Pensar en la muerte o en cómo morimos?

En post anteriores he reflexionado, según mi entender, en diversos estados en los que nos podemos encontrar en nuestras vidas. No podría obviar lo que, desde mi personal punto de vista, supone una inquietud universal del individuo. Quizá son dos inquietudes diferentes, y a ellas me voy a atener. Según este planteamiento, la muerte  y cómo nos morimos precisan ser tratadas independientemente. La muerte no admite dudas, otra cosa es si para unos es el final, la inmersión en la nada o, en un estado de sugestión personal, la ayuda que mantiene incólume el instinto de supervivencia. En cualquier caso, siendo el suceso más importante de todo ser vivo, el ser humano no lo tiene como prioritario entre sus inquietudes y yo no voy a hacer mayores consideraciones, que podrían ser tenidas por mis lectores como subjetivas. Confundidos muerte y cómo morimos, sí es algo que tenemos presente cada momento de nuestra vida desde que razonamos. Todos, a excepción de unos pocos insensatos, evitamos el peligro a que llegue nuestra muerte de forma prematura. Y lo hacemos de mil formas diferentes: evitando los peligros, pidiendo al médico que cure nuestras enfermedades,  recurriendo a tratamientos homeopáticos que nos ofrecen curanderos o que nos procuramos en tiendas especializadas en la nada prodigiosa. Algunos, presos de fervor religioso, se encomiendan a cualquier símbolo sobrenatural y se creen curados milagrosamente mientras se siguen muriendo.

Con el preámbulo anterior, podría estar en disposición de fijar un criterio, mi criterio, sin ninguna pretensión personal de considerarlo axiomático. Por esto, me dispongo a que cualquiera lo pueda considerar discutible.

Obviando, pues, la muerte como suceso inevitable,  y sin entrar en consideraciones sobre si es el final o el principio,  me voy a referir al segundo enunciado: cómo morimos.

En mi viejo blog incluí un reloj que se encargaba, sin que yo tuviera que darle cuerda, de darme los años, meses, días, horas, minutos, segundos que faltaban para mi muerte, fijada, previamente, en la muy realista edad de 100 años. Un artilugio fantástico que me ofrecía la técnica del momento. Cerré ese blog, y no sé si ese reloj sigue contando el tiempo preciso, más bien mecánico, que me queda de vida, tampoco he investigado si aún sigue teniéndome en cuenta. Es igual, mi consciente es ese reloj que tampoco necesita darle cuerda o cambiarle  la batería. Y según este reloj, haga lo que haga para que se pare, sigue indicándome que me estoy muriendo. Y cómo me estoy muriendo? De momento no parece que vaya my deprisa, tampoco despacio, pero inesorablemente se mueve, y se mueve descontando tiempo. Al contrario que el otro reloj, éste no fija el límite, así que el descuento de tiempo es virtual, aleatorio, lo que significa que mi muerte no depende de lo que yo haga para evitarla. Esto  sí es un axioma, y nadie podrá discutirmelo.

LLegado aquí, algún lector me preguntará: «bueno, José, qué nos quieres decir, que hasta ahora no vemos practico ni concluyente?»

Las propuestas filosóficas no son mi fuerte. Y aunque el sentido común es el menos común de los sentidos, a él me encomiendo.

No penséis en la muerte, llegará en cualquier momento. Tampoco penséis en la transcendencia de vuestro yo, que sólo es un desiderárum de imprevisible cumplimiento, y,  mucho menos, os angustiéis pensando en vuestro final convertido en un puñado de ceniza. Todo sucedrá, a todos. No existe reloj que marque el tiempo que os queda, ni analógico, digital o neuronal. Y en cuanto a cómo os estáis muriendo, sin cobraros por la consulta, os aconsejo lo siguiente: pensad en que no existe el cómo os estáis muriendo, no existe ese tipo de secuencia y, por tanto, no vale ningún remedio. Eso no quiere decir que no pongáis el que penséis es el idóneo. si eso os tranquiliza, pero ningún remedio evitará que os estéis muriendo. Cómo? El proceso es muy complejo, y comienza mucho antes de que el corazón se pare o el cerebro muestre inactividad y en pocas horas el cuerpo, si no lo destruye el fuego, comienza a descomponerse abruptamente. No es cuestión de consolarse pensando que otros seres se aprovecharán de tu cuerpo. La respuesta a cómo nos estamos muriendo es sumamente sencilla: Preguntaos cómo estáis viviendo. Si de verdad os preocupa el tema, en la respuesta que os déis, encontraréis la clave que buscáis. Una vez que la tengáis, que cada cual haga de su capa un sayo. No hay otra. O es que, gratis, José, os iba a dar otra respuesta? No confiéis en las que otros, gratis, os puedan dar por ahí, no podréis demandarlos por estafa.

 

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