Julia y el poeta seductor

Julia es una joven tímida, tal que si un hombre la mira se pone colorada, y si la toca se pone lívida, envarada, como si esperara de un momento a otro el ataque de una cobra. Con esa disposición, no es de extrañar que le sucediera lo que a continuación se relata.

Julia busca en Internet sensaciones que llevarse a la entrepierna estéril, pasando, desde luego, por su corazón sensible, que es el que filtra todo aquello que es simplemente grosero.

Julia ha encontrado un blog buscando en Google por la palabra clave, “poeta inédito”. Los poetas consagrados no debe pensar que estén a su alcance, además de estar muy manoseados.

Julia pica con el ratón una entrada sugerente, se trata de quien se autodenomina “poeta para el desconsuelo”. Julia no atisba de momento el alcance, pero le suena a que ese poeta se dirige a ella. Entra temerosa en el blog,  y lo primero que fija su mirada es la foto del autor. Lo ve un poco desaliñado, pelo revuelto por done quiere, barba por donde le da la gana, camisa  con cuello aparentemente mal abrochada, pero la boca, eso sí, es la de un hombre capaz de hacer cualquier cosa con ella. Julia se pasa la mano por los labios intentando ocultar un suspiro. Julia saca una conclusión, quizá precipitada, se trata de un poeta auténtico, los poetas verdaderos no cuidan su aspecto externo, de tan ocupados como están de mostrar la belleza que ocultan.
Julia, seguidamente, busca esa belleza y lee el poema que el poeta a colocado al lado de su fotografía a modo de tarjeta de presentación. Julia lee mascando cada palabra, como si cada una de ellas proporcionara una delicada sensación. El autor de este escrito no puede sino constatar que se debe tratar de una sensación, sin precisar su etiología, sólo con ver a Julia morderse el labio inferior y cerrar intermitente sus ojos, deduce que debe tratarse de una sensación preorgásmica.

Julia termina de leer aquel aperitivo y se dispone a devorar todo el menú que el poeta le ofrece.
Han pasado dos horas de intensa lectura y Julia yace exhausta en su butaca reclinable, los ojos en blanco, el labio inferior, de su boca, sangrando y la falda remangada hasta la cintura. El autor de este escrito da por supuesto que el lector@a ya tiene una composición más menos exacta sobre lo sucedido, por lo que obvia los detalles.

Julia no pierde el tiempo. Una vez repuesta del trance, copia el enlace a un correo que el poeta ofrece, y llena de valor guerrero, se dirige al poeta en estos términos:

Mi admirado poeta. Quiero expresarte mi agradecimiento por haber puesto a mi alcance tu  maravillosa poesía. Jamás un poeta me proporcionó las sensaciones que he experimentado leyéndote. Espero que no te parezca una descarada si te digo que me gustaría conocerte cualquier día, a cualquier hora, donde quieras. Tu rendida admiradora

Julia

Y como era de esperar, al poeta, al que tampoco le sobran ocasiones, le falta tiempo para responder a Julia que se siente muy honrrado por tener una lectora tan entregada, y propone un encuentro para el día siguiente, a las 10 AM, en la cafetería del supermercado Carrefour, para desayunar juntos.

A Julia no le parece muy apropiado el lugar, habría preferido un lugar más romántico, pero también piensa que los poetas son imprevisibles y que el lugar era concordante con el aspecto del hombre, algo que a aquellas alturas bien debe ser considerado irrelevante.

Y se conocen. Julia está tan obnubilada, que es incapaz de ver en su poeta algo más que la música celestial que suena en sus oídos cuando habla.

Dionisio Multicapas, que así se llama el gran sueño de Julia, tarda una semana en llevar al huerto  a su más que entregada admiradora. A Julia le parece que no debe dar la sensación de ser una estrecha y tampoco facilona, así que va dando tiempo al tiempo. Un motel es el lugar donde consumar aquella especie de adoración exprés. El motel tampoco a Julia le parece lo más idóneo, pero acepta sin dudarlo los términos propuestos por Dionisio, en aras a descubrir la verdadera esencia del poeta.

Julia está expectante a la vez que excitada. Si aquel poeta es la mitad de lo que insinúa en sus poemas, el encuentro, en esta ocasión con todo incluido, puede ser de infarto.

