Muerte en la red… y nacimiento

 

Todos, a casi todos, hemos sido bautizados dándonos un nombre, unos apellidos, y en esa partida de bautismo algunas cosas más que nos identifican en la sociedad como seres únicos.

¿Existe un bautismo para los que escriben, lleguen o no a ser considerados escritores, que les definan como especie singular entre el bosque de consagrados, advenedizos y tímidos que apenas se atreven a hacer públicas sus incursiones en eso que llamamos literatura?

Buceando en mis archivos creí haber encontrado mi partida de bautismo literario. No podía ser una creación ex novo porque no sería una partida de bautismo, que sólo se entiende como el relato de algo sucedido, real. Y si lo llamamos  bautismo  literario es porque es así como comencé a andar en  esto de escribir. Y presentar en público, porque mucho antes ya había dado muestras de mi inquietud en escribir lo que imaginaba, lo que pensaba o en lo que creía.

Lo que aquí presento, y ahora, después de muchos años, releo, debería borrarlo de todos los discos duros, nubes y plataformas donde se encuentre sepultado. Pero ¿haría bien borrando mi partida de bautismo? Dejaría de ser un ser concreto y sí casi un fantasma.  Aunque tenga la tentación de destruir lo que debiera avergonzarme, he creído que, de hacerlo, no podría explicar cómo he llegado hasta aquí. Lo incorporo, después de toda duda razonable, a este blog, porque si se hace abstracción  del contexto en el que nació, es hasta un texto literario, discutible, pero que consagra el cordón umbilical entre la primera palabra que puse en circulación y la última que ponga. Que todo tiene un principio, muy fijado en el tiempo, y un final que llegará. No he cambiado nada, ni una coma que falte o esté mal puesta. A quien se decida a leerlo, le pediré que sea benevolente, que procure interiorizarlo  como una historia fantástica, que no pudo suceder realmente. Luego que lo haga, que atribuya a este pecador la culpa de la que no se arrepiente, porque, de hacerlo, a mi existencia como aficionado a esto de escribir le faltaría el origen, sin el cual nada existe.

Nota.

Los sucesos tuvieron lugar hace 25 años. Este escrito al que me refiero ahora tiene fecha 2001.

 

CAPITULO PRIMERO

Muerte en la RED

Yo era un recién iniciado en lo que llaman navegar en la RED. Había dejado todo: mi trabajo antes de cumplir con la establecida edad de jubilación, mis escasas relaciones sociales y de amistad. Tenía, por fin, la decisión de dedicarme a una pasión aparcada por mucho tiempo: escribir. Infructuosos intentos de sacar a la luz mis primeros manuscritos tecleadados en una máquina convencional. Había oído hablar a mi hijo de servidores, portales, páginas, grupos de discusión, correo electrónico. Fue la curiosidad la que me llevó a ver de qué iba aquello. Pronto pude percibir las enormes posibilidades que me ofrecía, no sólo como ilimitada fuente de información, sino como medio para salir de mi anonimato, comunicarme con otras gentes de mi cuerda una vez localizadas. Mi hijo me configuró los accesos, luego, hasta me diseñó una pagina personal donde pude ver mis cosas, mis escritos en letra impresa, o digital, que esta modalidad aún no ha sido definida. Resultaba magnífico verme allí y suponer que alguien caería sin querer en aquella página y se viera tentado a ver de qué iba ése. Luego, quizá interesado y finalmente satisfecho del tiempo que le había dedicado a un aprendiz de escritor con más entusiasmo que experiencia, quizá, hasta se comunicara conmigo, a través del correo electrónico, para darme su opinión, opinión que yo esperaba con una mezcla de impaciencia, pudor y temor. Consultaba todos los días el número de visitas a mi página, direccionada desde los “búsqueda” instalados en los principales servidores de la RED, bajo las palabras relacionadas: literatura, novela, teatro… No era para sentir entusiasmo: una, dos, ninguna visita diaria. Todo cambió sustancialmente cuando descubrí los llamados Foros de discusión. En ellos, un grupo de gentes, daba la impresión de necesitar de las mismas cosas que yo: comunicarse con personas afines a mi inquietud literaria, sentirse acompañados, “hablar” de esto y aquello y tener siempre un interlocutor que aceptaba no sólo escucharte sino intercambiar pensamientos contigo. No recuerdo cómo caí en uno de esos grupos. Cómo llegué al grupo que hoy continúa existiendo bajo el nombre El Cadillo (ya no). Debió ser como ocurren estas cosas en Internet: uno navega sin ton ni son y encuentra un banner (esos letreritos sugestivos que aparecen cuando “navegas,” más bien a la deriva). Algo sobre literatura debía anunciar, que yo piqué el anzuelo. En aquella cesta me encontré con otros pececillos tan entusiastas de respirar oxígeno a manos llenas como yo, sin aparente preocupación de que tanto oxigeno nos pudiera matar o ser devorados por alguna piraña oculta en las buenas formas.

Tuve muchas vacilaciones antes de decidirme a hacer mi presentación. Yo, por entonces, era una persona pudorosa, llena de miedos a ser juzgado, inseguro de mí mismo. Me temblaron las manos cuando, en un supremo rasgo de heroísmo, pulsé mi primer “enviar”. Mi primer mensaje, o aporte en la jerga de los foros, era como una declaración de intenciones: llamar la atención. Digo que fue un rasgo de heroísmo, porque soy persona tímida, y ese mensaje era como llevarme a exhibirme en una plaza pública vestido de guerrero romano. El mensaje decía así:

Nuevo en este foro, con los pies descalzos. No me pongáis cristales, acostumbro a andar sobre las brasas. Pronto sabréis que soy un tío al que le da por joder al prójimo, aquí en la tierra como allá en el cielo. Pero sólo a los-las que les gusta.

Si queréis saber de mí «circunstancia», entrad en mi WEB

www.jose.diez.com (hoy desaparecida)

Dos efectos inmediatos tuvo ese mensaje: Numerosas respuestas de los foristas, sorprendentemente ninguna descalificándome y, más bien, mostrando curiosidad por el “nuevo”, que rompía la monotonía con una presentación, cuanto menos curiosa. El otro, una avalancha de visitas a mi WEB, aunque nadie me escribió con sus comentarios, ni para bien ni para mal.

Había encontrado el mejor camino para darme a conocer: forzar un histrionismo mitad cabrón, mitad excéntrico, todo ello envuelto, a ser posible, en buenas formas literarias, parecía ser el secreto para resultar atractivo.

En días sucesivos, todo fue de parecido tenor. Una forista se metió con el cuadro de Gino Holander que figura en la “home page” de mi WEB y portada de mi obra “Salmos por un cuadro”, la única publicada por entonces, gracias al patrocinio de una empresa comercial, que no editora. Le pareció horrorosa, de mal gusto, una porquería. No vacilé en meterme con ella a saco por lo que entendía un sacrilegio el juzgar así a uno de los pintores vivos más cotizados, mejor juzgados y por mí más estimados. Le contesté:

¿A qué pintura te refieres, Jodeline (tienes nombre de puta de alto standing)? ¿Es, acaso, la que aparece en mi WEB: www.jose.diez.com? Si es así, no digas blasfemias contra el arte: Gino Holander pasará (cuando se muera) a la historia de los grandes pintores del siglo que fue !Esa pintura está valorada en $50.000 USA, joder! Aunque sólo fuera por esto, deberías apreciarla. Y es de mi propiedad. – Este pintor se cotiza de ahí para arriba. ¿Por qué es tan caro un Picasso, un Miró, un Dali? Y yo qué cojones sé; supongo que porque se paga. – Lee mi

«Salmos por un cuadro» y verás que no podía haber elegido otra mejor. Representa la miseria humana, ¿no te interesa la miseria? A mí tampoco, pero me inspira.

Esperaba la respuesta más descalificadora, al menos a mi léxico. No sabía si allende el Atlántico, expresiones fuertes, poco académicas, dudosamente coloquiales, eran de uso admitido.

Sólo la forista que se hacía llamar “Jodeline” mostró su desagrado de forma virulenta. Tuve suerte de que la susodicha era alguien polémico en aquel foro y muchos se regocijaron del trato poco “respetuoso”, y hasta de algún modo me invitaron a que siguiera dándole caña. No tuve inconveniente. Se trataba de que no me perdieran la pista en aquel bosque encantado. Mi respuesta no se hizo esperar:

Lo tengo dicho en tu espacio: la cosa va de metáforas. Pero tu «agrede» disuelve mi esperanza de que las captaras. Yo no soy «muy macho»; sólo así así. Si por agrede entiendes «jode a jodelin», pues la metáfora reside en «ya que no la jodo, la agredo». ¿Lo captas?
Pero, y tu culo,¿ qué pasa con él?

Aquí la metáfora está en llamar culo a tu cerebro. Claro, que para ser experto en metáforas, no se puede tener el culo en el cerebro, ¿me entiendes? No. ¡Qué le vamos a hacer!

La forista debió intuir que no me paraba en barras y que puestos a joder, ella no me iba a enseñar nada, así que dio marcha atrás, no como una capitulación, sino como un medio de no dar carnaza a sus enemigos. Yo tampoco tenía especial interés en hacer de ella mi objetivo único y terminé buscando la reconciliación:

Te noto un tanto blandengue, jodeline. Un poco más durita me caerías mejor. Es que así, te pediría sólo que rezáramos el rosario juntos.
Y ahora en serio. Cordialmente te invito, y si tienes la paciencia y las tragaderas de leer mi «Salmos por un cuadro» (completo en mi WEB), probablemente terminarás odiando los colores del arco iris.

¡Aleluya si lo consigues! Porque nada más deprimente para una persona, que odiar el negro que nos rodea, nos impregna, nos señala desde cualquier punto lejano del Cosmos; es como renunciar a nuestra identidad.

Mi falta de experiencia hizo que me envaneciera de aquella atención inusitada que en días sucesivos fue creciendo en torno a mí. Y seguí por ese camino, sin darme cuenta que a alguien  en la sombra le estaba molestando mi protagonismo. La cuestión no era otra que en aquel foro básicamente se hablaba de política local mexicana, con dos facciones claramente definidas, una a favor del Presidente Fox y otra en contra. Los posicionamientos eran a veces virulentos, como si a cada uno de ellos les fuese exigido por su honor o instinto de supervivencia el estar a un lado o al otro. Lógicamente a mí ese tema ni me iba ni me venía, y todas mis aportaciones estaban al margen de la pasión de aquellos compañeros que, de forma redundante, se tiraban a degüello por cualquier nimia interpretación de la política nacional. Por ello, o por algo más, alguien me invitó a marcharme, él me dijo de malas maneras que aquel no era mi foro, que aquel era un foro de humor político nacional y yo no tenía nada que aportar. Y sí creí que podía aportar algo. Desde mi escepticismo podía decirle a aquellos compas cuán equivocados estaban al tomarse tan en serio eso de reírse de los políticos como terapia para sus intimas frustraciones. Alguien, con muy buenas formas no exentas de firmeza, se dirigió a mí. Yo le contesté en el mismo tono, e intercalé mis respuestas en mayúsculas a continuación de sus párrafos, rebajando así mis desenfadadas aportaciones primeras.

ME VAS A PERDONAR QUE ESCRIBA CON MAYÚSCULAS; NO ES PARA DISTINGUIRME, SINO PARA UTILIZAR LA TÉCNICA DE A CADA PÁRRAFO TUYO MI RESPUESTA, Y DISTINGUIR ASÍ UNO DE LA OTRA. MÁXIME SI, COMO EN TU CASO, ESCRIBES TAN SOSEGADO, TAN RICO EN MATICES DIFERENCIADOS, QUE SE ME ENCOGEN LAS CARNES DE GUSTO Y REZUMO PLACER AL LEERTE Y CONTESTARTE. VAMOS ALLÁ.

Que yo sepa la razón de ser de los foros como el presente, es la de permitir la expresión de las ideas. Y vaya que la cumple, pero jamás se ha erigido como un bastión de la acción ciudadana, a cada cual sus méritos.

TERGIVERSAR LOS PROPÓSITOS DEL FORO SERIA COMO TERGIVERSAR LA NADA. ESTE FORO, SE SEÑALA, ES DE HUMOR POLÍTICO, Y YA SE ME ADVIRTIÓ DE LLEGADA. EN CONSECUENCIA, TERGIVERSAR EL HUMOR POLÍTICO DE ESTE FORO SERÍA, A SENSU CONTRARIO, PONERSE SERIO. ME HE PUESTO SERIO, PRECISAMENTE, PORQUE SI HAY ALGO MAS DAÑINO PARA EL HOMBRE INDIVIDUO ES EL QUE SE BURLE DE LOS DIOSES. PERO ESTE FORO NO ES SÓLO DE HUMOR POLÍTICO, COMO HABRÁS ADVERTIDO, Y PERMITE DESARROLLAR OTRAS IDEAS. NO SÉ SI ESTÁS CONMIGO EN QUE TENER IDEAS ES COMO TENER IDEALES O PRINCIPIOS. AQUÍ SE LUCHA POR IDEAS, IDEALES Y PRINCIPIOS; POCA COSA. LO QUE YO DISCUTO YA NO SON IDEAS, SINO CONSTATAR QUE ES MÁS FÁCIL LUCHAR POR IDEAS, IDEALES O PRINCIPIOS QUE VIVIR DE ACUERDO CON ELLOS. QUE CADA CUAL SE MIRE LA ROPA Y VEA SI VA BIEN VESTIDO.

¿Tú crees que no estamos concientes que los problemas son demasiado vastos para los esfuerzos de un solo hombre o mujer? Los aquí presentes colaboran voluntariamente por que así les place, por que desean discutir de política y otros dominios sacros o prosaicos en un ambiente donde podrán encontrar aliados o enemigos en varios niveles de discusión, posiblemente se hallen a alguien superior a sus fuerzas. Pero ese riesgo mantiene la expectativa y el deseo de mantenerse incluido.

DICE MAURICE MAETERLINCK QUE «MAS INTERESANTE QUE LO QUE LA GENTE DICE ES SU PENSAMIENTO SECRETO, Y ESTO ES LO QUE IMPORTARÍA CONOCER. YO QUE, «PRESUMO» DE ESCÉPTICO», TENGO GRABADA A FUEGO EN LA FRENTE ESA MÁXIMA, Y POCAS O NINGUNA SON LAS VECES QUE CATALOGO A UNA PERSONA POR SUS EXPRESADOS PENSAMIENTOS. NO ASÍ POR SUS ACCIONES.

Que ningún mal incurable proviene de ventilar las ideas o verlas pisoteadas en los pies del adversario. Por tu parte te digo que es artero el ataque respecto a las posiciones sociales de los foristas, seguramente que puede atacarse con virulencia, si es que nos preguntamos quiénes son los que opinan aquí, qué condiciones les permiten ese simple acto y si son coherentes con lo que dicen y hacen. ¿Pero ese no es tu mismo caso?, por curiosidad.

YO SIEMPRE ACTÚO DE BUFÓN, DE PAYASO, DE SÁTIRO, DE INGENUO, DE CRETINO, DE CÍNICO… YO SÓLO PRESUMO DE SER ESCRITOR DE FÁBULAS, Y ESAS SON MIS ARMAS O MIS MÁSCARAS. JAMÁS ADOCTRINO, JAMÁS SOY CATEGÓRICO; SI, SOY UN ACTOR, Y ASÍ ME PRESENTO SIEMPRE EN PÚBLICO, NO ES MI CULPA QUE LOS QUE ASISTEN A MI REPRESENTACIÓN LA TOMEN CON EL ARTISTA POR EL PAPEL QUE REPRESENTA. PERO EL TEATRO GRIEGO ERA ESO: REMOVÍA LAS CONCIENCIAS DORMIDAS O ABOTARGADAS DE LAS GENTES. CREO HABER HECHO HONOR A MI CONDICIÓN

Ningún hombre por sí solo va a amoldar al mundo a sus ideas de lo que es provechoso, ninguna acción privada que no se comunique puede conmover a las masas. Tan sólo si tal proceder al devenir en un acto público consigue tener ECO, si alguien más lo observa, lo hace suyo y conforma sus ideas a lo que dicen los chiflados, según tú, que sólo hablan y nada hacen.

