Escribir para el pozo del olvido


Abro mi blog, en el menú elijo nueva entrada, ya tengo delante el cajetín del título y el amplio espacio en impoluto blanco que espera lo manche con letras, palabras, frases que configuren un argumento. Me paro y concentro mi pensamiento saliendo del cuadro de la escritura. No me surge un tema que pueda desarrollar. Vuelvo a mirar ese cuadro que dejé virgen y me sorprendo. Todo lo que estoy diciendo aparece allí escrito. Recapacito, no soy consciente de haber tecleado nada, ¿cómo es posible? Debe ser mágico, un poder desconocido de mi mente. ¡Fantástico!, todo lo que pienso se refleja de inmediato como escrito. Me animo con todas las posibilidades que esa facultad me brinda. Todo lo que piense, todo lo que imagine podrá ser traducido a palabras, palabras escritas que perdurarán dejando lugar infinito a las siguientes. ¿Valdrá la pena? ¿Podré pensar y, consecuentemente, conseguir que lo que piense y escriba valdrá la pena? ¿Qué requisitos indispensables deberían acompañar a mis pensamientos escritos para que valieran la pena? En esta definición yo sólo puedo poner la voluntad, el resto habrá de ser propuesto por los lectores. Pero para que sus propuestas fuesen válidas, deberían ser universales. Así ha sido con lo que llamamos literatura universal, filosofía universal, ciencia universal, cualquier testimonio que hemos guardado como imperecedero. Después de está consideración, quizá maximalista, pienso en lo que he escrito, estoy escribiendo y quizá escribiré. ¿Valdrá la pena? ¿Les valdrá la pena a las dos docenas de destinatarios habituales de mis escritos? ¿Por alguna rendija se colará alguno de mis escritos enlatados para navegar eternamente por el espacio universal de la historia, ese burdel que ofrece placeres sin límite a cualquiera que desee despertar sus sentimientos dormidos, inanes para crear por sí mismos el catalizador que los despierte? ¿Debe preocuparme por la probable permanencia de mis escritos en este reducido espacio, sin rendijas por la que colarse más allá? A mi preocupación en este sentido le seguiría una sensación de impotencia. Trascendería de la anécdota de la que estoy siendo protagonista para entrar en el ámbito de la entelequia. Regresaría al pensamiento que se encierra en mi mismo buscando razones que sólo satisfacen a mis propias preguntas. En ese círculo me encuentro y nada puede romperlo, pero puedo seguir como si fuese posible, quizá sólo valga la pena para mí.

Releo, parece una confesión sin propósito de la enmienda, sin arrepentimiento.  Mi condena será seguir escribiendo para el pozo del olvido.

22 de Julio

22 de julio es un docudrama que refiere los hechos sucedidos en Noruega en esa fecha del año 2011. Un ultraderechista radical, nazi por más señas, es el encargado de causar la mayor matanza que había ocurrido en ese país: 77 muertos, 300 heridos.

El fondo del asunto es un alegato de la sociedad bajo el imperio de la ley, de una ley democrática y humanamente sostenible. Noruega pasa por ser un ejemplo de esos postulados. Pero en todas partes cuecen habas y, cómo no, también Noruega tiene su garbanzo negro.

Viendo la película, por lo demás sobrecogedora , uno termina preguntándose si narra asépticamente un hecho real o se aprovecha del río revuelto, ganancia de pescadores, intentando meter gato por liebre al convertirla en qué malos son ellos y qué buenos somos nosotros. Muy sencillo, tan sencillo que se les ve el plumero.

Aceptando desde ya, que nada justifica una tal matanza, en  nombre de lo que sea y por las razones que quieran darnos los terroristas de todo pelo, resulta muy sospechoso que el final se rubrique con “nosotros hemos ganado, vosotros perdido”, refiriéndose al objetivo final del terrorismo. Y resulta que el balance de esa guerra es 77 muertos inocentes de una parte y, de la otra, un perdedor en la cárcel, de por vida “mientras” suponga un peligro para la sociedad a la que ha atacado, y que, apelando a los derechos humanos y constitucionales del país , a la ley, a la democracia, a la civilidad, el individuo será protegido de la venganza, vestido y alimentado, cuidada su salud y facilitándole que estudie y se haga un hombre de provecho. Suena bien, ¿verdad?

