¿Y la vida es eso?

Te despiertas, comienza un nuevo día. A mi edad no sabes qué vas a hacer. Te aseas, te vistes, tomas algo, no desayunas porque estás haciendo el ayuno intermitente; un café solo, una manzanilla, un té. Tengo que hacer ejercicio, y como la casa tiene un espacio de jardín grande, me he creado un circuito que lo recorro unas diez veces. Subo y bajo escaleras y hago sentadillas agarrado a un muro, Creo que es suficiente para desentumecer el cuerpo. Con lo que ande el resto del día, conseguiré el objetivo de cerrar unos círculos de actividad que me marca un reloj Apple Watch que llevo en mi muñeca. Miro el huerto, si le falta agua, lo riego. Limpio el arenero de mi gata y le doy de comer. Luego cocino. El resto de las atenciones que precisa una casa las hacen por mí un señora que viene una vez a la semana. Por un rato no sé qué más hacer. No veo la televisión, si acaso alguna película o documental. sí repaso los anuncios principales de los periódico, todos con el monotema del virus y alguna incidencia política; nunca entro en los contenidos. Seguramente soy una persona mal informada, pero me da igual, las cosas sucederán, me prevenga o no. En una pasada por mi escritorio, miro el ordenador en reposo. Vacilo si me siento frente a él o lo dejo descansar. Por mi mente pasa el recuerdo de otros tiempos en los que casi no hacía otra cosa que tener pegado el culo frente a la pantalla y la furiosa actividad de teclear letras, palabras, y al final algo que quería significar algo. Enviarlo al aire como un mensaje metido en una botella que se lanza al mar. A partir de ahí, no esperaba ninguna sorpresa, pero si llegaba algún comentario, era sorprendente que tuviese que releer a qué escrito se refería. El día iba diluyéndose en la nada; una día más o un día menos. Si nací para esto, morir no será una gran pérdida.

El optimismo

Hoy quiero que el optimismo invada esta página. Sólo soy optimista a tiempo parcial, porque lo mío, lo que trasluce de mi naturaleza es el pesimismo como pátina permanente de mi espíritu. ¿He dicho espíritu? No, quise decir de lo que mi cerebro elucubra como desecho de una digestión de pensamientos que alimentan mi espíritu. ¿He vuelto a decir mi espíritu? No, quise decir lo que sale, ¿de dónde? No lo sé, quizá me encuentro más a gusto conmigo mismo. El optimista tiene un problema: o le salen las cosas bien o le salen mal. El pesimista es pesimista per se, no tiene alternativa.

Decía que hoy quería ser optimista, a sabiendas que las cosas no me salgan bien y vuelva al pesimismo enfermizo. Porque hay dos tipos de pesimismo: el que se mantiene con la convicción de que es lo que hay y no otra, entendido en términos filosóficos, y el que te acojona porque puede afectar a todo tu ser en un proceso imparable de destrucción.

¿Y cómo hacer para que quien me lea, empezando por mí mismo, diga o me diga: José, que bien, que optimista estás hoy. Pero… para eso, tengo que inventarme palabras que sean sinónimos de optimismo, como esperanza, positividad, enfrentar con buen ánimo las adversidades, confianza en uno mismo ante cualquier proyecto que quieras emprender, permanente entusiasmo en el disfrute de la vida. Dese luego no caer en un optimismo ilusorio que te saca de la realidad.

Lo siento, amigos, demasiados condicionantes para sentirme optimista, aunque sólo sea en este momento. Siendo pesimista, creo que todo resulta más fácil, no necesitas esforzarte. El pesimismo nunca es ilusorio, nunca es bobalicón y mucho menos estúpido. Con el pesimismo se puede ir a cualquier parte, incluso a tu final. No, no puedo ser optimista ni un sólo momento. El optimismo es un invento para tarados mentales, no existe el optimismo inteligente, porque puede suceder que te llamen inteligente, pero nunca optimista. Llamarte optimista es insultarte.Tampoco existe el pesimismo inteligente, porque sólo los pesimistas te comprenden, no por listo, sino por realista.

Y aqui lo quedo.

