Yanni y Chloe

Entre la cuatrocientas y pico entradas que se alojan en esta página, por casualidad he caído en ésta, ya lejana en el tiempo, probablemente condenada al olvido. En su momento me emocioné tanto, que, curiosamente, hoy me he vuelto a emocionar. Por supuesto que me refiero al video, y que suscribo lo expresado entonces. Por si os lo perdisteis, lo vuelvo a reivindicar como una de las cosas más bellas que jamás escuché.

Si tuviese que elegir la belleza, el sentimiento, la paz de espíritu, el dejar esta vida por otra mejor, no tendría duda: vosotros dos y esta canción.

Que la belleza es el lecho donde reposas el sentimiento y cohabitas con tu paz de espíritu, es la mejor forma de vivir otra vida, probablemente una vida soñada, pero será una salida a todas las tribulaciones que la vida real te proporciona como castigo.

Cuando vosotros, Yanni y Chloe, interpretáis esta canción, me estáis regalando algo intangible que me cuesta creer sea para mí. Y le doy al play, una, muchas veces sin hartarme. Y siempre es nueva, siempre descubro algo que llena algún hueco vacío de mi ser. Hoy os escuchado no menos de seis veces, con los ojos entornados para no veros, sólo vislumbraros en una penumbra fantástica, imaginando que no sois de este mundo. Y sé que mañana estaréis ahí, de nuevo para mí, aunque ya no exista ese mañana. ¿Será en otro mundo? No me importa que no exista, ya lo vivo.

Aviso desde la amistad

Supongo, mis queridos lectores, incluidos los chinos, que estáis hasta los huevos/ovarios de recibir casi a diario un enlace que, si lo pulsáis, os lleva al escrito del día. Después del video al que hice referencia ayer y a mis propias conclusiones, me preocupa el hecho de que si uso vuestros correos, estaréis recibiendo el bombardeo de correos no deseados, remitidos por los que abusan de disponer de ellos para fines comerciales o cualquier otra intención malsana. No dudéis en participarme vuestro parecer sobre este asunto y si debo dejar de enviaros lo que escribo, sea, también, porque no os interesa. No tengáis reparo, podéis usar el eufemismo: «José, es que no miro el correo», y me daré por enterado.

Un saludo sin reservas

José

El dilema de las redes sociales

Acabo de ver un alucinante video en Netflix con ese título. Gracias a que hace mucho tiempo no participo de las redes sociales, Facebook, Instagram, Twiter, y otras, puedo decir que conmigo no va la cosa, que no estoy pillado por el dilema de las redes sociales. Pero viendo el video, me angustia comprobar que, aún así, cuando abro el ordenador o el teléfono movil, aún con todos los cortafuegos que implemente, soy objeto espiado y como tal manipulado. La angustia no me causa ningún trauma, sólo me está diciendo: «eh, tú, te tenemos controlado, usado, manipulado». Y yo me respondo a esa afirmación que yo mismo creo, diciendo: «no me importa, no soy un sujeto pasivo, yo os utilizo a vosotros para conocerme y para conoceros». Con esa disposición, tengo en mi página un dispositivo que filtra información no deseada o maliciosa. Son 13.058 ataques hasta el momento del los que me he librado. Pero la angustia es no tener la certeza de que son todos. Igual me sucede con el correo. Recibo no menos de una veintena de correos no deseados y que se van a la carpeta de no deseados. En ella nunca me da por abrir ninguno de los que allí duermen, y los borro enseguida de esa carpeta y de la papelera. Pero la angustia persiste: ¿qué hecho mal yo para ser objeto de deseo malicioso? Mi correo circula por la red como un señuelo. Y se vende a quien le interese para el fin que desee. Y no puedo evitarlo, quizá anulando esa dirección y que los remitentes reciban devuelto el correo que me enviaron. Pero esto supondría cerrar la puerta a todos los que sí me interesan, a no ser que a cada uno de ellos les dijera: el correo que estáis usando ya no está operativo, usad éste. ¿Cuanto tiempo, con esta maniobra, me vería libre de malas intenciones? Esto es un enigma para mí, más después de ver el video al que aludo al principio, en el que deja claro que sólo con abrir la pantalla del ordenador o ver un video en Youtube, una máquina gigantesca recoge mis datos, los procesa y los archiva para ser usados cuando la ocasión les reporte beneficio. Como dice el video, ya no somos personas, sólo muñecos en continua transformación. Es el precio que debemos pagar por aceptar ser unos ingenuos cobayas que disfrutan de la miel que ponen en nuestros labios. Sigamos así, no destruyamos nuestros ordenadores ni teléfonos, gracias a ellos hasta gozamos que nos den por culo.