Pero Julia pronto es presa de desencanto. No es necesario dar más esperanza a hallazgos ocultos que la hagan cambiar de criterio. Aquel poeta, desnudo, es incapaz de   llenar ninguna perspectiva, no ya poética, incluso prosaica. Julia, repuesta de su estupor, se viste ante la mirada incrédula de Dionisio,  y sale de la habitación si dar ninguna explicación.

El autor de este escrito no es capaz  de describir lo que a Jiulia le pareció determinante para romper el sortilegio que la palabra le había proporcionado, lo que sí puede decir es que la poesía y los poetas son, en la mayoría de la ocasiones,  esencialmente incompatibles.

Creo que me estoy volviendo tierno

Un niño de siete años rompió la hucha de barro, recogió las pocas monedas que contenía y las metió en uno de los bolsillos del pantalón. Escondió los restos de la hucha entre unos matorrales y, muy decidido, se dirigió a una tienda. Allí vendían petardos y cohetes, aún no los habían prohibido, aunque sí los más potentes, que  sólo estaban a disposición de personas adultas. Con el dinero de la hucha, aquel niño compró un cohete y regresó a casa. En la habitación donde dormía había una mesa pequeña que le servía de escritorio para estudiar. Se sentó,  cogió un papel en blanco y un boli, y, sin dudarlo, se puso a escribir.

Querida mamá,  papá me ha dicho que estás en el Cielo. Quiero que sepas que he sacado muy buenas notas en el cole, y que  te vas a poner muy contenta cuando te enteres. Te quiero, mamá. 

El niño enrolló el papel escrito alrededor de la cañita del cohete y salió de su casa.

Y mirando al cielo, hacia allí lo dirigió. El cohete se perdió entre las nubes. Al otro lado debía encontrarse la madre de aquel niño esperando noticias.

María y los médicos

María fue a su médico de familia, según ella, había perdido el apetito y estaba adelgazando alarmantemente. El médico le preguntó algunas cosas ajenas al caso y María no supo qué responder con coherencia. El médico la miró por un instante largo y le dijo: María, vas a ir al psicólogo, es muy común que tu problema tiene que ver que un estado de ansiedad, pues no veo nada orgánico anormal. Mientras la consulta del psicólogo tenia lugar, María debería tomar unas pastillas de vitaminas.

María fue empeorando durante la semana que tuvo que esperar la consulta del psicólogo. Descartado el efecto nulo de las vitaminas, parecía claro que el motivo era la ansiedad de la que le había hablado su médico.

El psicólogo, un joven, con el título bajo el brazo, pareció que se tomaba muy en serio el caso de María. Le hizo muchas preguntas que a María le parecieron, cuanto menos, caprichosas: que si era casada, separada, soltera y tenía o no novio, que como llevaba su vida sexual, que si tenía animales de compañía y cuáles. Y de la respiración, que si respiraba bien, si le dolía el estómago, el pecho, si sentía cansancio sin hacer esfuerzo, si soñaba y sus sueños eran pesadillas con sensación de peligro inminente, si  tenia celos, temor a la muerte, si le fallaba la memoria y la atención, si se sentía incapaz de sobreponerse a las dificultades, a los desencuentros sociales…. María dudaba a dónde pretendía llegar aquel psicólogo con cuestionario tan exhaustivo, no obstante le fue respondiendo a todas las preguntas, pues nada perdía con ello, y aunque algunas eran sobre cuestiones íntimas, María, que era religiosa, consideró aquella consulta confesión como si la hubiese realizado en un confesionario ante un cura exigente.

–––Bueno, María, creo que ya puedo hacer un diagnóstico, pero, dado que yo no te puedo recetar medicamentos apropiados, te sugiero visites a un psiquiatra, que él sí está autorizado  para ello.
–––Pero doctor ¿qué es lo que tengo según su diagnostico?, preguntó María, presa, si cabe, de mayor ansiedad.
El doctor levantó la vista del informe que estaba escribiendo, miró a su paciente y le dijo:
–––Ya lo digo en el informe. Se lo llevas al psiquiatra y él lo continuará.
–––¿No me puede adelantar algo?
–––María, a todas mis preguntas has respondido dentro de los parámetros de la coherencia, menos a una. Te pregunté si tenías miedo a la muerte y me respondiste que en absoluto. Esa respuesta es incoherente con el hecho de que te hayas preocupado y hayas venido mi consulta, por lo que deduzco que padeces de Esquizofrenia indiferenciada, y en ese extremo, será el psiquiatra el que la evalué y, consecuentemente, la trate.