Imaginemos ahora que cada uno de nosotros o nuestros hijos, amigos hubiera estado en aquella isla, donde todas esas proclamas bienintencionadas fueron subvertidas, y nos preguntaran qué querríamos hacer con el causante de nuestro dolor o muerte. Sí, ya sé que pocos diríamos: “que lo degüellen, lo ahorquen, lo ejecuten en la silla eléctrica, que me lo dejen a mí”. Políticamente correctos, todo lo más que diríamos sería: ” que se pudra en la cárcel”, un eufemismo si no va acompañado de un “¿de qué forma pudrirse?” No responderíamos, pusilánimes y comiéndonos nuestras propias entrañas de impotencia.

En fin, son  las cuatro de la madrugada, parece que me regresa el sueño, mañana, cuando me despierte, pensaré con calma qué habría hecho yo.

Me he levantado ojeroso, mal dormido, con dolor en las articulaciones. Dije qué habría hecho yo en un  caso así, y no soy capaz de personalizarlo, será porque no se puede teorizar sobre el dolor sin haberlo sufrido. Pero sí puedo tener una opinión del efecto-causa referida a la sociedad en la que están sucediendo estas cosas con frecuencia: mientras “los buenos” sigan poniendo los muertos, que no me jodan diciendo que vamos ganado y ellos perdiendo.

Dr. House, punto y seguido

Decía en una entrada anterior que Dr. House era un cabrón pero, también, un genio. Decía que siendo un genio, se le podía disculpar ser un cabrón y tenerlo como un paradigma .

Los guionistas en algún momento debieron pensar. “no va más, el tema está agotado”. Y, efectivamente, ya venía siendo una reiteración los capítulos que se acercaban al final de la serie. Sólo mantenía el interés por la imprevisibilidad   del final.

Pero los guionistas tenían una cosa clara: el final no podía ser desolador para los que habían terminado empatizando con el cabrón Dr. House, un House extremo, como un monstruo de cómic.

El final, no quiero pecar de spoiler, ha sido de una incoherencia casi infantil, teniendo en cuenta el sólido personaje.

Si yo hubiese guionado ese final, el Dr. House no habría terminado como ha terminado. No habría desaprovechado un genio, poniendo punto y final a la serie. Habría creado una nueva serie pariendo de ésta, en un nuevo escenario para que la comedia continuara con el mismo personaje. Los prohombres históricos, y House podría haberlo sido, no terminaron incoherentes, al contrario, su final fue siempre una rúbrica a su coherencia. Podría haber pecado de reiteración, pero si le daba un giro sustancial a su vida, sin dejar de ser un genio, el personaje podría haber alcanzado la inmortalidad.

La inmortalidad, como ha dicho Woody Allen  alguna vez: “No quiero alcanzar la inmortalidad a través de mi trabajo. Quiero alcanzarla a través de no morir”. Pero se trata del desideratum de un personaje real, que tras su muerte se irá  diluyendo en el olvido de los mortales aun vivos. Dr. House es un personaje de ficción, y a un personaje de ficción se le puede conceder la inmortalidad sin otro requisito que no haberlo dejado morir de forma incoherente.

Tenemos muchos personajes en la literatura que gozan del privilegio de la inmortalidad. Bien porque sus autores les permitieron el don de la reencarnación continua, como la saga de Valdar el hijo de Odin, escrita por George Griffith, que muere y renace no de forma natural, sino en el sueño, del que despierta en otra época.

Dorian Grey no es el mismo caso. Oscar Wilde permite envejecer a su personaje a través de su retrato, pero Dorian se revela contra el autor y le obliga a que si tiene que envejecer, y consecuentemente morir, que lo haga con su alma, y él siga por siempre bello, joven y libertino. Todos los mortales de verdad, agradecieron a Wilde que les diera la oportunidad de emular  la posibilidad de ser inmortales como Dorian.

En fin, que el Dr. House, personaje de ficción, tenía muchas posibilidades de ser inmortal, pero sus guionistas, quizá incapaces de saber cómo hacerlo, lo jodieron con un final incoherente, algo que no perdonan los humanos, siempre a la búsqueda de otros humanos que consiguieron la inmortalidad, aunque fuese vendiendo su alma o renaciendo en los sueños.

Estaré atento, porque los autores del Dr. House, quizá  lean lo que que aquí escribo, y se digan: “coño, podemos hacer inmortal al Dr, House”, y se pongan manos a la obra.

