Lucía

Liviana, escuálida, inestable en su caminar sin rumbo,  Lucía parece la sombra de una representación artística de la miseria.  Tiene los ojos incrustados en la cara como dos esmeraldas sumidas en las cuencas de una calavera. Las greñas que cubren su cabeza caen ingrávidas y desordenadas. Los labios tienen una minima carnosidad y se repliegan sobre una dentadura ennegtecida y con múltiples pérdidas. Vestida con una camiseta sucia y una falda que. para que nada sea generoso en ella, le llega hasta la mitad  del femur, pues dicir muslos seria una ironía sarcastica. Lucía  no muestra nada que pueda perturbar a los ojos lascisvos de los hombres. Y ese cuerpo mínimo debe tener, sin embargo, un corazón que bombea  sangre como los arroyos que se forman en un desierto despues de una tempestad, sin fertilizarlo, un corazón que no sabe de amar y no haber sido amado. Su cerebro que no le pide acabar con su vida, quizá porque ni muerta devolveria a la tierra una minima recompensa. 

Un hombre de mediana edad la observa de cerca sin que Lucía se aperciba. El hombre ha determinado que ese despojo de mujer puede ser lo más importante que le haya sucedido en su vida.  Piensa que quizá sea irrecuperable, que los daños en su cuerpo sean irreversibles, pero está decidido a intentarlo. Se acerca más a ella yendo por detrás. Vacila. En un impulso heroico la toma del brazo, que se escurre entre su mano. Lucía no tiene la sensación de protección  que podia estar esperando, menos la de un intruso que quiera aprovecharse de ella. Lucía sólo siente que aquella mano le permite una mayor estabilidad en su erguida posición. El hombre la conduce hacia un automobil aparcado cerca. Le abre la puerta trasera, su olor no es muy gradable para llevarla de copiloto. Y parten con rumbo a un destino que ninguno tiene conciencia de que exista.

Lucia es hoy la esposa de Jaime. Es una de las mujeres mas bellas que cualquier hombre pudo soñar. Jaime no sólo esta enamorado de Lucia, su sentimiento va mas allá de lo puramente humano. Jaime cree que Dios fracasó donde él ha triunfado. 

Jose

En una tarde lluviosa, cuando la melancolía me envuelve y me pide que haga algo positivo o que llore

Confesión de una joven virgen

La joven siente la necesidad de decírselo a su madre, la tiene por su mejor amiga, es una madre moderna, abierta a las tendencias del momento, sin reparo a todas aquellas que rompen esquemas en las que ella fue educada y observó a la edad de su hija, anterior y posterior hasta que se fue agiornando a los nuevos tiempos.

La joven se dirige a su madre con la misma seguridad que para darle los buenos días.

–Mamá, quiero decirte algo.

Es la primera vez que su hija emplea ese críptico comienzo para hablar con ella. Debe ser algo importante, con cierta e implícita vacilación previa de su hija. Siempre fue directa, al grano, sin esperar la disposición de su madre a escucharla. La madre está de espalda a su hija, sentada ésta a la mesa de la cocina, preparando unas tostadas, unos huevos revueltos y bacon, amen de un batido de chocolate para su hija y un café con leche para ella. El padre y esposo se ha ido una hora antes al banco donde trabaja, con el tiempo medido para superar el tapón de tráfico que va a encontrarse. La joven va en el metro hasta una cierta parada y allí coge el autobús que la deja a las puertas de la universidad, donde acaba de comenzar el primer curso de psicología. La madre, sin volverse, algo inquieta por lo que pueda decirle su hija, le dice:

–Debe ser importante, querida, sabes que no necesitas ni permiso ni atraer mi atención, ¿qué quieres decirme?

