No es un cuento

A veces, cansado de las noticias que me traen los seres humanos, previsibles casi todas, sintonizo una cadena de televisión que casi siempre habla de los otros. Los otros, digo, porque así le quito el carácter peyorativo que supondría llamarlos especies animales.
No voy a hablar de lo que somos capaces nosotros para procurarnos la supervivencia y de lo que son incapaces los otros para lo mismo. Son infinitos los testimonios a los que sólo les concedemos la categoría de normalidad. Qué es lo que la televisión me ha mostrado que alcanza la categoría de fantástico, sorprendente hasta parecerme increíble?

Una charca africana muestra una población de renacuajos sin apenas espacio para moverse. La cámara, en time lapse, muestra cómo gradualmente la charca se va desecando por falte de aporte de agua, mientras, a salvo, la rana macho, que debe ser el padre de toda aquella numerosa descendencia, observa. Los renacuajos están abocados a morir pronto si nada sucede. A la rana macho le queda poco tiempo para procesar cálculos matemáticos, mecánica de fluidos, el principio de Pascal y los vasos comunicantes, si quiere salvar a su prole. Ha debido encontrar la solución, la única posible, porque enseguida se pone a excavar. De un animal como una rana se podía pensar que no lo hacía siguiendo una pauta inteligente. Podía excavar un hoyo, arañar la tierra en una muestra de desesperación. No, la rana sabe lo que tiene que hacer y lo hace, como lo habríamos hecho los humanos, aunque quizá no todos.

Como el video es todo lo que esa rana se merece como homenaje, yo dejo de añadir más torpes palabras.

jeda y jasida

 

 

 

 

 

 

 

Ay! mi jasida, estos tiempos modernos no los previó Mahoma. Tampoco nos impuso vestir el Burka, que es cosa de extremistas islámicos. Ya ves que yo no lo llevo, aunque a veces me siento desnuda con este shayla, que deja al descubierto una parte de mi cuerpo. Siento vergüenza verte así, desnuda, jasida mía. Que Alá te perdone y Mahoma te guíe por el buen camino.

Pero jeda, tú sabes que nuestro profeta sólo imponía llevar el velo a sus mujeres, y era para no sentirse perturbado continuamente por ellas.

Sí, jasida, así era, pero tu vas desnuda, una provocación para los hombres que te vean. La mujer mahometana sólo pertenece al hombre que la adopta como esposa, no hace falta que se exprese, es una consecuencia. El Paraíso que se describe en el Corán está concebido para el goce del hombre, sin mención alguna al placer de la mujer.

Pero, jeda, aún no estamos en el paraíso, quiero que mi cuerpo se beneficie del sol, del aire que viene del mar, que lo bañe la espuma de las olas. No veo por qué mi cuerpo ha de esconderse, si es, además, bello.

Claro, según tú, yo escondo el mío porque es viejo, arrugado y ha perdido la voluptuosidad que exhiben tus formas. Yo también fui joven y nunca mi cuerpo provocó deseos de lujuria en los hombres. La mujer encarna y simboliza el desorden con su poder sexual y seductor, armas destructoras del orden establecido, y en consecuencia un peligro potencial para el hombre y la sociedad.

Pues mi jeda querida, creo que, te voy a hacer caso, y desde ahora voy a intentar destruir el orden establecido, llevar al abismo al hombre que me observe y acabar con esa sociedad que ha hecho de nosotras , las mujeres, meros objetos sexuales a su disposición. Cuando sea vieja como tú, seguramente me pondré un burka.

