William James Sidis

El hombre que muestra la foto dicen que fue el ser humano con el coeficiente intelectual más alto de la historia. No sólo el más alto, sino mucho más alto si se compara con otros genios; Einstein dicen tenía 160 de CI. Si sería alto el de Williams, que un psicólogo, según su hermana, lo llegó a marcar en 300. Me limito a esta breve reseña, porque en Google se habla extensamente de sus prodigiosas facultades, y casi resulta difícil aceptarlas como auténticas, por considerarlas espectaculares. Lo demos por cierto.

El tema para mí no es repetir sus hazañas, quisiera enfocarlo de una forma original, si mi pobre CI me lo permite.

Todos lo seres humanos tenemos un mismo origen, discutible o no. Todos estamos constituidos de forma parecida, si no igual. Nuestros cerebros, groso modo, se parecen como dos gotas de agua. La neuronas que trabajan dentro de nuestro cerebro mantienen unos esquemas parecidos. El resto del cuerpo, sus órganos, no difieren unos de los otros. Pero, es evidente que no somos todos igual de listos. Como con el Espacio, aún no se ha descubierto ese secreto que nos hace diferentes; se especula que un componente genético es el principal causante de la inteligencia. Dudosa afirmación, por las contradicciones evidentes que se pueden observar en los familiares. Pero yo no estoy capacitado para discutir sobre supuestos más o menos aleatorios. Lo que sí digo (afirmo) es que todo en el Universo es una paradoja constante, que no hay forma de plasmarlo en una definición única o en una formula matemática y, por tanto, vano el empeño que nos induce a creer en algo como incontrovertible, porque alguien vendrá con un CI alto a decirnos que de eso nada, que estamos errados. William James Sidis dicen que era ateo.

Un pájaro y yo, nada más

El pájaro yacía inmóvil en el jardín, parecía que estaba muerto. Era un gorrión, un pájaro de lo más vulgar, que dicen está en extinción. Desde luego llevaba tiempo sin ver uno, creo que el último fue estando sentado en una terraza de un bar, al aire libre. Correteaba a saltos entre las mesas recogiendo aquello que le servia de comida. Pero nunca los vi en los arboles, o en los lugares en los que solían estar.