No por la expectación lógica que ha despertado en su madre, ésta interrumpe el mismo ritmo preparando el desayuno. La joven guarda un silencio que parece una eternidad, el ambiente parece recargarse de presagios, la madre no se atreve a volverse para no tener que adivinar la tragedia en los ojos de su hija, si tiene que manifestar una emoción primera al escuchar a su hija, prefiere ocultársela, le dará tiempo a preparar la respuesta oportuna a la confesión que le haga. Al fin el silencio se rompe, la hija ya no tiene intención de andar con rodeos, y dice:

–Creo que Dios quiere que eche mi primer polvo.

Continuará, si Dios quiere.

Y Dios no quiso.

Este ensayo de atosigante naturalismo tiene una explicación. Los escritores que abusan de los textos naturalistas parecen creer que los lectores necesitan se les dé pelos y señales de las circunstancias que rodean a sus personajes. A veces he pensado que son algo idiotas al desestimar la capacidad del lector para imaginar lo sustancial que, para nada, modifica la trama principal. Es en un cínico ejercicio en el que he querido, de forma exagerada, poner ante el lector ante tamaño despropósito. Alguien me ha criticado, me parece bien, pero me hubiese gustado que el texto le pareciera lo que es.

Y le respondí

La verdad que tu beso de despedida me supo a poco, pero con imaginación le saqué algo de partido. Tómalo como una broma, querida, no esperaba ese beso sin contenido explícito.

Ya casi no me acuerdo de tu “cuento”. Acostumbrado estoy a leer cosas de otros y otras en mi relación literaria con amigos en las letras, sólo analizo la calidad literaria de los escritos hot que me envían, luego, si te he leído no me acuerdo. Con lo tuyo me ha pasado igual. Después del shock que recibí en una primera lectura y en el que quise estar a tu altura en expresiones de igual tenor (algo menos), pasé a analizar literariamente el escrito. Me pareció notable para alguien a la que no le suponía inquietudes literarias sobre el amor y sus excesos. Quizá esa disposición  mía se debe a que en mi solitaria vida de vez en cuando veo porno para ver mi estado de forma, concluyendo siempre que estoy fatal, o que el porno no es la solución, quizá esto mío ya no lo levanta ni el gato de un coche. Sólo me queda la esperanza de que no sea así cuando tenga la ocasión de pasar de la imaginación a los hechos, pero no me planteo buscar esa posibilidad, me asusta la verdad. Así que tranquila, querida, que no me solazo, (solazo de a un a solas mayúsculo), con tu cuento, y lo siento, porque quizá pusiste al escribirlo buena intención de ayudarme. Así que nada de sentir vergüenza, si acaso porque crees que inevitablemente ibas a crear en mí un supuesto alcanzable, lo cuaL, YA DIGO, en mi caso no fue así. Tampoco lo tomes como un fracaso personal, repito que tu escrito me parece notable como literatura erótica. Si tienes algo más, me lo envías, ahora ya estoy vacunado, y en las comas y los puntos puedo enseñarte, en lo demás, seguramente aprenderé mucho de tu forma de estructurar los relatos calientes.
Otra cosa en la que sí me sorprendiste fue en tu declaración de lo que te sucedió hace mucho tiempo. Eso no fue literatura.  Casualmente por entonces yo también te “soñé” en alguna ocasión. Me gustaba tu pelo largo azabache, tu boca pintada con intención provocativa, tus piernas largas y de carnes firmes y, sobre todo, tu trasero, tu trasero, por dios, que imaginaba el centro del universo, y quizá lo siga siendo. Pero de aquel pasado ya sólo podemos lamentar que no aprovecháramos la ocasión, cuando, al menos yo, estaba en plena forma.
Un beso, como quieras sentirlo, querida.

