Minicuento de Navidad

–Cómo está, señora? –preguntó el viandante a una mujer ya entrada en años, o gastada prematuramente por la vida, que, sentada en un banco público, parecía ausente, de mirada perdida en los pensamientos, sin parecer interesada en el bullicio de la calle, llena de apresurados compradores para la cercana Navidad.

–Por qué me pregunta, caballero? –respondio la mujer, sin dirigirle la mirada, aparentemente congelada.

–La veo muy sola, nada parece interesarle de lo que le rodea. Si necesita que alguien la escuche, yo puedo hacerlo.

–No podría entenderme ni darme una solución.

–Podía probar. Quizá ya no confía en nadie, incluída usted misma. Hable, y le daré la razón si la tiene.

–Siéntese en esa esquina del banco, si lo desea, quizá me decida a hablar con usted.

El hombre, de edad aproximada a la mujer, se sentó sin dudarlo. Y sin girar su cabeza al lado donde se encontraba , entrelazó sus manos entre sus piernas y adoptó parecida actitud . Por un momento ambos permanecieron callados. La situación al hombre comenzó a parecerle embarazosa, no tenía nada nuevo que decirle ni preguntarle. Era una de esas situaciones en la que ninguno parece interesarse por el otro, a pesar de compartir el mismo banco.

Al fin, y utilizando el comodín obvio de presentrase,  el hombre le dijo:

–Me llamo Jesus, y soy, según dicen, el hijo de Dios Padre. En teoría yo debería tener la posibilidad de dar solución a cualquier problema que tengas, también consuelo. Desgraciadamente, y aunque ningún creyente lo entienda, tengo mis limitaciones. Si fuesen ilimitadas, nadie tendría que padecer, porque yo tendía remedio para todo lo que aflige a la humanidad. Estoy aquí de casualidad. El Padre me pidio que viniera y viera si podía hacer algo por alguien que lo necesitase. No es que tú hayas sido elegida entre todos los que padecen, en realidad ha sido una casualidad el encontrarme contigo.

La mujer, lejos de reaccionar ante aquella sorprendente presentación, siguió en su actitud de mutismo e indiferencia. El que había terminado de hablar, tambíén adoptó la misma postura, esperando que fuese la mujer la que hablase. Pasados unos minutos, que ninguno decía nada, alguien se acercó llevando un carrito de bebé con un supuesto bebé dentro. Era una joven, no muy agraciada, casi recién superada la pubertad. Su semblante parecía desencajado. Cuando se paró delante de la mujer sentada, musitó una casi inaudible frase.

–Madre, ya está, creo que mi bebé tendrá con esa familia más suerte que con nostros. No han querido el carrito, ellos le comprarán otro mejor.

El hombre sentado al lado pudo escuchar y entender la tragedia de aquella joven madre y la de la abuela. Se levantó y siguió su camino sin decir nada. No tenía ninguna solución para ellas.

 

 

The Deuce

Tengo que escribir, no tengo excusa, escribir era una necesidad, si no vital, si complementaria con otras manifestaciones que comportan mi vida. Ahora, hoy, no me apetece, es como algo superfluo de todo lo superfluo de lo que trato de huir. Pero en esto soy cobarde, y aquí estoy, aporrenado teclas queriendo decir algo insustancial, sin la pretensión de que sea transcendente.

Estoy viendo una serie americana, The Deuce. Trata de un tema escabroso: La prostitución, el porno, los proxenetas, la droga, la corrupción policial en Times Square, años 70 a 80. Es, en momentos, explícito sin llegar a pornográfico. Necesidad justificada de unos guionistas, que habrán pretendido hacer de la serie un documento lo más cercano a una realidad informativa de lo que allí sucedió. También una denuncia de la pasividad de una sociedad que ni lo veía ni lo sentía cercano. Para los que allí vivían, cualesquiera que fuese su modo de vida, aquel era su mundo, no había otro. La miseria y la indignidad de sus vidas no tenía alternativas. Para los que venían del confort, de la aparente dignidad, en sus coches con lunas tintadas, aquel lugar les proporcionaba el desahogo a sus bajos instintos y quién sabe si a sus frustraciones personales o de pareja. Luego que alcanzaban el objetivo, regresaban a sus habituales vidas de personas. Digo de personas, porque en el lugar que dejaban atrás, ni ellos ni los demás lo eran., por más que algunos personajes nos muevan a la compasión.

