El falso funeral

Wikipedia ha venido para quedarse. Recurro a ella para que me defina qué es un funeral. Escueta antes de entrar en materia, dice: «funeral es el conjunto de ceremonias u oficios solemnes dedicados a un difunto días antes de su sepelio o entierro… » Supongo que luego desarrolla esa definición, pero yo no he tenido curiosidad, estoy seguro que no habla de lo que yo he presenciado en el último al que he asistido, y ojalá tenga entereza suficiente para que sea el último de verdad.

Llevaba tiempo pensando que sería inevitable mi asistencia. Mi amigo y hermano por definición propia estaba a pocas fechas de un funeral, el suyo. Por mi mente pasó una retrospectiva de mis años jóvenes. También, entonces, se hacía un funeral, una misa con mucho recogimiento, llantos desconsolados de los deudos, plañideras para la ocasión, gritos de las viejas en el momento de llevar el féretro al cementerio. Aquello si era lo más parecido a una manifestación de duelo, hasta el cura oficiante estaba comedido en sus promesas de otra vida.

¡Qué diferente ahora! Una hora antes ya se iba notando la asistencia que tendría el finado. Como en las manifestaciones, por el número de asistentes se podía colegir la importancia, cuántos amigos, además de los familiares, había tenido en vida. A mi funeral asistirían una docena y media, como mucho, a mi amigo y hermano la concentración iba a ser muy numerosa; hombre público muy relacionado por su extensa vida empresarial.

Antes de penetrar en la iglesia, los asistentes, mezclados con la familia, hacían corrillos, se abrazaban, se besaban, reían, todos parecían encantados de haberse conocido y celebraban el reencuentro después de tenerse olvidados. ¿Y de qué hablaban, además? Pues de las cosas más variadas: la salud, qué haces, a qué dedicas el tiempo libre, te acuerdas de… oye, te veo muy bien… para la edad faltó por decir. Se rompían los corros porque alguien había reconocido a alguien en otro corro y, sin despedirse, se iba en busca de él para, efusivamente, darle un abrazo y quedarse, hasta que comprendía que nadie allí le había llamado. El abrazado ponía cara de circunstancia para que no delatara que él no sabía, o no recordaba, quién era aquel que se le había echado encima. Para mí aquello era todo un espectáculo de la fauna humana y trataba de no perderme detalle. Desde una posición de atalaya, después de saludar a la familia y algún amigo, me evadí de aquel encuentro en la tercera fase con humanos y extraterrestres.

A mi llegada quería asegurar que podría hacer lo que tenía pensado. Para ello le dije al hijo mayor de mi amigo que preguntara al cura si me dejaba dirigirme a los asistentes, tenía una semblanza preparada en tres folios que pretendía ser mi homenaje personal a mi hermano. Entramos en su despacho, o sacristía. El cura me pareció que el asunto le ponía en guardia, la iglesia era su territorio exclusivo y no sabía si mi alocución era corta o extensa. Para asegurarse nos dijo que tenía otro funeral a continuación y que no podía hacer esperar, que el tiempo lo tenía muy medido. Pero aceptó con esas premisas, después de yo asegurarle que sería breve. Tuvo, también, el detalle de no preguntarme de qué iba lo mío, quizá confió al verme con la edad que calculó, y debió pensar que no tenía pinta de iconoclasta revolucionario. Aunque al no despedirme con un «Gracias, padre», le debió dejar algo mosqueado.

Se abrieron las puertas, y la gente, muy ordenadamente, entró en la iglesia y se fue sentando en los bancos por orden de afinidad. A mí me tenían que avisar cuándo me daba el cura mi turno, y la familia me invito a sentarme con ellos en los bancos delanteros.

La misa transcurrió sin incidentes, como era previsible. El cura también tenía su qué decir para el caso. Casi se podría resumir en que la muerte no es el final, y que a mi querido hermano le esperaba un tiempo eterno de gloria.

Terminó la misa, comulgaron un pocos adictos a este rito, se dieron la paz, aunque yo no aprecié que allí había una contienda, y el cura me señaló un atril con micrófono para que expusiera lo que alteraba una costumbre entre nosotros, aunque en otros lugares es habitual.

Mi semblanza estaba dedicada a contar a los asistentes cosas que la mayoría ignoraba. Partí de su niñez hasta su fallecimiento. Era tan gigante esa trayectoria, que mis palabras la hicieron patente. Alguno allí, seguramente, no se lo podía creer. Un gran aplauso coronó mi intervención. No miré al cura para ver si se había unido al aplauso. En definitiva había contado cosas desconocidas que eran más importantes que las que eran de dominio publico general.

Así, el funeral que podía haber sido falso, yo creo que fue ocasión de unas honras fúnebres verdaderas.

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