¡Que viene el lobo!

“Alaska, el lugar más bonito del mundo, Se nota que el aumento de la temperatura de las aguas está cambiando los peces que hay allí. Y eso está afectando a las migraciones de los pájaros que comían esos peces. El permafrost [la capa de tierra que permanece congelada continuamente] se está derritiendo y quemando y liberando el metano, hay incendios porque está muy seco. La temperatura está subiendo mucho, se está derritiendo el hielo y los osos polares no tienen dónde vivir. Y en poco tiempo el deshielo de los glaciares va a ser mucho más fuerte. Los sistemas marinos están perdiendo la capacidad de absorber CO2 y producir oxígeno, y los vertidos y emisiones de la industria contaminan el agua y la comida. Ahora el cambio climático no es una idea abstracta de futuro para otras generaciones. Está empezando ya la transformación. Ya estamos en un colapso climático y con este rumbo vamos al desastre. Por eso tenemos que actuar urgentemente y por eso estamos en crisis”.

El que dice esas cosas es el capitán del Rainbow Warrior, Joel Stewart, el barco insignia de «Greanpeace». Un ecologista al que se le debe haber fundido la cabeza, y desvaría.

¿Quién le manda meterse en camisa de once varas con soflamas de ese tenor? Supongamos que está en lo cierto y no exagera. ¿Qué coños me importa a mí que se fundan los polos, que los osos pasen a ser los mamuts de la era actual, que suban las aguas equis centímetros o metros y aneguen las costas, que tengamos olas de calor insoportables, sequías que desertizan vastas zonas otrora vergeles, que se extingan especies que no saben soportar los cambios, que aparezcan nuevas enfermedades, que desaparezcan los glaciares que yo n nunca visité ni me importan, que se declaren guerras por la posesión de los escasos recursos, que la economía sea un caos, que el ecosistema se vaya a la mierda, etc.?

Todo lo anterior forma parte del pensamiento único de la humanidad, así que yo no voy a ser menos, si cuando eso suceda ya podremos vivir en Marte.


¡Oh, soy humano!

Me creía algo fuera de lo común. Según iba perfilando mi obra de enlosado, veía en ella la partitura de una ópera prima; ahora, una vez terminada y tiempo contemplándola, observo unos acordes que desentonan. Vi, también, esa obra literaria que aparece bien construida en su conjunto, pero que entrando en el detalle, tiene notables faltas de ortografía. En algunos casos, en el lienzo se aprecia la sustitución del fino pincel por trazos de brocha gorda, impropios de una obra pictórica excelsa. Imposible corregir los defectos, tendré con conformarme con que mi hija no me llame chapuzas.

Ahora tendré que pensar en ser genial en otra cosa, porque la dedicación a enlosar el jardín de mi hija ya no me invita mirarme el ombligo.

Y el tiempo corre en mi contra. Ser genial no se improvisa, no es de nacimiento. Si así fuese, ya hubiese tenido ocasiones de mostrarlo, y no ha sido así. Y no es porque las buscara y no las encontré, es, sencillamente, que siempre lo dejé para otra ocasión, como si de un momento de inspiración se tratase. Y ahora, ante esta ocasión fallida, me queda poco tiempo para que, mirarme al ombligo, sea un premio de consolación. Paca, querida, es que mi ombligo sigue siendo bonito, y algo es algo, ¿no crees?

En estas estoy, mirándome el ombligo

Si en algún caso mereciera la pena mirarme el ombligo, no sería por tener una lectora en Japón, o en Uganda, Ucrania, Uzbekistan o China, por señalar algunos lugares exóticos que no hablan mi lengua; el resto es, aún, menos meritorio, por lo que ni siquiera me desnudo para mirármelo.


Ser un magnífico escritor, un gran músico, un excelente pintor no fue la gracia con la que me adornó el destino.

Tampoco sería motivo considerarme un buen constructor de casas, que lo fuí tiempo ha.

Ni por ser guapo, un buen amante, inteligente.

Es en esta manifestación, la de albañil de ocasión que sólo tiene que colocar una losa de barro a continuación de otra, usar el nivel, sufrir que mi hija siempre encuentra algún defecto, en la que me miro el ombligo y me digo: «José, siéntete orgulloso, esto que haces es un poema excelso, una novela excelente, una sinfonía maravillosa, una obra maestra se mire como se mire». Lo siento, mi querida Paca, pero tengo motivos para mirarme el ombligo. Sólo por esto.

LGTBI y otras cosas lógicas

Los chicos, chicas y algunos carrozones y carrozonas homosexuales, gays, etc., tuvieron ayer su día grande, El Orgullo. La calle se vistió de colores, creo de arco iris, y ellos y ellas y todo lo contrario se exhibieron tal cual. Las teles les dieron imagen, difusión de eslóganes y fueron portada de todos los medios de difusión. Pues muy bien, nada que objetar. Parto de que la libertad es un bien superior, superior incluso al buen gusto, la estética y cualquier opinión que ponga en tela de juicio el derecho a ser lo que se quiera ser. Pero desde este lado también la libertad me ampara, me exige un posicionamiento ante el acontecimiento. Y si para ellos es continua la lucha por la libertad, para nosotros, para mí, también es una lucha. ¿En qué sentido? Cuando un hetero quiere opinar, le tiemblan las piernas. Es muy probable que cualquier opinión que raye en la crítica será considerada fascismo puro y duro o homofobia en su término más blando. Y se cuidará de tener una opinión pública, su libertad no da para esos desahogos.

