Julia y el poeta seductor

Julia es una joven tímida, tal que si un hombre la mira se pone colorada, y si la toca se pone lívida, envarada, como si esperara de un momento a otro el ataque de una cobra. Con esa disposición, no es de extrañar que le sucediera lo que a continuación se relata.

Julia busca en Internet sensaciones que llevarse a la entrepierna estéril, pasando, desde luego, por su corazón sensible, que es el que filtra todo aquello que es simplemente grosero.

Julia ha encontrado un blog buscando en Google por la palabra clave, «poeta inédito». Los poetas consagrados no debe pensar que estén a su alcance, además de estar muy manoseados.

Julia pica con el ratón una entrada sugerente, se trata de quien se autodenomina «poeta para el desconsuelo». Julia no atisba de momento el alcance, pero le suena a que ese poeta se dirige a ella. Entra temerosa en el blog,  y lo primero que fija su mirada es la foto del autor. Lo ve un poco desaliñado, pelo revuelto por done quiere, barba por donde le da la gana, camisa  con cuello aparentemente mal abrochada, pero la boca, eso sí, es la de un hombre capaz de hacer cualquier cosa con ella. Julia se pasa la mano por los labios intentando ocultar un suspiro. Julia saca una conclusión, quizá precipitada, se trata de un poeta auténtico, los poetas verdaderos no cuidan su aspecto externo, de tan ocupados como están de mostrar la belleza que ocultan.
Julia, seguidamente, busca esa belleza y lee el poema que el poeta a colocado al lado de su fotografía a modo de tarjeta de presentación. Julia lee mascando cada palabra, como si cada una de ellas proporcionara una delicada sensación. El autor de este escrito no puede sino constatar que se debe tratar de una sensación, sin precisar su etiología, sólo con ver a Julia morderse el labio inferior y cerrar intermitente sus ojos, deduce que debe tratarse de una sensación preorgásmica.

Julia termina de leer aquel aperitivo y se dispone a devorar todo el menú que el poeta le ofrece.
Han pasado dos horas de intensa lectura y Julia yace exhausta en su butaca reclinable, los ojos en blanco, el labio inferior, de su boca, sangrando y la falda remangada hasta la cintura. El autor de este escrito da por supuesto que el lector@a ya tiene una composición más menos exacta sobre lo sucedido, por lo que obvia los detalles.

Julia no pierde el tiempo. Una vez repuesta del trance, copia el enlace a un correo que el poeta ofrece, y llena de valor guerrero, se dirige al poeta en estos términos:

Mi admirado poeta. Quiero expresarte mi agradecimiento por haber puesto a mi alcance tu  maravillosa poesía. Jamás un poeta me proporcionó las sensaciones que he experimentado leyéndote. Espero que no te parezca una descarada si te digo que me gustaría conocerte cualquier día, a cualquier hora, donde quieras. Tu rendida admiradora

Julia

Y como era de esperar, al poeta, al que tampoco le sobran ocasiones, le falta tiempo para responder a Julia que se siente muy honrrado por tener una lectora tan entregada, y propone un encuentro para el día siguiente, a las 10 AM, en la cafetería del supermercado Carrefour, para desayunar juntos.

A Julia no le parece muy apropiado el lugar, habría preferido un lugar más romántico, pero también piensa que los poetas son imprevisibles y que el lugar era concordante con el aspecto del hombre, algo que a aquellas alturas bien debe ser considerado irrelevante.

Y se conocen. Julia está tan obnubilada, que es incapaz de ver en su poeta algo más que la música celestial que suena en sus oídos cuando habla.

Dionisio Multicapas, que así se llama el gran sueño de Julia, tarda una semana en llevar al huerto  a su más que entregada admiradora. A Julia le parece que no debe dar la sensación de ser una estrecha y tampoco facilona, así que va dando tiempo al tiempo. Un motel es el lugar donde consumar aquella especie de adoración exprés. El motel tampoco a Julia le parece lo más idóneo, pero acepta sin dudarlo los términos propuestos por Dionisio, en aras a descubrir la verdadera esencia del poeta.

Julia está expectante a la vez que excitada. Si aquel poeta es la mitad de lo que insinúa en sus poemas, el encuentro, en esta ocasión con todo incluido, puede ser de infarto.

Pero Julia pronto es presa de desencanto. No es necesario dar más esperanza a hallazgos ocultos que la hagan cambiar de criterio. Aquel poeta, desnudo, es incapaz de   llenar ninguna perspectiva, no ya poética, incluso prosaica. Julia, repuesta de su estupor, se viste ante la mirada incrédula de Dionisio,  y sale de la habitación si dar ninguna explicación.

El autor de este escrito no es capaz  de describir lo que a Jiulia le pareció determinante para romper el sortilegio que la palabra le había proporcionado, lo que sí puede decir es que la poesía y los poetas son, en la mayoría de la ocasiones,  esencialmente incompatibles.

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