¿Pudo suceder?


Nunca imaginó, supo o sabrá cómo sucedió algo que suele ser al revés. Que un viejo se enamore de una chiquilla es más que habitual. El viejo ya no piensa en el sexo, si  acaso en el déficit de ternura, y una chiquilla puede darle torrentes de ternura que él canaliza a todo su ser impulsada con su corazón cansado.

Es sencillo, es habitual que Internet ocultara la verdadera edad de los dos protagonistas de esta historia. Un viejo que oculta ser viejo y una joven, casi una niña, que nada hace pensar que su precocidad es una anomalía si se supiera su edad. La Red es una celestina sutil que proporciona estas máscaras con total eficacia.

Se conocieron de forma accidental. El viejo recibía a diario media docena de correos no deseados, que él nunca borraba sin echarles una ojeada. En ocasiones eran correos que guardaba por alguna razón, mientras borraba el resto.

En ese buzón de correo no deseado, llamó su atención el que rezaba así:

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El viejo y su espíritu

Un cuerpo viejo le pide a su espíritu que le muestre si es aún joven. El espíritu, cansado de infructuosos intentos de hacer que el viejo no lo sea, al menos, tanto como parece, tiene una idea nueva. Le dice a su viejo cuerpo que relea lo que escribió tiempo atrás, cuando esa preocupación no le mortificaba. Y el viejo se pasea por su poemario en busca de posibles claves. Si las encuentra, sopesará si están vigentes, lo que significará que es aún joven. El primer poema que atrae su atención es el asiguiente, que adapta al presente

Escapa, niña, a mis intentos.
Vuélvete arena entre mis dedos.
Llena el mar hasta que surja una isla.
Deja que de ella tomen posesión las mariposas.
Préndete de sus patas y… ¡vuela!
No es  un grito lo que escuchas;
Es mi alma que repta hasta mi boca
Y araña mis entrañas;
Es el dolor de no sentirte cubriendo mi deseo.

(JDD 2001)

El cuerpo le pide al espíritu que le explique qué quieren significar esas palabras en su caso. El espíritu le dice:

Tienes obsesión por un amor prohibido,  y consciente de no poder disfrutarlo, procuras alejarlo de ti. En esa decisión también manifiestas el dolor que te produce. Es el querer y no poder, no por razones físicas, sino morales, qué digo morales, no, yo las llamaría miedo.

Sigue el viejo cuerpo bucendo en sus viejos poemas y encuentra el siguiente:

Aviva ya el alma, que se te duerme,
y llévala a un mar tempestuoso.
Dile que esperé allí en actitud inerme
la caricia del viento incestuoso.
Mientras ella se fecunda de pecados
verás alma y cuerpo embellecidos.
Alma y cuerpo de virtudes sobrados
y de marchitos amores renacidos.
(JDD. 2000)

El viejo cuerpo siente que algo se revuelve en su espíritu. No se atreve a preguntarle, teme que le reproche su falta de decisión por consideraciones que le alejan del propósito inicial. El espíritu, viendo que el viejo cuerpo no reacciona, le pide que lea el siguiente poema, quizá en él está la clave que busca.

No estás ya muerto, viejo
Si de orgasmos ausente
Deja a un lado tu cuerpo
Y masturba tu mente.
Infiernos y paraísos
Son para ti las promesas
No tienes ya otra opción
O las tomas o las dejas.
(JDD 2001)

El viejo cuerpo, lejos de encontrar lo que el espíritu le insinua, le llena de zozobra el verso  “Infiernos y paraísos
Son para ti las promesas”. Su fantasía es verdad que siempre le presentó asequible el deseo y el gozo. ¿Se refiere que en la realidad tendria la oportunidad de comprobar que tambíen ahora se cumplen? Pero el viejo cuerpo mientras esto piensa, su vista se posa en el siguiente poema, y ya no no pide más explicación a su espíritu, en él está la clave que buscaba.

Hoy vi tu cuerpo desnudo,
Fue una furtiva mirada
Que atrapó tu imagen .
Antes, la deseaba,
Ahora, no sé qué hacer con ella.
(JDD. 2001)

El espíritu no se da por vencido, y viendo a su viejo cuerpo sumido en el desaliento, le trae el siguiente poema a modo de despedida. Todo parece quedar igual; el viejo cuerpo no se da por vencido, se  da por acabado, muerto.

