De cómo hoy no necesité imaginar

Acabo de asistir a un espectáculo insólito. Mi perrita, Lola, corría alocada de un extremo al otro del jardín. De pronto se paró como si hubiese encontrado algo que tenía por seguro estaba allí. Era un pollito de mirlo que, ansioso de independencia, se habría tirado, prematuramente, del nido. No tenía recursos de defensa. No volaba, aunque pude comprobar después que corría, corría veloz, cuando intentaba zafarse de mi perrita. Le grité: ¡Lola, Lola, ven aquí!. Pero Lola estaba ente la ocasión que le impulsaba su instinto cazador y no me hacía caso. El pollito chillaba. Al fin pude sujetar a Lola y apartarla de su presa. La reñí, pero no debió comprenderme. El pollito se había refugiado detrás de la valla, estaba a salvo y dejé a mi perra en el suelo. Siguió enloquecida de una punta a la otra de la valla, hasta que debió comprender que aquel no era su día.

Hasta aquí nada parece insólito, todo responde a esquemas establecidos por los animales. Lo insólito fue la secuencia siguiente.

Estaba dentro de casa y oigo piar a pájaros de forma anormal, pareciera que se defendían de algo. Salgo y,  para mi sorpresa, veo que son dos mirlos, macho y hembra, fácilmente distinguibles. Revolotean mientras pían fuerte en un pequeño círculo. Fijo mi mirada y observo a Lola que atosiga al pollito anterior o a otro. Vuelvo a gritar, ¡Lola, para!, y mientras estoy gritando, observo que los dos mirlos adultos se lanzan en picado raseado contra mi perra. Ella se revuelve y no deja a su presa, que parece mal herida. Los supuestos padres del pollito siguen allí, revoloteando, piando fuerte  y haciendo pasadas  sobre la cabeza de Lola. Yo estoy cerca, pero no parecen temerme, les impulsa algo vital  a seguir allí. Me decido a intervenir, no creo que los padres puedan salvar a su pequeño. Me equivoqué. Estaba a dos pasos de coger a mi perra, cuando uno de los supuestos padres pasa volando, casi rozándome y, como un avión de caza  atacando al enemigo, se lanza contra Lola, a la que ésta vez, sí, debió sentir en su carne el picotazo, pues salió de aquel puesto de combate huyendo.  Tomé el pollito en mis manos y, por dios que no me invento nada, los padres sin duda, no se lanzaron contra mí, pero eran tan estentóreos sus graznidos, saltos y vuelos cortos, y tal su proximidad a mí, que me acordé de la película «Los pájaros  de Hitchckok». No entré en pánico, pero entendí que debía dejar el pollito en el suelo.

En  un bancal superior, Lola observaba y ladraba. Guarde a Lola dentro de casa y desde una ventana seguí la escena: padres y pollito se esfumaron detrás de la valla.

Me hubiese gustado asistir a la reprimenda que los padre debieron dar a su travieso e inconsciente hijo. Pero esto ya sería, seguramente, imaginación mía. O no.

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Siento profundamente tener que comunicaros que Lola ha matado no uno sino dos pollitos de mirlo. Antes de dejarla salir de casa, me aseguré que los pollitos no estaban por allí. Sí estaban los padres, que piaban desde el borde superior de la valla. Supuse que sus crías estarían del otro lado y me decidí a dejar salir a Lola a hacer sus necesidades fisiológicas. La observé. Parecía no estar interesada en buscar a lo largo de la valla o había recordado el ataque por la mañana de uno de los  mirlos. Seguro de que aquella batalla estaba en armisticio, volví a casa dejando a Lola en el jardín.

Más tarde salí. Lola venía hacia mí desde el fondo del jardín. Me sorprendió su forma de andar lento, pero más el verla con la boca abierta, señal inequívoca de fatiga. Me alarmé cuando Lola, en lugar de salir a mi encuentro, siguió andando con la cabeza baja hasta sobrepasarme.  Rastreé con la mirada el borde de la valla, y allí estaba un pollito, destripado e invadido por las hormigas.  Seguí mirando,  y cinco pasos más adelante yacía otro pollito, igualmente destrozado y siendo festín de cientos de hormigas. No lo podía creer, a veces los sueños se confunden con la realidad y la imaginación se vuelve cruel con uno mismo. Me volví hacia Lola, ya alejada , y grité, ¡Lola,¿qué has hecho?! Lola aceleró el pasó en dirección a la casa. Conocía mi voz y sabía interpretar su tono. Supo, entonces, que había hecho mal y esperaba el castigo, del que de momento, huía.

Enterré a los pollitos para librarlos de las hormigas. No quiero comprobar si lo he conseguido, porque si las hormigas han escavado hasta llegar a los cadáveres, tendré que reflexionar que Lola proporcionó a las hormigas el alimento que necesitaban para sobrevivir. Una vida por otra, es el círculo inexorable de la Vida, con mayúscula.

Lola ha desparecido, escondida en los vericuetos de la casa. Quiero creer que lo siente más que el castigo que espera. Y yo, que no comprendo bien estas cosas, me abstendré de juzgarla.

Los padres de los pollitos andan por allí, posados, quietos sin piar; deben haber comprendido que ya no pueden hacer nada por sus crías.

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