Desde dentro

«Desde dentro» pretende ser una introspectiva del autor. La retrospectiva, la perspectiva, el mirar hacia atrás o de frente, puede, en todo caso,  activar los terminales de los sentidos y crear bellas o feas imágenes que se pueden describir dependiendo del cúmulo de experiencias vividas hasta el presente o de la circunstancia actual. Sin duda, esta forma de interpretar el pasado partiendo del presente, o el presente partiendo del pasado, lleva al escritor a forzar el uso de las herramientas que ha ido acumulando en su oficio. Y podrá, si es hábil, crear imágenes literarias de gran altura plástica. ¿Se puede llamar a eso lirismo? Pienso que no. Lirismo es la expresión plástica de la intimidad del autor en estado seminconsciente, imposible metafísico a través de la retrospectiva o de la observación. Para que se entienda, pensemos en una roca. Observamos esa roca y la describimos de mil formas, incluso glorificando su estructura, su forma, su belleza plástica. Y lo podemos hacer bien en prosa barroca o en un poema lleno de bellas metáforas. Nunca eso  será lírico. Tomemos ahora esa roca y situémosla en nuestro interior y desde allí démosle vida, una vida de roca, naturalmente, pues no se trata de fabular. Pensemos, por ejemplo, en el significado de su existencia, en su quietud o movimiento pendiente abajo, en el calor que acumula expuesta al sol y cómo lo desprende cuando llega la noche, en fin, en si esa roca hablara, qué diría. Esto sería lirismo. Pero mejor comenzar, en un momento en el que me siento especialmente lírico, o así lo siento desde mi interior.


***
LIBRO

En mi polvorienta biblioteca se acumulan libros que parecen protuberancias muertas; ahogan el exiguo espacio del lugar donde tengo los únicos sueños: el lugar donde escribo . Se abrigan unos a otros como se dan calor los semovientes bajo el rigor de un cielo de invierno. ¿Qué se dirán entre ellos, en voz queda, para que yo no les oiga? Me estarán reprochando el abandono en el que los tengo. Ellos fueron creados para estar entre las manos amorosas de los hombres, ingrávidos en sus manos, para ser escrutadas sus intimidades con  ojos ávidos; para ser aventadas sus hojas y que respiraran el aliento de satisfacción que producen el leer sus contenidos… Te he  tomado a ti, al azar, con la prevención que me produce tu título: RIMAS, POR GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER. Antes de abrirte, a punto he estado de volverte a colocar en tu nicho; ya no es mi tiempo para el romanticismo; ¿fue Bécquer un lírico?. No lo he hecho, y con cierta desgana, observo al tacto tu antigüedad; eres muy antiguo, una edición probablemente anterior a mí. ¿Cómo habrás sobrevivido al tiempo, sobre todo a un tiempo como el mío, de acá para allá, nunca enraizado en ninguna parte? Acrecientas mi interés y supongo eres feliz, después de tanto tiempo ignorado. Curioso, busco tu fecha de nacimiento: 1936; celebración de la Fiesta del Libro; edición numerada, ejemplar nº 2139, conmemorativa del primer centenario del excelso. ¿Y esto? Escrito a pluma, aparece un verso incrustado entre las rimas del poeta, como a su abrigo. Lo firma JDD y lo data: 1956. Sin duda es mío, y dice así:

Rimas simples
Rimas hermosas
Son tus notas
La canción
Que al alma anega
Cuando el suspiro
Triste por romántico
Rompe el estuche
Del corazón.
Era la noche
Y en su negrura
Se oyó un suspiro
Se oyó un sollozo
Y entre el dolor
Se oyó la risa
Se oyó la mofa
De la pasión
Que se burlaba
Que se reía
De tan puro amor.

Y te cierro, viejo libro, y te aprieto sobre mi pecho. Bécquer, viejo amigo, de mi lejana juventud, tú me has traído, sin duda, este recuerdo hermoso, un recuerdo de algo tan olvidado, como olvidado te tenía a ti: la edad en la que yo sentía como tú. Y tú, debes haberlo puesto en mis manos,  para que yo también  tenga mi celebración, la celebración de un lejano y hermoso pasado.
(JDD 2002)

NOCHE

Madruga el día,
y yo despierto.
¿Dónde la noche,
la de mis sueños?
Pasaste, noche,
y yo despierto.
No fue el amor
fue por desvelo.
Se fue una noche
para el amor
para los sueños
Y fue un derroche
sin paliativos
perder la noche.
(JDD 2002)

T.A.T.U.