Renazca en ti la esperanza
¡anímate ya, viejo!
A pesar de tus arrugas
de tu inapetente sexo
de tu escepticismo a ultranza
de tu nihilismo obseso.
Renazca en ti la esperanza
aunque la tengas lejos
porque la tienes, porque te tiene
del amor preso
confundido, confundida
de pensar que lo vuestro
tiene el futuro
que cantan  los versos.
Anímate ya, viejo
que de esperanza
viven los muertos.
(JDD 2003)

Dr. House, o el paradigma del cabrón

Se dice de alguién que es un cabrón cuando éste se comporta de forma prepotente, perversa, que hace malas pasadas a alguién. También, dependiendo del lugar de habla castellana, se puede referir a aquel que es habil y sagaz. Por supuesto, y de forma general, al esposo cornudo.

Dr. House es una serie de Netflix, y el dorctor que le da nombre a la serie es un cabrón. Pero no se podría definir con ninguna de las acepciones enumeradas anteriormente. Quizá con todas y alguna más. Para el Doctor House habría que crear una nueva definición,  y yo me atrevo a que ésta es paradigma.

Paradigma es ser modelo de algo sin particularizar en nada concreto. El paradigma del cabrón sería el caso de alguien que nunca se muestra amable con los demás, que nunca respeta su autoestima, que siempre impone su criterio, que lleva a extremos insuperables su desprecio por los demás; él se  considera único, incuestionable.

¿Y cómo un doctor podría ser el paradigma del cabrón?

El doctor House es un genio, y todos los que están en contacto con él sienten que a los genios se les puede permitir sus crueles destemplazas, sus inmoderadas ironías.

El Doctor House tiene un equipo médico en el hospital donde ejerce. La función de ese equipo es diagnosticar la enfermedad que tienen los pacientes y proponer soluciones para curarlos. El lenguaje médico, profuso en extremo, es otro idioma, por más que se haya doblado, y muy bien, al castellano no latino. No importa, cada capítulo es un caso que, generalmente, se resuelve al final.  No es exclusivamente médico, cada enfermo o enferma es una historia de matices humanos. Y el  doctor cabrón es una constante en cada historia.

Y en ese ambiente, el Doctor House se distingue en dos aspectos: actua como un genio y se comporta como un cabrón máximo;  el paradigma del cabrón.

Claro está que podría  ser un genio y no necesitar ser un cabrón de su nivel. Podría ser un genio y un poco cabrón. Pero los creadores de la serie no pensaron en un serie de medicos y enfermos, pensaron que el personaje cabronísimo tendría más garra, que encantaría a la audiencia. Y lo consiguieron.

Y en esas estamos. La serie es un éxito. A los humanos nos encantan los paradigmas. Si somos algo cabrones, quisiéramos parecernos al doctor House y alcanzar su excelencia. Pero no quiséramos ser sólo muy cabrones, también quiséramos ser unos genios como él para que nos soportaran. El vulgar cabrón sólo es un despreciable ser sin ningún recorrido.

Vean, pues, Dr. House y díganme si no resulta hasta simpático.

Morir, tal vez soñar

La muerte es inevitable. Una estupidez, la expresión anterior. ¿A quién se le ocurre decir que es inevitable morir? Le concedo algún sentido si esa expresión la pronuncia aquel que cree en otra vida. En  éste es inevitable morir para volver a vivir, y no importa en qué dimensión, no es posible vivir las dos vidas a la vez.

¿Y por qué digo semejante perogrullada?

Porque a todos nos sucede, a diario, algo que se le parece. No introduzco la expresión irreversible en la primera proposición porque en ambos supuestos es obvia y se sobrentiende. Se muere definitivamente o se muere para entrar en otra vida, no se entra en otra vida y se regresa a la primera, en esto todo el mundo está de acuerdo.

Pensemos ahora en lo que sucede a diario. Vivimos la vida que los sentidos nos muestra en el llamado estado de vigilia. Pero es inevitable que en algún momento nos dormimos y perdemos la percepción de esa vida. Durante unas horas es normal que soñemos. En ese estado, el consciente de los sentidos deja paso al subconsciente de las sensaciones oníricas, con diversas formas de otra realidad. realidad virtual.

Si nos preguntaran qué realidad preferimos, probablemente no sabríamos qué responder. Nos plantearíamos si se muere en el sueño como se muere en la vigilia y, seguramente, no sabríamos responder a ciencia cierta. Sabemos que es reversible, que despertaremos y volveremos a la vida de los sentidos. Por supuesto, en la excepción de morir mientras sueñas.

¿Y si muere el consciente y permanece vivo el subconsciente?

