Método para el escritor inapetente

Una lectora a tiempo parcial y escritora a tiempo completo me confiesa que no escribe desde hace tiempo y que eso la mortifica.

Un escritor –y por escritor es el que escribe como hábito– cuando deja de escribir es por una de estas razones: a) por falta de sosiego y, en consecuencia, la inspiración imaginativa se inhibe en favor de su realidad, b) por no haber encontrado el eco que esperaba a sus escritos, lo que le anula su autoestima, c) porque no encuentra ya el placer que antes encontraba escribiendo. Quizá hay más.

Yo he tenido momentos como el de mi amiga, y si los he superado ha sido porque, desde que escribo como habito, siempre he utilizado el mismo revulsivo a la inación creadora: me siento ante la pantalla del ordenador, abro una entrada nueva en mi WordPress, aparece una página en blanco. Durante eternos segundos mi mente está, igualmente, en blanco; a veces se cruzan ráfagas de mi realidad sin quedarse. Por alguna razón que se me escapa, de repente aparece una lucecita: es una palabra, a lo sumo dos. No me dicen nada, salvo que, mecánicamente, mis dedos se activan, aporrean el teclado y la página en blanco se mancha con ellas. Vuelvo a quedarme en blanco, ahora mi mirada fija en esa mancha sin significado, ni siquiera parecida a las manchas que los psicólogos utilizan con sus pacientes para que les dé una interpretación subjetiva. Otra vez un destello fugaz en forma de otra palabra, en ocasiones es una frase en forma de estela de cometa. Mis dedos intentan atraparla, y en la página aparecen como una continuidad lógica a la primera lucecita. Me animo. Esa primera mancha ya me sugiere algo, aún sin definir de forma precisa. El método parece que funciona y mis ojos no abarcan ya otra cosa que la mancha. Y claro que funciona, porque por mi mente comienzan a discurrir lucecitas y lucecitas. Ya parecen una lluvia de estrellas. Ya comienzan a significar que el mundo no se ha acabado para mí, sino que me sigue dando acogida y me invita a contribuir a su creación; mi pequeño aporte es imprescindible para que el todo tenga sentido, nada es prescindible. Los fuegos artificiales cesan, ahora mi cerebro ya elabora su concierto neuronal y tiene un argumento. Desarollarlo ya es cosa de pensar de forma estructurada, no necesariamente lógica; se llama imaginación o proyección de ideas.

Y termino poniendo punto y final. Releo, quizá no es gran cosa pero dice algo coherente.

Este escrito comenzó con una lucecita: una lectora…

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