Una historia mal contada

—A ver, chica, ¿me pides que cuente una historia de ti, quiero decir una historia en la que tú eres la protagonista y yo sólo el relator? ¿Tengo que esperar a que me la cuentes o la puedo inventar yo? Si me la cuentas, espero que responda a la verdad y no a una historia inventada por ti. Si soy yo el que la escribo, puede ser verdad  porque coincida o puede ser producto de mi imaginación. Pero en este último caso no sería una historia de un personaje como tú sino que podría ser la historia de cualquier chica. Si te digo la verdad, me encuentro con pocas ganas de escribir historias inventadas, pienso que esas historias son como el viento que te acaricia, te hace suspirar y luego pasa sin dejar ni un poco de recuerdo. Estoy seguro que tú puedes contarme una historia que permanezca en el tiempo, que te haga inmortal a los hombres venideros. ¿Qué te parece si me cuentas algo que te haya sucedido y que sólo lo guardas para ti? Si es algo que crees vergonzoso, te aseguro que yo sabré darle la vuelta y convertirlo en algo de lo que te sientas orgullosa y los que la lean te juzguen como una gran mujer.

—Pero no contarías la verdad si has de cambiar el argumento.

—La verdad y la mentira son dos palabras, sólo palabras. Muchos al leerla, pensarán que es mentira, otros, en cambio, se la creerán como verdad. 

—Pero yo sí sabré que lo que has escrito responde a mi verdad o has mentido; esa no será mi historia. Al ex p

—De lo que escriba que tú me cuentes, yo sólo pondré negro sobre blanco aquello que yo considere es tu historia verdadera, pero lo haré de forma que parezca una historia inventada; tú estarás a salvo de ser juzgada, sólo serás un personaje de ficción.

—No te comprendo, pero voy a contarte algo que me sucedió, y ya veré luego si es lo que te he contado o lo que tú supones que te he contado.

—De acuerdo. Tú comienzas a hablar y yo a escribir. 

Mi recuerdo comienza cuando tenía la edad de cuatro años. De mi padre, por entonces,  apenas puedo decir algo. En ocasiones me cogía y me sentaba sobre un antebrazo y me acariciaba, me pasaba la mano libre por el pelo como si quisiera peinarlo con los dedos. Luego esa misma mano me la pasaba por mis muslos, desde el principio hasta las rodillas. Mientras esto hacía, me besaba en el cuello. Mi madre le gritaba: ¡Deja a la niña! Yo no entendía por qué mi madre se enfadaba. Mi padre me dejaba en el suelo y se iba no sé adónde, sólo que yo escuchaba gritos de mi madre que venían de la cocina. Mi padre ya no aparecía por casa en todo el día. Cuando por la noche volvía,a a ya no me cogía en sus brazos, me daba un beso en la frente y se iba al salón a ver la televisión. Mis padres apenas hablaban.

—¿Me dejas leer lo que has escrito?

—Claro, lee.

—No es exactamente así, pero vale. Sigo contando.

 Yo era demasiado pequeña para entender algunas cosas, sólo puedo afirmar que a mi madre no le gustaban. Puedes seguir, yo te sigo contando.

Yo iba cumpliendo años y nada recuerdo digno de mención. Tenía la certeza de que mi madre era algo celosas y no admitía como normal el amor que mi padre me prodigaba con sus atenciones. Yo tampoco sabía juzgarlas, más bien me agradaban. Ya había cumplido dieciséis años y mi padre no me tenía al margen de su vida ni un solo instante. Algunas veces me resultaba empalagoso. Todo lo que a mi me daba se lo quitaba a mi madre, a la que ignoraba casi por completo. Mi madre ya no protestaba, sólo lloraba. Yo seguía sin entender la verdadera causa, lo achacaba a eso, a los celos.

—¿Me dejas que leas lo último que has escrito?

—Sí, lee. 

—Sacas conclusiones que no estoy segura sean acertadas. MI madre no creo que estuviese celosa, más bien se consideraba alejada del cariño de mi padre, por comparación al que me tenía a mí. Creo que esa no es mi historia verdadera, has obviado matices que definen la realidad. Ya no voy a seguir, seré yo la que termine esa historia, y no me cambies ni una sola letra, ¿de acuerdo?

—Es tu historia, eres dueña de terminarla como te parezca.

MI padre fue un borracho, hijo de puta. Abuso de mí todo cuanto pudo, pese a mi resistencia. Si mi madre intentaba quitármelo de encima, le pegaba unas palizas que la dejaba medio muerta. No se atrevía a denunciarlo, y a mí me daba vergüenza que saliera a la luz todo lo que sucedía dentro de los muros de mi casa. Un día llegó tan borracho, que apenas se podía sostener de pie. Cayó como un fardo sobre la cama y ya no se levantó hasta que se lo llevaron al cementerio. 

—¿Verdad que sabiendo todo esto te costaría escribir una historia de mi vida que resultara verosímil el intento de  hacerla humana como has pretendido?

—Bueno, como te decía, la verdad es difícil transcribirla con palabras, estas juegan caprichosamente para que el relato resulte lo menos realista posible y el lector no se quede con el estómago encogido. Si te digo la verdad, nunca habría imaginado una historia como la tuya. Tampoco la habría contado.


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