Mi consciente me dice con claridad que cuando se muere, éste se muere para siempre, los sentidos no vuelven a percibir ninguna sensación. Pero mi consciente es incapaz de  asegurar que sucede lo mismo con el subconsciente. El consciente nunca nunca pudo condicionar  el subconsciente, éste surgía libre y espontáneo, anulando el consciente. virtualmente matándolo.

Como sólo barajo la hipótesis de no conocer cómo se se comporta el subconsciente desde el análisis que pueda hacer el consciente, he ahí una laguna que me permite elucubrar otra hipótesis: la muerte sólo es reversible a la dimensión del subconsciente.  Es posible  que en nuestra muerte física entremos en eso que se ha dado por llamar el sueño eterno. Me alegraría si mi sueño no fuese, frecuentemente, una pesadilla.

No estoy loco ni creo que voy camino de estarlo. No creo que sean achaques de la vejez. Creo que tenía ganas de escribir algo, y se me ha ocurrido esta gilipollez. Disculpe el lector que haya leído hasta aquí. Espero no le haya dado por pensar que soy un genio, porque tendría que hacérselo mirar.

Luna de sangre

Qué afán tenemos los humanos por los sucesos sangrientos. Si no se presentan de forma espontánea, los procuramos de mil formas. Simulamos un horror ficticio, en realidad disfrutamos de la sangre.

El mundo se autoconvocó para el espectáculo. Un suceso infrecuente aparecería en el Cielo a la vista de todos, esta vez gratis y sin necesidad de tomar precauciones. Todo estaba calculado al minuto, nada que temer.

Era la luna que se iba a vestir de rojo, la sangre que todos esperábamos ver y, por qué no, disfrutar.

Pero la luna es una fémina casquivana, no siempre dispuesta a complacer a los que se enamoran con facilidad. Yo debo ser uno de esos. A la hora prevista por   quien lleva la agenda de estas cosas, hacía guardia con mis prismáticos para abrazarla. Me atraía la sangre, sin precisar de que habría de estar sangrando, si  de su menstruación  o herida por el impacto de  un amante errante por el Universo, ávido de vírgenes. En cualquier caso yo quería sangre.

Eran las 21,30h. ¿Dónde estás, Luna de sangre? ¿Se habían equivocado los oráculos del Firmamento? Desde mi terraza dominaba el horizonte marino por donde estaba acostumbrado a verla emerger. Esta vez tenía que ser diferente porque yo ya así lo quería o justificaba mi expectativa. Pero no apareció. Como un amante impaciente, esperé. Quizá se ha entretenido por otras latitudes, me dije, sin ningún atisbo de sospecha de infidelidad. Mis ojos casi lloraban fijos en aquel horizonte. Mi corazón también latía  acelerado. Tiene que aparecer, tiene que venir a verme y yo la vea, o estaré muerto y nada ya he de esperar.

Media hora más tarde de lo anunciado, un disco pálido, apenas dibujado, aparece unos grados arriba del horizonte. Es ella!, exclamé También su paje, Marte, apareció cerca. ¿Dónde la luna de sangre? Pensé que, pudorosa, no quería desnudarse para mí y se escondía tras la bruma marina. O, una mínima sospecha, que ya venía muy usada de otras latitudes. Acostumbrado a otras frustraciones vitales, ya no esperé la gran noche de amor que habría querido con ella. Mañana el mundo dirá con quién se acostó bañada en sangre, y yo sólo podré decir que conmigo no quiso nada.

La primera vez

Si nos atenemos a la teoría del espacio tiempo, todo lo que sucede, sucedió o ha de suceder, está comprendido en un espacio infinito y un tiempo infinito. Siendo así, no se puede fijar nada de lo que sucede en un momento dado y en un lugar concreto, pues sería tanto com decir  que hubo un antes y un después, un momento previo y un momento siguiente. Por lo mismo, el lugar deja de tener la definición que ubicaría el suceso en el espacio. Esto, que parece un galimatías sin objeto, o sólo para entretener a los iniciados, me sirve para proponer la siguiente disquisición que permite relativizar unos sucesos que, si bien tuvieron lugar en un momento concreto y en un lugar definido, hoy apenas tienen significado en el espacio tiempo en el que se produjeron.

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Morir sin haber muerto

Este blog está muerto, o vive con respiración asistida. Algún amig@ se encarga de  vigilar las constantes que señalan si hay ritmo cardiaco. Puedo verlo en Analytics. Casi siempre es la misma enfermera. Cuando deje de venir a verme, entonces estaré muerto de verdad. No habrá curva de sesiones, y Analytics mostrará un diagrama plano. Cuando eso suceda, yo, José, el que ejerció de escritor sólo porque escribió, pasaré a ser el escritor que dejó de escribir, sólo porque no tenía nada que escribir.

