Yo, Alejandro. Soliloquio

Buscando mis raíces literarias, desempolvo una de mis novelas, «Yo, Alejandro», y me encuentro este Soliloquio de Alejandro en el comienzo de la segunda parte de las dos en la que se divide la obra. Han pasado muchos años, y me planteo , al leerlo,  si hoy estoy de acuerdo con Alejandro en todo lo que afirma y en todo lo que duda. Alejandro fue un personaje muy querido por mí, al que le pronostiqué un largo recorrido. Luego que se quedó varado en mi antigua WEB, llegué a la conclusión que en el campo de la ideas universales, la anomia obliga al individuo aislado a buscar sus propios recursos epistemológicos para calmar su inquieto espíritu. 

En algunas cosas que aquí se dicen, sigo estando de acuerdo, en otras tengo mis dudas, rechazo frontalmente otras; en definitiva, yo sigo siendo José , el autor, y Alejandro el personaje. Digo esto, para que este soliloquio que extraigo de la obra y pongo a disposición de mis pacientes lectores, no sea tomado como una exposición exhibicionista de mi pensamiento. Sirva, pues, para el debate general de las ideas que contiene.

***

Quiero tomarme tiempo para reconducir el proyecto que, de forma tan simple y abrupta, Ana lo ha puesto en entredicho y tambaleante. En realidad, yo mismo me había dado un tiempo breve, como no podía ser menos, para determinar la importancia de un empeño que siempre me pareció imposible, y un tiempo un poco más dilatado para lo que sí estoy seguro que puedo conseguir, aunque tendré que definirlo. Porque, me he preguntado, claro está, ¿qué objeto tiene buscar la verdad? ¿Existe y qué es la verdad? El hombre, siempre, se ha conformado con medias verdades o se ha inventado completas mentiras para procurarse felicidad, paraísos artificiales, destinos más allá de su muerte o, simplemente, tranquilidad para su inquieto espíritu. Gracias a ello vive o malvive el día a día, sin los previsibles grandes desasosiegos que tendría de haberse aproximado al abismo de lo inexplicado, que por tantos y tantos siglos se ha estado preguntando. Esa condición del hombre ante su trascendencia, parece ser la conducta universal, salvo para unos pocos que se arriesgaron a bucear en ella y que debieron, como nadie, sentir el ahogo de su espesa contextura. En algo no había pensado hasta ahora: a las células les debe repeler el encuentro con la verdad y, o la ocultan celosamente, o carecen de medios para conocerla.

