Carta a unos amigos protestantes


Estimados amigos, A. y P. 

Tenía una idea confusa sobre el protestantismo. Como la sigo teniendo. Como la tengo sobre todas las religiones, incluida en la que fui bautizado. 

Quiso la casualidad que descubriera vuestra inclinación religiosa: erais protestantes. Me pareció una oportunidad que quise aprovechar. Nunca me niego a saber sobre cualquier cuestión, por nimia que sea. Reconozco que hasta hablar con vosotros, los protestantes eran para mí una anécdota,  unos hijos díscolos, separados de la religión católica, pero no conocía la verdadera historia que explicara esa desavenencia, ni siquiera que Lutero hubiese sido el revolucionario que prendió la llama original.

Me invitasteis a ver una película, Lutero (2003). Después de que me promocionarais una sucinta explicación sobre el ideario protestante, loable en todos sus extremos, aunque me quede ya muy mayor para asumirlo, quise tener un conocimiento más profundo sobre el origen, porque nada existe sin un origen. Internet es un bosque encantado donde se encuentra de todo.

Y así, me dispuse a visionar la película. Tengo que decir que, por posterior información recabada de las fuentes, la película es un relato bastante fiel a los hechos históricos. De ella entresaco dos aspectos que me impresionaron: Lutero fue un visionario bienintencionado. Se jugó su vida con su díscola actitud en un ambiente supremacista, implacable contra la disidencia. Tuvo mucho cuidado de ampararse en el poder político para protegerse del poder político. Existían dos poderes políticos con intereses divergentes. Por un lado el que tenía su asiento en Roma y por otro el poder de los príncipes germanos, todos, hasta entonces, príncipes católicos. Todo se mezclaba hasta que alguien catalizó aquella mezcla heterogénea   de intereses, materiales sin matices.  El segundo aspecto que, como digo, me impresionó, fue que Lutero quizá no midió las consecuencias de anular el libre albedrío en sus postulados. Esto supuso carnaza al populacho. si ya no eran responsables de sus actos, porque todo obedecía a los designios de Dios y sus pecados eran asumidos por Jesús y expiados con su sacrificio, toda reivindicación, aunque fuese violenta, no tenía consecuencias punibles ni ante Dios ni ante los hombres. La reacción del poder establecido, celoso de sus privilegios, sembró de sangre las tierras de los campesinos. La historia fija en cien mil muertos aquel escarmiento. Lutero, condenado por hereje, se salvó gracias a la protección de los nobles príncipes, que midieron muy bien qué les interesaba más, si desprenderse del yugo que les imponía  la iglesia de Roma, o dejar que la corriente secesionista les despejara el camino para ser ellos los que mandaran en las vidas y haciendas de sus súbditos. Lo que sucedió luego fue aún más terrible: la guerra de religión. Se internacionalizó el conflicto: Francia, Inglaterra, Holanda. La Inquisición, martillo de herejes, todos con un propósito común: exterminar aquel cáncer, que unos veían desde un lado y los otros desde el otro.. La historia lo cuantifica en tres millones de muertos. Quizá asumibles en el contexto general de los muertos, (cincuenta a cien millones) que, en el nombre de Dios, se calcula causaron las múltiples creencia que el hombre inventó primero y utilizó después con fines espurios.

Afortunadamente ahora todos, con alguna excepción, conviven en sus espacios acotados, y ninguno mira atrás para no sentirse responsables de su sangriento origen. 

Amigos, A. y P.,  no voy a cuestionar vuestro credo, como no cuestiono ningún otro credo. No es que no los comparta, sino que los ignoro. Los ignoro desde que tuve uso de razón, razón que Lutero consideró la semilla de todos los males que el hombre realiza, aunque dejó de reconocer que esa manifestación suya se contradice con la no libertad del hombre para elegir sus actos, porque, todos, es Dios el que los dispone y Jesus expía. 

Y una reflexión final. Pecaría de soberbio si no dejara claro que no tengo ninguna animadversión contra los que creen esto o aquello. Partiendo de que yo sí creo en el libre albedrío, que cada cual haga de su capa un sayo. Que os he tomado a vosotros como destinatarios principales de esta reflexión general, porque sé que sois personas que, de buena fe,  habéis asumido el credo protestante para guía de vuestras conductas. Y como vuestras conductas son ejemplares, quiero pensar que parte de ellas las guía vuestro credo. No hay bien que por mal no venga.

Un abrazo

José

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