Me acerqué con la idea de recogerlo y enterrarlo. Al tocarlo se revolvió sobre sí mismo; no estaba muerto, quizá sólo herido. Con cuidado lo cogí en mi mano, lo sujeté dejando sólo libre la cabeza. El pájaro la movía rotándola, intentando, a mi parecer, zafarse de mi mano. Pude liberarlo, no tenía intención que no fuera esperar a que sobreviviera. Con cuidado fui abriendo la mano hasta que aparecieron sus patas. Una de ella estaba rota por la articulación mediana, entre el tarso y el metatarso. Ahora ya sabía por qué el pájaro permanecía inmóvil en el suelo; los pájaros emprenden su vuelo ayudados por sus patas, que actúan como muelle impulsor. Lo llevé a casa, mientras esto hacía, iba pensando qué podía hacer por él. Quizá si lo entablillaba podía lograr que su articulación soldara. En la cocina cogí un palillo plano, usado para, en la mayoría de los casos, limpiarse los dientes. En el cuarto de baño y del botiquín saqué un rollito de esparadrapo fino, como de papel. También, un frasco de antiséptico. Con todo eso y el pájaro en una de mis manos, me senté en el sofá del salón, frente a la mesa de té. Iba tratar de curarle la pata rota, pero necesitaba las dos manos. Por allí vi una caja de un tamaño apropiado para contener dentro el pájaro. Pensando, se me ocurrió hacer un agujero en la tapadera del tamaño de una moneda de un euro. Metí el pájaro en la caja y procuré sacar sus dos patas por el agujero de la tapa. Cerré la caja y ya tenía las dos patas del pájaro . Observé la pata sana y su disposición. Partí el palillo en dos mitades despuntándolo y los dejé encima de la mesa. Igual hice con una tira de esparadrapo de un 5 centímetros y el desinfectante. Algo faltaba: antes de colocar los palillos y desinfectar, debía poner alrededor de la zona a curar, o una tela o un un poco de algodón. Como el pájaro metido en la caja no se iría, fui al botiquín, y lo que encontré fue un rollo de gasa impregnada de antibiótico. Me pareció todo un hallazgo. Me la llevé al salón y comencé la operación quirúrgica sin dejar de pensar si daría resultado. No usé el desinfectante, pues la gasa me pareció suficiente, dado que tampoco parecía tener una lesión abierta. Envolví la zona afectada con un trozo de gasa, coloqué los dos trozos de palillo paralelos, manteniendo la pata recta, los sujeté con el esparadrapo y moví la pata en buen estado para comprobar si podía llegar a estar igualmente recta; lo dudaba porque siempre los había observado con las patas flexionadas. No parecía que el mantener la pata dañada derecha pudiese crearle luego un problema al pájaro; si podía apoyarla en el suelo o donde estuviese, el impulso podía ser suficiente para emprender el vuelo o para desplazarse. Terminada que di la operación, abrí la caja, liberé las patas y el pájaro se revolvió, quizá asustado, pero la pata entablillada permaneció derecha. Hasta después de unos minutos, que el pájaro había cambiado de posición, ahora boca abajo. ¿Y ahora qué?, me pregunté. «El pájaro tendrá sed, y hambre». Lo que pasó después se puede resumir: con una jeringa le di de beber. Con un palillo le introduje en la boca migas de pan mojadas en leche. El pájaro no ponía resistencia a ambas manipulaciones, hasta que se saciaba. Mientras estaba convaleciente, lo acomodé como mejor pude, usando una caja de plástico mayor que la utilizada para operarlo, y a la que le hice agujeros en la tapa para que pudiese respirar. En el fondo de la caja puse un paño suave y mullido para que se sintiera a gusto. El pájaro parecía haber superado el paso por mi improvisado quirófano. A los diez días ya se movía dentro de la caja usando las dos patas, y resultaba hasta gracioso observar que el pájaro se movía balanceándose buscando apoyo , ora en la pata sana, ora en la pata entablillada. Aunque indagué en Google cuánto tiempo debería estar el pájaro con ese artilugio, no encontré nada; un veterinario me lo habría dicho, pero me decidí a llevar a término la operación por mi cuenta. El pájaro ya comía y bebía solo de lo que le ponía en la caja, así que me pareció que nada impedía tenerlo así un tiempo más para asegurarme del éxito de la operación. Habían pasado unos veinte días, que me decidí a liberar la pata de todo lo que le había puesto. Lo volví a meter en la caja del agujero donde lo había operado, las patas fuera, le quité el esparadrapo, los palillos y la gasa, y con miedo de haber fracasado, observe la pata curada. Tenía buen aspecto, no había infección ni inflamación. Por unos instantes, la pata permaneció derecha, sin flexión alguna. «Quizá ha soldado mal», me dije. Pero también me tranquilizó comprobar que no era ya una pata rota. Con cuidado intenté flexionarla y luego de dejarla volvía su posición enderezada. Pasados algunos días, durante los que le apliqué sesiones de flexión, el pájaro comenzó a andar por la caja sin apenas cojera. «Está curado», pensé. Aún así, lo dejé en la caja, ahora sin la tapadera. Le seguí poniendo agua y comida, ya propia para pájaros enjaulados, y de vez en cuando lo observaba. El pájaro, al verme, no parecía asustado.