María fue al psiquiatra, al neurólogo, al ginecólogo, al digestivo Y ya no fue a ningún facultativo más, porque se suicidó. ¿La razón? Probablemente porque no tenía miedo a la muerte en absoluto.

Algo y nada, minicuento

Cuando , como en mi caso, no se tiene nada que hacer, nada que decir a un interlocutor que te escuche, ningún proyecto que iniciar o seguir, ninguna perspectiva que visualices, y así podría continuar el catálogo de nada es nada, el pensamiento se alía con la imaginación y te parece que algo es algo.

Por qué imaginé que una mujer, encerrada en su jaula de soledad, con un niño en su regazo, y otra mujer que, lejos de acompañarla, acrecentaba más la sensación de soledad, podía ser ese algo que fijaba una salida de la nada, no lo sé. Tampoco importa dar sentido a los pensamientos que no cambian mínimamente la proyección de tu vida. Están ahí, por un instante, y luego se desvanecen. Pueden servir para un minirelato con el propósito de permanencia, si consigo que se instale en un hueco de la nada que aqueje a mis lectores y amigos.

La que parece la madre del niño, lo mira incrédula. No acepta que está muerto por la miseria. Escuálida, poco antes había estrujado el pezón de uno sus pechos arrugados. No tenía leche. En su lugar, una perla de suero salió de aquella fuente de vida agotada. La madre no dudó en  aprovecharla, y la recogió en la yema de su dedo índice. Con ella humedeció los labios secos y cuarteados de su bebé, que, agradecido, abrió los ojos levemente para mirar a su madre. Pereció suplicarle ¿mamá, no me das más? Resignado volvió a cerrar sus ojitos para siempre, no había vida sin esperanza.

Después de relatar lo que antecede, me digo pesimista: ¿algo es algo?, porque muchas cosas que parecen algo no sirven para nada.

JDD

Ex machina

Ex machina

No tengo idea del significado de este título, conozco el significado de otras expresiones que contienen estas dos palabras: Deus ex machina, por ejemplo.
Quiero suponer que la locución latina se puede traducir como más allá de la máquina, con traducción libre, por supuesto. Si me atengo a esta definición, ya puedo glosar la película Ex machina. Porque, en efecto, el prototipo de mujer robot que centra el argumento es eso, algo más allá de la máquina. Hay muñecas inflables muy sofisticadas capaces de despertar la imaginación y otras cosas en el hombre, pero estas creaciones son muy primitivas. Hoy se intenta que a esas muñecas se le dote de la mal llamada inteligencia artificial. No voy a caer en la trampa de demostrar por qué yo digo que es mal llamada inteligencia artificial, naufragaría frente a una expresión acuñada por los expertos de los que de ninguno tengo referencia haya usado mi expresión. Pero si puedo dar mi impresión, que está lejos de una definición. Cuando a una máquina se la dota de inteligencia artificial, lo que se consigue es que esa máquina haga cosas para las que necesariamente se le supone un cierto grado de inteligencia; que sea no natural no desdice del término inteligencia, de lo contrario se usaría otro término.