 

 

De cómo los amigos dejan de serlo

El título de esta reflexión puede ser una anfibología, con variadas interpretaciones. Yo voy a referirme  a una para que deje de ser tal cosa.

A lo largo de nuestra vida hemos cultivado la amistad, más o menos proclives a protegernos de la soledad. Las afinidades no definen el terreno en el que se sustenta la amistad, muchas veces aceptamos que hay discrepancias. Sucede que esas discrepancias no son inasumibles, y las aceptamos como los rasgos propios de nuestros amigos, no como contradicciones con nuestros sentimientos. Y llamamos amigos a nuestros amigos, sin más buscarle tres pies al gato, de Schrödinger. Van pasando los días, los años, y seguimos llamando amigo a tal o cual persona. No habíamos pensado en él (o en ella), ni siquiera hacíamos un reset para actualizarlo, para buscar un lugar cálido a su lado. A veces, todo lo más, se cruzaba en  nuestro pensamiento  un “¿qué será de…?, y enseguida nos sumíamos en nuestra propia realidad, una realidad que nunca es un estúpido alborozo, un ¡Viva la vida!, generalmente pronunciado por el que ya está muerto. 

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La gran dama de Oro

“La gran dama descansaba en mitad de una tumba circular. Sola. Su cuerpo estaba recubierto con 15 pequeñas chapas de oro y su cuello rodeado de 48 cuentas marfil. Conservaba, además, los tres botones de perforación en uve que cerraban sus desaparecidos ropajes” (Diario El Pais, 15/09/2018)

Extraigo esta foto de un artículo del Diario El Pais de hoy. Me ha impactado. Esqueletos ya he visto y no me dijeron nada. Este, sin embargo, merece ser glosado. Los arqueólogos dicen que es una mujer, que debió vivir tres mil años antes de Cristo, y que va adornada como dice la cita. El esqueleto, extraordinariamente conservado y sacado a la luz, habla de un cuerpo perfecto, ¿era, además, bella? No importa, hoy no lo sería, me sugiere otras reflexiones más importantes.

¿Qué significado le daban a esas chapas de oro que cubrían su cuerpo? El oro siempre tuvo un significado mítico, desde emparejarlo con el Sol hasta representar la eternidad. El oro es indestructible. Probablemente esas chapas, cubriendo el cuerpo de la mujer, pretendían para ella la misma indestructibilidad, la vida eterna. Ha permanecido el oro, de la mujer sólo sus huesos. Se equivocaron. Que el oro sea eterno y el cuerpo humano no, nos debería llevar a esta reflexión: con el oro se puede hacer una joya imperecedera, el cuerpo humano, perecedero, no sirve al final para nada. La mujer de oro sólo es un símbolo de la inquietud de los humanos por sobrevivir  hasta encontrar el camino que nos conduzca a la eternidad. La gran dama de oro significa que el oro la hace grande a nuestros ojos en una abstracción de su realidad: está muerta, ya no existe. Un esqueleto que no estuviese cubierto de oro no nos motivaría reflexiones exotéricas. De esta mujer podríamos hasta enamorarnos , simplemente imaginando carne cubriendo esos huesos. Hoy la imaginaríamos con unos ojos azules, pelo de oro hasta la cintura, boca como cáliz de néctar, pechos como los que les hemos puesto a los mascarones de proa en los antiguos barcos, enhiestos como arietes que desafían todas las tormentas de los hombres, hasta que cubren la función de perpetuar la especie y ceden a la gravedad. Generosas caderas que albergaban lo que Gustave Courbet llamó “El origen del mundo”, en su famoso cuadro de una mujer desnuda . Piernas largas  que la  llevaron por senderos con flores abriéndose a su paso. Brazos largos que  aceptaron o rechazaron el amor de los hombres.  Todo eso podemos imaginar, pero no decir que vive y vivirá eternamente. Está muerta. Esos huesos lo corroboran, el oro sólo es una entelequia.

Dr. House, o el paradigma del cabrón

Se dice de alguién que es un cabrón cuando éste se comporta de forma prepotente, perversa, que hace malas pasadas a alguién. También, dependiendo del lugar de habla castellana, se puede referir a aquel que es habil y sagaz. Por supuesto, y de forma general, al esposo cornudo.

