Un cuento perdido; debí sepultarlo, por indecente

EL AHORA ES LO IMPORTANTE.

Entré en la terminal del aeropuerto de Dallas. Una mirada panorámica a las gentes que iban y venían. Pronto tuve la sensación de que aquellos seres, sólo preocupados de sí mismos, me ignoraban. Un pequeño revuelo. Era una joven muy guapa, con una blusa muy descotada y pantalones ajustados. Un bosque de micrófonos y cámaras de televisión la precedían reculando a su paso. Sonreía algo provocadora y sin decir nada. Debía ser una artista famosa, pero no la reconocí. Desligué mi atención con indiferencia forzada de aquel espectáculo .

Seguí mirando. Mi mirada se detuvo en un joven que, sentado en un banco, leía un libro. Sentí el impulso de acercarme. Era un joven de tez y rasgos latinos, muy bien formado y dando la sensación de un gran poder físico. Además, leía, así que su atractivo para mí era doble: fuerza física y mental. Me seguí acercando y terminé sentándome a su lado. Él no se movió para mirarme y siguió leyendo. Casi nos rozábamos. Con disimulo miré lo que leía. Era un libro de poemas, pero no pude adivinar su autor. Sentí que algo metafísico me unía a aquel desconocido. Le di vueltas a la cabeza tratando de encontrar una excusa que me permitiera dirigirme a él sin parecer una atrevida. No encontraba ninguna apropiada y temía que me mal interpretara. Al fin me decidí por una clásica que nadie piensa lleva diferente intención. Miré mi reloj y lo sacudí, dando a entender, si me observaba, que había dejado de funcionar. El no se movió ni dijo nada. Yo le pregunté con un tono neutro en mi voz y expresión:

−Perdone que le interrumpa, ¿puede decirme qué hora es?

El joven levantó la vista del libro y me miró. Tenía unos ojos claros que contrastaban con su piel oscura, una gran placidez en su mirada no exenta de firmeza. Me miró fijo durante unos segundos eternos y sentí que estaba desnuda a su lado. Bajó lentamente la vista hacia su reloj y la volvió a subir hasta posarla de nuevo en mí mirada. Luego miró a un gran reloj aplacado sobre una de las paredes de la terminal y volvió a mirarme levemente sonriente.

−Las seis y cuarto.


Me sentí avergonzada de mi argucia pueril; yo también podía haber consultado el reloj de la terminal. 

−Gracias −le dije.


Esperaba que él volviera a su lectura y que no sacara conclusiones extrañas para mi mayor vergüenza. Pero no. El joven, sin dejar de mirarme, me preguntó:


−¿Le ha causado algún disgusto saber qué hora es?

¡Qué pregunta tan hermosa! Sentí inmediatamente gran simpatía e interés por aquel joven. Ya no esperaba sino entablar con él una cierta amistad, aunque fuese ocasional. Busqué rápida una contestación que fuese digna de su cálida pregunta y, sin dudarlo, le dije:

− No es pronto ni tarde; el ahora es lo importante.


Me sonrió. Pareció complacerle mi respuesta, pues asintió con la cabeza. Luego dejó de sonreír, y sin dejar de mirarme, tomó por detrás mi cabeza con su mano y la atrajo hacia la suya. Yo cerré los ojos . Mi cuerpo perdió fuerzas y mi voluntad rechazos.

Escuche muy cálido: » Hagamos el ahora importante». Ya sólo sentí sus labios en contacto con los míos.

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