Donde la verdad puede terminar siendo un cuento terrorífico

I

Leopoldo, Leo en lo sucesivo, es un hombre anormal; anormal, no loco; o loco, pero con esa locura absolutamente racional de los locos que hacen locuras sólo cuando quieren. De él dicen los que lo conocen que es un loco, y no que está loco. Leo utiliza la locura  para protestar, para no sentirse un innominado del rebaño, nunca para joder al prójimo si el prójimo no se ha insinuado públicamente, de lo contrario podrían haberlo recluido en un centro de salud mental. Leo, cuando protesta, no lo hace como todo el mundo. Si algo no le gusta, qué sé yo: de la política, de los precios, del comportamiento de sus vecinos, de un gasto excesivo que ha hecho su esposa… de cualquier cosa con la que no está de acuerdo o le desagrada, Leo, invariablemente, manifiesta su contrariedad subiéndose al tejado de su casa con una pancarta alusiva al caso que le perturba. Y para que no pase desapercibido a nadie, lleva con él un cencerro de considerables dimensiones que hace sonar hasta que se cansa, luego descansa y vuelta a empezar. Y no lo hace a cualquier hora: se levanta con las primeras luces y se encarama al tejado, en el que permanece hasta las doce del medio día, ni un minuto más ni uno menos. Luego baja y suele mezclarse con la gente que desde la calle le mira divertida o enfadada; en ocasiones atiende a algún periodista y se deja filmar por alguna televisión. Es ya todo un personaje popular. Raro es el suceso, político o social, que no tenga su réplica en la pancarta de Leo y luego divulgada por los medios: «Hoy la pancarta de Leo decía tal o cual cosa». Los políticos le temen por la gran difusión de sus protestas, y cualquier persona que es objeto de su atención, manifestada de forma tan peculiar, se abochorna, pues sus sentencias son inapelables. Es ya una especie de conciencia colectiva y un oráculo al que se le consulta para tomar posición ante los más variados temas. Sí algún día deja de subir al tejado, la gente se preocupa por él y llaman a su casa para interesarse por su estado. Hoy es uno de esos días en los que Leo no ha aparecido en el tejado. Seguro, piensan todos los que le siguen, Leo está enfermo, y alguno se decide a pulsar el timbre del intercomunicador del portal de su casa. Al otro lado, una voz de mujer pregunta quién llama y qué desea. «¿Está enfermo Leo?, pregunta el interesado. «No ¿Por qué?», pregunta la voz femenina. «Como hoy no ha aparecido en el tejado…», medio aclara el interesado. » Pues… no, no está enfermo. Hoy no ha aparecido en el tejado  porque no tenía nada que decir», dice la voz femenina desde el otro lado. «¿Es usted su esposa?», vuelve el interesado a preguntar. El interesado espera la respuesta en vano; nadie responde. Los que presencian la escena se intercambian consignas y se van retirando a sus tareas.

Seguro que mañana habrá una gran expectación; conociendo a Leo, mañana puede que proteste de sí mismo, por primera vez, y eso constituye una gran novedad.

II

La mañana ha amanecido lluviosa, desapacible. Pero allí está una multitud, esperando que Leo se encarame al tejado y muestre su pancarta. Hay cámaras de televisión, fotógrafos con teleobjetivos, madres con sus niños madrugados, hoy una hora antes de lo acostumbrado, para llevarlos luego a la escuela; no se perderían por nada del mundo la pancarta que hoy debería exhibir Leo, y que según todas las expectativas, habrá de ser la apoteosis de un hombre  fiel a sus principios, que ya es un referente para todos aquellos que luego querrían sentirse coherentes a la hora de enjuiciar los comportamientos, propios y ajenos. Todos dan por seguro que Leo, en esta ocasión, va a hacer un juicio sin paliativos sobre sí mismo. Todos dan por seguro que Leo ha cometido adulterio el día anterior y que para un hombre que se juzga moralmente intachable, insobornable, certero e implacable en aplicar sus veredictos, no dejará pasar la ocasión de juzgarse a sí mismo y pedir públicamente perdón a su esposa, y, también, a todos sus seguidores por haberles fallado como símbolo de hombre en quien mirarse.

