El hombre que nunca soñaba

Llevado de la soberbia

levanto la vista al cielo

y con boca estropajosa

sólo pudo escupir hielo

Y sin saber por que lo hizo

El cielo  devolvió el cumplido

con una lluvia de granizo.

 

Su soberbia no tenía límites: arrogante, prepotente, orgulloso, altivo, altanero, vanidoso. La humildad y la modestia eran para él enfermedades del espíritu. Era tan grade su autoestima, que con frecuencia miraba detrás de él para ver si la había perdido. Cuando alguien le llamaba soberbio, él siempre respondía: y tú humilde, signo claro de debilidad enfermiza.

Siempre se estaba probando a sí mismo con cualquier cosa en que reafirmara su soberbia, así conseguía mantenerse en forma.

Le faltaba probar que esa actitud, puramente postural ante los demás, necesitaba ser completada  con una prueba definitiva.

Trató de recordar si  alguna vez se había enfrentado a algo o a alguien, y no le quedó claro cómo salió del reto.  No era fácil que se aviniera a reconocer que hubo una ocasión, sí, que se creyó, si no vencido, algo que no entraba en sus esquemas,  no claramente vencedor.

Al fin creyó tenerlo. Estaba paseando por el parque, cuando vio un banco vacío donde sentarse. A él se dirigió y, sentado, miraba las personas que, al igual que él, paseaban sin otro fin. Por su expresión ausente, aquellas personas no tenían para él ningún significado como para dedicarles mayor atención, y pasaba de unas a otras como el que mira  las fotos de un álbum y que ninguna le parece nueva. Así siguió por quince minutos y ya se disponía a reemprender el paseo o regresar a casa, cuando después de pasar una pareja con un bebé en  el carrito, diez metros atrás apareció una silueta que llevaba un perro  sacado a pasear. Algo debió llamar su atención, que hasta se esforzó en concretar de qué se trataba. Era una joven de uno veinte y pocos años. Rubia, con la melena suelta por encima del hombro. Esbelta pero con curvas sugerentes. Vestía una falda corta vaquera, un palmo por encima de la rodilla, un suéter ajustado que servía para enmarcar sus senos. Su cara, que se volvía con frecuencia hacia su perro para ver por qué se detenía o tiraba de ella en otra dirección, aún no la había definido. A llegar a la altura del banco, la joven hizo un quiebro en la dirección que andaba y se dirigió a él. A medida que se acercaba, pudo ya percibir las facciones de la joven. Para él la belleza en las personas sólo representaba lo que la persona pensaba de sí misma. Lejos de su costumbre de no estar interesado por nadie, por primera vez se sintió atraído por alguien que no era el mismo., y sostuvo la mirada midiendo a la joven de arriba a bajo mientras se acercaba. La joven, por todo saludo, esbozó una sonrisa , y cuando ya estaba a un paso de él y del banco, preguntó:

–¿Le molesta el perro?

–Depende de lo educado que esté –le contestó

–No se preocupe, está muy educado –y la joven se sentó al tiempo que ordenaba a su perro hacer lo mismo.

No hubo más intercambio de palabras, pero él sí notó que un flujo indescriptible estaba recibiendo de la joven. No supo encauzarlo y se sintió inundado de sensaciones placenteras, hasta ahora desconocidas para él. Así transcurrieron diez minutos, él con la mirada posada en los pies semidesnudos de la joven, no se atrevió a cambiar de postura, sólo reaccionó cuando percibió que la joven se levantaba y le decía a su perro: «Simba, vámonos». El la siguió con la vista, hasta que la distancia difuminó su silueta.

Por algún tiempo su reacción con aquella joven le pareció un fracaso personal, pero se reponía pronto diciéndose: «En realidad no le pedí nada, así que nada me negó.

 

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