De cómo los amigos dejan de serlo

El título de esta reflexión puede ser una anfibología, con variadas interpretaciones. Yo voy a referirme  a una para que deje de ser tal cosa.

A lo largo de nuestra vida hemos cultivado la amistad, más o menos proclives a protegernos de la soledad. Las afinidades no definen el terreno en el que se sustenta la amistad, muchas veces aceptamos que hay discrepancias. Sucede que esas discrepancias no son inasumibles, y las aceptamos como los rasgos propios de nuestros amigos, no como contradicciones con nuestros sentimientos. Y llamamos amigos a nuestros amigos, sin más buscarle tres pies al gato, de Schrödinger. Van pasando los días, los años, y seguimos llamando amigo a tal o cual persona. No habíamos pensado en él (o en ella), ni siquiera hacíamos un reset para actualizarlo, para buscar un lugar cálido a su lado. A veces, todo lo más, se cruzaba en  nuestro pensamiento  un «¿qué será de…?, y enseguida nos sumíamos en nuestra propia realidad, una realidad que nunca es un estúpido alborozo, un ¡Viva la vida!, generalmente pronunciado por el que ya está muerto. 

Vuelvo al título de esta entrada. Si todo lo anterior es cierto, lo real, lo jodidamente real es que el que nuestro amigos dejen de serlo no por desafección, en pocas ocasiones una justificación, van dejando de serlo porque se nos mueren. Y esa muerte, no la definitiva, que también, puede referirse a que un día, de esos que mejor no haber despertado, recibes noticias de un amigo perdido ya en el recuerdo. Ese amigo te comenta de sus vicisitudes, de cómo se está muriendo, de cómo tal o cual enfermedad se ha ensañado con él.  Tu reacción es animarlo, pero es un placebo, más que una  medicina. Terminado el contacto, tu amigo volverá a ser consciente de su situación y tú a  sumirte en el desasosiego propio de verte reflejado en el espejo. Tú no te salvas, en cualquier momento escribirás un mensaje a un amigo y le dirás que te  estás muriendo. Y no habrá esquelas que anuncien que has perdido a un amigo, el buzón de correos estará vació. Poco a poco ya sólo te quedará el recuerdo, si no has comprado un alzheimer de ocasión.

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