Cuento sin mala intención

En abril de 2019 me quedaría solo en casa. En mi cabeza comenzaba una especie de efervescencia sobre la oportunidad que me brindaba tal situación. Internet me ofrecía citas a domicilio. Me gustaba cocinar, disfrutar de una denostada soledad que a mí me atraía. Pero nada de eso me hacia sentir inquieto. Como un monotema recurrente, algo se fijó en mi cerebro: coincidiendo con la Semana Santa, ella estaría libre, le ofrecería pasar unos días conmigo. Si aceptaba, intentaría que me secundara en un deseo que siempre se había quedado en pensamiento. Íbamos a vivir juntos una aventura, no ya erótica, profundamente sexual, quizá algo más, vital. Mi casa por esos días la convertiría en templo de los asentidos. Contaba con mis limitaciones, las clásicas en un viejo versus una joven, pero aunque estuviese plenamente dotado, tampoco sería una perfomance nada original. Tenía que apelar a mi imaginación para que me diera pautas nuevas, no restrictivas para según qué edad. Y a ello comencé a dedicarle tiempo, porque improvisar algo así te puede arruinar el intento.

Si algo no encontré habitual en las prácticas sexuales, después de visionar múltiples videos porno, tampoco recordando películas o lecturas eróticas, fue de qué forma podía yo penetrar, a través de la vagina, todo mi cuerpo en el cuerpo de mi compañera de juegos. Esto, que parece una barbaridad, es la culminación del acto sexual. Cuando se penetra a una mujer, con tu pene, con tu lengua, con los dedos. Y ella goza en el intento, más cuanto más profundo, y tú te esfuerzas en llegar a lo más profundo, lo que está sucediendo es el deseo de penetrar y ser penetrada en la totalidad de los cuerpos. El orgasmo es la culminación de ese deseo, deseo frustrado por la incapacidad física. ¿Cómo, pues, superar esa incapacidad física y lograr que se obtenga la suma satisfacción de fusionar dos cuerpos que vivamente se desean?

No te retires cuando tu cuerpo se frustra en el intento. Abraza a tu pareja con fuerza creciente, hasta que sientas, hasta que sienta dolor. Los medios utilizados para abrir camino ya no sirven, fueron los adelantados en la exploración que acabó cuando el camino se cerró en angostura y se batieron en retirada. Ahora son los brazos los que protagonizan el intento, hasta que sus músculos se aflojen llenos de ácido láctico, de creatina, y si así no lo consigues, mejor caminar en solitario.

¿Le parecerá suficiente a ella? Lo intentaré, no dispongo de otros recursos que nos haga gozar intensamente y de forma inolvidable. Lo ya conocido se olvida, o se reemplaza.

Ocasión perdida

Ayer fui, como de costumbre, a hacer mi compra semanal al supermercado. Lo que no tenía previsto era encontrarme en la puerta a la rumana, disfrazada de mendiga, que siempre está allí, sentada en una esquina de la puerta, con la mirada llena del suelo y una mano extendida implorando caridad. Digo que no tenía previsto verla, porque estas cosas habituales no se gravan en la memoria, son como el mobiliario urbano que, inamovible, está ahí por si lo necesitas, siempre en el mismo lugar de la calle.

Empujando el carro de la compra me disponía a entrar en la tienda, cuando un sonido ininteligible me hace volver la vista al origen del mismo. Había sido emitido por la mujer que ya constituía para mí un accesorio conocido. Sin levantar la vista del suelo, extiende el brazo para acercarme más la mano, con la palma hacia arriba, una mano sucia, unas uñas indescriptiblemente largas y sucias. Apenas si se distinguían las rayas de la palma. Detuve mi caminar fijándome en las borrosas lineas por ver si podía adivinar algo de aquella mujer. La observación fue enojosa cuando, no percibiendo con claridad lo que pretendía, acerqué mis ojos a aquella mano. Imposible obtener una información medianamente concluyente. Tampoco podía dialogar con aquella mujer para confirmar o desmentir lo que apenas percibía en un ejercicio quiromántico de circunstancia. Fuese por la suciedad o porque la mano que observaba no tuviese lineas claramente definitorias, tuve el presentimiento de que ocultaba deliberadamente aspectos de su vida que podían no estar en consonancia con su realidad aparente.

