María y el destino

El dia había comenzado desapacible, no llovía, pero un aguanieve acariciaba el rostro de María como si alguien o algo quiesiera refrescar el flujo sanguineo que pujnaba por acumularse en su cara. Entre dos luces, aún las farolas encendidas, María caminaba con aspecto sonambulo por la calle desierta, nada se movía a excepción de María y la sombra que la acompañaba, unas veces delante, otras detrás. Sin duda María estaba viviendo un momento que ella nunca habría querido vivir. Pero estaba claro que nadie es dueño de su destino, y tampoco María se esforzaba en dominarlo, más bien se dejaba llevar sin la menor oposición. Siempre había sido así.

María acababa de tomar una decisión que para la mayoría sería calificada de inaceptable en unas circunstancias similares. No era un destino elegido, consciente, había sido así sin una explicación que lo justificara. Porque María había abandonado el hogar, y todo lo que representaba: esposo, hijos, pertenencias propias y… recuerdos. Sin duda todo, a excepción de los recuerdos, era el bagaje positivo de una vida, pero los recuerdos era otra cosa intangible, aunque debió ser determinante en la decisión de María.

María siempre mamnifestó cierta reveldía contra todo lo establecido por la sociedad, una sociedad que se protegía así de los intentos particulares de subvertir los cimientos sobre los que se había edificado durante toda la historia de la humanidad.

Digo cierta reveldía, porque María no había dejado de transigir con pequeñas y medianas imposiciones que habían tratado de uniformarla a lo largo de la vida. Y lo había hecho porque los argumentos de la sociedad  eran tan fuertes que ella no encontraba forma de oponerse.

Algo sucedió que María aquel día, temprano, cuando la sociedad dormía, debió pensar que no valía la pena seguir manteniendo la postura de mujer entregada, sumisa ante el destino que cada día se escribía para ella.

Se levantó, en esta ocasión decidida a no volver a la cama. Su esposo dormía profundamente. Con sigilo se vistió con la misma ropa que había llevado el día anterior, recogio del suelo los zapatos que había calzado el día anterior, y salió del dormitorio. Sólo su vista dedicó una furtiva mirada a su esposo. Por el pasillo, con sumo cuidado, fue entrehabriendo  las puertas de tres dormitorios. En cada uno de ellos, en sendas camas, dormían los seis hijos que había parido, criado, sufrido y gozado a partes iguales. Del esposo los recuedos, buenos y malos, pujnaban por imponer su propia inercia. Después de recorrer los rostros de aquellos seres, ni un mínimo gesto de indecisión pareció disuadirla. Se dirigió a la cocina. Ya no podía dar marcha atrás a un corazón que había cerrado todas las puertas a la vida que iba a dejar.

Salió de casa y cerró la puerta con llave.

María no esperó a verificar que su plan se habia ejecutado como lo había planeado.  En el viaducto se arrojó al vacío, falleció en el acto.

Ya era hora de llevantarse. El esposó se sentó en el borde de la cama y mecánicamente encendío un  cigarrillo. La explosión fue enorme, tal que  destruyó la casa desde los cimientos.

La sociedad determinó que María había sido la causante, dejando la llave del gas abierta, y seguramente en un acto de enajenación mental, imposible suponer otras causas que debilitaran sus principios.

Esa noche dormí mal (Dedicado a Claudia)

Recupero, de 2004, esta verídica historia que escenifica un suceso lastimoso, más por su localización que por lo jodidamente doloroso que fue. No se lo deseo a nadie. Y se lo dedico a Claudia, “Hola, Claudia.  Me cuenta tu padre que ya pasaste por el mismo mal trago y que todo ha ido bien. Anímate y cuéntanos tu experiencia”

***

Esa noche dormí mal; debería añadir que peor que en otras ocasiones. Lo normal para mí es no dormir bien, y luego eso lo noto en mi cuerpo, en todo mi cuerpo, con la sensación de haber efectuado trabajos forzados. Me recupero durante el día, si como es mi costumbre, no hago nada de ejercicio físico ni trabajo que no sea el ocasional que demanda mi casa.

Pero esa noche que dormí mal, pareciera especial tan sólo por una razón: me dolía el culo, o por centrar el dolor, éste estaba localizado en la zona llamada perianal. Palabra de honor que yo no había hecho nada y, por supuesto, nadie me había hecho nada por allí.

Continuar leyendo “Esa noche dormí mal (Dedicado a Claudia)”

¿Por qué soy cómo soy?

¿Por qué soy como soy, que todo parece estar contra mí? Nada me consuela, nada me restituye la normalidad. ¿Qué puedo hacer para que los abrojos se vuelvan flores, los caminos transitables en paseos reparadores, las otras almas latan a mi lado sus penas y alegrías? ¿Qué puedo hacer que no me sienta abandonado a mi suerte, la suerte del miserable? Si alguien me dice ¡vive!, yo sólo siento que muero. Si alguien me ofrece flores, temo por las espinas de sus tallos. Si alguien me muestra un camino de sosiego, yo temo a los precipicios que acechan. Si alguien me muestra su alma, yo la confundo con un corazón enfermo. Cuando me veo miserable, me aferro a ese destino incontingente. No puedo evitarlo

No estoy hablando de mí.

