Luzi II

Pero Luzi no acepta su mala vida, su mala suerte. Ahora es así, no ha encontrado alternativa. No deja, sin embargo, de pensar que ella no ha venido a este mundo para ser una puta, pasto de buitres de medio pelo, asquerosos por dentro y por fuera. A veces piensa que su cuerpo no se presta a tener derecho de elección y no puede soñar con príncipes que se rindan a sus encantos. Si tuviera algún dinero ahorrado, podría ir a la peluquería, comprarse un vestido y zapatos bonitos, hacer una dieta rica en proteínas e hidratos de carbono que la metieran en carnes y buscar algún trabajo digno. Ella no siempre fue la mujer escuálida, desaliñada, mal vestida. Cuando hizo la primera comunión era una niña preciosa, de entonces guarda celosa algún recordatorio con la fotito en la que aparece vestida de blanco. También otra con unas amigas de la escuela, donde destaca su altura y su buen parecer. ¿Qué pudo pasar para que Luzi no mantuviera el proyecto de mujer, en línea con aquel primer boceto? Quedó huérfana a muy temprana edad, cuando todavía no había aprendido a volar sola. Una tía la acogió más por interés que por cariño. Se ganaba alojamiento y comida sirviendo a su tía, una mujer déspota que le exigía total sumisión a sus órdenes. Cuando no cumplía, a decir de aquella mujer, la dejaba sin comer.

Luzi, como tantas mujeres desorientadas, un día se escapó de casa de su tía. Un transportista de fruta la llevó a la ciudad a cambio de dejarse tocar y follar por el camino.

En la ciudad, Luzi pudo sobrevivir sirviendo como limpiadora, por horas, en algunas casas, mientras en su vientre y cuerpo aparecían los síntomas de la maternidad. Estaba embarazada. Sin duda el padre tenía que ser el transportista de fruta, pero ¿podía pretender Luzi encontrarlo y pedirle que compartiera la responsabilidad? Luzi pensó que lo haría. Visitó la entrada a la ciudad varias veces, quizá volviese a pasar por allí. No fue así.

Luzi parió en la maternidad de la Seguridad Social, en su condición de indigente. Una semana alojada allí y a la calle cumpliendo con el protocolo.

Había alquilado una habitación con derecho a cocina, que le suponía el gasto de la mitad de lo que ganaba limpiando. Pero a perro flaco todo son pulgas, y Luzi ya no pedía limpiar y cuidar a su bebe durante el día, la alternativa era dejar a su bebe en la cuna dormido y salir por la noche a buscar unos euros como fuese. Una compañera de piso se prestó a echarle una ojeada al bebé mientras se ausentaba. Ese como fuese fue probar con la prostitución callejera, el horario era el más flexible y le permitía, a la vez, ser una madre responsable.

Ya resignada aunque no vencida, Luzi un día salió muy temprano de casa, llevaba a su bebe en un carrito que alguien había dejado abandonado al lado de los contenedores de basura. Había tenido una idea. Recordó que el hombre de la fruta le había comentado que llevaba la fruta al mercado de mayoristas. Y allí se dirigió, no tenía nada mejor que hacer. El mercado estaba en pleno trasiego de camiones que entraban y salían. Luzi se situó a la entrada del recinto observando cada vehículo. La frecuencia de estos era menor a medida que pasaba el tiempo. “Quizá hoy no tenia que venir”, se decía Luzi a modo de consuelo y sin perder la esperanza.

Luzi siguió viniendo en sucesivos días, y cada día que pasaba su esperanza, que no era infinita, iba disminuyendo.
Uno de esos días, ya regresando a casa, un camión disminuyó la velocidad al llegar a su altura. Luzi miró a la cabina del conductor y se cruzó, también, con la mirada de éste. Se habían reconocido. Luzi con la mano pidió que parara y éste se paró un poco más adelante, en una zona abierta que no dificultaba el tráfico. Luzi aceleró el paso hasta llegar a su altura. Su corazón pugnaba por salir por su boca.
—Hola, Luzi, ¿qué haces tú por aquí? —Le dice sin salir de la cabina.
—Quería verte
—¿Para qué? No creo que aquel polvo fuese lo mejor que te ha pasado en la vida y quieras repetirlo.
—En cierto modo sí. No por el polvo, sino por las consecuencias, —le dice Luzi adelantando el carrito.
—Oye, ¿qué consecuencias? Yo soy un hombre casado, ¿no querrás liarme endosándome ese niño que llevas contigo?
—No pretendo tal cosa. El niño es tuyo, o tú eres el padre, y ahora que lo sabes, tú sabrás qué quieres hacer con él. Seguramente alguna vez pensaste que correrte dentro de mí podía tener estas consecuencias. ¿No quieres verle la cara? Quizá le encuentres algo parecido. Luego haz lo que quieras, no te preocupes, no te demandaré el reconocimiento de la paternidad.
—Pues bien parece que es eso lo que pretendes. Luzi, hacer eso arruinará mi vida familiar, ya tengo dos hijos y una hija, ¿cómo podría explicarlo?
—No lo sé, y tampoco sé bien lo que quiero que hagas. Creo que sólo quería que mi bebé conociera a su padre y el padre a su hijo. Parece justo.
Aquel hombre se bajó del camión y se dirigió al carrito. Miró al bebe. Se fijo en un lunar en la mejilla, el mismo que tenía él en idéntico lugar. Nadie lo hubiese considerado definitivo, pero para aquel hombre fue como un pellizco en su corazón.
—Está bien, creo que no me engañas, pero esto me supera, nunca pensé que me pudiera suceder. ¿Qué quieres que haga?
—Ya te he dicho a qué he venido, eres tú el que debes decidir. Si quieres, nunca más nos volverás a ver.
—Luzi, ahora estoy confundido y no sé qué decir. Deja que lo piense. Te prometo que haré algo. Dime donde vives.

Ese algo tardó en llegar. Luzi ya no pensaba en ello. Un día, una joven pregunta por ella.
—¿Tú eres Luzi?
—Sí, ¿qué deseas?
—Vengo a conocer a mi hermano.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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