Sin título

Quiero escribir y no tengo tema. No es la primera vez. Cuando esto sucede, abro el Escritorio, luego Nueva entrada en mi WordPress, como si esperara que en la pantalla aparezca un título sugerente en lugar de Añadir título. Con los cascos puestos he, previamente, elegido una música de piano de algo más de una hora de duración. No tendré que recargar otra música mientras escribo algo que luego publicaré y enviaré a mis incondicionales lectores. El piano desgrana sus notas mientras fijo mi mirada en ese espacio que me invita a que yo añada un titulo. Esto, que parece nimio si no tienes tema que desarrollar, es, en ocasiones, importante, son las primeras palabras que dan pie a otras que le siguen, luego a otras que van poco a poco desarrollando un tema, que sólo se configura cuando lo das por terminado. Y el título, en esta ocasión, no aparece. La música sigue ocupando un espacio en mi cerebro, pero tampoco ésta me da pie a desarrollar algo que pueda describir con palabras. En vista de mi incapacidad para teclear algo, por primera vez pienso en un amigo de la infancia al que, como a otros, siempre envío mis escritos. Mi amigo no ha sido pródigo en sus comentarios, pero si alguno le motivaba una reflexión, él me la enviaba.

Llevo más de un año, quizá dos que no recibo nada de él. No se me ocurrió pensar que mis escritos ya no fueran de su gusto. En ocasiones, sin aludir a ellos, me escribía sólo para recordar algún pasaje de nuestra juventud o contarme alguna de sus andanzas de apasionado por la cultura, el arte o algún escritor preferido. Razoné que tampoco yo le había dado ningún motivo para su silencio ya, al parecer, definitivo. Busqué una causa que no fuese la que ambos estábamos esperando. Quizá su mente ha entrado en ese estado en el que ya no interelaciona con el exterior, me digo. Tengo su teléfono, su correo, puedo hacer algo tan simple como dirigirme a él no con un escrito, sino con una inquietud. Algo se movería, o no. No me atrevo a que la verdad se abra paso, y así, sin dejar que mi amigo y alguna vivencia que recuerdo junto a él, pase recurrente en forma de flash por mi cabeza, he permanecido por largo tiempo, tanto, que ya mi cerebro comienza a procesar un título para este escrito. La música también ha terminado, en hora y pico no me ha dado para más. Enviaré este escrito como de costumbre, esta vez sin título, que sea él el que lo ponga, o no.

¿Amor puro o puro amor?

Se lo dedico a Carmen, para la que amor se escribe sin hache.

Continuaba siendo hermosa . El accidente había respetado la estructura de su cuerpo y no había desfigurado sus bellas facciones. Sus veinte años seguían siendo espléndidos. Pero su cuerpo, antes grácil como el de una gacela, ahora era una sinfonía en un pentagrama. El coma era profundo.

Cada día, cada hora, cada minuto, aquel hombre le dedicaba todo su amor. No podía hacerlo de otra forma. Cuidaba de ella, quizá pensando que volvería a la vida plena y en sus manos estaba que ese regreso fuera el de una ausencia que sólo había tenido lugar en sus sueños.

Y hasta había puesto fecha a ese regreso. Para cuidarla había pedido una excedencia en el trabajo. No quiso que nadie la tocara y menos que la manipularan sin la delicadeza que él estaba dispuesto a prestarle.

Había instalado una cama contigua, por si algún signo de vida aparecía de repente y precisaba de su atención o emoción. Al despertar el día, Miguel se levantaba, iba al cuarto de baño y volvía con una palangana humeante con varias toallas sumergidas en agua caliente y escurridas. Con sumo cuidado le quitaba el amplio camisón, le retiraba el paño para la incontinencia y, por un momento, permanecía mirándola hasta que de sus ojos brotaba una lágrima. No tenía tiempo para más emociones, eran muchas cosas las que tenía que hacer y le pedía al corazón fortaleza para llevarlas a cabo sin desfallecimiento. Con las toallas húmedas repasaba su cuerpo, todo su cuerpo, limpiándolo de impurezas orgánicas. En la mesilla varios frascos que contenían aceites esenciales. Con ellos la bañaba sin dejar resquicio al que dudara en llegar; se sentía como un orfebre puliendo a su joya. Un camisón limpio, y la dejaba apoyada sobre uno de sus costados. Así una hora. Luego del otro costado igual tiempo, operación para impedir las temibles escaras de decúbito. A veces, en cada movimiento, creía percibir un intento de ayudar a lograr facilitar algo el trabajo; no era así, pero a él le motivaba creer que estaba manejando algo vivo.

