El tiempo congelado

 

Ha sido con ocasión de asistir al bautismo del aire de mi nieto. Estudia piloto comercial en la Universidad de Salamanca, y ayer se ponía en solitario, por primera vez, al mando de un avión. Todo transcurrió perfecto y emocionante.

Pero no  es de ese acontecimiento familiar del que quiero hablar.

El título de este post me parece un acierto, no porque de él tenga nada que presumir, sino porque responde fielmente a lo que quiero significar.

Ya había estado en Salamanca en varias ocasiones. Hace 60 años, con el Instituto de Zamora, mi ciudad y cercana a Salamanca, en el que estudiaba. Fui a representar una obra de teatro, Macbeth. Posteriormente, al terminar el instituto, debí volver a examinarme para el acceso a la universidad. Y, ya por ultimo, allí pasamos mi esposa y yo la noche de bodas.

De todas esas visitas apenas me quedaba recuerdo de la ciudad, bien porque entonces no me  impresionara, bien porque mis inquietudes, con aquella edad, fueran otras.

Y ha sido ahora cuando he podido percibir todas las sensaciones que una ciudad como ésta debe producir a  cualquiera que sea sensible a  lo que trasciende de su historia. Y digo trasciende, porque yo puedo, y debo, evitar toda connotación  con aquello que rechazo como causa y efecto del poder religioso o cualquier otro poder que pudo hacer posible tanta magnificencia artística y monumental. Sí, son muchas catedrales, iglesias, palacios de nobles o poderosos que surgieron como expresión de sus creencias o poder. De las viviendas que ocupaban los obreros que con sus manos, sangre sudor y lágrimas hicieron posible todo aquello que en Salamanca y en otros lugares y hoy nos resulta difícil comprender, hoy  queda poco o nada. Hoy, el centro histórico de Salamanca es como un puzzle hecho de ¨monumentos¨ que datados hace siglos, resulta inverosímil que se pudiesen ejecutar. Hoy, afortunadamente, el tiempo allí parece congelado. Que la fe hace milagros, lo sabemos o hemos oido, y que el látigo del poder lo pudo conseguir, nos lo imaginamos. Pero eso no obsta para que Salamanca haya sido declarada Patrimonio Universal de la Humanidad, y porque todo lo que hoy ha sobrevivido a la fe y al poder, pertenece al pueblo y, por extensión, a la Humanidad.

Nota. Las fotos son mías. En Internet os podéis documentar de mil detalles que, de reproducirlos aquí, sería repetirme.

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