Cuento nada retórico, para mayores con reparos

Estas y parecidas cosas  escribía yo en 2001, pero no penséis que para consumo propio, guardadas en una caja fuerte para que no vieran la luz cegadora de la crítica; no, tan pronto las terminaba, las daba a enviar sin pudor, sin encomendarme a ningún santo ante el previsible chaparrón que podía venirme encima. Disfrutaba de mi libertad de creación, y hasta me regocijaba imaginando las caras de algunos lectores ante tan insólito desparpajo, soez incluso. Curiosamente, cuanto más canalla me expresaba, mayor era el éxito de público. Llegué a pensar si también los lectores se sentían más libres después de leerme.

En fin, perdonad la osadía, si a alguien se le paró el reloj. Hoy todo ha evolucionado, y ya nadie conoce el significado de la palabra escándalo. 

El cuento se lo dediqué a una tal Tazz, que lamento no recordar si me retiró el saludo o se convirtió en mi incondicional.

***

Erase una vez (todos los cuentos deberían comenzar así) un hermoso hombre, pongamos que de 60 años, que escribía cosas, las más de las veces de tintes transcendentes. Tambíén algún poema cuando se le hinchaban los cojones al comprobar cómo  se despreciaba su pensamiento sutil y profundo, quizá porque los demás andaban en otras cosas más prosáicas, casi todas situadas entre el corazón y la entrepierna. El bello viejo estaba desesperado y no sabía qué rumbo tomar: si dejar la transcendencia y dedicarse a escribir en columna jónica, o mandar a tomar por culo todo lo relacionado con escribir y dedicarse a emparejar hormigas con cucarachas.

Y lo que son las cosas (tenía que poner “lo que es el destino”, pero el término es retórico) El viejo, antes de que adoptara ninguna drástica decisión, se topó con una tía, pongamos de cuarenta años, que diz los que la soñaban era una hermosa mujer, llena de encanto  e inteligencia; un mirlo blanco, vamos. Ya se imaginan  que la forma de toparse uno y otro fue como se topan ahora hombres y mujeres que no se comen una rosca: por Internet.

Y el buen hombre y la buenorra cuarentañera se dieron a los juegos virtuales.

Que si esto, que si lo otro, mensaje va, mensaje viene, Yahoo haciendo de celestina, el viejo y la de cuarenta terminaron medio follando como se hacen estas cosas en Internet: el metiendo su monitor en la pantalla de ella (aquí es obligada la metáfora). Ni que decir tiene que esta forma de follar (disculpen, pero no puedo ser retórico) no les proporcionaba satisfacciones completas y sí algún que otro calentamiento de los bajos. Total, que como estas cosas cuando se ponían así había que darles salida, so pena de quedarse con los huevos y los ovarios medio reventados, y con lo que duelen, ambos terminaban  masturbándose, cada uno por su cuenta, mientras Yahoo permanecía en silencio expectante, como si con él no fuese la cosa.

Pero una noche sucedió lo previsible. Al viejo se le adelantaron las ganas y comenzó a masturbarse sin avisar a la de cuarenta, y Yahoo comenzó a escupir:

–¿Qué pasa?

–¿Te has ido?

–¡Contesta, cariño!

–No me dejes así, cielo

–¿He hecho algo? Di algo, por favor

El viejo miraba de reojo la pantalla mientras seguía sobando su polla, ora con la mano izquierda, ora con la derecha (se cansaba, y disculpen, pero no puedo ser retórico)

De repente, la mujer del viejo entró en el estudio y pilló a su marido de esa guisa y ya casi en trance.

Encabronada de ver tal desperdicio, le dice mientras mira a la pantalla:

–Oye, hijo de puta, ¿qué significa esto? ¿Es esto lo que vienes haciendo desde hace un par de meses? ¿Y quién es esa que se queja?

El marido, al que ya le faltaba poco para correrse (perdonen, pero no puedo ser retórico) hizo un último y violento vaivén y se corrió. Miró a su mujer con cara de sosiego, forma habitual en él de mirarla, y le dijo:

–Maria, esto no es lo que parece. Te explico. ¿Tú sabes lo que es sexo virtual?

–Claro que lo sé –contestó ella  –Lo que vienes haciendo conmigo desde hace no sé cuánto.

Y la esposa , hecha una furia, se fue a la cama. El marido se quedó aún un buen rato cerrando Yahoo, ICQ, Visit, Outlook, MSMedia y un archivo word que se titulaba: “El porqué de las cosas”.

Y el cuento termina aquí, querida Tazz, porque en días sucesivos todo siguió igual, aunque ya la esposa no volvió por el estudio de su marido ni por la cocina; se inscribió en un seminario intensivo que rezaba así: “Aprenda a manejarse por Internet en quince días”

 

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