Pasa el tiempo y Leo no aparece. El público comienza a dudar de sus maliciosos pensamientos y vuelve a pensar en una posible enfermedad como la causa de su extraña ausencia a la llamada de su público. Alguien, quizá la misma persona del día anterior, se adelanta a todos para llamar al intercomunicador. Llama varias veces sin resultado. «No contestan», dice volviéndose al público. Muchos miran hacia las ventanas de la planta superior y observan que en alguna dependencia de la casa hay luz eléctrica. Comienzan a intercambiarse suposiciones, pero ninguna se refiere a la posibilidad de que se hayan ausentado de la casa. Algunos llegan a pensar que la mujer que atendió ayer al intercomunicador lo ha asesinado; otros, que no quieren contestar porque estarán en la cama, tan a gusto, dado el mal tiempo que hace. Todas las conjeturas son razonables, pero todos quieren saber cuál corresponde a la verdad por la cual Leo no ha aparecido cuando más se le espera. Poco a poco, aquella masa compacta de gente se va diluyendo hasta que ya no queda nadie, ni siquiera viandantes, pues la lluvia arrecia. «A ver si mañana…», se despiden esperanzados los unos de los otros.

III

Si ayer había una multitud expectante, hoy todo apunta a que puede haber un problema de orden público. Media hora antes de salir el sol, por las bocacalles que confluyen en la pequeña glorieta donde está situada la casa de Leo, una riada de gente se acerca presurosa para tomar posiciones privilegiadas. Parece que va a hacer buen día, y como no se habló de otra cosa la tarde noche del día anterior en familia, en los corrillos, en la televisión, en las cadenas de radio y en los periódicos, la convocatoria multitudinaria está asegurada. Naturalmente el suceso ha trascendido a la policía y ésta ha previsto dos actuaciones: guardar el orden e intervenir con orden judicial, en su caso, penetrando en la vivienda, si Leo tampoco hoy aparece.

El sol comienza a parecer por el horizonte y ya todo el mundo dirige sus miradas y sus cámaras al tejado de la casa de Leo. Los optimistas, aseguran que hoy, Leo,  debe aparecer, pues no tiene excusa; los pesimitas, en cambio, piensan, y lo dicen, que Leo tampoco aparecerá hoy y que la policía, finalmente, descubrirá la gran verdad, terrible verdad, que se esconde en el interior de aquella casa. Todos, también, comentan el hecho de estar iluminadas con luz eléctrica las mismas ventanas que estaban el día anterior, lo que da mayor verosimilitud a las opiniones de los pesimistas, que ven en ello una señal de los peores augurios. Los optimistas, no pudiéndolo explicar, se callan.

El tiempo pasa sin que Leo aparezca y la gente comienza a impacientarse. De alguna parte del público, alguien grita: «¡Leo Leo!» y pronto otros se unen  hasta contagiar a los demás. El grito ya es unánime, y con tantos decibelios, que se escucha en kilómetros a la redonda.

La policía ha hecho un cordón humano en torno a la puerta,  y el que parece el jefe, habla por radio, seguramente con la comisaría, para pedir instrucciones. Parece que las órdenes son precisas, pues ordena a sus agentes que extremen el celo para que nadie del público invada aquella zona despejada. Luego, después de mirar al tejado, se acerca a la puerta y, con decisión, pulsa el intercomunicador. Como era de esperar, menos, al parecer, para la policía, nadie responde desde el otro lado. El mismo que ha pulsado el interfono, se vuelve hacia sus compañeros y llama: «Antonio, ven pa cá y abre esta puerta». Un policía sale de entre los demás con una palanca especial, se acerca a la puerta, introduce un extremo entre la hoja y el marco, a la altura de la cerradura, y con un movimiento brusco la descerraja. El que parece mandar allí, ordena al de la palanca que inspeccione el interior y que le informe por radio. El agente, sin abandonar la palanca, penetra en el interior.