Jeda: abuela

Jasida: nieta

Luzi II

Pero Luzi no acepta su mala vida, su mala suerte. Ahora es así, no ha encontrado alternativa. No deja, sin embargo, de pensar que ella no ha venido a este mundo para ser una puta, pasto de buitres de medio pelo, asquerosos por dentro y por fuera. A veces piensa que su cuerpo no se presta a tener derecho de elección y no puede soñar con príncipes que se rindan a sus encantos. Si tuviera algún dinero ahorrado, podría ir a la peluquería, comprarse un vestido y zapatos bonitos, hacer una dieta rica en proteínas e hidratos de carbono que la metieran en carnes y buscar algún trabajo digno. Ella no siempre fue la mujer escuálida, desaliñada, mal vestida. Cuando hizo la primera comunión era una niña preciosa, de entonces guarda celosa algún recordatorio con la fotito en la que aparece vestida de blanco. También otra con unas amigas de la escuela, donde destaca su altura y su buen parecer. ¿Qué pudo pasar para que Luzi no mantuviera el proyecto de mujer, en línea con aquel primer boceto? Quedó huérfana a muy temprana edad, cuando todavía no había aprendido a volar sola. Una tía la acogió más por interés que por cariño. Se ganaba alojamiento y comida sirviendo a su tía, una mujer déspota que le exigía total sumisión a sus órdenes. Cuando no cumplía, a decir de aquella mujer, la dejaba sin comer.

Luzi, como tantas mujeres desorientadas, un día se escapó de casa de su tía. Un transportista de fruta la llevó a la ciudad a cambio de dejarse tocar y follar por el camino.

En la ciudad, Luzi pudo sobrevivir sirviendo como limpiadora, por horas, en algunas casas, mientras en su vientre y cuerpo aparecían los síntomas de la maternidad. Estaba embarazada. Sin duda el padre tenía que ser el transportista de fruta, pero ¿podía pretender Luzi encontrarlo y pedirle que compartiera la responsabilidad? Luzi pensó que lo haría. Visitó la entrada a la ciudad varias veces, quizá volviese a pasar por allí. No fue así.

Luzi parió en la maternidad de la Seguridad Social, en su condición de indigente. Una semana alojada allí y a la calle cumpliendo con el protocolo.

Había alquilado una habitación con derecho a cocina, que le suponía el gasto de la mitad de lo que ganaba limpiando. Pero a perro flaco todo son pulgas, y Luzi ya no pedía limpiar y cuidar a su bebe durante el día, la alternativa era dejar a su bebe en la cuna dormido y salir por la noche a buscar unos euros como fuese. Una compañera de piso se prestó a echarle una ojeada al bebé mientras se ausentaba. Ese como fuese fue probar con la prostitución callejera, el horario era el más flexible y le permitía, a la vez, ser una madre responsable.

Ya resignada aunque no vencida, Luzi un día salió muy temprano de casa, llevaba a su bebe en un carrito que alguien había dejado abandonado al lado de los contenedores de basura. Había tenido una idea. Recordó que el hombre de la fruta le había comentado que llevaba la fruta al mercado de mayoristas. Y allí se dirigió, no tenía nada mejor que hacer. El mercado estaba en pleno trasiego de camiones que entraban y salían. Luzi se situó a la entrada del recinto observando cada vehículo. La frecuencia de estos era menor a medida que pasaba el tiempo. “Quizá hoy no tenia que venir”, se decía Luzi a modo de consuelo y sin perder la esperanza.

Luzi siguió viniendo en sucesivos días, y cada día que pasaba su esperanza, que no era infinita, iba disminuyendo.
Uno de esos días, ya regresando a casa, un camión disminuyó la velocidad al llegar a su altura. Luzi miró a la cabina del conductor y se cruzó, también, con la mirada de éste. Se habían reconocido. Luzi con la mano pidió que parara y éste se paró un poco más adelante, en una zona abierta que no dificultaba el tráfico. Luzi aceleró el paso hasta llegar a su altura. Su corazón pugnaba por salir por su boca.
—Hola, Luzi, ¿qué haces tú por aquí? —Le dice sin salir de la cabina.
—Quería verte
—¿Para qué? No creo que aquel polvo fuese lo mejor que te ha pasado en la vida y quieras repetirlo.
—En cierto modo sí. No por el polvo, sino por las consecuencias, —le dice Luzi adelantando el carrito.
—Oye, ¿qué consecuencias? Yo soy un hombre casado, ¿no querrás liarme endosándome ese niño que llevas contigo?
—No pretendo tal cosa. El niño es tuyo, o tú eres el padre, y ahora que lo sabes, tú sabrás qué quieres hacer con él. Seguramente alguna vez pensaste que correrte dentro de mí podía tener estas consecuencias. ¿No quieres verle la cara? Quizá le encuentres algo parecido. Luego haz lo que quieras, no te preocupes, no te demandaré el reconocimiento de la paternidad.
—Pues bien parece que es eso lo que pretendes. Luzi, hacer eso arruinará mi vida familiar, ya tengo dos hijos y una hija, ¿cómo podría explicarlo?
—No lo sé, y tampoco sé bien lo que quiero que hagas. Creo que sólo quería que mi bebé conociera a su padre y el padre a su hijo. Parece justo.
Aquel hombre se bajó del camión y se dirigió al carrito. Miró al bebe. Se fijo en un lunar en la mejilla, el mismo que tenía él en idéntico lugar. Nadie lo hubiese considerado definitivo, pero para aquel hombre fue como un pellizco en su corazón.
—Está bien, creo que no me engañas, pero esto me supera, nunca pensé que me pudiera suceder. ¿Qué quieres que haga?
—Ya te he dicho a qué he venido, eres tú el que debes decidir. Si quieres, nunca más nos volverás a ver.
—Luzi, ahora estoy confundido y no sé qué decir. Deja que lo piense. Te prometo que haré algo. Dime donde vives.

