María y los médicos

María fue a su médico de familia, según ella, había perdido el apetito y estaba adelgazando alarmantemente. El médico le preguntó algunas cosas ajenas al caso y María no supo qué responder con coherencia. El médico la miró por un instante largo y le dijo: María, vas a ir al psicólogo, es muy común que tu problema tiene que ver que un estado de ansiedad, pues no veo nada orgánico anormal. Mientras la consulta del psicólogo tenia lugar, María debería tomar unas pastillas de vitaminas.

María fue empeorando durante la semana que tuvo que esperar la consulta del psicólogo. Descartado el efecto nulo de las vitaminas, parecía claro que el motivo era la ansiedad de la que le había hablado su médico.

El psicólogo, un joven, con el título bajo el brazo, pareció que se tomaba muy en serio el caso de María. Le hizo muchas preguntas que a María le parecieron, cuanto menos, caprichosas: que si era casada, separada, soltera y tenía o no novio, que como llevaba su vida sexual, que si tenía animales de compañía y cuáles. Y de la respiración, que si respiraba bien, si le dolía el estómago, el pecho, si sentía cansancio sin hacer esfuerzo, si soñaba y sus sueños eran pesadillas con sensación de peligro inminente, si  tenia celos, temor a la muerte, si le fallaba la memoria y la atención, si se sentía incapaz de sobreponerse a las dificultades, a los desencuentros sociales…. María dudaba a dónde pretendía llegar aquel psicólogo con cuestionario tan exhaustivo, no obstante le fue respondiendo a todas las preguntas, pues nada perdía con ello, y aunque algunas eran sobre cuestiones íntimas, María, que era religiosa, consideró aquella consulta confesión como si la hubiese realizado en un confesionario ante un cura exigente.

–––Bueno, María, creo que ya puedo hacer un diagnóstico, pero, dado que yo no te puedo recetar medicamentos apropiados, te sugiero visites a un psiquiatra, que él sí está autorizado  para ello.
–––Pero doctor ¿qué es lo que tengo según su diagnostico?, preguntó María, presa, si cabe, de mayor ansiedad.
El doctor levantó la vista del informe que estaba escribiendo, miró a su paciente y le dijo:
–––Ya lo digo en el informe. Se lo llevas al psiquiatra y él lo continuará.
–––¿No me puede adelantar algo?
–––María, a todas mis preguntas has respondido dentro de los parámetros de la coherencia, menos a una. Te pregunté si tenías miedo a la muerte y me respondiste que en absoluto. Esa respuesta es incoherente con el hecho de que te hayas preocupado y hayas venido mi consulta, por lo que deduzco que padeces de Esquizofrenia indiferenciada, y en ese extremo, será el psiquiatra el que la evalué y, consecuentemente, la trate.

María fue al psiquiatra, al neurólogo, al ginecólogo, al digestivo Y ya no fue a ningún facultativo más, porque se suicidó. ¿La razón? Probablemente porque no tenía miedo a la muerte en absoluto.

A un amigo que fue

Qué más  puedo hacer por ti, mi buen amigo? Si al menos me recordaras, si te preguntara, si me preguntaras y me respondieras, si te respondiera, si entre tú y yo pudiésemos comunicarnos, como tiempo atrás lo hacíamos por vídeo, por chat, por correo , y reírnos, enfadarnos, si pudiese pedirte o me pidieras y me dieras y te diera, si al estrechar tu mano apretaras la mía, o al darte un abrazo tú me abrazaras, si pudiese hacerte reír o me riera contigo.

Ya no sabes quién soy, no me preguntas, no utilizas ya internet para comunicarnos, tu boca apagó la risa, la sonrisa y hasta la mueca de asombro o disgusto, te tiendo la mano y sólo  yo alcanzo a coger la tuya, camino a tu lado y no te siento cerca, está ausente de mi compañía, porque siento tu cuerpo pero no tu espíritu. Maldita serpiente  que devoró tu cerebro y dejo tu cuerpo insensible, vacío . No puedo hacer nada por ti, amigo, y tampoco sabes cuánto lo siento.