La primera jornada terminaba incorporándola en la cama articulada, iba a la cocina y preparaba aquel compuesto que le habían recomendado los médicos. Por una sonda gástrica se lo introducía en el estómago; era su primera comida, que debería repetir cuatro veces en el día. De vez en cuando, un poco de agua. Comprobaba si el pañal de incontinencia estaba seco y limpio de excremento, por si tenía que cambiarlo, y permanecía la mayor parte del tiempo sentado a su lado, con la muñeca entre sus dedos, percibiendo los latidos de su corazón, los únicos movimientos que le daban esperanza.

No tenía la certeza de que su cerebro, aunque no lo manifestara, tuviese o no percepciones del exterior, pero por si acaso fuese que sí, siempre sentado a su lado, cogía un libro, lo abría por la última página registrada, y leía en voz queda, como susurrando, aquella historia que ella estaba leyendo antes del accidente. Hasta le parecía que su rostro se relajaba escuchando.

Habían pasado tres meses, y aquel cuerpo inerme parecía dar señales de que algo nuevo se podía esperar de él. Era la primera hora de la mañana y la rutina diaria iba a comenzar. Estaba despojándola del camisón, cuando sintió que una mano cogía la suya. El contacto era suave pero contacto al fin. Paró y guardó aquella mano con el hueco de su otra mano para que no se le escapara, y la miró a la cara. Sus labios comenzaron a moverse en un temblor continuado. Él le apretaba más y más la mano para que lo sintiera a su lado. Fija la mirada en sus labios, creyó escuchar una palabra: padre.

No, amor, no es eso

Me dices que te hice llorar. Llorar es bueno, si en cada lagrima se va un dolor del alma. Me dices que soy cruel, que parece que quiero lastimarte. Que hago literatura de cualquier cosa, sin importarme si esa cosa eres tú. Y que, en definitiva, todo lo que digo es falso.

Esta vez no es eso, amor. Aunque quisiera, hoy hablaba mi corazón, no mi vanidad. Lo notarás porque ya no te espero. No fui yo el que provocó la ausencia. Tampoco tú, que ya estabas ausente. Fue un encuentro en la distancia, nos miramos y no nos reconocimos. Pero al marcharte noté que me faltaba algo, algo importante que limitaba mi percepción sobre lo sucedido. Ahora ya no puede haber trato, el tú me das y yo te doy es imposible, porque yo no comercio con los sentimientos.

Y si puede ser, quisiera que pasado el tiempo, ni siquiera recordaras qué fue lo que me quitaste, no sería nobleza que comerciaras con ello.

Y si no me crees y sigues leyendo y pensando que estoy haciendo literatura, será porque todo entre nosotros fue meramente literario. Me hallo tan confuso, que estoy yo mismo empezando a creerlo.

Llegado aquí, debo poner fin, porque una historia sin final, si esto fuese una historia, tampoco tendría principio. FIN

Adios, amor

Cómo te diría que has arrancado de mi cuerpo algo que no identifico. Sólo percibo que soy menos de lo que era. Que despierto en la noche sin haber soñado. Que la luna no iluminó mi cama. Que me levanto temprano y el sol no me saluda, ni me calienta. Que salgo a la calle y no veo a nadie, a nadie a quien decirle que soy yo aunque esté desfigurado. Que no encuentro un banco donde reposar de la fatiga ni una paloma a la que llamar para no sentirme solo. Que el día se me hace corto y ya está la noche esperándome. Que todo me da igual sin ser lo mismo. Que ya no te ofrezco nada porque todo fue ya entregado al destino, incapaz yo de administrarlo.

