No sé qué hacer

Estaba harta de ver cuatro paredes en cualquier lugar que estuviera de mi casa. O me había tomado demasiado en serio el confinamiento por el virus o padecía de una especie de esquizofrenia. Me pregunté cómo estaría la calle y, después de dudarlo, decidí salir al balcón. Me puse la estúpida mascarilla y hasta unos guantes de los que se ofrecen a la entrada de los supermercados. Antes de salir, pensé si debía tomar alguna otra precaución. El virus podía circular por el aire de la calle esperando instalarse en cualquiera que no estuviese debidamente protegido. La mascarilla sólo cubría una parte de mi cara, básicamente la respiración por boca y nariz, pero y los oídos, la cabeza, el resto de la cara, ¿es que esa zonas no estaban expuestas? La solución sería ponerse una bolsa de plástico que cubriera mi cabeza hasta los hombros y anudada al cuello. Y eso hice. Sólo podía aguantar unos segundos, hasta consumir el oxigeno que contenía la bolsa. Una vez segura de no tener ni un centímetro de mi cuerpo al descubierto, salí al balcón. Por la calle pasaban algunos transeuntes, pocos, me sorprende que sólo lleven mascarilla. Pero mi sorpresa es aún mayor al ver a mi vecina, que en el balcón colindante, sin mascarilla, sin guantes, con un escote de vértigo, brazos desnudos, se apoya indolente en el barandilla de su balcón mirando la calle . Debió advertir mi presencia que vuelve la cara, y al verme de esa guisa, no puede reprimir una carcajada. «Pero, Rosario – me interroga – ¿qué pinta es esa? Por lo del virus, toda precaución es poca, le contesto». «Pues no será por el virus que mueras, pero será por hipoxia si no te quitas esa bolsa». La verdad es que ya estaba sintiendo algo de mareo, pero tenía que volver a entrar en casa para quitármela, mi vecina era, a mi juicio, una insensata, seguro que se contagiaría. Ya en casa, con sumo cuidado me quito la bolsa, agradecida por respirar el aire puro, luego la mascarilla y finalmente los guantes, todo metido en la bolsa vuelta del revés, la cerré con un nudo y la tiré al cubo de la basura. A continuación me lavé las manos con desinfectante y ya me quedé algo más tranquila. Pensando en el irresponsable comportamiento de mi vecina, estaba segura que se contagiaría, y no pude menos de tener una nueva preocupación: ¿ Y si el virus atraviesa los resquicios de las puertas y penetra en mi casa? Me llevó toda una mañana sellar las puertas y ventanas con papel celo. Ahora estaba segura. Pasados unos días eché en falta algunos alimentos básicos, el aire que respiraba me producía fatiga y mareo. Tuve miedo, me moriría, no del virus, de mi esquizofrenia en grado de estupidez absoluta. Y como esa muerte no era mejor que si moría del virus, decidí adoptar la alternativa de mi vecina: enfrentarme al virus a pecho descubierto. Más aún, sali en bikini al balcón. Mi vecina que me vio, volvió a soltar una carcajada. Entonces comprendí que ni tanto ni tan poco.

Una respuesta a «No sé qué hacer»

  1. Es el tiempo en que vivimos, Don José.
    Nos taladran desde los medios de comunicación y el miedo nos cerca.
    Oscilamos entre extremos, allí donde Ud. nos retrata.
    Excelente.

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