Cumpleaños

Homenaje al amigo  en el día de su cumpleaños, versión adaptada a un caso general


Estimado amigo

La vida son luces y sombras, lo que importa es el balance, balance que tú consideras positivo, ¿es así? Lo decía Abraham Lincoln , ”Al final, no son los años lo que cuentan en tu vida, es la vida en tus años”. Hay una prueba infalible que determina la edad que tienes, lo dijo Oscar Wilde, “El hombre viejo cree todo, el de mediana edad sospecha de todo, y el joven cree saberlo todo” Tú mismo puedes hacer el autoexamen para determinar la edad real que tienes.

Y para celebrar lo que consideras la suerte de haber nacido, has querido que nos unamos los aquí presentes para acompañarte, para cantarte el cumpleaños feliz o el por ser un chico excelente cuando la tarta haga su aparición.

A nadie aquí se le ocurriría, como coba máxima, decirte:  brilla más tu rostro que las velas de la riquísima tarta que vamos a comer. Hay gente para todo y no se contiene, aunque produzca vómitos a los demás.

Que tampoco a tu esposa  se le ocurra despertarte  susurrándote al oído algo así como: el día que tú naciste, nacieron todas las flores, por eso en tu cumpleaños, cariño, cantan los ruiseñores. Seria motivo de divorcio, ¿verdad?

¡Feliz  70 Cumpleaños!, Pero, joder!, y los demás días, ¿qué? Hay algo que sí te complacería te dijeran, aunque sonara a falso, como a mí me han dicho en ocasiones: estás genial, parece que tienes 60 años. Es así, vivimos de eslóganes forzados.

Y otra cosa. Los Norteamericanos, diferentes a nosotros en muchos aspectos por esa vena anglosajona de hacer todo al revés, en esto de homenaje al que cumple años, son más consecuentes. Y en el homenaje , no auto homenaje, al cumpleañero, son los amigos los que pagan el ágape, y a éste le sale gratis la fiesta. Aquí no. Aquí, salvo que tengáis dispuesto otra cosa, vas a ser tú el que se rasque el bolsillo. O sea, que invitados, sí, pero en pago te hacemos el favor de no sentirte solo, al menos un día al año.

Y es que sentirse solo es una putada para cualquiera. Un cumpleaños es una de las pocas ocasiones en las que el individuo tiene la oportunidad de sentirse bien acompañado, la consecuencia es que hay que pagarla con gusto y gana. Son gajes de una sociedad estructurada de forma aleatoria.

Pues, nada, yo para hacerme el diferente, no te voy a regalar nada material, que de eso poco tengo y lo cuento todos los días, y como aquellos trovadores de la antiguedad, pobres de solemnidad que recitaban poemas a los señores mientras comían, a cambio de unos mendrugos de pan, he escrito este poema para ti. Espero que lo aceptes, y no por la cena, que soy invitado privilegiado, sino como una muestra de mi sincera amistad.

No desfallezcas, amigo, por los malos recuerdos.
Si el desánimo te acongoja
No vas a morir de desaliento, tampoco euforia.

No ha de humillarse el hombre en el fracaso
Que un hombre como tú, y tu historia
Nunca ha de morir en el ocaso.
Morirá tu cuerpo, pero no tu memoria,
Que alguien la mantendrá viva por ti.
Y contra todos los falsos destinos,
Esperando un cielo o un infierno
Sigue montado en tus sueños haciendo caminos
Que te quedan muchos por recorrer,
Que sólo así serás eterno.

Estar bien o estar mal

Hola, ¿cómo estáis? No necesito que me respondáis, en realidad no me interesa saberlo. Normal, vosotros tampoco estáis interesados en saber cómo estoy yo. Es así, para qué engañarnos. Porque, vamos a ver, es que ni siquiera sé cómo estoy  yo, si me preguntárais,  estar bien o mal es algo relativo.

