En un lugar…

En un lugar donde discurrió mi niñez, recuerdo que aquel día el sol no salió para todos,  como cada mañana.

Iluminó con intensidad una humilde casa, un hogar en el que hacía frío, pero se quedó fuera, sin ayudar a una madre. Ella calentaba, expeliendo su aliento, cálido de fiebre, a su hijo recién llegado. El hijo quería vivir, la madre quería que viviera, nadie más asistía a aquel misterio; era el misterio de la maternidad, a solas con sus protagonistas.

La madre debió morir porque se quedó exhausta de mirarlo, o porque se quedó sin aliento.

El niño , por un tiempo, la debió llorar, como lloran los niños desatendidos. 

Solo, el niño, ya no pudo vivir sin la mirada de su madre y sin su aliento. Debió ser por eso que murió en sus brazos.

Por la puerta que se abrió, entró el sol y un padre borracho. El sol se quedó un buen rato intentando vencer a la muerte.

Me contaron, yo era un niño, que el padre se fue por el brocal del pozo de su casa en busca del infierno. La muerte de la madre y del niño fue declarada muerte natural; habían muerto sin quererlo.

El suceso que sobrecogió a la gente de aquel lugar fue la  forma de morir del padre, pero  la historia es la que yo cuento.

Me llevaré conmigo todas las historias

Me llevaré conmigo todas las historias que no conté

Historias de ficción que llenaron mi vacío

Historias que escondí en los pliegues de mi memoria

Historias vividas en las que yo era el personaje imaginado

Historias que no me atreví a vivir por temor a morir

Historias de amor juvenil que me hicieron hombre

Historias de hombre que me volvieron niño

Historias de pecados mortales que no me mataron

Historias de mujeres que se llevaron mi inocencia

No me siento capaz de contar esas historias

Son las historias que alimentan mi alma

Son las historias que vivifican mi cuerpo

Son los recuerdos que conforman mi vida

Porque si las contara, ya no serían mías

Porque si las contara, nadie querría vivirlas conmigo

Son historias de soledad, la soledad que he vivido

Y yo, escritor de historias, que así me limito

Qué puedo contar que sea viejo, tanto como ese árbol centenario

Que, sin embargo, florece cada primavera a los sones del sol que lo calienta

O esa roca que se desgasta por el amor del viento o de la lluvia

Y que yo veo, impávido, como si su destino fuese dejarse querer

O de esa vieja que cumple cien años y aún respira aromas de sueños

O de esa joven eterna, que no envejece porque nunca nació

O de los astros que me han visto pasar sin ellos dormirse en la noche

Hay muchas historias que podría contar para los necios adultos.

También para los niños que aún  sueñan con cuentos

O para los adultos que se sienten niños y quisieran  historias nunca vividas

También para aquellos que mueren sin tener su propia historia

Podría empezar diciendo: hubo un tiempo en el que se podía soñar despierto

Los niños soñaban con poner sus nidos en los árboles centenarios

Los jóvenes soñaban con descubrir el amor sobre una cama de piedra

Los viejos sus falsas gestas a sus nietos absortos y hambrientos de cuentos

La roca soñaba, yo lo sé, que le nacía musgo en las oquedades umbrías

Los astros, yo lo sé, guiñaban complicidades a los hombres que se sentían dioses

Todo eran sueños, y, cuando de soñar se sentían cansados, se dormían para vivirlos

Y esas historias que reclaman ser contadas cuando se producen

Que llevan en su desarrollo la enjundia de una existencia que se extingue

El furor de la vida que cohabita sin freno hasta que la muerte le devuelve la calma

Se olvidan, no se recuerdan, nunca fueron una realidad si alguien no las cuenta.

No sé que hacer con tanta historia, si nadie se la ha de creer.

Matilde

Confieso mi fascinación por las hormigas, algún post anterior habla de ello. ¿Cómo podía dejar de glosar otro espectáculo que ayer tuve la fortuna de observar? ¿Cómo podría encontrar mejor personaje para llevar a esta página diaria? Los que me leéis podéis esperar de mí cualquier cosa, motivos he dado de mi camaleónica  disposición literaria.  ¿Es de extrañar, pues, lo que a continuación relato? ¿Alguien me va a tachar de visionario? Juro que no es una fábula, que es lo que he observado y descrito , que lo único que he imaginado es el nombre que le he dado a mi protagonista: Matilde.