Marte

Comienzo a visionar una serie nueva. Entre las múltiples opciones disponibles, elijo Marte. No soy aficionado a las historias de ficción pura, por ejemplo, no he visto Star Trex. Marte es una mezcla de ciencia actual y la proyección fantástica necesaria para dar solución a los problemas que los científicos han de superar. Me gusta este cocktail, porque no se cometen los excesos que se  dan en la narración de la ficción y la historia parece posible.

Sólo he visto el primer capítulo de los seis disponibles, pero pienso que no son necesarios los cinco restantes para glosar el propósito de la serie.

Marte está ahí. Se parte de una realidad, y es que podemos llegar a él,  y ya hemos llegado, con máquinas, sí, pero hemos tocado Marte. Otra cosa es enviar tripulantes humanos en una nave, llegar a Marte, sobrevivir a las condiciones del planeta, y lo que parece más difícil, crear una estación autosuficiente, donde los seres humanos podrían perpetuarse en el caso de que la Tierra se convirtiese en inhabitable.

El proyecto llegar a Marte está fijado para el 2033. El 2016 es la realidad que ha de conducir a superar las dificultades. Se manejan los dos tiempos, el real y el ficticio, procurando que la conexión no sea muy caprichosa por parte de los guionistas. Una cosa no se sustrae al espectador de la serie, para que esta sea posible, dado el alto coste, todo lo que implica alcanzar Marte  deberá poder ser reutilizable. Y, por supuesto, viable la permanencia en él

Mi mente se desconecta por un momento de lo que estoy viendo y se pregunta si no habría sido más fácil, más económico, más inteligente, que la humanidad tomará la decisión de no ser ella la causante de la necesidad de buscar mundos alternativos para sobrevivir, al ser ella la responsable de preservar habitable el lugar que habita. Pero así es la humanidad, primero destruye, y luego vuelve a construir.

Hecha la anterior reflexión, y ahí queda, merecería se tratado de utópico por cualquiera que me leyera. No me gustaría, porque la ciencia me apasiona, y de la ciencia, lo que no puedo evitar es la justificación a su empeño constante por superar los retos, sin otras consideraciones. Dominar las estrellas es uno de ellos. Y sé que nada la detendrá.

El cuento de la criada

Estoy viendo una serie sorprendente. Usan relato distópico, significa que la utopía es llevada al extremo, y es dañina en lugar de benéfica, al menos eso nos parece. Pero yo tengo mis dudas sobre si es conveniente por inevitable. El marxismo, los fascismos, los totalitarismo de todo pelo, y hasta las religiones, todos tienen algo o mucho de distópicos, tratan de beneficiar a sectores de la humanidad, luego los métodos  pervierten los fines. Llevaron sus utopías a extremos difícilmente digeribles.

En el caso que me ocupa, la alternativa no es tan clara como para sustituir el utópico medio para conseguir el fin. El mundo se muere y no lo regenera la vida. No importa decir la causa, todos, en alguna ocasión, hemos pensado que ese será su fin. En este caso, el síntoma es la casi nula fertilidad de las mujeres. Ante esa situación, los fundamentalistas de la vida se deben creer destinados por dios para poner remedio a la desaparición de la humanidad. Las pocas mujeres fértiles no pueden ser libres de elegir, son un objeto preciado que hay que preservar para el único fin que interesa. Se llega, incluso, a comerciar con ellas con países deficitarios, a cambio de otros productos esenciales. Esas mujeres no pueden elegir algo tan simple como el macho que las ha de fertilizar, esa función se reserva, discrecionalmente, a los altos cargos que gobiernan. Hasta la fertilización es aséptica, carente de sentimientos ni expresiones de gozo, no hay pasión, está prohibida. Las esposas de los gobernantes son estériles. Cada una tiene un criada fértil a la que su esposo fertilizará. Es su privilegio. Nos suena eso a los actuales vientres de alquiler? Con suerte la criada queda preñada y se le retirará el hijo al nacer. La desafección o el fracaso se paga con la deportación o la muerte.  Ese niño es del matrimonio, que habrá, así, alcanzado el fin que la sociedad le demanda.
Por supuesto que la serie introduce un factor que la humaniza y da alas al feminismo. Una de esas criadas se revela, pero no sé que ha de conseguir, no se vislumbra en las capítulos que llevo vistos. Tampoco importa para ya tener la reflexión que me lleva a la duda de la que hablaba antes. Ante una situación límite, cualquier fin justifica los medios?
Probablemente en la serie no será así y se buscará la forma de condenar esos medios, lo contrario supondría un escándalo inadmisible, incompatible con la hipocresía que todos estamos obligados a observar. Y es fácil. La ficción está ahí para ser manipulada, la realidad, si la llegamos a vivir, nos indicará qué métodos son necesarios para corregirla. Espero no vivirla.