Como no hay mal que por bien no venga, El SIDA vino curar aquel mal , y el resultaado fue que los beneficios para todos bajaron hasta el punto de desaparecer el escalofriante escaparate callejero, para dar lugar a los asépticos burdeles, sanitariamente controlados. Si las prostitutas ganaron con ello y su oficio pasó de la esclavitud a la actividad laboral regulada, no lo sé. Quiero imaginar que desaparecieron los chulos con sus rolex, pulseras y collares de oro, con sus coches de marcas míticas, con sus vestimentas que chorreaban prepotencia. Por lo demás, no seré yo el que juzgue lo que libremente quiera hacer cualquier hombre o mujer con sus vidas. Si algo denuncio como humanamente indigno, es aquello que carece de estética. Es la diferencia entre una sociedad estructurada en la convivencia respetuosa con las formas y otra que no le importa mostrar la mugre más abyecta como el único lugar donde poder sentirse a gusto.

Tendré que dejar de ver la serie si quiero ser consecuente. No espero ese final feliz de los cuentos de hadas. Los productores sabrán qué les movió a crear esta serie, yo me temo que fue más por interés económico, que por buscar un rechazo social a los guetos que aún existen.

 

Vivir feliz y afortunado

Desde que tienes uso de razón, piensas en la vida que tienes por delante. Cuando alcanzas los cincuenta, comienzas a especular sobre la vida que te queda. Si llegas a los setenta, tu pensamiento cambia sustancialmente, y ya sólo te preocupa el día a día de tu estado de salud, que como cualquier cosa fungible, y el cuerpo humano lo es, lo vas manteniendo de achaques sobrevenidos, unos reales, otros de etiología sobrevalorada o hipocondriaca. Vas con frecuencia a consultas médicas y, cuando es necesario, con el tratameinto que te proponga el doctor de turno, sientes haber hecho lo que debías. Un estudio en varios centros de prestigio, concluyó que de los pertenecientes a la llamada tercera edad, obtuvo el resultado de 362 sujetos (83,8%, extrapolandolo a la población de hecho), que fue considerado significativo. El 83,1% de ellos utilizaba uno o más medicamentos a diario. No hago cálculos de lo que ese porcentaje supone, pero las empresas de los medicamentos deberían llevarle un ramo de flores a cada persona que alcanza esa tercera edad, al parecer la definitiva, pués nunca escuché de que existiera una cuarta.

De lo que aceptamos como habitual y normal, traigo aquí la historia de un hombre  singular que ha nacido de mi imaginación, quizá porque existe en mi subconsciente como un nexo entre la eternidad y el instinto de supervivencia impreso en nuestro genes.

Por llamarlo de alguna forma, lo llamaré Félix, que por venir del latín,  significa “Aquel que se considera feliz o afortunado”.

Félix tiene ochenta años, recien cumplidos. La pregunta subsiguiente sería: ¿puede Félix, en buena razón, considerarse un ser feliz y afortunado? Puede, esa es la respuesta que elabora mi subconsciente. Y me propone más: tú eres otro Félix, debes considerarte un ser feliz y afortunado.

Pero Félix también es consciencia, y sacudiendo levemente su cabeza a un lado y otro, analiza su situación real. Soy feliz y afortunado porque podía estar peor, utilizando el aforismo optimista del vaso medio lleno. Félix, pues, no es pesimista, para él la vida no es un tema impreso en un calendario, ni siquiera en un futurible para uso propio. Su realidad está enmarcada en un comportamiento diario. Tiene achaqués, sí, y se toma alguna pastilla, pero esa circunstancia no le deprime, al contrario, para él entra en la rutina diaria y le da seguridad, no preocupación, por lo que otros considerarían dependencia.

Con esa buena, excelente predisposición, Félix se levanta temprano cada día. A esa edad, o elaboras un programa o te sientas en un sillón a dormitar o recordar efemérides. El programa de Félix es levantarse, hacer unos estiramientos para recolocar sus vértebras desplazadas, ir al baño e intentar evacuar los restos de la ingesta del día anterior. Generalmente no lo consigue, pero sabe que sucederá si se toma un laxante natural. Orina, el chorro lo tiene ya olvidado, ahora es a golpes de esfinter, pequeños chorritos que terminan por vaciar su vejiga. Se levanta del water, la larga postura allí sentado le causa algún dolor articular que se le pasa pronto. Se acerca al lavabo, un día sí y otro no se ducha, que no es cosa de exagerar, cuando los franceses lo hacen una vez a la semana, o más. Se lava cara y axilas. Enjuaga su boca con un elexir y toma la dentadura postiza que la noche anterior había dejado en un vaso con agua. Meticuloso, le pasa un cepillo, la lava y se la coloca con una pasta fijadora. Hoy no toca afeitarse, tiene un eczema en la cara y no es conveniente tocarla hasta que se cure. Se pone unas gotas de colirio en los ojos, peina sus escasos cabellos que amanecieron reveldes, y sale de nuevo a su dormitorio. He de decir que vive sólo, su esposa felleció hace un año, tiene dos hijos que según él no los necesita para valerse. Se viste con patalón y chaqueta a juego, camisa blanca y corbata. Se mira en el espejo y se da por satisfecho.

