La mano que mece la cuna

Es una peli, pero antes es un adagio. Se suele añadir «es la mano que gobierna el mundo».

Alguien tuvo la ocurrencia de suponer que el mundo habría de ser gobernado por mujeres, más bien por las mujeres. Algo se mueve en ese sentido. La laxitud del patriarcado es más que evidente. El hombre se inhibe de algo tan fundamental como pastorear a sus hijos, y esa misión la han adoptado o asumido las madres. Es así que los hijos crecen y se forman casi en exclusiva con las únicas referencias que han tenido de las madres. La consecuencia es clara: serán las madres las que gobiernen el mundo a través de sus hijos.

El empoderamiento de la mujer ha crecido paralelo a la ciencia. No son siglos, son décadas durante las cuales la mujer le ha ido quitando terreno al hombre de forma alarmante. ¿Y por qué califico de alarmante el fenómeno? Se me podrá decir: «José, no te pases, la mujer tiene derecho a alcanzar la misma preeminencia que el hombre, ¿qué es lo que temes?» No temo nada porque no lo veré. Las revoluciones con permanencia asegurada son procesos lentos, y mi vida corre de prisa.

Si la peli a la que aludo fuese una premonición, entonces sí sería de temer que sucediera, porque sería de prever que las mujeres, alcanzado el poder, es muy probable que quisieran vengarse de los hombres. ¿Por qué? Bueno, no sería una venganza cruenta, tipo las sirenas de Ulises, serían para ellas la mano de obra más dura y los sementales necesarios para perpetuar la especie. Del sexo no me atrevo a suponer cómo se lo montarían ( las mujeres, claro), pero de lo que estoy seguro es que el hombre dejaría de ponerse encima.

Bien venidas seáis, mujeres al poder. La psicópata de la peli no os representa.

2 respuesta a “La mano que mece la cuna”

  1. Jeje, no hacia falta tu bendición. Pues parece que si, está pasando. No obstante, no deseo avizorar el advenimiento de la supremacia femenina como tal, ni mirar al varón domado. He de pensar en la re valorización de lo femenino, pero de la mano de un varón pensante, que sabe lo rica e intensa de una convivencia entre iguales. Se acaba el cuentito viejo, en el que, el hombre era el eterno protector y salvador. Muy aburrido – a casi cualquier mujer- que su pareja la considere su princesita inútil.

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