Ese algo tardó en llegar. Luzi ya no pensaba en ello. Un día, una joven pregunta por ella.
—¿Tú eres Luzi?
—Sí, ¿qué deseas?
—Vengo a conocer a mi hermano.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Luzi, o el realismo mágico

Luzi es una mujer desorientada, o porque nunca encontró un norte al que dirigirse en pos de más luz. La noche es su aliada.

Luzi regresa a su casa muy tarde, son las dos de la madrugada. Acaba de dejar la calle, donde ejerce de puta de bajo nivel. Su lugar de trabajo es un polígono industrial a las afueras de la ciudad. Tiene que competir con un exceso de profesionales del sexo, incluyendo travestis y chaperos. No ha sido una buena noche, sólo un hombre rudo y sucio ha reclamado sus servicios. El forcejeo dura poco, Luzi acepta los 20 euros que aquel tipo está dispuesto a pagarle. Por ese precio, Luzi deberá hacer lo que él quiera, y lo toma o lo deja. Luzi no puede regresar a casa de vacío, a la mañana siguiente deberá comprar unos potitos para alimentar a su bebé, sólo le queda un poco de leche para cuando regrese, leche no precisamente de sus pechos, secos por la desnutrición endémica que padece.

En ocasiones, la noche se da mejor, mejor el trabajo y mejor el salario. Pero esta noche no ha sido así y tiene que aceptar lo que hay. Luzi vive al día, no puede permitirse una noche en blanco, o en negro según se mire.

Por 20 euros ha tenido que doblegarse a la voluntad de aquel tipo. La ruta es sucia, maloliente. Luzi entra en la furgoneta de aquel cliente, que enseguida se desabrocha la bragueta y le muestra a Luzi por donde ha de empezar. Chupar aquella polla sucia, de calostro fétido produce a Luzi arcadas. Se resiste a meterla en su boca, pero el tipo la coge del pelo y la fuerza. Luzi hubiese querido que todo terminara allí, pero el tipo parece de largo recorrido. La sienta a horcajadas frente a él y la penetra mientras la babosea y manosea . Tampoco el tipo llega a término y pasa a la fase siguiente. Aquel individuo no sabe de delicadezas y fuerza su polla a entrar por el ano de Luzi. Luzi se queja, le hace daño y el tío le tapa la boca. Todo termina ahí, el tío se corre y ya no da para más. Fin del viaje. Le abre la puerta a Luzi y la despide pidiéndole que vuelva mañana. Luzi se va y emprende el largo camino hasta su casa. En su mano aprieta el billete de 20 euros. Por su mejilla corren lágrimas. Prefiere llorar ahora, a que su bebé la vea. Parece una buena madre.

 

Julia y el poeta seductor

Julia es una joven tímida, tal que si un hombre la mira se pone colorada, y si la toca se pone lívida, envarada, como si esperara de un momento a otro el ataque de una cobra. Con esa disposición, no es de extrañar que le sucediera lo que a continuación se relata.