Dr. House es una serie de Netflix, y el dorctor que le da nombre a la serie es un cabrón. Pero no se podría definir con ninguna de las acepciones enumeradas anteriormente. Quizá con todas y alguna más. Para el Doctor House habría que crear una nueva definición,  y yo me atrevo a que ésta es paradigma.

Paradigma es ser modelo de algo sin particularizar en nada concreto. El paradigma del cabrón sería el caso de alguien que nunca se muestra amable con los demás, que nunca respeta su autoestima, que siempre impone su criterio, que lleva a extremos insuperables su desprecio por los demás; él se  considera único, incuestionable.

¿Y cómo un doctor podría ser el paradigma del cabrón?

El doctor House es un genio, y todos los que están en contacto con él sienten que a los genios se les puede permitir sus crueles destemplazas, sus inmoderadas ironías.

El Doctor House tiene un equipo médico en el hospital donde ejerce. La función de ese equipo es diagnosticar la enfermedad que tienen los pacientes y proponer soluciones para curarlos. El lenguaje médico, profuso en extremo, es otro idioma, por más que se haya doblado, y muy bien, al castellano no latino. No importa, cada capítulo es un caso que, generalmente, se resuelve al final.  No es exclusivamente médico, cada enfermo o enferma es una historia de matices humanos. Y el  doctor cabrón es una constante en cada historia.

Y en ese ambiente, el Doctor House se distingue en dos aspectos: actua como un genio y se comporta como un cabrón máximo;  el paradigma del cabrón.

Claro está que podría  ser un genio y no necesitar ser un cabrón de su nivel. Podría ser un genio y un poco cabrón. Pero los creadores de la serie no pensaron en un serie de medicos y enfermos, pensaron que el personaje cabronísimo tendría más garra, que encantaría a la audiencia. Y lo consiguieron.

Y en esas estamos. La serie es un éxito. A los humanos nos encantan los paradigmas. Si somos algo cabrones, quisiéramos parecernos al doctor House y alcanzar su excelencia. Pero no quiséramos ser sólo muy cabrones, también quiséramos ser unos genios como él para que nos soportaran. El vulgar cabrón sólo es un despreciable ser sin ningún recorrido.

Vean, pues, Dr. House y díganme si no resulta hasta simpático.

Morir, tal vez soñar

La muerte es inevitable. Una estupidez, la expresión anterior. ¿A quién se le ocurre decir que es inevitable morir? Le concedo algún sentido si esa expresión la pronuncia aquel que cree en otra vida. En  éste es inevitable morir para volver a vivir, y no importa en qué dimensión, no es posible vivir las dos vidas a la vez.

¿Y por qué digo semejante perogrullada?

Porque a todos nos sucede, a diario, algo que se le parece. No introduzco la expresión irreversible en la primera proposición porque en ambos supuestos es obvia y se sobrentiende. Se muere definitivamente o se muere para entrar en otra vida, no se entra en otra vida y se regresa a la primera, en esto todo el mundo está de acuerdo.

Pensemos ahora en lo que sucede a diario. Vivimos la vida que los sentidos nos muestra en el llamado estado de vigilia. Pero es inevitable que en algún momento nos dormimos y perdemos la percepción de esa vida. Durante unas horas es normal que soñemos. En ese estado, el consciente de los sentidos deja paso al subconsciente de las sensaciones oníricas, con diversas formas de otra realidad. realidad virtual.

Si nos preguntaran qué realidad preferimos, probablemente no sabríamos qué responder. Nos plantearíamos si se muere en el sueño como se muere en la vigilia y, seguramente, no sabríamos responder a ciencia cierta. Sabemos que es reversible, que despertaremos y volveremos a la vida de los sentidos. Por supuesto, en la excepción de morir mientras sueñas.

¿Y si muere el consciente y permanece vivo el subconsciente?

Mi consciente me dice con claridad que cuando se muere, éste se muere para siempre, los sentidos no vuelven a percibir ninguna sensación. Pero mi consciente es incapaz de  asegurar que sucede lo mismo con el subconsciente. El consciente nunca nunca pudo condicionar  el subconsciente, éste surgía libre y espontáneo, anulando el consciente. virtualmente matándolo.