Probemos si estoy en lo cierto. “Hola, José, ¿cómo estás”?. Perdón, ¿quién me pregunta? ¿He escuchado mal? ¿Por qué te interesa saber cómo estoy? No respondes, no sabes por qué me preguntas. Ah!, es una fórmula cortés. No estoy, pues, obligado a contestarte. O sí, puedo responderte con un “bien” lácónico, y me ahorro ser más explícito. No tengo interés en decirte que en realidad estoy asquerosamente bien, hasta te podría molestar, a quedarte sin salida para seguir conversando sobre lo que significa estar bien. Tú no me preguntarías por qué estoy bien. En cambio, te daría una buena ocasión si te dijera que estoy mal, ya que tú me preguntarías, sin dudarlo, “¿qué te pasa?”. Y como acabo de venir del médico, te traslado su diagnóstico, literal: “tienes un feo grano en el culo, que seguro te hace ver las estrellas, muy doloroso, sí, pero puedes alegrarte, porque no es grave”. Y tú añadirías, “entonces no estás mal, digamos que tienes un grano en el culo que no es grave” Yo me encogeria de hombros, impotente para contradecirte. Tú, el medico y yo tenemos una percepcion diferente del significado de estar bien o estar mal, te diria. Y pasaríamos a otra cosa, salvo que quisieras darme el remedio de tu abuela para granos en el culo.

Imagina, ahora que te digo que estoy bien, y sin que me preguntes, porque no me preguntarias,  me pongo a desarrollar en qué me baso para afirmar tal cosa,  diciendo que vengo del medico, que le llevé dos prescripciones, una ecografia de abdomen y una analitica de marcadores tumorales, y que de ambas pruebas se deduce que estoy como una  fresca rosa, ni rastros de cancer. Y tu repetirias parecido que el medico, “puedes alegrarte, porque a tu edad es raro no tener alguna cosilla, ni siquiera un grano en el culo”. Para mis adentros mascullaria. Cabrón, podias haber dicho “me alegro”, pero, no, sólo yo debo alegrarme de estar bien por una especie de suerte, que lo normal es que a mi edad estuviera para echarme a los leones.

Y aqui lo dejo, solo queria reflexionar sobre la soledad con la que nuestro bienestar o padecimiento es un motivo de indiferencia para los demas, todo lo más una ocasion para expresar un cumplido cortés, y si no, haz la prueba. Bueno, tendría que hacer una salvedad, la de la persona que te quiere.

 

Nuestro futuro

El texto entrecomillado que adjunto es la transcripción literal de la declaración de uno de los personajes de la serie Halt and Catch Fire. Un informático que salió del torbellino brutal de las redes emergentes, suicidándose. Su mente clarividente no pudo soportar la responsabilidad de ser parte cualificada de  la asombrosa ténica naciente y las consecuencias para el ser humano, inerme para encauzarla, y prefirió no ser testigo de su poder destuctivo. Inútil advertencia, pues la ciencia cuando descubre un camino nuevo, lo transita hasta agotar su horizonte. No obstante, me pareció clarificador para todos los que celebramos los avances de la ciencia,  pensando que estaremos mejor y seremos mejor en el futuro. Si la advertencia de este joven no cae en saco roto, quizá podamos realizar un nuevo trabajo de Hércules y poner puertas al campo.

“Yo, (omito el nombre para no hacer spoiler). liberé el código fuente de M. U. Actué solo, nadie me ayudó y nadie me dijo que lo hiciese, lo hice porque la seguridad es un mito. Contrariamente a lo que hayáis oído, amigos, no estáis a salvo. La seguridad es un cuento chino, es algo que enseñamos a los niños para que puedan dormir por las noches, pero sabemos que no es real. Tened cuidado, desconcertados humanos. Cuidado con los falsos profetas que os venderán un futuro lleno de promesas. Falsos mundos con líderes profetas, malos profesores y empresas turbias. Cuidado con los policías y ladrones, de esos que roban vuestros sueños. Pero, sobre todo, tened cuidado con los demás, porque todo está a punto de cambiar. El mundo se abrirá de par en par. Hay algo en el horizonte, una conectividad enorme. Las barreras entre nosotros desaparecerán, y no estamos preparados para ello. Nos haremos daño de formas nuevas. Venderemos y seremos vendidos. Expondremos nuestro yo mas sensible únicamente para que nos ridiculicen y humillen. Seremos vulnerables y pagaremos las consecuencias. No podremos seguir fnigiendo que podemos protegernos a nosotros mismos. Es un peligro enorme, un riesgo gigantesco. Pero valdría la pena si, ojala, pudiésemos aprender a cuidar unos de otros. De ese modo, esa asombrosa y destructiva conductividad no nos aislaría, no haria que al final nos sintiésemos totalmente solos”.

