Tita

–¡Tita, Tiitaa…! ¡Ven aquí, enseguida!

Tita era el nombre familiar, cariñoso, que Antonio utilizaba en ocasiones para nombrar a su esposa Francisca, Paca, Paquita. Esas ocasiones, últimamente, eran sólo en circunstancias de una situación límite. Tita era el nombre que Antonio había utilizado de forma exclusiva cuando fueron novios y durante un corto tiempo después de casados. A Francisca, Paca, Paquita le encantaba porque le parecía una demostración de amor, y ella el objeto de ese amor exclusivo con nombre propio. Ahora, después de muchos años felizmente casados, no era lo mismo. Cuando lo escuchaba se estremecía. Algo grave le estaba sucediendo a su esposo. Sabía que aquella urgencia no era porque la esperaba en calzoncillos para mostrarle la tienda de campaña desplegada, por más que esta demostración fuese ya una rareza. No, Francisca temía lo peor y no se hacía ilusiones. Dejaba presto lo que estuviese haciendo y, no exenta de temor, entraba en el estudio de su esposo. El estudio de su esposo, de su uso exclusivo, era un cuarto pequeño, atiborrado de enciclopedias, diccionarios, libros de segunda mano y… ¡dos ordenadores! Allí, Antonio se encerraba casi todo el día y parte de la noche. Era su forma de pasar el tiempo de ese estado ambiguo de jubilado. Aquellas dos ventanas le permitían escrutar qué pasaba por el mundo y desarrollar una afición tardía, cual era la de leer y escribir. Y utilizaba simultáneamente las dos ventanas: una para escribir y otra pare leer. Había sustituido, así, el uso de los libros y el folio de papel en blanco. 

Pero ya es momento de volver a la pareja, que espera impaciente a que este que escribe les dé vida.

–¿Qué sucede, Antonio? –preguntaba Francisca.

–¿Que qué sucede? Que tranquilidad la tuya, Paca. Envidio la vida que llevas, sin sobresaltos: Ni siquiera el brutal alza en los precios te altera.

–Me alteras tú cuando me llamas a gritos Tita. ¿Me puedes decir de una vez qué te pasa?

–Pues creí que te gustaba que te llamará así, ¿no te ponía cachonda?

–Lo recuerdo vagamente, pero últimamente me asusta. Venga, dime de qué va ahora el mal trago que quieres compartir conmigo.

–Eres una insolidaria y egoísta; tú siempre a lo tuyo y a tus reproches velados. Deberías estar orgullosa de que sólo cuente contigo en mis momentos difíciles.

–Venga, venga, que lo estoy, pero yo estoy muy segura de que me quieras por eso. Preferiría que también contaras conmigo en tus momentos felices.

–¡Ójala los tuviera! Esto de escribir es un continuo sufrimiento, no te lo puedes ni imaginar. 

–¿Y por qué lo haces? Nadie te obliga. ¿Por qué no te vas con un grupo de amigos a jugar a las cartas, al dómino, a la petanca? Por lo menos no me llamarías Tita como si dijeras ¡auxilio! No sabes el sobresalto que me produce oírte decir ¡Tita!

–No puedo evitarlo. Siempre te llamé Tita cuando te necesitaba urgentemente.

–Cierto, pero hay urgencias y urgencias, y ahora sólo urgencias de supervivencia. No me alteres más y dime, que se me quema la comida.

–¡Desgracia la mía, que no pueda ni contar contigo! Juzga tú misma si no es para menos. 

–¿Qué tengo que juzgar?

–Lee aquí, en esta pantalla.

–Déjame tus gafas.

Francisca se coloca las gafas que le pasa su esposo y se acerca a la pantalla que éste le ha señalado. Parece un “mail” y Francisca lee

“ Estimado Antonio: Disculpa mi rudeza, pero me gusta ser claro. Escribes bien, deberías aprovechar tu talento en altos menesteres y así serías apreciado, pero este no es el lugar para que pongas tus escritos. O te atienes a las normas de este grupo de escritores, que tienen por norma insoslayable el respeto a las reglas establecidas de común acuerdo, o te metes tus historias por el culo”.

Francisca a duras penas pudo contener la risa, y como ésta más bien pudo ser una carcajada, el esfuerzo por contenerla hizo que se le empañaran los ojos de lágrimas. El esposo, que no perdía de vista sus reacciones, se quedó complacido ante aquella muestra de solidaridad de su mujer, Tita.

Y yo no sé qué pasó después, porque Francisca volvió en silencio a la cocina y a Antonio sólo le escuché aporrear furioso el teclado.

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