Mi gatita tiene celo

O eso me parece a mí. Con un año de vida, ya es la segunda ocasión que su comportamiento no es el usual. En estado normal, no es una gata cariñosa, más bien arisca, te muerde y te clava las uñas. Tengo las manos señaladas por sus «caricias». Pero hoy y desde hace tres o cuatro días, su comportamiento es diferente. Ahora es cariñosa, está encima de mí casi siempre. Si la acaricio, no me responde agresiva, se estira, se aplasta contra lo que tenga debajo, el suelo, mis piernas, el teclado del ordenador. Levanta los cuartos traseros y retira la cola. Síntomas propios de querer aparearse, según leo. Tendría que esterilizarla, pero para ello debería responderme si quiere. Desde luego que no lo haré por decisión propia. Pero sufro por ella porque su inquietud me la transmite. Probaré algunos remedios caseros que sólo sirven para tranquilizarla. También ha perdido el apetito, yo la mantengo dándole golosinas propias para los gatos. En la ocasión anterior se marchó de casa y no volvió hasta la mañana siguiente. Con mi poca experiencia, la observé y uno aprecié ningún signo de haber conocido varón. Tampoco maúlla, como dicen que es el caso, para llamar a los machos callejeros, sí emite un sonido algo lastimero, como pidiendo atención. Atención que yo le prodigo cuanto está en mis manos, aunque observo que lejos de satisfacerla, se presta con más intensidad a ser cubierta por un macho de su especie, o eso supongo. Y es que esterilizarla sería aceptar que ya no es mi gatita, dejaría de sentirse complacida cuando le paso la mano por el lomo y volvería a morderme o arañarme. Y yo prefiero estas «caricias» a que mi gatita se convierta en un peluche.

Pensando en las mujeres, ¡Ay, dios, si padecieran de un comportamiento similar! Me refiero a todas.

Un atraco de cuento.

Aparqué el coche en un parking cercano a mi destino. Iba al cajero de un banco a sacar algo de efectivo, no mucho por las limitaciones de estas máquinas y por las propias de mi cuenta bancaria. El cajero estaba a unos cincuenta metros de la salida del parking.

Una persona estaba usándolo en el momento de mi llegada. Me mantuve a la distancia que indicaba un cartel, 6 metros. Obvio que llevaba mi mascarilla. Alguien por detrás se acercó a no más de un metro. También llevaba mascarilla. Me habló, no había nadie más tan cercano como yo.

—No haga ningún gesto, le estoy apuntando con una pistola, si hace lo que le diga, no le pasará nada.

Me volvía para ver quién me hablaba. Y en efecto, un hombre con su mano derecha metida en el bolso de su abrigo, hizo un gesto para que advirtiera que en el bolsillo llevaba algo sólido que se dirigía hacia mí.

—¿Qué quiere? —le pregunté serio, no asustado.

—Saque el máximo dinero que le permita la máquina y siga mis instrucciones.

A media voz y por la cercanía, puede comprender lo que me decía. La persona que operaba en la máquina permaneció ajena a lo que estaba sucediendo detrás. Recogió su dinero y se fue. Yo me acerqué a la maquina, el individuo me siguió sin aumentar la distancia, más bien al contrario, se puso a mi lado aparentando venir conmigo. Introduje mi tarjeta y se abrió la pantalla; podía sacar hasta 1.500 €.

—Saque el máximo —me ordenó.

Pensé que podía ser cierto que me estaba atracando. Pero mi pensamiento trabajó rápido. ¿Cómo era posible que aquel individuo arriesgara tanto por una cantidad tan exigua? Podía entrar en el banco y, ya puestos, salir de él con un sustancioso botín. Desde luego que la operación conmigo era limpia, sin riesgos. Me dirigí a él con una mentira que esperaba diera resultado.

—Tengo puesta una limitación de 500 €, ¿le es suficiente? ¿No cree que no vale la pena el riesgo que ha tomado? No creo que me dispare por una cantidad así. ¿Por qué no entra en el banco y pide que le den lo que tengan en la caja?

