Un pájaro y yo, nada más

El pájaro yacía inmóvil en el jardín, parecía que estaba muerto. Era un gorrión, un pájaro de lo más vulgar, que dicen está en extinción. Desde luego llevaba tiempo sin ver uno, creo que el último fue estando sentado en una terraza de un bar, al aire libre. Correteaba a saltos entre las mesas recogiendo aquello que le servia de comida. Pero nunca los vi en los arboles, o en los lugares en los que solían estar.

Me acerqué con la idea de recogerlo y enterrarlo. Al tocarlo se revolvió sobre sí mismo; no estaba muerto, quizá sólo herido. Con cuidado lo cogí en mi mano, lo sujeté dejando sólo libre la cabeza. El pájaro la movía rotándola, intentando, a mi parecer, zafarse de mi mano. Pude liberarlo, no tenía intención que no fuera esperar a que sobreviviera. Con cuidado fui abriendo la mano hasta que aparecieron sus patas. Una de ella estaba rota por la articulación mediana, entre el tarso y el metatarso. Ahora ya sabía por qué el pájaro permanecía inmóvil en el suelo; los pájaros emprenden su vuelo ayudados por sus patas, que actúan como muelle impulsor. Lo llevé a casa, mientras esto hacía, iba pensando qué podía hacer por él. Quizá si lo entablillaba podía lograr que su articulación soldara. En la cocina cogí un palillo plano, usado para, en la mayoría de los casos, limpiarse los dientes. En el cuarto de baño y del botiquín saqué un rollito de esparadrapo fino, como de papel. También, un frasco de antiséptico. Con todo eso y el pájaro en una de mis manos, me senté en el sofá del salón, frente a la mesa de té. Iba tratar de curarle la pata rota, pero necesitaba las dos manos. Por allí vi una caja de un tamaño apropiado para contener dentro el pájaro. Pensando, se me ocurrió hacer un agujero en la tapadera del tamaño de una moneda de un euro. Metí el pájaro en la caja y procuré sacar sus dos patas por el agujero de la tapa. Cerré la caja y ya tenía las dos patas del pájaro . Observé la pata sana y su disposición. Partí el palillo en dos mitades despuntándolo y los dejé encima de la mesa. Igual hice con una tira de esparadrapo de un 5 centímetros y el desinfectante. Algo faltaba: antes de colocar los palillos y desinfectar, debía poner alrededor de la zona a curar, o una tela o un un poco de algodón. Como el pájaro metido en la caja no se iría, fui al botiquín, y lo que encontré fue un rollo de gasa impregnada de antibiótico. Me pareció todo un hallazgo. Me la llevé al salón y comencé la operación quirúrgica sin dejar de pensar si daría resultado. No usé el desinfectante, pues la gasa me pareció suficiente, dado que tampoco parecía tener una lesión abierta. Envolví la zona afectada con un trozo de gasa, coloqué los dos trozos de palillo paralelos, manteniendo la pata recta, los sujeté con el esparadrapo y moví la pata en buen estado para comprobar si podía llegar a estar igualmente recta; lo dudaba porque siempre los había observado con las patas flexionadas. No parecía que el mantener la pata dañada derecha pudiese crearle luego un problema al pájaro; si podía apoyarla en el suelo o donde estuviese, el impulso podía ser suficiente para emprender el vuelo o para desplazarse. Terminada que di la operación, abrí la caja, liberé las patas y el pájaro se revolvió, quizá asustado, pero la pata entablillada permaneció derecha. Hasta después de unos minutos, que el pájaro había cambiado de posición, ahora boca abajo. ¿Y ahora qué?, me pregunté. «El pájaro tendrá sed, y hambre». Lo que pasó después se puede resumir: con una jeringa le di de beber. Con un palillo le introduje en la boca migas de pan mojadas en leche. El pájaro no ponía resistencia a ambas manipulaciones, hasta que se saciaba. Mientras estaba convaleciente, lo acomodé como mejor pude, usando una caja de plástico mayor que la utilizada para operarlo, y a la que le hice agujeros en la tapa para que pudiese respirar. En el fondo de la caja puse un paño suave y mullido para que se sintiera a gusto. El pájaro parecía haber superado el paso por mi improvisado quirófano. A los diez días ya se movía dentro de la caja usando las dos patas, y resultaba hasta gracioso observar que el pájaro se movía balanceándose buscando apoyo , ora en la pata sana, ora en la pata entablillada. Aunque indagué en Google cuánto tiempo debería estar el pájaro con ese artilugio, no encontré nada; un veterinario me lo habría dicho, pero me decidí a llevar a término la operación por mi cuenta. El pájaro ya comía y bebía solo de lo que le ponía en la caja, así que me pareció que nada impedía tenerlo así un tiempo más para asegurarme del éxito de la operación. Habían pasado unos veinte días, que me decidí a liberar la pata de todo lo que le había puesto. Lo volví a meter en la caja del agujero donde lo había operado, las patas fuera, le quité el esparadrapo, los palillos y la gasa, y con miedo de haber fracasado, observe la pata curada. Tenía buen aspecto, no había infección ni inflamación. Por unos instantes, la pata permaneció derecha, sin flexión alguna. «Quizá ha soldado mal», me dije. Pero también me tranquilizó comprobar que no era ya una pata rota. Con cuidado intenté flexionarla y luego de dejarla volvía su posición enderezada. Pasados algunos días, durante los que le apliqué sesiones de flexión, el pájaro comenzó a andar por la caja sin apenas cojera. «Está curado», pensé. Aún así, lo dejé en la caja, ahora sin la tapadera. Le seguí poniendo agua y comida, ya propia para pájaros enjaulados, y de vez en cuando lo observaba. El pájaro, al verme, no parecía asustado.

Como acostumbraba, al levantarme miraba la caja donde el pájaro se reponía. Sucedió que una mañana la caja estaba vacía. ¿Dónde había ido? Lo busqué por toda la casa, no lo hallé, pero ya pude tener una intuición: había dejado la ventana del cuarto de baño abierta y quizá un gato habría dado buena o mala cuenta a de él. Me embargó la tristeza. Todo lo había hecho bien y sólo un descuido había hecho fracasar el empeño y esfuerzo. No dejé de pensar en el pájaro todo el día. Al atardecer, pasé casualmente por donde había dejado la caja de cuidados intensivos. La alegría fue enorme: el pájaro había vuelto, comía plácidamente. Al verme, dejó de comer, tomó un impulso y se subió a mi hombro. Desde allí se acercó a mi cara, me la picoteo sin hacerme daño y lo tomé en mis manos. Parecía sentirse a gusto, movía la cabeza mientras me miraba, posiblemente agradecido. Cuando la ceremonia dio a su fin, el pájaro tomo impulso sobre mi mano y salió volando por la ventana. Ya nunca más volvió.

Esto que cuento no sucedió, pero bien pudo haber sucedido, salvo que me haya dejado llevar por exceso de la imaginación.

Una respuesta a «Un pájaro y yo, nada más»

  1. Pues hasta el último párrafo me lo creí.
    Un historia preciosa , ojalá hubiese sido cierta .
    De todos modos , vi siempre mucha sensibilidad en tu relato , claro , juegas con mucha ventaja , escribes torcido con renglones derechos . Perdón por la broma, como te iba yo a comparar la frase de un Dios extraño para ti con tú habilidad en la praxis . Dice el escrito “ Dios escribe derecho con los renglones torcidos “ . Un abrazo y que conste que el relato fue muy dulce y muy bien redactado . Un abrazo .

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