Testamento vital de Antonio

El cuarteto habitual de jubilados que se reunía en el club para jugar a cartas, tomar café y hablar de todo y de nada, sacó a colación eso tan siniestro como el testamento vital, o declaración vital de voluntad anticipada. Uno de los presentes lo había hecho, explicó en qué consistía y cómo hacerlo.

A Antonio le pareció no sólo interesante, sino una buena decisión. Y la puso en práctica.

Antonio cayó enfermo de gravedad y fue internado en el hospital hasta que falleció.

En  momentos aún de lucidez, le había confesado a su médico habitual que había hecho testamento vital y que le hacía depositario único y confidencial del mismo, confiando en él para que se cumpliera Íntegramente. El médico aceptó la confidencia.

Ya de cuerpo presente, el médico y una enfermera se reunieron con la esposa para comunicarle la circunstancia. La esposa desconocía que su marido hubiese hecho aquello, que le sonó a chino, y preguntó.

—Doctor, ¿no le habrá dejado nada a alguien que no sea su esposa, ya que hijos no tenemos?

El médico, que no se extrañaba de la ignorancia de la la esposa, le explico que un testamento vital no era un testamento normal, que se refería a cómo deseaba morir y, si acaso, a la donación de sus órganos para transplantes  y otros menesteres que la ciencia pudiese aprovechar. La esposa se quedó más tranquila, aunque siguió preguntando.

—Doctor, y cuando ustedes se queden con lo que valga, ¿qué hacen con el resto?

El doctor, condescendiente, le dijo que también eso lo habría dispuesto el finado, y que le entregarían los restos para darle sepultura o se incinerarían y le entregarían las cenizas.

—Yo prefiero que le incineren, que hoy cuesta mucho dinero enterrar y, total, para nada.

—Señora, deberemos cumplir todos con su voluntad,—le dijo el doctor.

La viuda no cejaba, y apuntó.

—Doctor, si puede, quisiera que me entregara las coronas de oro de varios implantes que le hicieron a mi marido. Ah, y el anillo de nuestra boda, que también es de oro, y no pude extrarelo porque le había engordado el dedo.

El doctor ya se impacientaba. La enfermera que estaba a su lado, conteniendo la risa, se acerca más al médico y le susurra.

—Alfredo, pregúntale qué quiere que hagamos con los genitales.

El doctor le dio un codazo que la enfermera entendió como que cerrara la boca, y se dirigió a la señora.

—Lo tendremos en cuenta, señora, pero sólo si es factible. Aunque  le repito que deberemos cumplir estrictamente con la voluntad de su marido.

Doctor y enfermera se fueron. Antonio había muerto de parada cardiaca, le retiraron el vial y el tubo de oxigeno, únicos instrumentos de supervivencia utilizados, y el cuerpo  fue llevado a la sala de transplantes de órganos, donde le examinarían según el protocolo establecido para el caso. El doctor, responsable de que se cumpliera la voluntad de Antonio, pasaría por allí para dar cuenta a sus colegas sobre lo dispuesto.

No era un testamento formal al uso. Quizá Antonio no había interpretado bien su finalidad y se dejó llevar del instinto. El Doctor depositario abrió el sobre y leyó a sus dos colegas

“Quiero que de mi cuerpo utilicen sólo el corazón. Si puede ser para que se lo trasplanten a una mujer joven que tenga el suyo en mal estado. Habré muerto sin haber confesado a nadie que mi corazón era el de una mujer en un cuerpo de hombre, y habré muerto con esa frustración y pena. Así lo firmo, para que se haga cumplir, en pleno uso de mis facultades mentales”.

El doctor cerró la hoja de papel y los doctores de trasplantes se miraron. No podían creer lo que habían oído.

Desgraciadamente, y muy pesarosos, no pudieron cumplir con la voluntad de Antonio, su corazón, según el historial médico, había tenido dos infartos que le le hacían inservible.

El anillo de boda se lo extrajeron fácilmente, pasada la primera hora después del fallecimiento, el dedo se había desinflamado. Se lo entregaron a la esposa, que preguntó

—¿Y las coronas de oro?

—Señora, no hemos conseguido que su difunto marido abriera la boca. Su cuerpo se incinerará según usted manifestó preferir, ya que en su testamento vital nada se decía al respecto.

Aquel testamento vital corrió como la pólvora de boca en boca por el hospital, sin decir, claro, quién lo había suscrito. Era igual, el contenido de aquel testamento suponía un grandioso monumento a la soledad con la que algunos seres humanos viven su vida. Más de uno y una empañaron sus ojos de lágrimas cuando se enteraron de lo dispuesto por alguien anónimo, que hubiesen querido conocer, quizá para mirarse en su espejo.