Y si aún puedo sentir que estoy vivo, sólo es porque me toco y me siento, porque mis ojos son fuente de lágrimas, porque mi corazón aún late. No, no sé dónde arrancaste parte de mí, pero ya no importa, ni me importa si te puede servir de algo. Y no intentes devolvérmelo, no sabría dónde colocarlo.

Y no te sientas culpable, creo que me querías tanto, que quisiste hacerme tuyo por entregas, porque todo de una vez te di miedo. Adiós, amor, ese sentimiento no me lo quitaste, lo debía tener tan escondido que no pudiste verlo.

Mi madre fue una puta

Relato que parece un cuento.

Me enteré que mi madre era una puta un día que volvía del colegio. No en aquel momento, que yo no podía saber qué era ser una puta. Tenía ocho años. Aquel día se habían suspendido las clases de la tarde por no sé qué razón, que tampoco nos la dieron. Mi madre me recogía a las cinco y media todos los días, pero como no tenía forma de comunicarme con ella, ese día no vino. No me costó volver a casa, en realidad mi madre me recogía por seguridad para mí. Era una rutina más que una previsión. Conocía bien el camino a casa y no tuve miedo. Ya divisaba la casa mata, habitual en los pueblos grandes y pequeños. Algunos rasgos me eran bien conocidos, y aquella casa, sin duda, era la mía. En ella vivía con mi madre, vivimos solas. Dos años antes mi padre desapareció y no me supo mi madre explicar por qué se había ido. A pesar de ser mi padre, la verdad que no lo eché en falta. Sí me di cuenta que algunas cosas dejaron de ser habituales, como los gritos que escuchaba desde mi habitación provenientes o del salón, la cocina o el dormitorio de mis padres, y es que las peleas eran continuas entre ellos. Tampoco pude percibir cuál era la razón, quizá porque mi corta edad no comprendía aquello. Hoy podría explicarlo, pero no creo que interese a la historia que pretendo contar.

Estaba a pocos metros de mi casa, cuando la puerta se abrió. Esperaba a mi madre en el quicio, pero fue un hombre el que salió. Era un hombre mayor, gordo y creo que pensé que era feo. Mi madre me explicaría qué significaba aquel hombre en nuestra casa, al que yo no había viso nunca.

La puerta se cerró tras él y yo tuve que llamar con la aldaba. En un primer intento lo hice dos veces seguidas. El sonido se extendía por toda la casa, pero no apareció mi madre, como esperaba. Repetí los golpes, esta vez no sé cuántos, pero muchos, y mi madre que no aparecía. Debió ser tanto el ruido que hicieron los aldabonazos, que la que se abrió fue la puerta de la casa vecina. Apareció Tomás, me preguntó qué hacía allí. Le dije que mi madre no me abría la puerta. Me contestó que quizá no estaba. Entonces yo le dije que un hombre gordo acababa de salir, que lo vi cuando regresaba del colegio, que nos habían mandado a casa a medio día y que venía sola. Tomás, un campesino cazurro, se sonrió y me dijo: “muchacha, seguro que ese hombre que viste era un cliente”. No recuerdo si le pregunté qué era un cliente. Al fin mi madre abrió la puerta. Por toda explicación, y suponiendo que yo había visto salir a un hombre desconocido de la casa, mi madre me dijo que alguien había estado allí para un trato, interesado en comprarnos unas tierras. Di por buena la explicación, a fin de cuentas yo entendía por cliente a alguien que compra algo.

Hoy, diez años después, después de llevar dos años fallecida mi madre, pero mucho antes que ya fui consciente, me atrevo a contar que mi madre fue una puta. Nunca pude saber si lo fue por necesidad o por vicio, que poco importa. Aunque debo precisar que si lo fue por vicio, en sentido estricto no habría sido una puta. Por lo que a mí respecta, no le reprocho esa condición, fue el azar del destino que ella no me esperara tan pronto aquel día, de no haber sucedido así, habría tardado en saberlo, quizá nunca, y sólo el tiempo en el que pude saber y comprender que a mi madre, mientras yo estaba ausente, la visitaban hombres de toda condición, clientes en la versión de Tomás. Quizá Tomás no tenía duda.

