Y Roberto despertó

En los días que siguieron, Roberto vivió en un desasosiego permanente. Los chats con Rosa se espaciaron, no encontraba la forma de hacer compatible aquellas ligeras y desinhibidas conversaciones de antes con una realidad nueva a la que tenía que hacer frente. Tenía un par de meses para preparar un encuentro en las mejores condiciones posibles, hubiese sido insensato no hacer nada, salvo esperar el momento del encuentro con Rosa. No es que creyera que podía revertir los estragos de la edad, pero algunas cosas eran mejorables. Su sobrepeso le daba una figura que contrastaba con la grácil de Rosa. Se fijó un dieta severa, se apuntó a un programa intenso de Gimnasio; necesitaba bajar su peso unos 15 kilogramos. Se miraba con frecuencia en el espejo y encontró que dos cosas pedían algún tipo de remedio: quizá un peluquín, no muy ostentoso, que tapara la calva con muchas manchas de pigmento de melanina senil. Lo segundo, e inevitable, suprimir una verruga que le había salido a la izquierda de la nariz, casi como un garbanzo, diagnosticada benigna, pero que ya se había acostumbrado a ella hasta entonces y siempre dejó el suprimirla para otra ocasión. En su farmacia habitual pidió consejo para un tratamiento intensivo de su cara; aquella piel hirsuta le daba un aspecto rechazable, incluso ante un contacto mínimo con la nacarada piel de Rosa. Roberto rechazaba cualquier veleidad de tipo sexual que le venía a la cabeza; encontraba que pensar en algo así mancillaba la idealización que había ido forjando en su larga relación con la joven. Nunca había pasado de insinuaciones que terminaban en «si yo pudiera…» A rosa le gustaba provocarlo planteando supuestos inverosímiles, que terminaban provocando la risa de ambos. Pero ahora se iban a encontrar, y en la cabeza de Roberto sonaba de forma reiterada la frase de Rosa: «estas cosas mejor improvisarlas». ¿Qué podían improvisar en aquel encuentro? A Roberto, incluso, le desagradaba pensar en hacer el amor a Rosa; él caería muy cerdo y ella muy putilla, no había otra definición para algo así.

Todo lo que planificó Roberto lo fue realizando con disciplina espartana; lo descrito y algunos otros detalles menores, como vestuario, elección de restaurantes donde comer, visitar algún lugar típico de la ciudad… Cada día apuntaba en una libreta algo nuevo que se le ocurría.

En los chats que siguieron Roberto se mostró distante; Rosa, en cambio, parecía excitarse más a medida que se acercaba el momento. Roberto, porque no quería alimentar expectativas infundadas; Rosa porque era en ella natural jugar aquel juego divertido.

Un par de días antes de la fecha fijada para volar a Madrid, Rosa le dijo a Roberto que se alojaría en una residencia de estudiantes que, para aquellas fechas de vacaciones, estaría vacía de estudiantes habituales. A petición de Rosa, Roberto le facilitó un teléfono de contacto, le llamaría para quedar y encontrase. Este detalle aumento más, si cabía, la inquietud de Roberto; ya no era un futurible, se veía real y a fecha fija.

Y el teléfono sonó, el contestador automático se puso en marcha, era Rosa al otro lado: «viejo, que ya estoy aquí, y qué cerquita de vernos de verdad, no como imaginamos tantas veces. Si te parece, he visto que cerca de la residencia hay una cafetería que se llama «Afrodita». ¿Curioso nombre, verdad? Pero, querido, no estaré sola, una amiga íntima conoce nuestra relación y le excita la posibilidad de conocerte, ¿no te importa, verdad? Bueno, pues estaremos sobre las 8 de la tarde, que ya habremos acabado con el programa fijado para el viaje. Chao, querido, te espero impaciente.

Roberto no fue a la cafetería Afrodita, tampoco abrió el ordenador ni escuchó ningún mensaje telefónico. Por algún tiempo visitó a un psicólogo que le ayudó a superar aquel sentimiento de … ridículo. La realidad le devolvía su yo, tan vanamente desfigurado.

2 respuesta a “Y Roberto despertó”

  1. Hoy estoy redactando un pequeño editorial para el programa de radio sobre refranes mexicanos. Y aplicando a mi presencia acá, el indicado sería : más vale llegar a tiempo que ser invitado..
    El tema me motivo. Esto pasa cuando un escritor maldito trata de recorrer otros caminos…surgen híbridos extraños. Como el chef que confunde tomillo con orégano…, Mera suposición.
    Entendí, José, que buscabas una opinión. Ya la tienes. Rosita está impecable como personaje, en consonancia de principio a fin: conjuga notas de coquetería y realidad. Quien falla es «Roberto» no tuvo base alguna para esa media metamorfosis física. Tomando mi lista de refranes agregaría: viejo cebollón con cabeza blanca y rabo verde. El hecho de no acudir a la cita es el clásico dilema de quedarse con una fantasia a medida o cambiarla por una realidad imperfecta. A lo mejor Rosita iba en plan meramente exploratorio, sin otras intenciones, y conocer al verdadero Roberto, sin recursos falsos de estética. En fin, nada de lo que se escribe es casual. Pa chongos, los zamoranos (dice otro refrán) éste si puede decirte algo.

    1. Lo de los chongos zamoranos (yo soy zamorano) es, al parecer, un postre típico de un lugar de Mexico. Lo que me dice, Rebeca, es que Roberto no pensó en los imponderables y se le fue la mano. Luego pasa lo que pasa, que el hombre no es más tonto porque no se entrena. Me refiero a su trato con la mujer.
      Rosita está impecable, dices, desde luego que sí, en su papel de putilla cibernética que sólo ofrece humo. Y Roberto, pues el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, a los viejos ya no nos queda otra que colocarnos con ese humo, como si fumáramos marihuana.
      Este blog es público, por tanto, tus comentarios, Rebeca, son bienvenidos, siempre.

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