Julia busca en Internet sensaciones que llevarse a la entrepierna estéril, pasando, desde luego, por su corazón sensible, que es el que filtra todo aquello que es simplemente grosero.

Julia ha encontrado un blog buscando en Google por la palabra clave, “poeta inédito”. Los poetas consagrados no debe pensar que estén a su alcance, además de estar muy manoseados.

Julia pica con el ratón una entrada sugerente, se trata de quien se autodenomina “poeta para el desconsuelo”. Julia no atisba de momento el alcance, pero le suena a que ese poeta se dirige a ella. Entra temerosa en el blog,  y lo primero que fija su mirada es la foto del autor. Lo ve un poco desaliñado, pelo revuelto por done quiere, barba por donde le da la gana, camisa  con cuello aparentemente mal abrochada, pero la boca, eso sí, es la de un hombre capaz de hacer cualquier cosa con ella. Julia se pasa la mano por los labios intentando ocultar un suspiro. Julia saca una conclusión, quizá precipitada, se trata de un poeta auténtico, los poetas verdaderos no cuidan su aspecto externo, de tan ocupados como están de mostrar la belleza que ocultan.
Julia, seguidamente, busca esa belleza y lee el poema que el poeta a colocado al lado de su fotografía a modo de tarjeta de presentación. Julia lee mascando cada palabra, como si cada una de ellas proporcionara una delicada sensación. El autor de este escrito no puede sino constatar que se debe tratar de una sensación, sin precisar su etiología, sólo con ver a Julia morderse el labio inferior y cerrar intermitente sus ojos, deduce que debe tratarse de una sensación preorgásmica.

Julia termina de leer aquel aperitivo y se dispone a devorar todo el menú que el poeta le ofrece.
Han pasado dos horas de intensa lectura y Julia yace exhausta en su butaca reclinable, los ojos en blanco, el labio inferior, de su boca, sangrando y la falda remangada hasta la cintura. El autor de este escrito da por supuesto que el lector@a ya tiene una composición más menos exacta sobre lo sucedido, por lo que obvia los detalles.

Julia no pierde el tiempo. Una vez repuesta del trance, copia el enlace a un correo que el poeta ofrece, y llena de valor guerrero, se dirige al poeta en estos términos:

Mi admirado poeta. Quiero expresarte mi agradecimiento por haber puesto a mi alcance tu  maravillosa poesía. Jamás un poeta me proporcionó las sensaciones que he experimentado leyéndote. Espero que no te parezca una descarada si te digo que me gustaría conocerte cualquier día, a cualquier hora, donde quieras. Tu rendida admiradora

Julia

Y como era de esperar, al poeta, al que tampoco le sobran ocasiones, le falta tiempo para responder a Julia que se siente muy honrrado por tener una lectora tan entregada, y propone un encuentro para el día siguiente, a las 10 AM, en la cafetería del supermercado Carrefour, para desayunar juntos.

A Julia no le parece muy apropiado el lugar, habría preferido un lugar más romántico, pero también piensa que los poetas son imprevisibles y que el lugar era concordante con el aspecto del hombre, algo que a aquellas alturas bien debe ser considerado irrelevante.

Y se conocen. Julia está tan obnubilada, que es incapaz de ver en su poeta algo más que la música celestial que suena en sus oídos cuando habla.

Dionisio Multicapas, que así se llama el gran sueño de Julia, tarda una semana en llevar al huerto  a su más que entregada admiradora. A Julia le parece que no debe dar la sensación de ser una estrecha y tampoco facilona, así que va dando tiempo al tiempo. Un motel es el lugar donde consumar aquella especie de adoración exprés. El motel tampoco a Julia le parece lo más idóneo, pero acepta sin dudarlo los términos propuestos por Dionisio, en aras a descubrir la verdadera esencia del poeta.

Julia está expectante a la vez que excitada. Si aquel poeta es la mitad de lo que insinúa en sus poemas, el encuentro, en esta ocasión con todo incluido, puede ser de infarto.