Como acostumbraba, al levantarme miraba la caja donde el pájaro se reponía. Sucedió que una mañana la caja estaba vacía. ¿Dónde había ido? Lo busqué por toda la casa, no lo hallé, pero ya pude tener una intuición: había dejado la ventana del cuarto de baño abierta y quizá un gato habría dado buena o mala cuenta a de él. Me embargó la tristeza. Todo lo había hecho bien y sólo un descuido había hecho fracasar el empeño y esfuerzo. No dejé de pensar en el pájaro todo el día. Al atardecer, pasé casualmente por donde había dejado la caja de cuidados intensivos. La alegría fue enorme: el pájaro había vuelto, comía plácidamente. Al verme, dejó de comer, tomó un impulso y se subió a mi hombro. Desde allí se acercó a mi cara, me la picoteo sin hacerme daño y lo tomé en mis manos. Parecía sentirse a gusto, movía la cabeza mientras me miraba, posiblemente agradecido. Cuando la ceremonia dio a su fin, el pájaro tomo impulso sobre mi mano y salió volando por la ventana. Ya nunca más volvió.

Esto que cuento no sucedió, pero bien pudo haber sucedido, salvo que me haya dejado llevar por exceso de la imaginación.

«Totus»: todo entero

Todo. Esta palabra implica que nada existe fuera de ella. Pero no siempre se usa en su su sentido estricto. En ocasiones lo que queremos decir es es que de un asunto cualquiera al referirnos a todo, siempre habrá flecos que no se contemplan. Tomo frases para explicar esto último:

Leyó todos los artículos. Es evidente que no pudo leer todos los artículos, tendría que referirse a un caso concreto, autor, etc.

Se leyó todo ese libro. Aquí la palabra todo podría evitarse, pues con ella pareciera que el sujeto hizo el esfuerzo de leerse todo el libro.

Fue todo un acontecimiento. En esta frase, todo podría significar dos cosas: que todo (lo sucedido) fue un acontecimiento, y que el suceso (particular) fue un acontecimiento.

Creo suficiente, pues no pretendo entrar en lecciones de grámática, para que se entienda lo que sigue.

Un joven enamorado quiere demostrar su amor a su amada y le dice:

Te quiero con todo mi corazón; todo lo que tengo es tuyo; todo en ti me vuelve loco; haré todo lo que me pidas.

Bien, el joven que así se expresa utiliza la palabra todo para decirle a su amada que nada hay fuera de esa palabra. La joven, sin duda, se siente halagada, es una declaración de amor con contenido inequívoco. Pero… se equivoca; se equivoca él y se equivoca ella. ¿Y por qué? Porque si ella y él no entienden los límites de la expresión todo, ambos son unos auténticos idiotas.

Disculpen todos mis lectores; digo todos, porque no habrá ninguno que acepte ser idiota.

El que escribe y el que lee

En algún diccionario ideo constructivo o de frases de las llamadas felices, tres o cuatro autores coincidían en suponer que la lectura nos permite conocer los  mejores pensamientos del autor, y los autores que esto decían, que no recuerdo sus nombres, eran de los llamados indiscutibles. A mi juicio se equivocaban, o su candor era notable. Según yo creo, al escritor no se le pasa por la cabeza, mientras escribe, dejar en el papel el testimonio de lo que piensa; lo que hace es pensar luego en lo que escribe. De esta forma, el escritor es el primer lector de lo por él escrito. Sólo así se entiende que para un escritor equis, lo que escribe está bien escrito, y lo que dice va a misa. Es la prepotencia del escritor frente al papel (ahora la computadora), que pocas veces tiene presente al lector al que van a caer sus escritos. La frase de aquí abajo,

“Los intereses del escritor y los de sus lectores nunca coinciden, y cuando lo hacen no es sino un afortunado accidente”,

podría suscribirla, pero no. Y digo que no, porque escribir y leer no es una confluencia de intereses. Sería confluencia de intereses (luego se vería si afortunada o no) si el escritor escribiera bajo demanda acordada. Pero por lo que digo antes, el escritor sólo confluye consigo mismo en una primera instancia. Es como el equipo que diseña lavadoras en una firma de lavadoras: concluyen que el producto es bueno y que se venderá solo. Los artistas, en general, hacen lo mismo: se gustan a sí mismos y creen —o les importa un carajo— que deberán gustar a los demás que tengan la suerte de participar de su arte. En definitiva, lo que sucede es lo que dijo Ionesco,  sin creérselo del todo, supongo:  «Sólo valen las palabras, el resto es charlatanería» Ah, y a través de los libros no se puede entender nada, y menos el Universo,  como dice el autor (1); menos mal que deja aparte el amor, para que los poetas sigan divagando.

