Adela y un señor cualquiera

Se llamaba Adela, tenía el pelo castaño, la pupila de los ojos negra, medía un metro con sesenta y cuatro centímetros desde la cabeza a los pies, bien entrada en carnes, pechos elevados y el culo respingón. Su boca siempre dibujaba una sonrisa, fuese constitucional o que todo en la vida lo veía con optimismo. A sus 24 años se había quedado sola en la vida; sus padres habían muerto en un accidente, no tenía hermanos, los parientes vivían en lugares remotos, con los que nunca se relacionaba. Trabajaba como asistenta en un hostal del pueblo. No ganaba mucho, pero allí comía y se duchaba con agua caliente, la que no tenía en su casa. Siempre se la veía aseada, sin ostentación en el vestir. Era, en definitiva, una de esas mujeres que, sin llamar la atención de los hombres, todos la hubiesen querido tener por esposa.

Un día un forastero se alojó en el hostal. Un hombre de unos sesenta años, bien conservado y elegante. Allí conoció a Adela, que recién salía de dejar terminada la habitación que había abandonado otro cliente.

—Hola, señor, su habitación está lista—le dijo al cruzarse con él.

El hombre la miró, primero a su sonrisa, luego un ojo panorámico a su cuerpo, y al saludo de Adela, contestó:

—¿Seguro que no sólo está lista, sino vacía?

Adela no comprendió el significado que el señor había querido dar a la palabra vacía, y se atrevió a decir:

—Claro, señor, ¿quién la habría de estar ocupando, si es la habitación que le han asignado a usted?

—Claro, claro, me refería a que en la habitación no se ha quedado el fantasma del ocupante anterior— respondió muy serio, sin visos de estar bromeando.

Adela no pensó que aquel hombre bromeaba o se burlaba de ella. Había conocido a muchos clientes con fijaciones tan o más raras que aquella. Contestó sin perder la sonrisa:

—Fantasma no, pero el cliente anterior solía invitar a señoritas, usted ya me entiende, que aunque he abierto las ventanas para ventilar, seguro que han dejado restos de perfume barato.

—Bueno, eso no tiene importancia. Usted ya noto que no usa perfume, así que si huelo alguno, no pensaré que lo ha dejado usted. Es usted una mujer muy especial, me hubiese gustado haberla conocido cuando tenía más o menos su edad, seguro que me habría enamorado de usted, casado y con familia.

Adela ya forzó la sonrisa. Aquella galante forma de dirigirse a ella nunca la había experimentado antes por parte de ningún hombre, y como en cuestión de trato con los hombres no se cortaba un pelo, apoyándose en el carrito de los útiles de limpieza, le respondió:

—¡Qué bonitas cosas me dice usted! Ni yo soy tan joven ni usted muy mayor. Me gustaría tener la ocasión de seguir hablando con usted, pero mi trabajo me lo prohibe.

— Nos podemos citar en otro lugar, con discreción y seguir hablando— dijo el cliente sujetando la puerta de entrada a la habitación-

Adela se incorporó. Hablar por hablar no le seducía si no tenía la conversación algún matiz que valiera la pena. Pero su intuición le dijo que aquel hombre quería algo más que hablar.

—De acuerdo—dijo Adela. En mi casa no sería muy discreto, podemos vernos en los restos de un castillo medieval que nadie visita; parecerá una visita guiada, y yo su guía, por supuesto.

Y ambos, puestos de acuerdo, se vieron en las ruinas del castillo,

Al margen

Un amigo, habitual lector de esta página, intuyó que la historia de Adela estaba inconclusa y que el autor la había dejado así para que los lectores tuviesen la oportunidad de imaginar un final a su gusto. Este amigo, que quiere ser anónimo, me hace llegar un final que me parece meritorio porque incluye un aspecto inédito en las historias románticas, cual es que no siempre se busca obtener el fácil favor de una mujer.

He aquí su final de la historia:

“Y…. aquella trabajadora de la pensión, después de decidir citarse con aquel señor en el castillo del pueblo , pensó “ESTARÉ DANDO UNA IMAGEN EQUIVOCADA DE MI “. Pero al final decidió acudir a la cita , la sorpresa fue cuando el señor en cuestión le dijo : “Bueno , ya estamos aquí “ Y a continuación añadió : “Si no hubieses accedido tan fácilmente a la cita, yo hubiese pensado que había encontrado a la mujer de mis sueños y sin duda te habría pedido unir tu vida a la mía a pesar de la diferencia de edad , pero por tu acceso tan fácil a encontrarte conmigo ,vi que no eras lo importante que yo esperaba. Mehas evitado ser un pobre hombre ingenuo que no podía pensar , por mi edad, esperar otra cosa de ti. 
Ella le dijo : “Créeme , pensé que era lo que tú no esperabas de mí”. El hombre la creyó , su cara reflejaba bondad y sinceridad y, por lo tanto, después de una larga reflexión, le pidió su mano, se casaron y fueron felices.

3 respuestas a «Adela y un señor cualquiera»

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