Como sólo barajo la hipótesis de no conocer cómo se se comporta el subconsciente desde el análisis que pueda hacer el consciente, he ahí una laguna que me permite elucubrar otra hipótesis: la muerte sólo es reversible a la dimensión del subconsciente.  Es posible  que en nuestra muerte física entremos en eso que se ha dado por llamar el sueño eterno. Me alegraría si mi sueño no fuese, frecuentemente, una pesadilla.

No estoy loco ni creo que voy camino de estarlo. No creo que sean achaques de la vejez. Creo que tenía ganas de escribir algo, y se me ha ocurrido esta gilipollez. Disculpe el lector que haya leído hasta aquí. Espero no le haya dado por pensar que soy un genio, porque tendría que hacérselo mirar.

Luna de sangre

Qué afán tenemos los humanos por los sucesos sangrientos. Si no se presentan de forma espontánea, los procuramos de mil formas. Simulamos un horror ficticio, en realidad disfrutamos de la sangre.

El mundo se autoconvocó para el espectáculo. Un suceso infrecuente aparecería en el Cielo a la vista de todos, esta vez gratis y sin necesidad de tomar precauciones. Todo estaba calculado al minuto, nada que temer.

Era la luna que se iba a vestir de rojo, la sangre que todos esperábamos ver y, por qué no, disfrutar.

Pero la luna es una fémina casquivana, no siempre dispuesta a complacer a los que se enamoran con facilidad. Yo debo ser uno de esos. A la hora prevista por   quien lleva la agenda de estas cosas, hacía guardia con mis prismáticos para abrazarla. Me atraía la sangre, sin precisar de que habría de estar sangrando, si  de su menstruación  o herida por el impacto de  un amante errante por el Universo, ávido de vírgenes. En cualquier caso yo quería sangre.

Eran las 21,30h. ¿Dónde estás, Luna de sangre? ¿Se habían equivocado los oráculos del Firmamento? Desde mi terraza dominaba el horizonte marino por donde estaba acostumbrado a verla emerger. Esta vez tenía que ser diferente porque yo ya así lo quería o justificaba mi expectativa. Pero no apareció. Como un amante impaciente, esperé. Quizá se ha entretenido por otras latitudes, me dije, sin ningún atisbo de sospecha de infidelidad. Mis ojos casi lloraban fijos en aquel horizonte. Mi corazón también latía  acelerado. Tiene que aparecer, tiene que venir a verme y yo la vea, o estaré muerto y nada ya he de esperar.

Media hora más tarde de lo anunciado, un disco pálido, apenas dibujado, aparece unos grados arriba del horizonte. Es ella!, exclamé También su paje, Marte, apareció cerca. ¿Dónde la luna de sangre? Pensé que, pudorosa, no quería desnudarse para mí y se escondía tras la bruma marina. O, una mínima sospecha, que ya venía muy usada de otras latitudes. Acostumbrado a otras frustraciones vitales, ya no esperé la gran noche de amor que habría querido con ella. Mañana el mundo dirá con quién se acostó bañada en sangre, y yo sólo podré decir que conmigo no quiso nada.

La primera vez

Si nos atenemos a la teoría del espacio tiempo, todo lo que sucede, sucedió o ha de suceder, está comprendido en un espacio infinito y un tiempo infinito. Siendo así, no se puede fijar nada de lo que sucede en un momento dado y en un lugar concreto, pues sería tanto com decir  que hubo un antes y un después, un momento previo y un momento siguiente. Por lo mismo, el lugar deja de tener la definición que ubicaría el suceso en el espacio. Esto, que parece un galimatías sin objeto, o sólo para entretener a los iniciados, me sirve para proponer la siguiente disquisición que permite relativizar unos sucesos que, si bien tuvieron lugar en un momento concreto y en un lugar definido, hoy apenas tienen significado en el espacio tiempo en el que se produjeron.

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Morir sin haber muerto

Este blog está muerto, o vive con respiración asistida. Algún amig@ se encarga de  vigilar las constantes que señalan si hay ritmo cardiaco. Puedo verlo en Analytics. Casi siempre es la misma enfermera. Cuando deje de venir a verme, entonces estaré muerto de verdad. No habrá curva de sesiones, y Analytics mostrará un diagrama plano. Cuando eso suceda, yo, José, el que ejerció de escritor sólo porque escribió, pasaré a ser el escritor que dejó de escribir, sólo porque no tenía nada que escribir.