Mentalmente repasa el programa. Toca desayunar. Pan integral con aceite de oliva extra virgen y miel. Para beber, café descafeinado con leche descremada. No usa el azucar, pues tiene tendencia a tener alta la glucosa en sangre. En ocasiones se pone una inyección de insulina y el tema queda resuelto. Félix sabe que el mejor tratamiento para estar saludable es no abusar de nada, y de algunas cosas ni catarlas.

El día comienza para Félix cuando termina de desayunar, lo mismo que para la mayoría de las personas.

Hoy, Félix tiene por la mañana dos asuntos ineludibles que debe atender: reponer de alimentos su frigorífico y alacena, y como aún conduce su viejo coche, irá primero a la consulta programada del médico de la Seguridad Social para que le informe del resultado de una análitica ordenada con anterioridad. Luego irá a  un super y comprará lo que lleva anotado en una lista.

–Siento decirte, Felix–le dice el doctor–, que tu analítica no es muy positiva, nada positiva. Se pueden considerar algunas cosas surgidas nuevas desde la última que te hiciste. La glucemia ha subido y ya se puede considerar como diabetes B, eso supone el uso diario y en varias ocasiones de insulina. Tienes algo de anemia, y habrá que ver la causa. Tambien tienes el colesterol y los trigliceridos altos,  te pediré un analísis específico para comprobar el estado de tus coronarias. La elevada creatinina indica que algo no funciona bien en tus riñones. También veremos eso. De las heces hay un indicador tumoral que en principio no es definitorio, por lo que debes volver a hacerte una colonsocopia para segurarnos de la evolución de los pólipos detectados en la anterior. Hay algunas cosas más, pero prefiero asegurarme con nuevas pruebas. Si te parece, vamos a programar un exámen general de tu salud. No te preocupes, casi todo tiene solución.

Félix salió de la consulta con varios volantes para hacerse pruebas médicas y una hoja de instrucciones.

El el hall del hospital, y en la primera papelera que encontró, deposító todos los papeles que le había dado el médico.

Tomó su coche y se fue al super. Por el camino iba pensando: “No hay cabrón que me impida ser feliz y afortunado”.

Por la tarde, después de la siesta, se acercó, como de costumbre, al club de jubilados. Allí le esperaba la habitual partida de mus con sus colegas y amigos. Hablaron de cosas, ninguna de los problemas de salud de cada uno.

Cenó ligero, vio la tele un rato, y se fue a la cama. Al día siguiente tenía un viaje con el Imserso, que no quería perderse por nada del mundo.

Felix, mientras vivió, poco importa cuánto, se sintió féliz y afortunado. Una muerte súbita impidió que cambiara de opinión.

Corolario: Sé feliz y afortunado mientras vives, no permitas que ningún cabrón te amargue la vida.

 

 

Elogio de la mierda


Usar la palabra mierda como argumento en algo escrito, se rechaza como políticamente incorrecto, chabacano, de mal gusto, impropio de un texto que se pretende elegante. No así, la expresión mierda es comodín habitual en el lenguaje hablado, diría que insustituible si queremos ser hiperclaros en una definición: esta novela es una mierda, mierda, perdí el tren!, qué mierda estás haciendo?, vete a la mierda!, y cien más de uso habitual, hasta por personas que se suponen educadas.

Teniendo por sabido que hablar de mi mierda puede parecer inadmisible para algún lector, por escatológico y cualquier otro calificativo sancionador que se le ocurra, le pido sustituya mentalmente la palabra mierda por el sinónimo que mas le acomode; apunto caca con cierto rubor, ya que su uso se circunscribe más bien a la mierda que defecan los bebés.

Voy, en esta ocasión, a hacer un elogio de mi mierda.