Que yo no apago la tele porque se dé in extenso el recorrido por las calles del Orgullo, es natural en mí. Que no escupo cuando dos hombres o dos mujeres se besan en publico, es natural en mí. Que veo sin desagrado videos homo-porno, de vez en cuando, como veo otras cosas que chocan con mi concepción de la vida equilibrada, es natural en mí.

Pero estoy en mi derecho o reclamo la libertad de poder salir del armario que la constriñe, por temor a ser demonizado si no estoy al día en la complacencia ante ciertas realidades, forzadas o no.

La antropología, «esa ciencia que estudia al ser humano en su forma integral, de sus características físicas como animales y de su cultura, que es el rasgo único no biológico (WP)», no excluye, por definición, la manifestación homosexual en el ser humano. Salvo cuando es utilizada con fines perversos, como cuando, desde la política, se pretende la pureza de la raza humana, entendida como tal pureza la manifestación unívoca de los comportamientos «naturales». Y por vía de eliminación se extirpa cualquier desvivió de esa conducta.

¿Dónde estoy yo? En mi condición de heterosexual puro, aún no me atrevo a salir de mi armario; eso sí, estoy deseando salir. Ahora, sería temerario.

Canto fúnebre por mis tres rosas

vi cómo la vida se apagaba

vi vuestros pétalos marchitos

olí la fragancia ausente

recordé la belleza efímera

uno, dos, tres riegos extras

alimentación asistida

el soplo de mi aliento

ánimo, pequeñas, no desfallezcáis

aún os quedan días de gloria

todo fue en vano

Vivaldi tocó otra sonata


¿dónde van las rosas muertas?

para qué querer ir al cielo

si allí no han de estar mis tres rosas

yo os daré una segunda oportunidad

Viviréis en mi recuerdo.

con todo mi amor, pequeñas.

¡Y van tres!

Mi rosal ha tenido un parto múltiple. De su exiguo porte ya fue un milagro la rosa que glosé hace un par de días. Me sigue sorprendiendo. Hoy fui al rosal, presintiendo que la flor que había parido mi rosal púber ya habría empezado a languidecer. Hace mucho calor, estas y otras plantas que se cultivan en invernaderos, tardan en aclimatarse cuando se trasplantan al aire libre. Pero mi rosal no cumple con las leyes, no ha esperado a dejar atrás la pubertad, hacerse adulta responsable, tener un cuerpo capaz de engendrar descendencia sin poner en peligro su existencia y la de sus hijos. Mi rosal tenía prisa en demostrar que a ella estas cosas como que no le afectan. Y no una, sino dos criaturas más en 24 horas. ¿Qué puedo hacer por ella para compensarla de tanta generosidad? Si tuviese a mi alcance los medios necesarios para preservar a sus hijos de una muerte prematura, nada en estos momentos me podría satisfacer más. Tanta belleza sin explicación me hace pensar que, al menos para mi rosal, la muerte prematura de sus hijos es injusta. Durarán vivas y lozanas lo que su madre consiga para ellas. Por supuesto que por mi mente no ha pasado la idea de separarlas de su madre y aplicarles esa incubadora que llamamos florero.

Habrá otras flores por ahi, incluso más bellas, pero sólo estas tienen que ver conmigo.

Mi ombligo

¿Y de que escribo hoy? ¿De mi quejumbroso esqueleto, martirizado durante siete horas, 30 grados a la sombra, cuatro litros de agua, cambio dos veces de camisa, una precisa máquina que se rompe, de mi hija que, como es habitual, cuestiona detalles de lo que estoy haciendo? ¿A quién le importa esta historia.

El caso es que esta historia sólo es el principio. Si vivo para contarlo, podré presumir de algo bien hecho, otra vez. Será entonces que la historia sea asumida por mis lectores. O no.

Quizá sólo sea, una vez más, mirarme que mi ombligo es el más hermoso, algo que me reprocha una amiga, no porque lo ponga en duda, sino por ese afán mío de contemplarlo. Pero es que mi amiga no ha visto mi ombligo. Un ombligo, en sí, es algo insignificante, pero si con ochenta años mi ombligo no ha desaparecido en los pliegues grasientos de mi barriga. Si mi ombligo al tocarlo mantiene su estructura tersa y el dedo no huele a podrido. Si mi ombligo lo elevo a la categoría de la firma que certifica que nací de madre, entonces mi ombligo es esa primera cicatriz que forma parte de mi historia, y eso ya es importante. ¿Qué sólo me interesa a mí? Puede. Pero lo escrito, escrito queda. Y hoy no tengo otra historia.

P.S. Se me olvidó decir que otra amiga dijo de mi ombligo que era sexi, pero esto no debo tenerlo en cuenta porque sólo lo imaginó.