 

 

La Cabra.

Eran tiempos de postguerra civil española, universal para escritores universales que encontraron su universalidad escribiendo sobre una guerra fraticida, romántica, incomprensible hasta que se desencadenó, pocos años más tarde, la gran guerra en el viejo continente con la participación, cómo no, de los norteamericanos, siempre prestos a entrar en todos los fregados. Pero sus plumas no apuntaron a hechos cotidianos, aquellos que el hambre daba covertura y razón de ser en una  España devastada y bloqueada por tierra mar y aire, sin más recursos que los propios de un un solar cercado por las potencias antifascistas.

Yo viví uno de los episodios que hoy me atrevo  a  considerar ingénuo, en la circunstancia actual de un consumo gratis de porno duro que ya parece insuperable en su degradación.

Tendría esos pocos años que marcan una edad entre la niñez ingénua y la conflictiva de una pubertad sin salidas. Mi padre era guardia civil, y con mi madre vivíamos en la casa cuartel, habilitado para alojar a los civiles y a sus familias. La curiosidad propia de mi edad, que se alimentaba de todo aquello que le parecía extraño, me impulsaba a tener los ojos y oídos abiertos para captar los que sucedía en el cuartel.

Y como en una película en blanco y negro, hoy pasan las imágenes y hasta los sonidos de escenas que viví, permaneciendo cerca de la habitación en la que el sargento, máximo grado en aquel cuartel, investigaba aquellos actos   presuntamente delictivos que le traían los guardias.

No es que tenga una mente sucia, capaz de elucubrar hechos que sólo la imaginación lleve al teclado donde escribo. Lo que relato no es producto de mi imaginación, sucedieron, y sólo lamento que no disponga de todos los detalles, aunque la historia, descrita a grandes pinceladas, da como resultado un cuadro que merece ser contemplado. Por eso lo presento.

Era frecuente que a los pueblos se acercaran saltimbanquis que se ganaban la mísera vida dando espectáculos que a la buena y analfabeta gente atraían como ahora lo haría un musical, un espectáculo de luz y sonido, un concierto. No había otra cosa, ni siquiera un cine donde contemplar escenas que se salieran de la cutre rutina de sus vidas.

¿Y por qué traigo yo a colación esta historia que voy a contar? Pues porque adicto de Google, me topo con la foto que adjunto en este relato. Se trata de un foto que me ha hecho regresar 75 años, y a como si lo estuviera viendo, que se dice.

Un tirititero o saltimbanqui, siempre gitano aunque fuese payo muerto de hambre, fue llevado al cuartel por una pareja de la guardia civil. Según pude oir y entender, iba a ser acusado de ofrecer su cabra a un vecino, el más rico del pueblo, para que su hijo, algo tontorrón o retraido mental, se follara a la cabra y puediese, así, alcanzar la categoría de hombre hecho y derecho. El delito, al parecer, estaba tipificado como corrupción de menores, y era por eso que el tirititero había sido conducido a declarar. El dueño de la cabra, o su proxeneta, al parecer ya tenía antecedentes de prácticas mercantiles parecidas, pero ahora interesaba a la autoridad saber quién había sido el cliente que le había utilizado para desvirgar a su hijo, a la zazón menor  de dad, pues tenía 20 años, a punto de cumplir la mayoría fijada entonces en los 21. Quizá el padre debió pensar que era la ocasión, ya que el tirititero no volvería por allí en mucho tiempo y no soportaba la idea de tener un hijo que sólo llevándole de putas a la capital, podría hacer de él un hombre. También porque el tirititero y la cabra nunca hablarían de ello, así la ocasión la pintaban calva, y la aprovechó. ¿Que cómo trascendió para llegar a la guardia civil? Pues porque un vecino del  padre celestino pudo verlos en el corral desde una ventana que daba al mismo, y que temeroso del poder de su vecino, sólo le dijo a los guardias que el tirititero comerciaba carnalmente con la cabra, y que eran menores en ese caso. Los guadias, como primera providencia, llamaron al tirititero, luego al vecino, luego al padre, luego pidieron traer la cabra para que la examinara el veterinario.

Y ya no recuerdo más, sólo que a partir de entonces, y dados en los pueblos a poner motes, al joven tontorrón, lo llamaron follacabras, y seguro que murió  de viejo sin quitarse la cabra de encima.

 

Del asombro a la infinita tristeza

Las fotos aquí mostradas corresponden a otros momentos de la historia de una niña, sí, una niña que tenía sólo, digo bien, sólo 5 años cuando dio a luz a su hijo. Un buen tema para un escritor de ficciones, salvo que éste lo sería de un ser real. Ya están otros que lo están intentando,  por seguro  que mientras se frotan las manos pensando en el botín de lo que suponen sería un best seller.