La serie es The handmaid’s tale o El cuento de la criada.

JDD

Algo y nada, minicuento

Cuando , como en mi caso, no se tiene nada que hacer, nada que decir a un interlocutor que te escuche, ningún proyecto que iniciar o seguir, ninguna perspectiva que visualices, y así podría continuar el catálogo de nada es nada, el pensamiento se alía con la imaginación y te parece que algo es algo.

Por qué imaginé que una mujer, encerrada en su jaula de soledad, con un niño en su regazo, y otra mujer que, lejos de acompañarla, acrecentaba más la sensación de soledad, podía ser ese algo que fijaba una salida de la nada, no lo sé. Tampoco importa dar sentido a los pensamientos que no cambian mínimamente la proyección de tu vida. Están ahí, por un instante, y luego se desvanecen. Pueden servir para un minirelato con el propósito de permanencia, si consigo que se instale en un hueco de la nada que aqueje a mis lectores y amigos.

La que parece la madre del niño, lo mira incrédula. No acepta que está muerto por la miseria. Escuálida, poco antes había estrujado el pezón de uno sus pechos arrugados. No tenía leche. En su lugar, una perla de suero salió de aquella fuente de vida agotada. La madre no dudó en  aprovecharla, y la recogió en la yema de su dedo índice. Con ella humedeció los labios secos y cuarteados de su bebé, que, agradecido, abrió los ojos levemente para mirar a su madre. Pereció suplicarle ¿mamá, no me das más? Resignado volvió a cerrar sus ojitos para siempre, no había vida sin esperanza.

Después de relatar lo que antecede, me digo pesimista: ¿algo es algo?, porque muchas cosas que parecen algo no sirven para nada.

JDD

El hormiguero

Contemplaba la hormiga de acá para allá, seguramente desorientada. Las hormigas son muy poco dadas a despistarse, salvo las que tienen la misión de buscar alimento. Parecen despistadas, pero una vez lo han encontrado, vuelven al hormiguero dejando un rastro que permitirá a sus hermanas dirigirse raudas a él. Van y vienen, sin disputarle la carga que portan otras hormigas que ya se dirigen al hormiguero. Es una sociedad organizada y diría que perfecta. Las admiro y las odio, porque no respetan mi minihuerto.

Tenía que matarlas. En las tiendas especializadas venden toda clase de armas de destrucción masiva para hormigas. Se rocía el hormiguero y contemplas el efecto. Se retuercen un momento, y quedan paralizadas. Por un tiempo, el hormiguero parece haber quedado sin vida, nada se mueve en su entorno. No muy seguro de haber obtenido el objetivo que perseguía, retiro las primeras capas de tierra. Y sigo profundizando en el agujero. Me horroriza  lo que veo. Cientos de larvas, cientos de huevos aparecen ante mis ojos atónitos. Qué he hecho?  Algunas hormigas, aún vivas, cogen con sus pinzas los huevos y las larvas en un intento de poner su descendencia a salvo. No fumigo aquel espectáculo, me voy de allí esperando que mi conciencia no me reproche haber sido un asesino. En realidad sólo son hormigas, voy repitiendo mientras me alejo…  Y dañaban mi huerto, añado, por si la anterior consideración fuese suficiente.