A mi rosa

La planta no prometía mucho, un rosal de supermercado en un tiesto mínimo. Eran baratos y compré una docena. Los planté con mimo, pero, sobre todo, con abono. Y esperé. Los regaba a diario, temiendo por el calor tórrido del verano.

A las dos semanas, de los tallos vacíos comenzaron a salir hojas, tímidas al principio, tiernas, plato gourmet para los insectos. Las fumigué, quizá con efectos colaterales no deseados, pero era el remedio de choque a una enfermedad mortal. Agradeciendo el trato, las hojas se fueron desplegando cada vez más briosas por toda la planta. A la tercera semana comenzaron a aparecer unos botones que yo intuí eran incipientes capullos. Como si de un embarazo se tratase, los capullos fueron cogiendo volumen. Ya incontenible tanta vida dentro, fueron, lentamente, abriéndose. Los miraba con mi visión transcendente. La vida es un misterio, debí pronunciar, sin tener en cuenta que la frase era estúpida, porque la vida no es ningún misterio, somos nosotros los que no sabemos comprenderla.

El parto fue lento, volví a la transcendencia y pensé si sería doloroso. Cualquier tipo de vida viene acompañada de dolor, pensé sin haberlo experimentado. Esperé acontecimientos, como se espera el nacimiento de un niño; si es moreno, rubio, color de los ojos, facciones, si le falta un dedo en una mano, si es niño o niña. Todos estas inquietudes del pensamiento, yo se las apliqué al capullo, que se resistía a mostrar sus caracteres singulares, los que harían de él una rosa única. En vano se produjo el estúpido milagro y esperé al día siguiente.

Me levanté pensando, como siempre, qué tenía previsto hacer durante el día. En el recorrido por el programa mínimo, apareció el rosal, el capullo y una rosa imprecisa. No esperé a cumplir con el protocolo diario. Con la ropa de dormir, salí al jardín. Mis ojos buscaron el rosal. Estaba a veinte pasos y me paré fascinado: el parto se había producido. Para no importunar la intimidad del rosal, me acerqué lentamente, a cada paso percibía un rasgo nuevo de la recién nacida. Ya encima y mirando hacia abajo, me quedé extasiado impregnándome de aquella belleza. ¿Cómo era posible que, de una planta mínima, pudiese haber nacido semejante criatura? Como de otras muchas preguntas tontas que me hago, tampoco entonces tuve respuesta.

Regresé rápido a casa a coger el móvil. Ante el temor de haber tenido una alucinación, tenía que fotografiar aquel estúpido misterio. Las flores nacen para ser vistas y no vistas, y mi rosa, porque era mi rosa, podía languidecer de forma rápida. Enfoqué la cámara del móvil, busqué el mejor encuadre y pulsé el botón. Volví a casa, me senté ante el ordenador y, antes de escribir nada, volví a la estúpida transcendencia: yo haré que tu misterio perdure más allá de tu breve vida. Los que vean la foto de mi rosa, tendrán que aplicar la fantasía para disfrutarla, porque el privilegio de haberla contemplado real y verdaderamente, sólo ha sido mío.

Stand by me

De estos músicos callejeros no se puede hacer crítica que no sea positiva: son magníficos. (Todo sobre ellos en Playing for change, song around de world)

He escogido esta canción porque quisiera no equivocarme. «Quédate junto a mí, no importa dónde estés, a dónde vayas en la vida, quién seas», es una petición universal. Es la petición de la soledad en busca de compañía. «La miseria compartida, cariño mío, no importa el dinero que tengas, el dolor sufrido a tu lado, todo será menor si te quedas conmigo». Porque «En algún momento tú necesitarás, también, que alguien esté a tu lado».

Esa mezcla de intencionalidad, la universal y el «Cariño mío» individualizado, es compatible si hacemos abstracción de un análisis riguroso de la letra de la canción. Porque se ha entender que cualquier persona que esté a tu lado, sólo formará un estado perfecto si os une el cariño, no el interés, no la compasión, no el consuelo de la recíproca soledad.

Yo, que no me siento solo, a veces reclamo que tú o tú te quedes junto a mí; no porque el cielo se derrumbe o las montañas se hundan en el mar, porque si eso sucediera, no quisiera en esos momentos que nos cogiera abrazados.

Queen, The show must go on

Pero, sobre todo, Freddy Mercury. Cuentan que con esta canción, Freddy se despedía del mundo que tuvo el privilegio de tenerlo entre sus más preclaros seres. Ya estaba medio ciego, debilitado por la enfermedad, SIDA, pero no fue obstaculo para que nos dejara un testimonio fascinate. Quizá sólo un gay podía desplegar tanta sensibilidad a su portentosa voz. Murio joven, se creía inmortal, y en realidad lo es, si medimos la inmortalidad con los parámetros que aplicamos a todos los que han perdurado en nuestra memoria. Sólo tuvo un defecto, que fue un gilipollas. Aunque para él esto formara parte de su carisma.

Escucho tus canciones, veo tus videos, gilipollas, y me emocionas, maricón!