Dejaste de ser una promesa

Con doce años no sabías de pasado, tampoco de futuro, todo era para ti presente: tu colegio, tus amiguitas, las miradas de aquel chico que no se te escapaban, tu perrita que esperaba con ladridos lastimeros tu retorno a casa, tu mamá que te vestía pensando ya en los hombres y alguna vez le preguntabas dónde estaba tu papá, cómo era de guapo, por qué se fue y no te llevó con él. Y con doce años no pudiste tener presente, tampoco pasado ni futuro; tu abuela vino a casa y te dijo: “mamá se ha ido, querida nieta”. Y le preguntaste: “¿también”? Por primera vez fuiste consciente del significado de la muerte, de estar sola en el vació. Pero la vida había hecho presa en ti y fraguó tu destino; cada cumpleaños moldeaba un poco más tu cuerpo, tus neuronas organizaban a tus hormonas y ya comenzaste a tener presente, el futuro sólo era un nombre, carente de significado. Con 16 años pronunciaste por primera vez la palabra amor, en lugar de golosinas supiste del sabor de un beso, de la tormenta que se originaba en tu cuerpo, de tus primeros sueños húmedos, de si hacer o no hacer con aquel chico.

No fue necesario que te respondieras: aquel chico, junto a otros dos, te forzaron a lo que no sabías ni querías. Y supiste, entonces, que tu incipiente presente se había desvanecido como el despertar del sueño.

Y fue así que dejaste de ser una promesa en el presente para ser sólo una mujer sin futuro.

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