José, en una tarde calurosa de julio, que soporto gracias al aire acondicionado y un jarro de agua fría.

JDD

Vida después de la MUERTE? Sí, claro que la hay

Todo se vuelve oscuro partiendo de evanescente. Morir, dicen, es la consecuencia de vivir. Para el que muere, la vida carece de sentido; para el que vive, la muerte sólo le inquieta.

Hay quien afirma, con absoluta convicción, que la muerte no debe inquietarnos, que en ese preciso momento, el Yo se libera de la materia y se proyecta en el Universo en pos de una nueva dimensión asistencial. Esta formulación,  ¿qué tiene de real o, si se quiere, de mínimamente empírica? Lo real es probado, lo empírico  es probable. Ese Yo sólo existe en nuestro pensamiento, no hay ninguna constancia, y no dejo de tener en cuenta investigaciones, cuestionablemente científicas, como las que proliferan en Internet a la pregunta “¿existe vida después de la MUERTE?” Muchas personas leen estos alegatos en los que se prueba  esa existencia con “casos verídicos” que lo “demuestran”, terminando por creer o, por lo menos, dudar sobre lo que antes no estaban dispuestos a admitir.

¿Qué posición al respecto ha tomado mi yo material, el único que por ahora se manifiesta? Si dijera que me gustaría que esa hipótesis se confirmara un instante después de que la materia dejase de existir organizada, estaría utilizando mi cuerpo vivo para quitarme la angustia, o simple preocupación, por la desaparición absoluta de mi yo tras mi muerte. ¿Y esto que significa? Sólo veo una explicación: si el cuerpo es evidente y probado que va a dejar de existir, ¿qué le puede importar ese Yo que se escapa de la destrucción del continente? La conclusión no admite reservas: ese yo sólo lo proyecta la materia organizada, no es algo que se aloja en una cápsula que se abre tras su muerte. Si así fuese, deberíamos admitir que ese yo ya existía en la preconcepción de nuestro ser material, o que llegó y se instaló en él. Demasiadas conjeturas, ¿no?

Pero mientras esto escribo, mi yo me está diciendo: tampoco es para ponerse así, espera a morir para comprobarlo. También esto me relaja.

Un recuerdo, de cuando yo era un  niño, viene a mi memoria. Yo asistía, con pesadumbre fingida, al rosario que en un redondel de mujeres sentadas, todas vestidas de negro, rezaban, y así durante nueve días, por el alma de mi abuelo.No tenia, entonces, duda de que mi abuelo -su alma- debía estar esperando que aquellas preces y letanías le abrieran las puertas del cielo. Si aquellas mujeres lo creían, ¿por qué no habría de creerlo yo?

Pero el tiempo termina quitándonos la razón y en su lugar nos da otra. ¿Cuál se la verdadera? Si soy honesto conmigo mismo, no tengo respuesta. Creer o no creer no es lo sustancial; lo que importa es dejar que las cosas unas veces se nos aparezcan como son y otras como quisiéramos que fuesen. Sólo así conseguiríamos eliminar el vacio de nuestras vidas abocadas a desaparecer.

Aquí termina mi reflexión. Y termino diciendo que no me ha aportado nada nuevo.