A la magia del tañer de una nota
un millón de ojos de cíclope
vieron que tomabais vida.
Hasta entonces, sólo muñecas
para obsesos pederastas
y otros viejos nostálgicos.
Nunca ensañabais la faz
Sólo erais escorzo en la retina.
Movimiento pendular
cruzando la sima.
Por un momento eterno
os encontrasteis en el vórtice
allí donde la la ley de la gravedad
pide un receso para abrevar.
Y vosotras, muñecas,
atadas de un hilo invisible
simulasteis los besos prohibidos
de vuestra tierna juventud.
Y yo me estremecí
cerrando mi ojo a la imagen
tatuada a fuego en mi alma.
(JDD 2002

SUEÑO

Hoy, como es mi costumbre, después de almorzar me quedé transpuesto. No sé si soñé o imaginé lo que relato a continuación.
Pareciera que entraba en una tienda atraído por el rótulo colocado en el frontispicio de la misma, y que decía así:
«VENTA DE SUEÑOS»
Ya dentro, no vi nada especial que me llamara la atención , pues que la tienda estaba completamente vacía. Detrás de un mostrador de madera vieja, un hombrecito de barba blanca y larga, me sonrió al verme entrar.
–¿Usted, de verdad, vende sueños?–le pregunté
–Claro que sí, este es mi negocio.
–¿Negocio? ¿Y cuánto cobra usted por un sueño?
–Nada en forma de dinero. Yo le vendo a usted el sueño que más desearía tener y usted me da a cambio lo que más estima poseer.
No sé que sucedió, que desperté de aquella especie de ensoñación. Rememorando lo sucedido, me dije a mí mismo: Hubiese sido, en cualquier caso, una mala compra, pues nada puede reemplazar la autoestima.
(JDD 2002)

TIEMPO

Observo, tiempo cómo pasas delante de mí. Hoy vas vestido de andrajos. Como si quisieras dejar constancia de tu ironía, llevas prendido de la solapa un clavel rojo. Tu pálida faz la has retocado con lo que supongo una mezcla perfecta de los colores del arco iris; o sea, de blanco inmaculado. Intento pararte, pues quisiera hacerte una pregunta. Pareces dudar y, sin detenerte por completo, te acercas a mí describiendo círculos en torno mío. Yo debo girar y girar para no perderte la cara. Y te hago la pregunta: «¿De dónde vienes, tiempo?»  Tú me sonríes y contestas: «Del mismo lugar donde te engendraron, naciste, fuiste niño, joven  y hombre maduro; yo aparecí en cada uno de tus momentos; soy como el resplandor de cada uno de esos momentos».
Y el tiempo se alejó para seguir pasando delante de mí. Ya no pude preguntarle por qué iba vestido de vanidoso payaso.
(JDD 2002)

AMIGO

Amigo,
¡Qué tristeza la mía,
Amigo!
Verme tan solo,
Amigo
Sin el recuerdo,
Amigo
Que fueras un día
Amigo,
Mi amigo, tan sólo,
Amigo
(JDD 2002)

SILENCIO

Villano y caballero,
que te vuelves callado,
reservado, taciturno, sigiloso…
hieres como el hielo.
A veces te tengo por escudo,
otras por lanza,
espacio donde sueño fantasías
o arrullo desvelos.
A veces me das miedo
otras, gozos muy adentro
Pero este mi silencio,
que no lo sienta nadie,
mejor tocad a muerto.
(JDD 2002)

LLUVIA

¡Al fin, lluvia!
¿Dónde estabas?
Las semillas te esperaban
para hinchar sus vientres
y abrirse a la nueva vida.
¿Dónde estabas?
Te esperaban las plantas,
para alimentar sus hojas
para encapsular sus flores.
¿Dónde estabas?
Te esperaban las aves
para purgar sus intestinos
de aguas fecales.
¿Dónde estabas?
Te esperaban los arroyos
de lechos hirsutos,
para renovar su cántico.
Ya has venido, lluvia.
Yo también te necesitaba
para renovar mi esperanza
en que seguirá la vida.
(JDD 2000)