(1)

Hoy, en el año de gracia 2021, aún se sigue especulando con el «origen del Universo». Líbreme Dios de entrar al trapo de las especulaciones más recientes. Si acaso, recomendar un libro fácil de leer y comprender del autor Iván Agulló «Más allá del Big Bang». Escribo una reseña del libro copiada al azar:

«Una provocación al intelecto que nos embarca en un viaje fascinante a través del tejido cósmico. ¿Qué fue el Big Bang realmente? ¿El universo es eterno o tuvo un comienzo? ¿Tendrá un final? El lector tiene entre manos una obra que pone las grandes cuestiones del universo al alcance de todos. Con la capacidad de presentar con sencillez temas tan sumamente complejos como la Teoría de Cuerdas y la Gravedad Cuántica de Lazos, Iván Agulló aporta algo de orden al caos infinito de interrogantes que la cosmología enfrenta en la actualidad. Lo hace mediante esta breve historia del universo y de los brillantes teóricos que han revolucionado por completo los cimientos de la ciencia y de nuestro entendimiento de todo cuanto nos rodea. Con una gran profundidad intelectual y filosófica, este libro logrará expandir el universo de ideas que cualquier mente curiosa alberga».

Y me quedo con una pregunta sin respuesta, aunque ya se hayan inventado la física cuántica para no quedarse con cara de bobos.

Se dice que el Universo se expande a partir del Big Bang, ergo el Universo antes del Big Bang era como una infinita caja vacía; no es, pues, el Universo el que se expande, sino las cosas que contiene.

Concusión: Yo con Ionesco, he dejado de leer libros que traten sobre el Universo. Por una razón: porque aunque las palabras pueden crear magia, detrás de la magia siempre hay un montaje.

¿Vivimos de paso?

«La muerte sólo es la puerta que se abre a otra vida». Es esta una frase que se oye con frecuencia pronunciada por personas cuerdas. Se le nota seguridad al pronunciarla, nunca dicen «quizá». No pidas más explicaciones, si no quieres que el dicente tuerza el gesto. A partir de ahí, apenas si queda camino que recorrer, no te esfuerces en contradecir tal aseveración o serás considerado un negacionista sin fundamento. Y tienen razón, porque si yo pretendiera negarle, tendría dificultades, las mismas, que él para afirmar lo contrario. «No está probado», puedes decir con cara de idiota. «Tampoco lo que tú niegas», dirá él otro con la seguridad de saber que no se le puede discutir. El tema queda en tablas, aunque siempre hay alguien que se considera ganador en su íntima consideración, pues no lanza ninguna campana la viento de la victoria.

Digo lo anterior porque tengo que reconocer que mi contrincante tiene muchas posibilidades de estar en lo cierto. El se apoya en testimonios más o menos apócrifos que aseguran otra vida después de la muerte. Y tú, que no dispones de ninguno para poder negarlo, has de admitir que puede tener razón. Sea como sea, me dará la oportunidad de tener una ligera esperanza en un momento de mi vida que le veo las orejas al lobo, como se suele decir cuando esperas que el lobo puede estar cerca. Pero también quiero que quede claro que no me bajo del burro y sigo creyendo que lo que que me queda es lo que me me quede, y a otra cosa, mariposa. Con la humildad propia del que no piensa en otra cosas que al recordar la frase bíblica que al parecer Dios le dijo a Adan cuando lo creo: «»RECUERDA QUE POLVO ERES Y EN POLVO TE CONVERTIRÁS” (Génesis, Cap. 3, Vers. 19), lo único que yo pudiera decir es que eso es lo que parece que ha de suceder, y a lo que añaden los exegetas de las «Sagradas escrituras», que se adjudican el don de interpretar a Dios, que eso nada tiene que ver con el alma inmortal, pues yo me encojo de hombros preguntando o preguntándome: » qué es el alma». Todavía no encontrado una respuesta.