Quiero creer que las fotos son reales y no un fotomontaje. El artículo periodístico de donde las he extraído parece verosímil, “Lina Medina, una madre a los 5 años, autor Martín Mucha”, que se esfuerza en darnos pruebas de no ser una invención. Como le creo, y aunque sólo sea porque se añade a otras historias igualmente reales e igualmente inverosímiles, rescato aquí un poema que escribí hace 16 años. No recuerdo si fue inspirado por algo similar. Debió serlo, porque mi mente no es tan sucia como la del dios que lo permitió

Maldita sea tu mano todopoderosa,
Que no libera a tu hija predilecta…!
Incestuoso intento de gozarla…
Si yo poseyera toda la palabra del Universo,
Te sentenciaría a escucharme eternamente…
Hasta que te durmieras en la matriz de una loba…
Hasta que todos tus sueños fueran las pesadillas de los hombres…

Hasta que gritaras “¡Basta!, me rindo!”.

Escapa, niña, a sus intentos.
Vuélvete arena entre sus dedos.
Llena el mar hasta que surja una isla.
Deja que de ella tomen posesión las mariposas.

Préndete de sus patas y… ¡vuela!
No es un grito lo que escuchas;
Es mi alma que repta hasta mi boca
Y araña mis entrañas;
Es el dolor de no sentirte.
(JDD 2001)

Lina      

actualmente, con 84 años recordando

Todo cambia, nada permanece

Me despierto, son la cuatro de la madrugada. Abro el ordenador.  Leo en los medios digitales  que el cometa  McNaught, de 90 kms. de diámetro, ha chocado con un cuerpo errante y había desplazado su trayectoria de la calculada con margen de error cero    por los astrónomos. Dejo el ordenador y conecto la televisión.  Un solo tema. No han verificado aún la nueva trayectoria, tomará tiempo, pero avanzan que podría dirigirse a la Tierra. Se consultan otras fuentes que están implicadas en el seguimiento y todas silencian  lo que se intuye como el fin de este mundo. Presidentes, primeros ministros de los países con tecnologías avanzadas, se dirigen con urgencia  por televisión a sus ciudadanos. Intentan tranquilizarlos. Hoy estos países disponen de cohetes con carga nuclear capaces de destruir cualquier objeto intruso que amenace la Tierra, y así se hará si el cometa llega a suponer el peligro que se le atribuye. Otros, en cambio, no parecen tener interés en minimizar la catástrofe y auguran, cuanto menos, una destrucción masiva del 90%. Más, incluso, que el precedente de los dinosaurios.   Pasa el tiempo y con él la actividad frenética de la información. Por un momento pienso que debo estar soñando con esa película que ya he visto. Pero no, no estoy soñando, porque miro el reloj  y compruebo que marca los segundos. Porque me acerco a un jarrón con flores, y percibo su perfume. Una mosca revolotea cerca de mí y oigo el aleteo de sus alas. Todas las cosas están en su sitio, los muebles, los cuadros, mis libros… En los sueños no existe la precisión porque todo parece cambiante .

Ahora mis pensamientos están tratando de comprender la situación, el final de la vida, al menos la de este mundo, y que con suerte se salvará una pequeña porción no identificable con un ser humano. Si sucede lo que parece inevitable,  yo, mi familia, mis amigos no estaremos vivos después del impacto. No me detengo en pensamientos que podrían  aliviar mi inquietud del momento, como tomar prestados los que otros estarán considerando: la vida después de la muerte, el cielo prometido, la reencarnación y cualquier otro que relativice la muerte y con ella el fin . En cambio si me afirmo en la convicción de ser producto del azar, un azar que ahora no respeta lo que yo desearía, algo más de vida para mí y para los seres que amo, y también, por qué no, para el resto de la humanidad, que se estará preguntando para qué le dieron un poco de existencia, un destino absurdo, que sólo se justificaría si no fuésemos otra cosa que una consecuencia más del universo caótico en el que todo cambia y nada permanece.

Ya han pasado las horas, los días, siglos y aún el cometa no ha chocado con la tierra. Y yo, un ser atemporal, pronosticando que será en cualquier momento.

La lechuza de Minerva

Desde la ventana, Aitana, podía ver el corral, el horizonte, el firmamento. Nada de esto atraía su atención. Aitana sólo se asomaba para ver si la lechuza estaba posada en una rama del viejo algarrobo. Si no estaba, Aitana torcía el gesto, no le parecía que eso fuera un azar indiferente, y tampoco un presagio, simplemente es que estaba acostumbrada y creía que la lechuza formaba parte de un entorno que le pertencía en exclusiva. Después de esta primera consideración, Aitana daba la espalda a la ventana y volvía a sus faenas habituales. Pero cuando estaba la lechuza, la cosa era algo diferente. Aitana la contemplaba durante un buen rato. Nunca la había visto de noche. De día parecía dormitar, permanecía inmovil, recogidas sus patas entre el plumaje,  aferrada firmemente a la rama con sus poderosas garras.