CUERPO

Cuerpo que envejeces.
Todos los caminos al retorno,
te están prohibidos.
Todos los placeres no disfrutados,
te están prohibidos.
Todos los caminos que quisieras andar,
te están prohibidos.
Todos los intentos de felicidad,
te están prohibidos.
Todos los sueños que aún proyectas,
te están prohibidos.
Cuerpo que envejeces,
dile al  espíritu que albergas
que se vaya de ti
y que no pague la cuenta,
que invita el destino.
(JDD 2002)

PALABRA

Palabra, regalo de mi pensamiento.
O engaño.
Palabra, imagen de mi pensamiento
O máscara.
Palabra, proyección de mi pensamiento
O muralla.
Palabra, voz de mi pensamiento
O silencio
Palabra, palabra, ¿quién ha de fiarse de ti?
(JDD 2002)

SOLO

No quiero ser siempre justo
Ni veraz siempre
Ni demasiado sabio
Ni el más hermoso
Ni el más amado
Ni triunfador
Ni eterno
No soporto la idea
De quedarme solo.
(JDD 2002)

PÁJAROS

Os vi bellos
Cantores de mi nada
Ojos como almas
Pies con  alas
Pájaros resucitados
De plumas almizcladas
Gorjeos melifluos
Garras afiladas
Me equivoqué al teneros
En   jaula dorada
Como mi universo
Como mi morada
¡Fuera de mí,
De mi jaula!
(JDD 2002)

SOLEDAD

Te busqué, soledad, en el desgarro de mi alma. Pensaba que al reencontrarte me espantaría tu lúgubre figura. Pero era necesario, si quería reconciliarme contigo. No fue así. Es cierto que tu apariencia no era  plácida ni hermosa. Llevabas puesto un vestido extraño, más de batalla que de cadáver insepulto en su mortaja También  pintabas la cara con trazos de guerra.  Aunque cómica, tenías una apariencia formidable. Desequilibrado mi presagio, te pregunté: «¿A dónde vamos, soledad?» Y me respondiste: «A luchar contra todo lo que te distrae de ser tú mismo, contra esa estúpida empatía que te vuelve mediocre, contra esa muchedumbre que te ignora». Y yo, convencido de que todo lo que decía era cierto, me refugié bajo los pliegues de su vestido, confiando que ganara la batalla por mí.
(JDD 2002)

ENTRE DOS PALABRAS

Entre dos palabras
Cabe el silencio
Un silencio breve
Un espeso silencio
Un silencio que atormenta
Un silencio que da miedo
Un silencio que promete
Un expectante silencio
Un silencio de cobarde
Un significativo silencio
A veces, entre dos palabras
Está lo que yo pienso
A veces, entre dos palabras
Está lo que yo siento.
José

Otras cosas no tan líricas

Me levanto, o no me acuesto, y como un deber cotidiano autoimpuesto, me planteo qué voy a escribir hoy. Estoy en esa fase del escritor vocacional en la que no puede escribir a golpe de inspiración, sino la de escribir una palabra y encontrar la siguiente que comience a tener sentido al ayuntarlas, luego otra y otra hasta formar un pensamiento coherente. Pero, a veces, esto no sucede así. Escribo la palabra que primero me viene a la cabeza y luego y seguido, pongo otra que también me viene a la cabeza. No parecen tener entre ellas buena «química», pero sigo poniendo palabras. Cuando llevo escritas varias palabras que juntas no dicen nada, me parece advertir que no desentonan, que hay algo en ellas que me recuerda la música o los trazos de una obra pictórica. Con ese descubrimiento, me animo a seguir. Pienso que no he escrito una oración como expresión elemental de un pensamiento, pero quiero seguir investigando si esa forma de escribir llega a alguna parte, a componer, por ejemplo,  una partitura que «suene» bien al oído, la agradezca la vista como una estampa pictórica o aceleré unos cuantos impulsos mi corazón sin motivo claro. Cuando eso consigo, me pregunto qué acabo de componer y cómo clasificarlo. De todos los estilos literarios, el único que admite acogerlo parece ser la poesía. Pero no estoy seguro si lo que yo hago es una perversión del lenguaje, de la música o de la pintura. No por ello me siento un tahúr que juega con cartas marcadas. Como pienso, en definitiva, que lo mismo que yo siento , lo pueden sentir los demás, lo lanzo a las olas del proceloso mar cibernético, sin preocuparme si naufragará o llegará a buen puerto, algo así como ir a un acantilado y lanzar una botella al agua con un escrito dentro. Lo que suceda con él, ya no está en mis manos, y tampoco tengo la conciencia de haber polucionado el mar.
(JDD 2002)