TÚ LO DICES, NO YO: «ESOS CHIFLADOS QUE SÓLO HABLAN Y NADA HACEN». EN MI INTRODUCCIÓN AL TEMA YA DIJE QUE SE SALVARA EL QUE PUDIERA. ¿O ES QUE A TI TE PARECEN RESPETABLES Y APLAUDIBLES LAS PERSONAS POR EL SIMPLE HECHO DE EMITIR IDEAS? NO CONFUNDAS ESCUCHAR CON RESPETO, A CREERSE RESPETUOSAMENTE QUE ESAS IDEAS SON SINCERAS, LO CUAL NOS OBLIGARÍA A CONSIDERAR QUE LA IMAGEN DEL QUE LAS TRANSMITE SE CORRESPONDE CON ELLAS. YA LO DIJO JESÚS DE NAZARET, QUE SE LO DEBIÓ PENSAR DOS VECES: «POR SUS OBRAS LES CONOCERÉIS»; NO DIJO «POR SUS PALABRAS», Y ESO ME CONGRATULA.

Reconozco que hablas con experiencia, que en eso puedes aventajarnos a muchos de los presentes,¿pero es que acaso ello te inhibe de permitir que los inexpertos empiecen a aprender a balbucear (en tus términos)?, ¿promueves el carisma personal y la gerontocracia? No lo creo, pero a veces las palabras pueden traicionarnos, sin importar en que tanto aprecio tengamos nuestra propia sabiduría.

TE VOY A DECIR UN SECRETO, PERO NO SE LO DIGAS A NADIE: CUANDO ME PLANTEO UN TEMA, EL PUÑETERO SIEMPRE ES NUEVO PARA MÍ. ENTONCES ME DIGO: JOSÉ, HE AQUÍ UN NUEVO RETO, A VER CÓMO TE PORTAS, Y ACTO SEGUIDO PONGO MIS NEURONAS A TRABAJAR. ASÍ QUE NADA DE EXPERIENCIA, AMIGO, SINO MÉTODO. ESO SÍ, SOY HUMILDE EN RECONOCER QUE LAS VERDADES QUE ELABORO SON BUENAS Y SUFICIENTES EXCLUSIVAMENTE PARA MÍ. ¿EGOÍSTA? NO; PURO ESCEPTICISMO PARA MÍ MISMO Y CINISMO PARA LOS DEMÁS.
TENGO CONFESADOS 61 AÑOS; NO POR ESO DESDEÑO ESCUCHAR CON RESPETO A LOS JÓVENES, PERO DE ESO A FORMARME UNA IDEA DE ELLOS…

Estas y otro sin fin de posiciones frente lo que se manifestaba en el foro hacían que, sin pretenderlo, ejercitara mis dotes dialécticas. No es lo mismo elaborar pensamientos a solas contigo mismo, que dar respuestas más o menos ingeniosas, más o menos a la altura de quien te concede el honor de dirigirse a ti, sobre todo cuando cuestiona de forma inteligente las premisas que tu elaboras para luego dar lugar a conclusiones; yo siempre me cuidaba mucho de que no fueran dogmáticas.

El caso es que mi presencia en el foro, y como apuntaba más arriba, había desplazado considerablemente el objetivo principal y original del mismo: la política. Por ello, algunos me censuraban, incluso provocándome con alusiones a España, quizá para probar si mi desprecio por entrar en disquisiciones que yo consideraba baldías era auténtico y general, en cualquier caso, como sería el no darme por aludido en lo que a todas luces era eso: una provocación en toda regla. Con poco agrado por mi parte, me decidí a responder a alusiones malintencionadas, como cuando dije:

Estás equivocado-a, Elmer Romero (ya no sé quién es quién detrás de vuestros alias). Los españoles, precisamente los españoles, han luchado de siempre contra el afrancesamiento, y el anglosajonamiento (con perdón); hemos sido una especie de proscritos de esas corrientes absorbentes, ideototalitarias que tuvieron su apogeo en el siglo XVIII y XIX, en los que, contra corriente, nos mantuvimos al margen. Europa empezaba en los Pirineos (Pirineos: cadena montañosa que nos separa de Francia), acuñaron ellos, no sé si por irreductibles nosotros o por chauvinistas ellos. Y volcarnos con los países latinoamericanos, pues tampoco. Vosotros sí que habéis padecido de ese fenómeno de mimetismo; España no era el modelo para vuestros delirios de superación de estigmas históricos. Y así os ha ido. Carecer de modelo propio os ha llevado a importar muchos de los modos, formas, costumbres y hasta léxico en forma de “spanglish”, en vuestros actitudes actuales. Nosotros, ahora, vamos allí sólo cuando nos llaman. Hay mucho que hacer para procurarse una identidad propia basada en las raíces que se hunden en el profundo suelo de la historia; pero sólo podría hacerse si todos partiéramos de la conciencia de que somos lo que somos y no otra cosa diferente. Tú, y otros, diréis: ¡No es eso no es eso! Bueno, pues explicaos, pero dejaos de simplezas con alusiones freudianas.

Aquellos “amigos” mexicanos eran el prototipo y muestra de un pueblo orgulloso que se manifiesta visceral ante otros dos pueblos, principalmente, y según se manejen dos conceptos: la historia y la actualidad. La historia, para mal más que para bien, la representaba España y los españoles, gachupines; la actualidad, USA y los gringos. Alguien que se apellidaba como un nativo con solera de Castilla, pareció tener empeño en renegar de su origen por la vía de lanzar un anatema a “Vosotros, los españoles, sois…”. Me jodía entrar en esa dinámica, pero, haciendo de tripas corazón, traté de poner las cosas en su sitio, concretamente para aquel “nativo” mexicano, aunque, y para salir del academicismo, le di un tono jocoso, mitad cabrón mitad cínico, por ver de salir de aquella trampa.

Si no eres español, eres como mínimo un marrano, hijo o nieto de marrano. Tú, ilustre, ya me entiendes, pero esos mariachis que te acompañan, seguro que no. Marranos se llamaban a los judíos conversos, allá por vuestros y nuestros Reyes Católicos de Las Españas. A ti, a tus padres o abuelos, te echaron del parnaso español (parnaso con minúscula) por no cumplir con un requisito ad hoc: no dejarte dar por culo.

Bueno, ¿y qué? No presumas; según la Ley de Mahoma, tanto da el que da como el que toma. En esta refriega mitológica, Apolo te tiene en el punto de mira, y ya le ha dicho a Cupido que te clave un buen par de varas en todo lo alto pa que aflojes de atrás, como pide Curro Romero a sus picadores. Pues prepárate, joven Academos, que ni señalándome el sitio donde Teseo oculta a su hermana, (a mí la hermana de Teseo me la trae floja, como comprenderás) te salvarás de mí. Que los héroes se vayan buscando otro correveidile, porque tú, por derecho propio, eres mío a partir de ahora.

Dame una señal para empezar, y déjate de rodeos con el quiero no quiero.

Probablemente nadie de aquel foro había visto otra cosa igual. Yo dudaba que alguien se hubiese percatado de que mi única intención era ejercitarme en el arte de escribir, de escribir lo que fuese con una cierta coherencia, con la calidad mínima que hiciese amenos mis aportes por el solo hecho de estar bien escritos y con un cierto ingenio. Una excepción surgió de repente. Alguien que se hacía llamar Marcial, me pareció que estaba en mi misma onda. No es que apareciera como consecuencia de estar yo allí, pues luego pude ver que llevaba tiempo perteneciendo al grupo. Recorrí uno a uno sus intervenciones atrasadas para confirmar lo que suponía. Y, efectivamente, era un tío cachondo donde los haya. Eso sí, mexicano hasta las cachas y, cómo no, también defensor de su causa política. Pero sus intervenciones no eran viscerales; todas tenían un tinte de humor auténtico, el que precisamente faltaba a aquel grupo que se decía de humor político. Recuerdo que escribió algo que no tenía pies ni cabeza, evidentemente a propósito. Le vi venir, pero esperé la reacción de los compañeros. Aquellos que contestaron al amigo Marcial, me dieron la impresión de absolutamente atarantados ante su escrito; ninguno tuvo el valor de sospechar de su juego, de denunciarlo, probablemente por temor a ser considerados unos burros, incapaces de comprender tan “sublime” disquisición. Cuando ya estuve seguro de que no sólo no habían sido capaces de ver la impostura, sino que alguna emérita dama lo ensalzaba por su “profundidad” de pensamiento, salí yo al quite, en parecida forma.

Una aportación muy inteligente la tuya, estimado Marcial.

Siempre ha sido así. Las pulsiones elementales del hombre le conducen inexorablemente a la retroactividad humana. Y sólo en las redomas de Esculapio encuentra la superación del infrayo, siempre lacayo de su propia esencia. Gracias.

Tampoco lo mío fue detectado como nada bien escrito. Marcial se dio cuenta de que había entrado en su juego y volvió a las andadas, más hiperbólico cabrón que antes. Yo le seguí de igual forma.

Estimado docto amigo marcial.
Tu conclusión no puede ser más sagaz. El hombre inmerso en el cosmos y, por tanto, sujeto al

caos implícito, no puede escapar a su destino-. Pero fíjate bien, amigo: dices que los enigmas, en tanto que los creamos nosotros, nos enaltecen. Pareciera
según tu razonamiento epistemológico, que el Hombre crea sus propios enigmas para no tener que asumir su destino.

Dices bien, y esa es la cuestión. Cosmos es el compendio del caos. Y tu destino. Claro que, enseguida, pareces sobreponerte a tu propia deducción y pones el silogismo en su lugar: el hombre se cree producto de un enigma, pero, inexorablemente, se le aparece el absurdo cosmogónico y comienza a dudar. Ahora te pregunto: ¿dónde situamos el cerdo? Permanezco profundamente reflexivo a la espera de esa clave, sin duda vital para comenzar a conocernos. Por favor, no seamos simples epígonos utilizando sólo las capacidades corticoides que nos han sido dadas. Seamos rebeldes a todo estereotipo que nos han mostrado de nosotros mismos. Y si tenemos que concluir que no somos más que cerdos con diferente envoltura, pues aceptémoslo valientemente o resignadamente. Eso sí, no sin antes tener todas las evidencias que eliminen cualquier postulado empírico.

Y así seguimos, descubriendo que no es que nosotros fuésemos más listos, es que casi todos aquellos amigos estaban investidos de la bondad humana en forma de estupidez, la misma que todos mostramos con papanatismo ante los grandes gurus del pensamiento.

Pero con todo, aquel lugar me parecía una pecera de pirañas. Yo quería a lo mexicanos y la mayor parte de ellos no parecían quererme a mí, y no por lo que escribía, con lo que, manifiestamente, les tenía atrapados en una especie de sortilegio, sino por ser un gachupín y, entonces, los prejuicios se imponían. Sí, me sentía incómodo y desilusionado con mis hermanos y escribí un mensaje de despedida.

Llegué, vi y me voy.

Alegraos, los que se alegren, porque jddiez, se va con su música a otra parte.

Soy español, gachupín, “gallego”, etc., porque mi madre me parió en España; si mis padres hubiesen emigrado, sería argentino, mexicano, etc. Y no me gustarían los gachupines, “gallegos”, etc.

En realidad no soy de ningún lugar, ni de ningún signo político, religioso o multinacional; soy un escéptico.

Soy amigo de mis amigos; no soy enemigo de nadie por la sencilla razón de que eso produce úlcera de estómago.

¿Los latinoamericanos? ¡Ojo, no digo hispanoamericanos! Pues los hay buenos, medianos y malos, como en todas partes. Por ahí sólo tengo buenos amigos buenos latinoamericanos.

¿La historia? La conozco: fuimos unos buenos, medianos, malos conquistadores. Lo mejor que hicimos fue enseñaros a no ser buenos ingleses; lo peor: llenaros la cabeza de fe y esperanza; con eso no se va a ninguna parte.

Ya he dicho que odio los chistes.

Y como sois gallos de pelea y yo un gallo en corral ajeno, pues ahí os dejo, quitándoos las plumas los unos a los otros con mala sintaxis y alguna falta de ortografía. Si fuera sólo mala leche…

Salud, libertad y prosperidad, hermanos, si no lo jodéis todo haciendo chistes.

Pero algunos pusieron en tela de juicio mis sentimientos, sinceros sentimientos, y achacaron mi despedida a ser un mal fajador, incapaz de soportar las críticas. Algunos me escribieron en privado pidiéndome que me quedara, aunque sólo fuese para bajarle los humos a tanto «cretino» (sic) como había en aquel foro. Una cosa y la otra me hicieron reconsiderar mi salida del grupo y decidí, finalmente, quedarme.

No tenía intención de cambiar de línea de actuación, y así fue cómo les hice ver que continuaba.

Voy a continuar mientras respondo a algunos amables y a otros no tanto. También porque el moderador no me ha llamado la atención.
A ti, jode-en-línea, ya te tengo satisfecha en tu «SOLO PARA CULTOS». O quieres más?
A ti, flcn74, pues te iré dando por culo cada vez que te agaches. Tú dirás que no, que no soy tu hombre, pero lo nuestro no es amor; es pura violación. Lo que pasa es que poco a poco me vas a ir tomando el gusto.

Y los demás, pues, a su tiempo, que no me dais respiro.

La Jodeline, el fFlcn74, Chachiz, Castulo, JWColtrane, Lalito, Frago, Alebrige, Aguilareal, Elmer, Tancredi… eran algunos de los más significados peleones. No tengo reparo ético en mencionar sus nombres, o más bien máscaras detrás de las que se escondían sus verdaderas identidades, que, en todo caso, aquí siguen ocultas y ellos tendrían sus razones. Tancredi era la reina, o reinona, de aquel grupo. En todos los grupos hay un rey, o reyezuelo, y una reina, o reinona. Todos tuvieron mi cumplida dosis de atención y todos me dispensaron atención inusitada. Tanto fue así, que los temas políticos, sociales que venían siendo tratados monográficamente en forma de sátira burlesca, sin el menor ingenio y basada en el “vosotros más”, se diluyeron, en gran medida, en meterse con el gachipin español, al que había que hacerle la vida todo lo difícil para que se largara de aquel corralito patrio, a ser posible con el rabo entre las piernas.

Era extenuante para mí aquel pim-pam-pum en el que no encontraba otra recompensa que la de agudizar mi instinto de escritor, y, por el contrario, me sentía tremendamente frustrado ante aquellos especimenes. No quería llegar a una generalización diferente a la consideración previa que tenía de los mexicanos, y me planteé que lo mejor era dejar definitivamente aquel grupo. Y así, consecuente con esa decisión, escribí mi despedida, obviamente fabulada, y por dejar un “buen recuerdo”

Antes de nada, quiero pensar que esta explicación es exigible por vosotros, es por ello, y únicamente por ello, que me presto a darla.

Todo este circo, pantomima, despropósito que jddiez ha montado en El Cadillo obedecía a una intención más allá de las apariencias.

Relataré sucintamente lo hechos.

Un paisano vuestro, más que amigo, hermano, asiduo de este foro, o al menos interesado en él, me pidió que interviniera en El Cadillo y que lo hiciera de la forma más provocadora que se me ocurriera. Probablemente confiaba en mí camaleónica capacidad de asumir papeles de todo tipo en el terreno de la fábula. para obtener lo que se proponía. Este amigo y yo nos habíamos conocido en otro foro, muy distinto en contenidos al de éste, durante un largo periodo (dos años). Aun sin contacto físico, nos conocemos como si de toda la vida.

Este amigo del que hablo, anda liado en una tesis sobre sociología, y su estudio concreto se refiere a los tipos y estereotipos de varios países. Sin que a él se lo planteara ni me lo planteara de antemano, pensé que de mi actuación en este foro se podían obtener algunos datos sociológicos, si se conseguía un muestreo significativo de sus participantes. Pensaba ofrecérselos por si le servían. El Cadillo tenía unas cualidades casi únicas que lo hacían un banco de prueba idóneo: sus miembros se mantenían anónimos detrás de sus respectivos alias, por lo que actuaban desinhibidos; eran prácticamente todos del mismo país y el tema tratado casi en exclusiva era de política y sociedad local, esto último muy ventajoso para pulsar pasiones y recelos, todo ello rayando muchas veces la irracionalidad de las posturas, por excluyentes o por empecinadas: otras formas de amor y odio en estado puro, algunas veces con fatales consecuencias.

