El escritor malogrado (cuento)

 

¿Qué es un cuento? Antes de responder tengo que preguntarme: ¿un cuento popular, fantástico, ficción, realista,  de terror, en cualquier caso un cuento maravilloso? Las definiciones no son coincidentes. Para unos, el cuento es la narración de una ficción; para otros, una narración basada en hechos reales o ficticios. Sea real o ficticio, la pregunta es si siempre ha de ser un cuento maravilloso, cualquier otro calificativo es contingente, que no haría variar el sustantivo cuento. El consenso es unánime cuando se define la extensión: el cuento:  es una narración breve.

Un cuentista cuando inicia la narración, ¿ tiene claro qué tipo de cuento va a ser entre los enumerados arriba? Está claro que no está en él anticipar que será un cuento maravilloso; serán los lectores u oyentes los que manifestarán esa condición del cuento después de leerlo o escucharlo. El albur para el escritor dependerá del acierto, la suerte, su maestría como relator y, especialmente, su sensibilidad. Un cuento es sensibilidad desde la primera letra a la última, si no existe esa sensibilidad, un cuento no sería un cuento.

Con esos preámbulos, hoy, con la sensibilidad a flor de piel, voy a escribir un cuento. Si al final, yo mismo considero que no se aprecia sensibilidad alguna, lo destruiré, lo apartaré de la circulación pública como un fracaso personal. O mejor, lo enviaré como el post de un fracaso personal , sin esperar de mis lector@s ningún tipo de condescendencia. Quizá aprenda algo.

El escritor malogrado 

Erase un tipo mal engendrado y peor nacido; sietemesino, medio enano, medio jorobado, feo como una tormenta desbocada. Se pasó más de media vida engordando su cuerpo y adornando el espíritu. Él creía haber alcanzado la perfección, pues le bastaba con saberse superior a los demás mortales. Su superioridad no era porque los demás mortales humanos fuesen más pequeños, menos gordos, menos inteligentes y se la hubiesen reconocido. Él pensaba que para ser superior, sólo era necesario sentirse superior. Muchos seres humanos, en su humildad, se sentían inferiores; este tipo no, el era soberbio en la intimidad de su mundo y no necesitaba manifestarse así en público. Era cobarde sin reconocerlo. Y su mundo era pequeño; quizá por eso le era fácil sentirse superior, pues en su mundo no existían parangones iguales con los que compararse. No tenía  amigos. Tenía  poca familia, con la que no se relacionaba y a la que consideraba un apéndice de él mismo. Con pocas obligaciones sociales. Ignoraba al ancho mundo y nunca pensó contribuir a que éste fuese mejor; le importaba poco o nada la injusticia, con tal de que no se la aplicaran a él,  tampoco la miseria de sus congéneres, el dolor y la muerte injusta. Escribía y consideraba que los demás no le alcanzaban, no le comprenderían por el corto alcance de sus inteligencias. Publicar era salir de su pequeño mundo y someterse a la crítica, al desdén, o ser ignorado por gentes ignorantes, mercenarios o mercachifes, por eso no lo intentaba; aquello que escribía, lo guardaba en un cajón cerrado con llave, y en ocasiones lo releía para hincharse de gozo narcisista. Además de haber acumulado cien kilos de carne fofa, sus inútiles  atributos masculinos no eran motivo para tener complejo de inferioridad; su miembro viril era una piltrafa, cinco centímetros en reposo y no más de diez en erección, sus testículos como dos garbanzos remojados. No necesitaba a la mujer, que habría supuesto una dependencia indamisible a otro ser humano.  para todo se consideraba autosuficiente. Se masturbaba  con tres dedos mientras se metía una zanahoria por el culo. Tenía tres cuatas partes de dentadura postiza, sudaba como un cerdo, le oía mal el aliento, defecaba espurriado, meaba siempre fuera de la taza del water y comía con la boca abierta, manchándose de grasa el mentón. Usaba gafas de siete dioptrías. Este era el tipo, amen de otras «cualidades»,  que se creía superior.

Un día, creyó haber escrito una obra maestra; todas las demás eran simplemente geniales. En su infinita vanidad, se vio sólo compensado por su propia estimación, que él siempre  consideró suficiente. Pero el espejo le decía que  no era suficiente, que necesitaba mostrar a los demás su superioridad y que se la reconocieran. Y decidió mandar esa obra  a un concurso, el de más alto prestigio en el país en que vivía. Estaba seguro de ganar, de recibir los honores que merecía. Con esta creencia, esperó tranquilo el fallo que se habría de producir pasados tres meses. Mientras tanto, se dio en exclusiva a disfrutar de las gozosas sensaciones que le producían sus pensamientos: iba a ser considerado el genio del siglo, y a la par de otros genios habidos en el pasado, sin parangón con nadie vivo. Levantarían estatuas en su honor, darían su nombre a calles y plazas principales. Nadie en vida habría de ser más homenajeado, más venerado, más respetuosamente considerado único entre los demás mortales. Y todo eso en el ancho mundo que él había despreciado.

Salía rara vez de casa por no rozarse con  las gentes de un mundo que despreciaba . Todo lo básico que necesitaba, él se las arreglaba para pedir por teléfono que se lo llevaran a domicilio. No necesitaba trabajar, vivía de una cuantiosa herencia de sus padres.   Ese día no le quedó más remedio y tuvo que salir a comprar algo que necesitaba y no podía pedir se lo llevaran a casa. Las normas urbanas no se habían promulgado para él. Cruzó una calle por un paso de cebra. Estaba seguro que los vehículos se pararían para dejarle pasar. Un conductor, probablemente despistado, le arrolló en medio del paso de cebra. Murió en el acto.

Se produjo el fallo, y su obra quedó sólo semifinalista. Una pequeña reseña en la sección de cultura de los periódicos del día siguiente, glosaron su obra como la de un buen escritor, malogrado como promesa.

 

 

 

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