Un perro viejo

Era  un perro  viejo. Ya no cazaba, ya no guardaba la casa, tenía eccemas en la piel y preocupaba a sus dueños que transmitiera alguna enfermedad a sus hijos pequeños, era, en definitiva, un perro que molestaba. El veterinario del pueblo sólo estaba para atender a los animales productivos; jamás nadie le había llevado un perro ni para curarle ni para aplicarle la eutanasia y así evitarle sufrimientos irreversibles o una mala vida. Eso costaba dinero. Los perros de aquel pueblo nunca morían de muerte natural; cuando convenía a sus dueños, eran envenenados o tirados vivos a una poza sin salida, que ellos llamaban el cementerio de los perros. Los dueños del perro que cuento en esta historia verídica no se apartaron mucho de esos procedimientos expeditivos y crueles, pero no sospecharon el desenlace.

El cabeza de familia cogió al perro al amanecer, lo ató al carro tirado por un borrico y partió hacia el campo. A su esposa le dijo que iba a deshacerse de él, pero no le dijo cómo. Ya lejos del pueblo, el hombre se paró. Con la misma cuerda que lo había arrastrado, le aplicó un lazo corredizo en torno al cuello, lanzó el otro extremo de la cuerda por encima de la rama de un árbol y tiró de ella hasta que el perro quedó suspendido en el aire. El dueño se le quedó mirando cómo pataleaba hasta que poco a poco fueron debilitándose los movimientos. Cuando, definitivamente, se quedó inmóvil, el hombre, suponiéndolo muerto, lo dejó caer en el suelo. Allí mismo cavó un hoyo no muy profundo y depositó el cuerpo del animal, lo cubrió de tierra y regresó a casa. “Ya está”, le dijo a su mujer.

Por la noche, unos aullidos que venían del exterior despertaron al matrimonio. El hombre se levantó para ahuyentar al perro que les importunaba. Era su perro que, lastimeramente y sucio de tierra, pedía le abrieran la puerta de la casa. Sobrecogido el hombre por lo que él entendió como un milagro, le abrió la puerta, lo limpió, le dio un poco de leche y el perro, agradecido, le lamió las manos. 

Al día siguiente, lo llevó al veterinario para que le curara el eccema.

Contó en el pueblo lo sucedido, en la seguridad de que nadie le iba a reprochar lo que había hecho. El milagro del perro resucitado sobrecogió de tal forma a los lugareños de aquel pueblo y otros vecinos, que desde entonces, y por un tiempo, nadie eliminó como acostumbraban a sus perros por viejos, inservibles o enfermos. Recuerdo, a raiz deaquel suceso, que mi abuelo me dijo y yo escuché por primera vez: “El perro es el mejor amigo de hombre”. Desde entonces, esa frase la he escuchado muchas veces, pero también oigo con frecuencia que se siguen ahogando, envenenando, ahorcando perros viejos, inútiles o enfermos, galgos por el solo hecho de haber dejado de cazar. Y es que milagros como el del perro que protagonizó la historia que cuento, no se repiten. Quizá, ni siquiera aquel fue un milagro, o el milagro fue que, por un tiempo, removiera aquellas conciencias próximas.

Algunas de mis  historias  hablan de muerte. Son historias recurrentes. En realidad todas las historias acaban en muerte,  o en la muerte como el final de cualquier historia. Pero hay historias que pueden dejar a la muerte sin protagonismo, sin la sustancia que se presagia en cualquier historia.

Contaré, en otra ocasión, una de esas historias en las que no aparece la muerte como fatalidad, y que sea una historia eternamente inacabada. Si esa historia existe, significa que la muerte es contingente, aunque sólo exista una historia que no acabe nunca. ¿Podré?

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