Todos estamos habituados a convivir con nuestra mierda, unos a diario, otros cada dos, tres días o más si padecen de estreñimiento. Todos, o casi todos, cuando nos levantamos del water echamos una mirada furtiva al fondo del mismo para comprobar que nuestra mierda cumple con los requisitos normales de color, textura y cantidad, que nos deja tranquilos, o intranquilos si algún elemento extraño aparece que pueda significar una disfunción de nuestro organismo. Se podría decir que la convivencia con nuestra mierda forma parte de los hábitos obligados que, afortunadamente, hasta nos proporciona cierto placer. Qué a gusto!, decimos o pensamos.

Y qué pretendo decir en esta ocasión de mi mierda, que es mi deseo elevar a elogio, algo no habitual?

Mi última reflexión en este blog hablaba de una operación de colon a la que me iba a someter en breve. Operación que ahora, sin apelar a la imaginación, ya es real. De ella nada puedo añadir, pues lo allí imaginado casi se ha desarrollado al pie de la letra. Salvo la preocupación mayor que apuntaba, y era la colocación de una bolsa extra corpórea, que no fue necesaria.

El postoperatorio discurrió con entera normalidad, y que todos conocéis por referencias o experiencia propia, por lo que lo obvio en este escrito. Sólo apunto que debo rendir un agradecimiento especial al cirujano, anestesista, ayudantes de quirófano y las enfermeras, todos humana y profesionalmente insuperables.

Mientras mi dieta era líquida, no tenía por qué pensar en mi mierda. Cuando ya me dieron de comer algo sólido, tampoco en los primeros días fue motivo de preocupación el que mi mierda se negara a darme satisfacción de verla en el fondo del water; todo mi intestino partía de estar vacío, además de la normal atonía posterior a una intervención quirúrgica que le afectaba directamente.

Los médicos me tranquilizaban cuando, a partir del cuarto día, les manifesté mi preocupación. Lo consideraban normal. Me daban de comer dieta blanda o semi, y está no dejaba muchos residuos en el tracto intestinal.

Pero ya no me sentí seguro a partir del quinto, sexto, sétimo día. Comía con buen apetito y abundante comida normal. Ya no tenía excusa. Mi ahelada mierda seguía  sin abandonar mi cuerpo. Me dediqué a buscar remedios, farmacéuticos o caseros; de los farmacéuticos no me salí de los prescritos por mis médicos, de los caseros casi todos: Mis amigos en las letras me apuntaron los suyos,, hasta usar ramas de perejil para estimular mi ano, google me aportó algunos más. Pero mi ano seguía sin mostrar otras señales que algunos esporádicos pedos, que yo trataba de entenderlos como buena señal, al menos el corte y pega practicado en mi colon parecía que tenía continuidad.

Hoy, por fin, volví a ver mi esperada mierda. Hasta quise hacerle una foto. Y era normal, sin ningún elemento estraño que me moviera a verla con suspicacia. A forma de elogio, estuve un buen rato contemplándola, sin decidirme a pulsar el dispositivo de la cisterna. Desde luego no llegué a pensar en guardarla en una caja, aunque merecía mejor destino que el sumidero.

Prueba, pues, superada. Ya sólo queda el resultado de la biopsia, que podría ser bueno o, por lo contrario, señalar que mi cuerpo estaba hecho una mierda. En fin.

P.S. Sin tratar de justificarme, puedo dar fe que la palabra mierda aparece en muchos textos literarios. García Márquez , por ejemplo, en Cien años de soledad utiliza ese denostado vocablo en 14 ocasiones, en divesos contextos, y, probablemente, no le quedó más remedio. Nadie se atrevería a susttuirla por un eufemismo o sinónimo, haría de esa gran obra un remedo cursi inaceptable.

Voy a añadir un poemilla que alguien escribio en el interior de una puerta del water. Viene a cuento, es anónimo, como todo lo que se escribe dentro de los waters pùblicos ,y que, en ocasiones. deberían formar parte de alguna antología literaria

No es un cuento

A veces, cansado de las noticias que me traen los seres humanos, previsibles casi todas, sintonizo una cadena de televisión que casi siempre habla de los otros. Los otros, digo, porque así le quito el carácter peyorativo que supondría llamarlos especies animales.
No voy a hablar de lo que somos capaces nosotros para procurarnos la supervivencia y de lo que son incapaces los otros para lo mismo. Son infinitos los testimonios a los que sólo les concedemos la categoría de normalidad. Qué es lo que la televisión me ha mostrado que alcanza la categoría de fantástico, sorprendente hasta parecerme increíble?