Nota.

La palabra conductividad ( no confundir con conectividad) se refiere, en su acepción más general, a la capacidad de los materiales para transmitir la electricidad o el calor. El personaje, no sé si por culpa del doblaje, usa esa expresión en su declaración. Tengo mis dudas. No sé si refiere a la posibilidad, casi sin límite, de transmitir datos vía cable telefónico, ondas hertzianas u otras por descubrir. En cualquier caso, hoy 35 años después, ya lo estamos viendo. A nadie se le escapa este prodigio que permite la comunicación, para bien o para mal, de los humanos. Del uso que hacemos de esta técnica, bien parece que el autor de la anterior reflexión no iba desencaminado. Sólo los que viven a espaldas de ella están a salvo, y no son muchos, probablemente ninguno en el futuro. Mirad cómo  esos seres humanos de hoy, casi de forma unánime, llevan pegado al cuerpo  un artilugio mecánico que los acerca a un cyborg: cascos, teléfono móvil, tableta pc,  etc., y cómo en cualquier lugar en el que se encuentren se los ve desaforados comunicándose con familia, con amigos, con desconocidos, llevando sus perfiles a cualquier lugar del mundo, sin preocuparse de que esa información pueda ser utilizada para fines bastardos. Luego se quejan, sin aceptar que en el pecado llevan la penitencia.

No sé si estoy en disposición de ser un ejemplo. No soy miembro de ninguna de estas doce redes sociales ni de otras de rango inferior, Trabajo me ha costado vencer la tentación. Aún así, en muchas ocasiones me siento desnudo e inerme, sin otro recurso que ignorar que pueda ser utilizado.

San Valentin

Pues eso, que hoy es el día de San Valentin, y al decir de los enamorados, su patrón. Pobres enamorados que necesitan de un empuje para manifestar que se aman. Menos mal que sólo es un día al año y no no hay mal que cien años dure, porque no quiero imaginar que dos enamorados se tuviesen que intercambiar flores, libros, una cena romántica cada día, y qué digo cada día, cada vez que se encontraran en el salón, en el pasillo, en la cocina de la casa. “Amor, toma esto en prueba de mi amor”. “Y tú, mi cielo, toma esto en prueba del mío”. Y luego se besaran, con mayor o menor pasión. Qué dependencia, señor! Y sin mencionar la noche, en la que ambos estarían obligados a cumplir.

Vale, San Valentín es un santo que hizo cosas para ser santo, y aunque han pasado muchos años para tenerlo como el patrón de los enamorados que necesitan, por lo menos una vez al año para renovar sus votos, ya las firmas comerciales se encargan de recordárselo. En ocasiones, a algún despistado como yo, le llega un correo con un “Hoy es San Valentín, José…”,  y yo dejo todo para ir a comprarle un huesecito a mi perrita Lola, a la que amo. No soy tan escéptico como parezco.

Iba a terminar ahí, que al releerlo por si faltara alguna coma, recordé a los que un día como hoy el amor es un recordar amargo.  Y para ellos este poemilla mío que no dice nada y lo dice todo, según para quien lo lea.

Golondrina,

¿Dónde has estado?

¿Qué otros nidos visitado?

¿Qué otros cantos escuchado?

Dejaste mi corazón enamorado,

¿Lo sabías?

(JDD. 2000)

Pues nada, San Valentín proveerá.