El público contiene la respiración, El silencio en la glorieta es espeso, ahora todas las miradas está dirigidas al agente que espera noticias de su subordinado; de su gesto o de su actuación inmediata a la llamada del interior, todos podrán tener los primeros indicios de  su certeza, a la que se aferran sin dar muestras de desaliento. El agente permanece con el radiotransmisor pegado a la oreja; no pestañea, no dice nada, señal inequívoca de que no recibe noticias del interior. Todo el mundo rompe el silencio y empieza a cuchichear. La casa no es un palacio que se tarde varios minutos en recorrer; por el tiempo transcurrido, todos concluyen, incluso el jefe de la policía, que el agente ya debe haberse topado con lo que busca, sea lo que sea, y comunicado a su superior. Sumamente nervioso, el jefe llama repetidas veces: «Antonio, ¿me escuchas?, cambio». No recibe respuesta. «Miguel, entra tú y ve qué pasa ahí dentro», ordena a un segundo agente. El agente Miguel abandona el cordón y penetra en la casa, desenfundando su pistola. De nuevo se establece el silencio entre el público. El jefe vuelve a ponerse en la oreja el radiotransmisor. Pasa el tiempo y no hay noticias desde el interior. Los policías comienzan a ponerse nerviosos. El jefe de aquel grupo envía al interior a dos agentes, que pistola en mano, penetran cautelosos. Entre el público empieza a cundir el pánico y retroceden de la primera línea. Las madres, con sus hijos, se alejan a lugar seguro. El jefe de la policía escucha atento el menor sonido que pueda transmitirle su radiotransmisor. Nada, silencio. El público ya se ha retirado lo suficiente, como para no precisar contenerlo con el cordón humano, así que el jefe de policía ordena a todos sus hombres que entren:  ¡Vamos, adentro, terminemos con esto de una puta vez! Él es el primero en entrar, seguido de los demás, todos llevando sus pistolas por delante. Los policías desaparecen en el interior de la casa. El público no se mueve de la prudente distancia en la que se ha situado. Nadie duda que en breve se desvelará el misterio, pero ahora nadie tiene una hipótesis; están ante el hecho más sorprendente que jamás ninguno tuvo como experiencia personal o colectiva. Los periodistas, las televisiones, las emisoras de radio de todo el país transmiten en directo el acontecimiento sin definir en sus extremos. El trabajo se ha paralizado en las oficinas, en los talleres, en las fábricas, en los comercios, en los hogares; todo el mundo está pendiente de conocer, por cualquier medio audiovisual, la verdad que se encierra en aquella casa, que ya se ha tragado no menos de quince agentes de policía y que no dan señales para el exterior. No ha transcurrido meda hora desde que los agentes entraran, que por una bocacalle se abren paso dos tanquetas de la policía. El público, más asustado si cabe, comienza a correr por las bocacalles, aunque deteniéndose, ya muy lejos de la casa de Leo, en lugares desde los que pueden observar el escenario. La glorieta parece uno de esos filmes americanos en los que la policía se atrinchera, tomando posiciones estratégicas ante un secuestrador armado y con rehenes. Un policía utiliza un megáfono para dirigirse a los habitantes que suponen están dentro de la casa de Leo: «¡Responda, quien quiera que sea, del interior de la casa!» El silencio es la respuesta. De nuevo conmina: «¡Respondan de inmediato o abriremos fuego indiscriminado!». Igual. De aquella casa no salé un sólo sonido ni se mueve nada. Los agentes, las tanquetas, enfilan sus armas hacia la casa. Un helicóptero de guerra aparece en el cielo y sobrevuela a baja altura la glorieta. Ahora sí, se dicen todos en el país, vamos a saber qué misterio encierra esa maldita casa.

Y tú. lector, supongo que también quieres saberlo. Pues vamos a ello.

IV

Por última vez, el megáfono conmina a que los del interior den señales de vida, pero nada sucede. La tanqueta lanza un obús, que penetra por una de la ventanas,  y las fuerzas allí congregadas esperan el resultado. Nadie responde. A una voz, «¡Fuego a discreción!», aquel lugar se convierte en un frente de guerra: disparos de ametralladora, obuses de fragmentación, granadas…      «¡Alto el fuego!», grita el que parece mandar a aquella tropa. Se restablece el silencio. De la casa sólo sale humo mezclado con llamaradas. Las ventanas ya son grandes agujeros por la deflagración de las bombas. No se sabe qué esperan; si alguien estuviese vivo en el interior de aquella casa sería un milagro. Las fuerzas se retiran alejándose de la casa. Nadie parece estar interesado en penetrar en  aquel lugar y comprobar que allí ya nadie puede ser peligroso. El helicóptero, que no ha dejado de sobrevolar, parece detenerse suspendido en el aire, con el morro enfilado hacia la casa de Leo. De su panaza sale lo que parece ser     un misil que, como un rayo, impacta en la casa. En cuestión de segundos, la casa de leo es un montón de escombros.

Las fuerzas allí desplegadas, se retiran.

Alguien del público pronuncia una frase digna de la pancarta de Leo: «Han destruido la verdad que no complace». La gente se retira silenciosa, cada uno con su verdad imaginada.

(JDD 2003)

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