La mujer no manifestó ningún desagrado al verme parado frente a ella, si esperaba algo más de mi que curiosidad. Y yo, frustrado en mi intento de obtener alguna idea sobre la que pudiese escribir en este blog, abandone la escena y penetré en el local.

Apenas si mantuve la concentración en lo que deseaba comprar o en lo que me ofrecían las estanterías. En mi cabeza, por más que lo intentaba, no podía pergeñar un esbozo mínimo de relato que, necesariamente, habría sido de ficción basado en las apariencias. Pero, ¿sería justo que lo hiciese? ¿Y si mis elucubraciones se excedían en considerar la vida de esa mujer el desecho que aparentaba? Era común que la mendicidad no siempre representaba la realidad que nos quería transmitir, y podía ser el caso.

Hoy, en mi ausencia de ideas que llevar a mi blog, escribo la crónica de una frustración. Porque frustrante es no poder conocer la realidad de una persona y ser consecuente con el sentimiento que te puede inspirar. Quizá me perdí la ocasión de encontrarme con un ser humano interesante que hubiese dado significado a la linea de la vida que está marcada en mi mano.

Erotismo impostado

Dice la RAE sobre impostado: Artificial, falto de naturalidad, fingido. Alegría impostada.

En  muchas ocasiones, que no aparecen aquí, recibo comunicados de mis lectores y lectoras. Lo cierto es que ellos son siempre comedidos y ellas casi siempre con algún exceso verbal. Me referiré al caso que una de estas lectoras  ha puesto en mis manos para que me vea tentado a comentarlo.

Hago un extracto del correo recibido, en la seguridad de que vuestra imaginación suplirá las lagunas. ¿Por qué hago esto y no lo transcribo literal? Pues porque si alguna intencionalidad llevaba implícito, esa sólo me pertenece a mí. Seré, pues, reservado con el fondo y analítico con la forma.

Si un hombre y una mujer o dos del mismo sexo intercambian mensajes eróticos, será por dos únicos motivos: a) que quieran hacer del tema un ejercicio literario, b) que quieran poner a prueba la predisposición del contrario. Una pareja consolidada no escribe esas cosas, las ejecuta.

El correo recibido es de alguien próximo, que me conoce. Ayer me sorprendió con un texto que incendia hasta a un viejo como yo, a un mes de cumplir 80 años. Seguramente correos anteriores, de contenido ligero, tirando a ambiguo, propiciaron que mi corresponsal pensara en un regalo de cumpleaños apropiado para mí. Con algún alucinógeno como catalizador, el texto es de tan alto contenido erótico, y en el que suponía los dos éramos protagonistas, que resulta inverosímil si no lo encuadramos en la esfera pornográfica.

En su preámbulo ella supone que estoy solo en casa, se acerca a la puerta y toca el timbre intercomunicador. Pregunto quién es y me responde: “soy yo”. Sin cita previa, mi corazón se acelera. “¿Cómo, tú?” “Abre, te traigo un regalo de cumpleaños”, responde. Abro la puerta  incrédulo y allí está ella. Mi primera sorpresa es al ver de la guisa que viene vestida: un vestido cruzado en el pecho, sujeto al cuerpo por un cinturón atado con un lazo a la cintura. Le llega algo por encima de las rodillas, lo que permite ver la medias de rejilla que lleva, y unos zapato de tacón de aguja de 10 cms. Los labios pintados de rojo intenso, resaltan su carnosidad, el largo pelo negro,  lacio, caído mitad por delante y la otra mitad a su espalda enmarcan su cara luminosa. Sonríe. Es la viva estampa de un servicio sexual uniformado a domicilio. “¿Qué haces aquí, y vestida de esa forma?”, le digo saliendo de mi estupor. “Calla”, me dice agarrando mi cabeza por detrás y acercando su boca a la mía. Nos fundimos en un beso apasionado, las lenguas protagonistas, yo no la rechazo. A punto de desmayarme, ella toma la delantera entrando en la casa y tirando de mí cogida de mi mano. “¿Dónde tienes el dormitorio”, me pregunta, mientras mira a un lado y al otro tratando de encontrarlo. “Por ahí”, balbuceo. Entramos, se vuelve hacia mí, se desata el cinturón y el vestido se abre como la bata de una enfermera. Me quedo extasiado mirando aquel cuerpo, ya sólo tapado por unos pantis negros, las medias a medio muslo y un sujetador mínimo del que pugnan por escaparse sus pechos. Me toma una de mis manos y la aplasta sobre  uno de ellos, mientras baja la otra hasta mi entrepierna palpando mis genitales. “Vaya, estás ya en forma, viejo”. Le perdono lo de viejo por haber conseguido el milagro.