Pero Julia pronto es presa de desencanto. No es necesario dar más esperanza a hallazgos ocultos que la hagan cambiar de criterio. Aquel poeta, desnudo, es incapaz de   llenar ninguna perspectiva, no ya poética, incluso prosaica. Julia, repuesta de su estupor, se viste ante la mirada incrédula de Dionisio,  y sale de la habitación si dar ninguna explicación.

El autor de este escrito no es capaz  de describir lo que a Jiulia le pareció determinante para romper el sortilegio que la palabra le había proporcionado, lo que sí puede decir es que la poesía y los poetas son, en la mayoría de la ocasiones,  esencialmente incompatibles.

Creo que me estoy volviendo tierno

Un niño de siete años rompió la hucha de barro, recogió las pocas monedas que contenía y las metió en uno de los bolsillos del pantalón. Escondió los restos de la hucha entre unos matorrales y, muy decidido, se dirigió a una tienda. Allí vendían petardos y cohetes, aún no los habían prohibido, aunque sí los más potentes, que  sólo estaban a disposición de personas adultas. Con el dinero de la hucha, aquel niño compró un cohete y regresó a casa. En la habitación donde dormía había una mesa pequeña que le servía de escritorio para estudiar. Se sentó,  cogió un papel en blanco y un boli, y, sin dudarlo, se puso a escribir.

Querida mamá,  papá me ha dicho que estás en el Cielo. Quiero que sepas que he sacado muy buenas notas en el cole, y que  te vas a poner muy contenta cuando te enteres. Te quiero, mamá. 

El niño enrolló el papel escrito alrededor de la cañita del cohete y salió de su casa.

Y mirando al cielo, hacia allí lo dirigió. El cohete se perdió entre las nubes. Al otro lado debía encontrarse la madre de aquel niño esperando noticias.

María y los médicos

María fue a su médico de familia, según ella, había perdido el apetito y estaba adelgazando alarmantemente. El médico le preguntó algunas cosas ajenas al caso y María no supo qué responder con coherencia. El médico la miró por un instante largo y le dijo: María, vas a ir al psicólogo, es muy común que tu problema tiene que ver que un estado de ansiedad, pues no veo nada orgánico anormal. Mientras la consulta del psicólogo tenia lugar, María debería tomar unas pastillas de vitaminas.

María fue empeorando durante la semana que tuvo que esperar la consulta del psicólogo. Descartado el efecto nulo de las vitaminas, parecía claro que el motivo era la ansiedad de la que le había hablado su médico.

El psicólogo, un joven, con el título bajo el brazo, pareció que se tomaba muy en serio el caso de María. Le hizo muchas preguntas que a María le parecieron, cuanto menos, caprichosas: que si era casada, separada, soltera y tenía o no novio, que como llevaba su vida sexual, que si tenía animales de compañía y cuáles. Y de la respiración, que si respiraba bien, si le dolía el estómago, el pecho, si sentía cansancio sin hacer esfuerzo, si soñaba y sus sueños eran pesadillas con sensación de peligro inminente, si  tenia celos, temor a la muerte, si le fallaba la memoria y la atención, si se sentía incapaz de sobreponerse a las dificultades, a los desencuentros sociales…. María dudaba a dónde pretendía llegar aquel psicólogo con cuestionario tan exhaustivo, no obstante le fue respondiendo a todas las preguntas, pues nada perdía con ello, y aunque algunas eran sobre cuestiones íntimas, María, que era religiosa, consideró aquella consulta confesión como si la hubiese realizado en un confesionario ante un cura exigente.

–––Bueno, María, creo que ya puedo hacer un diagnóstico, pero, dado que yo no te puedo recetar medicamentos apropiados, te sugiero visites a un psiquiatra, que él sí está autorizado  para ello.
–––Pero doctor ¿qué es lo que tengo según su diagnostico?, preguntó María, presa, si cabe, de mayor ansiedad.
El doctor levantó la vista del informe que estaba escribiendo, miró a su paciente y le dijo:
–––Ya lo digo en el informe. Se lo llevas al psiquiatra y él lo continuará.
–––¿No me puede adelantar algo?
–––María, a todas mis preguntas has respondido dentro de los parámetros de la coherencia, menos a una. Te pregunté si tenías miedo a la muerte y me respondiste que en absoluto. Esa respuesta es incoherente con el hecho de que te hayas preocupado y hayas venido mi consulta, por lo que deduzco que padeces de Esquizofrenia indiferenciada, y en ese extremo, será el psiquiatra el que la evalué y, consecuentemente, la trate.

