Otras historias

También hay historias en las que ni la vida ni la muerte aparecen por ninguna parte. Son historias completas; es decir, que principian y terminan. Son estas las historias de los sentimientos de los hombres y de las mujeres entrecruzados. Contaré una de estas historias, quizá poco original, pero merece ser una historia en sí misma.

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El aniversario

Cada mañana sonaba el despertador para él, siempre a las 7 AM, excepto los fines de semana. Mi sueño se interrumpía bruscamente con el timbrazo, que yo aceptaba como inevitable. Luego retomaba el sueño. Mi hora de levantarme era alrededor de la 9 AM. No es que yo fuese más perezosa que él. Yo me acostaba más tarde. Él cenaba, veía el último informativo de la tele y se acostaba. Yo me quedaba recogiendo la mesa, luego planchando la camisa que se pondría a la mañana siguiente para ir al trabajo. Sólo la noche del sábado al domingo coincidíamos alterando la rutina diaria. Después de unos forzados tocamientos, me penetraba, hacía su trabajo y me volvía la espalda, ya dormido. Después de 5 años de casados, esa era toda nuestra relación íntima en los últimos tres, quizá cuatro, no lo recuerdo bien. Cumplíamos, pues, un lustro de casados, o unidos por convenciones sociales. 

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La maleta

Dejaron a los invitados bailando. Se habían casado a mediodía. Presidieron el banquete junto a sus padres y padrinos. Todos comprendieron que los novios quisieran desaparecer cuanto antes de allí. Con alguna chufla graciosa de los asistentes, que hacían velada mención a lo que iban a hacer, se fueron algo sonrojados.

Habían reservado la suite nupcial en un hotelito coqueto, íntimo, situado en una montaña cercana a la ciudad, en plena naturaleza salvaje, recomendado por amigos que ya lo habían utilizado para ocasión similar.

Llegaron con el coche regalo de boda de los padres del novio. Se acercaron con una pequeña maleta al mostrador de la recepción y se identificaron:

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El director de cine

El director de la película estaba sentado en su silla de director, no en vano la silla tenía en su respaldo escrito DIRECTOR, bien visible y con letras gordas, para que nadie lo ocupara por distracción.

Delante y detrás de él pululaban un sinfín de personas, muchas de ellas ayudantes con cometidos concretos en la película que estaban rodando. El director era un hombre muy serio, con cara de pocos amigos y hasta un pelín cruel con la gente que manejaba, siempre a su antojo, sin discusión posible. Estaban rodando una escena de amor romántico en un parque con los dos protagonistas principales, hombre y mujer en este caso, jóvenes y de buen ver. Sentados en un banco, y previa colocación sugerida u ordenada por el director, se disponían a iniciar la escena, sólo esperaban la orden

–¡Silencio, se rueda!

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Un perro viejo

Era  un perro  viejo. Ya no cazaba, ya no guardaba la casa, tenía eccemas en la piel y preocupaba a sus dueños que transmitiera alguna enfermedad a sus hijos pequeños, era, en definitiva, un perro que molestaba. El veterinario del pueblo sólo estaba para atender a los animales productivos; jamás nadie le había llevado un perro ni para curarle ni para aplicarle la eutanasia y así evitarle sufrimientos irreversibles o una mala vida. Eso costaba dinero. Los perros de aquel pueblo nunca morían de muerte natural; cuando convenía a sus dueños, eran envenenados o tirados vivos a una poza sin salida, que ellos llamaban el cementerio de los perros. Los dueños del perro que cuento en esta historia verídica no se apartaron mucho de esos procedimientos expeditivos y crueles, pero no sospecharon el desenlace.

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Tita

–¡Tita, Tiitaa…! ¡Ven aquí, enseguida!

Tita era el nombre familiar, cariñoso, que Antonio utilizaba en ocasiones para nombrar a su esposa Francisca, Paca, Paquita. Esas ocasiones, últimamente, eran sólo en circunstancias de una situación límite. Tita era el nombre que Antonio había utilizado de forma exclusiva cuando fueron novios y durante un corto tiempo después de casados. A Francisca, Paca, Paquita le encantaba porque le parecía una demostración de amor, y ella el objeto de ese amor exclusivo con nombre propio. Ahora, después de muchos años felizmente casados, no era lo mismo. Cuando lo escuchaba se estremecía. Algo grave le estaba sucediendo a su esposo. Sabía que aquella urgencia no era porque la esperaba en calzoncillos para mostrarle la tienda de campaña desplegada, por más que esta demostración fuese ya una rareza. No, Francisca temía lo peor y no se hacía ilusiones. Dejaba presto lo que estuviese haciendo y, no exenta de temor, entraba en el estudio de su esposo. El estudio de su esposo, de su uso exclusivo, era un cuarto pequeño, atiborrado de enciclopedias, diccionarios, libros de segunda mano y… ¡dos ordenadores! Allí, Antonio se encerraba casi todo el día y parte de la noche. Era su forma de pasar el tiempo de ese estado ambiguo de jubilado. Aquellas dos ventanas le permitían escrutar qué pasaba por el mundo y desarrollar una afición tardía, cual era la de leer y escribir. Y utilizaba simultáneamente las dos ventanas: una para escribir y otra pare leer. Había sustituido, así, el uso de los libros y el folio de papel en blanco. 