Yo era consciente de que manifestaciones así no definen el perfil de un pueblo, ni siquiera de una sociedad, pues se dan en todas las latitudes.

Era importante ampliar el espectro. Había que catalizar esas pasiones y odios en otros aspectos en los que se nos pide adoptar una postura de acuerdo con nuestros sentimientos y convicciones. Y luego, por extrapolación, se podían sacar algunas conclusiones, que quizá le valieran a mi amigo.

Abordar por mí este foro tenía un indudable riesgo y no las tuve todas conmigo. Podía ser arrinconado en el más despectivo de los silencios hasta que me aburriera y me marchara, ya que no había otro medio de desaparecer.

Sorprendentemente no fue así y el propósito inicial pareció que iba a dar extraordinarios frutos: jddiez se convirtió en un elemento activador de reacciones varias, dando un color nuevo o novedoso a un foro muy compacto y casi monocolor.

Pero a medida que iba pasando el tiempo, los resultados que se obtenían eran escuálidos como muestra significativa: la curiosidad por el intruso jddiez era muy alta pero la participación escasa o repetitiva: apenas media docena de miembros, siempre los mismos, y alguna que otra fugaz aparición; de haberse correspondido doscientas y pico visitas con otras tantas participaciones, los resultados cuantificables hubiesen sido aprovechables para un estudio sociológico de gran altura, que, obviamente no hubiese podido hacer yo ni esa era mi intención.

Pero debí cometer una equivocación grave: ya de entrada, jddiez pudo ser identificado como José D. Díez y también la dirección de su correo electrónico. Mi WEB hablaba demasiado de mí. Más tarde diré por qué.

Busqué nuevas fórmulas sin abandonar del todo las que habían dado, al menos, la pauta del interés de los foristas, y así, propuse parte de mi obra “Yo, Alejandro”. Pensé que si mandaba trozos especialmente escogidos, en los que se rompen esquemas epistemológicos clásicos o tradicionales, con ellos encontraría participantes a favor o en contra, de forma igualmente apasionada a como os manifestáis en política local, y en la que, por razones obvias, yo nada puedo hacer o decir. No os interesó, y de las 70 visitas, ninguno participó.

Propuse lo de la magia como medio para conocer posturas fanáticas como producto residual, al margen de lo religioso que yo consideré intocable, y tampoco pareció que os incumbiera.

Media docena, corta o larga, de participantes en temas que eran recurrentes, cuando no supuestos: xenofobia, racismo, machismo, feminismo, misoginia, lenguaje bronco. Todos muy interesantes, pero que no pudieron ser tenidos en cuenta, como decía, por la escasa participación, la poca o nula argumentación y la permanente y descarnada reprobación del ponente; los foristas que respondían lo hacían, salvo raras excepciones, de forma congruente con la provocación extemporánea mía. De esa muestra, obviamente, no se podían sacar conclusiones medianamente indicativas de un estereotipo de mexicano; la clave debía estar en el pensamiento oculto de los que no contestaban, como en las encuestas generales. El propósito parecía abocado al fracaso y empezaba a cundir el desánimo en mí.

Fue a raíz de una primera manifestación de claudicación mía y que abandonaba El Cadillo, que recibí un “email” con lo que en aquella ocasión me pareció una simple petición de algún emboscado, al que le parecía bien mi actuación y me animaba a que siguiera en esa línea. Y una enigmática frase de la que por entonces no pude percibir su posible alcance: “Acabe usted con los contenidos políticos de esos marxistas disolventes y se le sabrá agradecer”. (usaba otras palabras que yo transcribo libremente para que no quepa la posibilidad de su identificación) Yo, entonces, entendí que no eran de su gusto, simplemente, quizá porque su ideología no era la dominante en el Cadillo. Tampoco tengo yo idea clara de si existe una ideología dominante, y menos marxista a estas alturas.

Pero ya era algo extraño que cada vez que manifestaba querer dejar el foro, aparecía un mensaje cada vez más claramente insinuante de que se me ofrecía una recompensa de algún tipo sin concretar. El que estaba detrás parecía empeñado en desviar la atención de los foristas a otros temas que no fueran los de política local. Pero, quién fuese, creo que me sobrestimaba. Comencé a sospechar en algún servicio de intelegencia, pero también me pareció una elucubración fantástica por mi parte.

Y regresé a las andadas, más por inercia, que por ningún tipo de complacencia, ni propia ni ajena, sin olvidar completamente los enigmáticos mensajes.

Volví sobre los mensajes muertos, desde la página 20 y leí casi todos, tratando de encontrar alguna similitud o clave del “amigo” empeñado en torpedear el foro (Castulo fue el único que pareció darse cuenta). Era, si queréis, un interés morboso. Pero no encontré nada; podía ser alguien que se limitaba a observar.

Y llego, finalmente, a la conclusión, de que el primer propósito de ayudar a mi amigo con alguna aprovechable aportación no se sostiene y sí, en cambio, tengo la sensación de estar siendo, si no manipulado, si utilizado por extraños y espúreos intereses, a los que conscientemente no estoy dispuesto a prestarme.

Pues ya está, ya lo sabéis: no ha sido una burla, tampoco una provocación gratuita ni una inconsciente y burda participación la mía. Había, si lo queréis aceptar, una intención de estudio. No un experimento por el que pudieseis sentiros molestos, y por consideraros haber sido tratados como conejos de indias. Mía ha sido la impericia, mío el fracaso; nadie debe considerarse manipulado, pues que desde su anonimato, difícilmente su yo auténtico puede quedar cuestionado, y hasta es probable que ese yo haya quedado fortalecido, al haber estado él mismo jugando a la apariencia y al equívoco. No hace falta decir, que nadie en su sano juicio podría desviar su agravio personal al pueblo que representa.

Y para finalizar, diré que en lo que a algunos pueda parecerle exigible una rectificación mía por insinuaciones personales hechas por mí, desde este instante rectifico y le pido disculpas, disculpas que yo no pido a vosotros hacia mí, pues fuisteis, en todo caso, vosotros los provocados, y los que contestasteis, sin entrar en valoraciones subjetivas sobre los contenidos, (lo hicisteis, quizá, por vuestro temperamento), siempre actuasteis de la forma que considerasteis apropiada en cada momento, pues no teníais motivos para sospechar nada aparente.

Si alguien me solicita alguna concreción, gustoso intentaré darla; ninguna sobre mi amigo, el cual ha estado siempre ajeno a los contenidos por mi vertidos en el foro y de los cuales soy exclusivo responsable.

Después de finalizar el turno de preguntas (si las hay), considerarme definitivamente despedido del foro, pues entiendo que ya estoy identificado, “vigilado”, y quizá prejuiciosamente calificado.

Y vosotros, sacad vuestras propias conclusiones, si os place.

Obviamente y como pretendía, algunas de mis declaraciones en esa despedida llamaron mucho la atención. Pero aquella ya no era mi historia, como sucede cuando un escritor pone en manos de sus lectores lo que escribió.

La otra historia, siniestra historia, habría de empezar, y ésta sí fue mi historia

CAPITULO SEGUNDO

Me sentí vacío en días sucesivos después de despedirme de aquel foro. Mantener una disciplina por la que te impones escribir, como mínimo y a diario, un par de folios, método que aconsejan por consenso todos los manuales del escritor que empieza, es tarea ardua si no encuentras la oportuna motivación. Y no es fácil. Echaba de menos aquel contacto fresco, con argumento prestado, que me había proporcionado mi experiencia en el foro. Y me dispuse a encontrar otro. Esperaba que, en esta ocasión, la política, la sociología fueran la excepción y que la regla fuese la literatura, entendiendo por tal, cualquier escrito basado en la fabulación de supuestos más o menos cotidianos sin implicación ideológica.

Y lo encontré. Existe aún, aunque bastante depauperado. Los foros, como todo, tienen un ciclo vital. Yo llegué a éste en su plenitud. Me parece innecesario dar su nombre, ni siquiera supuesto, pues al contrario que en El Cadillo, aquí todos sus miembros se llamaban por su propio nombre. Tampoco se identificarán con esta historia, pues que ella se gestó al margen de este grupo. Sin embargo, sí fue aquí donde apareció el personaje que luego me haría vivir una peripecia truculenta por como acabó, aunque como decía más arriba, siniestra en su preparación.

Mi presentación en este nuevo foro fue igualmente pensada para marcar una pauta histriónica que llamara la atención:

Me estoy pensando que no es bueno que el hombre esté solo. Que no se invente muertes aparentes para comprobar lo que lo sienten los que permanecen vivos aparentes. Si ya todo esta está escrito!! «El muerto al hoyo y el vivo al bollo» Amen.

Recuperado de un cólico nefrítico, con el culo lleno de Buscapina Compositum (Los caminos de los dioses médicos son a veces deprimentes, salvo para «exploradores excepcionales»), no pudiendo en estas condiciones ser más ocurrente, os anuncio, previa vuestra anuencia, que en breve estaré en ese corro de cretinos para ser un cretino más, eso sí, acompañado. Tengo que resolver unos asuntillos personales y necesito toda la cabeza para que no me jodan los de enfrente.

Hasta pronto.

La gente que pulula por los foros, salvo raras excepciones, es generosa hasta que no irrumpes con ruido en sus convicciones.

Y en aquel foro, las convicciones, al menos aparentemente, estaban bien ocultas y sus personajes gustaban más bien de elucubrar historias ficticias en forma de poemas, cuentos o la simple contemplación de la vida. Yo agradecí muchísimo aquel remanso de creación, literaria, al fin y al cabo.

Pronto me hice un hueco entre ellos. Mis escritos estaban impregnados de ironía, en ocasiones mordaz. En otras, estos daban muestras de yo ser un tipo sensible y hasta romántico. Todo ello era una mezcla que conseguía concitar interés en torno a mí. Todos ya conocían mi web, la imagen que ofrecía mi foto en ella, mis escritos “serios” y mi edad. Curiosamente mi edad no era un inconveniente para que hasta jovencitas de no más de 20 años me mostraran su admiración desmedida. Me sentía muy halagado y no desdeñaba cultivar esas amistades, fuese sólo para alimentar mi vanidad de hombre maduro. Pero para ser honrado con ellas, siempre les advertía de que mis escritos no debían ser tomados como declaraciones en base a mis sentimientos y que debía ser considerados como simples claves literarias. Fuesen o no considerados como lo que eran, el caso es que conseguían remover los sentimientos de las destinatarias, y sus reacciones eran, a veces, inusitadamente “afectuosas”. Y así, respondiendo a una joven que me había tomado como su confesor y reparador de su maltratado espíritu, le dije:

Muy bien, pequeña. Echar los demonios fuera siempre es doloroso, pero luego es mayor el sosiego. Nunca pensé que tu vida fuese un jardín de rosas. Es mejor haber vivido en un campo de abrojos y rosas; el dolor que causan los abrojos te enseñará a elegir las rosas sin herirte; pero no olvides que las rosas también tienen espinas; que hay que saber tomarlas y no embriagarse de su fragancia. Todo tiene su medida dentro de lo justo y necesario.

Hoy sé más de ti, pero menos que mañana. Llegará un día que sepa tanto de ti que serás entonces «mi obra». Será entonces cuando yo pueda emprender la aventura del arte.

Recuerda, querida, que te veo como un artista ve a su modelo. Pero si prefieres que algo te siga martirizando en expiación de tus culpas, guárdatelo para ti. Yo te diría que nadie acumula culpas por nada; que somos incontingentes para evitar lo que somos y mucho más para evitar lo que fuimos, o lo que nos sucedió. Así que esa será una opción de la que tampoco te tendrás que culpar.

Me sentía a gusto entre aquellos compañeros. Las formas gruesas, a veces soeces, casi siempre mordaces habían quedado atrás. Si andas entre cerdos, no es extraño que termines pareciéndote a ellos, y ese no era mi estilo, aunque como escritor pueda coronarme de laurel.

Para colmo de mi dicha, en aquel foro había hasta una escritora que, como yo, había comenzado a escribir tarde, cuando dejó de parir, de criar a sus hijos y ver vacía de contenidos su agenda diaria.

Tuvo la gentileza de mandarme alguna de sus cosas y yo le correspondí con alguna de las mías. Si yo era crítico despiadado con mis propios escritos, no lo fui menos con los suyos. Pensé que lo que menos necesitaba un escritor que empieza es que desde fuera se le confunda con desautorizadas complacencias. En realidad había motivos objetivos para no complacer a aquella buena amiga con mi beneplácito; debería esforzarse en mejorar, como yo hacía cada día.

Eran las 5,20 de la madrugada de cualquier día. No había podido dormir. Me tomé, un vaso de leche, paseé por el jardín mientras fumaba un cigarro y pensaba.

Lo de las convulsiones no era nuevo. En realidad vivía en estado de convulsión permanente, unas veces más otra menos. Cuando la convulsión que padecía era controlable, era hasta creativa; cuando se me descontrolaba, me sentía muy mal, me hacía daño a mí mismo y a cualquiera que estuviese a mi lado. Afortunadamente aquel día, o noche, no tenía a nadie a mi lado, ni siquiera a mi hijo, que no salió finalmente para mantener el habitual chat.

¿Por qué me pasó eso después de aquel chat que sí mantuve con mi amiga horas antes?.

No podía, no podía tener a alguien con quien conversar!!! Era una especie de proscrito en cualquier relación social normal. Muy susceptible ante el descubrimiento de los demás, de los que nada me pasaba desapercibido y, por supuesto, el descubrimiento de mi yo más desagradable, más atormentado, más incapacitado para aceptar y para aceptarme. Cuando eso me ocurría, sólo me quedaba refugiarme en mi aislamiento; no querer ver a nadie, no relacionarme con nadie, porque odiaba profundamente a todos y a mí mismo.

Cuál pudo ser el desencadenante? No guardé el chat y me resultó imposible saberlo con exactitud, pero sí recuerdo que me quedó el poso de un café amargo: la amiga en la que yo había puesto todas mis complacencias, y hasta mi redención, me había defraudado. Poco importaba en aquellos momentos la consideración de que quizá ella sintió lo mismo respecto de

mí; en realidad perdía amigos por no importarme esto último. Y me lo tenía bien merecido. Recuerdo, más o menos, que le dije cuando ya finalizábamos nuestra conversación:

En fin, querida, que ya ves el elemento indeseable que te has agenciado como amigo. Yo que tú, daba por zanjada esta amistad sin previo aviso. Me voy a mi refugio, a contemplarme en mi maldita sombra.
Me llegan las convulsiones violentas… debo dejarlo ahora.

La única persona que conseguía me calmara de aquellos estados de catalepsia en los que solía sumirme, era la “niña” del grupo, la jovencita que iba para gran poeta, a poco que persistiera en el empeño. Había hecho de ella una especie de proyecto paterno, y me esforzaba en crearle autoestima desde la exigencia de un esfuerzo constante por mejorar en muchos aspectos que yo consideraba infantiles o poco maduros para su edad.

Le escribí a la niña. Ella se había aferrado al sortilegio de mi palabra, siempre arropándola en sus ensueños, siempre guiándola a morar un Parnaso destinado para ella, que yo le había puesto delante.

Yo me siento mal siempre, niña, y lo peor es que mañana también me sentiré, y que si no hay mañana, en ese momento último de lucidez, no tendré esperanza; será angustia de haber nacido y vivido en vano.

Le transmitía a la niña mi sentir personal por el despilfarro que había echo de mi vida. Sincero o no, que con dificultad comprendemos esto sus autores, le hablaba de mí. A ella le sobrecogía mi escepticismo. Cuando faltaba a la cita tácitamente convenida de aquellos encuentros privados en el mensajero ICQ, ella, la niña, parecía resentirse de un abandono existencial; tal era la dependencia que le había creado. Ella me lo hacía saber por medio de un poema que mandaba al foro; sólo ella y yo sabíamos lo que en realidad significaba.