Mi gatita ya es una gata

Cuando los hijos se van del hogar que los vio crecer, ¿existe una comparación con que abandone el hogar un animal de compañía? Bueno, debo precisar que animal de compañía no es en el sentido que se le da a las mascotas. En este caso es algo más, hablo de mi gata. Cuando la encontré podía taparla con mis dos manos, tendría uno o dos días de vida. Enseguida la adopté. A mis pechos, digamos biberones, la alimenté cada tres horas, incluida la noche (creo haberlo contado ya). A los nueve meses ya es una adolescente que comienza a tener síntomas propias de la sexualidad, como preparada para ser madre (no se entiende la sexualidad animal como un deseo puramente carnal, como en los humanos). Y como en la casa no le habíamos proporcionado un novio, se manifestaba inquieta, melosa, si le pasaba la mano por el lomo, adoptaba la posición apropiada para que el macho la cubriera. Perdió el apetito. Podéis encontrar similitudes en los humanos y en otros animales que hayáis observado. Yo, padre y madre amantísimo, hacía de consolador y parecía calmarse. Sufría, seguro con ella, la relación incompleta. El caso es que aún en ese estado, no se iba de casa en busca de algo más natural. Así pasaron tres o cuatro días y comenzó la normalidad. ¿Qué le sucedió ayer para que se fuera de casa, no apareciera en todo el día y noche? Mi hija y yo salimos a buscarla por los alrededores, sólo vimos gatos desconocidos apostados encima de los muros de la cerca. ¿Estaría asustada y escondida de ellos? Eran gatos grandes, imponían, puestos en la piel de mi gata. Cansados de la infructuosa búsqueda, lo dejamos con la esperanza de que por ella misma volviera. No le preguntaríamos que había hecho, quizá lo sabríamos pasados unos meses. Me niego a castrarla, adoptaré lo que la naturaleza le reserve.

Esta mañana me disponía a observar con unos prismáticos el campo que rodea a mi casa. Esperaba verla moverse entre los matorrales. No fue necesario, porque allí estaba, en un pasillo de la casa, como si no hubiese roto un plato. No tenía señales de haber sido «cogida» por ninguno de aquellos machos que merodeaban por allí, Tenía hambre y sed, luego, como acostumbraba, se acostó a mi lado mientras yo tomaba mi siesta. Parece estar arrepentida de haberme hecho pasarlo mal, pues no se quita de mi lado. Aquí, al lado de mi ordenador, está ella mientras esto escribo. Parece que mira al otro lado de la ventana, como si fuera de la casa está algo que no encuentra dentro. No puedo explicarle que fuera está el peligro de las malas compañías, quizá si me comprendiera, me diría: «pero, papi, eso es precisamente lo que quiero y deseo». Tendré que aceptarlo.

De lo que un día escribí

Se dice que uno es el producto de sus obras. También, que por sus obras le conoceréis.

Resulta que, sin nada mejor que hacer, hoy me he sentado frente al ordenador con la intención de saber un poco de mí. Porque si sólo tomo en cuenta lo que recuerdo, seguro que quedo tan desdibujado que no sabría si se trata de mí o de un fantasma que se me parece. Y buscando en este pozo si fondo que es la memoria de mi ordenador, me encuentro un archivo que abro con la curiosidad de quién se pregunta cada día: quién soy yo». El archivo contiene mi paso por un foro pseudo literario, muy politizado, mexicano con nombre El Cadillo. No recuerdo si, finalmente, me echaron de allí o yo acabé con el foro con mi insoportable osadía. Releo algo de lo que guardo y la primera conclusión que saco es que, efectivamente, fui un osado, literariamente maleducado, sacrílego, prepotente y todos los adjetivos que se me quieran poner delante de mi nombre. Pero, como digo, no soy sino un producto, y los productos o se desechan o se los guarda uno para que la historia los juzgue. ¿Arrepentirme de algo? No tendría sentido. No creo en la recuperación del yo impoluto por arrepentimiento si antes estuvo manchado. Tampoco, hoy, creo que no fue para tanto rasgarse las vestiduras. Lo que escribí entonces podía haberlo dejado sepultado aquí, en mi ordenador, pero eso sería renunciar a mi pasado, que para bien o para mal hoy habría prescrito. No espero, por tanto, ni aprecio ni desprecio por las cosas que , entonces, escribí. Si alguno de vosotros la las lee, sólo le pido que sonría.