Mario

 

Hoy voy a escribir de Mario

Mario no es un personajes de ficción, aunque, por sus características, cualquiera que no sea yo podría muy bien considerarlo. Mario es tan especial, que muchas veces pienso que no es de este mundo. Sí, porque acostumbrados estamos al prototipo del hombre perfecto, modelo de virtud y también prototipo de hombre cúmulo de imperfecciones, de vicios. Prototipo no es aplicable a Mario, a una cualidad de Mario, que de serlo, sería cambiante según qué circunstancias. En cambio, estereotipo sí podría ser una buena definición, por cuanto se refiere a algo inmutable. ¿Pero inmutable en qué, a qué condición tendría que referirse, a que es perfecto, un modelo de virtud, un cúmulo insuperable de vicios? Llego aquí con la duda de que exista una palabra que defina sin ambages a Mario. ¿Y eso importa? Aunque existan muchas personas que le conocen y surja de sus bocas espontáneamente una definición, cada una de ellas escogerá la que más le acomode. Será, en definitiva, mejor que muchos y peor que algunos pocos. La esencia de Mario es indefinible por principio, Mario está muy por encima de poder ser catalogado. O quizá sí, pero no podré hacerlo yo, que soy su padre.

Mario, mañana cumples medio siglo de vida, y lo que sí quiero y puedo decirte es que te quiero como eres. No cambies, sólo podría ser para peor.

Que tengas un buen día, hijo.

Amaia

Magia, apoteósica, sublile, alucinante, increible, dulzura, puereza, sentimiento puro, desgarro en el corazón, dolor, alegría, calor, hipnotiza, única, diosa, fantasía, maravilla….

Esos y otros muchos adjetivos de parecida expresión de admiración no son sinónimos de un diccionario de sinónimos, son las expresiones que Amaia ha provocado en los que han seguido su aparición en Operación Triunfo, un reality de laTelevisón Española. ¿Y quién es Amaia? Amaia es una concursante hasta ahora desconocida que hace tres meses se presentó a un casting esperando ser elegida. Tenía 18 años, ahora 19, y fue elegida con otros 16 chicos y chicas para pasarse 3 meses en una academia ad hoc, donde serían formados por un elenco de profesores de diversas disciplinas relacionadas con la interpretación musical. Amaia desde el principio destacó por esos calificativos, absolutame merecidos en cada una de sus actuaciones. ¿Y cómo era posible tal portento, y hasta milagro humano, que alcanzara la excelencia de un personaje literario de ficción? Porque no concivo que exista una persona real que pueda acaparar tantas bondades, imposible sin ninguna mácula que la acercara a un ser humano, que tiene que ser necesariamente imperfecto para no ser considerado un mito. No me gustan, no creo en los mitos, y para que Amaía fuese sólo un ser humano,  alguien tenía  que intentar romper esa cadena de elogios interminables. Y lo encontré. Ese alguien dijo de ella: “Es pura bazofia”.  Después del shock, me repuse al recordar una frase célebre de Voltaire: “Los prejuicios son la razón de los imbéciles¨. Pero en ese momento no tuve claro el significado de Prejuicio, y me fui a la RAE. La Real Academía de la Lengua define “Prejuicio” asi: “Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal”. Podía ser, y yo tenía que añadir algo más: y que pretende brillar por encima de los demás con luz que no tiene.

Pero gracias a ese imbécil había conseguido que Amaia fuese para mí un ser humano y no un mito, y como tal, hacer posible que, a partir de ahora, crea que no todo está perdido, que ocasionalmente un ser humano puede reivindicar el derecho a vivir, y con él todos los demás, aunque entre ellos haya algún imbécil.

 

 

Billy Elliot, semblanza

Acabo de ver la película Billy Elliot, año 2000, premiada con tres Oscars, varios Globos de Oro, un sin fin de Baftas, y yo me la había perdido.

Reír, llorar, mantener un interés expectante desde el primer fotograma. Eso es Billy Elliot. Una historia sencilla para unos personajes normales. Sin embargo, mientras la miras intentas que la historia se acomode a lo que esperas, o más bien a lo que que deseas que suceda. Y no hay sorpresas. Un niño que tempranamente descubre lo que quiere ser. Rodeado de incomprensión, los prejuicios, la precariedad familiar, el intento del padre de imponer la razón de sus testículos, no es suficiente para torcer el destino de Billy. Y no voy a seguir para no pecar de spoiler.

Pero no creo anticipar ningún clímax de esta película excepcional, si me ciño al relato de las sensaciones que me ha producido.