Nunca sabré por qué Aitana sentía fascinación por aquella lechuza.  No habia tenido ocasión de leer que fuera considerada el símblo de la filosofía. Y, por supuesto, ignoraba  que un tal Hegel le había puesto un sobrenombre, La Lechuza de Minerva, y en torno a ella toda una simbología romántica, casi metafísica. De haber sabido esto y otras historias de las lechuzas, Aitana habría convertido su fascinación en un éstasis reverencial. Quizá Hegel también tuvo una lechuza en su jardin, y observó que emprendía el vuelo al caer la noche. Para un hombre dado a pensamientos profundos, la alegoría estaba servida: Minerva, diosa de la sabiduría, tenía su símbolo, esa lechuza que se adentra en la noche, en la oscuridad, en el misterio, en lo ignoto que resplandece con el conocimiento.

Por su ignorancia, Aitana no sabía nada de esto. Sí sentía que aquella lechuza, poco o mucho, formaba parte de su vida, sin darle mayor transcendencia.

Un día, Aitana, que se encontraba en su habitual contemplación de la estática lechuza, sufrió un sobresalto. Un chico estaba apostado detrás de la valla que circundaba su propiedad. Portaba una escopeta de aire comprimido y apuntaba a su lechuza. Al sobresalto le siguió la paralización casi completa. La voz se ahogó, sólo pudo mesarse los cabellos mientras todo su cuerpo se encogía en un espasmo inverso. Sonó el pam! seco y la lechuza cayó a plomo. El chico ni siquiera intentó llevar su trofeo.

Aitana recogió el cuerpo inerte de su lechuza y lo apretó contra su pecho acelerado. Regresó a casa presa de angustia y dificultad para respirar. En el quicio de la puerta se desplomó. Minerva, diosa de la sabiduría, había muerto, Aitana, quizá,  ya no podría pedirle mayor sentido a la vida.

 

 

 

De la tristeza

Qué es la tristeza? En mi anterior post hablaba  del estado de ánimo bajo. No es lo mismo. Según leo, tampoco es un estado depresivo. La tristeza no es una patología que precise de atención médica. Se puede pasar de la tristeza a la euforia, si se revierte la causa que la produce. Voy a intentar dar un ejemplo de  tristeza que yo mismo he experimentado. Cualquiera puede contar el suyo; la tristeza es una sensación familiar que a todos afecta en algún momento.

Salí de casa para dar un paseo. Cerca hay un parque por el que no circulan vehículos. Eran horas permitidas, la verja de entrada permanecía abierta  e invitaba a entrar por los umbríos pasajes que te adentraban más y más en la fronda. Era pleno otoño, y los caminos casi se esconden debajo de las hojas muertas, multicolores. Las observo y con el pie trato de apartarlas para no pisarlas. A veces uno no puede evitar ponerse estúpidamente transcendente.

En el camino hay bancos que te permiten descansar o sentarte y meditar. Uno de esos bancos me invita a usarlo. No estoy cansado, así que será para poder meditar. A él me acerco, procurando poner el máximo empeño en no pisar las hojas que se esparcen en el camino. No fueron tiradas a mis pies por bellas doncellas,  para glorificar al héroe que no soy. Son el exponente del ciclo de la vida que los árboles tienen designado. Y sentado, miro al arbol casi desnudo, erguido, aparentemente en estado de letargo. Sin estar muy seguro, pienso que ha dejado de cumplir con la función principal, la de proporcionar el oxígeno que nos permite vivir, y no aventuro su estado de ánimo. Quizá está exhausto y pasa por un merecido descanso. Pero hay árboles que siempre permanecen frondosos, y al verde de sus hojas, de las pinochas de los pinos, sin dejarlos denudos, suceden unas a otras dando la sensación de perennidad, de inmortalidad si este vocablo no fuese la expresión de una utopía.

Pero desde mi banco lo que observo es una forma de muerte, de muerte anunciada. Son humildes hojas que han dejado de existir y esperan que la tierra las incorpore para alimentar las venideras. De momento no soy consciente de esta función transcendente, sólo las miro como las hojas muertas. Prefiero pensar que están muertas a que están secas. Secas sería una tragedia, muertas es un destino inevitable. Y su destino me produce una profunda tristeza que me afecta, porque de ser una tragedia, sería un suceso imprevisible, quizá sólo lamentable.

