A un futuro piloto, de su abuelo

Mi nieto está pasándolo mal. Cuando eligió ser piloto de lineas comerciales no sabía, no sabíamos dónde se iba a meter. No es una carrera universitaria, que lo es, como las demás. La escuela pretende de los alumnos que desistan o que aguanten. Algunos desisten ya en primer curso y aún no han pasado lo peor. Mi nieto supero ese primer curso en unas circunstancias que a cualquiera le habrían derrotado, con consecuencias imprevisibles. Después de años estudiando en un colegio inglés, al terminar no obtuvo las certificaciones correspondientes  al último curso, porque la directora, una inglesa impresentable, seguramente una neurótica borracha,  se durmió o se le olvidó enviarlas a tiempo a la Universidad de Oxford y de Cambridge para que las compulsaran. Mientras su madre discutía con estos centros que su hijo no era culpable y en la situación que le dejaban para su acceso a la Universidad, la respuesta de una de ellas fue que lo sentían, que las normas les impedían compulsar lo que había llegado tarde. Otra de esas universidades, quizá con el humanismo que se espera impere en una universidad, propuso a mi nieto que se examinara de nuevo en delegaciones inglesas habilitadas a tal efecto.

Mi nieto superó esa prueba y pudo acceder a la Universidad.  Ya estaba finalizando el primer trimestre al que había asistido condicionado a regularizar su situación académica. Su esfuerzo, me consta, fue titánico. Con esa incertidumbre, tuvo el arrojo de llevar sobre sus espaldas la infernal carga de preparar los exámenes que le exigía la Universidad inglesa y los propios de la Escuela de Pilotos. El curso, felizmente, terminó con notas sobresalientes y notables. Su familia no podía estar más orgullosa de  él.

Tocaba descansar en el verano y prepararse para el siguiente curso de cuatro. Después de lo pasado en el primer curso y las excepcionales circunstancias por las que hubo de pasar mi nieto, se aventuraba un plácido segundo curso, más propio de una Universidad convencional. No fue así, porque una escuela de pilotos es un centro donde tienen que hornear a unos jóvenes que van a asumir una grandísima responsabilidad conduciendo esos increíbles aparatos que transportan por el aire a cientos, a miles de personas. Y entre otras cosas, tiene que demostrar fortaleza ante las adversidades, nada de eso es exigible en otras disciplinas universitarias.

El segundo curso, ya terminando, está poniendo más, si cabe, a prueba a mi nieto y todos sus compañeros y compañeras, que féminas con muchos ovarios también las hay. Imaginad que tengáis que estudiar seis asignaturas de lo más extraño que existe como estudio. Y  no basta aprobarlas como en cualquier carrera, el alumno debe superar un 75 % para pasarla. Parece una prueba de titanes, ¿verdad? Pues ahora evaluar lo siguiente: los alumnos van a la escuela en jornada partida. Esas asignaturas y exámenes correspondientes los han de hacer en la tarde, hasta las 10.30 de la noche. Deben ir a la residencia, cenar la cena que les han guardado en el frigorífico y acostarse enseguida, porque al día siguiente, a las 7.30 de la mañana comienza la otra parte de la formación: Pilotar. Antes deben superar las instrucciones de vuelo. Luego comenzar pilotando con un instructor al lado, para que, una vez el alumno tenga soltura y, sobre todo seguridad, pilotar solo, cada vez superando pruebas más complicadas, como parar motor en vuelo, y salir de esa situación.

Mi nieto ya está en esa fase en la que la escuela comienza a confiar en él. Vuela todas las mañanas, y eso, en lugar de estresarlo y dejarlo como unos zorros para la pesada jornada de la tarde, le inyecta un plus de adrenalina.

Pero el cuerpo se resiste a pasar todas esas prueba  sin protestar, y mi nieto no  oculta que todo ese esfuerzo le hace, no claudicar, pero sí expresar lo que sufre.

Si alguno de vosotros, un día, se entera que el piloto que lleva vuestro avión es un tal Daniel Diez, podéis dedicaros, con tranquilidad, a ver las películas que ofrece la compañía aérea; el piloto de ese avión es un piloto seguro.

P.S. No es un cuento, no es una historia, no es un relato, es el orgullo de un abuelo que tenía necesidad de expresar.

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