Una charca africana muestra una población de renacuajos sin apenas espacio para moverse. La cámara, en time lapse, muestra cómo gradualmente la charca se va desecando por falte de aporte de agua, mientras, a salvo, la rana macho, que debe ser el padre de toda aquella numerosa descendencia, observa. Los renacuajos están abocados a morir pronto si nada sucede. A la rana macho le queda poco tiempo para procesar cálculos matemáticos, mecánica de fluidos, el principio de Pascal y los vasos comunicantes, si quiere salvar a su prole. Ha debido encontrar la solución, la única posible, porque enseguida se pone a excavar. De un animal como una rana se podía pensar que no lo hacía siguiendo una pauta inteligente. Podía excavar un hoyo, arañar la tierra en una muestra de desesperación. No, la rana sabe lo que tiene que hacer y lo hace, como lo habríamos hecho los humanos, aunque quizá no todos.

Como el video es todo lo que esa rana se merece como homenaje, yo dejo de añadir más torpes palabras.

jeda y jasida

 

 

 

 

 

 

 

Ay! mi jasida, estos tiempos modernos no los previó Mahoma. Tampoco nos impuso vestir el Burka, que es cosa de extremistas islámicos. Ya ves que yo no lo llevo, aunque a veces me siento desnuda con este shayla, que deja al descubierto una parte de mi cuerpo. Siento vergüenza verte así, desnuda, jasida mía. Que Alá te perdone y Mahoma te guíe por el buen camino.

Pero jeda, tú sabes que nuestro profeta sólo imponía llevar el velo a sus mujeres, y era para no sentirse perturbado continuamente por ellas.

Sí, jasida, así era, pero tu vas desnuda, una provocación para los hombres que te vean. La mujer mahometana sólo pertenece al hombre que la adopta como esposa, no hace falta que se exprese, es una consecuencia. El Paraíso que se describe en el Corán está concebido para el goce del hombre, sin mención alguna al placer de la mujer.

Pero, jeda, aún no estamos en el paraíso, quiero que mi cuerpo se beneficie del sol, del aire que viene del mar, que lo bañe la espuma de las olas. No veo por qué mi cuerpo ha de esconderse, si es, además, bello.

Claro, según tú, yo escondo el mío porque es viejo, arrugado y ha perdido la voluptuosidad que exhiben tus formas. Yo también fui joven y nunca mi cuerpo provocó deseos de lujuria en los hombres. La mujer encarna y simboliza el desorden con su poder sexual y seductor, armas destructoras del orden establecido, y en consecuencia un peligro potencial para el hombre y la sociedad.

Pues mi jeda querida, creo que, te voy a hacer caso, y desde ahora voy a intentar destruir el orden establecido, llevar al abismo al hombre que me observe y acabar con esa sociedad que ha hecho de nosotras , las mujeres, meros objetos sexuales a su disposición. Cuando sea vieja como tú, seguramente me pondré un burka.

Jeda: abuela

Jasida: nieta

Luzi II

Pero Luzi no acepta su mala vida, su mala suerte. Ahora es así, no ha encontrado alternativa. No deja, sin embargo, de pensar que ella no ha venido a este mundo para ser una puta, pasto de buitres de medio pelo, asquerosos por dentro y por fuera. A veces piensa que su cuerpo no se presta a tener derecho de elección y no puede soñar con príncipes que se rindan a sus encantos. Si tuviera algún dinero ahorrado, podría ir a la peluquería, comprarse un vestido y zapatos bonitos, hacer una dieta rica en proteínas e hidratos de carbono que la metieran en carnes y buscar algún trabajo digno. Ella no siempre fue la mujer escuálida, desaliñada, mal vestida. Cuando hizo la primera comunión era una niña preciosa, de entonces guarda celosa algún recordatorio con la fotito en la que aparece vestida de blanco. También otra con unas amigas de la escuela, donde destaca su altura y su buen parecer. ¿Qué pudo pasar para que Luzi no mantuviera el proyecto de mujer, en línea con aquel primer boceto? Quedó huérfana a muy temprana edad, cuando todavía no había aprendido a volar sola. Una tía la acogió más por interés que por cariño. Se ganaba alojamiento y comida sirviendo a su tía, una mujer déspota que le exigía total sumisión a sus órdenes. Cuando no cumplía, a decir de aquella mujer, la dejaba sin comer.

