoy vivo o porque sé que estoy muerto. Sé que saber no ocupa lugar, así que sé que no necesito tener un cuerpo que albergue saber. Si muero no sé si sabré que estoy muerto, así que lo que sé no tengo idea dónde se guarda. Ahora sé que estoy divagando, y no sé por qué. Quiza divagar sea la unica forma de saber. Soy incapaz de afirmar nada, o lo que es lo mismo, no sé de algo concreto. Si alguien me pregunta «¿sabes esto o aquello? “ Mi respuesta debería ser :»no sé».

Voy a terminar con esta estupidez que no sé ha qué ha venido, lo más probable es que no sé qué decir que valga la pena.

El Tiempo

EL TIEMPO

Los minutos ni se notan, las horas apenas dicen lo que tenemos o solemos hacer a una hora que nos marca el reloj, los días discurren con altibajos, pero de ellos apenas queda recuerdo, las semanas dan la impresión de que no tienen minutos ni horas, ni días, siempre terminan en domingo; otra vez fin de semana. Y así va discurriendo el tiempo, un tiempo que parece tener prisa. prisa para detenerse, cansado de no ser nada, de no marcar ya nuevos acontecimientos que le dé razón de ser, de existir, de valer para algo. Y ese tiempo es el que vivimos o en el que estamos sin protagonismo, meros espectadores que lo ven pasar sin capacidad para usarlo en nuestras propias decisiones con espíritu de permanencia. Ya no importa el pasado, ni los recuerdos, ni la nostalgia. Hablar del futuro es perder más aún el tiempo, porque el futuro es una quimera que nada lo sustenta, ni siquiera es una meta a la que dirigirte. Todo esto significa que no estamos, que no existimos,  aunque nos aferremos a eso que llamamos supervivencia, que no es otra cosa que hacer del tiempo algo útil que justifique nuestra existencia.

Y el tiempo se detendrá para nosotros y seguirá amaneciendo para otros con la misma cadencia que lo hace parece eterno.

Hoy, ayer, quizá mañana el tiempo volverá a ser nada.

La nieta del señor Linh

Es el título de una historia que cuenta Philippe Claudel.

Miraba abstraído mi biblioteca. En ella se amontonan libros que ya no recuerdo si los he leído o los dejé allí con el propósito de leerlos. Apenas, ahora, guardan un mínimo interés y si están ahí es porque no sé qué hacer con ellos. Ya dije en alguna ocasión que había donado cientos de libros a la biblioteca municipal de este pueblo donde vivo y que algunos, fuese por el título o por el autor, me los reservé sin ningún propósito claro. De estos, un título atrajo mi atención: La nieta del señor Linh. Mecánicamente me acerqué al estante y lo extraje de entre otros que le arropaban. No tenía nada en qué pensar o hacer, así que me puse a leer la contracubierta. Leo. Allí cuenta de qué va la historia sin llegar a descubrir el desenlace. Pero si dice algo que invita a leer el libro para conocer ese desenlace que el libro avanza es profundamente conmovedor.

Llevo años sin leer un libro, la razón ni yo mismo la sé. Quizá por pereza. Casi todas las obras literarias son tremendamente aburridas, pecan de un naturalismo exagerado o de un realismo que, en ocasiones no viene a cuento. Todo lo que cuentan se llena de palabras, de situaciones inconexas, que hacen pensar que el autor se había, previamente, propuesto escribir una obra de más de doscientas páginas, para que pareciera un libro y no un folleto. Hoy un best seller que se precie no tiene menos de 500 páginas. Insoportable, como una serie televisiva de más de diez «temporadas».

El libro que comento tiene 125 páginas, letra gruesa y espacio doble entre lineas. Esto añadió en mí un interés por leerlo sin esperar cansarme.

He llegado a leer hasta la página 60. El narrador es considerado uno de los grandes, desde que destacó con el enorme éxito de su novela «Almas Grises». Este que ahora tengo en mis manos parece que ha causado un gran impacto. «Estilo extremadamente depurado, casi minimalista», dicen sus biógrafos. Y yo, sinceramente, no encuentro motivo para adjudicarle esos calificativos literarios. Para mí que el desarrollo de una historia es como las secuencias de un film. El espectador, en este caso el lector, agradecería que el objetivo no se fijara de forma exhaustiva en detalles al margen de lo que intenta contar. Transcribo un ejemplo para que se me entienda:

«Sentado en ese banco que en sólo dos días se ha convertido en un pequeño rincón familiar, un madero flotante al que se hubiera agarrado en medio de una ancha, turbulenta y extraña corriente».

Acepto que el párrafo tiene sentido descriptivo en la historia, pero aún siendo el autor parco en irse por las ramas, podía haberlo evitado o. simplemente, habiendo escrito: » Sentado en ese banco que en sólo dos días se ha convertido en un pequeño rincón familiar». Y si como en este caso vamos subrayando descripciones superfluas a lo largo de la lectura, la historia podía haberse contado en 50 páginas sin perder el valor testimonial que nos ha querido transmitir. No lo ha hecho, él sabrá por qué. Yo puedo anticipar que si termino de leerlo, lo que de él me quede sólo serán esos fotogramas que en una película nos cuentan una historia; lo accesorio será letra muerta que se quedará en el libro, un libro que nos cuenta una historia de un abuelo y su nieta, nada más.

***

Al fin terminé de leer la historia que nos cuenta el señor Claudel. La terminé de leer y no es exactamente cierto. A partir de la página 60, donde la dejé, fui buscando esos fotogramas que me sumergía en la historia. Desdeñé el lenguaje lírico-poético-empalagoso que el autor no escatima para describir cualquier escena. Yo no sabría escribir así y quizá por eso yo no estoy a la altura de un escritor, quizá me quede en narrador, un narrador que sólo sabe filmar una historia, con el mínimo atrezo posible. No presumo, sólo intento ser respetuoso con el oficio de escritor.