No soñar

Ayer me desperté y no supe quién era. El afán de notoriedad moría en mí. Por no saber, no sabía cómo me llamaba, si era hombre, mujer, pájaro, agua, fuego , aire. Tampoco reconocí el espacio, los muebles, la tenue luz que entraba por la ventana. Me toqué y no sentí cuerpo físico. Si tenía ojos, no veían, si tenía oídos, no oían. Quise levantarme y no pude sentir que me despegaba del lecho. ¿Estaba muerto, o muerto aparente ? Tampoco supe definir mi estado: hombre, mujer, joven, viejo, soltero, casado, viudo, homosexual, hetero, ambos. Podía estar muerto, única explicación. Pero pensaba, poco, pero era consciente de mis limitaciones conceptuales y sensoriales. ¿Cómo podía aprovechar esa mínima actividad cerebral para sentirme ser? ¿Y si concluía que no existía, que sólo una ínfima parte, física o espiritual, quedaba de mi en un espacio que ya no era nadie ni nada que lo alterara mínimamente? ¿Era eso la segunda vida de la que había oído hablar? ¿Tenía algún sentido?

Hoy me desperté y pude pensar con claridad sobre lo que ayer me había sucedido. Puede pensar sobre los efectos, no sobre las causas. En pleno uso de mis facultades como ser, he concluido que ayer no había dormido y, por tanto, tampoco despertado. Debí tener una alucinación motivada por mi escepticismo. ¿Y cómo me curo de eso? Sólo hay un remedio: no soñar, ni despierto ni dormido.

La memoria y el olvido

Escucho un video de un tal Facundo Manes, neurocientífico argentino, y argentino tenía que ser. Es interesante. Hasta ahora creía que la memoria era algo positivo y el olvido algo negativo. Pues no, debo asumir que tan buena es la memoria como el olvido, porque si no olvidáramos, nuestras neuronas estarían saturadas y no podríamos aprender más (sic). Y todo es cosa de lo que él llama la síntesis proteica, que es algo así como los circuitos de un ordenador que en su ir y venir se atropellan y se cortocircuitan. Cuando el nivel de cortocircuitos es ya incontrolado, el olvido se impone a la memoria; es el alzheimer. Física y química, para entendernos. El alma, seguramente, se ocupa de otras cosas.

Pero yo no sé si estoy en fase de aprender más, ya casi todo me parece obvio. Mi grado de olvido es preocupante porque ya no recuerdo dónde dejé aparcado el coche en el parking. En ocasiones estrujo mi cerebro tratando de recordar el número de mi teléfono móvil. Cuando escribo, una palabra me baila en la cabeza sin acomodarse a lo que estoy escribiendo, y así.

Dice Facundo que hay muchas memorias, y yo, para no sentirme discapacitado mental, me aferro a una que parece estar siempre pisando al olvido: puedo hacer pasar por mi mente el video de mi juventud en alta definición, con detalles que me asombran si, en comparación, no recuerdo qué hice ayer, qué escribí ayer, aparte de cocinar una tortilla para mi familia. De esto no habla Facundo.

La introducción del video de Facundo dice en boca de Borges: “La vida no es la que vivimos, sino cómo la recordamos para contarla” . Y yo digo, si es así, yo sólo tengo una vida: la de mis primeros años, porque la de ahora no debe ser vida.

La pérdida de un amigo

No me consta que el lenguaje inclusivo tenga necesidad de especificar si estoy refiriéndome a un amigo o a una amiga, en este caso tanto da si es un o una a los efectos de describir el sentimiento.

Porque necesito describir ese sentimiento, habiendo previamente a mí mismo prometido no hacer literatura.

Todos los amigos que perdí en mi larga vida lo fueron por la dispersión física, la ausencia de relación puntual o por seguir caminos distintos, nunca por desafección o motivos excluyentes de la amistad más elemental.

¿Qué pérdida de un amigo quiero glosar aquí?

En una consideración previa, debo decir que este amigo fue enteramente virtual, nunca tuvimos contacto físico, la amistad surgió en una necesidad recíproca que cada uno de nosotros teníamos, en un primer momento, de tener un ámbito de confidencias para decirnos todo aquello que no podíamos decir de forma individual en público, y por público debo precisar que se trataba de aquellos grupos que se hicieron habituales en Internet bajo un pretexto literario.