Este es el archivo: Deben copiar el enlace y pegarlo en su ordenador, móvil o lo que uséis para las búsquedas

file:///Users/Jose/Desktop/CARPETAS/macbookpro/Documents/Documentos%20II/Documentos%20Antiguos/ElCadillo.html

Y el virus habitó entre nosotros

¿Miras la televisión o lees los periódicos? Hace meses que yo ni lo uno ni lo otro. Montema: el covid-19. Cuando apareció la llamada pandemia, todos los medios se volcaron en hablar de ella. Viendo que siempre se trataba sin cambios sustanciales, decidí no escuchar ni leer lo que machaconamente se me ofrecía. Pocos motivos para la esperanza, poca información fiable y contrastada. Ola tras ola, vacunas y más vacunas, contagiados y fallecidos. Pronósticos inciertos.

El mundo a la vista presenta una aspecto distópico; todos con mascarilla, como si de una zona pudenda se tratase; esas partes que, por pudor, se llevan cubiertas., como son los genitales externos: pene y bolsa escrotal en el hombre; labios mayores y menores de la vulva y clítoris, en la mujer. El ano. Los pintores de este siglo deberán pintar al ser humano con esa prenda, si en el futuro no quieren ser tratados de indecentes. Ahora todos somos parecidos, ocultas las facciones. Si esto acaba algún día, a muchos les costará salir a la calle a cara descubierta. Muchas mentiras quedarían a la vista y ser juzgadas de forma inmisericorde: «¡Hostia, qué careto más horrible tiene ese o esa». Motivo suficiente para un rechazo que implique cercanía, llamase amor o sexo casual. Sólo la convivencia sincera se dará en la familia, cerradas las puertas a la curiosidad crítica de los de fuera.

«Tápese la nariz, use guantes, desinfecte las manos, mantenga la distancia», son órdenes habituales cuando vas a un supermercado o un lugar público. Se cierran fronteras, no las de las naciones, que también, sino las de tu propio pueblo o, incluso, las de tu propia casa. Bares, restaurantes, hoteles, lugares de ocio se cierran o se limita el horario y se imponen otras restricciones. Y este panorama, que pareciera de ciencia ficción, es la realidad del momento, no en un lugar concreto, en el mundo entero. Amen de lo que esto supone y supondrá para la economía individual o de los colectivos.

Y aún no he visto a nadie llorar o suicidarse, pero llegará ese momento. Ante un suceso de tal magnitud, la ciencia debería tener una respuesta inmediata, pero me temo que se están dando por vencidos; es el efecto naturaleza descontrolada. Quizá sea la solución para la supervivencia de la humanidad. Volverá a ser válido el axioma: «Solo sobrevivirán los más fuertes». Darwin quiso humanizar esa expresión añadiendo: «“Las especies que sobreviven no son las más fuertes ni las más inteligentes, sino aquellas que se adaptan mejor al cambio”. Pero para el caso es lo mismo, porque para adaptaras mejor al cambio es condición indispensable ser fuerte.

No es mal ejercicio que cada uno de nosotros valore su fortaleza ante los acontecimientos adversos, y si concluye que no está preparado, un consejo sería que no hace falta que concluya tal cosa, porque si llega el momento, el momento decidirá qué hacer con él.

¿No es un misterio?