Las siguientes secuencias son las habituales en un texto de alto erotismo y que todo el mundo conoce o ha practicado, no necesito ser explícito, ni “50 sombras de Grey” es tan osado.

Hasta aquí el suceso en síntesis. Lo que sucedió después de agotados todos los métodos de obtener placer, no lo cuenta. El ordenador se queda parpadeando tan incrédulo como yo. Releo el mensaje y noto que ya estoy en calma, que ya no me produce el mismo efecto que la primera vez, sucede con la pornografía. Lo cierro y me voy a la cama. Con la luz apagada, aparecen en mi mente las imágenes sugeridas en el correo de aquella mujer. Mi cuerpo reacciona y me pide que desahogue de aquella tensión dañina. Saboreando cada escena, doy cumplimiento a lo exigido. Las imágenes no quieren irse, pero mi mente ya es racional y, por tanto, analítica. Lo sucedido no me lo creo. No soy tan fatuo como para creerme que aquello es el preludio de una pospuesta oferta real. Casi le doblo la edad y, en todo caso, no creo que yo pudiese responder adecuadamente.

Hoy, a primera hora, en un mensaje ella me dice: “Estoy avergonzada, borra ese mensaje de tu ordenador, fue la consecuencia de unos porros que me fumé, pura fantasía”

¿Avergonzada? ¿Porros, fumar porros pone en marcha el subconsciente en ese sentido? ¿Y avergonzada por qué, del consciente o del inconsciente? No se avergüenza uno de pensar y luego se arrepiente. Y si fue del consciente, ¿qué había de real en aquel texto?

Le respondí que no me resignaba a que aquello hubiese sido el efecto de fumar unos porros, que lo iba borrar del ordenador, pero que difícilmente podría borrarlo la memoria.

Muy a mi pesar, me quedo que aquello fue un juego impostado. Probablemente el efecto alucinógeno de los porros causo aquella desinhibida actitud de mi corresponsal, y pasado el efecto se sintió culpable. Una lástima, su refinado conocimiento del medio la convierte en un inevitable objeto de deseo. Y en esas estoy.

 