JDD

Vive lo que veo

Estoy sentado frente a mi ordenador. Ya he repasado las páginas habituales que me ofrece Internet: diarios, la página de inicio de youtube, algún artículo del que quiero algo más que el titular, y poco más. También borro los innumerables correos no deseados que me llegan cada día. Hace algún tiempo, después de hacer eso mismo, abría un archivo sobre algo que estuviese escribiendo o que comenzara a escribir. Llevo con cierta preocupación que esta actividad casi ha dejado de existir. Y no encuentro una razón que me permita comprenderlo. Escribir es, en algún caso, una pasión que se alimenta de pulsiones, y debe ser la edad la que va dejando atrás todo tipo de pasiones y pulsiones, para vivir ya una vida de encefalograma plano.
Pero algo se ha convertido en recurrente. A falta de motivaciones para ponerlas por escrito, paso muchos ratos mirando por la ventana, que se encuentra abierta detrás del ordenador, a un paisaje sin duda lleno de motivos para posar la vista y lanzarme a ellos en picado, como las aves rapaces hacen cuando divisan una presa a ras de suelo. Debería sentirme libre como esas aves, si creo tener todo a mi alcance para poseerlo. Pero no me paro a considerar tal fatuo privilegio y sólo sigo con la vista el perfil del horizonte. Debo decir que mi estudio está situado en una colina de suficiente altura como para, que todo lo demás excepto las nubes, esté situado debajo. Ese perfil que menciono, en ocasiones lo marca el agua del Mediterráneo, en otras, colinas que lo ocultan. En la plácida llanura del agua nada, a excepción de un barco que, por el tamaño y ausencia de ventanas, parece un carguero enorme. Sobre las faldas de las colinas, caseríos blancos o sombría desolación causada por los fuegos. Dudo que allí lata algún tipo de vida. Más próximo a mí, el terreno desigual alberga casas desperdigadas y, sobre todo, árboles viejos, consumidos por la sequía.

Qué pobreza imaginativa la mía, que sólo me permite escribir sobre lo que veo. Pero como si otras realidades asaltaran mis pensamientos, en esos paisajes archivistos y recurrentes a diario, entro en trance transcendente y me doy a pensar en lo inquietante que es contemplar la vida que perciben mis ojos. “Y todo eso seguirá ahí, sin cambios notables, cuando mis ojos se cierren para siempre, para siempre en la eternidad incomprensible”, me digo sin añadir otra reflexión que mitigue mi inquietud. En realidad, nada me aparta de ese pensamiento, nada que lo enmascare o lo suplante. Es así para todos, y si eso sirve de consuelo, no lo es para mí.

Voy a conectar con mi compadre Gerardo, lo hago a diario. El vive cabalgando otra onda. Él habla del alzheimer, la música de André Rieu, las Celtic Women, etc., y lo mezcla todo con cierta gracia al describirlo; digo cierta gracia, porque no sé si hay gracia cierta o gracia falsa. El se ríe de sí mismo, algo que yo no consigo de mí, aunque confío que llegará y lo disfrutaré por algún tiempo.

Y doy por concluido este escrito que no da para más, y como siempre, lo enviaré a algunos incondicionales lectores y amigos. Volverán a repetir eso de “José, eres un pesimista”. Ojala se pudiese comprar optimismo, podría pensar que nada existiría si yo no lo observo, y así no le echaría de menos.

La juventud

El título, partiendo de haberlo puesto yo para encabezar este escrito, puede parecer pretencioso. Lo es o lo sería si yo me atreviera a escribir sobre la juventud. Por lo mismo que si siendo yo joven escribiera sobre la vejez. Aclarado, pues, que no pretendo escribir sobre la juventud, el título corresponde a una película que acabo de ver.

No sé exactamente qué ha pretendido Paolo Sorrentino, su director. Poco importa, porque es una de esas películas que permiten la interpretación personal del que la ve, y seguro que es múltiple.

Y en esa interpretación personal mía, he procurado que no influyan las críticas que leído sobre ella.

Describo, pues, una sensación, la mía mientras la veía y cuando terminó.