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Escuchando a Fanny

Escuchando a Fanny, tengo la impresión, la firme convicción, de que sólo las putas conocen bien a los hombres. Con ellas no valen fingimientos, saben muy bien del pié que cojean. Saben, por ejemplo, cuándo un hombre es un verdadero hombre y cuando es una mierda de hombre, lo que es más frecuente. Ellas, cuando están follando y gritan: ¡Oh, mi amor! ¡Me vuelves loca! ¡Apenas puedo aguantarlo…! ¡Voy a correrme…!, como tienen dominio sobre esa cosa que tienen entre las piernas, aprovechan para ver el efecto que causan sus exclamaciones en el tío número cuantos que tienen debajo, encima, por detrás… La conclusión es siempre la misma: están más al tanto de esas expresiones que de obtener placer, menos de darlo; o sea que tratan de controlar esas expresiones modulándolas para calcular cuánto han de cobrar. Y así, “los malditos hijos de mala madre, veinticinco llevo en toda la noche, y ni uno de ellos me ha dejado satisfecha. Luego, cuando estoy sola, tengo que masturbarme para sentir alivio. No encuentro un tio que me haga, de veras, gritar, hasta que salten las tejas. Vosotros me llamáis fría si me niego a hacer el sesenta y nueve… Hijos de mala madre a quienes no les funciona la cabeza, el corazón, las tripas, el cipote, las pelotas…” La Fanny que así se expresa es la mujer corriente con su marido, con su amante, pero estas no lo dicen, quizá ni lo piensan. “Ellas necesitan de media hora de atención, sólo media hora, y ellos en quince segundos caen desmadejados, algunos antes de conseguir entrar…”
Después de escuchar a la desolada Fanny, entiendo algo más por qué las mujeres se refugian en la poesía erótica, en la prosa erótica más que los hombres, porque las mujeres necesitan creer que hay hombres de verdad, y esas historias que escriben, que leen, les hace vivir de una ilusión. Pero las pobres putas no leen ni escriben poesía erótica.

Nota: La Fanny de estos dos últimos posts es la protagonista de la novela Fanny Hill, una novela erótica de John Cleland publicada en Inglaterra en 1748.

Fanny

FANNY

Fanny, eres un personaje de ficción. Sí, lo eres, no me discutas. Fue un  loco escritor, en su mente, quien te creó. Perverso,  jugó contigo a putearte. Fuiste una puta sin darte opción, eso dice en el prólogo.. Y no fue eso lo peor. Tu creador también  quiso que fueses huérfana de una forma peculiar. Tu madre os abandonó, pero no se fue al Cielo; se fue a un burdel.. Tu padre, severo, volcó su odio en ti, porque le recordabas a su esposa. Y el autor, dueño de tu vida, hizo que te enamoraras, y pensaras que así ibas a salir del infierno, pero más y más en él te metió. Tu joven amante no te quería, sólo violar tus quince años. Pensaste en casarte con él  y, para engañarle, le dijiste que estabas preñada. Él era de buena familia y tú, de mala. Y te quiso eliminar de la peor manera posible. Cinco amigos te violaron después de emborracharte. Sobreviviste. “¿De quién es el hijo? ¡Mala puta, contesta, si con cinco te acostaste!.”  Y te abriste el pecho. Entre tus pechos te clavaste un cuchillo de cocina. ¿Fue un milagro que salvaste? No,  fue el autor sanguinario que te dio la oportunidad,  quería envilecerte mucho más. Y te volvió a enamorar de un joven petimetre, todo dulzura y bondad, que te correspondió a su manera. Parecías redimida de tanta crueldad  como te estaba infligiendo la vida. Pero el autor, maldito sea,  no estaba por la labor. Mejor seguirte jodiendo y acabar con tu  esperanza. Querías con él hacer el amor y delante de él te mostraste desnuda de cuerpo y alma.  Estabas tan escuálida, la herida aún no cicatrizada y la huella de tus violadores aún en tu piel marcada, que el joven sintió la náusea, y te dejó allí tirada. Y para olvidarte se fue de putas. Tú, en las sombras, le seguiste y,  ¡maldito autor!, le viste follando con una vieja gorda, y tú lloraste  como lloran los niños que se pierden en la noche.

Yo ya no podía más y cerré el libro, leí el nombre del autor, maldije su mala sombra, luego puse un registro en la página 123, y eran 580. Mañana seguiré leyendo, me dije, la obra parece interesante.

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Cómo me hice maricón

Sólo es un cuento con moraleja: “Si no quieres tomarle gusto a una cosa, no la pruebes.”

 

Voy a contaros cómo me hice maricón. Porque  habréis de saber que un maricón se hace; al contrario de un homosexual, que parece ser de nacimiento…

Hace algún tiempo, por motivos de trabajo, tuve que ir al Norte de África; a Tetuán concretamente. Mis anfitriones, árabes, son exquisitos a la hora de prodigar atenciones a sus invitados, más si estos son especiales. Yo era un invitado especial; gracias a mí iban a hacer buenos negocios en España. Ahorraré detalles de protocolo y demás. Después de cenar con ellos, me iba a retirar a mi hotel, cuando uno se me acerca y me dice: “Me gustaría ofrecerte mi Harem en prueba de amistad” Negarle a un árabe una oferta de hospitalidad es de mal gusto, así que le dije que encantado. Tenía una cierta curiosidad, todo sea dicho, por ver un harem de cerca.

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El encuentro (2006)

NOTA: El contenido de este relato puede herir la sensibilidad y buen gusto del lector, por lo que así queda advertido.