El marinero rompe aguas

La mañana es fría, las nubes parecen querer cargarse de razón para descargar su llanto. De momento sólo ocultan el sol. El velero ya lleva días engullendo carga, casi toda de supervivencia. Su línea de flotación es  dos palmos por encima de la habitual, pero no parece quejarse. El joven, que hizo de su barco el objeto de su amor, del que cualquier mujer se sentiría celosa, llega al atraque. Le han llevado un par de amigos íntimos. Ningún familiar está presente. Él lo quiso así. Debe suponer que no agitarán pañuelos despidiéndole; ni siquiera corazones, que estarían ahogados de espasmos previos. No hay recomendaciones, ni siquiera palabras de ánimo. El joven marinero tiene su cabeza repleta de precauciones, de tácticas y de técnicas, pero, sobre todo, de una voluntad inquebrantable. “He de hacer esto antes de que pierda el impulso que me da la juventud; luego será tarde y me volveré conservador”. Y será así, pues la muerte sólo preocupa a los viejos. Le ha pedido a sus amigos que se vayan, y ellos han obedecido. No quiere demorarse supervisando todo. Cualquier detalle puede ser un pretexto para dejarlo para mañana, quizá para pasado mañana, y hasta es posible que para nunca. Suelta amarras. Las velas aún están recogidas. El motor auxiliar ruge. Ya no hay marcha atrás. Sale de la bocana del atracadero y enfila la hermosa Bahía de San Diego. El viento es escaso, cuatro nudos. Aún así, ha de ahorrar combustible y comienza a largar la velas. El velero responde cansino, como si no le apetecieran los 20.000 kms. que tiene por delante. Hasta ahora era un velero de paseo, y su dueño le va a exigir una prueba extrema. Poco a poco, la bahía va quedando atrás. El marino pone rumbo a las Islas Coronado, pequeños promontorios mexicanos que se divisan a lo lejos. Deberá dejarlas a babor e internarse en mar profundo si quiere aprovechar las corrientes marinas. El dios Eolo no parece entusiasmado y sólo resopla aburrido. El marino ha puesto el piloto automático para bajar al camarote y comprobar o leer los datos que le suministran los equipos de navegación. Todo parece en orden y se sienta para ojear la derrota. Antes de levantase, abre el cuaderno de bitácora que tiene delante y escribe todas las incidencias que conforman aquel día que comienza para todos de forma rutinaria, pero que para él  es el día en que su barco puso rumbo a una aventura soñada, un día que para bien o para mal marcará un destino. Y el padre del joven, que esto escribe intentando dejar constancia de lo que para él es una epopeya, tendrá que terminar aquí; su imaginación será suplantada por unos hechos que quizá sólo serán denominados proeza por los demás, sin mayor motivo para un canto épico. Seguramente no querrá que le tachen de fabulador, cuando la vida de su hijo está en juego.

José

Hablando con Lola

La finca de mi hija tiene dos casas independientes, una, la principal, la ocupa ella con su pareja, es una casa antigua de más de 150 años, reformada. La otra  es un anexo, casa de nueva construcción que mi hija nos la cedió a su madre y a mí. Mi esposa falleció y ahora la ocupo sólo yo. Podía padecer el síndrome de la soledad, pero me considero afortunado porque no estoy solo. Lola es poquita cosa, es muy bonita, me quiere, busca mi boca para besarme, se acurruca a mi lado en el sofá, se acuesta conmigo, en invierno busca el calor de mi cuerpo debajo de la sábana y se pone en posición de dejar su vientre al alcance de mi mano; quiere que se lo acaricie, que roce con mi mano sus minúsculos pezones. De vez en cuando exhala un suspiro, señal de algún tipo de goce. Esto sólo cuando  mi hija se ausenta, porque de habitual duerme en su cama, donde vive mi hija.

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¿Pudo suceder?


Nunca imaginó, supo o sabrá cómo sucedió algo que suele ser al revés. Que un viejo se enamore de una chiquilla es más que habitual. El viejo ya no piensa en el sexo, si  acaso en el déficit de ternura, y una chiquilla puede darle torrentes de ternura que él canaliza a todo su ser impulsada con su corazón cansado.

Es sencillo, es habitual que Internet ocultara la verdadera edad de los dos protagonistas de esta historia. Un viejo que oculta ser viejo y una joven, casi una niña, que nada hace pensar que su precocidad es una anomalía si se supiera su edad. La Red es una celestina sutil que proporciona estas máscaras con total eficacia.

Se conocieron de forma accidental. El viejo recibía a diario media docena de correos no deseados, que él nunca borraba sin echarles una ojeada. En ocasiones eran correos que guardaba por alguna razón, mientras borraba el resto.

