Mi perro

Mi perro se llama Simba, aunque lo comparto con la familia y mi nieto se cree su dueño, mi perro ya ha elegido al lado de quién quiere dormir, a quien acude para esperar una caricia, a quién le trae cualquier cosa para pedirle que juegue con él. Yo no soy su dueño, soy su amigo, parte de él mismo, mi perro no comprendería su existencia si yo le faltara.

Hoy creo que le he hecho sufrir. Era día de limpieza general en mi casa y, lógicamente, Simba no podía estar por medio soltando pelos y llenando de babas el suelo mientras duerme. Yo le miraba al otro lado de la puerta de cristal que da a la terraza. El me miraba sentado, siguiendo con la cabeza todos mis pasos por la casa. A veces le oía quejarse, y yo no podía interpretar otra cosa que era su forma de pedirme que le dejase entrar, estar cerca de mí, rozarse y lamerme cualquier parte desnuda de mi cuerpo. pero debíamos ser consecuentes, Simba es un pastor alemán de raza grande, es como un pony, y debe estar lejos de querer ser un un perro faldero. Debería saber que aquel aislamiento no era para siempre, pero la mente de un perro no es analítica y obedece solo a impulsos volitivos, como define Lain Entralgo la amistad. Mi perro no quiere ser simpático conmigo, amable, quiere formar parte de mí porque ya siente que yo formo parte de él, esa es la amistad. Toda la mañana aislado detrás de un cristal y viéndome inaccesible al otro lado, debía suponer para él una realidad que no dejaba espacios para la fe en suponer que existía y que volvería a compartir espacio conmigo. Por qué me rechazas, por qué te aíslas?, se preguntaría.

Ya terminó la limpieza y Simba a vuelto conmigo, quiero decir a mi lado, y a mi lado yace dormido, llenando de babas y pelos el suelo. De vez en cuando miro el reloj para ver lo que falta para darle su comida. No es necesario, porque a las siete en punto se despertará y se acercará a mí, me lamerá y yo le diré, vamos, Simba, debes tener hambre. Por el camino, pensaré que es triste tener que dejarlo.

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