Y sólo ella sabía que era para ella lo que yo respondía a aquel mensaje, también en el foro, como no podía ser de otra forma, pues quería separar nítidamente lo que eran mis charlas privadas, llenas de paternales consejos, y lo que decía en el foro, de lo cual advertidos todos estaban que siempre debería ser interpretado en clave literaria. Y así, dije:

Mi adorada niña.

Ayer estaba cansado,¿sabes?. Te dejé tirada, quizá esperando mi carta, desconcertante últimamente para ti. Me tenías, sí, diluido en el foro, pero no era lo mismo, ¿verdad?. Son las 6 PM y aquí me tienes, ojeroso, aunque con los ojos lavados con tantas lágrimas como eché mientras dormía, por ti.

Vamos a recomponer la figura, rota en mil pedazos por mi torpeza egotista. Que te quiero, es el primer pedazo; que te adoro, el segundo; que muero sin estar en ti, el tercero; que me redimo contigo, el cuarto; que lloro por primera vez en mucho tiempo, el quinto; que quisiera tenerte cerca, el sexto; que quisiera besarte, sólo besarte, el séptimo; y luego morir, el octavo; y seguir amándote después de muerto, el noveno…. y así hasta, no mil, hasta el infinito, corazón.

Y ella, bendita sea, escribía, en respuesta, cosas coma ésta, que si transcribo, es porque ya no le pertenecen y son propiedad del Universo.

Sintiendo que sigue siendo una vida. Esta tarde sueño esperanzas. Con pinceles en la mano, pinto en caritas festivales de alegrías.
Esta tarde quiero regar con miel toda la esperanza y elevar los sueños de mi querido ausente. Con pinceles en la mano, pintando flores al borde del camino que comenzó con ingenuidades y encanta-

miento de querubines. Esta tarde sueño sin arrepentimientos, sueño con colores cayendo como gotas y resbalándose en los
arco iris que nacen en los horizontes del instante en que escribo. En el crepúsculo del instante anterior, pinté las constelaciones

del nuevo cielo que albergaba mis sueños, pinté las estrellas que se reflejan en el mar que besa la playa en la que sueño y pinto.
Sueño sin lógica, sin tiempos… solo rupturas que me llevaban hasta esta noche en la que amo entre juncos y manglares…

A veces yo era tan fatuo, que me olvidaba de tener en la niña a una alumna aventajada en la fabulación y pensaba que ella me amaba. El pintor y su modelo se confundían en cuadro surrealista.

Sí, en paralelo, el escritor y el hombre se mezclaban convergiendo en una especie de íntimo negocio. El escritor ponía los medios y el hombre contabilizaba los fines; no los programaba, no los imponía porque, por encima de todo, se imponía su escepticismo, esa cosa que funciona sólo cuando los sentimientos están dormidos. Como en un juego en el que pones todo sobre la mesa, a una sola carta, el hombre le pedía al escritor que jugara fuerte. Y el escritor, esta vez vicario del hombre, arriesgaba al máximo.

Nada más arriesgado, a la vez que definitorio de una situación ambigua, que, tratándose de una mujer, desviar tu atención exclusiva por ella a otra que pasaba por allí. La mujer comparte menos que el hombre, y en el terreno exclusivo de los sentimientos, su papel de mujer

enamorada; mientras que es el hombre el que no admite compartir a su mujer en el terreno de lo visceral, el del macho dominante. Fue, en este caso, que el escritor se limitó a seguir las órdenes que le imponía el hombre y escribió en el foro lo que sigue.

Querida Ed.

No ha sido molestia (ni por molestado); ha sido un placer volver sobre tus andanzas en esta casa y leer uno a uno tus tropecientos mensajes. De ellos he entresacado algunas frases que me han impactado y que «copio» a continuación. No las he rebuscado con mala intención y no son exhaustivas. Algunas parece te definen hasta lo que escondías bajo ese velo por quitar. Pero otras, contradictorias entre sí, también se cargan el resultado de un psicoanálisis urgente, de cuyo resultado no saldrías favorecida. Quiero decir, que esa complejidad tuya es la que te hace interesante; no se puede simplificar la idea que se extrae de ti, lo mismo que sucede con un cuadro, complejo de matices, que quisiéramos poseer. Uno, ante ese cuadro, puede decir: No lo comprendo, y lo he intentado. Otro dirá: Es sublime, lástima que sea tan caro. Otro: Me perturba demasiado. Otro: Es tan fantástico que acompleja mi esencia real y miserable. Otro: No tengo pared apropiada para colgarlo. Y así, de ese tenor, se podría seguir largo rato. El resultado es que todos lo querrían, nadie quiere quedárselo y el que lo tiene quiere quitárselo de encima.

Así te veo, querida, como ese cuadro que quisiera poseer; pero alguna razón me asiste para no estar a tu altura, o porque me perturbas demasiado.

Y yo no te receto nada para mejorarte; eres perfecta, desde mi limitada capacidad para medir la perfección.

Esperaba la reacción de mi niña. La carta sólo pretendía ser amable con Ed., pero contenía suficientes ingredientes para causar estragos en el corazón de una niña enamorada. Ya habría tiempo de restañar las heridas. Y la carta, una carta que confundía al hombre más que le aclaraba, llegó. Como siempre, el escritor la encontró magnífica, extraordinaria, literariamente un monumento epistolar digno de la mejor escuela.

Al brujo de turno:

Tomando el sentido justo que quiero darle yo a lo que escribe… quizá no sea el mismo que le ha dado usted, pero en esto de darle palos a mi imaginación romántica, todo aquel atrevido pierde, pierde usted ante mi imaginación romántica.

Se acercó usted, y me dijo que soñaba, cuando simplemente eran frías letras… ni siquiera literatura, porque terminó siendo para usted un ejercicio más.
Lo que yo escribía sí eran sueños y literatura, sin crueldad… pero una frías letras proyectadas y tecleadas sólo con la ambición
de ser obstáculos… Califíquelo usted, qué será.
Yo no llevo ninguna ventaja… al contrario , yo soy la presa, usted el lobo, jamás la presa tiene ventaja sobre su cazador, a menos que la presa tenga más experiencia… pero sigue siendo usted el más experimentado aquí, ya que usted sabe lo que quiere hacer y yo no sé ni cuál paso

seré el siguiente que daré.
Si soy el objeto deseado, eso no me da ninguna ventaja. -«Abuelita, qué ojos tan grandes tienes, que dientes mas grandes tienes… que pezuñas, que líneas de vejez…»
Eso solo me da el augurio de que me pueden destruir, dejarme en añicos la vida. Pero a quién le importa la existencia en una constante huida… no, eso no es vivir. Haya sido simplemente un instante de vanidad lo que le llevo a teclear ese instante, reflejó lo que usted deseaba… y si no fuera tan… quizá alguna vez consiga. ¿Que usted fuera mío fue sólo un «pretexto»?… Pretexto como algo que se piensa antes de escribir… no creo, quizá pretexto de sentir algo diferente, pretexto de una niña encaprichada con las ilusiones, pretexto de ser parte de alguien.
Parte de alguien que piensa que la vida fue hecha para dejar que pase, pero no deje que pase en vano.
No deje que simplemente sean días con corazón latiendo y sangre corriendo por las venas, permita que la VIDA se le meta en el cuero y le haga sentir… no deje que pase así.
Me dice que ya no sueña, que solo imagina, y lo hace despierto. Esta mas encerrado que Segismundo en la torre de querer un «no hay nada mas allá». Si imagina despierto… ha logrado más de lo que pueden muchos, aislar la realidad del estar despierto para crear todo un cuadro que no pertenece a este mundo, sólo a su fantasía, sólo a su imaginación. Siga imaginando despierto,
que quizá en una de esas aventuras queda atrapado y viva realmente lo de la vida que es sueño. Lo mío es sueño, fantasía, imaginación ilusión mezclados siempre con mi día y mi noche. Siempre sueño, siempre fantaseo, siempre tengo imaginaciones, siempre llenas de ilusión y deseo.
Lo sé, todos moriremos en algún momento. Yo también moriré y quizás antes que usted, a causa de esta enfermedad que corroe mi cuerpo, pero no quiero morir en vida.

No me entendió… lo que pensaba era SU razón para haberme escrito. Yo sé por qué escribo y contesto, a quiénes les escribo y cómo. Yo quería saber la razón de por qué usted decidió escribirme a mí. Solo eso… pero ya no importa, yo sigo con mi
sueño y usted con su «literatura» (que no lo es). Dice que esta cansado, ¿qué mejor que compartir la vida con alguien que esta llena de ella?… Descanse, si es lo que necesita. Es cierto, no estaré sola. Pero no es lo mismo sin usted.

Una parte de este sueño que viví con usted fue muriendo poco a poco en cada línea, y sí, me hizo
sufrirlo, sí, me hizo llorarlo. Y lo que le digo no es literatura, ni es sueño, es vida, es el sentimiento. No sé por qué, pero sí, viví este sueño y ahorcarlo de esta manera me hace sentir que necesito revivir nuevamente… Soñaré y Escribiré. Esta imaginación romántica vive y late en mí.

Usted no entiende que lo que escribo realmente lo siento y lo vivo. Cada una de mis poesías, cada uno de mis escritos incluyendo lo del teatro fue algo que viví. Por eso siempre he dicho que no soy poeta, ni escritora, simplemente una historiadora de mi propia vida. Y si le dije que que había sido suya… en mis sueños, créame. Y si pudiera, trataría de retrasar su final. Sí, esta niña está empeñada en hacerlo; el objeto de su deseo.

Le escribí para poner punto y final. No podía yo seguir jugando a un juego de muerte, en la que como ella bien decía, tenía yo todas las de ganar. ¡Ah, si ella supiera cuánto dolor causa reconocer que ganas en ese juego con tus cartas marcadas!

No te fíes de las palabras; ni siquiera de las tuyas. Lo que sientas en el corazón es lo que vale; lo que yo sienta es lo que vale. Pero no siempre los sentimientos son intercambiables, como en un trueque de mercado. Pudo ser bonito, ¿vale?, pero imposible, ¿vale? He intentado amarte con la imaginación; te escapaste en el instante preciso, y en su lugar, cualquier otra imagen vale. Tendrás muchas veces; olvídate de este fracaso… y del mío.

Adiós.

José

Esta carta era el colofón de una larga relación epistolar, encendida de metáforas luminosas que a mi niña le salían, no podía ser de otra forma, de un alma romántica, apasionada por su atemporal ideal, ideal que yo había sabido crear con las solas palabras precisas capaces de herir de placer místico a una niña, una joven abierta a todos los amores que pudiese su corazón albergar.

Aquella noche, mi niña no asistió a la cita. Sí lo hizo mi buena amiga la escritora, que siempre volvía para ver cómo estaba e invitarme a abrazar la vida con ilusión y a ser posible con entusiasmo. Tuve tentación de preguntarle por el significado de unas palabras suyas en el chat anterior, y que a fuerza de pensar en lo que me había dejado en aquel estado de inquietud, pude finalmente recordar: «José, juegas un juego peligroso, y puede que te pase factura.» Y le pregunté. Mi amiga se excusó diciéndome que era una forma de hablar, quizá exagerada, pero que en el foro no todos me veían con buenos ojos. ¿Y qué? Me dije a mí mismo, viendo que mi amiga no quería ser más explícita. Tenía aceptación entre las mujeres, no era de extrañar que algún hombre del foro sintiera celos, máxime si alguien sentía predilección o cualquier otro sentimiento especialmente protector por alguna en concreto. Me quedé, no obstante, con la incógnita bailando en mi cabeza, aunque sin darle otra importancia que la de estar atento a las manifestaciones de los compañeros, por la curiosidad de descubrir quién podía ser el amigo en la sombra.

Fue en cualquier momento, que la precisión poco importa, que apareció un mensaje extraño. No se correspondía con nadie conocido inscrito en el grupo. Daba la impresión de que habíamos sido vigilados por el desconocido. Sus palabras eran:

En este grupo hay una persona que recibirá una sorpresa a domicilio. La sorpresa será la consecuencia de haber hecho mucho daño a una persona por mí muy querida.

Y firmaba: Ulises

Con ser sorprendente el lacónico e implícitamente amenazador texto, la reacción del grupo no pareció darse por aludida y lo tomó con la ligereza con la que se tomaban las cosas que sucedían o provocaban perplejidad. Unos pensaron en una broma de alguno de los miembros, emboscado tras un seudónimo para la ocasión, que tendría la intención de crear un estado de intriga virtual y con ello pulsar las reacciones de sus compañeros; otros lo consideraron simple broma de mal gusto; otros, lo atribuyeron jocosamente a un complot destinado a disolver el grupo, suponiendo una estampida de todos nosotros. Yo me tomé un tiempo para pensarlo bien antes de mandar mi respuesta. Al fin, me decidí por lo siguiente:

Estimado Ulises: Me encanta tu forma de presentarte ante nosotros. Ya has conseguido que todos estemos pendientes de ti. Ahora, si te parece bueno el momento, dinos cómo piensas titular tu novela. Si no tienes título, te sugiero: Muerte en la RED.

Ulises respondió el mismo día. Pero no se dignó responder a las múltiples chanzas de mis compañeros, lo hizo únicamente respondiendo a mi mensaje, que no, precisamente, podía ser considerado muy diferente al de los demás, ya que yo también había tomado a broma su comunicado. El tiempo que dediqué a escribir mi respuesta no había sido inútil. Pretendía no significarme demasiado respecto de mis compañeros y esperar su respuesta. Por el grado de atención que le mereciera cada uno de nosotros, deduciría a quién en concreto se había querido dirigir. En efecto, no tardó mucho en enviar un segundo mensaje. Decía así:

Señor Don José: Le agradezco su gentileza al proporcionarme la idea con la que se podrá titular esa historia. No es mala, pero desgraciadamente no seré yo el que escriba esa novela.

La respuesta de Ulises podría parecer cortés y sin ningún significado abracadabrante. Pero después de muchas lecturas, me fije en un detalle: “pero desgraciadamente no seré yo el que escriba esa novela”. Lo de “desgraciadamente” podría ser una expresión coloquial de una persona que se considera incapaz de escribir una novela. Pero esa frase, en el contexto en el que se decía, podía tener otro significado, y éste bien podía tener tintes preocupantes si se le aplicaba un razonamiento secuencial:

a) Una persona recibirá una sorpresa a SU domicilio
b) Es la consecuencia de haber hecho mucho daño a una persona por mí muy querida.

c) Dinos cómo piensas titular tu novela. Si no tienes título, te sugiero: Muerte en la RED. d) No es mala, pero desgraciadamente no seré yo el que escriba esa novela.

Verlo así me hizo desestimar cualquier intención de buscar notoriedad. Yo, experto en llamar la atención con frases más o menos impactantes, no habría utilizado nada parecido.

Si yo era la persona que recibiría una sorpresa a domicilio; si yo era el que había causado mucho daño a una persona muy querida de Ulises; si Muerte en la RED definía el propósito del comunicante y, obviamente, no escribiría una novela con ese título, basada en los sucesos que él mismo estaba fraguando, todo ello quería decir que estaba ante una verdadera amenaza.

Mientras aquel suspense engordaba, me dediqué a averiguar algo del tal Ulises. Recurrí al listado de miembros. Allí estaba. Llevaba inscrito casi tanto tiempo como yo; algunos días después. Me pareció fácil concluir que había venido detrás de mí, quizá para seguir mis andanzas, quizá para comprobar qué clase de tipo era. Si así era, no podía venir de otro sitio que de El Cadillo. Repasé mis mensajes en aquel foro. Ulises no estaba mencionado en ninguno, pero eso no era concluyente; muchos cambiaban de máscara cuando la consideraban muy gastada. . A partir de ahí, me propuse, en primer término, cerrar el círculo en torno a la posible actuación mía en aquel grupo que pudiera haber dado lugar a algo más que a un simple enojo.

Y volví a recurrir al archivo donde guardaba todas mis actuaciones en los foros, “chats” y correos privados.

En el foro El Cadillo había producido tensiones entre los fóbicos antiespañoles, pero en ningún caso éstas podían ser motivo del “mucho daño” inferido a la amiga de Ulises.