EL ENCUENTRO
Y después de concluir todo, estuve dos buenas horas pensando, apoyada mi flotante cabeza en la almohada y el pesado cuerpo en aquella cama, mi cama de siempre. Debería intentar dormir, pero el cansancio no parecía suficiente para abandonar la inexplicable excitación, y por la que me mantenía aún en la actitud de explorar aquellas sensaciones nuevas, recién descubiertas.
Sucedió que ya en la terminal de llegada del aeropuerto, mientras miraba los paneles de los vuelos, mi pensamiento parecía anticipar acontecimientos que luego se habrían de suceder según habíamos preparado. Y como los pensamientos todos confluían en lo mismo, hasta me produjeron un erección que preconizaba un festín de los sentidos. Internet sólo había sido una larga espera en un interminable ensayo. Ella ahora venía y yo la esperaba, libre de aquel compromiso al que siempre me aferré para soslayar un deseo real enmarcándolo en supuestos literarios. Si todo se producía como ambos habíamos ensayado, la promesa de un encuentro inolvidable estaba servida.
” Arrival, Llegada” , marcó en el panel el vuelo que ella había tomado. Esperaba que las diez horas de viaje no hubiesen hecho mella física en ella. Yo quería llevarla al hotel en el que le había reservado habitación y allí mismo, después de cerrar la puerta detrás de nosotros, dar rienda suelta a la masacre de la carne por la carne

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La pido prestada para compartirla

Cuando contemplamos la belleza, nos relaja o nos sobrecoge. Nunca nos deja indiferente. Viendo la televisión, pocas veces un comercial te atrapa, y cuando lo hace, lo normal es que te deje suspendido en el aire; es cuando la belleza toma posesión de tus sentidos. Pero los comerciales tiene tasado el tiempo, y cuando la belleza los impregnan, el resultado es una especie de angustia ante el vacío que sigue. Me ha pasado viendo un anuncio de Chanel. “Quiero más”, me digo frustrado cuando termina como soplo de aire perfumado. Pero no hay más, otro anuncio rompe la magia. “No, no puedo quedarme así, es preciso que encuentre la fuente de donde mana esta belleza”. Y la encuentro. He aquí una canción, un video que, o yo soy un hipersensible , algo enfermizo, y tiene razón de ser lo que he sentido al verlo, al escucharlo, o para los demás es simplemente una bonita canción de Beyoncé con una puesta en escena espectacular. Prefiero ser raro.

Raquel y el cielo deseado


I

Un ángel se hizo hombre y habitó entre nosotros. De ángel sólo le quedaron las plumas y un gusto por el amor  etéreo, que él, para hacerlo perceptible a los sentidos humanos, lo configuró en la forma de una mujer, mujer de figura anémica, probablemente sifilítica, seguramente tuberculosa. El ángel, nada experto en amores carnales, la colmaba de flores, de versos, de suspiros. La mujer estaba encantada; le quedaba tan poca carne, que no tenía deseos libidinosos y, por tanto, no echaba en falta retozar, cuerpo a cuerpo, con aquel hombre, nunca mejor dicho, llovido del cielo. Se llevaba las flores que le ofrecía a su pecho para arropar a su corazón cansado y frío; escuchaba sus versos como el que oye complacido caer la lluvia en primavera y se deja mojar para sentir su caricia; y los suspiros, ¡ay, los suspiros!, ella los hacía suyos como transfusiones de sangre vivificadora que le permitían inspirar un aire demasiado denso para ella. Hablaban, siempre hablaban. No comían ni bebían. Él le hablaba de paraísos, de cielos, del Padre Celestial, de ángeles, de praderas infinitas donde la tierra era una nube blanca como el algodón cardado, cubierta de margaritas. Ella, arrobada, dejaba volar su imaginación y comenzaba a danzar un vals, casi levitando del suelo, mientras le decía:” amor, amor que me haces transportar a los cielos, antes ignotos, pero ahora perceptibles. ¿Cuándo será el momento en que me lleves allí? Ya nada me retiene en la tierra, donde sólo te piden que te confundas con los cuerpos de los hombres para sentir esos cielos de que me hablas. Nunca supe de ellos. Los hombres me rechazaron siempre por mis pocas gracias.  Dadme esta oportunidad, ángel de amor, que ninguna mujer debe morir en sí misma para sólo ser pasto de los gusanos”. Y el ángel hecho hombre,  llevado de su condición de ángel, la tomó en sus brazos, desplegó las alas ocultas y con ella voló.

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Dedicado a Vesta, en el recuerdo

Vesta, hija de Saturno
Dios del tiempo que devora
De su miedo te libraste
En Cibeles engendrado.

Calor de hogar divino
En el ara de los sacrificios
Era el alma del Universo
Guardada en vasos de bronce
Por la pureza de seis jóvenes.
Hasta que se fueron mirando
En los espejos ustorios
Cuando el sol dormía.
Y se vieron poseídas
Por los hombres mortales
Y asesinos de los dioses

Vesta, hoy ya tu fuego
Se extingue en mil pavesas
Con la pérdida de mil purezas.

Vesta, ahora tu Universo
Sólo es pasto de los hombres.
Y su alma recoge velas
Varada está por el tiempo
A merced de los carroñeros
Mientras se miran contentos
Los malditos agoreros.
(JDD 2001)

P.S. Qué ha cambiado, Vesta?