anabel

Anabel hace honor a su apostrofado nombre; es una mujer bella. Une a su belleza la juventud; una juventud a la que apuntan ya más realidades que promesas. Además, ella asegura en sus círculos íntimos que es virgen, y nadie está allí para desmentirlo. Es inteligente, alegre e hija única de padres ricos. Todo puede ser explicable menos ser virgen. Pero lo es. ¿Cómo puede ser eso? Ella, con pocas ganas de hablar del tema, dice que preserva su virginidad para el hombre que acepte por esposo. Pero para que ella se case, el hombre también deberá ser virgen.
Los amigos y amigas se sonríen:. “¿Cómo podrás tener la certeza de que un hombre es virgen?”, le preguntan a la vez que le sugieren la imposibilidad. Creo que estás perdiendo el tiempo. Los hombres son capaces de mentir sin que se le note la mentira. La fisiología del hombre no manifiesta un estado de virginidad o la pérdida de la misma”, le dicen entre otros razonamientos. Anabel, en lugar de contrarreplicar con argumentos contrarios, se limita a encogerse de hombros. Este encogerse de hombros hace pensar a los escépticos que Anabel va por la vida de farol en ese asunto, pero nadie puede demostrarlo. Alguna amiga hasta se atreve a decirle: “Mira, Anabel, cuando creas estar ante el hombre virgen de tus sueños, lo que te sucederá es que preferirás creerte que es así” Anabel no responde y vuelve a encogerse de hombros. Un extraño comportamiento, ¿verdad?
Anabel tiene hombres en su entorno que la aman, se insinúan, la pretenden. Pero debe conocerlos bien, sabe de sus amoríos fallidos, de las mujeres con las que estuvieron antes y deducirá que ninguno es virgen como ella, a la que no se le reconoce ningún idilio previo. Naturalmente, a ninguno de esos hombre se les ocurre presentarle la credencial de ser virgen; lo más que hacen es tratar previamente de convencer a Anabel de que eso que mantiene es un anacronismo, una tontería. Pero Anabel debe darse cuenta. Como comprenderá el significado de las sonrisas de sus amigas, que no vienen sino a ocultar su sentimiento de considerarse agredidas por la “pretenciosa” postura de Anabel. Si, al menos, Anabel adujera razones morales… Anabel nuca mencionó estas razones; en realidad hace confesión de agnosticismo. Cuando, en alguna ocasión, alguién le preguntó: “Anabel, ¿por qué esto es tan importante para ti?” Ella, en lugar de encogerse de hombros, se decidió a responder: “No lo sé, supongo que es una fijación mía, como para otra mujer fijar otra condición para amar a alguien”. Esta respuesta podía ser entendible por cualquiera, pero no para el que la escuchaba, que, sin argumentos, se limitaba a encogerse de hombros también.
Un día, en una reunión de amigos con motivo de un cumpleaños, a Anabel le presentaron un joven desconocido para ella. Se lo presentó su mejor amiga. Previamente, esta amiga le dijo a Anabel: “ te voy a presentar a alguien como lo que tu buscas, además es guapo, inteligente y con una buena profesión”. Anabel, le preguntó a su vez: “¿Cómo sabes que es lo que busco?” La amiga le sonrió: “Porque yo estuve con él, no tuvo más que pedírmelo, incluso ni pedirlo, hacerlo, y me dijo las mismas idioteces que dices tú. Sois tal para cual, y con tu pan te lo comas”
¿ Fue convincente la amiga para Anabel?
Anabel debió tener sus dudas; podía ser una estratagema de su amiga para que dejara de ser ofensiva para las demás mujeres, en particular para ella, con su virginidad como mérito. No obstante, Anabel y aquel joven se conocieron en la fiesta y debieron sentir una atracción recíproca que se tradujo en una amistad primero y lo que para todos era un noviazgo después.
Pero algo sorprendente sucedió. Un día, ambos rompieron la relación. Los amigos y amigas de ambos se preguntaban qué había sucedido. Todos estaban persuadidos que había sido por algo relacionado con la virginidad, pero, ¿por parte de quién? Ambos, por separado, se encogían de hombros cuando alguien preguntaba, lo que exasperaba a los intrigantes curiosos. Alguno, más osado, cuando en ausencia de ambos se comentaba el tema, llegó a suponer que ambos habían sentido perder aquello, porque para cada uno era su bien más preciado, no objeto de trueque equilibrado. A lo que otro, en repuesta a lo anterior escuchado, quizá enfadado por tanta sandez, exclamó: ¡Serán maricones…!
Alguien más, afirmando con la cabeza, añadió: “Inconfesos”. Y todos se miraron boquiabiertos.