Continuar leyendo “¿Por qué soy cómo soy?”

Otras historias

También hay historias en las que ni la vida ni la muerte aparecen por ninguna parte. Son historias completas; es decir, que principian y terminan. Son estas las historias de los sentimientos de los hombres y de las mujeres entrecruzados. Contaré una de estas historias, quizá poco original, pero merece ser una historia en sí misma.

Continuar leyendo “Otras historias”

El aniversario

Cada mañana sonaba el despertador para él, siempre a las 7 AM, excepto los fines de semana. Mi sueño se interrumpía bruscamente con el timbrazo, que yo aceptaba como inevitable. Luego retomaba el sueño. Mi hora de levantarme era alrededor de la 9 AM. No es que yo fuese más perezosa que él. Yo me acostaba más tarde. Él cenaba, veía el último informativo de la tele y se acostaba. Yo me quedaba recogiendo la mesa, luego planchando la camisa que se pondría a la mañana siguiente para ir al trabajo. Sólo la noche del sábado al domingo coincidíamos alterando la rutina diaria. Después de unos forzados tocamientos, me penetraba, hacía su trabajo y me volvía la espalda, ya dormido. Después de 5 años de casados, esa era toda nuestra relación íntima en los últimos tres, quizá cuatro, no lo recuerdo bien. Cumplíamos, pues, un lustro de casados, o unidos por convenciones sociales. 

Continuar leyendo “El aniversario”

La Maleta–2

Comprobado que los escritor@s que visitan este blog  no han recogido el guante que les eché para que aventuraran un final a La Maleta, me siento en la obligación de hacerlo yo. No me queda otra que hacer del relato un cuento.

¿Qué podía tener la maleta del relato que posteé ayer? Podía ser algo truculento que, descubierto, habría terminado con los novios en la cárcel. Y ante esa perspectiva, les sucedió lo relatado. Sería un final previsible, nada original.

Veámoslo de otra forma. Los recién casados, todos, van a emprender una nueva vida, generalmente llena de promesas: una familia, una casa, hijos, prosperidad…

Todas esas cosas intangibles son, de momento, sueños. Ahora pongámonos dentro del relato. Está claro que  es un escenario real, en el que podríamos describir lo que lo novios meten en la maleta. Fuese lo que fuese, y evitando el fácil recurso a pruebas inculpatorias de carácter penal, pensemos por un momento en el espíritu que subyace en todo cuento: la ilusión. Los novios se casan porque es el marco en el que han depositado todas sus ilusiones. Olvidemos el relato y ahora estamos  dentro del cuento. No vemos en los rostros de los novios sino felicidad; al fin se van a realizar todos sus sueños. Atrás ha quedado otra vida que sólo fue la preparación para la nueva que van a vivir. ¿Y dónde ver, tocar todos esos sueños de la pareja? Van a viajar con ellos, ¿dónde? Como digo, hemos convertido  el relato en un cuento. En los cuentos la fantasía es imprescindible, consustancial con el cuento. Si decimos que los novios tenían esta o aquella ilusión, eso es un relato. Si decimos que los novios habían metido todos sus sueños en una maleta, estamos describiendo un cuento. Y siendo así, y lo admitimos porque estamos metidos en el cuento, ¿qué podía hacer la pareja de recién casados, a los que les han robado todos sus sueños que habían guardado en la maleta? La consecuencia parece lógica,  proporcional, todo lo lógica y proporcional que permite la narración de un cuento.

 

 

La maleta

Dejaron a los invitados bailando. Se habían casado a mediodía. Presidieron el banquete junto a sus padres y padrinos. Todos comprendieron que los novios quisieran desaparecer cuanto antes de allí. Con alguna chufla graciosa de los asistentes, que hacían velada mención a lo que iban a hacer, se fueron algo sonrojados.

Habían reservado la suite nupcial en un hotelito coqueto, íntimo, situado en una montaña cercana a la ciudad, en plena naturaleza salvaje, recomendado por amigos que ya lo habían utilizado para ocasión similar.

Llegaron con el coche regalo de boda de los padres del novio. Se acercaron con una pequeña maleta al mostrador de la recepción y se identificaron:

Continuar leyendo “La maleta”

El director de cine

El director de la película estaba sentado en su silla de director, no en vano la silla tenía en su respaldo escrito DIRECTOR, bien visible y con letras gordas, para que nadie lo ocupara por distracción.

Delante y detrás de él pululaban un sinfín de personas, muchas de ellas ayudantes con cometidos concretos en la película que estaban rodando. El director era un hombre muy serio, con cara de pocos amigos y hasta un pelín cruel con la gente que manejaba, siempre a su antojo, sin discusión posible. Estaban rodando una escena de amor romántico en un parque con los dos protagonistas principales, hombre y mujer en este caso, jóvenes y de buen ver. Sentados en un banco, y previa colocación sugerida u ordenada por el director, se disponían a iniciar la escena, sólo esperaban la orden

–¡Silencio, se rueda!

Continuar leyendo “El director de cine”