Luzi, como tantas mujeres desorientadas, un día se escapó de casa de su tía. Un transportista de fruta la llevó a la ciudad a cambio de dejarse tocar y follar por el camino.

En la ciudad, Luzi pudo sobrevivir sirviendo como limpiadora, por horas, en algunas casas, mientras en su vientre y cuerpo aparecían los síntomas de la maternidad. Estaba embarazada. Sin duda el padre tenía que ser el transportista de fruta, pero ¿podía pretender Luzi encontrarlo y pedirle que compartiera la responsabilidad? Luzi pensó que lo haría. Visitó la entrada a la ciudad varias veces, quizá volviese a pasar por allí. No fue así.

Luzi parió en la maternidad de la Seguridad Social, en su condición de indigente. Una semana alojada allí y a la calle cumpliendo con el protocolo.

Había alquilado una habitación con derecho a cocina, que le suponía el gasto de la mitad de lo que ganaba limpiando. Pero a perro flaco todo son pulgas, y Luzi ya no pedía limpiar y cuidar a su bebe durante el día, la alternativa era dejar a su bebe en la cuna dormido y salir por la noche a buscar unos euros como fuese. Una compañera de piso se prestó a echarle una ojeada al bebé mientras se ausentaba. Ese como fuese fue probar con la prostitución callejera, el horario era el más flexible y le permitía, a la vez, ser una madre responsable.

Ya resignada aunque no vencida, Luzi un día salió muy temprano de casa, llevaba a su bebe en un carrito que alguien había dejado abandonado al lado de los contenedores de basura. Había tenido una idea. Recordó que el hombre de la fruta le había comentado que llevaba la fruta al mercado de mayoristas. Y allí se dirigió, no tenía nada mejor que hacer. El mercado estaba en pleno trasiego de camiones que entraban y salían. Luzi se situó a la entrada del recinto observando cada vehículo. La frecuencia de estos era menor a medida que pasaba el tiempo. “Quizá hoy no tenia que venir”, se decía Luzi a modo de consuelo y sin perder la esperanza.

Luzi siguió viniendo en sucesivos días, y cada día que pasaba su esperanza, que no era infinita, iba disminuyendo.
Uno de esos días, ya regresando a casa, un camión disminuyó la velocidad al llegar a su altura. Luzi miró a la cabina del conductor y se cruzó, también, con la mirada de éste. Se habían reconocido. Luzi con la mano pidió que parara y éste se paró un poco más adelante, en una zona abierta que no dificultaba el tráfico. Luzi aceleró el paso hasta llegar a su altura. Su corazón pugnaba por salir por su boca.
—Hola, Luzi, ¿qué haces tú por aquí? —Le dice sin salir de la cabina.
—Quería verte
—¿Para qué? No creo que aquel polvo fuese lo mejor que te ha pasado en la vida y quieras repetirlo.
—En cierto modo sí. No por el polvo, sino por las consecuencias, —le dice Luzi adelantando el carrito.
—Oye, ¿qué consecuencias? Yo soy un hombre casado, ¿no querrás liarme endosándome ese niño que llevas contigo?
—No pretendo tal cosa. El niño es tuyo, o tú eres el padre, y ahora que lo sabes, tú sabrás qué quieres hacer con él. Seguramente alguna vez pensaste que correrte dentro de mí podía tener estas consecuencias. ¿No quieres verle la cara? Quizá le encuentres algo parecido. Luego haz lo que quieras, no te preocupes, no te demandaré el reconocimiento de la paternidad.
—Pues bien parece que es eso lo que pretendes. Luzi, hacer eso arruinará mi vida familiar, ya tengo dos hijos y una hija, ¿cómo podría explicarlo?
—No lo sé, y tampoco sé bien lo que quiero que hagas. Creo que sólo quería que mi bebé conociera a su padre y el padre a su hijo. Parece justo.
Aquel hombre se bajó del camión y se dirigió al carrito. Miró al bebe. Se fijo en un lunar en la mejilla, el mismo que tenía él en idéntico lugar. Nadie lo hubiese considerado definitivo, pero para aquel hombre fue como un pellizco en su corazón.
—Está bien, creo que no me engañas, pero esto me supera, nunca pensé que me pudiera suceder. ¿Qué quieres que haga?
—Ya te he dicho a qué he venido, eres tú el que debes decidir. Si quieres, nunca más nos volverás a ver.
—Luzi, ahora estoy confundido y no sé qué decir. Deja que lo piense. Te prometo que haré algo. Dime donde vives.