Y como no podía levantarme del banco y que desapareciera mi tristeza, algo vino en mi ayuda. Una solitaria hormiga, trabajadora indisciplinada de un hormiguero, parecía haber perdido la senda de sus hermanas. No parecía  sentir angustia al sentirse sola y desorientada. Debía tener muy clara su misión, y, lejos de corretear aligerada de peso, trataba  de superar los insalvables obstáculos que se interponían en su camino para transportar la hoja que llevaba en su boca. No llegaría nunca al hormiguero, cada espacio que recorría en cualquier dirección, era una rampa que la devolvía al punto de partida. Ella persistía sin mostrar desaliento o buscar otra alternativa. Pensé que iba a morir en el intento. Me levanté y miré el área que alcanzaban mis ojos. Unos metros más allá, vi la senda de las hormigas que se dirigían al hormiguero cargando con otras hojas, otras volvían de vacío a cargar de nuevo, sin desviarse de la senda.

Con cuidado de no asustarla, cogí la hoja de mi heroína. Se sintió extraña al perder todo contacto  con algo sólido, pataleaba frenética, aunque sin soltar su presa.  Y en un vuelo nunca experimentado, hice que aterrizara al lado de sus hermanas. Debía saber qué dirección tenía que seguir, pues no tomó la de las hormigas que volvían de vacio. No sé si se preguntó qué había sucedido, pero yo pensé por ella. Estaba contenta, su hoja llegaría al destino que la vida  le había fijado.

Y  yo me fui de allí contento, la tristeza había desaparecido.

P.S. Y qué pensé luego de las hojas? Nada, sólo pensé en las hormigas.

Día de Reyes Magos

Todos los anocheceres, cuando el sol apaga su luz, y como si la oscuridad fuese la aliada perfecta, algunos seres aparcan la timidez o el sonrojo que le produce ser vistos, descubiertas sus debilidades, en ciertos casos sus miserias, y se se sienten todo lo seguros de ser lo que son. Ya no se ocultan, sus deseos sólo los mueve el instinto de supervivencia, nunca son festivos, placenteros, alegres de sentirse vivos. Se aprovechan de ese estado perfecto que les da el anonimato para hacer aquello a que el instinto les impulsa. Existen otros seres que en la noche sorprenden a los que no se aperciben de su presencia y terminan en sus estómagos. No hablo de estos, hablo de los seres humanos, concretamente de uno que se me apareció en mi insomnio esta mañana, día de Reyes.

Y su visión fue nítida, tanto, que excedió a la imagen, a la memoria, al flash-back forzado en ausencia de presente y futuro.

Se trataba de un niño. Tampoco él había podido dormir. Sus padres dormían en una cama contigua en la misma habitación, alquilada con derecho a cocina. Pepito, creía en Los Reyes Magos, y las experiencias frustrantes de años anteriores, no habían, aún, conseguido convertir su ilusión en la realidad brutal a la que se veía sometido.

Impaciente, sólo vestido con una camiseta de felpa y calzoncillos , largos hasta la rodilla, saltó de la cama. Era una noche, además de oscura, fría, de esas que el frío quiebra los huesos. Pronto perdió el calor de la cama y las tres mantas con la que su madre le protegía. Tiritando, con los pies cubiertos por calcetines de lana, se dirigió al pasillo, zona común del piso compartido. Y en el pasillo, a tientas, buscó la puerta. Una vez que la sitió en sus dedos, se agachó, y con las dos manos, separándolas y juntándolas, recorrió el suelo. Cuando estuvo seguro de que allí no había nada, ningún paquete, ningún objeto que él pudiera identificar con un juguete, recorrió el camino inverso y se sumergió en la cama. ya era imposible que la cruda realidad le permitiera dormir y esperar a que los sueños repararan lo que él había esperado de los Reyes Magos. Repasó mentalmente si había sido un niño bueno, aplicado en los estudios, cualquier detalle que le explicara por qué él, al día siguiente, no podría presumir de sus reyes con los chicos de la calle. No lo encontró, y comenzó a sentir vergüenza. Vergüenza que fue creciendo a medida que las luces del amanece entraban por las rendijas de la ventana. Qué explicación podría dar a los otros niños, ufanos con sus juguetes, que no querrían compartirlos con él, por ese instinto de pertenencia, exclusiva de lo niños?

Pero Pepito era un niño al que, la ausencia de realidades placenteras, se le había despertado una imaginación casi prodigiosa. Dejó a un lado los sentimientos y comenzó a exprimir las diversas alternativas que le ofrecía su mente. Al final, creyó encontrar la mejor.