El caso es que hoy después de más de 20 años en los que sorteamos diferencias, interpretaciones erróneas y diría que hasta momentos de aburrimiento, como sucede en cualquier relación humana, incluida aquella que se fundamenta en el amor, pero nunca quebrantando la lealtad, hemos puesto fin a esa relación de amistad que parecía sólo poderse romper por el fallecimiento de uno de nosotros.

Poco importan los motivos del fracaso entre nosotros, pues nunca serían suficientemente importantes para justificarlo, pero es que se ha producido. Y no es culpa de uno u otro, más bien es un acuerdo mutuo de que hasta aquí llegó nuestra amistad. A partir de aquí ya sólo queda un sentimiento de vació que se irá llenando de olvido. 


¿Quién dijo que la vejez era bella?

Ayer me quedé enganchado a un documental que daban por la tele. El tema era conocido, reiterado infinitas veces, trataba sobre el golpe de estado que intentaron unos militares en España el 23 de febrero de 1981. Hoy se cumplen 40 años de aquel suceso. No esperaba nada nuevo y me disponía a cambiar de canal.

Por la pantalla comenzaron a desfilar los personajes, protagonistas pasivos, que aquel día se encontraban en el hemiciclo del Congreso, diputados y funcionarios. El documental discriminaba, por razón de espacio, y sólo mostraba el testimonio de aquellos más relevantes, caras conocidas, hacía tiempo alejadas de la política. Sucede lo mismo que con aquellas personas que se cruzaron en nuestras vidas por diversos motivos y circunstancias, que no hemos vuelto a ver desde hace mucho tiempo y que de ellas guardamos la foto fija de por entonces, no actualizada, y no podríamos ni por aproximación imaginar los cambios que se habrían producido en sus figuras. No los reconoceríamos si nos topáramos con ellos.

Ir viendo aquellos rostros con el correspondiente nombre al que pertenecían, sobradamente conocidos, me hizo recordar la reflexión que había escuchado y que venía a decir que la vejez era bella.

Si ese axioma se refiriese a su espíritu, quizá yo no tendría nada que decir ni demostrar en su contra. No era el caso. Eran sus rostros desnudos, sus cuerpos vestidos permanecían doblemente ocultos. Calvos o con escaso pelo blanco, ojos sin luz en las blanquecinas pupilas, empequeñecidos y sostenidos por bolsas de unos párpados abolsados, caras hirsutas, con mentones flácidos, hiperplasia en las orejas, cuellos estriados, sin ninguna musculatura, narices crecidas o aguileñas, cejas y pestañas esbozadas o inexistentes. Irreconocibles incluso prestándoles atención sostenida y buscando similitud, rasgo a rasgo, con el recuerdo que habías congelado de aquellos personajes.

Mantuve la atención tanto cuanto pude, el espectáculo era deprimente porque, inevitablemente, no pude evitar extrapolar aquella visión a mi realidad personal. Hasta ese instante, acostumbrado a los cambios paulatinos que yo había sufrido, nunca había pensado si mi vejez era bella o fea. En lugar de no reconocerme, como no reconocí aquellos personajes, sucedía algo paradójico: no recordaba qué aspecto tenía yo 40 años atrás.

Cerré la tele, cerré los ojos y concluí: la vejez no es bella ni fea, está, como en los alimentos y otros artículos de consumo, impresa en nuestros cuerpos, es la fecha de caducidad.

En clave de mono

Viendo esta fotografía, lo primero que sugiere es que estás ante un ser que piensa no como un animal. No es un ser humano y, sin embargo, podría serlo. Sólo porque puede serlo, esa expresión de su rostro tendría explicación. Analicemos en clave humana. Frente despejada, la ciencia concluye que dentro hay un cerebro con similitudes y diferencias con el humano, pocas. Pero, ¿es que no las hay entre los cerebros humanos? ¿Qué define al genio del hombre vulgar y torpe? Sus ojos, esa mirada inquisitiva: “tú, fotógrafo, ¿qué vas a decir de mí, me vas a sacar en Instagram junto a la foto de tu esposa?” Y esa boca que no dice “patata” porque no le apetece sonreír, rictus apropiado en una sesión fotográfica forzada: “mira, tú, fotógrafo, ya me estás cansando, ¿vas a poner a pie de foto que soy un mono para distinguirme de ti? Pues sí, soy un mono y tú un humano, la única diferencia es que tú eres un peligro para la vida y yo sólo quiero vivir”. En su aspecto general, nos está diciendo: “Estoy cansado de que me llaméis vuestro ancestro, si así fuese, me arrepiento de no haber abortado, el mundo no correría peligro de extinguirse.