Puede ser que en la fábrica del conocimiento, colectivos de  células trabajen incansables  para descubrir la verdad de su existencia, concretada en algo tan simple de formular: ¿por qué? Y eso, por paradójico, es otro misterio.  Aun así, la intuición parece postular que, por voluntad o por accidente, el hombre cada día se aproxima más a interpretar los algoritmos de muchos de los misterios con los que ha convivido, ¿por qué no hacerlo también con éste? Pero también la intuición te susurra que el día que el hombre conozca la verdad, probablemente se habrán acabado las ilusiones, los sueños, la esperanza; no tendrán sentido los ideales, los objetivos que el hombre se marca para su descendencia, porque el futuro será  un simple conjunto de hechos estadísticos, accidentales, fortuitos, espontáneos, mecánico-físicos, mecánico-químicos, no previsibles anticipadamente; contingentes en suma. Sí, la verdad puede ser más tenebrosa que su insondable avaricia de ocultarse. ¿Quién ha pensado alguna vez en lo que se encontraría más allá de la verdad? ¿Qué harían entonces las células? La simpleza de mi razón me dice que, individualmente, lo mismo que hacen ahora. Sí todas esas argucias que elucubran en conjunto, forman parte de la batería que venimos en denominar supervivencia, ¿se podría llegar a la conclusión que toda trascendencia no es más que un rechazo al desorden? Podría suceder que los pensamientos que ahora no son ni verdad ni mentira, tan sólo especulativos, pasaran a ser sólo verdad, verdad en torno a unos pocos principios intranscendentes, puramente mecanicistas, como ha apuntado Ana sin desearlo. En tal circunstancia, la idea de  mundo, sociedad, hombre, sería una gran y pretérita  mentira, y quizá sólo se impusiera una gran verdad y una pequeña: el Cosmos sería la grande, y nosotros, forma infinitamente pequeña más del Cosmos, la pequeña e insignificante. Por eso, al contrario de lo que Ana disfruta, yo soy consciente de que para mí ya no existen ilusiones, y esto porque he encontrado una verdad escuálida para mí sólo, después de la cual, la felicidad se ha quedado diluida en bienestar soporífero; el futuro que me importa es el inmediato que se puede vivir;  la  no esperanza me impide soñar con un futuro lejano. A veces, pienso que soy un extraño caso de anticipación de lo que el hombre será en el futuro con su verdad universal a cuestas, una lúgubre e ínfima carga sobre un miserable meteorito errante en el Universo. Quizá el hombre, inconscientemente, ya ha ido demasiado lejos en pos de la verdad, y todos los paraísos que había soñado se están esfumado como bengalas que estallan. Pensando así, ¿qué puedo esperar hacer a partir de tales reflexiones? Ni siquiera puedo jugar a ser un  dios; ¿qué sentido tiene? Los dioses se dan por muertos o viven apáticos ante su propia obra ¿Qué más me da ser una cosa u otra,  un cuerpo, una célula, un puñado de átomos? Una vida tan accidental no merece la pena ser vivida, sólo aferrándose a una concreta forma de organización de la materia, como un imán  aferrando las partículas de hierro.  ¿Y qué  puedo hacer? Mi vida, además de accidental, ha sido miserable en la clasificación que del comportamiento hacen los hombres. ¿Pude ser diferente? ¿Tiene algún significado el comportamiento? ¿Se puede evaluar, premiar, castigar? Quizá, pero ¿para qué y por qué? Si comprobara que la vida de los demás seres humanos no es menos miserable que la mía ¿me puede consolar, si algún desconsuelo me puede causar el pensar en la  diferente suerte de los demás, que pudieron andar otros caminos? Eso sí puedo intentarlo, lo que fui habría sido sólo cuestión de suerte, o mala suerte en mi caso, pero ¿vale la pena? Si he sido un miserable porque no pude ser otra cosa, y soy consciente de ello, ¿no es suficiente motivo de tranquilidad? ¿Por qué no lo es y, más bien al contrario, el ser consciente me desasosiega? ¿Dispongo de recursos para aceptarlo, sin más, y no morir atormentado? Para buscar esa paz, aunque sea como ultimo empeño en el que me embarco en la vida, fue que creé este mundo. Esa es mi verdad. Después de una vida de éxito en todos mis empeños, sentiría haber fracasado en conjunto si no encuentro la paz de espíritu que necesito y busco. ¿Qué logro es el que debo alcanzar en mi mundo que no alcancé en el otro? Podría aquí cambiar todo mi comportamiento anterior, pero ¿y la memoria? ¿Puedo olvidarme de lo que fui en el otro mundo? ¿No es ese el castigo, recordarlo siempre, con el que se induce a los hombres en el otro mundo respecto a la otra vida llamada eterna? Yo no he creado mi mundo como un paso previo de purificación para no tener que lamentarme en esa vida eterna indemostrada. Mi mundo no puede ser otra cosa que la herramienta que he diseñado para vencer mi inquietud, pues que la tengo y no la puedo soslayar, como tampoco puedo soslayar el hambre que sentiría si no comiera. Pero, ¿por dónde debería venir lo que necesito? ¿Y si demuestro que la miseria es una común condición humana o, al menos, inevitable para el que la padece? Sí, sí, ¡eso es!. De paso justificaré toda mi vida y podré morir en paz, ¿qué mejor objetivo puedo alcanzar antes de  que llegue el momento de retirar la vara de la que pende mi muerte y encontrarme abrazado a ella? Morir en paz conmigo mismo debe ser mi gran objetivo, sí, lo quiero y debo vencer. Los hombres apuran sus últimos alientos en reconciliarse consigo mismos, sin conseguirlo; sólo los ingenuos intentan reconciliarse con los demás.

Y también, por ser consecuente, porque el ser consecuente, al menos con mi consciente, me hace decir que aquellos propósitos del hombre, que le relacionan con su pretendida trascendencia, siempre se quedaron en formulaciones vanas, para las que, en algún caso, encontró eco entre los suyos, los débiles de espíritu a la búsqueda de gangas con el menor esfuerzo. En algún lugar, un ente desconocido, burlonamente, se ha estado sonriendo desde que al hombre le dio por pensar; un profesor  que se las sabe todas y que maneja una verdad que nosotros desconocemos, o que sabe que el desarrollo de esa verdad tiene unos límites infranqueables cuidadosamente establecidos. Así que, como los hombres de ciencia que deciden no perder más tiempo proyectando lo imposible, como gato escaldado que del agua fría huye, al menos en el caso de un hombre como yo, que hubiese querido manejar desde el inconsciente de lo posible cualquier certeza imposible, voy a ser consecuente. A partir de ya mismo, sin más dilación ni intentos fútiles, el Alejandro payaso que se perfilaba, va a ir poco a poco despojándose de su máscara y apareciendo como el ser que sólo puede tener lástima de sí mismo; el hombre paradójico,  el imbécil universal que ya no puede hacer daño, como cualquier imbécil viviendo en su mundo. Mientras  ese hombre despojado de todas las máscaras llega, tendré que hacer algunas payasadas más, ridículas como no podría ser de otra forma; el público, me refiero al resto de los personajes que me han de acompañar y que me observa, no demanda otra cosa de mi actuación, y sólo espera que me derrumbe y les deje recoger los despojos. Tampoco Ana, la Ana idealista, dejará de despertar a la realidad a los sones de la codicia. Seguiré sirviéndome de las contradicciones para refrescar o mitigar el desasosiego que ha de sentirse ante un fracaso no esperado, al menos tan pronto; como si yo hubiese dado esperanza de ofrecer un peldaño más que acercara al hombre a la cima. Sísifo debió darse cuenta de su inútil empeño, y habría hecho bien en desistir a la primera ocasión y así no hacer el ridículo.

Nota: La novela completa se encuentra en este blog, en la carpeta Novelas

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