En un clavo en la pared de la habitación, su padre, policía, colgaba de la correa la pistola de reglamento. La luz ya difuminaba la estancia y Pepito, desde la cama se quedó, observándola. El padre aquel día de Reyes libraba. Pepito lo sabia porque le había prometido llevarlo a un pequeño huerto alquilado, que cultivaba para complementar el exiguo sueldo que percibía, al menos así no pasaban hambre. Seguro que su padre y su madre dormirían hasta bien entrada la mañana.

Era el momento. Pepito se levantó y se dirigió cauteloso hasta la pistola. la sacó de su funda, sin descolgarla, y volvió con ella a la cama. Era impresionante, cómo pesaba!, y estaba fría como un témpano. La acarició,  y sin haberlo visto antes, sintió que la parte superior de desplazaba hasta atrás. Pepito procedió a llevarla hasta que se detuvo. Era la corredera que permitía montarla, Una bala se alojaba en la recámara y la dejaba lista para disparar. Pepito siguió jugando con ella, apuntaba a la pared sin apretar el gatillo, con la boca imitaba el sonido de un disparo. Apuntaba a todo lo que se movía reflejado en la pared, sombras chinescas que proyectaban gentes o animales en movimiento que pasaban por la calle y se colaban por las rendijas de la ventana. Aquel era el juguete, ahora en sus manos, que Los Reyes le habían dejado. A los otros niños les diría que a él le habían traído un pistola, pero que su padre no se la dejaba sacar a la calle. Los niños no insistieran en querer verla, tampoco se burlarían.

Y, Pepito, no consciente del peligro, como cualquier niño, en uno de esos movimientos de apuntar e imitar un disparo, puso la boca del cañón sobre el parietal derecho de su cabeza, y esta vez, sí, el dedo índice de su mano derecha apretó el gatillo.

Hoy lo puedo contar. Los Reyes Magos no podían ser tan crueles.

 

Minicuento de Navidad

–Cómo está, señora? –preguntó el viandante a una mujer ya entrada en años, o gastada prematuramente por la vida, que, sentada en un banco público, parecía ausente, de mirada perdida en los pensamientos, sin parecer interesada en el bullicio de la calle, llena de apresurados compradores para la cercana Navidad.

–Por qué me pregunta, caballero? –respondio la mujer, sin dirigirle la mirada, aparentemente congelada.

–La veo muy sola, nada parece interesarle de lo que le rodea. Si necesita que alguien la escuche, yo puedo hacerlo.

–No podría entenderme ni darme una solución.

–Podía probar. Quizá ya no confía en nadie, incluída usted misma. Hable, y le daré la razón si la tiene.

–Siéntese en esa esquina del banco, si lo desea, quizá me decida a hablar con usted.

El hombre, de edad aproximada a la mujer, se sentó sin dudarlo. Y sin girar su cabeza al lado donde se encontraba , entrelazó sus manos entre sus piernas y adoptó parecida actitud . Por un momento ambos permanecieron callados. La situación al hombre comenzó a parecerle embarazosa, no tenía nada nuevo que decirle ni preguntarle. Era una de esas situaciones en la que ninguno parece interesarse por el otro, a pesar de compartir el mismo banco.

Al fin, y utilizando el comodín obvio de presentrase,  el hombre le dijo:

–Me llamo Jesus, y soy, según dicen, el hijo de Dios Padre. En teoría yo debería tener la posibilidad de dar solución a cualquier problema que tengas, también consuelo. Desgraciadamente, y aunque ningún creyente lo entienda, tengo mis limitaciones. Si fuesen ilimitadas, nadie tendría que padecer, porque yo tendía remedio para todo lo que aflige a la humanidad. Estoy aquí de casualidad. El Padre me pidio que viniera y viera si podía hacer algo por alguien que lo necesitase. No es que tú hayas sido elegida entre todos los que padecen, en realidad ha sido una casualidad el encontrarme contigo.

La mujer, lejos de reaccionar ante aquella sorprendente presentación, siguió en su actitud de mutismo e indiferencia. El que había terminado de hablar, tambíén adoptó la misma postura, esperando que fuese la mujer la que hablase. Pasados unos minutos, que ninguno decía nada, alguien se acercó llevando un carrito de bebé con un supuesto bebé dentro. Era una joven, no muy agraciada, casi recién superada la pubertad. Su semblante parecía desencajado. Cuando se paró delante de la mujer sentada, musitó una casi inaudible frase.

–Madre, ya está, creo que mi bebé tendrá con esa familia más suerte que con nostros. No han querido el carrito, ellos le comprarán otro mejor.

El hombre sentado al lado pudo escuchar y entender la tragedia de aquella joven madre y la de la abuela. Se levantó y siguió su camino sin decir nada. No tenía ninguna solución para ellas.