Y la muerte no fue el final

Se fue al bosque a recoger leña para calentar la casa. Era invierno y el frío era más intenso que de costumbre. En otoño solía recoger suficiente madera para pasar el invierno, pero ese invierno le cogió desprevenido, y no había terminado diciembre, que las provisiones para encender el fuego de la chimenea se habían acabado. Si no conseguía recoger ramas y troncos secos, su familia y él mismo lo pasarían mal. La Navidad estaba ya anunciada en la hoja del calendario. Su mujer y sus dos hijos pequeños no podían pasar esos días ateridos de frío. Vivían en una casa, casi una choza, en campo abierto. El padre atendía un huerto y la madre atendía la casa y a sus hijos. Una semana antes, la Navidad habían dado vacaciones a los niños y estos se obligaban permanecer en casa hasta que volvieran a la escuela. La chimenea y el fogón eran los únicos medios para mantener el interior de la choza caliente y poder cocinar. La choza tenía electricidad, sólo para encender una bombilla de 60 Wt. con la que producía la dinamo conectada a una bicicleta montada sobre un trípode. Durante una hora, antes de salir a su huerto, Juan, que así se llamaba el esposo y padre, se montaba en la bici y pedaleaba. La electricidad que producía la dinamo se acumulaba en una batería de automóviles que había adquirido en un desguace. Al menos tenían luz hasta que se iban a la cama, no daba para más. Bueno, también conseguir hacer funcionar una vieja radio que escuchaba él y su mujer, muy atentos para saber qué pasaba en el mundo. Comían de lo que producía el huerto, huevos de las gallinas y leche de una cabra después de parir. Los excedentes, Juan los vendía en el pueblo y con lo que obtenía compraba alguna cosa que le encargaba su mujer, básicamente artículos de limpieza, aceite, especias, ropa y algún capricho para obsequiar a sus hijos. Y se podía decir que eran felices, nada enturbiaba la paz de aquella humilde vivienda o techo que cobijaba a la familia. El bosque no estaba lejos y la leña la tenía que acarrear sobre sus espaldas, el camino era intransitable para cualquier vehículo, una posible carreta tirada por él mismo. Juan se adentró en la espesura del bosque y fue recogiendo ramas y troncos que encontró. Ya había acumulado una buen haz de leña, cuando fue sorprendido por un disparo. De momento no tuvo la sensación de estar herido, pero una mancha de sangre se hizo visible sobre su ropa, que se fue agrandando más y más. Juan comenzó a desfallecer. Se sentó apoyado sobre un árbol, quiso pedir socorro, pero su voz era imperceptible. Juan exhaló un profundo y largo suspiro y su cabeza se apoyó sobre su pecho. Había fallecidoJuan fue hallado ese mismo día y llevado a la choza por los cazadores que habían disparado a algún animal. No llevaron la leña que había acumulado para calentar a su familia. Luego se fueron y avisarían en el pueblo de lo sucedido. La esposa rompió una silla y unos cajones para hacer fuego y calentarse. Hasta la mañana siguiente no apareció una pareja de la Guardia Civil que ya se ocupó de todos los trámites derivados del caso. Quien estuviese por los alrededores, podía ver a una mujer que recogía algún fruto del huerto, ordeñaba la cabra y recogía huevos del gallinero. También montada en la bicicleta, aunque nadie podía saber por qué. Nadie se acercó para ofrecer ayuda y tampoco la pidió Irene, que así se llamaba la viuda. Pasados dos años de aquel luctuoso suceso, la justicia condenó a los cazadores a una compensación económica. Irene con ella se trasladó a una casita humilde del pueblo y aún le quedaron ahorros para ir tirando. También porque vendió el huerto y regaló la choza. Añadía a los ingresos con lo que le daban por limpiar casas. Sus dos hijos terminaron la escuela con resultado sobresaliente, lo que les supuso la obtención de una beca. Igual resultado en los estudios de bachiller, con beca incluida. Estudiaron en la universidad y terminaron cum laude con las carreras que habían elegido. La vida se había llevado al padre, pero la muerte le dio a la familia una vida que nunca soñaron. 