También tengo que decir que si lo fue por necesidad, quién soy yo para juzgarla.

Después de fallecida mi madre, yo seguí en aquella casa un mes o así, hasta que me fui con mi abuela, que vivía en la ciudad. Sólo el tiempo que tuve que esperar a que un tío mío, nombrado albacea por mi madre, se ocupó de los asuntos de la herencia. En la capital encontré trabajo. Y si cuento esto, es porque, a pesar de todo, creo que mi madre fue una santa. Que Dios la tenga en su gloria.

Y yo, el relator de esta historia, añado que si no hay Paraíso para las putas, tampoco lo haya para mí que la creé.

Y dijo Dios: no es bueno que el hombre esté solo

Esta foto es de una mujer, sí de una mujer de carne y hueso, y hasta tiene un nombre: Jennifer Lopez. Que me perdonen todas las mujeres que no aceptan las comparaciones.

Dios observa a Adán, y viéndole entristecido, dijo al resto de los animales: “No es bueno que Adán esté solo”. Y tomando de él una costilla, creó esta criatura. Adan al verla, tuvo miedo. No sabía cómo relacionarse ni qué hacer con ella. Aquel ser le perturbaba, nada del Paraíso le había creado aquellas sensaciones nuevas y tenía un deseo irresistible de poseerla. Ya Dios le había facultado para tomar posesión de los animales del Paraíso, pero aquello era diferente. ¿Qué hacer? Dudaba qué podía querer ella de él y qué había dispuesto Dios que él hiciera con ella.

Se limitó a contemplarla. Cuando no la contemplaba, la imaginaba o soñaba. Aquel ser se cansaba de hacerle posturas que desembocarán en alguna acción por parte de su compañero. Adan no reaccionaba. Estaba persuadido de que no debería ser diferente a lo que observaba en los animales cuando copulaban, pero él no veía cómo hacerlo y si eso era lo que le pedía su convulso cuerpo.

Dios, viendo que Adan estaba tan dubitativo, le dijo: “Date prisa, Adan, y copula con ella para tener descendencia como el resto de los animales, porque ahí anda un mono que no deja de mirarla, y él no tiene las dudas que tú tienes.

Y sucedió que el mono la poseyó porque Adan se complació sólo en contemplarla.

Está es la verdad de por qué descendemos del mono. Que cambien el Génesis y no nos engañen.

P.S. Y yo, como Adan, contemplo a esta mujer y tampoco sé qué hacer con ella.

Y si el demonio te acosa

Me llamaste, niña, en mi condición de escritor. Debiste creer que sólo yo podría enfrentarme al demonio y conocer sus intenciones. A veces las palabras son estiletes capaces de parar los súcubos con apariencia de madres protectoras, el mayor de los peligros para una niña como tú. Dicen que te quieren, pero no te protegen. Huye de las manifestaciones de cariño que no van acompañadas de la protección.

Acepto protegerte, mi querida niña. Ya le he dicho al demonio que envío Lucifer para que te llevara con él y hacerte su concubina, que si por ventura quedara de él algo del ángel que fue, pídole a nuestro Señor que llore lágrimas de arena, que el mar las llevará a otra orilla donde algún niño como tú construya un castillo con ellas. Luego, inevitablemente, subirá la marea y destruirá el castillo, y de vos sólo quedará una lágrima, esta de amor, pero se diluirá en el mar hasta que se convierta en fértil lluvia. Mientras tanto, niña, sigue mi consejo, no sueñes con demonios, ni ángeles, ni dioses, todo es falso, todo es mentira, querida. Y si estuviese equivocado, que sepa que yo te protejo. Lo haré construyendo un muro de palabras que destruyan todos los mitos, los que te contaron y los que tú misma creaste en tus sueños.