María fue al psiquiatra, al neurólogo, al ginecólogo, al digestivo Y ya no fue a ningún facultativo más, porque se suicidó. ¿La razón? Probablemente porque no tenía miedo a la muerte en absoluto.

Algo y nada, minicuento

Cuando , como en mi caso, no se tiene nada que hacer, nada que decir a un interlocutor que te escuche, ningún proyecto que iniciar o seguir, ninguna perspectiva que visualices, y así podría continuar el catálogo de nada es nada, el pensamiento se alía con la imaginación y te parece que algo es algo.

Por qué imaginé que una mujer, encerrada en su jaula de soledad, con un niño en su regazo, y otra mujer que, lejos de acompañarla, acrecentaba más la sensación de soledad, podía ser ese algo que fijaba una salida de la nada, no lo sé. Tampoco importa dar sentido a los pensamientos que no cambian mínimamente la proyección de tu vida. Están ahí, por un instante, y luego se desvanecen. Pueden servir para un minirelato con el propósito de permanencia, si consigo que se instale en un hueco de la nada que aqueje a mis lectores y amigos.

La que parece la madre del niño, lo mira incrédula. No acepta que está muerto por la miseria. Escuálida, poco antes había estrujado el pezón de uno sus pechos arrugados. No tenía leche. En su lugar, una perla de suero salió de aquella fuente de vida agotada. La madre no dudó en  aprovecharla, y la recogió en la yema de su dedo índice. Con ella humedeció los labios secos y cuarteados de su bebé, que, agradecido, abrió los ojos levemente para mirar a su madre. Pereció suplicarle ¿mamá, no me das más? Resignado volvió a cerrar sus ojitos para siempre, no había vida sin esperanza.

Después de relatar lo que antecede, me digo pesimista: ¿algo es algo?, porque muchas cosas que parecen algo no sirven para nada.

JDD

Ex machina

Ex machina

No tengo idea del significado de este título, conozco el significado de otras expresiones que contienen estas dos palabras: Deus ex machina, por ejemplo.
Quiero suponer que la locución latina se puede traducir como más allá de la máquina, con traducción libre, por supuesto. Si me atengo a esta definición, ya puedo glosar la película Ex machina. Porque, en efecto, el prototipo de mujer robot que centra el argumento es eso, algo más allá de la máquina. Hay muñecas inflables muy sofisticadas capaces de despertar la imaginación y otras cosas en el hombre, pero estas creaciones son muy primitivas. Hoy se intenta que a esas muñecas se le dote de la mal llamada inteligencia artificial. No voy a caer en la trampa de demostrar por qué yo digo que es mal llamada inteligencia artificial, naufragaría frente a una expresión acuñada por los expertos de los que de ninguno tengo referencia haya usado mi expresión. Pero si puedo dar mi impresión, que está lejos de una definición. Cuando a una máquina se la dota de inteligencia artificial, lo que se consigue es que esa máquina haga cosas para las que necesariamente se le supone un cierto grado de inteligencia; que sea no natural no desdice del término inteligencia, de lo contrario se usaría otro término.

