Y dos angeles dijeron ¡basta!

Mencionado mi estado físico-anímico situado en mi culo, y por ende razones superiores para tener esta pagina escuálida, hoy, superado el inconveniente mayor, voy a glosar algo al que me siento obligado.

Después de meses de quimio, mi oncóloga dio por terminado el tratamiento; ya las alternativas eran escasas, al cuerpo se le pedía que hiciese su trabajo si con él podía recuperar la mínima normalidad. Pero ese alta médica con la expresión «se ha hecho lo que se ha podido», dejaba una secuencia dolorosa, física, ya que asumido tenia todas las anímicas que el caso imponía. Un dolor lacerante en sálavase la parte, o sea mi culo, que no daba tregua.

Y mi oncologa no me dejó: «Jose, te voy a programar un plan antidolor. A partir de ahora se van a ocupar de que el dolor no sea un exponente del fracaso y puedas recuperar una vida normal».

Y una organización altruista se puso en contacto conmigo, de alguna forma cordinada por el sistema de Salud Pública al que estaba acogido.

Fijamos una entrevista, a domicilio segùn lo establecido, y en mi casa se presentaron dos jóvenes, identificadas por sus nombres y sus status profesionales: una médico y la otra enfermera. Me explicaron someramente qué misión se las había encomendado por mi oncóloga y comenzaron a hacerme preguntas para situarme en el umbral del dolor que padecía. Umbral de dolor se define como «la intensidad mínima a partir de la cual un estímulo se considera doloroso. No hay que confundirlo con la tolerancia al dolor, que es la intensidad máxima de dolor que somos capaces de soportar». Ya había dado muestras de la tolerancia a la que me había resignado, ahora estaba claramente en el umbral en el que empezaba a ser insoportable. «Del 0 al 10, ¿dónde fijarías el dolor que padeces?». La pregunta me cogió por sorpresa. Si respondía que 9 o 10 podía parecerles que ejercía de víctima digna de la mayor compasión. Para nada pensé en que una valoración así era la que correspondía a mi caso. Supuse que aùn quedaban experiencias mayores a la del dolor que padecía, y respondí dubitativo que un siete podía ser mi caso. Creo que a la doctora le gustó mi valoración, alejaba de su sospecha que intentara impresionarla y, en consecuencia, tenerme compasión y tratarme como un paciente especial. Ganamos en confianza y sigiò la entrevista. Preguntas sobre mi estado social, económico, de creencias religiosas, pudieron parecerme, en un principio, inconvenientes, pero las acepté como necesarias para situarme en un plano humano completo para ellas.

Y pasaron al tratamiento que, supuestamente, mitigaría mi dolor. El listado de medicinas es irreproducible, y no lo voy a describir. Sí el resultado, pues éste es lo que se pretendía.

El resultado, siguiendo estrictamete el tratamiento, es alentador, pues el dolor ha desaparecido, y ya sólo me queda esperar cuándo dejaré de ser dependiente del preñado botiquin que me ha de acompañar hasta un milagro o el The End.

Esos dos ángeles harán un seguimiento periódico de mi situación, ajustando lo necesario. Y yo pensaré que si Dios murió, quedaron dos ángeles para cuidarme.

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