Ese algo tardó en llegar. Luzi ya no pensaba en ello. Un día, una joven pregunta por ella.
—¿Tú eres Luzi?
—Sí, ¿qué deseas?
—Vengo a conocer a mi hermano.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Luzi, o el realismo mágico

Luzi es una mujer desorientada, o porque nunca encontró un norte al que dirigirse en pos de más luz. La noche es su aliada.

Luzi regresa a su casa muy tarde, son las dos de la madrugada. Acaba de dejar la calle, donde ejerce de puta de bajo nivel. Su lugar de trabajo es un polígono industrial a las afueras de la ciudad. Tiene que competir con un exceso de profesionales del sexo, incluyendo travestis y chaperos. No ha sido una buena noche, sólo un hombre rudo y sucio ha reclamado sus servicios. El forcejeo dura poco, Luzi acepta los 20 euros que aquel tipo está dispuesto a pagarle. Por ese precio, Luzi deberá hacer lo que él quiera, y lo toma o lo deja. Luzi no puede regresar a casa de vacío, a la mañana siguiente deberá comprar unos potitos para alimentar a su bebé, sólo le queda un poco de leche para cuando regrese, leche no precisamente de sus pechos, secos por la desnutrición endémica que padece.

En ocasiones, la noche se da mejor, mejor el trabajo y mejor el salario. Pero esta noche no ha sido así y tiene que aceptar lo que hay. Luzi vive al día, no puede permitirse una noche en blanco, o en negro según se mire.

Por 20 euros ha tenido que doblegarse a la voluntad de aquel tipo. La ruta es sucia, maloliente. Luzi entra en la furgoneta de aquel cliente, que enseguida se desabrocha la bragueta y le muestra a Luzi por donde ha de empezar. Chupar aquella polla sucia, de calostro fétido produce a Luzi arcadas. Se resiste a meterla en su boca, pero el tipo la coge del pelo y la fuerza. Luzi hubiese querido que todo terminara allí, pero el tipo parece de largo recorrido. La sienta a horcajadas frente a él y la penetra mientras la babosea y manosea . Tampoco el tipo llega a término y pasa a la fase siguiente. Aquel individuo no sabe de delicadezas y fuerza su polla a entrar por el ano de Luzi. Luzi se queja, le hace daño y el tío le tapa la boca. Todo termina ahí, el tío se corre y ya no da para más. Fin del viaje. Le abre la puerta a Luzi y la despide pidiéndole que vuelva mañana. Luzi se va y emprende el largo camino hasta su casa. En su mano aprieta el billete de 20 euros. Por su mejilla corren lágrimas. Prefiere llorar ahora, a que su bebé la vea. Parece una buena madre.

 

Julia y el poeta seductor

Julia es una joven tímida, tal que si un hombre la mira se pone colorada, y si la toca se pone lívida, envarada, como si esperara de un momento a otro el ataque de una cobra. Con esa disposición, no es de extrañar que le sucediera lo que a continuación se relata.

Julia busca en Internet sensaciones que llevarse a la entrepierna estéril, pasando, desde luego, por su corazón sensible, que es el que filtra todo aquello que es simplemente grosero.

Julia ha encontrado un blog buscando en Google por la palabra clave, “poeta inédito”. Los poetas consagrados no debe pensar que estén a su alcance, además de estar muy manoseados.

Julia pica con el ratón una entrada sugerente, se trata de quien se autodenomina “poeta para el desconsuelo”. Julia no atisba de momento el alcance, pero le suena a que ese poeta se dirige a ella. Entra temerosa en el blog,  y lo primero que fija su mirada es la foto del autor. Lo ve un poco desaliñado, pelo revuelto por done quiere, barba por donde le da la gana, camisa  con cuello aparentemente mal abrochada, pero la boca, eso sí, es la de un hombre capaz de hacer cualquier cosa con ella. Julia se pasa la mano por los labios intentando ocultar un suspiro. Julia saca una conclusión, quizá precipitada, se trata de un poeta auténtico, los poetas verdaderos no cuidan su aspecto externo, de tan ocupados como están de mostrar la belleza que ocultan.
Julia, seguidamente, busca esa belleza y lee el poema que el poeta a colocado al lado de su fotografía a modo de tarjeta de presentación. Julia lee mascando cada palabra, como si cada una de ellas proporcionara una delicada sensación. El autor de este escrito no puede sino constatar que se debe tratar de una sensación, sin precisar su etiología, sólo con ver a Julia morderse el labio inferior y cerrar intermitente sus ojos, deduce que debe tratarse de una sensación preorgásmica.