Mi perro y yo

Desde la ventana que se abre al campo, los senderos me invitaban a dar un paseo, respirar la verde humedad y ver de desentumecer mis huesos. Llamé a mi perro, y como si emprendiera una aventura, salí de casa. A medida que me alejaba, pensaba en mi otra ventana: la pantalla de mi ordenador. De tiempo en tiempo, miraba hacia atrás, como para comprobar la distancia a la que me encontraba de mi «cueva». Llegué a lo alto de un cerro y, fatigado, me senté en un peñasco. Miré a mi perro que olfateaba sin cesar y levantaba una pata trasera en lugares previamente detectados. Y puesto a sacar conclusiones líricas, se me ocurrió pensar que aquello que hacía mi perro era lo mismo que yo hacía en los foros literarios a los que estaba suscrito. Claro está, que mi perro no escribe ni maneja el ordenador, pero sus posibilidades de comunicación eran homologables. Lo que no me quedó claro fue si sus mensajes eran siempre apreciados o, por lo contrario, algún destinatario pasaba de largo.
(JDD 2003)

Desde mi escepticismo

Gentes me han dicho que soy una persona sensible, que para qué negarlo. ¡Vaya por dios!
Pues tendré que parecerlo, qué remedio.
Vamos a ver qué me sale en mi nueva sensibilidad recién estrenada, y aún sin conocerla. Porque…

¿Cómo se mide la sensibilidad, cómo se nota que yo soy sensible? ¿Sensible porque parezco? ¿Sensible porque me compadezco, me solidarizo, lloro, me angustio, disfruto o me alegro por los demás, y lo siento en mi propia carne? ¿Dejo de ser sensible por lo contrario?¿Soy sensible porque escribo cosas de alta sensibilidad? ¿Soy sensible porque en ocasiones abandono mi escepticismo  crónico y muestro la cara humana de quién tiene fe en el hombre? ¿Soy sensible porque declaro amar a mi nieto? ¿Y si no amo a los demás que esperan ser amados por mí? ¿Soy sensible o insensible si me conmueve un animal mal herido pero me muestro indiferente ante una tragedia humana?¿Soy sensible porque lloro por una amistad que no supe retener? ¿Y si fuera porque esa amistad no me supo comprender? ¿Y si no lloro, en cualquier caso, por ninguna de las dos causas? ¿Se puede ser sensible estando solo, o la sensibilidad, como mínimo, es cosa de dos? ¿Y si la otra persona concluye que yo no soy sensible, dejo por ello de ser sensible? ¿Es sensible la persona que abandona a otra persona porque cree que ésta no es sensible?
Y hay un aspecto no menos importante: determinar si ser sensible es una predisposición positiva. Y la pregunta: ¿Ser sensible es una debilidad? ¿Un ser sensible es un ser vulnerable? ¿Ante un ser sensible, los demás buscan su utilidad? ¿Le quieren por ser sensible o le quieren porque es manejable? ¿Cuando una persona sensible se siente objeto de manipulación responde con mayor sensibilidad en forma de comprensión? ¿Y si reacciona airada deja de ser sensible? ¿Si yo quiero a una persona y ella me pide constantemente muestras de sensibilidad dejo de ser sensible si me descuido, si trato de imponer un criterio que forma parte de mis convicciones? ¿Es, entonces, el ser sensible una dejación de una parte de tu libertad personal? ¿Una persona sensible mueve a hilaridad al común de los seres humanos que la observan? ¿Me debo preocupar si me considero una persona sensible? ¿Debo preocuparme si me encuentro con una persona sensible? ¿Dos personas sensibles son antagónicas, complementarias?

¿Y si yo, ahora mismo, mandara a la mierda esto de la sensibilidad, mostraría definitivamente que soy un ser insensible?
Pues … ¡a la mierda!

Curioso, ya me siento mejor; no hay cosa más sana que aclarar las dudas que te atormentan.
A partir de ahora, sepan mis lectores, que todo lo que escriba obedece a un sólo propósito: parecer esa persona sensible que tanto gusta a los demás. Pero, cuidado con la tentación de manipularme.

