A petición de Silly (2001)

Escribí este relato en 2001 y lo presenté en sociedad, a sabiendas que para algunos miembros del grupo les iba a parecer sacrílego, irreverente. El dios de los creyentes es inconcebible como el que yo presento, un ser humanizado, ignorante de muchas cosas de sus criaturas, admitiendo haber cometido errores en la creación, y hasta capaz de reírse como cualquier padre se ríe con las ocurrencias de sus hijos. No fue como esperaba y que me daba igual, aceptaron de buena gana mi intento de desacralizar a ese dios que les atemorizaba más que les daba amistad y sosiego. Hoy, supongo que el relato no pasa de anecdótico.

El título no puedo explicarlo, no recuerdo qué o quién era Silly

A petición de Silly, paso a relatarles la historieta que le conté a Dios

Como quiera que Dios me dispensó de contarle una de curas al ver la cara de susto que puse, me dijo condescendiente.

-Bueno, dejemos a los curas, que la verdad, sólo oír de ellos, creo que no me iba a hacer gracia. Cuenta lo que quieras.

-¿Quieres que te cuente una de los foros de Internet? ¿Sabes lo que es Internet?

-De oídas. Mucha gente que viene aquí lo echa en falta. Pero es que aquí, como todos somos espíritu, pues no tenemos máquinas. Pero cuenta, cuenta.

-Sí, lo comprendo. Hay tal adicción en algunos a eso de Internet, que muchos andarán colgados con el mono.

-¿Qué es eso de colgados con el mono?

-Pues… una dependencia acojonante, como si les faltara aire.

-Comprendo. También se quejan  de no poder hacer el amor carnal, pero es que como aquí sólo son espíritu…

-No había caído. Una cosa trae la otra. 

-¿Qué quieres decir?

– Qué entre los vivos hay mucho reprimido. No se comen una rosca con el cuerpo por diversas causas y han encontrado en Internet la forma de follar.

-¿Qué es follar?

-Hacer el amor

-Hacer el amor carnal, quieres decir.

-Bueno, no exactamente; follar por Internet es como hacerlo con el espíritu. La gente se calienta con poesías llenas de metáforas sugestivas, y la imaginación les lleva a orgasmos íntimos, solitarios. Si aquí tuvieran Internet, pues la cosa cambiaría, aunque sólo sean espíritu.

-Comprendo. Veré de arreglar eso. 

-Bueno, pues te cuento.

-Te escucho.

– Pues resulta que un hombre y una mujer entraron en contacto a través de Internet y en un foro de esos. La mujer era muy cursi, muy cursi…

-¿Qué es una mujer cursi?

-También hay hombres cursis. Un hombre y una mujer cursi es algo así como una rosa o un clavel con un lacito rosa o azul prendido del tallo.

-Ya. Entiendo la metáfora. Son cosas de los jóvenes, la inmadurez, el romanticismo. Sigue.

-No creas, Dios, también se dan casos en más de cuarenta.

-¡Jo, eso si que es grave! ¿Hasta ahí hemos llegado? Veré la forma de arreglar eso

-El hombre, en cambio, era un cabrón, así como yo, más basto que una magdalena de esparto.

-¿No serías tú el de la historia?

-Pues… sí… ¿te importa?

-Sólo si no me hace reír.

-Sí, el hombre era yo. Intentaré no defraudarte. La mujer cursi no paraba de mandar poesías sugestivas, como digo, algunas tórridas. Yo, al principio, me metía con ella de la forma más desconsiderada y cabrona  que me caracteriza. Ella, lejos de ofenderse, seguía mandándome más y más poesías cursilonas, a la vez que sensualotas. Yo seguía dándole caña, aunque la música iba por dentro. Quiero decir que alguna de sus poesías se me enganchaba en los bajos…

– ¿Qué son los bajos?

-Los bajos… instintos, iba a decir.

-Quieres decir en los huevos. Déjate de metáforas, que no estás en Internet y voy a dudar que seas tan cabrón como presumes.

-Pues… sí, eso quería decir, Dios. Pues en los huevos. Y claro, uno que no es de piedra, pues empezó primero con eso de los orgasmos solitarios. 

-A masturbarte. Te digo que dejes las metáforas, ¡joder! Que estoy harto de metáforas cuando los hombres se dirigen a mí.

– Vale, Dios, no volveré a pecar de eso…Es que uno no sabe…. 

-Pues ya lo sabes; al grano.

-Todo siguió así por algún tiempo: ella dale que dale con sus poesías y yo a lo mío. Un día, la mujer me escribió de forma privada confesándome que me amaba, que era una especie de diablo que la tenía seducida. Yo le contesté que ella también a mí por ser un ángel.

-Los ángeles no son así de cursis, ya lo comprobarás, y bastante cabreados los tienen los hombres que los utilizan en sus metáforas. Sigue.

-Por ser tan delicada, entonces. Y seguimos carteándonos, pero ya no como en el foro, sino de tío a tía, con todas las desinhibiciones que te puedes imaginar.

-Sí, no me las cuentes, que me las imagino perfectamente. Sigue.

– Entonces, como llegó el caso que estábamos los dos que nos comíamos la pantalla del ordenador, decidimos encontrarnos en cuerpo y espíritu para mejor conocernos.

– Que te dejes de ambigüedades, joder. Quieres decir para follar, que ahora ya me sé el término.

-Pues sí, Dios, para follar, que es que ya no aguantábamos más, ¿lo comprendes, verdad?

-Claro que lo comprendo. Yo os puse ese instinto, aunque principalmente para que tuvierais descendientes. Pero se me fue la mano, como en otras cosas, y los hombres le sacan todo el jugo que pueden a mi error. Sigue.

-Sigo. Decidimos encontrarnos en una ciudad equidistante. Yo reservé el hotel y quedamos allí después de fijar el día y la hora. El encuentro se produciría en el hall del hotel. Para identificarnos, ella llevaría  un lacito rosa en la muñeca y yo un pañuelo azul en la mano. 

-Un poco cursi, ¿no?

– Desde luego que sí, pero pensamos que esas dos prendas no es común exhibirlas en público, y no queríamos enojosas equivocaciones con otras personas. Piensa, Dios, que íbamos a estar los dos tan excitados, que no respondíamos de nuestros impulsos. Y llegó el día, la hora, el hotel, el hall. Yo me presento con el pañuelo azul en la mano, como Pavaroti. Oteo el ambiente en busca de una mujer con un lazo rosa en la muñeca. No veo ninguna. De repente, algo llama mi atención. No puede ser, me digo. ¡Joder, no puede ser!

-¿Qué no podía ser? Me tienes en ascuas.

– Que era un tío remilgado el que llevaba el lacito rosa colgando de la muñeca…

Y  Dios se puso a reír como no lo hacía desde el alba de los tiempos; tanto, que me permitió volver al mundo de los vivos a ver si tenía mejor suerte. THE END.

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