Pero el cine no tiene barreras para adelantarnos futuribles que nos permiten vislumbrar el poder disfrutar – a veces angustiarnos- de lo que nos deparará el futuro. Verne fue un precursor de futuribles, que el tiempo los hizo realmente presentes. Siendo esto cierto, no debemos sorprendernos al ver esta extraña historia que presenta la película Ex machina. Un robot más allá de la máquina es Ava, y es más allá de la máquina porque está dotada de inteligencia (deliberadamente suprimo el adjetivo artificial). Esta máquina ya no es una máquina, se la dotado de un cerebro como el más sofisticado hardware capaz de almacenar toda la información que contienen los ordenadores de Google. Tiene autonomía de pensamiento, quizá sólo de razonamiento lógico. En cualquier caso, más allá de sus transparencias puramente mecánicas, para que no nos distraigamos de que es una máquina, Ava es una bellísima creación capaz de ser envidiada por los ángeles. También es un objeto sexual en muchos aspectos, que no le falta algo tan imprescindible como aquellos elementos que hacen que una mujer sea deseable y capaz de dar satisfacción al hombre. Pero si sólo se quedase en eso, estaríamos definiendo a una muñeca inflable de última generación. Ava es más. Y sólo dejo aquí un apunte que, definitivamente, la convierte en más allá de una máquina. Ava es capaz de utilizar al hombre que la creó para incorporarse al mundo real como un ser no humano, pero sólo porque sus capacidades son infinitamente superiores, aunque sólo sea porque es imposible que se equivoque. Y como en futuribles no soy escéptico, me sobrecoge sólo pensar que pudiera encontrarme con algo así y terminar abducido, porque mi mente no estaría a su altura, y no tendría armas para contrarrestar su imprevisibilidad. Queramos o no, no podemos negar que el futuro, como las películas, no tiene obstáculos insalvables. Nos queda la certeza, que somos los seres humanos los que haremos ese futuro, y depende de nosotros manejar los límites, antes de que esas más allá de las máquinas, terminen manejándonos a nosotros.

Follar o hacer el amor

-No quiero hacer el amor contigo, eres demasiado delicada, demasiado etérea para penetrarte con mi burda y ciega polla

Así hablaba Miguel a la joven que se sentaba al otro lado de la mesa de un velador callejero de Madrid. Ciertamente era una mujer casi transparente, su vestido también contribuía a aquel aspecto fantasmal que sólo Miguel podía ver. Ella le sonreía, como si quisiera celebrar aquella salida original de su compañero o decirle que no le creía. Miguel la miraba mientras acercaba la taza de café a sus labios, y tomaba un poco sin absorber el liquido.

-Y que te hace suponer que yo te aceptaría? –preguntó mientras también acercaba su taza a los labios.

-Mujer, ese parece ser el final, la cumbre de una relación entre un hombre y una mujer.

-Sí, pero puede que tu no seas mi hombre.

Miguel se vio atrapado en su propia contradicción. La miró fijamente, sin decir palabra, no se atrevió a preguntar, pretendía descubrir así si aquella mujer le rechazaría. No obtuvo ninguna respuesta y se sintió avergonzado de haber utilizado una premisa insultante para ella-
-Perdona, no debí hacer de ti un objeto pasivo, dependiente de mi única voluntad.

La joven le sonrió, esta vez con una sonrisa abierta, casi sonora. Finalmente se puso seria y le dijo:

-Mira, Miguel, no me ha molestado lo que has dicho, si me sorprende esa peculiar consideración tuya. No soy un ángel asexuado, hacer el amor con un hombre no forma parte de mis exclusiones. Si crees que soy tan delicada como ves, espera que se de el caso, y procura ser tú delicado.

Miguel estaba confuso, no sabia bien como interpretar aquellas palabras, qué tenía que hacer para ser delicado, según ella? Le preguntó:

-Qué quieres decir? No comprendo, sólo hay una forma de follar.

Ella soltó una carcajada. Se la veía divertida, dueña de la situación. Finalmente se calmó y le dijo:

-Mi querido Miguel, no seas primitivo creyendo que hacer el amor es sacar y meter tu burda polla en mi vagina, eso es follar. Probablemente tampoco es mi deseo follar contigo. Si sucede que hacemos el amor, tú mismo veras la diferencia y sabrás comportarte.

-Crees que hay una diferencia? No la veo.

-Repito, espera a que se de esa circunstancia y tus ojos se abrirán.

Tomaron el ultimo sorbo de café y ambos se levantaron como un resorte. Se tomaron de la mano y caminaron a paso cada vez mas acelerado. Legaron al portal de un inmueble y tomaron el ascensor. Miguel la penetró allí mismo de forma salvaje, cuando le llegó la calma, le dijo:

-Querida, ya he visto la diferencia, hacer el amor es follar en un ascensor.