***
Reflexión sobre la mentira

A veces me pregunto cuántas mentiras  hay que encadenar para crear una verdad. ¿Cómo se llega a hacer patente el reconocimiento sobre algo que se admite como cierto? La amistad, por ejemplo, entre dos personas se cimenta sobre mentiras. Con tal que se oculten esas mentiras, la base de esa amistad aparecerá sólida, bien fundada o fundamentada. Y la permanencia de esa amistad, dentro de los parámetros no fijados expresamente pero entendidos, sigue teniendo su base firme en la mentira no declarada. Pareciera como si la mentira fuera el fundamento principal de la convivencia, sea ésta en sus variados aspectos, como amistad, amor, relación social… Sin embargo, y mereciendo todo reconocimiento por su gran labor benefactora, la mentira, cuando se descubre, es objeto de censura y descalificación, y la persona descubierta en mentira, postergada a la condición de persona vil.
Hay un comportamiento humano que se confunde con la mentira y que sí debe ser objeto de sanción pública o privada: es la insidia. La insidia es una proposición pública que pretende beneficiar sólo al que la emite, y en base a la destrucción de la persona que es objeto de ella.
Por eso, yo propondría ser benévolos con la mentira  e implacables con la insidia.
(JDD 2001)

Reflexión sobre esa mentira llamada poesía

Una de las más hermosas mentiras es la que representa la poesía. El poeta sabe que su poesía no tiene, para nada, que ver con sus sentimientos, al menos como expresión de sus sentimientos  en el momento de escribirla. Cuando un poeta se decide a poner sobre el papel la primera palabra, no tiene la menor idea de cuál ha de venir después y menos qué va a expresar un conjunto de palabras. Mientras el poeta escribe su poesía, desde luego que no miente; es como una creación artística con palabras, lo mismo que un músico con sus pentagramas o un pintor con sus pinceladas. La mentira de la poesía no es tanto que no se corresponda con los sentimientos de su autor, cuanto que induce a los sujetos pasivos de la misma a identificar sus sentimientos con los expresados, que no sentidos, por el poeta en su creación final. Una mentira no existe  mientras no exista sujeto pasivo a quien mentir. Si todo esto es cierto, como pienso que lo es, hemos de convenir que si la poesía, toda la poesía, es una mentira, lo es en tanto que alguien ajeno al autor se identifica con unos supuestos sentimientos antes tenidos por aquel, y tampoco es que lector de una poesía se mienta a sí mismo, sino que convierte a la poesía en una mentira por su concurso.
Es una mentira hermosa, desde luego. Y son los lectores los que la hacen hermosa con sus pareceres y sentires. Y no es cuando dicen: «es un poema hermoso» cuando lo convierten en mentira, sino cuando añaden: «lleno de sentimiento». No cabe duda que cuando al leer un poema alguien exclama «¡cuánto sentimiento hay en este poema!», en ese mismo instante ese poema se convierte en mentira, y más hermosa mentira cuanto más sentimiento induzca; en el del lector, no el del autor, que no pasará de considerarla hermosa. Así pues, poetas, vuestras mentiras no os son imputables en tanto que alguien, desesperadamente sensible, hable de sentimientos refiriéndose a ella. Y si esto que digo os sorprende, pensad que sois vosotros los que lo estáis convirtiendo en mentira. Yo me lavo las manos.
(JDD 2001)

Esa mentira llamada hombre

El hombre ser vivo, animal, racional transcendente, física y química, azar de la evolución, hecho a imagen y semejanza de su creador, bondadoso, maligno, inteligente, torpe, occidental, oriental, civilizado, primitivo, poderoso, esclavo, bello, feo, blanco, negro, heterosexual, homosexual, valiente, cobarde…
Demasiadas variedades de hombre para ser considerado verdad incuestionable. Pero aun así, es una mentira disculpable, pues somos los hombres mismos los que la forjamos.
(JDD 2001)