Cuando una película es como una ventana por la que te asomas y ves una realidad, sea ésta amable o cruda, es como si te sacara de tu mundo anodino, sin entrar en otro igualmente anodino,  para vivir algo lleno de vida, es una sensación,

Cuando una película te permite posicionar tu criterio sobre ciertas actitudes humanas y el mensaje que recibes es “no tengas dudas, tú piensas así”, es una sensación.

Cuando una película te recuerda que si tú hubieses persistido en realizar un sueño, probablemente lo habrías consegido, es una sensación.

Cuando una película te hace llorar como llora uno de sus personajes, no sólo con ocasión de sentir frustración, sino cuando lo hace por un sentimiento de orgullo, es una sensación.

Cuando,  se termina la película y en un sólo fotograma el clímax que logra te inunda de satisfacción, es una sensación.

Es suficiente para guardar una película que quizá nunca más vuelva a visionar, pero es igual. No he vuelto a releer libros que me causaron sensaciones, porque de forma recurrente vienen a mi memoria recordando las  que me produjeron. Vale la pena que este ejemplo sirva de guía para los que fabulamos historias, porque es frecuente que esas historias sólo causen sensaciones a los que las escribimos.

P.S. Y despues… de ver la peli Billy Elliot con las sensaciones a flor de piel, veo el musical basado en la misma historia. Lástima de subtítulos, no la he encontrado versionada en castellano. Aún así, quiero verla. Supuse que el musical me daría otra dimensión de la que adolecía la película, escasa  en escenas musicales.

Y el musical vaya si dio cumplida cuenta de este aspecto. Qué decir de esta nueva experiencia… Dos horas y media en un mar de lágrimas, lágrimas de emoción, que no fluían por esa condición de ser ya muy mayor y que vivo de nostalgias. Explicar qué nos emociona del arte es una pretensión fatua, porque del arte podemos decir por qué es arte, pero nunca por qué emociona, y no siempre todo lo que es arte emociona y a todos los que lo contemplan. Invito a ver la película y luego el musical. El inglés puede ser una barrera en este último, pero bastarán las imágenes para emocionarnos. Bueno, al igual que en el arte en general, no siempre a todos.

¿Filosofía?

Una amable amiga, coleguilla en esto de emborronar virtuales hojas de papel,  lectora asidua de mis cosas, me llena de rubor cuando me declara su filósofo preferido. De rubor, sí, porque en ese sustantivo yo creo entender todo lo que significa.

En principio, mi amiga me atribuye una dedicación de mi pensamiento: filosofar. Pero filosofar es una actividad del pensamiento  que intenta comprender el porqué de las cosas, razonando sobre sus efectos y causas. Estaría justificado que fuese el filósofo preferido de mi amiga si en mis reflexiones yo aportara algo valioso para ella, que ningún otro filósofo le hubiese aportado.

¿Cómo mi vanidad podría aceptar tal cosa sin causarme la desazón propia de los dioses que se miran entre sí de reojo? Y ¿cómo podría yo presentarme ante ella,  desnudo y que viera mis miserias, o con qué ropajes que las ocultasen? Si toda la filosofía no tiene respuestas para explicarme lo que soy y poder mejor disimularlo, ¿cómo podría ayudar a mi amiga  a conocerse y no hacerse más preguntas sobre sí misma? Y al igual que no dejamos de preguntarnos qué somos y por qué, también sobre todo lo que nos rodea, incluso lo que pudiese existir más allá de nuestra percepción sensorial, la filosofía  está prisionera de sus contradicciones, cuando la ciencia, esa apisonadora de la epistemología, le responde inmisericorde: “Tú, ramera del pensamiento, estabas equivocada”.  Y la filosofía se ve obligada a dar un nuevo giro que la mantenga como algo valioso para entretener al   inquieto ser humano.

Y si  doy por asumido que la filosofía no me ha servido para nada, salvo para entretener mis inquietudes, me ruboriza que mi amiga me tome, preferentemente,  como si fuese un oráculo infalible. Debe ser algo así como el amor, que todo el mundo reconoce que es ciego, pero que a él se entrega sin cuestionarlo-

Aún así, amiga, si mis cosas te entretienen, me doy por bien pagado, y, por favor, no me ruborices más con tu generosidad.