JDD

la sonrisa

Vivíamos en la ciudad. Mi esposa no soportaba vivir en la finca. Aunque teníamos una casa acogedora y con comodidades, ella la consideraba una especie de tumba en la que se sentía enterrada en vida. Por no soportar a diario sus reproches, accedí a comprarnos una vivienda en la ciudad con la condición de no vender la finca. Yo iría por la mañana a atender los animales, los árboles frutales y el huerto. Era mi vida y no hubiese podido prescindir de ella. Acababa de obtener la jubilación anticipada y sólo tenía sesenta años. Para ella, las tiendas, un par de amigas y las reuniones para cotillear de esto y aquello era todo lo que deseaba. Nuestra relación de matrimonio se podía decir que era un convenio tácito de convivencia, sin otras gratificaciones. Ella se encontraba bien sin mí y yo sin ella, al menos en lo que a compartir horas juntos se refería. Ni siquiera los domingos cambiábamos nuestros hábitos respectivos. Así llevábamos un año, exactamente desde el día en que dejé de trabajar.
Día primero
Era un día cualquiera…
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Agustín Garcia Calvo y yo

Eran tiempos de vino y rosas. Zamora era un pueblo grande, con más curas que cabezas de ganado. Los jóvenes como yo no vislumbrábamos el futuro, bastante teníamos con hacer llevadero el presente. El presente no era otro que estudiar el bachillerato, pasar curso, pasar el menos hambre posible y ligar las jóvenes zamoranas hasta donde se dejaran; en mi caso debía ser monógamo y muy pronto más que ligar, quedé atrapado por la que es mi esposa actual. En ese marco ramplón, falangista, católico, un hombre marcó algunas de mis pulsiones de entonces y mis reflexiones de madurez. Un profesor atípico. Dejó embararaza a una alumna y aceptó su responsabilidad casándose con ella. ¡Por dios, no iba a misa los domingos y fiestas de guardar! Un profesor ateo en medio del fervor del Nacional Catolicismo. Un profesor atípico, digo, en tiempos de la letra con sangre entra, que daba aprobado general anunciado el primer día de clase. ¿Qué suponía Don Agustín, que los estudiantes íbamos a esforzarnos en aprender latín para demostrarle que teníamos orgullo y no queríamos nada regalado? La clase era un trámite, nadie sabía otra cosa que declinar rosa rosae. A las chicas sólo les interesaba su postura, se sentaba en el borde de su mesa, una pierna más alta que la otra. A los chicos no sé, en mi caso intentaba adivinar de qué pasta estaba hecho aquel hombre que rompía con todos los moldes utilizados para una sociedad adormecida y uniformada. Era catedrático y se había ganado la plaza de profesor de latín en el Instituto con nota cum laude. Quizá se pensó en echarle de allí por el perverso ejemplo que daba, pero allí siguió hasta que sacó plaza en la Universidad de Salamanca. En el claustro comía aparte. Siempre se le veía solo, los demás profesores procuraban evitar ser contaminados. Hombre visionario, descargaba adrenalina montando teatro. Lo mismo traducía a Shakespeare para representar a Macbech, (Hamlet no le interesaba) que reunía en su casa a un grupo reducido de estudiantes para ensayar teatro leído de algún autor maldito, como Alejandro Casona (Nuestra Natacha, El Barco sin pescador…) Bertolt Brecht . Al contrario que el profesor de matemáticas que en una ocasión y por escrito nos preguntó qué queríamos ser cuando termináramos el bachiller, el nos hablaba de futuro de forma genérica, haciendo hincapié en los valores que conformaban la personalidad del individuo. Es verosímil ahora el comprobar que esa debió ser su obsesión de siempre.

Y debió ser aquel hombre el revulsivo de mi conciencia pacata el que me volvió inconformista con mi conciencia uniformada. Dejé de ir a misa, de creer en, primero en la parafernalia en torno a Dios y luego en Dios mismo, abandoné la filiación falangista y comencé a ver en el Franquismo al enemigo de mi conciencia recién estrenada.