Esa mentira llamada Solidaridad

Dice Gustavo Flaubert: «La solidaridad es una de las más bellas invenciones de la hipocresía social».
Claro, otros eminentes hombres dicen otras cosas, generalmente ensalzando la solidaridad. Pero yo tomo a Flaubert para mi propia reflexión.
La fría definición del diccionario me ilustra diciendo que solidaridad es la actitud y apoyo que se muestra hacia los problemas, actividades e inquietudes de otro u otros por razones morales, ideológicas, etc..
Actitud, apoyo… ¿Y que pasa con la implicación? Con frecuencia y sin consistencia en nuestras propias convicciones, decimos: me solidarizo contigo; me solidarizo con aquel, aquello. Y tan a gusto que nos quedamos; hemos dado muestras de estar integrados socialmente; somos buenos individuos. Caridad, (caritas) fue reinventada por el Cristianismo: «Sentimiento y actitud que impulsa a interesarse por los demás, a quererlos y ayudarlos». Lo cierto es que esta caridad, o solidaridad, la que se lleva, no pasa de ser una actitud testimonial, a veces puesta en marcha con la simple manifestación que indico arriba; otras, cuando te sobra tiempo de tus cosas o algún bien superfluo en tu propia hacienda o en tu status social. El caritas griego en su significado precristiano iba más allá, significando por caridad el afecto, la proximidad, estar con, en lugar de estar en. Pero, claro, esto implicaba abandonar tus posiciones de privilegio y convivir con el problema del otro. Es bien sabido que esta actitud no se identifica con las «buenas personas» y sí con esas rara avis que llamamos santos. Pocos, en todo caso. Los demás nos quedamos, cuando la practicamos, con el comodín que se lleva en su significado restringido y  para  tranquilidad de nuestras conciencias. También, en todo caso, es una bella mentira que no hace mal a nadie.
(JDD 2001)

Hay personas que confunden la vanidad, un sentimiento universal, con la vanidad patológica, propia de gentes estúpidamente huecas.
Yo puedo ser vanidoso, como tú, como aquel, pero no me creo estúpidamente vanidoso.
Los estúpidamente vanidosos no saben discernir entre un halago objetivamente merecido por hechos puntuales, y aquel halago desmedido que no viene a cuento y que convierte a poco en un dios, o superhombre, la persona objeto de ese halago.
Hay dos formas de halagar la vanidad estúpida de un hombre, y me refiero ahora a la mujer halagadora. Una sería haciendo de él un objeto sexual de inevitable deseo para ella. El vanidoso estúpido se sentirá supercomplacido,  como un Don Juan de escasas luces y menos genitales, pero que le hace soñar que está sobrado de todo. La otra sería atribuirle unas dotes de inteligencia, sabiduría, etc, fuera de lo común. El vanidoso estúpido se sentiría colmado en su petulancia intelectual y seguiría diciendo estupideces inteligentes, a la espera de nuevas sobadas por parte de la ocasional halagadora y de alguien más que se le uniera.
Como yo tengo presente  todo esto, difícilmente alguien, hombre o mujer, puede llegar a calificarme de vanidoso estúpido. Pero sí, soy vanidoso a secas.

Alguien pregunta por qué la palabra «mitómano» no existe en el diccionario.

Se dice que una cosa no existe cuando se ignora. Es ésta una definición que
en su nihilismo de carbonero no deja de ser realista. Que alguien ignore lo
que el diccionario dice sobre «mitómano», le predispone a serlo. Ser
mitómano es una aberración. Cuántas personas dejarían de ser lo que son si
supieran el significado de sus posturas aberrantes…

Una situación se acaba cuando se vuelve al principio. Pero no se
ha inventado la máquina del tiempo.

***

Cuando una mujer se deja seducir de un oso, es que quiere hacerse un abrigo
con su piel. Pero hoy, gracias a los conservadores de la naturaleza, la cosa
va en desprestigio de quien hace ese tipo de ostentación. Los abrigos de
oso han quedado como uniforme de trabajo de las putas, sobre todo en
invierno. Las he visto por las calles acotadas, a la luz de farolas
mortecinas, enfundadas en una piel de oso, pareciendo ovejas grandes. No se
resfrían ni cuando abren el objetivo de su cuerpo, desnudo y oferente; la
piel de oso le devuelve el calor a sus carnes, y si no hay alternativa, se
encuentran tan a gusto. Pero un oso hay que cazarlo, antes de disponer de su
piel. Algunas, quieren disponer de la piel antes de cazarlo. Sueñan con esa
piel, y hasta llegan a exhibirse desnudas pensando que van protegidas por
ella. Es tan grande su espejismo, que le muestran a sus compañeras la piel
que creen llevar puesta; algunas son tan idiotas que se dejan llevar de la
sugestión, y hasta la ven vestida, y la envidian. ¡Qué suerte tienes, chica,
qué piel tan hermosa! Y la puta desnuda se pavonea abriendo la virtual piel
de oso, dejando al descubierto un cuerpo que no es menos virtual.