Un idiota que piensa

Qué será de mí cuando las tinieblas me envuelvan, cuando el sol no penetre en mis vísceras vivificándolas, cuando las flores, las sonrisas no las perciba oferentes, cuando tú, mi amada, cansada de esperarme, ya elegiste a otro que te abraza, que te besa, que te posee. Qué será de mí cuando mi corazón deje de latir porque ya no estás, ya no estoy, se cansó de esperarte.

Sí, la duda se vuelve certeza. Porque seré polvo, ni siquiera arena. Porque seré arena, ni siquiera piedra. Porque seré piedra, ni siquiera montaña. Porque seré montaña, ni siquiera cordillera. Porque el viento hará de mí una nube oscura que sólo lloverá polvo.

Y tanto pésimismo de qué me redime? Sí no fuese así, qué sería de mí? Diferente sería que pensara en algo que me espera, que tú, mi amada,

Los recuerdos ya no duelen

Charlaba con un amigo esta mañana y casi toda la conversación giró en torno a los recuerdos. Recuerdos de una vida, la de mi amigo, que asemejaban un puzzle inacabado. Alguna piezas no encontraban acomodo, quizá por su configuración similar a otras piezas. Si intentabas colocarlas, siempre te encontrabas que una parte de su perfil no coincidía con el hueco que habían dejado ya las colocadas. Lo intentas con otra y sucede parecido. Inquieto, no ves cómo terminar con aquel puzzle. Y terminar con él resulta vital para ti, porque una vez terminado lo que verás es tu imagen. Sólo consiguiendo esa imagen podrás olvidarte de las piezas que lo han formado, y podrás dejar de sufrir con los malos recuerdos, esas piezas de difícil encaje.

Que los recuerdos ya no duelen podría convertirse en un axioma. Todos podemos comprobar que en un momento dado a nuestra mente llega algún recuerdo doloroso, pero si nos fijamos bien, lo de «doloroso» forma parte del pasado, cuando se produjo el hecho y poco después. Ahora, al rememorarlo, puede que sucedan dos cosas: que nos sirvió de experiencia para no repetirlo o que fue inevitable. En ambos casos apenas afecta a nuestras emociones y pasamos de puntillas a otras cosas de la realidad cotidiana. Esos recuerdos por malos que sean ya no nos duelen. El recuerdo que se empeñan en ponértelo delante los que sufrieron de algo que te arrepientes, no es más que una venganza, donde el perdón siempre es reclamado y nunca concedido; si se da esa situación, nuestra mente tiene el recurso de endosar la carga de la culpa al otro y tú pasar sin ningún quebranto del recuerdo. 

Quizá lo que digo es pura teoría que puede coincidir o no con la experiencia de cada uno, lo que si aceptaréis como incontrovertible, es que los malos recuerdos van y vienen a nuestra mente, son fugaces, apenas dejan rastro, todo lo más una imperceptible cicatriz. Los buenos recuerdos se alojaron en nuestro corazón, y ahí se han quedado permanentemente. Disfrútalos, siempre te alegrarán la vida.