Tancredi, la reinona de aquel foro, era conflictiva en sus opiniones y harto pesada en sus intervenciones; estaba en todos los guisos. Tenía su equipo de palmeros y también detractores mordaces y hasta mal educados, sin gracia y sin ningún estilo que les disculpara por una pretendida ironía. Como era previsible, aquella dama no me dejó a salvo de su atención, que llegó a ser preferente. Alguno de mis envíos estaba en consonancia con su poco afecto a mi persona y sus malas formas. Pero yo me había dado cuenta que mi estilo irónico, mordaz a veces, lejos de crearme enemistades aparentes entre las mujeres, conseguía una adhesión incomprensible hacia mí, que luego me era muy difícil eliminar como carga en forma de atosigamiento. Aquella mujer, luego supe, era una persona de unos cincuenta años, sin afectos próximos, salvo los que parecían hacer causa común contra mí. También me pareció un tanto neurótica. ¿Quién podía tenerla como amiga a la que se deseaba proteger y ahora vengar por el

supuesto daño que Ulises mencionaba en su escrito? ¿Sería acaso ésta? Lo más fuerte que le dije, y en consonancia con lo que ella me decía a mí, es esto que transcribo:

Sosiégate, mujer para todo.
Andas siempre tarasca conmigo, tajante, como las mulas con mosca cojonera.

Sosiégate, que ya has hecho méritos para que me ocupe monográficamente de ti; luego podrás hacer un copiar, enmarcarlo, como una orla y colgarlo donde lo tengas siempre a la vista, para tu disfrute solitario. Lo tuyo no es por exceso, es por defecto. Los extremos se tocan, dicen, pero, en tu caso, no porque sea un defecto insultarme, sino porque lo haces sin gracia y con pobreza de medios léxicos, como a mí me gustaría. Entrar, dar una coz y salir, ya digo es el extremo de la miseria intelectual. Piernas largas, las tuyas; eso me hace pensar que lo mismo que, según tú, tengo el pene en la cabeza, en tu caso debe ser tu cabeza la que tienes en el coño. He intentado ampliar esa imagen que das de ti, por ver si te veo la inteligencia, pero no lo he conseguido. Tengo una pantalla gigante y podría haberte visto hasta la fe de bautismo, pero nada; me he quedado con las ganas, y sólo he pensado en el chiste del elefante que se folla a la hormiga; maldita la gracia que me ha hecho, porque, digo yo, alguna fácil recompensa tuya me merezco. Follar (joder)a mi madre, como escupes, es un imposible metafísico; ni siquiera teniendo el complejo de Edipo; mi madre murió hace más de veinte años y la incineraron, el polvo fue enterrado en mi jardín y ya es irrecuperable. Puedo follarme, si quieres, a mi hija, a mi nieta (a mi esposa no tiene mérito) a una cabra, etc.. pero para tal sugerencia has de emplear recursos literarios de mucho nivel, para que yo lo acepte como una genial forma de insultarme y así obligado a darte la enhorabuena. En fin, que no tengo, y lo siento, nada que hacer contigo; sólo me queda recordarte (o enseñarte) el mito de Asteria, por el que, según se cuenta, Júpiter la transformó en codorniz por no haber aceptado su amor. Y es que Asteria era tonta, aunque estaba más buena que el pan; también las codornices bien guisadas.

El contenido del anterior, fuerte y sin concesiones al estilo, pudo dejar en trapo de fregar a la susodicha. Cuando yo elevaba el listón de mi lenguaje, ella carecía de recursos para estar a mi altura, aunque esa altura fuese la de un cabrón que escribía bien y ella sólo una aprendiz. A falta de otros argumentos descalificatorios, ella creyó que era un signo mío de misoginia mencionar reiteradamente la palabra “coño”, por suponer que esa fijación obedecía a la creencia de que para mí la mujer sólo era eso. Le contesté:

Todas las hijas nacidas de puta, padrotes o chulos, consideran mas respetable el coño que su madre. Siendo así, ya me dirás. Asteria, además de tonta, creo que fue precursora del feminismo.

¿Inconveniente? No lo creo. Los demás, salvo alguno de sus palmeros, entendió que mi actuación respecto de aquella mujer, que se afanaba en buscar pleitos y enemigos, quizá como medio de sostener una notoriedad que necesitaba simplemente para reafirmarse en su autoestima, era hasta de gran altura dialéctica. Menos para un santurrón, que estaba allí

esparciendo moralina a diestro y siniestro. Naturalmente yo fui en muchas ocasiones objeto de sus admoniciones y ya me tenía tan harto, que le dediqué un monográfico a raíz de mi polémica con la señora T. Y es que cada cual parecía estar detrás de una mujer para salvaguardar su honra y de paso ver de hacerse con su culo. Así fue:

Sooooo! ¡Párate parao, Totoposte! Y tú, ¿cuántos sois detrás? Ciento y la madre, me supongo; los nuevos cruzados de las esencias patrias. Ta bien tramao el vergajazo en plan homilía contra este humilde comediante. Ya no sé a qué atenerme: unos me piden que me vaya, otros que me quede, algunos me tienen para ejercitar los golpes bajos, y ahora que me pedían que fuera gracioso y menos trascendente, vienes tú , con tus laaaaguisma moralina a poner los puntos sobre las íes sobre mis excesos. ¡Maricón el último!, digo yo en cualquier circunstancia de mi vida, menos en el de hacerme rico a toda costa, pues eso si que lleva aparejada buena dosis de inmoralidad. ¡No soy tan viejo, joder! Cada vez que os oigo llamarme viejo, de verdad que me ofendéis, y sólo entonces. Que si altzheimer, que si gaitas gallegas. Tu México y mi España, por igual, me las paso por el forro de mis cojones. Con esto quiero decir, que todo aquello que parece sagrado para los demás, incluido el Altísimo, me la traen floja. Yo sólo respeto a los demás en una cosa: en que hagan, digan o se la pelen como les salga de las narices (digo narices por no ser repetitivo), pero que llamen antes de entrar en mi casa. Soy así, histriónico hasta las cachas, vanidoso, egotista (he dicho egotista, mira en el diccionario), falso más que un billete mexicano con la efigie de Clinton en el anverso y la Mónica chupapollas en el reverso, con el el lema “in god we trust”. Carajo contigo; qué mala puta eres que no reconoces tu condición (si citas esta frase, di que es mía, porfa) Con ciento como tú podríais arrasar el Vaticano. ¡Aleluya! Ajo y agua ( a joderse y a aguantarse) Lo que te meten por detrás no lo mires por delante (también es mío) Dios, patria y honor, ¡a la mierda! Dentro de cien años, todos calvos. Pero me quedan algunos años aún para dedicarme a poner yo también algunos puntos sobre las ies; no es por nada personal ni que quiera dejar para la historia (a mí la historia me la trae…); sólo es para … ¡Vaya, se me olvido para qué era! Pásatelo bien conmigo, hombre, soy un lujo a tu alcance (esto va a hacer chirriar) que la vida es un tango, o dale la entrada (el boleto) a otro.

Este individuo no volvió a dirigirse a mí, salvo en veladas alusiones a “indeseables de este foro”. No podría tenerlo en cuenta en la hipótesis que estaba buscando, pues para él todo castigo que alguien merezca por sus obras, será cuestión del dios justo el procurarlo.

De entre los que me presentaban batalla, había un chico (digo chico por la falta de madurez en sus criterios, que por otro motivo no lo podría asegurar). Era declarado amigo de T. Y no le era indiferente mi disputa con ella, pero se cuidaba de concretarse en su defensa y prefería hacerlo en la generalidad de mi incompetencia. La mejor forma que debió encontrar fue en criticar mis escritos como la habría hecho un purista del lenguaje, no sólo en la forma sino del fondo. Le contesté:

Hola, Claudio.

Principio por preguntarte, ¿por qué te merezco tanta atención? ¿Por qué esa descalificación sistemática? ¿Por qué esa obsesión tuya de querer borrar de El Cadillo una imagen que no es mi imagen? ¿Por qué, por qué, amigo mío?

Pareciera que estuvieses haciendo apasionadamente un crucigrama, te quedara un avieso sinónimo para completarlo y de repente exclamarás: ¡Este crucigrama es una mierda!

Por otra parte, ¿dónde está el fraude en mis escritos? ¿Dónde la incongruencia? ¿Por qué te decepciono tanto y por tanto tiempo? ¿Dónde de la presunción de un supuesto pulcro castellano? ¿Dónde has visto en mí un lenguaje barroco, denso, espeso para expresar ideas? ¿A qué llamas tú ideas y percepciones con celulitis? ¿Dónde soy un pedante cuando no soy un bufón de profesión? ¿Dónde están las ideas de Claudio versus la ideas del personaje jddiez? Dame ejemplos y no titulares. Si has leído el Quijote, en tus apuntes a pié de página, ¿también te has atrevido a descalificar a Don Quijote por incoherente, visionario, a veces barroco, fraudulento, con algo más que celulites en sus ideas? ¿O es que para ti la fama y la lana es lo mismo?

Mira, chico. Me parece muy bien que a tu edad (supuesta joven) te dediques al pasatiempo de analizar el lenguaje; terminarás siendo un buen crítico literario ( un crítico freelance) o un mal crítico (un crítico pagado para decir lo que interesa al que te paga). Como te supongo joven, con cierta pureza de miras todavía, supongo que sueñas con lo primero.

Pero te faltan años luz para serlo. Un crítico debe ser todo menos visceral; no tienes que buscar con lupa la grosera epidermis de una composición simplemente bella; ten siempre presente que la razón de una obra puede ser mayor que la razón del crítico; no dejes de ser humano con el autor que presenta su obra con ilusión, esperando una mínima consideración de la crítica, que sabe que intentará mirarla con lupa para presentarla desnuda de belleza. Mira lo que yo hago: cuando alguien me descalifica por lo que escribo, lejos de rasgarme las vestiduras y enseñar los dientes, lo que hago es luchar más por mejorarla. Yo sé que esto es un imposible pedírselo a los jóvenes apasionados como tú. Por eso, ojo, mi buen amigo: podría acontecerte que en uno de esos avatares de la exposición pública que hacemos de nosotros, un revés te suma en la depresión sin salida. El único secreto para que un autor no se desmorone, es no sentirse derrotado por los críticos. Ándale y sigue aprendiendo conmigo, que también se aprende de observar las cosas malas.

Pero el bueno de Claudio salió de esa esgrima con un golpe bajo en forma de estocada a mis huevos, algo así como una alusión a mi desprestigiada presencia en aquel jadín de Epicuro. Quise acabar con él, poniéndolo en el sito que había venido evidenciando en sus intervenciones.

Sí… creo recordar que por allí había un joven cerdo rechoncho, de muy hacendada familia, católica de toda la vida, que había salido contestatario y travieso, al que sus papás le habían

puesto para él solito un s-tudio totalmente equipado: compu última generación con 10 megas de RAM, cadena HF y cien kilos de libros, una negra que le llamaba “señoriíto, uté me manda”, y que sólo veía a sus papis a la hora anglo de tomar el té para conjurar los malos espíritus izquierdistas y borrar s-tigmas históricos. Él había entrado en mi jardín para demostrar a los demás que también él era progresista, pero que como todos los falsos cerdos progresistas, lo que quería era acabar con el poder que yo tenía sobre aquel jardín, para erigirse él en el cerdo mayor; la argucia de estos cerdos es presentarte el culo, como hacen los monos con el mono dominante, de forma subrepticia para que los folles y luego, ante los demás, llamarte maricón. A fe mía que lo hacía tan burdamente, con tan pinche tan tan, que le chorreaba el aceite por todos los lados. Y yo allí, Epicuro nada más, (o eso se cuenta) un libertino al que lo mismo daba fresa que higo, lo ponía morao de martirio. Los compañeros, que lo miraban de reojo, esperaban que hiciera su presentación en sociedad para desenmascararle con esloganes como éste: mentira, conejo, tu fuiste el pendejo.

Pero tengo mis dudas de que fueras tú, porque, en los sueños, una de las cosas que no se captan con precisión son los rostros.

Estos y siguientes personales ataques en tono festivo-irónico contra Totposte, Claudio y Tancredi no podían ser el desencadenante de una patológica obsesión por mí, que indujera a “eliminarme”. Por eso tuve que desistir de esta línea de investigación. Releí mensajes posteriores con la ligera esperanza de encontrar una clave nueva.

Infame. (así se hacía llamar)

Eres un fóbico característico. Los fóbicos (en tu caso a los mensajes ambiguos) se caracterizan por su actitud a proyectar fuera de sí, y a la menor oportunidad que se les brinda, los deseos que pueblan su mundo interior, y que, en tu caso, vuelvo a repetir, los percibes como extraños, malignos, cargados de amenazas para tu yo íntimo y bochornosos para tu yo público. Cuando, como tú, alguien quiere defenderse de sus demonios particulares, porque teme conscientemente lo que desea inconscientemente, lo que hace es descubrirse ante los demás de lo que quería ocultar. Tus inconscientes suposiciones respecto a mis gustos sólo ha sido una transferencia velada de tus deseos. El diagnóstico es gratis. De nada.

Este individuo tenía una catadura horrible; hacía honor a su apodo: Infame. Desde el primer momento le caí de pie encima de sus huevos, y se revolvió como una serpiente. Pero una persona así, con una fobia rabiosa a todo lo español, no podía ahora sostener una especie de agravio irredento por una de sus mujeres; me refiero al hecho de que T. fuera paisana. El trato que T. le daba no era precisamente afectuoso, y el de él era, obviamente, desairado. Y aunque esto suele ser normal en dos que se quieren pero no terminan por acostarse juntos, no me pareció suficiente para fijarlo en mi diana.

Ahora, después de mucho tiempo, nada me hacía suponer que allí había dejado otros enemigos que algunos y algunas resabiados por mi condición de español; nada que tuviera que tener en cuenta en mi acercamiento al misterioso personaje. Pero los odios se arrastran siempre hasta que la venganza cumplida se materializa, y bien pudiera ser que el personaje Ulises, disfrazado de pordiosero, hubiese seguido mi estela hasta el nuevo foro. ¿Podía haber sido para él insuperable observar que en ese foro también mi protagonismo se había cimentado, esta vez al contrario, con las buenas formas y hasta exquisitez poética? ¿Tenía algún nexo común mi niña del foro presente con alguna mujer del foro anterior? Sólo podía haber uno. Siguiendo mis «actuaciones», podía haber llegado a la conclusión, que tan cabrón era cuando me mostraba despiadado como cuando me mostraba poeta sensible, ya que los efectos, en ambos casos, eran parecidos: la mujer que era objeto preferente de mi atención resultaba herida de muerte.

Ya, llegando a esa conclusión, poco importaba quién era el quijote desfacedor de entuertos y fustigador de bellacos ultrajadores de damas. Allí estaba él para vengarlas. ¿Era una fanfarronada para intimidarme? Por si acaso, mantuve todas mis antenas dirigidas a ese individuo.

(7/8)

CAPÍTULO TERCERO

Pero pasaban los días y Ulises no daba señales de vida. Sólo su presencia en listado de miembros me decía que seguía allí, y no tenía la menor duda que para observarme. Como en una novela de misterio, nada parecía que contribuyera a aclararme la persistente duda sobre el fin que perseguía aquel individuo. Ya no tenía por dónde hilvanar una mínima hipótesis. Aunque el tema era recurrente en mi imaginación, ni siquiera me atrevía a fabular un desenlace, porque si era cómico, estaría siendo temerariamente insensato; y si era trágico, como pide cualquier novela de intriga , estaría en la obligación de procurar defenderme ante cualquier eventualidad desagradable que pudiera presentarse; ahora era yo un personaje más de esa novela, y si Ulises no la estaba escribiendo, como afirmó, yo tampoco. ¿Quién? ¿Qué final había decidido para mí? Mi domicilio, donde sería visitado, según Ulises, era conocido. En algún mensaje al nuevo foro lo había declarado, por si alguien quería que nos encontrásemos. Y recibiría una sorpresa, que no podía ser ni Ulises en persona, pues así él mismo lo había escrito, ni la mujer supuestamente herida por mí. ¿En qué habría de consistir dicha sorpresa? Por fuerza habría de ser desagradable. Nunca hubiese pensado que en una circunstancia de este tipo, la persona que la padece es el ser más inerme, incluido cualquier indefenso animal, pues nada peor que la incertidumbre ante lo desconocido.

