Pudo haber sucedido

Volvió a la casa donde había nacido a curar sus heridas. Pero tenía que regresar; no era allí donde había encontrado el trabajo del que dependía su vida. El joven se despedía en el aeropuerto de los padres, hermana y amigos. Regresaba, también, al lugar donde tanto maltrato había sufrido su corazón enamorado. 

El padre, rezagado de tanto sentimiento en forma de lágrimas, fue el último en abrazarlo. Por un momento muy largo y silencioso, padre e hijo sólo intentaron fundirse. Finalmente, y sin separarse, el padre le dijo a su hijo al oído: “Hijo, sé malo por una vez en esta puta vida; sólo sufren los buenos”. El hijo se separó con violencia del padre a la vez que protestaba. “No debes decirme eso, papá”, le dijo al padre. El padre, tranquilo, le contestó: “No creas que he improvisado. Te he dicho lo que creí debía decirte en este momento de la despedida. Tú has reaccionado como esperaba de ti. ¿Qué he pretendido? Que fueras lo que fuiste siempre . No te quería ver partir resentido; quería que mostraras que el desengaño no te ha cambiado, y lo has mostrado. Me quedo tranquilo. Olvídalo”.

Ya en la lejanía, el hijo se volvió y señaló al padre con el dedo índice y una sonrisa, luego desapareció en el túnel de embarque.

Pasado algún tiempo, el padre supo que su hijo estaba en la cárcel.

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