—Usted debe pensar que soy tonto. Si atraco al banco puedo ir a la cárcel muchos años, en cambio lo que hago con usted y por esa cantidad, me pueden enchironar un par de años por tenencia ilícita de armas. Basta de palabras, saque los 500 € y habremos terminado.

Quise hacerle una pregunta mientras seguí operando en la máquina.

—¿Puedo preguntarle qué problema tiene usted para verse obligado a hacer esto? Quizá pueda ayudarle.

—Llevo seis meses sin trabajo por la pandemia. Tengo mujer y dos hijos. Hago esto todos los días, arriesgo poco y doy solución a las necesidades de mi familia. Y venga, no más preguntas.

Tampoco yo estaba dispuesto a arriesgarme por 500 €, pero creí en la desesperación de aquel hombre y sentí cierta empatía. No me sobraba el dinero, pero quise ayudarle como mejor podía.

—Escuche, déjeme entrar en el banco, usted se queda fuera y me espera. Voy a sacar 2.000€ y se los daré con una condición: que me entregue su pistola y que durante un mes busque trabajo o asistencia social. Si no consigue solucionar su problema en este tiempo, nos vemos aquí, justo dentro de un mes, y le volveré a ayudar.

Aquel hombre se quedó unos instantes en silencio. Debía estar pensando si hablaba en serio. No era un atracador profesional, la oferta podía ser verdadera.

—Vale, le voy a creer, pero si cuando salga del banco veo algo raro, le juro que le mato.

—De acuerdo, esperé aquí, saldré tan pronto me atiendan.

Abandoné el cajero y penetré en el banco. No dije nada de lo que me había sucedido fuera y pedí en la caja 2.500 €. Yo me quedaría con 500 € que necesitaba y el resto, 2.000 € había decidido cumplir con mi palabra, se los daría a aquel, no sé cómo calificarlo, hombre que me esperaba fuera.

Salí, se había alejado unos quince metros, quizá pensando que el empleado de la seguridad del banco salía a por él. Le hice señas para que se acercara. Yo fui hacia él a su encuentro. Con la mano derecha le extendí un sobre con 2.000 € y él sacó la mano del bolsillo de su abrigo. Portaba algo que lo tapaba un pañuelo, supuse que la pistola. Todo fue realizado sin palabras, yo recogí el bulto que me ofrecía y el cogió el sobre. No dijo nada al darse la vuelta y alejarse de mí. Con cuidado de no ser observado, palpé el bulto que se escondía envuelto en el pañuelo. Efectivamente me pareció un pistola. La guarde envuelta en uno de mis bolsillos y me dirigí al parking a recoger mi coche. Ya en él, saque el envoltorio y, en efecto, era una pistola pero de plástico, una imitación más o menos perfecta, totalmente inofensiva. Lejos de enfadarme por haber sido engañado, sentí compasión por aquel hombre.

No esperaba volverlo a ver al cabo de un mes para recoger lo que le diera, como le había prometido. Yo sí fui dos días por el cajero y el banco por si aparecía. Me tendría que dar explicaciones claras por qué había vuelto, ahora no pensaba en ninguna amenaza. No apareció. Ojalá que hubiese encontrado trabajo y decidiera ser una persona honrada. Me sentí satisfecho de mi mismo al pensar que con 2.000 € le había solucionado el problema que me contó y que di por verdadero.

Era habitual pasarme por el cajero de vez en cuando. Había pasado casi un año, cuando por detrás y mientras operaba en la máquina, alguien tocó en mi hombro. Me volví. No lo reconocí por llevar puesta una mascarilla exageradamente grande; le tapa toda la cara por debajo de los ojos. En su mano izquierda llevaba un sobre que me lo ofreció, y con la mano derecha extendida buscando la mía. Le di la mano y recogí el sobre; comenzaba a sospechar que era la misma persona. No me dijo nada, yo a él tampoco, sólo apretamos con fuerza nuestras manos. Nos alejamos y ya nunca más lo volví a ver. El sobre contenía 2.000 €.

Llorar

Llorar de pena, de alegría, de orgullo personal, de dolor… Se llora por muchos motivos, es la forma que tiene el sentimiento para exteriorizarse. A veces, después de llorar, se ríe uno mientras se enjuga las lágrimas.