Estimada amiga que dudas pueda hacer milagros con los que presumen de moral.

No subestimes la capacidad que tiene este satánico para
levantar… la moral. La moral es esa cosa que nos encorseta, nos aplasta
como una losa. La moral no es la buena conciencia, pues ésta es una fiesta
permanente, que diría R. Burton. Yo, como dijo, S. Zweig, carezco de todo
órgano de complejo moral. Si se me reprocha hacer trampas en el juego,
responderé con asombro: «Sí es cierto, pero jugaba sin dinero. Y si se me
culpa de haber seducido a una mujer, siempre me rió diciendo: «Sí, pero la
dejé muy satisfecha». Para esos «viejos» la moral sólo es una precaución
que toman en público, para transgredirla en privado. Luego viene la mala
conciencia a atormentarlos, porque no son puros de corazón y lo saben. Están
atribulados, contritos, acongojados porque en ellos habita la mala
conciencia. Algunos, a lo largo de mi vida, me pidieron perdón por alguna ofensa, para lavar sus conciencias. Yo les dije:» Nada tengo que perdonar; si os consideráis culpables, será vuestro dolor el que os redima». Ahora añadiría: «Pero el tribunal de vuestra
conciencia, nunca os perdonará».. Porque para los que tienen mala
conciencia, el sentimiento de ridículo es más fuerte que el sentimiento del
pecado cometido. Porque para ellos, y como diría L. Pirandello, su
conciencia no es otra cosa que las muchas personas que llevan dentro, a las
que tratan de satisfacer. Finalmente, porque la moral es la columna
vertebral de los imbéciles, según leí una vez y que desde entonces asumí
para andar de verdad derecho por la vida. Ellos, los imbéciles, sólo se lo creen.
(JDD. 2001)

Hay personas que se resignan a ser lo que son, cuando la inteligencia debería impulsarlas a lo contrario. Son, por lo general, personas que se empeñan en ganar el cielo, enquistadas en sus dogmas de respetabilidad y de los buenos principios. Sin duda esta posición no tiene que satisfacerles en su intimidad, por cuanto en muchas ocasiones va contra la razón. Pero la aceptan y hasta son beligerantes en su defensa. Ganar el cielo significa siempre perder la tierra. Porque persistir en ser el bueno en cualquier ámbito de relación y comportamiento, significa la exclusión, implícita o explícita, de todo aquel que no siga sus pasos. Y ahí es donde lo que podía ser considerado una virtud se convierte en un vicio, un vicio emparejado con la soberbia. Cada hombre tiene derecho a buscar el sentido de su vida, o el que quiere darle, pero no tiene ningún derecho a pretender informar a los demás en sus propios postulados, repito, no emanados de su razón. Ni siquiera censurarlos si son otros. Cada cual es hijo de sus obras, y pierde o gana según esté o no acertado, y de ello aprende. Ilustra lo que digo, este pasaje de Baroja:

Una vieja de negro, al pasar, comenta a otra igualmente vestida de negro:
–Esas mujeres son de la vida.
La vieja del prostíbulo replica amablemente:
–Pues sí, que usted, señora, debe ser de la muerte.

En efecto, las viejas de negro afirman sin querer ( lo que ellas quieren es discriminar) que unas prostitutas hacen de su oficio lo que quieren de su vida; mientras que las mujeres de negro, probablemente, no saben qué es la vida, pero parecen entender cuál no debe ser. Pero seguro que su inteligencia les está diciendo que es mejor un vicio cómodo que una virtud fatigosa, virtud, no obstante, a la que se someten en una apariencia de conformidad, pero que en su intimidad está siempre siendo cuestionada por el sentido común. Se convierten, así, en personas hurañas, desconfiadas, difícilmente sociables, que se empeñan toda la vida en señalar lo que es blanco o negro sin apuntar nunca con su dedo a cómo van ellas vestidas, y, sobre  todo, en su ropa interior.
(JDD 2001)

