De «Así lo conté» I

EL POEMA

Llevaba, Antonio, muy mal eso de ser deseado por varias mujeres de su entorno. Además, también creía que un vecino cincuentón, de aspecto remilgado, suspiraba por él, llenando su soledad de imágenes fijas. Antonio estaba casado, circunstancia ésta que no provocaba su malestar, pues no se consideraba, por eso, propiedad de su esposa. Su malestar venía de algo poco corriente. Él estaba perdidamente enamorado de una jovencita que vivía en el mismo rellano de la escalera, y se consideraba líricamente su exclusivo esclavo. Bien habría querido que aquella joven se hubiese interesado por él, como, a veces sin ningún pudor, lo hacían aquellas mujeres, incluso el cincuentón con sus tiernas miradas.

Para la jovencita, Antonio sólo pensaba que era un vecino que escribía poesías muy bonitas, según su expresión, y que ella le pedía para recitárselas, decía, a sus amigas.

Un día, Antonio se propuso  escribir una poesía de forma que su joven vecina fácilmente se viera en ella, pero no por aludida, sino por quererlo ella misma. No podía nombrarla, pues temía ofenderla y quién sabe si hasta trascendiera a los padres de la joven, con las consecuencias terriblemente previsibles. Antonio no sabía cómo comenzar el poema de su vida, aunque sí imaginaba cuál debería ser su efecto. El primer verso debería ser casi una llamada angustiada. El segundo ya debería abrir la puerta del corazón de la joven. Por el  tercero, a la joven le debería aparecer una lágrima. Por el cuarto, levantaría lentamente  la mirada hacia su poeta. Luego, la bajaría para leer el quinto… Y por el quinto, dejando caer el folio donde estaría escrito el poema, ella debería sentir el impulso de besar a su autor. Antonio, al fin, se decidió y se puso a escribir. Después de mucho poner y quitar, terminó de escribir el poema, y se disponía a guardarlo hasta el momento propicio, cuando llamaron a la puerta.

–Hola, Antonio  –saludó la joven  –Quiero pedirte un poema especial. Siempre en tus poemas hablas de otras mujeres, o de una mujer que yo no conozco. Quiero que hagas un poema para mí, donde yo sea la protagonista.

Nervioso, Antonio, se pasaba el folio con el poema  de una mano a la otra.

–Desde luego, pequeña, haré un poema para ti –dijo Antonio lleno de esperanza, ocultando a su espalda el folio recién escrito.

–Que sea de amor –dijo la joven sonriendo con picardía.

–Claro, claro, pequeña, no podría ser de otra cosa.

Cuando la joven se fue, Antonio arrugó el folio hasta hacer con él una pelota, luego la tiró a la papelera.

(JDD 2003)

EL PSEUDO-FILÓSOFO

Un pseudo-filósofo, cansado de no encontrar respuesta unívoca en los foros del corazón y de la entrepierna al tema del   sexo, decidió probar suerte en el mundo real, visto que lo virtual sólo le daba, a duras penas, para dormir como un gato castrado. Y fue una noche en la que tomó la decisión heroica. Algo escéptico, pues esto era su postura estética habitual cuando salía de casa, se fue a los lugares señalados en rojo por los responsables  del tráfico humano. Pensaba, el pseudo-pensador, que por allí se encontraría con alguna razón superior para definir ese concepto tan abusado. Se le iluminaron los ojitos cuando, escrutando el panorama que le ofrecía la acera, vio lo que le pareció una razón suficiente para llegar a profundizar empíricamente en el misterio. Su cuerpo encorvado de tanto imitar a Rodin, se puso erecto, indicador para él de que había encontrado poco menos que la piedra filosofal. No necesitó hacer ninguna otra señal, pues aquella cosa, acostumbrada a ver el efecto mariposa que causaba su contoneo en hombres con cara de perplejos, se le acercó pidiéndole un asiento en su automóvil. Le abrió la puerta con algo de desazón, pues se figuró que con aquel acto renunciaba a muchas de sus convicciones, tal que el sexo para él era algo aún desconocido y, por tanto, debería profundizar por el método epistemológico en media docena de premisas que tenía apuntadas en su libreta, antes de pasar a tenerlo como algo racionalmente unívoco, por comprobado. La verdad es que aquella cosa, puestos a ser concisos, estaba de toma pan y moja, y a nuestro sesudo hombre empezó a bailarle el organismo ante la perspectiva, naturalmente, de un gran hallazgo. Total, y para no extenderme, que se fueron a un apartamento. Nuestro hombre pidió no encender la luz, pues quería concentrarse en sacar conclusiones globales y no parciales de aquel cuero metafísico y multifacético. Y se acostaron. Aquella cosa, experta en romper con tabúes, para principiar tomó la mano temblorosa de nuestro personaje y se la llevó a su entrepierna… Ya en casa, el pseudo-filósofo, sacó su libreta y, bajo las premisas sobre el sexo, escribió: «Por tanto, el sexo es la hostia, aunque haya que pasar la mano por unos huevos escalfados»

(JDD 2003)

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