Pero el cine no tiene barreras para adelantarnos futuribles que nos permiten vislumbrar el poder disfrutar – a veces angustiarnos- de lo que nos deparará el futuro. Verne fue un precursor de futuribles, que el tiempo los hizo realmente presentes. Siendo esto cierto, no debemos sorprendernos al ver esta extraña historia que presenta la película Ex machina. Un robot más allá de la máquina es Ava, y es más allá de la máquina porque está dotada de inteligencia (deliberadamente suprimo el adjetivo artificial). Esta máquina ya no es una máquina, se la dotado de un cerebro como el más sofisticado hardware capaz de almacenar toda la información que contienen los ordenadores de Google. Tiene autonomía de pensamiento, quizá sólo de razonamiento lógico. En cualquier caso, más allá de sus transparencias puramente mecánicas, para que no nos distraigamos de que es una máquina, Ava es una bellísima creación capaz de ser envidiada por los ángeles. También es un objeto sexual en muchos aspectos, que no le falta algo tan imprescindible como aquellos elementos que hacen que una mujer sea deseable y capaz de dar satisfacción al hombre. Pero si sólo se quedase en eso, estaríamos definiendo a una muñeca inflable de última generación. Ava es más. Y sólo dejo aquí un apunte que, definitivamente, la convierte en más allá de una máquina. Ava es capaz de utilizar al hombre que la creó para incorporarse al mundo real como un ser no humano, pero sólo porque sus capacidades son infinitamente superiores, aunque sólo sea porque es imposible que se equivoque. Y como en futuribles no soy escéptico, me sobrecoge sólo pensar que pudiera encontrarme con algo así y terminar abducido, porque mi mente no estaría a su altura, y no tendría armas para contrarrestar su imprevisibilidad. Queramos o no, no podemos negar que el futuro, como las películas, no tiene obstáculos insalvables. Nos queda la certeza, que somos los seres humanos los que haremos ese futuro, y depende de nosotros manejar los límites, antes de que esas más allá de las máquinas, terminen manejándonos a nosotros.

Follar o hacer el amor

-No quiero hacer el amor contigo, eres demasiado delicada, demasiado etérea para penetrarte con mi burda y ciega polla

Así hablaba Miguel a la joven que se sentaba al otro lado de la mesa de un velador callejero de Madrid. Ciertamente era una mujer casi transparente, su vestido también contribuía a aquel aspecto fantasmal que sólo Miguel podía ver. Ella le sonreía, como si quisiera celebrar aquella salida original de su compañero o decirle que no le creía. Miguel la miraba mientras acercaba la taza de café a sus labios, y tomaba un poco sin absorber el liquido.

-Y que te hace suponer que yo te aceptaría? –preguntó mientras también acercaba su taza a los labios.

-Mujer, ese parece ser el final, la cumbre de una relación entre un hombre y una mujer.

-Sí, pero puede que tu no seas mi hombre.

Miguel se vio atrapado en su propia contradicción. La miró fijamente, sin decir palabra, no se atrevió a preguntar, pretendía descubrir así si aquella mujer le rechazaría. No obtuvo ninguna respuesta y se sintió avergonzado de haber utilizado una premisa insultante para ella-
-Perdona, no debí hacer de ti un objeto pasivo, dependiente de mi única voluntad.

La joven le sonrió, esta vez con una sonrisa abierta, casi sonora. Finalmente se puso seria y le dijo:

-Mira, Miguel, no me ha molestado lo que has dicho, si me sorprende esa peculiar consideración tuya. No soy un ángel asexuado, hacer el amor con un hombre no forma parte de mis exclusiones. Si crees que soy tan delicada como ves, espera que se de el caso, y procura ser tú delicado.

Miguel estaba confuso, no sabia bien como interpretar aquellas palabras, qué tenía que hacer para ser delicado, según ella? Le preguntó:

-Qué quieres decir? No comprendo, sólo hay una forma de follar.

Ella soltó una carcajada. Se la veía divertida, dueña de la situación. Finalmente se calmó y le dijo:

-Mi querido Miguel, no seas primitivo creyendo que hacer el amor es sacar y meter tu burda polla en mi vagina, eso es follar. Probablemente tampoco es mi deseo follar contigo. Si sucede que hacemos el amor, tú mismo veras la diferencia y sabrás comportarte.

-Crees que hay una diferencia? No la veo.

-Repito, espera a que se de esa circunstancia y tus ojos se abrirán.

Tomaron el ultimo sorbo de café y ambos se levantaron como un resorte. Se tomaron de la mano y caminaron a paso cada vez mas acelerado. Legaron al portal de un inmueble y tomaron el ascensor. Miguel la penetró allí mismo de forma salvaje, cuando le llegó la calma, le dijo:

-Querida, ya he visto la diferencia, hacer el amor es follar en un ascensor.

JDD