En ese buzón de correo no deseado, llamó su atención el que rezaba así:

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El viejo y su espíritu

Un cuerpo viejo le pide a su espíritu que le muestre si es aún joven. El espíritu, cansado de infructuosos intentos de hacer que el viejo no lo sea, al menos, tanto como parece, tiene una idea nueva. Le dice a su viejo cuerpo que relea lo que escribió tiempo atrás, cuando esa preocupación no le mortificaba. Y el viejo se pasea por su poemario en busca de posibles claves. Si las encuentra, sopesará si están vigentes, lo que significará que es aún joven. El primer poema que atrae su atención es el asiguiente, que adapta al presente

Escapa, niña, a mis intentos.
Vuélvete arena entre mis dedos.
Llena el mar hasta que surja una isla.
Deja que de ella tomen posesión las mariposas.
Préndete de sus patas y… ¡vuela!
No es  un grito lo que escuchas;
Es mi alma que repta hasta mi boca
Y araña mis entrañas;
Es el dolor de no sentirte cubriendo mi deseo.

(JDD 2001)

El cuerpo le pide al espíritu que le explique qué quieren significar esas palabras en su caso. El espíritu le dice:

Tienes obsesión por un amor prohibido,  y consciente de no poder disfrutarlo, procuras alejarlo de ti. En esa decisión también manifiestas el dolor que te produce. Es el querer y no poder, no por razones físicas, sino morales, qué digo morales, no, yo las llamaría miedo.

Sigue el viejo cuerpo bucendo en sus viejos poemas y encuentra el siguiente:

Aviva ya el alma, que se te duerme,
y llévala a un mar tempestuoso.
Dile que esperé allí en actitud inerme
la caricia del viento incestuoso.
Mientras ella se fecunda de pecados
verás alma y cuerpo embellecidos.
Alma y cuerpo de virtudes sobrados
y de marchitos amores renacidos.
(JDD. 2000)

El viejo cuerpo siente que algo se revuelve en su espíritu. No se atreve a preguntarle, teme que le reproche su falta de decisión por consideraciones que le alejan del propósito inicial. El espíritu, viendo que el viejo cuerpo no reacciona, le pide que lea el siguiente poema, quizá en él está la clave que busca.

No estás ya muerto, viejo
Si de orgasmos ausente
Deja a un lado tu cuerpo
Y masturba tu mente.
Infiernos y paraísos
Son para ti las promesas
No tienes ya otra opción
O las tomas o las dejas.
(JDD 2001)

El viejo cuerpo, lejos de encontrar lo que el espíritu le insinua, le llena de zozobra el verso  “Infiernos y paraísos
Son para ti las promesas”. Su fantasía es verdad que siempre le presentó asequible el deseo y el gozo. ¿Se refiere que en la realidad tendria la oportunidad de comprobar que tambíen ahora se cumplen? Pero el viejo cuerpo mientras esto piensa, su vista se posa en el siguiente poema, y ya no no pide más explicación a su espíritu, en él está la clave que buscaba.

Hoy vi tu cuerpo desnudo,
Fue una furtiva mirada
Que atrapó tu imagen .
Antes, la deseaba,
Ahora, no sé qué hacer con ella.
(JDD. 2001)

El espíritu no se da por vencido, y viendo a su viejo cuerpo sumido en el desaliento, le trae el siguiente poema a modo de despedida. Todo parece quedar igual; el viejo cuerpo no se da por vencido, se  da por acabado, muerto.

Renazca en ti la esperanza
¡anímate ya, viejo!
A pesar de tus arrugas
de tu inapetente sexo
de tu escepticismo a ultranza
de tu nihilismo obseso.
Renazca en ti la esperanza
aunque la tengas lejos
porque la tienes, porque te tiene
del amor preso
confundido, confundida
de pensar que lo vuestro
tiene el futuro
que cantan  los versos.
Anímate ya, viejo
que de esperanza
viven los muertos.
(JDD 2003)