Y yo, después de esta reflexión, sólo me queda decir: lástima, hermano, que no puedas hablar y salir en televisión en prime time o en hora de máxima audiencia, seguro que tendrías muchas cosas que decirnos a estos tus descendientes que nos consideramos superiores.

La fama y la gloria

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Dice Frederick Forsyth en una entrevista: “No me interesan la fama ni la gloria, mi motivación literaria es vivir bien”

Al señor Forsyth le motiva sólo la buena vida que le permite la literatura. Menos mal que no es un filósofo, porque sería como para mandarlo a la mierda. El imagina sus historias como si fuesen productos de hacer dinero. Es consciente que sus lectores son algo taraos mentales, que compran lo que les echen. Me lo imagino ante su máquina de escribir analógica contando los billetes que van a producir cada párrafo. Borrando aquellos que no sean rentables. Sus libros se expondrán en stands colocados estratégicamente en los supermercados, lejos de la fruta, las verduras, la carne y el pescado, también en los escaparates de las librerías, ávidas de hacer caja, en las ferias de libros, al alcance de paletos, y todos los comprarán con la pretensión de parecer que compran cultura, pocos como un medio de esparcimiento, que para eso está la tele gratis. Son cuatrocientas, quinientas o más páginas que sólo ha costado treinta euros, una ganga, pensarán los que compran sus libros.


Frase o posición ante la vida que todos suscribiríamos. Especialmente si ya hubiésemos conseguido la fama y la gloria que, en vida, suele ir emparejada con el dinero. A partir de que la fama y la gloria se traduce en dinero, éstas dejan de tener sentido practico. La fama suele ser un coñazo que no te permite vivir en libertad, no tienes intimidad al aire libre, te persiguen los que te la otorgaron, un tropiezo personal en los estándares que te la dieron y la fama se esfuma. La gloria es una estupidez que comete aquel que cree haberla alcanzado; la gloria no se disfruta en vida, es algo que te reserva la muerte para que no estés muerto del todo.

Es envidia cochina, confieso que me gustaría tener la fama y la gloria de Frederick, y como él, sólo porque me permitiría vivir bien.

¡Ah! Soy un cateto, nunca compré un libro de este vende burras.

Julen

Hoy me levanté pesimista. El pesimismo no es una patología. Tampoco un estado de ánimo. El pesimista razona sobre su existencia o sobre todo lo que le rodea que le afecta. Concluyes que algo está mal, que va a estar mal si no lo has constatado ya.

Ayer el rescate de Julen aún me permitía pensar que era posible rescatarlo con vida. Nadie del operativo del rescate hablaba de un final trágico, sólo decían que el niño Julen sería sacado del pozo, los mineros que nunca un compañero había sido dejado enterrado en la mina, y Julen era ahora su compañero. Los medios tampoco se atrevían a hacer pronóstico fatalistas, acostumbrados que están a llenar sus informativos o páginas de periódicos con el lado más oscuro de las noticias.

Hoy es ese día D que abrirá la luz a tanta oscuridad como ha envuelto este terrible suceso. Ya no ha lugar ser optimista, en horas se sabrá qué ha sido del niño Julen. En mi cabeza se agolpan imágenes de realidad aumentada. Análisis forenses para determinar todas las explicaciones posibles, sin margen de duda, del final, injusto en cualquier caso, inexplicable para la razón, del pequeño. Allí, en ese pozo de 70 metros no está el angel de la guarda de un niño de dos años infundiéndole aliento de vida; estará llorando su descuido, de paso mirará a Dios y le preguntará por qué el destino de los seres humanos no es de su incumbencia, a quién, entonces hay que pedirle cuentas.

Si por ventura no fuese lo que presiento, entonces tampoco creeré en ángeles de la guarda ni en el dios que proporciona la última esperanza; es demasiado cruel, simplemente, haber dejado que sucediera.

¿Qué fui y qué soy?

