DIÁLOGOS ENTRE ESPOSOS TÍPICOS

–Tengo que hablarte, querida.

–¿No me digas? Ya casi me había olvidado que supieras hablar.

–Precisamente, por eso quiero hablarte. No existe comunicación entre tú y yo…

–Di más bien que tú no te comunicas conmigo; cada vez que yo lo intento, apenas abres la boca.

–Será porque cuando la abres tú, no me motivas.

–O sea, que soy yo la culpable,  Bueno, ¿qué quieres decirme?

–Que dado que lo nuestro no funciona, deberíamos dejarlo.

–Quieres decir separarnos, ¿no?

–Sí, eso quiero decir. Dos personas que no se comunican forman un dúo penoso, ¿no te parece?

–Desde luego, penoso, sí ¿Te puedo preguntar algo?

–Sí, claro, pregunta.

–¿Hay alguien entre nosotros dos?

–¿Por qué preguntas eso? Tú sabes que te quiero, que nunca te cambiaría por otra mujer. No, no es eso, es falta de comunicación, ya te decía.

–¿De todo lo demás estás satisfecho: sexo, comidas, planchado de tus camisas, compañera social, etc.?

–Sí, claro, muy satisfecho, pero la comunicación…

–Oye, llevamos hablando más de lo que hemos hablado en una semana, ¿te parece que, para no cansarnos, sigamos esta conversación mañana? Parece que hemos encontrado el hilo.

–De acuerdo, mi amor, mañana. Buenas noches, querida.

A la mañana siguiente…

–Buenos días, querida. ¿Qué tal has dormido?

–Fatal. Media noche en vela pensando en qué había fallado. ¿Y tú?

–Pues… no he dormido mal ¿Y lo averiguaste?

–Eso significa que tú lo debes tener claro ¿Puedes ser sincero conmigo y decirme qué echas de menos en nuestra comunicación? ¿Sobre qué supuestos crees que debería establecerse una comunicación fluida entre nosotros, para que no fuera la excusa por la que debamos separarnos?

–No lo sé. Ese detalle de la convivencia no se programa ni se obtiene de un manual de buenas relaciones. Supongo  que debe ser una necesidad de ambos de compartir pensamientos.

–Sí, he pensado en eso. Pero, si es así, significa que si yo te hago partícipe de mis pensamientos, porque lo necesito, tú deberías estar dispuesto, no sólo a escucharme por amabilidad, sino a interactuar con ellos. Esa es la comunicación, porque escuchar tan sólo, no me vale. Como te decía, estuve media noche pensando en qué había fallado yo. Bueno, pues, no sé si se puede llamar fallo mío, pero de serlo, será porque mis cosas, como tú dijiste anoche, no te motivan. Pues no sé qué podría motivarte. Podríamos acortar distancias si me dices qué te gustaría que te dijera, comentara, propusiera como tema de conversación. Puedo asegurarte que a mí, todo lo que me dijeras en relación con tus pensamientos, me encantaría. Pero, querido, te repito, tu permanente silencio a mi lado me hace pensar en que, o no tienes nada que decirme o no me lo quieres decir.

–Sigo sin poder contestarte, querida. Mi mundo es mi trabajo, el ambiente en el que me paso todo el día hasta que vuelvo tarde a casa. No querrás que cuando llegue a casa te haga una enumeración de los incidentes, de las soluciones o fracasos que padecí en mi obligación de luchar para salir adelante. Terminarías por considerarlo una rutina, algo en lo que tú no puedes por menos de estar ajena y yo debo procurar que así sea.

–Empiezo a entender. Fuera de tus cosas personales, las que conforman eso que llamas tu mundo, no existe nada más. Claro, si yo pudiera resolverte algún dilema que te plantea ese mundo tuyo, quizá te motivara. Tienes razón; mi mundo, querido, no tiene nada que ver con el tuyo. Soy un ama de casa, también tengo problemas que acierto a resolver o fracaso, también es una rutina y también creo que no debo enumerarlos cuando llegas y, por supuesto, debo procurar no trasladártelos, porque ya tienes bastante con lo tuyo, pobrecito mío. En fin, que parece que el problema es que tú y yo vivimos en mundos diferentes. 

–Así es, querida, por más que queramos creer que no.

–Estoy segura que no tendrías ese problema con tu secretaria. Mira, si además consiguieras follártela, que te planchara las camisas, te hiciera la cena y tuviera buen gusto para vestirse cuando salieras con ella, tú problema, vuestro problema, no sería éste que me planteas; estaríais comunicados a tiempo completo.

–No digas esas cosas ¿y el amor? No has hablado del amor, del amor que yo siento por ti.

–¿Para qué? Ya ves que sólo con eso, nuestro caso es penoso. Vamos a dejarlo, ya hemos hablado seguido más de lo que nunca hicimos, de reproches. Mañana hablaré con Miguel, es abogado y amigo, él nos preparará un buen divorcio. Ah, y esta noche cuando llegues, te acuestas en el sofá, ya me cansé de ser tu puta sorda.

(JDD 2003) Reeditado 2018

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