De animales a dioses, según y como

Estoy leyendo un libro, o dos, que alterno según mi estado de humor. Pero ahora me voy a referir al suceso editorial de alcance mundial “De animales a dioses”, autor Yuval Noah Harari. Coincide esta lectura con la de un artículo periodístico que relata el descubrimiento de una mandíbula en una cueva de Israel. Según los paleotólogos, este hallazgo se puede datar en 200.000 años. Esto significaria una diferencia de 100.000 años en la migración del homo sapiens de sus reductos africanos a otros lugares del planeta Tierra. No es poco. No estoy en condiciones de aseverar nada en torno a estos temas, y ahi lo dejo como muestra de la relatividad que perdura en las afirmaciones sobre la evolución.

Esta es la pieza descubierta

Los que se dedica a hurgar en el pasado no pueden precisar si se trata de un hombre o una mujer. Sí se atreven a decir que es un  individuo joven, supongo que por la buena dentadura, sin desgaste, sin mellas, y  no digo ya sin empastes ni otras muestras de tratamiento odontológico, improbable por aquella época. Pero no voy a seguir especulando sobre este tema desde el punto de vista científico, aunque me resulte muy atrayente. No dejo de mirar ese resto de mandíbula, y de ella me fascinan varías ilusiones ópticas que traslado aqui.

Una de ellas es que, en pura abstracción, no veo esa mínima parte, sino el todo al que pertenece. Y veo un hombre o mujer que vivía hace doscientos siglos y la comparo con los dos siglos de la era moderna de la humanidad. Que hace 200.000 años no existían pasarelas de moda y se tapaban con pieles si hacía frio o iban desnudos si hacía buen tiempo. Tampoco tenían sofisticados medios de comunicación y las palomas no eran mensajeras sino alimento. No podía haber chefs que prepararan comidas dignas de estrellas Michelin, pues aún desconocían el uso del fuego y las recetas en la elaboración de los alimentos, que, invariablemente, consistían en fruta, nueces, insectos, carne cruda, raices… que se llevaban a la boca como lo hacen los animales inferiores. No se casaban, y el amor entonces sólo quería decir sexo; esa boca a la que pertence ese resto encontrado, no sabia de besos ni de lenguaje romántico que, como otros animales, sólo emitía sonidos guturales básicos  parecidos a gruñidos. Esa boca dudo que tuviera una función compleja gesticular, desde la sonrisa a la mueca de disgusto o expresión de asombro. Y sin más precisar supuestos improbables, lo que sí se puede afirmar es que la evolución necesitó millones de años para llegar a conformar una mandíbula que algunos, hoy, tendrían razones para envidiar. Algo estaremos haciendo mal para que hoy, doscientos mil años después, pocas dentaduras están libres de endodoncias, implantes, empastes, coronas, postizos. Cuando pasen otros doscientos mil años y se encuentren restos humanos, los estudiosos de nuestra evolución coincidirán en que hace doscientos mil años, los seres humanos no tenían dentadura natural, que se la ponían como se ponían zapatos. Y es que la evolución había experimentado un retroceso del cual sólo los humanos eran culpables.

No sé si me he quedado corto en glosar ese hueso que no dejo de observar y que me produce imágenes que me distraen de otras cotidianas. Ojala fuese mío dentro de doscientos mil años.

Pensar en la muerte o en cómo morimos?