Claudia

Claudia abría el ordenador nada más levantarse. Mientras se configuraba, iba a la cocina, se preparaba un café soluble y volvía a reunirse con su máquina, buscaba en las aplicaciones la Word y la abría con resolución. En Word habría Documento Nuevo y permanecía atenta unos segundos al cursor que parpadeaba, invitando con su guiño a que comenzara a teclear letras.

Al cabo de un par de horas, Claudia releía lo que había escrito, le daba a Guardar Como, y era entonces cuando le ponía título al documento. El siguiente paso era Dónde, que en principio elegía Escritorio. Cerraba Word y buscaba en Escritorio el icono de su escrito. En ese mismo escritorio Claudia tenía una Carpeta con el nombre Claudia. Arrastraba el icono recién incorporado a esa carpeta y cerraba el ordenador. La carpeta donde Claudia guardaba sus escritos estaba plagada de títulos, y sin razón explicable, esa carpeta sólo se abría con una clave encriptada. No había razón que explicara esa actitud, porque Claudia vivía sola y no se daba el caso de que alguien no autorizado pudiese, sin su permiso, acceder a lo que ella misma había convertido en misterioso.

Esa mañana, Claudia, por primera vez, cambió su rutina. Hasta depositar su escrito en formato Word en el escritorio todo fue igual. En el escritorio apareció un icono con un título nunca utilizado ni por aproximación por ningún autor, una interrogante de apertura, tres puntos e interrogante de cierre. Pareciera que Claudia no tenía claro el título para su último escrito y lo dejaba en interrogante por el momento.

Claudia, esa mañana, no dio por terminada la ruta que seguían sus escritos hasta desaparecer en la carpeta cerrada con la llave de una contraseña. Tenía reservado un enlace a un foro literario que le había llamado la atención por su aparente gran difusión. En alguna ocasión Claudia se había parado a leer alguna de las aportaciones, y todas le parecieron de un alto nivel literario. Con la duda que atenaza a cualquier escritor novel cuando se decide a publicar algún trabajo, Claudia permaneció largo tiempo con su último escrito abierto, releyendo entre lineas. Añadió alguna coma para hacer la lectura más cómoda y no quedar al lector sin aliento con frases interminables.

Claudia, ya sin vacilar, abrió el enlace del foro, buscó Aportaciones, la abrió y siguió las indicaciones de la ventana. Nombre, ciudad, un teléfono de contacto y adjunte su escrito aquí, aclaraba que sólo se hiciese en formato Word o PDF. Claudia cumplió con los requisitos de identificación y arrastró el icono .word al lugar indicado, le dio a remitir. Claudia se secó de la frente un sudor incipiente, producto del estrés que aquel heroico acto le había producido, cerró el ordenador y se fue al dormitorio, se tumbó en la cama y miró al techo. Pensamientos pesimistas, vergüenza al sentirse desnuda ante críticos exigentes, pensó que hubiese sido más coherente encerrar aquel escrito donde sólo ella pudiese leerlo, su timidez, su falta de autoestima no daba para exposiciones a tumba abierta.

Los días que siguieron, Claudia no escribió nada, estaba bloqueada, sólo abría el ordenador para ver el foro que debería sentenciar el mérito o demérito de su escrito enviado. Su frustración e inquietud crecían cada vez que el foro no se daba por enterado, su escrito no aparecía y, por tanto, no había lugar a juzgarlo.

Eran las diez de la mañana. Claudia limpiaba su apartamento. Sonó su teléfono móvil. Claudia dejó la tarea y escuchó. Apenas su piernas podían sostenerla de pie y se sentó en la silla más próxima. Siguió escuchando sin pronunciar palabra. Gracias, pudo articular como cierre de aquella llamada.

El foro había considerado extraordinario el escrito enviado por Claudia y le proponía presentarlo a un certamen literario prestigioso, con autores premiados que luego fueron primeras firmas en el mundo literario. El premio no era remunerado, sólo publicarían el título premiado.

¿…?. el título de la obra que Claudia envió al foro fue el que obtuvo el primer premio. La obra fue, consecuentemente, publicada. Su éxito fue tal, que a una edición siguió otra, agotada tan pronto salía a la venta. Una editora le ofreció publicar toda su obra. Claudia comenzó a creer en sí misma.