De la religión que no profeso

«Si me preguntaran qué religión profeso, la pegunta sería estúpida; si respondiera con tal o cual, la respuesta sería aún más estúpida». Esta frase, cogida al vuelo en algún lugar, me da pie a tratar, desde mi perspectiva personal, qué significan las religiones, las creencias, la fe y los comportamientos que conlleva. Veamos. Supongamos que mi respuesta es La Religión Católica, con base en el Cristianismo. Lo que estoy en realidad diciendo es que fui adoctrinado en esa religión. Luego, es verdad, que voluntariamente puedo «pasarme» a otra: el Islam, el Induísmo, Budismo, Sintoísmo y alguna más, folclórica más que seria. Si yo preguntara a alguien ¿ por qué profesas la religión del Islam? Lo más probable es que me respondiera: porque nací en un ambiente islamita y fui adoctrinado en esa religión. La misma pregunta a un budista y la misma respuesta. ¿Qué se puede concluir de algo tan determinante como evidente? ¿Hay algún matiz que no haya tenido en cuenta si confirmo que la pregunta es estúpida y aún más la respuesta?

Las religiones, las creencias personales o colectivas, en la inmensa mayoría de las veces nos son impuestas por la circunstancia ambiental en la que hemos nacido, sin dejarnos alternativas en la que pudiéramos decidir libremente. Y me da igual que se argumente de un lado u otro que su religión es la verdadera, porque será más estúpido cuanto más se empecine. Y no digo ya si mata, discrimina en nombre de su religión.

¿Que los seres humanos necesitamos creer en algo que llene el vacío de la pregunta del por qué estamos aquí? Bueno, esa sería una pregunta razonable, como si nos preguntáramos por qué nos tapamos con vestidos. Tener un dios a mano, con los supuestos poderes omnímodos que nos puede dar o quitar, resuelve nuestra sensación de seres dependientes, limitados, desvalidos y, sobre todo, la incertidumbre de nuestro destino más allá de la muerte.

Alguien que me lea me podrá responder: yo soy un convencido con la religión que profeso, y el convencimiento nace de la razón, de mi razón. ¨Nos ha jodido mayo con no llover a tiempo¨. Entonces todos los demás están equivocados y su razón tarada, están sumidos en el engaño asumido voluntariamente. Estos podrían decir lo mismo de ti, porque si aseguras que tu religión es la verdadera, serías un tarado mental.

Concluyo. Si este discurso mío tiene visos de una razón tarada, que no me deja discernir entre la verdad y la mentira, invito a alguien a que me ilumine, vaya a ser que por no profesar ninguna religión, esté sumido en las tinieblas.

Peaky Blinders

Es el nombre de una serie que emite Netflix. Invito a quien posea esta plataforma a que vea esta serie, alucinante, poderosa, sorprendente al máximo. Una de las mejores para la crítica especializada.

Internet tiene bajo ese título un profuso contenido a disposición. No voy yo a añadir una reseña más, que estaría en desventaja con las de los profesionales que glosan estas cosas. Pero si puedo añadir algo personal que no he leído hasta ahora.

La serie se ambienta, se dice, en hechos históricos. Eran los años 20, después de la primera guerra mundial. Una banda de gánsters afincados en Birmingham que se aglutina en torno a una sola familia. La violencia de sus métodos es extrema: asesinan a todo el que interrumpe su camino en su intento de lograr poder y dinero; métodos ilegales, mafiosos, crueles. El leader de esa banda es un joven inteligente que nunca parece equivocarse. Que sobrevive siempre a sus muchos enemigos. Lo curioso es que siendo los personajes como son, también están adornados de sentimientos positivos. Se enamoran, sufren la pérdida de ese amor, físico, cuando uno muere, siempre violentamente. Protegen hasta el sacrificio a su clan, que ellos llaman familia.

