De la expresión «cojones»

Me envían un video que versa sobre las múltiples acepciones de la palabra «Cojones». No he comprobado si es exhaustivo ni el origen de tan graciosa recopilación. Por mis cojones que no quiero manchar este blog con palabras soeces, pero, hijos, qué queréis que os diga. Somos de lo que comemos y nuestro idioma de lo que se habla, más allá de sesudas disquisiciones lingüísticas. Por si alguien –me extrañaría– usa este blog para mejorara su castellano, traigo hoy una aportación –robada– del insigne académico de la Lengua Arturo Perez Reverte. y digo yo que con cosas como estas el autor se debió ganar la silla T. De todas formas, y como los hermanos latinoamericanos (ojo, he dicho latino, no hispano) tienen su propio castellano modificado, me gustaría que algún lect@r habitual –o caído del cielo– me ilustrara de cuántas acepciones que enumera Perez Reverte habéis prescindido por ahí en el lenguaje hablado, y digo hablado porque a la hora de escribir, y lo tengo muy comprobado, sois muy comedidos. Y voy a lo que anuncio.

“Hace tiempo que mi madre no me da la bronca por abusar el lenguaje soez en esta página, y empiezo a preocuparme. O ella envejece y se acostumbra, o estoy perdiendo facultades y volviéndome lingüísticamente correcto. Por fortuna, todavía llegan cartas de algún lector o lectora inasequibles al desaliento, afeándome mi poca vergüenza. E incluso Nacho Iglesias, el baranda de esta barraca, recibe periódicas sugerencias para que en El Semanal me echen a la calle de una puta vez. La última es de un señor de Oviedo, por la letra jubilado y por el membrete notario, que me afea el uso, e incluso el abuso, de la palabra “cojones”, e incluso sugiere la posibilidad de que yo saque tanto a colación el asunto por algún trauma personal relacionado con mi propia virilidad o, subraya el amable comunicante, mi ausencia de ella. “A ver si es maricón”, concluye, por si no he captado los circunloquios preliminares.
En fin. Al margen de que yo pueda resultar más o menos maricón, la antedicha carta me viene al pelo para traerles a colación un impreso anónimo que hace tiempo circula por ahí, –algún lector ha tenido el detalle de mandármelo–, y que, bajo el título Riqueza del castellano, enumera una exhaustiva relación de las diversas acepciones que en nuestra lengua, la de Quevedo y Cervantes, tienen los atributos masculinos. Y me van a perdonar el notario de Oviedo y mi madre, pero no me resisto a glosar el asunto y poner los cojones en su sitio. Por ejemplo: según confirma con acierto singular el mencionado folleto, el sentido de “cojones” varía según el numeral que lo acompaña. La unidad significa algo caro o costoso (eso vale un cojón), dos puede sugerir arrojo o valentía (con dos cojones), tres significar desprecio (me importa tres cojones), y un número elevado suele apuntar dificultad extrema (conseguirlo me costó veinte pares de cojones).

Del mismo modo, basta un verbo para darle variedad a los significados. Verbigracia: “tener” puede referirse a valentía (esa tía tiene cojones), pero también censura, admiración o sorpresa (¡tiene cojones!). “Mandar” indica perplejidad (¡manda cojones!); expresión que, en su variante ¡manda huevos!, hizo recientemente popular en sesión de las Cortes, mi paisano y compañero de maristas Federico Trillo.
Siguiendo con los verbos, acompañado de “poner” puede significar reto o aplomo(puso los cojones encima de la mesa), y el verbo “tocar” implica molestia, hastío o indiferencia (me toca los cojones), vagancia (se toca los cojones) e incluso desafío (anda y tócame los cojones). El término es también acepción de lentitud (viene arrastrando los cojones). Y en cuanto a amenaza, su uso es frecuente (te voy a volar los cojones) e incluso se recurre a ello para describir agresión física (fue y le pateó los cojones).

Los prefijos y sufijos también son importantes de cojones. Por ejemplo, a- significa miedo (acojonado), des-implica regocijo (descojonarse), y -udo implica calidad o perfección (cojonudo). También las preposiciones matizan lo suyo: “de” alude a éxito (nos fue de cojones) o intensidad (hace un frío de cojones), “hasta” define ciertos límites (hasta los cojones) y “por” alude a intransigencia (por cojones). También se recurre a ellos como lugar de origen para definir cierto tipo de actitudes intrínsecamente españolas y como origen de voluntad inapelable (porque me sale de los cojones).

En cuanto al color, la textura o el tamaño del asunto, los significados son ricos y diversos como la vida misma. Un color violeta define bajas temperaturas (se me quedaron los cojones morados de frío). Posición y tamaño son decisivos, tanto para precisar pachorra y tranquilidad (se pisa los cojones) como coherencia (lleva los cojones en su sitio).
Sin que falten referencias cultas o históricas (tiene los cojones como el caballo de Espartero). Así que ya me dirá usted, señor notario. A ver cuándo Shakespeare, o Joyce, o la madre que los parió, en esa jerga onomatopéyica y septentrional que usaban los pastores para llamar a las ovejas, y los piratas para repartirse el botín contando con los dedos, fueron capaces de utilizar, con todo su Oxford, la palabra equivalente con tanta variedad, y tanta riqueza, y tanta prosapia como la usa hasta el más analfabeto de nuestros paisanos. Tres mil años de griego, latín, árabe y castellano respaldan el asunto. Lo que, se mire por donde se mire, es un respaldo lingüístico de cojones”. Artículos de Pérez-Reverte 1995/1998

Nota: Añado que el insigne académico, como era de suponer, no ha retirado este artículo de la circulación. ¡Con un par!

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