En post anteriores he reflexionado, según mi entender, en diversos estados en los que nos podemos encontrar en nuestras vidas. No podría obviar lo que, desde mi personal punto de vista, supone una inquietud universal del individuo. Quizá son dos inquietudes diferentes, y a ellas me voy a atener. Según este planteamiento, la muerte  y cómo nos morimos precisan ser tratadas independientemente. La muerte no admite dudas, otra cosa es si para unos es el final, la inmersión en la nada o, en un estado de sugestión personal, la ayuda que mantiene incólume el instinto de supervivencia. En cualquier caso, siendo el suceso más importante de todo ser vivo, el ser humano no lo tiene como prioritario entre sus inquietudes y yo no voy a hacer mayores consideraciones, que podrían ser tenidas por mis lectores como subjetivas. Confundidos muerte y cómo morimos, sí es algo que tenemos presente cada momento de nuestra vida desde que razonamos. Todos, a excepción de unos pocos insensatos, evitamos el peligro a que llegue nuestra muerte de forma prematura. Y lo hacemos de mil formas diferentes: evitando los peligros, pidiendo al médico que cure nuestras enfermedades,  recurriendo a tratamientos homeopáticos que nos ofrecen curanderos o que nos procuramos en tiendas especializadas en la nada prodigiosa. Algunos, presos de fervor religioso, se encomiendan a cualquier símbolo sobrenatural y se creen curados milagrosamente mientras se siguen muriendo.

Con el preámbulo anterior, podría estar en disposición de fijar un criterio, mi criterio, sin ninguna pretensión personal de considerarlo axiomático. Por esto, me dispongo a que cualquiera lo pueda considerar discutible.

Obviando, pues, la muerte como suceso inevitable,  y sin entrar en consideraciones sobre si es el final o el principio,  me voy a referir al segundo enunciado: cómo morimos.

En mi viejo blog incluí un reloj que se encargaba, sin que yo tuviera que darle cuerda, de darme los años, meses, días, horas, minutos, segundos que faltaban para mi muerte, fijada, previamente, en la muy realista edad de 100 años. Un artilugio fantástico que me ofrecía la técnica del momento. Cerré ese blog, y no sé si ese reloj sigue contando el tiempo preciso, más bien mecánico, que me queda de vida, tampoco he investigado si aún sigue teniéndome en cuenta. Es igual, mi consciente es ese reloj que tampoco necesita darle cuerda o cambiarle  la batería. Y según este reloj, haga lo que haga para que se pare, sigue indicándome que me estoy muriendo. Y cómo me estoy muriendo? De momento no parece que vaya my deprisa, tampoco despacio, pero inesorablemente se mueve, y se mueve descontando tiempo. Al contrario que el otro reloj, éste no fija el límite, así que el descuento de tiempo es virtual, aleatorio, lo que significa que mi muerte no depende de lo que yo haga para evitarla. Esto  sí es un axioma, y nadie podrá discutirmelo.

LLegado aquí, algún lector me preguntará: “bueno, José, qué nos quieres decir, que hasta ahora no vemos practico ni concluyente?”

Las propuestas filosóficas no son mi fuerte. Y aunque el sentido común es el menos común de los sentidos, a él me encomiendo.

No penséis en la muerte, llegará en cualquier momento. Tampoco penséis en la transcendencia de vuestro yo, que sólo es un desiderárum de imprevisible cumplimiento, y,  mucho menos, os angustiéis pensando en vuestro final convertido en un puñado de ceniza. Todo sucedrá, a todos. No existe reloj que marque el tiempo que os queda, ni analógico, digital o neuronal. Y en cuanto a cómo os estáis muriendo, sin cobraros por la consulta, os aconsejo lo siguiente: pensad en que no existe el cómo os estáis muriendo, no existe ese tipo de secuencia y, por tanto, no vale ningún remedio. Eso no quiere decir que no pongáis el que penséis es el idóneo. si eso os tranquiliza, pero ningún remedio evitará que os estéis muriendo. Cómo? El proceso es muy complejo, y comienza mucho antes de que el corazón se pare o el cerebro muestre inactividad y en pocas horas el cuerpo, si no lo destruye el fuego, comienza a descomponerse abruptamente. No es cuestión de consolarse pensando que otros seres se aprovecharán de tu cuerpo. La respuesta a cómo nos estamos muriendo es sumamente sencilla: Preguntaos cómo estáis viviendo. Si de verdad os preocupa el tema, en la respuesta que os déis, encontraréis la clave que buscáis. Una vez que la tengáis, que cada cual haga de su capa un sayo. No hay otra. O es que, gratis, José, os iba a dar otra respuesta? No confiéis en las que otros, gratis, os puedan dar por ahí, no podréis demandarlos por estafa.