Lucía

Liviana, escuálida, inestable en su caminar sin rumbo,  Lucía parece la sombra de una representación artística de la miseria.  Tiene los ojos incrustados en la cara como dos esmeraldas sumidas en las cuencas de una calavera. Las greñas que cubren su cabeza caen ingrávidas y desordenadas. Los labios tienen una minima carnosidad y se repliegan sobre una dentadura ennegtecida y con múltiples pérdidas. Vestida con una camiseta sucia y una falda que. para que nada sea generoso en ella, le llega hasta la mitad  del femur, pues dicir muslos seria una ironía sarcastica. Lucía  no muestra nada que pueda perturbar a los ojos lascisvos de los hombres. Y ese cuerpo mínimo debe tener, sin embargo, un corazón que bombea  sangre como los arroyos que se forman en un desierto despues de una tempestad, sin fertilizarlo, un corazón que no sabe de amar y no haber sido amado. Su cerebro que no le pide acabar con su vida, quizá porque ni muerta devolveria a la tierra una minima recompensa. 

Un hombre de mediana edad la observa de cerca sin que Lucía se aperciba. El hombre ha determinado que ese despojo de mujer puede ser lo más importante que le haya sucedido en su vida.  Piensa que quizá sea irrecuperable, que los daños en su cuerpo sean irreversibles, pero está decidido a intentarlo. Se acerca más a ella yendo por detrás. Vacila. En un impulso heroico la toma del brazo, que se escurre entre su mano. Lucía no tiene la sensación de protección  que podia estar esperando, menos la de un intruso que quiera aprovecharse de ella. Lucía sólo siente que aquella mano le permite una mayor estabilidad en su erguida posición. El hombre la conduce hacia un automobil aparcado cerca. Le abre la puerta trasera, su olor no es muy gradable para llevarla de copiloto. Y parten con rumbo a un destino que ninguno tiene conciencia de que exista.

Lucia es hoy la esposa de Jaime. Es una de las mujeres mas bellas que cualquier hombre pudo soñar. Jaime no sólo esta enamorado de Lucia, su sentimiento va mas allá de lo puramente humano. Jaime cree que Dios fracasó donde él ha triunfado. 

Jose

En una tarde lluviosa, cuando la melancolía me envuelve y me pide que haga algo positivo o que llore

Esclavos o dependientes


¿Qué es esto?

¿Restos fósiles de animales prehistóricos?

Me apresuro a decir que no y, también, nada de lo que mis lectores puedan imaginar. ¿Tiene que ver con el título de esta entrada? No lo sé a ciencia cierta si habla de esclavitud o de dependencia.

Un esclavo es alguien que carece de libertad personal, que es propiedad de otra persona que dispone de su vida a su antojo. También se dice de alguien que es “dependiente” voluntario de alguien o algo, de lo que no puede sustraerse si ha de sentirse bien.

Una persona dependiente es alguien condicionado por algo o por alguien, pero no de forma esclavizante, puede disponer en todo o en parte sustraerse a esa dependencia.

Ambos términos tienen nexos comunes, voy a intentar separarlos en mi caso.

Si hay algo que me abruma, es descargar la cisterna del water y ver que no corre el agua, que no se lleva mis restos orgánicos normalmente a no sé dónde, que nunca me importó, luego parece resolverse por sí mismo. La sociedad me puso a mi ese servicio, servicio que pago, esa posibilidad impagable. Hasta aquí soy un hombre libre, no esclavo ni dependiente de mis detritus, salvo por causas propias, fisiológicas con solución.

Y sucedió. Esa mañana, y después de quedarme a gusto, pulsé el botón de la cisterna, Como siempre, me quedo observando el proceso. En esta ocasión desde el primer instante tuve la sensación de que aquello no iba como de costumbre. En lugar de tragarse el agua y lo demás con la fuerza de la succión, el nivel del agua comenzó a subir en la taza del water, el efecto Cariolis no apareció (El efecto Coriolis hace que un objeto se mueve sobre el radio de un disco en rotación, normalmente agua cuando se desagua), y aquello parecía una pequeña balsa emergente, perfecta para la flotación, perfecta para la observación permanente. Todo aquello que estaba acostumbrado a ver a diario y desaparecer, ahora parecía querer amargarme el día. Lo que veía era mío, sí, pero al apretar el botón de la cisterna le había dicho adiós.

