El viejo tronco sin viento

Y cuando miro, haciendo introspección al despertar, no veo, de momento, nada. Ni el pasado, el presente o el futuro me traen imágenes claras. Mi cuerpo, pesado, desarticulado e inseguro, busca una vertical mínima. Pide una pausa. Sentado sobre el borde de la cama, los brazos lacios, la cabeza buscando apoyo en unos hombros que ahora no sirven para sostenerla con dignidad. En ese momento, los pensamientos se diluyen, se amalgaman, se solidifican y, finalmente, se evaporan. Me falta el impulso que me incorpore a la vertical que configure lo que debo ser: un hombre hecho y derecho. Ahora sólo soy una silla en la que está sentado el aire, aire sosegado que, sin embargo, ama el viento. Pero para ser viento, hago un esfuerzo y abro la ventana, miro al otro lado y observo el árbol que tengo enfrente; un viejo algarrobo del que cuelgan numerosas vainas. Ya no salen de las ramas, adornadas de las hojas. ¿Será que la sabia sólo procura el adorno de la vejez? Es el tronco el que no se resigna a ser sólo el reposo del aire; las vainas salen de su cuerpo leñoso y no están quietas. Me parece verlas dando al árbol ese viento que ya no le dan las ramas. Pero todo parece verdad e ilusión. Yo soy un tronco viejo, como el algarrobo, quizá menos viejo. Sin embargo, las vainas que produce mi cuerpo ya no las mueve el aire. Mi cuerpo dejó de producir viento. Cierro la ventana, vuelvo a la cama, y en el borde me siento; ya sólo soy una silla en la que se sienta el aire

Una respuesta a “El viejo tronco sin viento”

  1. Ahí donde algunos pueden ver un relato melancólico, yo veo una destreza literaria que,puede usar cualquier tema para darle el color de metáforas exquisitas. No hago caso omiso del mensaje que trasmite,solo le pongo el color verde de mi esperanza. No es tratado filosófico…Me alegra que ya no respondas comentarios, mi verde lo cambiarías de color.

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