Empaquetando el cerebro

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Ayer, fue ayer, o fue anteayer, no, quizá fue el ayer o el anteayer, pero de hace una semana, no estoy seguro, y no es que esté comenzando a empaquetar sucesos pasados, para arrumbarlos en alguna sima insondable del cerebro. O sí, o no. Pero podía ser.

Un amigo, con cuatro años más, ya tiene todo empaquetado. Su cerebro ya no ofrece nada; no habla, significa que no tiene nada que decir, no sonríe ni llora, porque su cerebro no tiene nada que sentir, no come, no bebe, para qué, ¿para qué quiere un cuerpo que ni siente ni padece?  ¿Me está empezando a suceder algo así? Así empezó mi amigo, no hace más de dos años. Nada hacía prever que en dos años todo estuviese empaquetado en su cerebro. Lo comentábamos, era cosa de la edad, pero sólo aquellos leves síntomas, no hacíamos fatales futuribles a corto plazo, nos concedíamos un tiempo, incapaces de precisar. No dependía de nosotros, ni siquiera  de retardadores naturales o químicos de la pérdida de memoria.

El mejor neurólogo no había conseguido que mi amigo detuviera o  retrasara visiblemente el deterioro de su cerebro.

No estoy seguro, ni quiero comprobarlo, pero ya he debido antes  escribir algo sobre mi amigo. Quizá sobre síntomas como los que yo ahora padezco. Sería descorazonador encontrar un escrito así, que me pusiese ante el espejo de mi ahora ese soy yo, y apartando la mirada, se hiciese presente el yo de mi amigo en su situación actual. Los destinos son propios, no necesariamente equiparables. A eso me aferro. A veces me enfado conmigo mismo porque no recuerdo tal o cual cosa, generalmente poco importante. Es un estado de impotencia que termino asumiendo como asumo los errores intrascendentes.

De toda esta inquietud vital, algo encuentro positivo. Que no digan mis lectores, ¨José, tu pesimismo es casi patológico, nunca escribes optimista, positivo, así nos tendremos que ir marchado de tus propuestas, con las que no podemos empatizar”. Lo comprendo. Así pues, para no ser un estereotipo del gafe incurable, que nada bueno aporta a los demás, termino con ese algo positivo: ¿Y qué me importa a mí olvidar todo aquello que no dejó huella en mi vida?

Ah, se me olvidaba. Y cuando mi cerebro, como el de mi amigo, esté completamente empaquetado, ya no sentiré ningún desasosiego. Amen

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