A Don Agustín le perdí la pista, yo no estudiaba en la universidad en la que él impartía sus lecciones magistrales. Pasado bastante tiempo intenté comprender, sin lograrlo, un escrito suyo aparecido en algún periódico. Yo ya tenía mi propio criterio formado y aquello que leí no me decía nada en su favor ni en mi provecho. Llegué a pensar que, visto su estrafalario aspecto, estaba algo ido de la cabeza.

Hoy, que acaba de fallecer, he conocido lo que se dice de él. Parece que fue siempre fiel a sí mismo. Quizá su indomable espíritu le impidió mayores reconocimientos, de haberlos merecido. Yo, en esta ocasión, sólo me pregunto si fue una luz en mi camino. Descansa en paz, el hombre que destruyó el infierno.

¡Embarazada!

Tenía 16 años cuando todo comenzó a cambiar en su vida. Tampoco en su entorno familiar sospecharon lo que le sucedía a la “niña”. Es cierto que la madre le preguntaba cada mes: “¿No te ha venido la regla?”. Ella le respondía: “No, mamá, ¿quieres que vayamos al médico?”. La madre le respondía que eso estaba dentro de la normalidad, quizá porque había nacido prematura. Pero la niña comenzó a notar que algo raro sucedía en su vientre: un aparatoso abultamiento, algún movimiento convulsivo… algo que parecía moverse dentro. La madre ya no tuvo dudas, todo apuntaba a que la niña estaba embarazada. “¿Quién ha sido?”, preguntó a su hija, manifestando así su máxima preocupación. La joven no entendió la pregunta; “Quién ha sido, qué?” La madre, algo fuera de sí, la cogió por los hombros y, después de zarandearla, le dijo: “Quién va a ser, el malnacido que te ha dejado preñada.” La niña seguía sin entender. Sabía lo que era estar embarazada. Sabía, también, que eso era consecuencia de “acostarse” con un hombre, y hasta sabía qué tenía que haber hecho para que tal cosa sucediera. “Mamá, no he estado con ningún chico, si es lo que quieres saber.” La madre, fuera de sí, le dio una bofetada a su hija a la vez que le gritaba: “¡Mentirosa! ¿Ha sido el Espíritu Santo, no? A ver, explícame con todo detalle, y según tú, qué has hecho para estar embarazada.” La chica reculó unos pasos para estar lejos de la ira de su madre y, llorosa, respondió: “Mamá, te puedo jurar que no he estado con nadie haciendo lo que piensas, sabes que soy fea, poca cosa como mujer, causo indiferencia a los chicos, ninguno se acerca a mí para hablarme y menos para tocarme, si estoy embarazada, yo soy la primera sorprendida.” La madre, que no creía en milagros, siguió recriminándole que mentía, que algo inconfesable le ocultaba y que, por las buenas o por las malas, iba a saber quién había sido el que había dejado preñada a su hija y que ella se encargaría de que asumiera su responsabilidad.

Mientras la madre indagaba por aquí y por allá para conocer las relaciones de amistad de su hija, especialmente preguntando a las jóvenes de su edad, María, que curiosamente así se llamaba la joven, dejaba pasar los días sufriendo la nula complicidad de su madre, aunque agradeciendo que aún no estuviera al corriente su padre de lo que estaba sucediendo. Por otra parte, también resultaba extraño que aquel bulto y aquellos espasmos parecían haberse estabilizado sin progreso de ningún tipo. La joven ya estaba en las manos de su madre,y si tenía que hacer algo, debería esperar a que ella lo ordenase. Y así, algo tan normal como ir a visitar al médico para que confirmase el estado de su hija, la madre lo descartó desde el principio, al menos hasta saber quién era el padre. Creía la madre, que el secreto sería su mejor aliado para sorprender al responsable.

Un día, María después de pasar toda la noche sintiéndose mal, y cuando ya no pudo más, le dijo a su madre lo que le sucedía. “¿Has mojado la cama? Quizá se presenta un parto prematuro, como pasó contigo.” La joven le respondió, agarrándose el vientre para mitigar el dolor: “ No, mamá, sólo un fuerte dolor en el vientre. Quiero que me lleves al médico.” La madre, aunque remisa en principio, aceptó finalmente llevar a su hija al hospital, quizá su aspecto deplorable la asustó y ya no encontró excusa.

