No soñar

Ayer me desperté y no supe quién era. El afán de notoriedad moría en mí. Por no saber, no sabía cómo me llamaba, si era hombre, mujer, pájaro, agua, fuego , aire. Tampoco reconocí el espacio, los muebles, la tenue luz que entraba por la ventana. Me toqué y no sentí cuerpo físico. Si tenía ojos, no veían, si tenía oídos, no oían. Quise levantarme y no pude sentir que me despegaba del lecho. ¿Estaba muerto, o muerto aparente ? Tampoco supe definir mi estado: hombre, mujer, joven, viejo, soltero, casado, viudo, homosexual, hetero, ambos. Podía estar muerto, única explicación. Pero pensaba, poco, pero era consciente de mis limitaciones conceptuales y sensoriales. ¿Cómo podía aprovechar esa mínima actividad cerebral para sentirme ser? ¿Y si concluía que no existía, que sólo una ínfima parte, física o espiritual, quedaba de mi en un espacio que ya no era nadie ni nada que lo alterara mínimamente? ¿Era eso la segunda vida de la que había oído hablar? ¿Tenía algún sentido?

Hoy me desperté y pude pensar con claridad sobre lo que ayer me había sucedido. Puede pensar sobre los efectos, no sobre las causas. En pleno uso de mis facultades como ser, he concluido que ayer no había dormido y, por tanto, tampoco despertado. Debí tener una alucinación motivada por mi escepticismo. ¿Y cómo me curo de eso? Sólo hay un remedio: no soñar, ni despierto ni dormido.

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