El ambiente cuidado hasta lo incomprensible hace que tengas la impresión de estar siendo un espectador no detrás de una pantalla, sino en las mismas casas, las mismas calles, los mismos pubs, los mismos salones de juego y de ocio. Quizá te sientes desplazado en ocasiones. Como cuando observas el sexo libre en lugares públicos, cuando te hablan con un lenguaje soez: la puta no se qué, el cabrón ese, que le den por el culo, joder, la madre que lo parió, quieres follar (pronunciado por una mujer no prostituta), somos los putos Blinders… expresiones sin terminar el catálogo que aparecen constantemente en el lenguaje habitual que se utiliza. Pero esto, lejos de molestar, te sitúa en la realidad de aquella gente, para la que el único principio que observan es el inquebrantable amor a la familia; todo lo demás es consecuencia de la animalidad que practican con los demás.

Si es histórico, no lo sé, si fiel a la historia y está desfigurado para hacerlo más atractivo, no lo sé. Lo que no pongo en duda es que las personas, algunas personas, son capaces y más de cometer esos excesos.

Y como estoy atrapado por la serie, voy a ver el siguiente capítulo, de la entrega 4, de cinco que, por hora, completa la serie. Quizá me queda por ver algún aspecto inédito que complete mi opinión sobre los humanos, algunos humanos.

¡¡No!!

No es una palabra, si, una palabra importante, tan importante que ninguna otra la iguala. Nunca diría que es un adverbio, sería como degradarla a ser una comparsa del diccionario. Por ahí he leído que su comportamiento morfosintáctico es más complejo que el de los adverbios convencionales, palabrería de los gramáticos. Gracias a esta palabra, que merecería honores de gratitud, los seres humanos nos dignificamos. Decir NO nos hace dueños de nosotros mismos. Imaginad que alguien os pregunta: toma esto, ven, vamos, esto te gustará, haz esto, vete, y otra infinidad de propuestas que se nos hacen desde la prepotencia de quien ordena. Sin esa palabra no tendríamos la rotunda afirmación que nos reafirma en nuestro yo libre. Que con una negación afirmemos algo, parece un contrasentido, pero ya se ha dicho que la palabra NO es un adverbio complejo, así que admitamos esa contradicción como una muestra de su complejidad.

Dicho lo anterior, y para que se me entienda, voy a de decir NO en algunas expresiones que me dejan a gusto conmigo mismo.

NO me jodas, NO me sale de los cojones, NO me da la gana, NO quiero verte, No iré a votar, NO creo en Dios, NO tienes puta idea… Y podría seguir, pero con estas ya se hace uno a la idea de la importancia de tener NO a la manos en muchísimas ocasiones. Claro, para decir SI no hace falta ser valiente, pero para decir NO se necesita muchas veces tener valor. Y el valor es una cualidad que dignifica al ser humano.

Digamos NO a muchas de las cosas que se nos proponen, nos exigen, nos condicionan. Digamos NO en cualquier circunstancia que decir SI nos avergonzaría y, sobre todo, cuando nos envilecería.

Leed esto, por favor, es inicuo y no digas NO me da la gana.