Julia termina de leer aquel aperitivo y se dispone a devorar todo el menú que el poeta le ofrece.
Han pasado dos horas de intensa lectura y Julia yace exhausta en su butaca reclinable, los ojos en blanco, el labio inferior, de su boca, sangrando y la falda remangada hasta la cintura. El autor de este escrito da por supuesto que el lector@a ya tiene una composición más menos exacta sobre lo sucedido, por lo que obvia los detalles.

Julia no pierde el tiempo. Una vez repuesta del trance, copia el enlace a un correo que el poeta ofrece, y llena de valor guerrero, se dirige al poeta en estos términos:

Mi admirado poeta. Quiero expresarte mi agradecimiento por haber puesto a mi alcance tu  maravillosa poesía. Jamás un poeta me proporcionó las sensaciones que he experimentado leyéndote. Espero que no te parezca una descarada si te digo que me gustaría conocerte cualquier día, a cualquier hora, donde quieras. Tu rendida admiradora

Julia

Y como era de esperar, al poeta, al que tampoco le sobran ocasiones, le falta tiempo para responder a Julia que se siente muy honrrado por tener una lectora tan entregada, y propone un encuentro para el día siguiente, a las 10 AM, en la cafetería del supermercado Carrefour, para desayunar juntos.

A Julia no le parece muy apropiado el lugar, habría preferido un lugar más romántico, pero también piensa que los poetas son imprevisibles y que el lugar era concordante con el aspecto del hombre, algo que a aquellas alturas bien debe ser considerado irrelevante.

Y se conocen. Julia está tan obnubilada, que es incapaz de ver en su poeta algo más que la música celestial que suena en sus oídos cuando habla.

Dionisio Multicapas, que así se llama el gran sueño de Julia, tarda una semana en llevar al huerto  a su más que entregada admiradora. A Julia le parece que no debe dar la sensación de ser una estrecha y tampoco facilona, así que va dando tiempo al tiempo. Un motel es el lugar donde consumar aquella especie de adoración exprés. El motel tampoco a Julia le parece lo más idóneo, pero acepta sin dudarlo los términos propuestos por Dionisio, en aras a descubrir la verdadera esencia del poeta.

Julia está expectante a la vez que excitada. Si aquel poeta es la mitad de lo que insinúa en sus poemas, el encuentro, en esta ocasión con todo incluido, puede ser de infarto.

Pero Julia pronto es presa de desencanto. No es necesario dar más esperanza a hallazgos ocultos que la hagan cambiar de criterio. Aquel poeta, desnudo, es incapaz de   llenar ninguna perspectiva, no ya poética, incluso prosaica. Julia, repuesta de su estupor, se viste ante la mirada incrédula de Dionisio,  y sale de la habitación si dar ninguna explicación.

El autor de este escrito no es capaz  de describir lo que a Jiulia le pareció determinante para romper el sortilegio que la palabra le había proporcionado, lo que sí puede decir es que la poesía y los poetas son, en la mayoría de la ocasiones,  esencialmente incompatibles.

Creo que me estoy volviendo tierno

Un niño de siete años rompió la hucha de barro, recogió las pocas monedas que contenía y las metió en uno de los bolsillos del pantalón. Escondió los restos de la hucha entre unos matorrales y, muy decidido, se dirigió a una tienda. Allí vendían petardos y cohetes, aún no los habían prohibido, aunque sí los más potentes, que  sólo estaban a disposición de personas adultas. Con el dinero de la hucha, aquel niño compró un cohete y regresó a casa. En la habitación donde dormía había una mesa pequeña que le servía de escritorio para estudiar. Se sentó,  cogió un papel en blanco y un boli, y, sin dudarlo, se puso a escribir.

Querida mamá,  papá me ha dicho que estás en el Cielo. Quiero que sepas que he sacado muy buenas notas en el cole, y que  te vas a poner muy contenta cuando te enteres. Te quiero, mamá. 

El niño enrolló el papel escrito alrededor de la cañita del cohete y salió de su casa.

Y mirando al cielo, hacia allí lo dirigió. El cohete se perdió entre las nubes. Al otro lado debía encontrarse la madre de aquel niño esperando noticias.