El cabrero y yo

Salí al monte a hacer ejercicio de piernas y de la mente. Dejé el coche en un saliente de la carretera y penetré en la fronda colindante. Pronto encontré un sendero que me indicaba que por allí ya habían pasado personas y quizá animales. Lo tomé pensando que me llevaría a alguna parte. Habría andado una hora cuando el monte pareció abrirse y dejar al descubierto una pradera , terreno cubierto de yerba fresca y algún árbol disperso. Aquel lugar estaba casi lleno de cabras, cabras domésticas, porque sobre una piedra que nacía del suelo, estaba sentado un hombre; era el cabrero, sin duda. Me pareció una buena ocasión para hablar con una persona de la que no tenía referencias sobre su manera de pensar. Esperaba no importunarle, así que me propuse tratarlo de igual a igual, que él me diera las pautas por las que podíamos conversar y yo callarme las mías por si estaban a otra altura que le intimidara.

–Buenos días, amigo. Supongo que es usted el que cuida de estos animales.

–Sí, buenos días, aquí no hay nadie más que yo. ¿Qué le trae por aquí, si puedo saber?

–Pues paseaba para hacer algo de ejercicio y respirar aire puro. Seguí el sendero y me trajo hasta aquí. ¿Es duro el trabajo?

–Más duro de lo que pueda pensar, viéndome aquí sentado. Casi siempre pare alguna cabra, o dos, y vuelvo con los cabritos acuestas hasta la tenada donde guardo las cabras. Luego tengo que limpiar el suelo, no todo, sólo donde dejo que las cabras por un tiempo, allí mean y cagan, luego pasan a otra parte en la que hay heno en el suelo y unas pilas con agua. Los cabritos recién nacidos con sus madres para que les den de mamar. Las cabrás paridas las tengo que ordeñar para llevar la leche a una fabrica de queso. Luego se tumban para dormir, y hasta el día siguiente, que son ellas las que me llaman para que las saque al monte. Sólo dejo en casa lasrecién paridas, hasta que los cabritos las puedan seguir allí donde vayamos.

Me quedé sorprendido de lo locuaz que era aquel hombre que, seguramente, pocas veces había tenido la ocasión de serlo. Ya que me había dado la pauta, quise saber algo más de él. No me importaba si tenía familia o no, si tenía con quién hablar que no fuese con sus cabras. Quería, ante todo, hacerle una pregunta:

–En todo este tiempo que pasa solo con las cabras, ¿en qué le da por pensar?

El cabrero bajó la cabeza y se quedó callado. La pregunta era fácil, seguro que tenía una respuesta, y, para mi sorpresa, quizá fuese hasta trascendente. Con curiosidad esperé. Llegué a pensar que mi pregunta le podía haber parecido inoportuna. No se trataba ya de su su quehacer diario, sino de sus íntimos pensamientos, y yo acababa de aparecer en su vida. ¿Quién era yo para inmiscuirme en su vida, esa otra vida que nace y muere en nosotros mismos? Después de unos segundos que me resultaron embarazosos, aquel hombre levantó la cabeza, la volvió hacia mí y vi en sus ojos un brillo especial que no llegó a ser producto de unas incipientes lágrimas. Le costó articular palabras, movía, sí, los labios pero sin conseguir el sonido que transmite los pensamientos. Sentía que debía decir algo que le tranquilizara.

–Disculpe, creo que no debí hacerle esa pregunta. No tiene por qué responderme.

No había terminado de hablar, cuando al fin él habló.

–Sí, es mucho tiempo el que paso solo y puedo pensar si no me requieren mis cabras por algún motivo. Casi siempre pienso en lo mismo, debe ser porque para mí es lo más importante. MI esposa murió, sólo teníamos un hijo. Como muchos jóvenes del pueblo, también mi hijo se fue buscando un porvenir mejor. No he vuelto a saber de él desde hace cinco años, no sé si está vivo o muerto, no sé porque no quiere contacto conmigo, no sé si me odia o me quiere, nada, es como si no existiera. Pero yo no dejo de pensar en él y sólo por un motivo: cuando yo muera, quién cuidará de mis cabras.

Cuando tomé el sendero de regreso, pensé en las palabras de aquel hombre. No pude sacar una conclusión clara. Podía vender las cabras y que otros se ocuparan de ellas. ¿Y si aquel hombre amaba a sus cabras tanto que su vida estaba íntimamente ligada a ellas? ¿No era lo mismo que cuando amamos profundamente a alguien, si fallece quisiéramos morir también? Pero aquella especie de silogismo no parecía aplicable en este caso. No hasta emocionarse pensándolo. Su conclusión final tenía algo de mágico, no habría un caso similar con el que se pudiese comparar. Iba a subir al coche para regresar, cuando me percaté de haberme quedado mudo ante su respuesta. ¿Qué podría haberle dicho en coherencia con sus palabras? Si me encogí de hombros, el pudo entender que me importaba un pimiento lo que me había dicho. Y no fue así, si me callé, le saludé con la mano y me fui, fue porque aquel hombre me pareció excepcional. Cualquier respuesta por mi parte habría sido inútil para consolarle, cuando no estúpida.

Una respuesta a «El cabrero y yo»

  1. A veces un silencio es la mejor respuesta.
    La gente del campo es única y aunque con poca cultura, lo compensan con gran sabiduría, con vivencias genuinas y puras que por desgracia en la mayoría de los casos mueren con ellos.
    En la simpleza de sus vidas está en la mayoría de los casos el tesoro mejor guardado. Que pena que las generaciones nuevas no sepan verlo….

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.