Aún tengo lucidez para conocerme. Tiempo atrás, ese conocimiento estaba, en ocasiones, embarrado con ilusorias imágenes de hombre pletórico de satisfacción personal. Nunca me puse a prueba públicamente más allá de algunos escritos que confesaban mis verdades y también mis mentiras. El reflejo público era engañoso y el primer engañado era yo. Pero me ayudaba a vivir en la burbuja que me ponía al abrigo de las frustraciones. No suponía que llegaría el momento en el que las imágenes auto creadas dejarían de venir en mi ayuda porque los espejos los rompería el tiempo. Todo hubiese sido diferente si yo hubiese sido comedido con aquella euforia, hoy, en una transición brutal, ya no tengo espejos en los que mirarme travestido de alegre payaso capaz de embaucar la mediocridad de mi público. Tómese mediocridad como capacidad media para separar el grano de la paja, y no un calificativo de inferioridad; todos somos mediocres en tanto que no somos genios.

¿Por que digo que aún tengo lucidez para conocerme? Tampoco se trata de un esfuerzo por parecer humilde, si concluyo que hoy me veo con capacidad inferior a la media. Quizá el desgaste ha rebajado todas mis capacidades otrora aceptablemente en el límite. Cada día entro en bucle que repite mis vivencias ya sin ilusión. Sin contar con la sensación de que la muerte, si no es fulminante, se va produciendo lenta pero sin pausa ni retroceso. ¿Sólo me sucede a mí? No lo creo, sí sólo somos fisiología, hoy por hoy no existen máquinas perfectas, y ni los lubricantes más refinados impiden el desgaste.

Entrar en un diagnóstico explícito de lo que me sucede, todavía puedo ocultarlo mientras la ocasión no me obligue a ser descubierto. Y salvo que me falte también el criterio, voy a no asumir ese riesgo.

¿Somos Ícaro?

Muchas historias de la mitología griega son un recorrido por la ambición humana. Pero la historia de Icaro es un paradigma. Y lo es porque ninguna historia podría aplicarse mejor a ese afán del hombre por alcanzar metas, en muchas ocasiones, inalcanzables. En ese empeño no se nos ocurre acercarnos al sol pero casi. En ocasiones emprendemos vuelos temerarios que nos devuelven a la realidad de forma traumática. En otras alcanzamos las metas que nos proponemos, muchas de ellas inaccesibles para el común de los mortales. Cuando esto sucede, decimos que hemos alcanzado la gloria, se nos reconoce la relevancia de lo logrado, se nos premia. Se nos llega a calificar de inmortales, aunque fallezcamos sin remedio.

Ícaro fue un estúpido que no escuchó la voz de la experiencia de su padre. Hoy hay muchos jóvenes Ícaros estúpidos que no atienden las advertencias de sus padres, de la misma sociedad escarmentada que les pone delante los riesgos de su ambición desmedida. No hay para ellos intermedio entre el todo y nada, alargan la mano para coger lo que desean más de lo que les permite el brazo, sin darse cuenta que arriesgan todo el cuerpo a meterlo en un callejón sin salida, en ocasiones en el abismo. A todo esto, nada de esfuerzo, su filosofía de vida es el hedonismo, el derecho que se arrogan a tener lo que desean sólo por desearlo. Dales unas alas para que vuelen ni muy bajo ni muy alto y ellos no tendrán en cuenta las limitaciones, forzarán esa alas hasta que se rompan, porque todas las alas tienen un límite.

Si leyeran el relato de Icaro, quizá dijeran: no podemos acercarnos al Sol, pero sí a las estrellas. Y en eso están.

Se acabó la fiesta

¿Celebramos el nacimiento de Jesus, o es un pretexto para tomarnos unas mini vacaciones, reunir a familia desperdigada, inflarnos a comer y beber, subir el azúcar en sangre y cantar rancios villancicos?

¿Y despedimos el año con esa payasada de las serpentinas, los matasuegras los gorritos de papel, las uvas (aquí en España), en una transición bacanal al año nuevo que empieza, como si al despedirnos de la noche vieja nos esperara una mañana luminosamente nueva?

En fin, dos ocasiones de hacer el payaso, perder la compostura y joder el hígado.

Por mi parte, nada más que reseñar, mis navidades me las pasé cocinando para la familia y unos amigos. En prueba de agradecimiento por mi buen hacer, los amigos me regalaron un letrero en lugar de estrellas Michelin. Helo aquí:

O sea, que mi casa lo han convertido en el CAFÉ DE PAPÁ. Son un amor.