Confieso que soy un llorón. Eso se dice de aquel que tiene la lágrima fácil, digamos que se emociona fácilmente por cosas que a otros les dejaría impasibles o indiferentes.

Mi llorera, ahora, la motivan algunos comentarios que me llegan, bien sea a través de esta página o en correos privados. Son comentarios que si dijera que no me merezco, alguien pudiese interpretar que son malos, pero si quisiera a clarar que son buenos, pecaría de vanidad. Son comentarios que no van dirigidos a mí en concreto, sino a alguno de mis escritos que, al parecer, fueron afortunados. Hace tiempo que no respondo a esos comentarios porque, repito, debería ser el escrito el que agradeciera esas palabras elogiosas, y eso parece imposible.

Lo que sí puedo decir es que, a veces, lloro cuando un escrito mío gusta o produce satisfacción en alguien al leerlo. En ocasiones así, no río después de llorar ni me quedo indiferente. «José –me digo–, mientras nadie te diga que llora por ti, sigue escribiendo».

El tren a ninguna parte

Esperaba impaciente aquel tren del que sólo su silbido me predecía su inminente llegada. Pitaba, se detenía, volvía a pitar. Yo miraba a lo largo de la vía hasta una curva que la ocultaba. Me impacientaba cada vez que recibía el sonido del silbato más nítido, más fuerte. «Está próximo, su aparición en la curva es inminente», me decía. La impaciencia era ya angustiosa; hasta la vía trepitaba, se acercaba, estaba seguro. Mis ojos no se apartaban de aquella curva por donde debía aparecer el morro de la locomotora con aspecto cansino, como si le costara arrastrar todos los vagones que iban unidos a ella. Ese tren esperaba que fuera el último que cogía para llevarme a ninguna parte. «Ya llega», me dije recomponiendo la figura y mirando al frente. «Que no parezca que estoy asustado», musitaba para dar muestras de valor. Sólo yo las percibía, sólo yo estaba esperando aquel tren.

Un pitido más fuerte y los pasajeros deben prepararse para embarcar. Por precaución me aparté un poco de la vía; era diferente subirme a aquel tren a que me arrollara. Cosas de un pensamiento que se resiste a ser el último.

La imponente locomotora ha traspasado la curva y se acerca sin aminorar la marcha. No lo comprendo, si ha de pararse para que me suba a uno de los vagones que arrastra, debería llegar a mi altura con una velocidad moderada, hasta que, finalmente, se detuviera para que yo pudiera abordarlo.

Quizá no valía la pena pararse para un solo viajero, porque la locomotora a mi altura, en lugar de pararse, dio un respingo de vapor y emprendió la marcha ganando velocidad cada segundo. «No era mi tren», dije sin entusiasmo. Al borde de la vía, esperé a que llegara otro, quizá era demasiado pronto para que llegara el mío.

Soliloquio

Ven y cuéntame tus penas

compartidas serán menos

las que aflijan tu corazón

yo te daré el consuelo

que para mi no tengo

y si consigo alibiarte

quizá me llene de gozo

y justificada mi existencia

Mi penas serán otras

a la espera de un amigo

que las quiera compartir

y si no fuera posible

moriré con ellas

y todo habrá acabado

La fe

Ayer fui invitado a celebrar un cumpleaños. La celebración consistía en sentarse en torno a una mesa bien dispuesta. Por los asientos y los platos ya a la vista, seríamos siete comensales. El protagonista del acontecimiento y su esposa, una pareja amiga de los anfitriones, mi hija, su compañero y yo, igualmente amigos. Siete personas que pronto formaron grupos de discusión: las mujeres por un lado, los hombres por otro. De ellas no pude saber de que hablaban. Me temía que de nosotros, los hombres, pronto surgiría un tema previsible: una pareja era del OPUS DEI, otra Evangelista, mi hija y su compañero sin adscripción religiosa militante; nominativamente católicos.