Como no se me ocurría ninguna estrategia, confié en la ayuda de mi amiga, la escritora. Ella siempre había perdonado mis salidas extemporáneas, incluso los malos modos con ocasión de juzgar sus escritos. Tenía que vencer su resistencia a convertirse en mi confidente. Era indudable que ella sabía de quién se trataba, o lo intuía desde su no implicación en el asunto. Porque no era lo mismo estar de observador que ser fuente de observación, como era mi caso. O quizá conocía la verdadera identidad de Ulises. O sabía que detrás de Ulises se escondía otro impostor, con otro alias, que ella conocía de otro foro o de éste. Y le escribí en privado.

Hola, sabelotodo.

Me dijiste hace un tiempo que jugaba un juego peligroso y que me podía pasar factura. Por ahí no me convences. O yo carezco de libre albedrío. Ser otra cosa no es lo que quiero. Quiero ser yo, pero sin miedos. No se trata de cubrirme con ninguna armadura. Si algún día quisiera matar a alguien, debería tener la decisión de matarlo. Si algún día quisiera romper mis compromisos, quisiera poder romperlos. Si algún día quisiera mandar a la mierda a todo y suicidarme, quisiera tener el valor de hacerlo, etc. etc. Es para cosas así que me siento prisionero, pero nunca aceptaría cambiar otro tipo de libertad, mi libertad creadora por miedo ¡Qué horror!, ¿verdad? Pues ya ves que lo tienes difícil. Ahora bien, como el saber no ocupa lugar, sí me gustaría saber a qué te referías concretamente cuando pronunciaste (o escribiste) aquella frase. Ya sabes, entre escritores, los enigmas son para nuestros lectores, mientras nosotros nos reímos a mandíbula batiente. Te prometo no hacer nada, no descubrirte, si eso es lo que temes con esa forma desconsiderada de portarte conmigo. Además, tú que siempre has procurado que fuera feliz, etc., te aseguro que nada me haría más feliz que fueses mi confidente. Por lo demás, y muy a mi pesar, me resulta imposible disculparme por mis escritos, cuando estos son literarios, y nadie debiera darse por aludido .

Digo a mi pesar, porque tú ya me conoces y sabes que no sé enmendar nada malo que escribo, salvo algún error gramatical. Lo cierto es que también esperaba que la gente se riera, incluso con las alusiones más o menos explícitas, considerando aquello desde el punto de vista puramente literario. Pero como no fue así, y alguien pudo habérselo creído, quizá deba dar otra imagen e intentar remediar el desaguisado y que nunca más confundan al autor con el asesino creado para su novela. Y en ello ando desde mi libertad, aunque con mis dudas, que no sé por qué, me parece que si de malo me fue mal, de bueno me va a ir peor. A ti qué te parece? Y tu sabes por qué lo digo.

Para empezar a demostrarme tu amistad, una pregunta quiero hacerte y tú debes responderla: ¿Conoces a Ulises? Si lo conoces, y no te pido su verdadera identidad, ¿cual era su anterior alias? Estoy trabajando su famoso mensaje intimidatorio, y necesito saber todo lo que pueda de él. Tú misma habrás comprendido que no se puede llegar al foro y hacer alarde de matonismo, sin más credenciales que la de ampararse en el anonimato. Luego, hasta pude que escriba una novela.

Creí que era todo lo explícito que debía ser en asunto tan sensible. La amistada que mi amiga me declaraba nominalmente a cada ocasión, ahora podía demostrármela, que dejara de ser virtual para ser real, o al carajo mi «amiga».

Debió dudar en contestar, pues tardó tres días en hacerlo. Habría estado sopesando las consecuencias de cualesquiera que fuese su declaración, sabiendo como me las gastaba con personajes que venían a los foros para expresar sus fobias personales. Esta fue su respuesta:

Querido amigo del alma. Quiero ser contigo todo lo leal que debo y puedo. Lo que conozco de Ulises es poco: sé que procede de otro foro pero no sé cuál. A raíz de aquel mensaje que

mencionas, yo le escribí en privado para preguntarle qué quería decir. Esta que te copio aquí, fue su respuesta:

«Estimada amiga. Comprendo que mi mensaje llamara la atención sin más explicitaciones. Vengo de otro foro donde ese señor que se dice llamar jddiez estuvo hace algún tiempo y se fue de allí dejando tierra quemada tras de sí. Una buena amiga sufre a consecuencia de su histriónico mal proceder una profunda crisis de despersonalización y su autoestima está por los suelos. Y estoy en este foro porque quería conocer algunos datos personales del citado señor y de paso conocerlo mejor. Ahora estoy seguro que este señor utiliza lo que el llama literatura con una perversa intención: destruir todo lo que toca con su palabra. En este foro no ha cambiado aunque utilice otras formas que pudieran parecer a simple vista formas elegantes, líricas, de profunda sensibilidad. Ya habrás advertido los estragos que ha causado en esa pobre joven con sus falsos poemas, sus mensajes llenos de sutiles dardos al corazón de una joven romántica que terminó idealizándolo para después, y yo lo sé, dejarla abandonada a sus sueños convertidos por este señor y sin compasión en pesadillas para ella. Personas así no pueden ni deben dormir en paz. Espero que una vez informada, mi declaración no sea divulgada públicamente»

Te puedo asegurar que la carta me dejó helada. No compartía nada de lo que decía Ulises, o quien sea. Todos en el foro te apreciamos, y si nuestra querida niña del foro cayó infantilmente en los arcanos de tu literatura, eso tú no podías evitarlo. Si los escritores fuesen responsables de los efectos que causan sus obras, habría que recrear de nuevo una Inquisición y mandar a ellos y sus obras a la hoguera. Mi deber como amiga era advertirte que alguien se estaba tomando tus aportaciones con un ánimo censor y hasta posiblemente vengativo, pero yo no tenía más evidencias, por eso te dije lo que te dije. Sepas que estoy a tu lado en cuerpo y alma, y qué sólo tú estás en disposición de adoptar la actitud que consideres oportuna. Y también, que lo que parece una amenaza, no no lo sea. Te ruego no utilices públicamente la carta de Ulises, para que yo no falte a mi deber.

Bueno, me dije cuando terminé de leer, algo es algo y en este caso más de lo que esperaba. Le agradecí a mi amiga su lealtad y de paso le aseguré que sólo utilizaría esa carta para mis propias estrategias. Ahora ya tenía la seguridad de ser yo el objetivo. También sabía que era alguien de El Cadillo. Y también sabía que no estaba detrás de mí para conocerme mejor; quería ver de qué color era mi sangre, aunque quizá esa conclusión era excesiva. Ahora ya no podía tomar este asunto a la ligera y debería prevenirme ante cualquier sorpresa que este individuo me preparara.

Sus opiniones sobre los efectos de mi forma de escribir no tenían para mí el menor efecto disuasorio y menos el de crearme un sentimiento de culpabilidad. Las mujeres que traté «mal» en El Cadillo, primero, y sin motivo, me trataron mal a mí, y no iba conmigo eso de «Manos blancas no ofenden», precisamente porque partía de la igualdad de mujeres y hombres, en sus derechos y obligaciones. En cuanto a la niña (aclaro que todos la llamábamos así) del foro, mi conciencia estaba absolutamente tranquila. Cuando advertí que aquella relación conmigo había dejado de ser un juego para ella, corté por lo sano; hubiese sido un indignidad por mi parte haberme recreado en aquel sentimiento, cuando no tenía ningún derecho a hacerlo. El que otros lo vieran de otra forma, escapaba a mi control.

¿Qué podía hacer a partir de ahora? Ante todo, no volver sobre el foro El Cadillo para descubrir quién podía ser Ulises entre aquel bosque de alias; tampoco para concretar la identidad de la mujer a la que tanto «daño» le había hecho. Estaba seguro que si era verdad lo que decía Ulises, el daño habría de ser subjetivo. Las personas que viven en una burbuja las mata el aire del exterior. Decidí seguir en el foro igual que lo había hecho hasta ahora. No podía permitir que Ulises condicionara mi libertad de expresión, o esa sería su mayor venganza. Y en cuanto a la sorpresa a domicilio, pues a esperarla, si llegaba, pero ya no sería sorpresa para mí. Algo había conseguido.

Pero los demonios, a veces, no abandonan del todo tu cabeza, de modo que busqué la forma de purgarme de ellos. Por si alguien albergaba dudas por las que, directa o indirectamente, había pensado que mi actitud se diluiría en una aséptica representación, haciendo de mí un guiñapo vencido, envié al foro un mensaje retador. Éste fue.

Mañana gris, lluviosa y fría. Escribo sobre unos folios con lápiz de carbón. Indefectiblemente pienso en vosotros, amados hijos de puta. Habéis entrado en mi vida (¡Hostia!, Acaba de retumbar mi casa con un trueno de tres mil pares de cojones) como las ratas en un granero. Os habéis llevado a vuestros cubiles lo mejor que poseo: mi pensamiento. Ya no soy dueño de mi pensamiento, otrora racional, lógico, compacto; se ha convertido en un queso agusanado, lleno de agujeros. Y seguís devorando lo que queda, lo más podrido; cuanto más podrido, más os gusta (otro trueno, aún mayor; los pedos del cielo son tremendos…¿qué comerá?) Estoy esperando que un rayo me parta, pero no debo ser digno de su ira. Como os decía, mis queridas ratas, mi pensamiento pasa por vuestros intestinos, y debéis asimilar todo, pues no veo que vuestros culos se abran para defecar lo inútil. Si seguís así, volaréis por los aires, no como palomas mensajeras de mi nueva, sino como una bola de mierda que explota. Tanto mejor; cuando la mierda se decante sobre el suelo, puede que florezcan más lozanas las rosas ( esto creo que ya lo había dicho antes).

Ha dejado de llover, de tronar y un arco iris se dibuja en el cielo; vuelve la esperanza para todos, menos para mí, que no me gustan los arco iris. Voy a tomarme mi café de media tarde y vuelvo, ratas insaciables.

Curiosamente, el anterior escrito movió a la hilaridad a todos los compañeros que habitualmente participaban en el foro (no a Ulises, que no se dio por enterado), excepto a mi buena amiga la escritora. Para ella el símil de las ratas le pareció de mal gusto; ella no era una rata, afirmó rotunda. Me sorprendió grandemente su enojo ante algo que ella debería ser la primera en considerar, como mucho, un esperpento literario, pero nunca una alusión directa y personal para nadie. A partir de ahí, mi consideración por la amiga «del alma», bajó muchos enteros y la puse bajo sospecha permanente.

No, no me olvido de la niña. Ella tampoco se rió de mi fábula. Y yo no pude menos de echarla en falta en aquellos momentos en los que me sentía incomprendido. Quise saber de ella, qué estaba sintiendo o padeciendo por mi causa. Ser escritor no me acorazaba contra los sentimientos de la persona por las personas, y en mi interior bailaba el desasosiego, en ese momento, por la niña que, probablemente, esperaba de mí algo más que silencio. ¿Cómo podía reiniciar un diálogo con ella a partir de una realidad sólo aceptada por mí? Escribí varios borradores; todos podían sonarle a falsos. Al fin me decidí por éste:

Querida niña.

«Hasta lo más amargo se consigue endulzar con dulzura».
Releí tus últimos mensajes y este viejo gruñón, desaprensivo y egotista casi se arrepiente de ser como es. Pero, querida, en una ocasión te dije que escribir es como una droga, y los que escriben son unos adictos que se inyectan curas de espasmos a base de lo que pueda aportar algo a su creación. No importa cómo lo obtienen; no importan los medios. Se vive en un permanente mundo irreal, como un creador caprichoso que utiliza los más diversos materiales que caen en sus manos o que busca para el (siempre) propósito de dar forma a su creación. Los que escriben son personas de poco fiar, porque a poco que los conozcas, te das cuenta que te utilizan. No lo hacen con la intención de herir por un afán revanchista o de simple maldad; lo hacen porque todo en la vida es literatura para ellos, y, pobres, no tienen cura. Observa a cualquiera que escriba como pasión o enfermedad y verás que son gente extraña, que no se integra en la normalidad de las relaciones sociales ni afectivas; las excepciones corresponden a personas como tú, que aún no se consideran escritores y toman esto de escribir como un medio de acercamiento más al alma de sus semejantes. Un escritor nunca se acerca al alma de otra persona, real o imaginaria, si no es para manipularla a su antojo, como haría cualquier creador que se precie y se desprecie de serlo, pero que no está en él ni en su voluntad el cambiar. Siendo así las cosas, y no me dudo de que son así, al resto de las personas que caen en sus redes sólo les cabe un par de posturas frente a ellos: tenerles lástima o admiración; en el primer caso, les harán llegar sus dolidas quejas, sus amarguras, sus amores a pesar de todo; en el segundo caso, se situarán en un plano inferior para admirar más y mejor lo que está situado encima de ellos. En tu caso, y frente a ti, yo debo estar en los que, de momento, inspiran lástima. Los «porqués» siguen sin importarle demasiado al que escribe.
Creo que no debe haber obstáculo para estar cerca de ti ; eso sí, si tú aceptas íntegramente convivir con el lobo. Si prefieres pasar a otro cuento más amable, yo no estaré en él, ni como relator ni como príncipe encantado.

Un besito

Ansiaba vivamente que me contestara. Estaba seguro de su madurez, a pesar de su juventud. Todo ese tiempo de silencio, seguro ella lo había aprovechado para reconsiderar muchas cosas, especialmente las que le sucedían a ella por su condición romántica. El romanticismo sólo es bueno cuando se vive en un mundo, real o imaginario, que lo alimenta, de lo contrario es una úlcera que corroe el alma.

Y mis expectativas se vieron colmadas. No era mucho, pero dejaba la puerta abierta a una nueva relación, la única que yo podía mantener con aquella joven. Esta fue su respuesta:

Querido José….
No te arrepientas de ser como eres. Es lo mejor que tienes, y ti mismo tal y como eres es como te aprecio.
En estos momentos no te puedo contestar ese mensaje… porque estoy casi dormida. En estos días no he descansado bien, pensando mucho, y estoy realmente agotada. Me iré a dormir, pero en mi pensamiento te llevaré y te abrazaré al dormir, sólo te abrazaré.

Me alegra saber que te encuentras con el espíritu que te caracteriza. Sabes?.. de ninguna manera te tengo lastima… te diré luego

Un beso muy grande para ti Tu niña amiga

Releí mil veces ese pequeño mensaje por ver si era una ilusión y realmente había perdido una amante unilateral, para tener una verdadera amiga, que era, al fin, lo que yo podía esperar y deseaba. Y con impaciencia esperé más de ella. Mientras esto sucedía, casi me olvidé de aquella intrigante situación que había planteado Ulises. También de mi amiga , la escritora, a la que no le respondí como lo hubiera hecho de haber estado libre de esa feliz expectativa. Consideraba un triunfo personal el tener a esa niña a mi lado, incontaminada de pequeñas miserias.

Llegó la esperada y larga carta. Como siempre, el hombre y el escritor pugnaron por apropiársela con sentidos diferentes. Esta fue:

Ya es de mañana…
Y me desperté porque sonó el teléfono. Es casi triste que fuera así. Porqué no fue una voz a la que ame?…¿Porqué no un sonido que me alimente?… Tenía que ser el teléfono! Y para colmo, una voz que rechina en los oídos, hablando un lenguaje que no es el mío, preguntando por alguien que no soy yo. Pero el día continúa… aún estoy escuchando ruidos que no amo, estoy sola en mi casa… y solo la alegría de mi perrita ha dado un toque de color. Aún está comenzando el día…16 horas más, que podrán compensar el haberme despertado escuchando el ring del teléfono. José, verdad que hay días que empiezan tan decoloridos,
tan insípidos, hasta las galletas que me como en estos momentos pasan por mi garganta pero no parecen pasar por mi paladar.
Como anoche prometí que iba a contestarte… aquí estoy.