Era un viernes. Un fontanero como mínimo podría venir el lunes siguiente. Yo no tenía otras ocupaciones y me dispuse a buscar la solución. En ese momento me sentí sólo dependiente, dependiente de un sistema que fallaba, sin experiencia previa para resolverlo. Pensé. Quizá metiendo una guía de fontanero que había utilizado antes para el fregadero de la cocina. Se tragó su longitud sin encontrar obstáculo. Algo más largo, concluí, y comencé a introducir un cable de telefonía con alma de acero. Metí y metí. Calculé que llevaba dentro más de diez metros y aún no había encontrado la resistencia esperada, aunque sí alguna. Lo saqué para comprobar si había topado con algo que podía aparecer en la punta, deduciría, así, que obstruía la tubería. Resultó un fiasco. El cable se había plegado, quizá en una curva, y la punta limpia. Se me ocurrió ir a la arqueta situada a treinta metros del water, fuera de la casa, allí descargaban los bajantes de las dos casas que luego usan un sistema común. Podía introducir una manguera hasta donde pudiera e inyectar agua a presión. Lo hice, pero sin resolver el problema en el primer intento. Pude meter una longitud de manguera algo superior al cable. Cuando ya no entraba más, la saqué con el mismo propósito, ver si me daba una pista del contenido del tapón. Y, efectivamente, el extremo de la manguera estaba impregnado de una sustancia indescriptible, parecida al jabón, de consistencia más sólida. Si era aquello lo que obstruía la cañería, sin acceso a ella por estar enterrada bajo la casa, el problema yo no lo podría resolver, quizá los fontaneros tuviesen máquinas para este tipo de problemas. Quizá el lunes pudiese quedar resuelto.

Me sentí dependiente de aquella “mierda” y acepté la esclavitud siguiente. Tenía todo el fin de semana para no sentirme un hombre libre , pero luchando por ganarme la libertad, que, al parecer, siempre te la debes estar ganando.

Lo que siguió fue una constante vejación. Cada intento por destruir aquel tapón era un fracaso. Podía, nunca mejor dicho, haber mandado a la mierda aquel asunto y esperar que el tiempo y alguien con medios lo resolviera. Pero no acostumbro a rendirme, amo la libertad hasta en los pequeños detalles, y durante horas seguí intentando destruir aquel tapón. Allí donde creía que la manguera topaba con él, yo la extraía y volvía a empujar de nuevo con más brío. Sólo al cabo de horas con ese procedimiento, en la arqueta sinfónica comenzó a aparecer unas cosas pequeñas, blanquecinas, que flotaban. Ya manchado de mierda hasta el codo, las saque con la mano para observarlas y pude confirmar que aquello bien podía ser el material que formaba el tapón. Aquella aparición y tener ya una clara evidencia, hizo que me animara. La manguera parecía la solución para destruir aquello que ahora me había convertido en esclavo. Y empujé y empujé. La libertad es un bien que ha de procurarse siempre, si no lo haces no tiene sentido tu vida.

Y como esperaba de mi denodado empeño, comenzaron a aparecer trozos más grandes cada vez de aquella materia, hasta que mi alegría fue la del ser que está prisionero contra su voluntad y de pronto consigue abrir la cerradura de la celda y poder, así, escapar a la libertad. Ahora ya aparecían trozos enormes, uno tras el otro que fui sacando. Había destruido el tapón. y el agua corría libremente. En la arqueta di la bien venida a todo lo que en la tubería se había acumulado, y puedo asegurar que aquella visión, lejos de de asquearme, me llenó de orgullo.

En la foto se puede apreciar la ingente materia extraída que me esclavizó durante horas. ¿La causa?, el jabón en polvo que se utiliza en las lavadoras de ropa.