En el jardín de mi casa crecen algunas plantas singulares. No son muchas si las comparamos con las que la naturaleza reparte por la Tierra. Pero hoy me olvido de otras sorprendentes y me fijo en esta mía. Suficiente para escribir sobre el misterio de la vida. Esta es la planta a la que voy a referirme:

Agave attenuata

Hoy tendré que aceptar que mi página no quiere que divague. Había escrito una larga parrafada sobre esta planta que, probablemente, WordPress debió entender que era un exceso y me la borró. La hizo desaparecer incluso de la papelera.

Retomo el asunto con el temor de que mi página esté empezando a filtrar lo que escribo y no deja pasar lo que no es publicable. Voy a ser más concreto:

La inflorescencia de esta planta es asombrosa, se mire como se mire. La planta madre que se ve en la base sostiene ese tentáculo (con razón en México la llaman planta calamar). No es una flor liviana, su estructura la forma un tallo leñoso, sin duda pesado, que la planta madre sostiene mientras crece más de dos metros. Hermoso y misterioso el observarlo. Pero el misterio no acaba ahí. Pasado un tiempo, la planta madre se marchita, quizá exhausta de un parto desproporcionado, la flor se seca, y ha de hacerse desaparecer, planta y flor, porque ya cumplió con su destino de adornar mi jardín. ¿Sigue el misterio? Efectivamente, arrancada la planta madre y su flor , ambas marchitas, se pueden observar que allí mismo han surgido varios retoños de la misma planta. Probablemente están pidiendo se trasplantados a un lugar con tierra fértil, donde repetirían el ciclo «crecer y multiplicaros» bíblico. ¿Es éste el misterio?

Terminaba mi escrito borrado con la siguiente frase:

No es un misterio, es que aún no sabemos nada de la vida.

La mente en blanco

Así percibo que está mi mente a medida que pasan los días. Será porque ya son pocos y nada se puede esperar que constituya un hábito perdurable en el tiempo. Pero aquí estoy, de nuevo intentando decir algo que atrape el interés de mis lectores-as. ¿Pero hay algo que yo pueda decir e interesar, aunque sólo sea para leerlo de corrido y volver a youtube o consultar una receta de cocina? Yo mismo me comporto como si ya todo lo que vale la pena hubiese dejado de interesarme. Recuerdo cuando era joven, hasta que cumplí los veinticinco años, que buscaba autores, clásicos y modernos, en las bibliotecas públicas o en las librerías de usado y leía como si fuese una necesidad fisiológica. Desde entonces, sólo ojeo los títulos que se me ofrecen en los estandes de los supermercados, los escaparates de las librerías o, si por casualidad, Google abre por un autor, o un periódico incluye una reseña de algún premio literario, o , de pasada, leo los títulos de los libros que aún tengo en mi escritorio, los que se salvaron de ser donados a la biblioteca pública de mi pueblo. Pero ya no recuerdo cuándo abrí un libro con la intención de leerlo o releerlo. Todos esos títulos han pasado a formar parte de algo que ha dejado de interesarme. Es como si, paseando por el campo, llamara mi atención una planta pero pasara de largo sin identificarla, sin observar sus flores, sin buscar en Internet su razón de ser botánica; es una de las muchas cosas que han dejado de interesarme de este mundo, en realidad casi todas. Ahora, cuando observo que en está página han quedado impresos cientos de títulos con sus correspondientes contenidos, los escasos lectores que me indica el sistema, pienso si a ellos les sucede lo mismo, que ya pasan de mí, que ni siquiera abren el enlace que les envío para ver de qué va esta vez, o, que siendo humilde, nunca fui alguien que esquibriera algo de su interés. Esta suposición no me impedía seguir escribiendo, ya que lo hacía casi en exclusiva para mí mismo. Pero el placer siempre fue escaso, a veces miro algún titulo del pasado, releo por encima el contenido y no me reconozco su autor. Sucede con casi todo lo que pasa por nuestra vida, se olvida, salvo acontecimientos que nos marcaron de algún modo.

Bueno, ya he escrito algo por hoy. Me ha entretenido un rato del tiempo que me queda.