 

 

The Deuce

Tengo que escribir, no tengo excusa, escribir era una necesidad, si no vital, si complementaria con otras manifestaciones que comportan mi vida. Ahora, hoy, no me apetece, es como algo superfluo de todo lo superfluo de lo que trato de huir. Pero en esto soy cobarde, y aquí estoy, aporrenado teclas queriendo decir algo insustancial, sin la pretensión de que sea transcendente.

Estoy viendo una serie americana, The Deuce. Trata de un tema escabroso: La prostitución, el porno, los proxenetas, la droga, la corrupción policial en Times Square, años 70 a 80. Es, en momentos, explícito sin llegar a pornográfico. Necesidad justificada de unos guionistas, que habrán pretendido hacer de la serie un documento lo más cercano a una realidad informativa de lo que allí sucedió. También una denuncia de la pasividad de una sociedad que ni lo veía ni lo sentía cercano. Para los que allí vivían, cualesquiera que fuese su modo de vida, aquel era su mundo, no había otro. La miseria y la indignidad de sus vidas no tenía alternativas. Para los que venían del confort, de la aparente dignidad, en sus coches con lunas tintadas, aquel lugar les proporcionaba el desahogo a sus bajos instintos y quién sabe si a sus frustraciones personales o de pareja. Luego que alcanzaban el objetivo, regresaban a sus habituales vidas de personas. Digo de personas, porque en el lugar que dejaban atrás, ni ellos ni los demás lo eran., por más que algunos personajes nos muevan a la compasión.

Como no hay mal que por bien no venga, El SIDA vino curar aquel mal , y el resultaado fue que los beneficios para todos bajaron hasta el punto de desaparecer el escalofriante escaparate callejero, para dar lugar a los asépticos burdeles, sanitariamente controlados. Si las prostitutas ganaron con ello y su oficio pasó de la esclavitud a la actividad laboral regulada, no lo sé. Quiero imaginar que desaparecieron los chulos con sus rolex, pulseras y collares de oro, con sus coches de marcas míticas, con sus vestimentas que chorreaban prepotencia. Por lo demás, no seré yo el que juzgue lo que libremente quiera hacer cualquier hombre o mujer con sus vidas. Si algo denuncio como humanamente indigno, es aquello que carece de estética. Es la diferencia entre una sociedad estructurada en la convivencia respetuosa con las formas y otra que no le importa mostrar la mugre más abyecta como el único lugar donde poder sentirse a gusto.

Tendré que dejar de ver la serie si quiero ser consecuente. No espero ese final feliz de los cuentos de hadas. Los productores sabrán qué les movió a crear esta serie, yo me temo que fue más por interés económico, que por buscar un rechazo social a los guetos que aún existen.

 

Vivir feliz y afortunado

Desde que tienes uso de razón, piensas en la vida que tienes por delante. Cuando alcanzas los cincuenta, comienzas a especular sobre la vida que te queda. Si llegas a los setenta, tu pensamiento cambia sustancialmente, y ya sólo te preocupa el día a día de tu estado de salud, que como cualquier cosa fungible, y el cuerpo humano lo es, lo vas manteniendo de achaques sobrevenidos, unos reales, otros de etiología sobrevalorada o hipocondriaca. Vas con frecuencia a consultas médicas y, cuando es necesario, con el tratameinto que te proponga el doctor de turno, sientes haber hecho lo que debías. Un estudio en varios centros de prestigio, concluyó que de los pertenecientes a la llamada tercera edad, obtuvo el resultado de 362 sujetos (83,8%, extrapolandolo a la población de hecho), que fue considerado significativo. El 83,1% de ellos utilizaba uno o más medicamentos a diario. No hago cálculos de lo que ese porcentaje supone, pero las empresas de los medicamentos deberían llevarle un ramo de flores a cada persona que alcanza esa tercera edad, al parecer la definitiva, pués nunca escuché de que existiera una cuarta.

De lo que aceptamos como habitual y normal, traigo aquí la historia de un hombre  singular que ha nacido de mi imaginación, quizá porque existe en mi subconsciente como un nexo entre la eternidad y el instinto de supervivencia impreso en nuestro genes.

Por llamarlo de alguna forma, lo llamaré Félix, que por venir del latín,  significa “Aquel que se considera feliz o afortunado”.

Félix tiene ochenta años, recien cumplidos. La pregunta subsiguiente sería: ¿puede Félix, en buena razón, considerarse un ser feliz y afortunado? Puede, esa es la respuesta que elabora mi subconsciente. Y me propone más: tú eres otro Félix, debes considerarte un ser feliz y afortunado.