 

María y el destino

El dia había comenzado desapacible, no llovía, pero un aguanieve acariciaba el rostro de María como si alguien o algo quiesiera refrescar el flujo sanguineo que pujnaba por acumularse en su cara. Entre dos luces, aún las farolas encendidas, María caminaba con aspecto sonambulo por la calle desierta, nada se movía a excepción de María y la sombra que la acompañaba, unas veces delante, otras detrás. Sin duda María estaba viviendo un momento que ella nunca habría querido vivir. Pero estaba claro que nadie es dueño de su destino, y tampoco María se esforzaba en dominarlo, más bien se dejaba llevar sin la menor oposición. Siempre había sido así.

María acababa de tomar una decisión que para la mayoría sería calificada de inaceptable en unas circunstancias similares. No era un destino elegido, consciente, había sido así sin una explicación que lo justificara. Porque María había abandonado el hogar, y todo lo que representaba: esposo, hijos, pertenencias propias y… recuerdos. Sin duda todo, a excepción de los recuerdos, era el bagaje positivo de una vida, pero los recuerdos era otra cosa intangible, aunque debió ser determinante en la decisión de María.

María siempre mamnifestó cierta reveldía contra todo lo establecido por la sociedad, una sociedad que se protegía así de los intentos particulares de subvertir los cimientos sobre los que se había edificado durante toda la historia de la humanidad.

Digo cierta reveldía, porque María no había dejado de transigir con pequeñas y medianas imposiciones que habían tratado de uniformarla a lo largo de la vida. Y lo había hecho porque los argumentos de la sociedad  eran tan fuertes que ella no encontraba forma de oponerse.

Algo sucedió que María aquel día, temprano, cuando la sociedad dormía, debió pensar que no valía la pena seguir manteniendo la postura de mujer entregada, sumisa ante el destino que cada día se escribía para ella.

Se levantó, en esta ocasión decidida a no volver a la cama. Su esposo dormía profundamente. Con sigilo se vistió con la misma ropa que había llevado el día anterior, recogio del suelo los zapatos que había calzado el día anterior, y salió del dormitorio. Sólo su vista dedicó una furtiva mirada a su esposo. Por el pasillo, con sumo cuidado, fue entrehabriendo  las puertas de tres dormitorios. En cada uno de ellos, en sendas camas, dormían los seis hijos que había parido, criado, sufrido y gozado a partes iguales. Del esposo los recuedos, buenos y malos, pujnaban por imponer su propia inercia. Después de recorrer los rostros de aquellos seres, ni un mínimo gesto de indecisión pareció disuadirla. Se dirigió a la cocina. Ya no podía dar marcha atrás a un corazón que había cerrado todas las puertas a la vida que iba a dejar.

Salió de casa y cerró la puerta con llave.

María no esperó a verificar que su plan se habia ejecutado como lo había planeado.  En el viaducto se arrojó al vacío, falleció en el acto.

Ya era hora de llevantarse. El esposó se sentó en el borde de la cama y mecánicamente encendío un  cigarrillo. La explosión fue enorme, tal que  destruyó la casa desde los cimientos.

La sociedad determinó que María había sido la causante, dejando la llave del gas abierta, y seguramente en un acto de enajenación mental, imposible suponer otras causas que debilitaran sus principios.

Hasta pronto!

Por el calor sofocante, por los trabajos forzados a los que someto mi viejo cuerpo, porque casi es  más duro el esfuerzo intelectual de salir cada día en este blog con algo que lo mantenga vivo, porque pienso si estaré abusando de vuestra paciencia con lo que puede ser un correo diario no deseado, por todo y algún motivo más, dejaré de enviaros  mis escritos, no sin dejar de agradeceros que los hayáis leído y comentado.

Digo hasta pronto porque no contemplo que sea definitivo. El blog seguirá abierto, en él guardo todo lo que he escrito, sin renunciar a nada. Si alguien me hace el honor de entrar y comentar algún tema, prometo responderle. Quizá, sin la presión de la inmediatez, suba, sin comunicarla,  alguna cosa nueva; será señal de que estoy vivo o que a mi cabeza le quedan neuronas activas.

Gracias, chic@s, en mi correo jose@diez.com me tenéis a vuestra disposición.

José