Me sentí todo el tiempo como si me hubiese montado en un carrusel de espejos, espejos que deforman la realidad y espejos que la reflejan tal cual. Pero mientras me veía en esos espejos, yo no sabía cuáles deformaban y cuales no. Si me veía grotesco y viejo, pensaba que aquel espejo deformaba mi imagen; si, por lo contrario, me veía relativamente joven o, al menos, con una imagen agradable, entonces quería creer que aquel espejo reflejaba la realidad. Y la película es eso, juventud hermosa y vejez esperpéntica, continuamente desfilando ante tus ojos. Y quieres identificarte con lo que más te place, pero enseguida el esperpento sustituye a la imagen bella, y no tienes recursos para situarte en una imagen fija.

La juventud, así, es una metáfora, una visión primaveral. La vejez, el estío o el frío invierno. En ningún caso puedes situarte, porque a uno le sucede el otro y de nuevo se repite.
Puede que tenga que esperar para verme de nuevo como me gustaría, salvo que el carrusel se detenga.

Ex machina

Ex machina

No tengo idea del significado de este título, conozco el significado de otras expresiones que contienen estas dos palabras: Deus ex machina, por ejemplo.
Quiero suponer que la locución latina se puede traducir como más allá de la máquina, con traducción libre, por supuesto. Si me atengo a esta definición, ya puedo glosar la película Ex machina. Porque, en efecto, el prototipo de mujer robot que centra el argumento es eso, algo más allá de la máquina. Hay muñecas inflables muy sofisticadas capaces de despertar la imaginación y otras cosas en el hombre, pero estas creaciones son muy primitivas. Hoy se intenta que a esas muñecas se le dote de la mal llamada inteligencia artificial. No voy a caer en la trampa de demostrar por qué yo digo que es mal llamada inteligencia artificial, naufragaría frente a una expresión acuñada por los expertos de los que de ninguno tengo referencia haya usado mi expresión. Pero si puedo dar mi impresión, que está lejos de una definición. Cuando a una máquina se la dota de inteligencia artificial, lo que se consigue es que esa máquina haga cosas para las que necesariamente se le supone un cierto grado de inteligencia; que sea no natural no desdice del término inteligencia, de lo contrario se usaría otro término.

Pero el cine no tiene barreras para adelantarnos futuribles que nos permiten vislumbrar el poder disfrutar – a veces angustiarnos- de lo que nos deparará el futuro. Verne fue un precursor de futuribles, que el tiempo los hizo realmente presentes. Siendo esto cierto, no debemos sorprendernos al ver esta extraña historia que presenta la película Ex machina. Un robot más allá de la máquina es Ava, y es más allá de la máquina porque está dotada de inteligencia (deliberadamente suprimo el adjetivo artificial). Esta máquina ya no es una máquina, se la dotado de un cerebro como el más sofisticado hardware capaz de almacenar toda la información que contienen los ordenadores de Google. Tiene autonomía de pensamiento, quizá sólo de razonamiento lógico. En cualquier caso, más allá de sus transparencias puramente mecánicas, para que no nos distraigamos de que es una máquina, Ava es una bellísima creación capaz de ser envidiada por los ángeles. También es un objeto sexual en muchos aspectos, que no le falta algo tan imprescindible como aquellos elementos que hacen que una mujer sea deseable y capaz de dar satisfacción al hombre. Pero si sólo se quedase en eso, estaríamos definiendo a una muñeca inflable de última generación. Ava es más. Y sólo dejo aquí un apunte que, definitivamente, la convierte en más allá de una máquina. Ava es capaz de utilizar al hombre que la creó para incorporarse al mundo real como un ser no humano, pero sólo porque sus capacidades son infinitamente superiores, aunque sólo sea porque es imposible que se equivoque. Y como en futuribles no soy escéptico, me sobrecoge sólo pensar que pudiera encontrarme con algo así y terminar abducido, porque mi mente no estaría a su altura, y no tendría armas para contrarrestar su imprevisibilidad. Queramos o no, no podemos negar que el futuro, como las películas, no tiene obstáculos insalvables. Nos queda la certeza, que somos los seres humanos los que haremos ese futuro, y depende de nosotros manejar los límites, antes de que esas más allá de las máquinas, terminen manejándonos a nosotros.