A veces  se rompe la noche sin motivo ni razón. Luego, no sabes qué hacer. No soñaste antes ni parece que soñarás después. Y te encuentras a merced de la espera terrible: que amanezca el día. Y para ese día presentido, no tienes nada en tu agenda. Será un día sin sentido. La rutina de vivir. Matar el tiempo. No esperas nada nuevo. Quizá sólo te quepa hacer balance de lo viejo. Lo viejo te parecerá horrible, por gastado e inservible. ¿Para qué vale el pasado? ¿Para fabricar el futuro? Shakespeare dijo que  el pasado era un prólogo. ¿Un prólogo de qué? ¿De qué historia? Yo no vislumbro ninguna historia, ninguna que no estuviese ya escrita. ¿Cuándo, pues, se escribió ese prólogo? ¿Qué parte activa tengo yo en ese prólogo, en esa historia? No lo sé. No siempre tengo respuestas a todas las preguntas que me hago. ¿Puedo responderme qué haré? ¿Aferrarme al presente para escribir un nuevo prólogo? ¿No volverá a romperse la noche y con ella la continuidad de la historia? Cuando una amiga me dice que está deprimida, ¿no será que también ella está cansada de escribir prólogos sin poder dar continuidad a la historia? Y cuando los demás muestran impotencia ante los aconteceres propios o ajenos, ¿no será que todo acaba para ellos en un prólogo sin continuidad? ¿No estamos, pues, inermes ante el futuro? ¿No es el futuro una utopía? Aunque yo tuviese valor para diseñar mi futuro, ¿correspondería éste a lo prologado en el pasado? Sólo los soñadores creen en posibles salidas. Pero yo no sueño. Cada vez que lo intento, se me rompe la noche.
(JDD 2001)

Y sin embargo, siempre uno puede ser el prólogo de la historia de otro. ¿Quién pone el punto final cuando esa historia no se termina? ¿Tan a merced estamos de los demás que nuestra historia ha de ser escrita por otro? Y de hacerlo, ¿qué es uno en su propia historia? ¿Es un personaje real o de ficción? Pero si esta es la rueda de la vida, ¿no es ésta una sucesión de cadáveres sin propia historia? ¿No es escribir el prólogo de alguien el epílogo de tu propia muerte? Pareciera que prólogo e historia se confunden. Y que nadie es responsable de nadie. Pero sé que aunque quisiera ser únicamente cadáver de mí mismo, eso no es posible. Porque cuando mueres, siempre alguien muere contigo.

Ya sé que alguien dirá: «Escribamos una historia juntos, sin prólogo previo. Dejemos que la vida nos vaya señalando los pasos que demos. No forcemos los acontecimientos que nos han de sobrevenir. Sólo caminemos juntos. Y que los hados nos sean propicios».
Pero a mí no me consuela ser un juguete del destino. ¿Cómo puedo disfrutar del presente sin ni siquiera vislumbrar el inmediato futuro? Mi espíritu no es un estómago agradecido que come y se siente satisfecho. Mi espíritu necesita horizontes a los que dirigirse. Mi espíritu es incapaz de atravesar la niebla para ver al otro lado la luz. Para mi espíritu, la niebla presente no es una muralla. Para mi espíritu, detrás de la niebla, sólo hay niebla.
(JDD 2001)

Alguien, ante un pensamiento escrito, manifiesta:
“Para mí es sólo pensamiento y sentimiento, por eso es perfecto”.
Yo le respondo:
“En tu proposición falta un  eslabón. Pensamiento—sentimiento,
no, así no.
Causa— pensamiento—sentimiento, sería lo lógico. Pensamiento
que no tiene su origen en causa, no termina en sentimiento, sino en
ensoñación. ¿Es lo tuyo ensoñación o sentimiento? Si afirmas que es sentimiento y no
ensoñación, a buen seguro conoces la causa”.
Me replica:
“Pensamiento leído, sentimiento experimentado. ¿Conforme?”.
Le digo:
“Pues no. Un pensamiento leído no puede dar lugar a un sentimiento
experimentado. Un pensamiento leído (esas frases que andan por ahí en busca
de pedantes que las guardan para una buena ocasión) sólo puede generar otro
pensamiento, cuando no estamos en el caso que pongo entre paréntesis. Sería,
entonces, la causa, ese pensamiento leído. A partir de esa causa, tu cerebro
(o tu corazón, si gustas de las metáforas) se activa y convierte ese pensamiento en una
vivencia propia. Es partir de esa vivencia que se genera en ti un
sentimiento. Por lo tanto, sigo en mis trece de mantener la cadena en
causa—pensamiento—sentimiento. Un eslabón más, sería ya acción. Pero
eso, podría ser una contradicción.
(JDD 2001)

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