Mi viejo gruñón, así te quiero un montón. Esa es una de las cosas que mas me encanta de tí, tu inconformidad… tan solo quisiera que algunas veces la pudieras combinar con esperanza.
Sí, lo sé, me lo has dicho… el escribir es adictivo. Y entiendo el que siempre estés buscando … siempre en ese mundo irreal, siempre con el lápiz levantado esperando a que alguna escena pueda iluminar, yo comprendo… pero, debe existir alguna manera en que puedas combinar esa adicción y vivir tu vida. Creo que me dirás ‘mi vida es escribir’… no sé, aun divago un poco en lo que estoy pensando y mis ideas aun estas revolcadas en mi cabeza retumbando de lado a lado perseguidas con el ruido del timbre del teléfono.

Te admiro, te acompaño… no te miro ni desde abajo ni te contaré mis amarguras, a menos que sea en beneficio propio, no por lástima. Las únicas posiciones permitibles para mí, en las que deseo estar en las personas a quienes quiero es… al lado, acompañándolas, frente a frente, o dentro de ellas. No se puede estar arriba, abajo, al frente o atrás. Hay veces que quisiera meterme en ti, pero… prefiero quedarme aquí… así.

Atrás, en mi memoria, en su memoria, quedaba todo un tesoro oculto a la curiosidad morbosa de la gente. Para ella, un tesoro incapaz de exhibir como adorno de su alma; para mí, el hombre, incapaz de solazarme con su fulgor y riqueza. Sólo el escritor podría, de forma subrepticia, utilizarlo para enriquecer sus fantasías proyectadas al público que le leyera. Eso sí, con dos elementales restricciones: preservar la identidad de su musa y la de alcanzar primero el alto oficio de escribir que le permitiera ser digno de usurparlas para su gloria. Y otra cosa importante admití como norma de allí en adelante: nunca más dejaría a la ambigüedad de interpretación mis escritos puramente literarios, de forma que los pudiese considerar personales declaraciones mías de un sentimiento humano hacia alguien concreto; el escritor debería ser todo lo impersonal que le reclamaba su condición, fría de sentimientos, sólo una máquina capaz de generarlos y… venderlos, no disfrutarlos.

CAPÍTULO CUARTO Y ÚLTIMO

A partir de aquel feliz reencuentro con la niña; digo feliz porque me llenó de gozo su real o aparente tranquilidad de espíritu, mi participación siguió siendo, en algunos casos, borrascosa; no con mis compañeros más antiguos, sino con los nuevos que allí se aposentaron. De todas formas, no fui yo quién tensó la cuerda hasta que se rompió. No sé de dónde venían y qué habían hecho en otros foros, de haber estado antes en alguno, pero ciertamente era gente polemista más que polémica; les gustaba la bronca. Yo me limité como mejor supe y pude a joderles, primero el protagonismo y luego hacerles la vida imposible en el foro. Seguro que Ulises no lo veía como una causa-efecto, y debería estar pensando para sí que ya me estaba dejando demasiada libertad para seguir haciendo daño con mi palabra. Persuadido como estaba, y estoy, de que la palabra por sí sola no daña, salvo que alguien la tome prestada para emborracharse con ella, seguí en plena libertad de creación.

Lo que no podía evitar era erigirme en portavoz del grupo de compañeros que se podían llamar cofundadores del foro. Tácitamente habían delegado en mí funciones para las que ellos, quizá, no se sentían capacitados o motivados.

Por allí apareció una joven (digo joven porque ella misma así se definió) que fue durante un tiempo nuestro martillo de herejes, pero los martillos también terminan rompiéndose o desgastándose, y eso fue lo que le sucedió a fuerza de querer acabar conmigo; eso sí, sin sorpresas y sí con sus armas dialécticas bastante groseras. Aclaro que lo de groseras no quiere

decir faltas de educación, que yo eso nunca lo admitiría, sino toscas, burdas. Creo que fue suficiente para que su propio temple se fundiera como un azucarillo en agua, el siguiente mensaje que remití al foro:

Sí, eso pasa a veces. La verdad que se siente uno mal y te comprendo. Pero vamos a ver, poetisa. Dices que lamentas que tus poemas no nos hayan motivado… Los hemos leído, ¿te parece poco? Por aquí han pasado cosas excelsas, cosas no tanto y cosas horrorosas, y siempre hemos dicho lo que hemos pensado, o es que tú escribiste ese poema especialmente para que nos motivara a nosotros. Si es así, comprendo tu decepción. Pero si hace tiempo que lo escribiste y ya ha andado circulando por ahí, ese poema ha dejado de ser motivante por obligación para pasar a ser pura literatura, excelsa, buena o mala. Es en ese sentido que te la juzgamos y tú, que eres joven (¡hay qué ver, lo susceptibles que sois los jóvenes!), deberías sacar las consecuencias, porque hay por ahí mucho lameculos que dicen a todo ¡qué bonito! y las inexpertas en claves humanas como tú (por tu edad) se creen ya con un sitio en el Parnaso. Tambien ellos. Sigue mandando cosas, que nosotros, como simples lectores de literatura, o como críticos de obras literarias, decimos lo que verdaderamente sentimos, y eso es infinitamente más provechoso para ti que laureles prematuros. Otra cosa. Dices estar cansada de que te acosen sexualmente… que eres muy bella… que prefieres que te valoren por otras cosas… Pues ya está. A partir de ahora, y espero que los demás se adhieran, nadie te va a acosar si tú no provocas; no mandes ninguna foto de tu bello cuerpo, porque podemos masturbarnos encima; y te valoraremos como te mereces según nuestro criterio, que tampoco lo tienes que tomar como dogma de fe. Aquí madurarás, te lo aseguro, y vale la pena que continúes. ¡Ah! Las ironías aquí son burlas literarias; nunca llevan mala leche, como tú dices a tu manera.

¡Y no me llames señor José…!iba a decir !joder!, pero lo he suprimido por eso de haberte prometido no acosarte sexualmente. Oye, entre nosotros, ¿además de ser bella estás buenorra? No, no me lo digas; no me acoses.

Se marchó echando chispas; me dijo de todo menos bonito; más carnaza para el compañero en la sombra llamado ( seguro que no por su madre) Ulises.

Pero más que preocuparme por Ulises, sentía el distanciamiento de mi amiga la escritora. Se dirigía a mí, pero fríamente, sin las manifestaciones de afecto anteriores. Cierto que yo tampoco me mostraba muy pródigo en ocuparme de ella, por lo que no se podía establecer quién , de verdad, era el causante de aquel distanciamiento entre nosotros.

Y pasó el tiempo con incidentes que por sí solos darían materia para varias historias monográficas. Yo no había bajado la guardia en aquello que consideraba privativo de mi derecho a expresarme como quisiera. Ulises se dio de baja del foro sin dar explicaciones y yo terminé olvidando que tiempo atrás me había preocupado. La niña siguió enviando aportes llenos de sensibilidad, unos mejor escritos que otros, pero si algo nos decíamos, era con luz y taquígrafos, y en el juego público del foro. Luego ella comenzó a espaciar su presencia hasta desparecer por completo. Cuando nadie la esperaba ni sabía donde estaría, apareció de pronto para anunciarnos que se casaba. Estaba en su derecho, sin duda, pero yo no podía parecer

impasible ante un hecho que, unido a su largo silencio, me hacía presagiar que aquella sólida promesa para las letras se había perdido para siempre, y no porque no pudiera seguir escribiendo incluso mejor, sino porque nunca más ella misma sería la protagonista de los sueños de sus lectores. ¿Fue un arrebato mío de celos? En todo caso fue una decepción. A partir de que se casara, y si el matrimonio estaba fundamentado en el amor, la niña mujer pasaría a ser esclava de un sentimiento que anularía un corazón gigante, capaz de todos los amores. ¿Cuántos nuevos y luminosos versos podrían salir de sus manos prodigiosas que sirvieran para llenar los corazones vacíos de sus lectores? Todo aquello que había escrito era fresco, puro, con olor a rosas sin cortar; a partir de ser una mujer casada, si volviera a escribir, pasaría a ser un producto envasado en la técnica, algo a considerar como literatura de diseño, sin espíritu, como lo es toda literatura de consumo. Podría, como decía más arriba, generar sentimientos nuevos en sus lectores, pero ella, la mujer, no participaría de ellos y nadie la tendría en el centro de los suyos.

Y escribí un mensaje al foro. Ya no me importaba si le podía sentar mal. Fue un desahogo.

Lo sabía, lo suponía , lo presentía… la niña, nuestra pequeña se nos casa… Una desgracia. Cuando una mujer se casa, al menos durante un tiempo intenta ser fiel a su marido… No voy a deciros lo que no debéis hacer con ella en tiempos de tálamo caliente, que todos lo sabréis por experiencia. Os diré, sí, lo que debéis hacer, no como mandato imperativo, sino transmisión de mi conocimiento del medio. Observad a la ya mujer. Durante un tiempo corto pero que se nos hará largo, ella no aparecerá por aquí. Guardad silencio: se rueda. Luego, aparecerá pletórica. Habrá consumado el santo matrimonio y comprobado que la poesía es la manifestación, siempre, de una carencia. No mandará poesías sino ambigüedades calculadas. No responderle, salvo que queráis parecer y parecerle extraterrestres (que no pisan la tierra). Más adelante, tímidamente, algún verso ininteligible, lleno de metáforas que suenan a desilusión a poco que las sacudas. Pero como no lo tendréis claro, ni os solidaricéis ni le ofrezcáis alternativas. Finalmente, ella nos hablara de un corcel alado que ha entrado en sus sueños y la ha hecho vibrar. Será entonces cuando podréis entrar a saco con ella sin piedad, antes de que se enfríe del todo.

Ella me respondió con una ironía mortificante; más o menos decía así: «José, parece que te molesta ir de chaqué a mi boda». Cabrón fin para la historia de una mujer que hubiese deslumbrado al sol, después de haberlo encelado.

Pocas personas llaman a mi puerta. Vivo alejado del centro urbano y a mi casa sólo suelen venir mis hijos, algún amigo o algún vecino. También, de vez en cuando, Testigos de Jehová a darme la matraca con sus cosas. Por eso me sorprendió que un día llamaron a la puerta y al otro lado había una persona que, por sus rasgos, me pareció sudamericano sin llegar a ser nativo. Con mucha amabilidad me saludó y me pidió si le podía ayudar. Le pregunté en qué le podía ayudar y me dijo que era colombiano y que estaba en España con su familia, pero de forma ilegal, por lo que le era difícil encontrar trabajo. A continuación, de una cartera, sacó un CD y me lo mostró. Me dijo que se ganaba la vida vendiendo copias de ese CD en el que había un gran repertorio del folclore colombiano. Le pregunté por el precio y me contestó que 4 euros,

pero que si me parecía mucho, con tres ya cubría gastos y le quedaba algo para él. Le di 5 euros y le deseé suerte. Cerré la puerta, y llevando el CD conmigo me fui a mi estudio. Toda mi música en CD la escucho en mi estudio, a través de los media que tengo instalados. Introduje el disco, que ni tenía carátula como las copias ilegales de música, en la disquetera del reproductor y activé el «abrir». Esperaba encontrarme el listado de las canciones que incluía, cuando, en su lugar, apareció un archivo típico de MSWord. Me quedé sorprendido. Si era música, debería haberse abierto la ventana de WMedia o Quick Time Player con el listado esperado. Allí estaba ese archivo, bailando delante de mis ojos y comencé a pensar que había sido objeto de una medio estafa. Si lo abría, seguro que la burla se consumaría con algún texto estúpido. ¿Qué razón había? Las gentes que viene a España procedentes de Sudamerica no se pringarían en estafas de tan poca monta. Dejé el dichoso icono y me dirigí a la puerta de salida de mi casa. Si veía al individuo que me había vendido el disco, le pediría explicaciones. Salí al rellano de la entrada y no le vi por ninguna parte. Debería estar siguiendo la ronda de mis vecinos para colocarle su mercancía, pero no era así. Volví a mi estudio. Delante de la pantalla, miraba el archivo. ¿Lo debía, en todo caso, abrir? No era un archivo de tipo exe, por lo que no parecía entrañar peligro para mi ordenador. Con mal humor, dirigí el puntero del ratón al icono, lo dejé encima y por varios segundos me quedé mirando. Al fin, pulsé dos veces y comenzó a abrirse la típica ventana de Word. Cerré los ojos ante la primera visión del texto que se exponía ante mí. ¿Cómo no pude caer en un primer instante? De vez en cuando recordaba aquel sucedido y reactivaba mis precauciones ante cualquier cosa inesperada que llegara a mi casa. Abrí los ojos y volví a leer, por si la primera vez había tenido una alucinación. No había sido tal. Allí estaba.

Ulises te ha traído esta sorpresa a domicilio.

Con esto quiero que sepas que no me ha sido difícil llegar hasta ti.

Esta vez sólo ha sido esto.

¡Maldito sicario!, farfullé sin dejar de mirar a la pantalla. Luego, más calmado, analicé la situación. ¿Podía ser Ulises, o quien quiera que fuese tras ese nombre, aquel tipo que me vendió el CD? Si lo era, significaba que lo tenía muy cerca y que podría volver con quién sabe que otras intenciones. También podía haber sido enviado por Ulises. Últimamente habían aparecido en España sicarios colombianos que por dos mil dólares ajustaban cuentas en temas relacionados con la droga. ¿Tanta importancia habían tenido para Ulises mis actuaciones y las supuestas consecuencias para alguien allegado a él, que no reparaba en gastos y medios para castigarme? ¡Joder, qué historia! ¿Qué podía hacer? ¿Debería ponerlo en conocimiento de la policía? ¿Qué podía decirles para convencerles de que investigaran? Probablemente no me harían caso, a la vista de tan débiles evidencias. Por otra parte era como buscar una aguja en un pajar, en un lugar turístico donde la alta temporada traía un millón de visitantes que se mezclaban con otro medio venidos de todas partes en busca de mejor vida. Lo descarté. Tenía que intentar encontrar por mí mismo a aquel hombre que vino a mi casa con aquella sorpresa. Si lo encontraba, lo cogería por el cuello y no lo soltaría hasta que confesara quién lo había enviado. Probablemente no sabría su nombre ni mayores datos personales, pero sí dónde, cómo y por quién había sido contratado, aunque fueran mínimos los detalles. Luego, ya vería qué hacía, con el sicario y con Ulises, quien quiera que fuese.

Aquella misma tarde tomé el coche y bajé al centro de la ciudad. Los lugares en los que se concentraban los extranjeros eran preferentemente dos o tres: Calle Principal, Paseo Marítimo y Puerto Deportivo. No confiaba que aquel tipo se exhibiera como si tal cosa después de realizar un encargo de aquella naturaleza, pero no tenía otra cosa mejor y, al menos, no me sentiría inerme, a merced de quien con tanta facilidad podía llegar hasta mí. Circule con el coche, todo lo lento que me permitía el tráfico, por la Calle Principal. Miraba a un lado y a otro a los transeúntes: Nada. Abandoné esa calle y me fui al Paseo Marítimo. Allí hube de ralentizar mi coche aún más, pues era un hervidero de gentes las que por allí paseaban. Creé un poco de caos en el tráfico, pues mi lentitud no era bien admitida por los conductores que me seguían, pero yo me atenía estrictamente a la limitación de velocidad indicada en los discos y nadie me podía exigir que fuese más rápido. Miraba y miraba: Ahora sólo tenía que mirar a un lado, la gran acera por la que circulaba la gente; de regreso, miraría al otro lado, donde se situaban las terrazas de bares y restaurantes. Aquel tío podía esta bañándose tranquilamente, pero esta eventualidad la descarté; esos tipos no vienen a hacer turismo. Este «no vienen a hacer turismo», me hizo pensar que tampoco era aquel lugar un probable buen sitio para buscarlo; y por el mismo motivo el Puerto Deportivo. Terminé de recorrer el Paseo y como no quedaba lejos el Puerto, allí me fui, sería una media hora más y así lo descartaba sin dejar lugar a la duda. Tampoco en el puerto vi a nadie que se le pareciera: debía ser un tipo bajo, delgado,de 1,65 no más, cara cetrina, pelo muy negro y cejas pobladas muy gruesas, con una camisa de color verde claro y pantalón beige. Me retiré de allí y , de camino a casa, en lugar de tomar el camino más directo, callejeé por el centro de la ciudad. Sin esperanza por encontrarlo, enfilé la avenida que me conducía a casa. Pensaba qué debía hacer. En primer lugar, tomar extremas precauciones en adelante. La puerta principal de mi casa tenía una mirilla telescópica. Por ella, y antes de abrir, observaría quién estaba al otro lado, y sólo si era conocido, le abriría

directamente; si no lo era, sin abrir, le preguntaría qué deseaba. También decidí tomar medidas cautelares con el correo; cualquier paquete no esperado, simplemente no lo abriría y lo tiraría al contenedor de basura. Miraría la seguridad de la casa. No tenía ningún tipo de alarma, así que debería adquirir una o un servicio de vigilancia electrónica. Si tenía que salir a la ciudad y tomar el coche, miraría antes los bajos, por si detectaba algo sospechoso. Y saqué del fondo de un baúl una daga árabe, con filo capaz de cortar un pelo y treinta y cinco centímetros de hoja. La llevaría conmigo, a partir de entonces, adonde fuese. ¡Lastima no tener una pistola!

