Diario de una puta-3. ¡FINAL!

 

Ya fui a mi ginecólogo para la revisión de rutina. Con él tengo más confianza que con el de la Seguridad Social, al que no me atrevo a decirle que soy una puta, pero mira si lo sabrá, porque mi trabajo deja huella»¿Qué tal, María, cómo te encuentras?» me saluda cariñoso Don Carlos. «Yo creo que bien, Don Carlos, pero usted sabrá.» «Bien, ya sabes , avisa cuando estés preparada.»

Es bien simple, como llevo pantalones, me los quito y también la braga, luego me echo en una camilla que está detrás de un biombo y abro las piernas colocándolas en unos soportes. «Ya, Don Carlos», le digo. Don Carlos  se retrasa, debe estar ocupado en otros asuntos o repasando todo lo mío de antes, no puedo verlo por el biombo. Mientras llega, miro lo que alcanza mi vista: una lámpara como la de los dentistas, pero, en esta ocasión para ver todos mis agujeros con detalle. También un aparato que lleva encima una pantalla. Todo me es conocido. Cuando me mete algo, el interior  lo ve en la pantalla. Siempre que voy al médico, me lavo a fondo para que no vea restos de suciedad. Don Carlos llega y se sienta en una silla baja o taburete giratorio a medio metro de mis piernas abiertas y enciende la lámpara. Enseguida comienza a explorarme, primero me coloca un aparato que abre mi coño como un túnel. No me hace daño porque ya lo tengo acostumbrado, aunque en este caso debe ser mayor. No habla mientras trabaja, como yo hago para distraerme cuando me follan. Apunta lo que ve a simple vista. Luego me mete otro aparato muy adentro. mientras mira. Yo también veo la pantalla, pero no sé lo que veo. Esta vez Don Carlos se entretiene más de lo acostumbrado. Cuando termina de ver mi coño y alrededores, se levanta y me pide que abra la boca, que no me lo había pedido nunca antes. También me palpa los sobacos y el cuello y las tetas y por aquí y por allá, y no sé para qué, que ya me lo dirá luego, si quiere.

Don Carlos me deja que me incorpore y se va a su escritorio. Salgo ya recompuesta y me siento en la silla que me indica.  No levanta la vista de un papel en el que está escribiendo. Yo espero callada para no importunarle, pero pienso que si está escribiendo tanto, será porque hay de qué escribir. Al fin, deja el boli sobre el papel y me mira. Yo recoloco el culo en la silla, algo nerviosa.

«María» Mal asunto, por el tono no me va a gustar nada lo que siga. «No tengo  buenas noticias para ti, aunque tendrás que hacerte unos análisis para determinar con seguridad la importancia de algún pronóstico. «Tu actividad sexual es intensa e indiscriminada, y eso, a la larga, tiene el resultado que aprecio en la exploración.» Y a continuación me va diciendo una retaila de cosas que según él tengo o puedo tener, y apunto copiadas del informe que me entregó: que  si la clamidia, la gonorrea, el herpes, la tricomoniasis… Y la sospecha de VIH que lo determinarán los análisis que me ha pedido. Me quedo paralizada sin saber qué decir. Don Carlos sale en mi ayuda: «María, hoy todo se cura» Y no escucho nada más que lo último que me dice ya levantada y dispuesta a irme de allí cuanto antes: «María, debes dejar tu oficio, por lo menos hasta que me traigas los análisis»

«¿Y ahora qué va a ser de mí?» me pregunto de camino a casa. Yo vivo al día, mi familia ni sé dónde está ni quiere saber de mí. Si volviera a ver el chico rico, seguro que me ayudaría, porque los demás lo que huirian es de mí. Mis compañeras de profesión no andan mejor que yo, a excepción de esto que me ha caído, que a saber si todas están igual.

Tengo que dejar este diario, que para qué contar mis miserias.  La Mati se suicidó; qué tendría la pobre para quitarse de en medio…  Bueno, lo dicho, aquí dejo de escribir mi diario hasta ver si vuelvo a ser una persona y no el saco de mierda que soy ahora; no creo que Don José quiera seguir poniendo este diario en su interné.

***

Esto fue lo último  que María depositó en mi buzón. Al margen del sentimiento que me provocó, sentí una gran frustración, pues dejaba de tener el testimonio de una mujer a la que el destino castigó por ser mujer. Como contador de historias, la de María me había dado la idea de escribir una novela fabulada, de la que ya tenía el argumento, pero ahora quedaba amputada bruscamente y no me sentía capaz para, con mi imaginación,  echarlle a María toda la mierda de la que sería capaz para lucirme.

Si ha muerto, descanse en paz. Ser puta de profesión tiene su precio.

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