Yo me mantenía al margen de significarme de alguna forma. Escuchaba a los otros tres hombres. La discusión era confusa. Cada uno opinaba sobre un tema y los demás lo solapaban con el suyo. Se profundizaba y se deslizaba sobre la superficie sobre asuntos que no llegaban al consenso. Cuando se trataba de dar explicación a inquietudes humanas de cierta transcendencia, cada uno manifestaba su forma de entenderlo y, conscientemente, transmitirlo a los demás, que lo aceptaban o lo explicaban a su manera. Y yo callaba, aunque se me iba calentando la boca.

Al buen rato de aquella vorágine de palabras, se me ocurrió decir algo intentando encontrar un punto común de acuerdo. Pedí la palabra y se callaron. Pregunté: ¿»Todos creéis en el imparable progreso de la ciencia»? Sin demasiado entusiasmo, todos dijeron que sí. «Bien —dije yo— entonces, ¿no creéis que sería de esperar que la ciencia nos vaya dando respuesta a todas las inquietudes del hombre? Sólo necesitamos darle tiempo». Lo contertulios callaron por un momento. Uno de ellos, más comprometido con sus creencias religiosas, habló para decir: «Hay muchas cosas que la ciencia no podrá explicar, porque sólo la fe dará sosiego a la inquietud del hombre». La frase parecía redonda, incuestionable. Pregunté, entonces: ¿»Qué es la fe»? Ya todos nos habíamos levantado de la mesa y nos disponíamos a ir a nuestras casas. Besos por aquí, besos por allá para despedirnos. Si el interpelado contestó, yo no lo escuché. Me hubiese gustado conocer su opinión. Yo tenía la mía, que no manifesté. De regreso a casa, se me ocurrió un ejemplo de fe: un hombre intenta llegar a un destino preestablecido por su pensamiento. Toma un camino virtual y se pone a andar. No hay obstáculos y cree que llegará a donde piensa llegar. Pero el camino llega a una encrucijada en la que se bifurca en otros dos con direcciones divergentes. El hombre se para. No tenía información previa sobre cuál de los dos debía coger. Al final decide por uno de ellos. La razón no tiene respuestas, debe tomar la fe como conductor, seguro de no equivocarse. Ya no hay marcha atrás para elegir el otro. El camino elegido es el que su vida a dispuesto para él como verdadero.

Nadie estaba allí para observar si acertó o se equivocó. La fe sólo le sirvió para seguir andando sin la inquietud que le presentó la encrucijada. Claro, que si hubiese utilizado la razón para elegir el camino, tampoco le habría dado certeza de haber elegido el verdadero. Quizá acertó con el que eligió, pero sólo él lo pudo saber cuando llegó al final del camino.

Antonio, ese amigo

Te conocí, y ya era tarde. Yo ya viejo y tú seguías mis pasos. Yo divagaba sobre el destino y tú aún te reafirmabas en tus creencias en lo ya proclamado como verdad incontrovertible. Me hacías dudar. Pero te llevaba muchos pasos de delantera. A ti te quedaba tiempo para creer y a mí ya sólo para saber. Si te parece, podemos hacer algo juntos. Tú sigues afirmando y yo encogiéndome de hombros. Por eso no habrá motivos de discusión. A ti te queda la carga de la prueba, a mí el corredor del final. Quizá ganes y la vida te juzgue con benevolencia ofreciéndote otra vida. No Tendrás ocasión para redimirme, porque yo ya no querré otra oportunidad. Sea como sea, aquí y ahora disfrutemos del presente, que aunque en ocasiones he manifestado que no existe, tengo que reconocer algo en lo que no tengo duda: que mañana pueda decir: ayer, gracias a Antonio, fue un día bonito.

Gracias por invitarme con motivo de tu cumpleaños; es genial que en una ocasión así te sientas feliz y yo me alegre.

José

El sueño

¿Qué me dice usted, señora.

que soy el hombre de sus sueños?

Y no le parece que a deshora

lo suyo son vanos empeños?

¿Qué podemos hacer si duerme

y de pronto se despierta

y comprueba al no verme

que dejó cerrada la puerta?

Esta noche la deja abierta

y el sueño no será tal sueño.

Le prometo que será cierta

la idea de ser su dueño.

Luego, ya podrá pensar

si entre sueño y sueño

si supe bien o no follar.

JDD. (Febrero 2021)