Era un señor

No se sabe, o nadie lo sabía en el pueblo por qué era como era y por qué aquel hombre era un señor. Se podría explicar por el bajo índice de cultura de sus habitantes, incapaces de sostener un mínimo de dignidad frente al poder del Señor. Todos le temían, nadie nunca osó enfrentarse a sus tiránicos métodos. Y cómo no habrían de temerle con la leyenda que había acumulado durante su vida… Nunca se casó, pero tuvo tres o cuatro hijos bastardos que no reconoció como hijos legítimos. Esto sólo lo sabían las madres que los parieron, que aleccionadas por el Señor, se guardaron de publicarlo. Se decía en cenáculos privados que no trascendían, que el Señor había matado a su hermano para quedarse con la entera herencia de sus padres. Nunca pudo ser probado, el Señor era listo, o más listo que los demás, incluida la policía. A más de uno de los vecinos les obligó a que le cedieran tierras que le apetecían para aumentar su gran fortuna, acumulada con sus malas artes. Con razón era un señor. Lo de Señor le venía porque todo aquel que se dirigiera a él, debería comenzar con esa palabra de respeto: Señor. Todos sabían que no usar esa fórmula de cortesía con él, podía caer en desgracia; el Señor no lo perdonaba. El Señor no vivía sólo. En su casa convivían tres mastines de presa que amenazaban a cualquiera que se acercaba a la verja de la casa, y dos mujeres jóvenes que hacían el oficio de criadas. Las consideraba pagadas con el alojamiento , la comida y el vestido que obtenían por sus servicios. Pero los rumores corrían en el silencio de aquel cementerio de fantasmas. Cuchicheaban los hombres en el bar, las mujeres en los quicios de las puertas vecinas, que el Señor tenía amancebadas a las dos mujeres que le servían. En alguna ocasión, al ir a comprar el pan, alguna había aparecido con moratones, que justificaba por haberse golpeado sin querer con algún objeto. Cualquier bajeza imaginable era atribuida al Señor, pero el temor de las gentes era tal, que nadie osaba acusarlo.

Un día dejó de ser visto en su costumbre de merodear por la calle para recibir la dosis de pleitesía de sus vecinos. Comprobaba, así, que todo el mundo guardaba con él las formas y que no tenía que temer a ningún sublevado. Las hipótesis corrían de boca en boca: si se habría ausentado del pueblo, si estaría enfermo. La incógnita quedó aclarada cuando una vecina oyó quejidos que venían de la casa del Señor. Los quejidos eran tan fuertes que sólo podían significar una cosa: que el Señor estaba gravemente enfermo. Las criadas no lo afirmaban ni lo desmentían, seguían su tónica de silencio en lo relativo al Señor. Aquel rítmico sonido que produce el dolor parecía no tener fin. El médico no existía en aquel pueblo, debía de ser llamado de uno vecino, algo que nadie hizo y nadie le vio aparecer por la casa del Señor. Al fin, después de más de un mes de oír aquellos quejidos, estos se fueron debilitando hasta desaparecer. La casa del Señor permaneció en el más absoluto silencio. La gentes comenzaron a darlo por muerto, confirmado pasado algún tiempo por las criadas.

Lo que sucedió después fue algo difícil de creer. La casa del Señor tenía un horno, como casi todas las de aquel pueblo. De la casa nadie vio salir el cuerpo sin vida para ser enterado en el cementerio. Lo que si vieron fue salir humo por la chimenea, extraño siendo verano. Las criadas habían incinerado al Señor en aquel horno, siguiendo la última orden recibida del Señor. A partir de esa evidencia, en el pueblo se desató una furia de reivindicaciones: los bastardos reclamaron parte de la herencia, los que fueron esquilmados reclamaron sus tierras, las criadas se negaron a abandonar la casa, todos tenían o adujeron resarcirse de alguna cuenta pendiente con el Señor. La enemistad general fue grande en aquel pueblo durante mucho tiempo, toda una generación que vivió el tiempo del Señor

La generación siguiente en aquel pueblo creó una leyenda que ensalzaba al Señor, pareciera que necesitaban al hombre preclaro, ilustre sin el cual ninguna pueblo se puede sentir orgulloso de su historia. Le erigieron una estatua en la plaza del pueblo con la siguiente leyenda en la peana:

A nuestro benefactor, sin el que este pueblo nunca habría pasado a la historia.

Y así, los pueblos siguen creyendo que no son nadie para juzgar a sus líderes, y si no los tuvieron, los inventan.