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Por presumir de algo

 

La regadera da una perspectiva comparativa. También la foto muestra lo que hay encima, ese muro blanco colgado en el vacío.

No me gusta presumir de nada, hace tiempo que comprendí que es lo más fatuo que puede hacer el hombre (y la mujer), y por ende lo más inútil. Pero, ¡joder!, que frisando los 80 años, me haya propuesto sanear un derrumbe en la casa de mi hija, que se produjo como consecuencia de un fuerte temporal de lluvias y dejó en peligro una esquina de la plataforma donde se eleva la casa y una terraza, pareciera, también,  lo más fatuo que se me podía haber ocurrido.

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En un lugar…

En un lugar donde discurrió mi niñez, recuerdo que aquel día el sol no salió para todos,  como cada mañana.

Iluminó con intensidad una humilde casa, un hogar en el que hacía frío, pero se quedó fuera, sin ayudar a una madre. Ella calentaba, expeliendo su aliento, cálido de fiebre, a su hijo recién llegado. El hijo quería vivir, la madre quería que viviera, nadie más asistía a aquel misterio; era el misterio de la maternidad, a solas con sus protagonistas.

La madre debió morir porque se quedó exhausta de mirarlo, o porque se quedó sin aliento.

El niño , por un tiempo, la debió llorar, como lloran los niños desatendidos. 

Solo, el niño, ya no pudo vivir sin la mirada de su madre y sin su aliento. Debió ser por eso que murió en sus brazos.

Por la puerta que se abrió, entró el sol y un padre borracho. El sol se quedó un buen rato intentando vencer a la muerte.

Me contaron, yo era un niño, que el padre se fue por el brocal del pozo de su casa en busca del infierno. La muerte de la madre y del niño fue declarada muerte natural; habían muerto sin quererlo.

El suceso que sobrecogió a la gente de aquel lugar fue la  forma de morir del padre, pero  la historia es la que yo cuento.

Matilde

Confieso mi fascinación por las hormigas, algún post anterior habla de ello. ¿Cómo podía dejar de glosar otro espectáculo que ayer tuve la fortuna de observar? ¿Cómo podría encontrar mejor personaje para llevar a esta página diaria? Los que me leéis podéis esperar de mí cualquier cosa, motivos he dado de mi camaleónica  disposición literaria.  ¿Es de extrañar, pues, lo que a continuación relato? ¿Alguien me va a tachar de visionario? Juro que no es una fábula, que es lo que he observado y descrito , que lo único que he imaginado es el nombre que le he dado a mi protagonista: Matilde.

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Escuchando a Fanny

Escuchando a Fanny, tengo la impresión, la firme convicción, de que sólo las putas conocen bien a los hombres. Con ellas no valen fingimientos, saben muy bien del pié que cojean. Saben, por ejemplo, cuándo un hombre es un verdadero hombre y cuando es una mierda de hombre, lo que es más frecuente. Ellas, cuando están follando y gritan: ¡Oh, mi amor! ¡Me vuelves loca! ¡Apenas puedo aguantarlo…! ¡Voy a correrme…!, como tienen dominio sobre esa cosa que tienen entre las piernas, aprovechan para ver el efecto que causan sus exclamaciones en el tío número cuantos que tienen debajo, encima, por detrás… La conclusión es siempre la misma: están más al tanto de esas expresiones que de obtener placer, menos de darlo; o sea que tratan de controlar esas expresiones modulándolas para calcular cuánto han de cobrar. Y así, “los malditos hijos de mala madre, veinticinco llevo en toda la noche, y ni uno de ellos me ha dejado satisfecha. Luego, cuando estoy sola, tengo que masturbarme para sentir alivio. No encuentro un tio que me haga, de veras, gritar, hasta que salten las tejas. Vosotros me llamáis fría si me niego a hacer el sesenta y nueve… Hijos de mala madre a quienes no les funciona la cabeza, el corazón, las tripas, el cipote, las pelotas…” La Fanny que así se expresa es la mujer corriente con su marido, con su amante, pero estas no lo dicen, quizá ni lo piensan. “Ellas necesitan de media hora de atención, sólo media hora, y ellos en quince segundos caen desmadejados, algunos antes de conseguir entrar…”
Después de escuchar a la desolada Fanny, entiendo algo más por qué las mujeres se refugian en la poesía erótica, en la prosa erótica más que los hombres, porque las mujeres necesitan creer que hay hombres de verdad, y esas historias que escriben, que leen, les hace vivir de una ilusión. Pero las pobres putas no leen ni escriben poesía erótica.

Nota: La Fanny de estos dos últimos posts es la protagonista de la novela Fanny Hill, una novela erótica de John Cleland publicada en Inglaterra en 1748.