Iba ensimismado con esos pensamientos, cuando en un banco de la avenida, a la sombra de una frondosa jacaranda, vi a un hombre que comía un bocadillo, y sobre el banco, a su lado, una cartera de cuero y una botella de agua. Casi freno en seco, diez metros más adelante. ¡Era él!, el tipo del CD. No venía nadie detrás de mí y di marcha atrás hasta pararme a la altura del banco y de aquel individuo.

Debía adoptar precaución, pues ignoraba si iba armado y cuál podía ser su reacción al reconocerme. Yo estaba en la calzada opuesta a la acera que él ocupaba. Observé que no había reparado en mi maniobra, entretenido en comer su bocadillo y en algo que llamaba su atención más arriba de la avenida. Aparqué a un lado, algo atrasado en relación a la posición que él ocupaba. Lo observé. Era un tipo vulgar, con el aspecto físico de ser un trabajador manual poco cualificado. Calzaba una especie de sandalia hecha de tiras de piel horizontales y verticales entrecruzadas, sin calcetines. Podía haberse afeitado ese mismo día, pero luego reparé que casi no tenía barba por ser barbilampiño.

Salí del coche lentamente, si dejar de mirarle y visiblemente excitado, cruce la calle en diagonal, tomando como referencia un contenedor de basura situado unos diez metros más abajo que el banco donde estaba sentado. Me detuve. Paseaba poca gente y eso no me gustó; si aquel hombre era violento, yo no podía contar con nadie para que me ayudara, en caso de necesidad. Pero cuanto más le miraba, menos me parecía peligroso. Con esa sugestiva consideración, me fui acercando lentamente. Él seguía comiendo su bocadillo y también seguía mirando hacia el otro lado de la avenida. Podía ponerme a su altura sin que advirtiera mi presencia y tuviese tiempo de reaccionar. El estaba sentado en un extremo del banco, el más adelantado en dirección a mi casa, de forma que medio banco permanecía libre, precisamente el que yo estaba próximo a alcanzar. Detuve un instante mi caminar, y sin poder ya considerar nada, la inercia me hizo seguir.

Me senté a su lado y le puse mi brazo por detrás de su espalda, de forma que quedaba aprisionado entre mi mano, que aferraba su bajo hombro derecho, y mi cuerpo pegado a suyo. Al hombre se le cayó el bocadillo y se volvió hacia mí. Vi tanto susto en sus ojos, que aflojé el abrazo de oso al que le tenía sometido. Su cara estaba tan cerca de la mía, que podía sentir su aliento en estado de disnea.

—¿Qué sucede, señor? —me preguntó cuando hubo tragado el bocado que aún tenía en la boca.

—No hagas ningún gesto violento y permanezcamos así, como si fuésemos amigos, o te juro que te rompo el cuello — le dije mientras observaba si los viandantes habían advertido algo extraño en nosotros y le pasaba el extremo anterior de mi brazo por encima del hombro para tener su cuello al alcance de mi zarpa.

—Pero señor, mire que no entiendo nada de lo que le sucede. Si las canciones no le gustaron, no es para ponerse así. Mire, le puedo devolver dos euros, que son los que me han sobrado de comprar el bocadillo, y si viene conmigo a mi casa, le daré el resto.

Retiré el brazo. Aquel hombre estaba tan asustado y, por otra parte, sus palabras tan inesperadas, que adopté la postura de una persona que apoya los antebrazos sobre la piernas en actitud reflexiva. Por si cambiaba de actitud y pensaba salir corriendo, me mantuve a la expectativa de cualquier movimiento. El hombre sólo hizo un movimiento, se agachó para recoger su bocadillo, pero no se lo llevó a la boca: lo mantuvo en una mano, descansando lacia sobre su muslo. No osaba mirarme, ni yo a él. Podíamos hablar, sin intimidarle más de lo que ya había conseguido y sin esperar que él tuviese otra voluntad que la de esperar lo que yo le ordenara.

—¿Sabías lo que contenía el disco? No me mientas. —Le juro que no, señor. ¿Es que no estaba bonito? —No, no estaba bonito. ¿Cómo llegó ese disco a ti?

—Ah, pos fue una señora que me encontró en la calle donde vendía canciones del folclor de mi patria. Señor, le mentí sólo un poquito, pero sin mala intención. Le juro por mi mamá, que dios la tenga en su gloria, que la necesidad me hizo aceptar el recado de aquella dama.

Le interrumpí. No podía creer lo que estaba escuchando, pues se salía de cualquier guión más o menos verosímil que yo había trazado.

—Vamos por pasos. Dices que una señora te abordó en la calle donde vendías discos de tu tierra y que te dio un recado, supongo que para mí. Dime primero cómo era la señora y luego me cuentas cómo te planteó el recado. Y no te preocupes, sólo quiero saber eso; luego podrás estar libre de mí.

Ah, señor, cuanto gusto poder explicárselo. Como le decía, una señora se acercó a mí y me dijo que recogiera mis canciones. Mire que no le miento, señor — y aquel hombre hizo un movimiento para coger su cartera, que yo de inmediato aborté; todavía no estaba seguro de él.

—Deja eso. Te creo. Responde a lo que te he preguntado.

—Sí señor. Pos como le decía, esa dama me pidió que recogiera mis canciones y que me iba a encargar un pedido por el que me pagaría bien. Cuando tuve todo metido en mi cartera, ella me dijo que la acompañara. Cruzamos la calle y entramos en un hotel. Subimos y luego entramos en un cuarto. Me pidió que me sentara. Luego me enseñó el disco y me dijo. Quiero hacer llegar este disco a un buen amigo mío español. Es una sorpresa. Pero has de seguir todas mis instrucciones. Y luego me dio las instrucciones. Tenía que decir que eran canciones como las que vendo. Y me dio la dirección de usted. Luego, pos ya no sé qué pasó que tanto le enojó.

Parecía verosímil lo que me estaba contando aquel pelao. Le pregunté si recordaba el hotel y me dijo que no el nombre, pero que me podía indicar dónde estaba. Luego le dije que se había olvidado de describirme cómo era la dama y sólo me pudo decir que era una dama «mu bien

trajeada, con joyas de mucho valor, de 60 años, más o menos, porque iba muy maquillada, y que creía que era de México, aunque no lo podía asegurar. Le pedí que subiera a mi coche y me llevara al hotel donde habían hecho el trato, no sin antes tranquilizarlo diciéndole que con él yo había terminado y que ahora sólo quería darle otra sorpresa a mi buena amiga.

Llegamos al hotel que mi acompañante me indicó, y una vez aparcado el coche, le di 20 euros y le pedí que se fuera. Aquel hombre me besó la mano que portaba el billete, salió del coche y se fue a paso ligero, sin volverse a mirar atrás.

No conocía a nadie en el Hotel Bahía Sol, que me sirviera para conseguir la identidad de aquella cliente, de la que sólo tenía algunos datos de su apariencia física.

Entré en el hotel y me dirigí directamente al conserje. «Necesito conocer la identidad de una cliente que se aloja en este hotel». Dicho esto, le puse 20 euros cerca de su mano. El conserje, sin mostrar ningún disgusto por aquel soborno, me devolvió el dinero y me dijo: «Si usted no sabe su nombre, no estoy yo autorizado a dárselo, ni siquiera la habitación que ocupa», «Está bien, lo comprendo. ¿Me puede, al menos, decir si se aloja en este hotel una señora mexicana, de unos 60 años de edad, elegante…? Me interrumpió. «Una señora como la que usted describe hace unas horas abandonó el hotel. No dejó destino. Lo siento, no puedo decirle más.» Le di las gracias y me marché.

De camino a casa, varios pensamientos trataron de fijar ideas en mi cabeza. El pelao no había mentido. La señora que le había dado el CD para mí, era mexicana, pues el conserje no había rectificado nada de mi descripción. Era normal que después de entregarme lo que quería, desapareciera, porque tenía un testigo que yo podía haber comprado con la misma facilidad que ella y me llevaría al hotel. Seguramente le «pidió» generosamente al conserje que le preservara el incógnito con el que viajaba. Los conserjes se dejan comprar, pero nunca ponen en riesgo su puesto de trabajo traicionando una confidencia previamente pactada. No podría nunca saber la identidad de aquella persona recurriendo a la información que obraba en aquel hotel.

Con esas certitudes ya fijadas, pasé al siguiente paso en mi acelerada investigación. La pregunta me bailaba en la cabeza. ¿Quién es?

El pseudónimo Ulises pertenece a una mujer, y no a un hombre, como había venido suponiendo. Si es mexicana, tanto puede ser de uno u otro foro en los que he estado. Que tenga unos 60 años, este dato no me ayuda, pues no conozco la edad de las mujeres que me he encontrado en los foros; no es la niña, desde luego, pues de su edad si estoy seguro. ¿Quien, en alguna ocasión, había mencionado tener nietos? No lo supe en aquel momento, pero me propuse averiguarlo mirando los mensajes.

Terminé ese esquema indagatorio y pasé a otro no menos definitorio. Si Ulises y esa mujer eran la misma persona, quería decir que en esa persona confluía el agravio y el deseo de castigarme. ¿Qué agravio no perdona una mujer?, me pregunté. Pensé en varios: ridiculizarla en público después de haber alcanzado la estima de éste, despechada en sus pretensiones amorosas cuando se cree muy segura de sí misma, simples celos…

Ya había llegado a casa y por un momento me desconecté de aquel método deductivo. Sabía que alguna idea más me surgiría frente a la pantalla de ordenador; era así que elucubraba todas mis historias.

Me senté de inmediato frente a a la pantalla. Antes de encenderla, pensé en algún detalle que no hubiese deducido antes, pero sólo aquellos se amontonaban en mi cabeza, cruzándose los unos con los otros, intentando desplazar los unos a los otros del camino del razonamiento lógico. Conecté el ordenador de forma involuntaria, como si allí estuviese la proyección de mi pensamiento. Cuando la pantalla se iluminó, me presentó todas las opciones: Mis Documentos, Outlook Express, un archivo de El Cadillo… Me fui directamente a la Bandeja de entrada del Outlook y busqué el mensaje de mi amiga, la escritora en el que me hacía la confidencia de Ulises. No tenía una idea preconcebida por la que tuviese que mirar de nuevo aquel mensaje esperando encontrar algún hilo conductor. Lo leí y todo me pareció dentro de lo normal. Miré algunos mensajes antiguos de mis compañeros, esperando que en algunos se hablase de nietos, y tampoco tuve éxito. Me encontraba en un callejón sin salida. Podía imaginar mil soluciones, pero ahora estaba ante una situación real, que me podía afectar gravemente y no podía jugar con la imaginación; se imponía la la realidad por encima de la fabulación; debía dejar de ser escritor para concentrarme en ser policía.

El CD de la extraña dama estaba en la disquetera. Recordaba el mensaje, así que no supe qué me impulsó a abrirlo de nuevo. Lo estuve mirando un buen rato. Estaba correctamente escrito, bien puntuado, con austeridad, nada retórico. Quien lo hubiese escrito, y ahora ya lo podía personalizar en una mujer, escribía correctamente. Los foristas dejaban deslizar muchas faltas, especialmente de puntuación. ¿Quién no lo haría, no lo había hecho? Recordé que mi amiga, la escritora, escribía impecable. ¿Podía ser ella la dama misteriosa? Volví a su último mensaje. Quería comparar los textos, el suyo y el de Ulises. El suyo estaba correcto; el de Ulises, sin ser incorrecto, mejor hubiese quedado con algunas comas. Las oraciones largas de Ulises no se repetían en ningún texto de mi amiga, por lo que deduje que aquel texto de Ulises pertenecía a otra persona. Tenía que abandonar aquella idea. ¿Qué podía haber llevado a mi amiga a semejante macabro esperpento? A mi razón le reprochaban todas las posibilidades que le suministraba mi imaginación. No se trata de imaginar, parecía que me decía; se trata de de constatar hechos. Y vuelta a empezar. Volví al archivo que contenía el CD. De nuevo, delante de mí, el mensaje. Pareciera que quería ver la persona que lo estaba escribiendo, a juzgar por mi mirada concentrada en cada letra. De pronto, algo se cruzó en mi pensamiento. Miré el tipo de caracteres que indicaba la barra de herramientas de Word. ¡ACaslon Regular! ¡Qué extraño! Comparé con el texto de Ulises enviado a mi amiga, que suponía copiado y pegado. No, no había sido escrito con los mismos caracteres, y aunque eran parecidos, aquellos había sido escritos en Times New Roman. Igualmente estaba escrito el mensajito que Ulises había enviado al foro. ¿Por qué había elegido tan extraños caracteres para escribir el texto del archivo que contenía el CD? En realidad, en muchos casos y dependiendo de la configuración del foro, Yahoo, por defecto, transforma los textos, cualesquiera que fuese los caracteres en los que habían sido escritos los mensajes, en Arial o Time New Roman, nunca en ACaslon Regular. La deducción fue inmediata: Pero el archivo que contenía el CD era de Word, y éste programa no modifica los caracteres originales. ¿De quién tenía otros textos en Word que no fueran

mensajes? Sólo de la niña, un cuentecito que me envió para que se lo evaluara, y de mi amiga, la escritora, no menos de cinco historias cortas que me había enviado, no para evaluárselas, sino para hacerme partícipe de algunos de sus escritos serios. ¡Ah, joder!, exclamé, sólo faltaba que una u otra me hubiesen enviado esos escritos en caracteres ACaslon Regular. Sería la leche de suerte, pensé en un principio, ávido de encontrar la solución a aquel rompecabezas. Busqué frenético en mis archivos aquel cuento de la niña y las historias de mi amiga, la escritora. Primero encontré el de la niña: ¡Eureka!, allí estaba ACaslon Regular. Pero, ¿cómo?, ¿la niña es la mujer del mensaje intimidatorio, la mujer madura del hotel, la mexicana? No podía ser, no entraba en mi cabeza tal supuesto y lo escupí, seguramente con cara de poseído por todos los diablos. Busqué una de las historias de mi amiga, la escritora. Abrí la primera… ¡Por todos los dioses hijos de puta! También la historia aquella estaba escrita en caracteres ACalson. ¿Qué era aquello? Sólo tenía una salida, nada imaginativa, puramente racional y lógica: la niña y la amiga escritora eran la misma. Un desdoblamiento de personalidad cabrón para mí, que me dejaba en pañales frente a alguien que había estado jugando conmigo, quién sabe con qué propósito, y que no tuve interés en conocer. No sólo había creado el personaje la niña, sino que me había creado a mí y me había manejado como el más refinado taumaturgo. Dentro de lo rocambolesco, ahora veía diáfano. Quizá, en algún sentido, se le escapó el personaje José. No debió contar que, José, en un momento crucial, elegiría el camino de la responsabilidad, y su Lolita, sólo iba a ser el suspiro de hombre maduro que tuvo un sueño.

Traumatizado en el alma y en mi autoestima, abandoné todo, excepto escribir para mi página. Bloqueé muchos nombres en mi Outlook, ignoré muchas peticiones de chats, abandoné a muchos amigos, ajenos a mi fracaso, sin darles explicaciones. A partir de entonces, sólo creo en mis propios personajes, aunque no los disfrute.

FIN

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