Pero Félix también es consciencia, y sacudiendo levemente su cabeza a un lado y otro, analiza su situación real. Soy feliz y afortunado porque podía estar peor, utilizando el aforismo optimista del vaso medio lleno. Félix, pues, no es pesimista, para él la vida no es un tema impreso en un calendario, ni siquiera en un futurible para uso propio. Su realidad está enmarcada en un comportamiento diario. Tiene achaqués, sí, y se toma alguna pastilla, pero esa circunstancia no le deprime, al contrario, para él entra en la rutina diaria y le da seguridad, no preocupación, por lo que otros considerarían dependencia.

Con esa buena, excelente predisposición, Félix se levanta temprano cada día. A esa edad, o elaboras un programa o te sientas en un sillón a dormitar o recordar efemérides. El programa de Félix es levantarse, hacer unos estiramientos para recolocar sus vértebras desplazadas, ir al baño e intentar evacuar los restos de la ingesta del día anterior. Generalmente no lo consigue, pero sabe que sucederá si se toma un laxante natural. Orina, el chorro lo tiene ya olvidado, ahora es a golpes de esfinter, pequeños chorritos que terminan por vaciar su vejiga. Se levanta del water, la larga postura allí sentado le causa algún dolor articular que se le pasa pronto. Se acerca al lavabo, un día sí y otro no se ducha, que no es cosa de exagerar, cuando los franceses lo hacen una vez a la semana, o más. Se lava cara y axilas. Enjuaga su boca con un elexir y toma la dentadura postiza que la noche anterior había dejado en un vaso con agua. Meticuloso, le pasa un cepillo, la lava y se la coloca con una pasta fijadora. Hoy no toca afeitarse, tiene un eczema en la cara y no es conveniente tocarla hasta que se cure. Se pone unas gotas de colirio en los ojos, peina sus escasos cabellos que amanecieron reveldes, y sale de nuevo a su dormitorio. He de decir que vive sólo, su esposa felleció hace un año, tiene dos hijos que según él no los necesita para valerse. Se viste con patalón y chaqueta a juego, camisa blanca y corbata. Se mira en el espejo y se da por satisfecho.

Mentalmente repasa el programa. Toca desayunar. Pan integral con aceite de oliva extra virgen y miel. Para beber, café descafeinado con leche descremada. No usa el azucar, pues tiene tendencia a tener alta la glucosa en sangre. En ocasiones se pone una inyección de insulina y el tema queda resuelto. Félix sabe que el mejor tratamiento para estar saludable es no abusar de nada, y de algunas cosas ni catarlas.

El día comienza para Félix cuando termina de desayunar, lo mismo que para la mayoría de las personas.

Hoy, Félix tiene por la mañana dos asuntos ineludibles que debe atender: reponer de alimentos su frigorífico y alacena, y como aún conduce su viejo coche, irá primero a la consulta programada del médico de la Seguridad Social para que le informe del resultado de una análitica ordenada con anterioridad. Luego irá a  un super y comprará lo que lleva anotado en una lista.

–Siento decirte, Felix–le dice el doctor–, que tu analítica no es muy positiva, nada positiva. Se pueden considerar algunas cosas surgidas nuevas desde la última que te hiciste. La glucemia ha subido y ya se puede considerar como diabetes B, eso supone el uso diario y en varias ocasiones de insulina. Tienes algo de anemia, y habrá que ver la causa. Tambien tienes el colesterol y los trigliceridos altos,  te pediré un analísis específico para comprobar el estado de tus coronarias. La elevada creatinina indica que algo no funciona bien en tus riñones. También veremos eso. De las heces hay un indicador tumoral que en principio no es definitorio, por lo que debes volver a hacerte una colonsocopia para segurarnos de la evolución de los pólipos detectados en la anterior. Hay algunas cosas más, pero prefiero asegurarme con nuevas pruebas. Si te parece, vamos a programar un exámen general de tu salud. No te preocupes, casi todo tiene solución.

Félix salió de la consulta con varios volantes para hacerse pruebas médicas y una hoja de instrucciones.

El el hall del hospital, y en la primera papelera que encontró, deposító todos los papeles que le había dado el médico.

Tomó su coche y se fue al super. Por el camino iba pensando: “No hay cabrón que me impida ser feliz y afortunado”.

Por la tarde, después de la siesta, se acercó, como de costumbre, al club de jubilados. Allí le esperaba la habitual partida de mus con sus colegas y amigos. Hablaron de cosas, ninguna de los problemas de salud de cada uno.

Cenó ligero, vio la tele un rato, y se fue a la cama. Al día siguiente tenía un viaje con el Imserso, que no quería perderse por nada del mundo.

Felix, mientras vivió, poco importa cuánto, se sintió féliz y afortunado. Una muerte súbita impidió que cambiara de opinión.

Corolario: Sé feliz y afortunado mientras vives, no permitas que ningún cabrón te amargue la vida.