María entró en el hospital por “Urgencias”. Después de dos hora de exploraciones, un breve parte médico daba cuenta del diagnóstico: “Joven ingresada con fuertes dolores abdominales. De las exploración protocolizada, se deduce que es un caso de pseudociesis. Debe seguir con el tratamiento fármaco prescrito y posterior psicológico.”

De algún modo, aquel falso embarazo supuso para María un duro golpe, pues había empezado a ilusionarse con su maternidad, y sabía que con su aspecto jamás quedaría embarazada de verdad.

Elegia por Jaime

Jaime era un caso típico de persona acomodada al papel forzado que pusieron en sus manos allá por su niñez. Su voluntad careció, incluso, de la única contingencia que disponemos a lo largo de la vida: seguir nuestro destino en lugar del que se empeñan en marcarnos. Fue así que sus padres lo metieron en el seminario, como el que dispone de un mueble de su propiedad.

Jaime, al principio, aquello lo llevó mal, pero allí estaban preparados para esas contingencias menores, producto natural de una voluntad infantil siempre rebelde a lo que marcan los cánones, y poco a poco, sin encrucijadas en su camino -no había caminos alternativos dentro de los muros de aquel centro-, tomó el único camino que visualizaba su dirigido y unívoco pensamiento. Así, Jaime, sin elección posible, se aferró a su profesión de fe, cimentada de miedos y esperanzas, y aceptó ser vasallo del Dios que le habían pintado; se volvió beligerante con los hombres libres y fue un buen cura, casi perfecto. Ponía tanto ardor en los cometidos de su ministerio, que llegaba a las gentes metiéndoles el miedo en el cuerpo, el mismo miedo que él sentía. En definitiva era de lo que se trataba. Pero como todo los miedos inducidos, era un miedo que cada cuál soslayaba a su modo; el que más y el que menos, fuera de su influencia, hacía de su capa un sayo y se tiraba al monte, gracias a Dios. Él los perdonaba siempre, ¡cómo no!, en el nombre del Señor, y no era severo en las penitencias, quizá por un cierto espíritu liberal, o agiornado, como decían de él los pedantes.

Jaime, de naturaleza exuberante, también era un hombre que se abrasaba de deseos. Cuando esto ocurría, siempre hacía lo mismo: imploraba a su Dios la fuerza necesaria para superarlos. Casi siempre lo conseguía, y digo casi, porque en sus sueños las cosas no eran así. Jaime no comprendía aquella doble vida, la de la vigilia virtuosa y la de unos sueños, al decir de él, siempre de pecado y sin su Dios como referencia. Y así iba transcurriendo su vida, seca de día en soles ardientes y por la noche húmeda de rocíos balsámicos.

Una noche fue especial, coherente de secuencias, larga de sensaciones, completa de satisfacciones, libre.

Jaime sentía vivir en un mundo diferente. Era un mundo sin Dios, sin pecado, sin miedos; no existían leyes, mandamientos, ni jueces de togas negras y ojos negros de fuego negro. La vida discurría placida y todos los humanos parecían felices y contentos. No se rezaba, ni se imploraba, ni se ocultaban, ni se exhibían; simplemente estaban allí, exentos de maldiciones y de prejuicios. Y Jaime vestía una blanca túnica -que no existía el negro-, y caminaba descalzo por un verde prado -que no existían caminos-, y un arroyo era la música, y las flores el aroma, y las nubes, viajeras, carrozas blancas que transportaban veloces los pensamientos efímeros de los hombres. Todo eran sensaciones; no se pensaba, ni se razonaba, ni se imaginaba, ni se hablaba, sólo se sentía. Y en aquel mundo de los sentidos, Jaime los desplegaba todos, los abrazaba todos, los entregaba y los recibía todos, fundiendo su cuerpo con otro cuerpo, el cuerpo de una forma etérea en forma de mujer.

Cuando Jaime despertó, intentó volver al sueño. Jaime estaba extenuado, bañado de sudores que resbalaban sobre su cuerpo en perlas de nácar. Y cerró los ojos para no ver el día del pecado, de la virtud vencida, y de nuevo se dormía. Su corazón, roto de espasmos, dejó dormir, al fin, a aquel martirizado cuerpo para siempre.